jueves, 12 de octubre de 2017

Una reseña de Contemos cómo pasó

El profesor José Antonio Pérez Bowie, catedrático de la Universidad de Salamanca, acaba de publicar una reseña de Contemos cómo pasó en la prestigiosa revista Anales de Literatura Española Contemporánea, que se edita en EE.UU. Os paso a continuación el texto de la reseña junto con una foto de Adriano Celentano, uno de los muchos referentes culturales abordados en el citado libro:



El profesor Juan Antonio Ríos Carratalá lleva varios años entregado a una peculiar revisión de la historia española reciente, tarea en la que se conjugan en una combinación divertida y fructífera la recurrencia a los testimonios de la cultura popular (prensa, cine, televisión, teatro, canciones) y las aportaciones de su propia memoria y de su capacidad de observación. Fruto de esa revisión han sido libros como La memoria del humor (2005), La sonrisa del inútil. Imágenes de un pasado cercano (2008), Usted puede ser feliz. La felicidad en la cultura del franquismo (2012), Quinquis, maderos y picoletos. Memoria y ficción (2014), Nos vemos en Chicote. Imágenes del cinismo y el silencio en la cultura franquista (2015). Esta vez el relato ofrece una enriquecedora variante pues su autor ha optado por implicarse personalmente en el mismo, presentando sus reflexiones sobre la realidad que aborda desde la óptica de sus propias vivencias del niño o del adolescente que fue. Significativamente, las fechas que enmarcan el periodo elegido son las del año de su nacimiento (1958) y las del año en que comienza sus estudios universitarios (1975), que coincide con la muerte del dictador y con el inicio del proceso de transformación que iba a experimentar España. No obstante, la elección de estas fechas no implica el establecimiento de un marco cronológico estricto pues la escritura deliciosamente errática de su autor, que discurre siguiendo el fluir caprichoso de la memoria, determina que ambos márgenes se vean a menudo superados. Por otra parte, Juan Antonio Ríos, pese a esa novedosa apelación a su biografía personal, dista mucho de la arrogarse una función protagonística y de erigirse en centro de la historia que narra; al contrario de lo que suele ser usual en las tan en boga “escrituras del yo”, su ubicación está en los márgenes de ese relato, con la actitud de un modesto cronista que recuerda y comenta con ironía, no incompatible con alguna dosis de nostalgia, la vida que pululaba en derredor. Y en línea con lo que es habitual en sus libros precedentes no es la Historia con mayúsculas el objeto de su atención, sino los flecos de la misma que suelen ser despreciados o desatendidos por los cronistas que han dibujado el tapiz donde se recogen los acontecimientos claves de un periodo: vivencias cotidianas, anécdotas sin trascendencia, personajes oscuros o insignificantes, muchas veces anónimos, que son revividos por la memoria del autor para iluminar rincones que habían quedado fuera del foco de los relatos oficiales y añadir a estos la dosis de calor y humanidad de la que carecen. Y también, en ocasiones, son objeto de su atención algunos personajes pertenecientes al universo de la ficción cuyas historias contribuyeron a alimentar las existencias grises de la gente de a pie, especialmente en unos años como los acotados, cuando la ficción, como señala el autor, “era disfrutada y compartida simultáneamente por una mayoría hasta el punto de convertirse en seña de identidad colectiva” (p. 146). Otra de las aportaciones de Juan Antonio Ríos en sus evocaciones del pasado, y especialmente en este libro, es la plena libertad con que las emprende, alejado de cualquier pretensión de rigor e ignorando deliberadamente la línea que separa lo vivido de lo imaginado, pues se manifiesta consciente de que “la realidad, puesta a ser recordada, debe contar con las ayudas de la ficción para extraer la correspondiente enseñanza o, en su defecto, para resultar placentera, que no es poco” (p. 165). Esa renuncia al rigor privativo de los autores que se invisten de la función de cronistas se debe a la errancia antes mencionada de la escritura de Juan Antonio Ríos, atenta tan solo al fluir inconsciente de la memoria a la que afloran “recuerdos aislados, fragmentarios y un tanto caóticos cuyo hilo conductor resulta tan misterioso como el cambalache de la vida”; especialmente en una edad en que uno tiende a aferrarse a los momentos de plenitud ya vividos, pues tales momentos comienzan a escasear cuando el presente tiende a menguarlos “con la colaboración de achaques, resignaciones y frustraciones carentes de segunda convocatoria” (p. 11). Y con relación a la aparente incoherencia que le lleva a su escritura a fusionar de los territorios de la ficción y de la realidad la justificará por las propias peculiaridades de la memoria individual, la cual, aunque es “un acto que no renuncia al rigor del conocimiento (…), también es creativo por la selección y la ordenación de referentes a la búsqueda de un desenlace”. Y esa misma creatividad la dota de una dimensión ficcional en virtud de la cual “no precisa de argumentos para su justificación ante el hipotético interlocutor o lector” (p. 13). Por otra parte, la sonrisa constituye un elemento permanentemente presente, a modo de contrapunto en esta indagación que el autor califica de “heterogénea y libérrima” y, a la vez, de “cómplice” porque “respeta los límites del pudor a la antigua usanza, mantiene el compromiso de veracidad en lo esencial y solo se ocupa de experiencias más o menos comunes, de aquello que con diferentes matices pudo vivir cualquier muchacho de la época” (p. 19). Ese ejercicio de memoria, mediante el que el autor se embarca en un viaje por el tiempo de su infancia y adolescencia, se articula en doce capítulos al frente de cada uno de los cuales figura el nombre del personaje que ha servido como desencadenante del proceso evocador. Personajes, en unos casos, cuya existencia transcurrió en el anonimato o sólo tuvieron reconocimiento en el reducido ámbito de la capital de provincias escenario de sus historias; en otros, se trata de figuras que pudieron alcanzar una cierta relevancia mediática pero cuya popularidad se eclipsó con rapidez. Desfilan, así, por estas páginas John Moore, un vagabundo popular en el Alicante de preguerra, superviviente de la explosión en 1913 de un barco en el que trabajaba como cocinero y cuyos restos mortales, según cierta leyenda urbana, pudieron ser confundidos con los de José Antonio Primo de Rivera y trasladados solemnemente al monasterio de El Escorial. El capítulo segundo gira en torno a la figura del letrista Jacobo Morcillo, autor de, entre otras canciones populares, Tengo una vaca lechera, mientras que el tercero se centra en Federico García Sanchiz conferenciante muy popular durante la inmediata posguerra, dueño de verbo “tan florido como frondoso” y especialista en el género de la “charla”. Los capítulos cuarto y quinto tienen como protagonistas respectivos al niño ajedrecista Arturito Pomar y a Rafael Cantalejo, alcalde de un pueblo andaluz que se hizo famoso como concursante en el programa de TVE Un millón para el mejor. Un actor portugués Virgilio Texeira, secundario permanente en varias películas heroicas de los años 40 y 50 sirve de punto de partida a las reflexiones que se desarrollan en el capítulo sexto, mientras que el cabo Rusty, compañero inseparable del perro Rin-Tin- Tin en la serie televisiva del mismo nombre, sirve como pretexto para la emocionada evocación del western que se desarrolla en el capítulo séptimo. Dos deportistas que gozaron de cierta popularidad mediática en aquellos años, el boxeador Pepe Legrá y el baloncestista Nino Buscató son los ejes en torno a los que se articula el relato en los capítulos octavo y noveno, mientras que los tres últimos parten de la evocación respectiva de las figuras del cantante francés Charles Trenet, la actriz Margarita García Sansegundo (quien bajo el nombre de Ágata Lys se convirtió en todo un símbolo erótico del cine español) y el twister “Chubby“ Checker. El grado del protagonismo de tales personajes varía considerablemente de un capítulo a otro y sus respectivas historias pueden ocupar desde varias páginas a unas pocas líneas. En todo caso, su función es la de mero catalizador que cumple el cometido de poner en marcha el proceso de evocación que la memoria del narrador lleva a cabo y en el que los elementos de la todavía incipiente cultura de masas constituyen un ingrediente primordial. Las referencias a tales elementos (películas, canciones, concursos y series de televisión, cómics, etc.) llenan las páginas de este volumen que van dando cuenta de la infancia y adolescencia del autor, quien, como he apuntado antes, renuncia cualquier veleidad de protagonismo para adoptar la posición del observador impenitente y reflexivo del mundo que se movía a su alrededor. Las referencias a los propios avatares biográficos (vida familiar, experiencias escolares, juegos y diversiones, amistades, el despertar de la adolescencia, los inicios de la concienciación política, etc.) están, obviamente, presentes pero casi siempre fuera de foco, como baliza imprescindible para el anclaje de esa realidad compleja y efervescente, ya ida, que ha intentado revivir en las páginas de este libro. Un libro que continúa la empresa de rescatar la memoria de la cotidianeidad de nuestro pasado reciente que viene llevando a cabo en otros títulos anteriores, aunque ahora con una mayor implicación personal. Empresa sin duda arriesgada de la que Juan Antonio Ríos ha salido exitoso a mediante lo que el denomina “una escritura sin orden ni concierto” pero “con propósito implícito de diálogo para jugar con la memoria, las consultas y la ficción” (p. 244). En la dosificación de esos tres ingredientes está, sin duda la clave de su éxito: la recurrencia a la imaginación para suplir los huecos de la memoria y dotar de vida a los recuerdos petrificados o borrosos; y una ardua tarea de investigación en todo tipo de archivos que ha proporcionado el rigor y la objetividad necesarios a un trabajo de estas características evitando la caída en la banalidad y en lo anecdótico. A ello hay que añadir el humor que preside todas estas páginas (combinado con la suficiente dosis de ironía mediante la que el autor logra mantenerse en una prudente e imprescindible distancia) y que determina que la sonrisa no desaparezca en ningún momento de la boca del lector desde que se sumerge en ellas. En definitiva, un libro altamente recomendable, editado con esmero por la prensas de la Universidad de Alicante y acompañado de un imprescindible, aunque quizá demasiado escueto, apéndice de documentos fotográficos.
 José Antonio Pérez Bowie
 Universidad de Salamanca

martes, 26 de septiembre de 2017

Suelas gastadas en la radio

A continuación, os paso los enlaces de las dos primeras entrevistas radiofónicas concedidas con motivo de la publicación de Suelas gastadas. La primera es de Radio Alicante (26-IX-2017) y la segunda del programa Marcapáginas, de Radio Capital, donde intervine el pasado día 22 de septiembre:

http://play.cadenaser.com/audio/085RD010000000064871/
http://capitalradio.es/audios/20170922_MARCAPAGINAS.MP3

jueves, 21 de septiembre de 2017

El primer escrito sobre Suelas gastadas


Suelas gastadas ya circula y Rosa Belmonte acaba de publicar un texto donde se cita la experiencia periodística de un Luis Cantero que, de estar vivo, permanecería probablemente asombrado ante la evolución de Barcelona.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Los protagonistas de Suelas gastadas

A continuación, os presento a los protagonistas de Suelas gastadas. Periodistas y escritores en tiempos de cambio (II República y Transición), que acaba de aparecer como coedición de la editorial Renacimiento y el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alicante:


Ignacio Carral fue uno de los periodistas republicanos más osados e innovadores.


Paco Candel compaginó el periodismo y la literatura para dar testimonio de los barrios populares de Barcelona.


Luis de Sirval fue un brillante periodista republicano asesinado por legionarios en 1934.


 Ramón J. Sender fue el autor de los polémicos reportajes sobre la revuelta de Casas Viejas.


Xavier Vinader fue un ejemplo del periodismo de investigación durante la Transición.


Manuel Delgado Barreto ejemplifica la sátira reaccionaria en la prensa de la II República.


La autodidacta Lusia Carnés cultivó el periodismo y la literatura al servicio de los ideales republicanos.


Fernando Vizcaíno Casas compaginó periodismo y literatura al servicio de la nostalgia durante la Transición.


Luis Cantero pasó de la literatura al periodismo para "escandalizar" a los lectores con sus reportajes en Interviu.











jueves, 31 de agosto de 2017

¡Ya tenemos web!

Gracias a la colaboración de mi hijo, ya disponemos de una web desde la cual facilitar información sobre mi actividad investigadora y facilitar el acceso a la misma.

http://rioscarratala.com/


viernes, 18 de agosto de 2017

Mao en Alicante

Mi colega Javier Barreiro me manda una noticia publicada en el Diario de Zamora (véase abajo) donde el periodista alicantino Emilio Chipont afirma, con absoluta seriedad, que Mao Tsé Tung estuvo en Alicante durante la Guerra Civil.
Al parecer, y aunque no se cite, la fuente que contradice la biografía oficial del líder chino es un limpiabotas del alicantino hotel Samper. El periodista la tomó como digna de crédito y, puestos a imaginar, añadió que Mao estuvo enamorado de una vedette de la compañía de Tina de Jarque -una habitual de este blog-, disfrutó de las mejores viandas alicantinas y llegó a rivalizar con Wenceslao Fernández Flórez en su elogio a nuestra ciudad: "Bella tierra de naranjas este Alicante, que con su sol, su luz y su cielo nos acerca a Buda y al Paraíso".
Resulta difícil imaginar a Mao en una pensión de la alicantina calle Sagasta o en francachelas con otros miembros de las Brigadas Internacionales en "La chica guapa". No obstante, la historia inventada por un limpiabotas que conoció a un chino y propagada por un periodista que dejó para mejor ocasión la necesidad de contrastar la "noticia" merece el recuerdo de lo curioso. Y hasta una investigación, que aparecerá en un futuro libro dedicado a la España pintoresca del franquismo.




Diario de Zamora, 16/05/1962

La prueba de que Mao fue un entusiasta de la paella. Fuente: Google y Photoshop

lunes, 14 de agosto de 2017

Colegas de la conducción


El diálogo de los protagonistas, mientras se fumaban un pitillo, debió ser de tú a tú y sin complejo de inferioridad por parte del minusválido situado a la izquierda. La ironía supone una constante en la obra de Ramón Masats, un intuitivo fotógrafo capaz de utilizar el contraste en lo cotidiano para captar imágenes tan insólitas como verosímiles. El requisito es tener la mirada entrenada y la intuición de quien sabe de la presencia del humor en cualquier esquina, siempre a la espera de un observador atento que no busca necesariamente la burla tantas veces presente en lo irónico.
La instantánea de Ramón Masats podría ser un fotograma de cualquier película coetánea de Luis G. Berlanga o Marco Ferreri. Rafael Azcona habría disfrutado al verla, mientras escribía historias de jubilados empeñados en quedarse minusválidos para evitar la soledad y realizar excursiones al campo en El cochecito (1960). El visto en la foto es mucho más humilde y su utilización no resultaría fruto del capricho, absolutamente justificado, de un señor tan respetable como el personaje interpretado por Pepe Isbert. El asiento parece un sillón de mimbre reconvertido gracias a la pericia de un manitas del barrio y la tracción es similar a la de una bicicleta, aunque los pedales hayan sido sustituidos por unas manivelas. El vehículo del minusválido es propio de la España autárquica donde tantas veces se comprobó que la necesidad agudiza el ingenio; o la improvisación, que es una respuesta tan socorrida como carente del prestigio de lo clásico.
La endeblez del vehículo con manivela contrasta con el poderío de la apisonadora de Cubiertas y Tejados S.A. La enorme máquina está lista para iniciar o continuar el asfaltado de una carretera, tal vez en el extrarradio de Madrid –por el edificio situado al fondo- o en las afueras de un pueblo tan sorprendido ante la llegada del armatoste como Villar del Río. Allí, en medio de la expectación popular, también paró una apisonadora. Los trabajadores que la conducían no tenían tiempo de hacerse un cigarrillo con las autoridades ni de contemplar las calles engalanadas, pero anunciaron la inminente llegada de los americanos; es decir, la modernidad apenas entrevista, al menos por los desencantados pueblerinos a los que todavía el alcalde les debe una explicación. El minusválido o discapacitado tampoco la conocería porque estaba acostumbrado a que nadie le diera explicaciones y, curioso en su deambular para vender cupones o lo que fuera preciso, no tuvo reparo en aparcar «el cochecito» junto al monstruo mecánico y pegar la hebra con su conductor, que le atiende desde la «cabina» de su aplastante montura.
La foto de Ramón Masats no permite conocer la temática de la conversación entablada por los protagonistas, que sería dispersa y superficial como corresponde a la ocasión. El objetivo del minusválido era probablemente hablar con su colega conductor y, tal vez, intercambiar impresiones sobre las dificultades o las posibilidades de sus respectivos vehículos. La comparativa de sus prestaciones salta a la vista. El tema daba para un cigarrillo bien fumado y, sobre todo, la conversación evitaría la soledad de quien dependía de una silla de ruedas en una época donde esta circunstancia era una desgracia sin apenas paliativos.
El humor del período franquista está repleto de tullidos, cojos, mancos… que, lejos de esconder su condición o recurrir al eufemismo, dan aliento a la vertiente más negra de la risa nacional. Los excesos de muchos humoristas fueron evidentes, así como la falta de respeto o de sensibilidad de quienes se rieron de la desgracia ajena. La crítica en este sentido parece una obviedad de lo políticamente correcto, pero también cabe pensar en la espontaneidad del hombre que se acerca a charlar con el conductor de la apisonadora. El gesto genera un contraste y el mismo, captado por la cámara, provoca la sonrisa del observador gracias al tratamiento dado por Ramón Masats.

Al igual que la de Rafael Azcona, la mirada del fotógrafo no hace sangre en el humilde y respeta la dignidad de los protagonistas de sus fotos, que nunca protestaron al verse retratados e inmortalizados como personajes anónimos. El derecho a la imagen propia era un futurible en aquella España del blanco y negro, pero a la vista de tantas instantáneas desinhibidas también podemos pensar en la naturalidad de lo que fluye a la espera de una mirada atenta, aquella que sin sobresaltos ni énfasis nos recuerda con una sencillez extrema que dos colegas de la conducción podían echar un pitillo y pegar la hebra. Esa fluidez es vida, sin corsé y proclive al espectáculo de lo dispar.

sábado, 12 de agosto de 2017

Los piropos

Francesc Catalá Roca 1959

Xavier Miserachs 1962

Carlos Arniches era un hombre de humor y, sobre todo, un creyente en la bondad natural de quienes poblaban sus obras teatrales. Ambas circunstancias le llevaron a imaginar una academia donde los discípulos aprendían el método Gorritz, que resultaba infalible en materia de piropos ingeniosos, oportunos y capaces de derrumbar cualquier resistencia femenina. El propio Gorritz ejerce de maestro en el arte del requiebro, pero al final recibe una lección porque su edad y condición de casado siempre son risibles en combinación con los lances del deseo. La tradición del teatro como escuela de costumbres así lo dictamina, mientras la realidad deambula por otros derroteros menos proclives a la sonrisa y la comprensión.
El piropo viene de largo y puede ser de tantos tipos que ha propiciado monografías como la del profesor José Luis Calvo Carilla. Las fotos de Francesc Catalá Roca y Xavier Miserachs no permiten imaginar unos piropos ocurrentes, graciosos y hasta poéticos. Los rostros y las actitudes de los protagonistas desmienten esta posibilidad. El lanzado en la Sevilla de 1959, probablemente después de una procesión de Semana Santa por las sillas puestas en la acera y el tiempo lluvioso, indica un descaro no exento de chulería. El piropeador se siente no solo impune, sino también protegido por los representantes del poder eclesiástico y militar, el franquismo en definitiva, que provocaba temores en muchas materias mientras exhibía una complaciente actitud ante los excesos de la testosterona.
Las víctimas sevillanas desconfían de las autoridades allí presentes, si las  vieron, y optan por endurecer el gesto, acelerar el paso, mirar adelante para evitar el rostro chulesco del agresor y, una de ellas, poner la mano sobre el pecho, pretendiendo así tapar aquella parte del cuerpo que pudiera haber incitado al piropeador. No parecen mujeres especialmente atractivas ni jóvenes. Ambas solo son «responsables» de estar en la calle y cruzarse con un tipo solitario, de aquellos que tomaban un coñac Soberano sin saborearlo y después desplegaban unas artes de seducción capaces de espantar a cualquiera, aunque algunos, justo al lado, opten por seguir hablando de lo lucido de la procesión a pesar de la amenaza de lluvia.
El piropo recogido por la cámara de Xavier Miserachs en 1962 nos invita a pensar en un fotógrafo especialmente dotado para «el momento decisivo» del que hablara Henri Cartier-Bresson. Tal vez el catalán intuyera que la presencia de un nutrido grupo de jóvenes, procedentes de un centro masculino de bachillerato, era la estopa a la espera del fuego de una joven que se cruzara por el camino. Xavier Miserachs decidió seguir los pasos de esos alborotados chicos por la Vía Layetana. La intuición favorece el azar y, justo en ese momento, la cámara recogió el salto del piropeador, que con el ímpetu de las hormonas provoca la maniobra de regate de una mujer que, lejos del susto, aparece con un rostro de hastío y rabia ante la insolencia del jovenzuelo. Incluso pudo haberle propinado un manotazo como respuesta. Mientras tanto, el resto del grupo ríe la gracia del asaltador y refuerza el espíritu gregario donde cualquier «lanzado» se siente a gusto porque ostenta un liderazgo, aunque sea momentáneo.
El sevillano es un solitario que mira a las mujeres con el descaro del veterano. El barcelonés se sabe en grupo, es joven y recurre a una puesta en escena más espectacular para provocar la risotada de los compañeros. La joven le esquiva con peligro para su integridad porque camina por una calzada donde hay coches. Nadie parece recalar en la presencia del fotógrafo y la escena se desarrolla con la espontaneidad de lo tan acostumbrado como risible, de acuerdo con la mentalidad imperante en la época. Xavier Miserachs testimonió el acoso y derribo de una joven bajo la coartada de un piropo gregario. Los comentarios, al cabo de los años, casi sobran por su obviedad para quienes somos conscientes de la selva de donde venimos, que no era privativa del franquismo, tal y como demuestran las numerosas fotos coetáneas dedicadas al piropo en diferentes países.

La instantánea es reveladora. Todo queda claro y nítido para provocar la emoción del observador. La consiguiente reflexión habrá ganado consistencia con el paso del tiempo y el cambio de las costumbres, pero las fotos geniales deben guardar alguna interrogante. Visto el rostro del joven situado en primer plano, casi chupando cámara sin saberlo, cabe preguntarse si era consciente de lo sucedido a sus espaldas. Tal vez sí, o no; incluso es probable que haya fallecido sin saberse protagonista de una foto célebre. En cualquier caso, parece ir a lo suyo sin mayores problemas, como si tuviera prisa y despreciando el peligro de andar por la calzada, porque esto de los excesos en el piropo solo interesaba a miradas atentas como la de Xavier Miserachs. El resto reía de la gansada de un compañero o hablaba de lo lucido de la procesión.

viernes, 11 de agosto de 2017

¿Fue gol?


Ramón Masats, 1961


Un guardameta seminarista, con sotana, capaz de realizar una fotogénica estirada para evitar un gol es una imagen cuya cotidianidad ahora parece insólita. Ramón Masats la captó en 1961, cuando el catalán visitó un seminario de Madrid para realizar un reportaje periodístico. A su salida, el todavía joven fotógrafo se topó con un partido de fútbol donde los jugadores de ambos equipos defendían el mismo color: el negro de las sotanas. Tal vez los seminaristas se confundieran entre sí y con el árbitro durante su ejercicio nada espiritual, pero también cabe confiar en la natural disciplina de estos jóvenes a la espera de la tonsura para que el encuentro discurriera por los cauces de la deportividad.
El partido debió tener sus momentos de tensión y hasta de agresividad fruto de la edad de los jugadores. La sudorosa fogosidad evacúa los efectos de la disciplina. En cualquier caso, los posibles excesos serían veniales hasta para la doctrina del nacionalcatolicismo, siempre comprensiva ante los imperativos de la virilidad. No obstante y, ante la imposibilidad de recurrir a un caño para superar al defensa provisto de sotana, algún alocado seminarista atacaría a las bravas hasta caer derribado por una zancadilla. La acción antirreglamentaria merecería la pena máxima que se deduce por la posición de los jugadores en la foto y, dada la oportunidad, Ramón Masats se aprestó a sacar la instantánea.
La ausencia de redes, y de cualquier indicio de una cancha en condiciones, permitió al fotógrafo situarse detrás de la portería, que por metonimia suponemos al observar el poste derecho. La imagen de un gol encajado por la Iglesia era problemática a principios de los sesenta, pero quedaba disculpada por la juventud de los protagonistas y la circunstancia de que el delantero también profesaría poco después. No cabía decantarse por uno u otro equipo y, por supuesto, la atención del observador se centra en la espectacularidad de la estirada, que merecía quedar culminada con una parada o un despeje.
Nadie duda del mérito del entusiasta portero, pero si observamos la fotografía con la atención de los malintencionados o iconoclastas comprobaremos que el balón oculta una parte de su mano derecha, es decir, el esférico había superado al guardameta. El gol parece inevitable en tales casos. No obstante, la ausencia de defensores nos hace suponer un penalti, que sería ejecutado por el seminarista situado a la izquierda de la fotografía. Si así fuere, la trayectoria del balón bien pudo lamer el poste, pero por fuera.
La estirada del guardameta fue, en definitiva, tan digna de quedar grabada en la memoria colectiva como inútil, bien porque el seminarista llegó tarde o porque el delantero tuvo mejores días en cuestión de puntería. Apenas importa, pues la espectacularidad de lo excepcional gusta más que la efectividad de lo previsible. El futuro párroco no pararía el balón, pero ganó la inmortalidad gracias a su atlético desafío a la gravedad y la penitencia de un golpetazo notable, así como algún desgarro en la sotana de diario. El precio del dolor en la cadera y el probable castigo por «el siete» en la prenda lo pagaría el portero con la sorpresa de que, gracias a la mirada irónica de Ramón Masats, su gesta pasó a la posterioridad. La fotografía estuvo durante años en una parroquia de Madrid para orgullo del protagonista, pero también como recordatorio de que la verdadera inmortalidad es un instante de plenitud como el de aquella prodigiosa e imprevista estirada, aunque fuera inútil.

viernes, 21 de julio de 2017

La portada del nuevo libro


La editorial Renacimiento me acaba de mandar la portada de Suelas gastadas, un nuevo volumen dedicado a escritores y periodistas que saldrá publicado en otoño. La imagen corresponde a Ignacio Carral, uno de los mejores periodistas del período republicano y un ejemplo de quienes decidieron gastar sus suelas en busca de una realidad cambiante.


jueves, 13 de julio de 2017

Nuevo monográfico

Quaderns de cine es una revista que dirijo desde hace más de una década. En esta ocasión, nuestro monográfico del curso lo hemos dedicado a las relaciones entre el cine y el teatro. Se puede consultar en rua.ua.es





Un nuevo libro sobre periodistas


Acabo de corregir las pruebas de imprenta de un nuevo libro sobre periodistas, en esta ocasión del período republicano y de la Transición. Suelas gastadas está dedicado a varios de los profesionales que decidieron salir a la calle para dar cuenta de unos tiempos de cambio y esperanza, al tiempo que para hacer un periodismo muy distinto al que tantas veces nos abochorna en la actualidad.




domingo, 28 de mayo de 2017

Jaime de Mora y Aragón

A veces, los encargos que me llegan para escribir trabajos me permiten descubrir trayectorias curiosas. Así ha sido en el caso de Jaime de Mora y Aragón, excéntrico personaje que posaba de esta manera, emulando al Ramón Serrano Súñer de la Victoria, en 1975, cuando ya ejercía como consumado golfo distinguido.




jueves, 25 de mayo de 2017

Un nuevo libro: Suelas gastadas



El Servicio de Publicaciones de la UA ha acordado la publicación de Suelas gastadas. Periodistas y escritores en tiempos de cambio, donde doy cuenta de la trayectoria de grandes profesionales como Ignacio Carral. Dentro de unos meses lo tendremos en las manos.


sábado, 6 de mayo de 2017

Un libro colectivo


El curso 2016-2017 ha sido pródigo en libros colectivos porque he tenido la oportunidad de participar en cuatro. Os presento el último de los mismos, dedicado a distintos aspectos de Alicante durante la Guerra Civil:


jueves, 27 de abril de 2017

Vídeos de Contemos cómo pasó

A raíz de la publicación de Contemos cómo pasó, la Universidad de Alicante ha iniciado un proyecto de recopilación de fotos tomadas en Alicante desde 1960 hasta 1975 que reflejen escenas de la vida cotidiana. El resultado se puede consultar en la homónima página de Facebook. Os paso ahora los enlaces de tres vídeos que recopilan algunas de esas fotos:
https://vimeo.com/213088605
https://vimeo.com/213359893
https://vimeo.com/214304881


miércoles, 12 de abril de 2017

El primer trabajo académico sobre Jordi Sánchez


Gracias a la invitación de mis colegas José Luis Canet y Biel Sansano, he podido participar en el libro homenaje dedicado al añorado Josep Lluís Sirera con mi trabajo "Jordi Sánchez y el éxito en el teatro", donde analizo la trayectoria como comediógrafo de este popular actor.


Cuenca y Calle Mayor

Gracias a la invitación de Pablo Pérez Rubio, he podido editar el trabajo "Calle Mayor, de Juan A. Bardem, y la imagen de Cuenca" en el volumen Cuenca, Bardem y su Calle Mayor, publicado por el cineclub Chaplin.



jueves, 16 de marzo de 2017

Presentación de las memorias carcelarias de Diego San José

El pasado día 14 de marzo presenté las memorias carcelarias de Diego San José en compañía de su nieto Diego Antonio, el historiador Francisco Elía y el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Ciudad Real. Os paso el enlace de la noticia.


http://www.miciudadreal.es/2017/03/14/de-carcel-en-carcel-un-homenaje-a-la-amistad-de-un-hombre-pleno-de-humanidad/


sábado, 11 de febrero de 2017

Chicote en una revista norteamericana


David K. Herzberger ha publicado una reseña de Nos vemos en Chicote en la revista norteamericana Anales de la Literatura Española Contemporánea, vol. 42, I (2017), pp. 269-271. 



domingo, 5 de febrero de 2017

Arturito Pomar, precoz ajedrecista


Arturito Pomar es otro de los personajes que me sirven de hilo conductor para elaborar la memoria colectiva de quienes fuimos niños o adolescentes durante la última etapa del franquismo. El texto lo podéis encontrar en Contemos cómo pasó, páginas 81-102.


sábado, 28 de enero de 2017

Vídeo de la presentación de la edición de Diego San José


Gracias a Diego San José, nieto, os puedo enlazar el vídeo de la presentación de la edición de la obra de Diego San José, junto a Miguel Ángel Aguilar, Juan Manuel de Prada y Juan Van Halen. 



jueves, 26 de enero de 2017

Presentación de las memorias carcelarias de Diego San José

El 24 de enero y en la Fundación del Diario Madrid, tuve la oportunidad de presentar mi edición de las memorias carcelarias de Diego San José en compañía de Miguel Ángel Aguilar, Juan Manuel de Prada y Juan Van Halen. La asistencia de numeroso público fue una auténtica inyección de moral para culminar mi próximo libro, que también versará sobre periodistas y escritores.



sábado, 21 de enero de 2017

Joaquín Dicenta


Esta semana tuvimos la oportunidad de recordar a Joaquín Dicenta en el Instituto Juan Gil-Albert. Esperemos que el centenario del fallecimiento del periodista, bohemio y dramaturgo sea una ocasión para conocer mejor su obra.

domingo, 15 de enero de 2017

Una reseña en ABC

Juan Manuel de Prada ha publicado una reseña de la edición de las memorias carcelarias de Diego San José (ABC Cultural, 14-I-2017).






José Legrá

Las hazañas del locuaz José Legrá también tienen su capítulo correspondiente en Contemos cómo pasó, donde lo políticamente correcto se deja para mejor ocasión.




lunes, 9 de enero de 2017

Agata Lys


Agata Lys, o Margarita García, es una de las protagonistas con capítulo propio en Contemos cómo pasó, porque la memoria también se alimenta de esas mujeres inaccesibles de la pantalla.


Presentación de una novela


El pasado sábado tuve el placer de presentar la novela Horizonte vacío, de mi amigo y colega Daniel C. Narváez





sábado, 7 de enero de 2017

Un nuevo proyecto

La publicación de Contemos cómo pasó ha tenido su continuidad en un nuevo proyecto de la UA del que os paso el correspondiente enlace:


https://web.ua.es/es/sedealicante/contemos-como-paso/contemos-como-paso.html



Las memorias carcelarias de Diego San José en un artículo sobre los cautiverios

Ignacio Martínez de Pisón publicó "Cautiverios" (La Vanguardia, 6-I-2016), donde incluye mi edición de las memorias carcelarias de Diego San José entre las obras que nos recuerdan la experiencia de tantos cautiverios:

"Todos los objetos que había en los campos de concentración nazis llevaban estampado el sello K. L. Reich, abreviatura de “Konzentrationslager Reich”. De ahí sacó Joaquim Amat-Piniella el título para su novela autobiográfica, que el tiempo ha consagrado como un clásico indiscutible de la literatura en catalán. Por Mauthausen pasaron unos ocho mil españoles, de los que sobrevivieron dos mil y pico, Amat-Piniella entre ellos. Puede que éste empezara a escribir el libro sólo para conjurar el recuerdo de esos cuatro años de padecimientos, pero el resultado va mucho más allá de lo meramente terapéutico. Conozco pocas representaciones del infierno tan precisas y estremecedoras como K. L. Reich, que nos introduce en un mundo de pesadilla cuyos pobladores han sido brutalmente despojados de su condición de seres humanos y reducidos a la más cruda animalidad.
El tiempo también ha consagrado K. L. Reich como un clásico indiscutible de la literatura concentracionaria, a la altura del emblemático Si esto es un hombre. Al igual que Primo Levi, Amat-Piniella escribió el primer borrador del libro en 1946, y los dos tardaron bastantes años en verlo publicado: diez el primero, diecisiete el segundo. En el caso de Amat-Piniella, una parte de ese retraso se debió a las reticencias de la censura franquista, que fue también la causa de que la traducción castellana apareciera antes que el original catalán. Sus editores no podían ser más ilustres: Carlos Barral en castellano, Joan Sales en catalán. Desde aquel lejano 1963, el goteo de reediciones ha sido constante, lo que quiere decir que el libro se ha ido haciendo un hueco en las preferencias de varias generaciones de lectores.
Pero es que K. L. Reich también se está abriendo camino fuera. Una editorial austriaca lo acaba de publicar en alemán, un idioma al que parecía predestinado: esa traducción cierra un círculo que se había abierto antes incluso de que la obra fuera concebida. Cuando me llegó la noticia de la publicación, estaba casualmente leyendo un libro que comparte cierto aire de familia con el de Amat-Piniella. Me refiero a Rua de captius de Francesc Grau Viader, que con el título Cautivos y desarmados acaba de aparecer en castellano en el catálogo de Club Editor, la histórica editorial fundada precisamente por Joan Sales. El libro, también una novela con un fuerte componente autobiográfico, recrea la experiencia del autor durante su breve paso por el campo de concentración franquista de Miranda de Ebro. No se trataba de un campo de exterminio sino de un campo de prisioneros pero, salvo por la ausencia de hornos crematorios, las condiciones de vida en Miranda no diferían mucho de las de Mauthausen: hambruna, crueldad arbitraria, castigos y ejecuciones ejemplarizantes, insalubridad, desatención médica, piojos... Lo peor, sin embargo, no era la inmundicia física sino la espiritual, que convertía en enemigos a los compañeros de cautiverio y contribuía muy decididamente al envilecimiento general. Desde el primer día les habían dejado claro que no eran más que escoria: “Habéis luchado contra vuestra patria y habéis perdido. Vosotros sois los responsables de nuestros mártires. Que nadie confíe en nuestro perdón y mucho menos en nuestro olvido.” Para obtener algunos privilegios pero sobre todo para acercarse al bando de los vencedores, algunos presos colaboraban en la vigilancia del campo. A esos presos los llamaban esbirros. Eran ellos los que, a golpe de vergajo, ponían más esmero en la represión de los otros reclusos, sus compañeros.
El sistema concentracionario franquista duró nada menos que hasta 1947. Por esos campos pasaron decenas de miles de republicanos españoles, pero son muy pocos los textos literarios que dan testimonio de su existencia. Uno de ellos es éste de Grau Viader. Otro, también vibrante y sobrecogedor, es De cárcel en cárcel, de Diego San José, escrito en 1944 y recuperado hace sólo unos meses por la editorial Renacimiento. Si el delito de Grau Viader consistía en haber sido enviado al frente como uno más de los muchos soldaditos de la Quinta del Biberón, el de San José era haber escrito varios artículos favorables al gobierno republicano. Diego San José se libró del fusilamiento gracias a Millán Astray, el fundador de la Legión, que admiraba su literatura e intercedió para que le conmutaran la pena de muerte. Tras pasar por varias prisiones madrileñas, fue a parar al campo de San Simón, una antigua leprosería en una islita de la ría de Vigo. Allí las condiciones de vida eran las habituales: la bazofia que les daban para comer, la elevada mortandad, las sesiones de despioje. Al principio, además, se producían sacas. Si por la noche oían el motor de una lancha acercándose al muelle, era que venían a llevarse a alguno para ejecutarlo al amanecer. Los presos se miraban espantados: ¿a quién le tocaría esa noche? A veces, sin embargo, se trataba sólo del motor de un pesquero, que acababa pasando de largo mientras ellos soltaban un suspiro de alivio."

jueves, 5 de enero de 2017

Contemos cómo pasó


José Ferrándiz Lozano dedica estas líneas a Contemos cómo pasó:

Té una certa difusió en Internet una escena de la sèrie Mad Men en la qual els publicistes protagonistes presenten als seus clients la campanya que han dissenyat. Remuntant l'acció als anys seixanta, es recrea el moment en què l'agència prepara el llançament d'una gran novetat per encàrrec d'una coneguda marca de fotografia: el projector de diapositives, aparell que ja és història, desplaçat per la fotografia digital, els ordinadors, el powerpoint i els mòbils, però que algunes generacions hem tingut ocasió de manejar. Un producte que s'anava a denominar la roda i va acabar coneixent-se pel carrusel.En la sala de reunions de l'agència publicitària, el presentador de la campanya utilitza el nou aparell i projecta una seqüència d'imatges familiars, evocadores d'instants feliços, que sincronitza amb el seu relat. L'espectador sap que ell mateix viu una situació difícil amb la seua parella, la qual cosa augmenta l'emoció. Els parla als clients de «la connexió sentimental amb el producte» i assegura que pot existir una connexió més profunda: la nostàlgia.«Este aparell -explica, fent pauses molt estudiades- no és un coet espacial. És una màquina del temps. Va cap arrere. Cap avant. Emportant-nos a llocs on ens dol tornar. No s'anomena la roda, s'anomena el carrusel. Ens fa viatjar com als xiquets els agrada viatjar. Donant voltes i voltes per a tornar a casa de nou. El lloc on sabem que ens amen».Vincular un producte a l'emoció és un recurs habitual en publicitat. Però l'escena m'ha vingut al record quan he obert un exemplar del llibre Contemos cómo pasó. Imágenes y reflexiones de una cotidianidad (1958-1975), de Juan Antonio Ríos Carratalá, catedràtic de Literatura de la Universitat d'Alacant (entitat editora), i començar a llegir.No hi ha dubte que és un llibre que apel·la a la nostàlgia d'aquells que, testimonis d'eixe parèntesi temporal, van transitar amb prou innocència durant la seua infància i adolescència pels temps del desenvolupisme i el tardofranquisme -no és casual que compareguen mites esportius com l'escaquista Arturo Pomar, el boxejador Pepe Legrá o el basquetbolista Nino Buscató-.La distància de l'autor permet que l'aproximació siga realitzada amb un coneixement major del context, expressat de vegades amb mirada crítica i humorística. «La memòria convertida en consol o refugi alleuja les intemperàncies del present», precisa. «Però només és recomanable si reconeixem la seua virtualitat com a relat posat a la nostra disposició», ens avisa.

Enlace al artículo: http://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2016/12/30/586553dce2704ee97a8b4649.html