lunes, 14 de agosto de 2017

Colegas de la conducción


El diálogo de los protagonistas, mientras se fumaban un pitillo, debió ser de tú a tú y sin complejo de inferioridad por parte del minusválido situado a la izquierda. La ironía supone una constante en la obra de Ramón Masats, un intuitivo fotógrafo capaz de utilizar el contraste en lo cotidiano para captar imágenes tan insólitas como verosímiles. El requisito es tener la mirada entrenada y la intuición de quien sabe de la presencia del humor en cualquier esquina, siempre a la espera de un observador atento que no busca necesariamente la burla tantas veces presente en lo irónico.
La instantánea de Ramón Masats podría ser un fotograma de cualquier película coetánea de Luis G. Berlanga o Marco Ferreri. Rafael Azcona habría disfrutado al verla, mientras escribía historias de jubilados empeñados en quedarse minusválidos para evitar la soledad y realizar excursiones al campo en El cochecito (1960). El visto en la foto es mucho más humilde y su utilización no resultaría fruto del capricho, absolutamente justificado, de un señor tan respetable como el personaje interpretado por Pepe Isbert. El asiento parece un sillón de mimbre reconvertido gracias a la pericia de un manitas del barrio y la tracción es similar a la de una bicicleta, aunque los pedales hayan sido sustituidos por unas manivelas. El vehículo del minusválido es propio de la España autárquica donde tantas veces se comprobó que la necesidad agudiza el ingenio; o la improvisación, que es una respuesta tan socorrida como carente del prestigio de lo clásico.
La endeblez del vehículo con manivela contrasta con el poderío de la apisonadora de Cubiertas y Tejados S.A. La enorme máquina está lista para iniciar o continuar el asfaltado de una carretera, tal vez en el extrarradio de Madrid –por el edificio situado al fondo- o en las afueras de un pueblo tan sorprendido ante la llegada del armatoste como Villar del Río. Allí, en medio de la expectación popular, también paró una apisonadora. Los trabajadores que la conducían no tenían tiempo de hacerse un cigarrillo con las autoridades ni de contemplar las calles engalanadas, pero anunciaron la inminente llegada de los americanos; es decir, la modernidad apenas entrevista, al menos por los desencantados pueblerinos a los que todavía el alcalde les debe una explicación. El minusválido o discapacitado tampoco la conocería porque estaba acostumbrado a que nadie le diera explicaciones y, curioso en su deambular para vender cupones o lo que fuera preciso, no tuvo reparo en aparcar «el cochecito» junto al monstruo mecánico y pegar la hebra con su conductor, que le atiende desde la «cabina» de su aplastante montura.
La foto de Ramón Masats no permite conocer la temática de la conversación entablada por los protagonistas, que sería dispersa y superficial como corresponde a la ocasión. El objetivo del minusválido era probablemente hablar con su colega conductor y, tal vez, intercambiar impresiones sobre las dificultades o las posibilidades de sus respectivos vehículos. La comparativa de sus prestaciones salta a la vista. El tema daba para un cigarrillo bien fumado y, sobre todo, la conversación evitaría la soledad de quien dependía de una silla de ruedas en una época donde esta circunstancia era una desgracia sin apenas paliativos.
El humor del período franquista está repleto de tullidos, cojos, mancos… que, lejos de esconder su condición o recurrir al eufemismo, dan aliento a la vertiente más negra de la risa nacional. Los excesos de muchos humoristas fueron evidentes, así como la falta de respeto o de sensibilidad de quienes se rieron de la desgracia ajena. La crítica en este sentido parece una obviedad de lo políticamente correcto, pero también cabe pensar en la espontaneidad del hombre que se acerca a charlar con el conductor de la apisonadora. El gesto genera un contraste y el mismo, captado por la cámara, provoca la sonrisa del observador gracias al tratamiento dado por Ramón Masats.

Al igual que la de Rafael Azcona, la mirada del fotógrafo no hace sangre en el humilde y respeta la dignidad de los protagonistas de sus fotos, que nunca protestaron al verse retratados e inmortalizados como personajes anónimos. El derecho a la imagen propia era un futurible en aquella España del blanco y negro, pero a la vista de tantas instantáneas desinhibidas también podemos pensar en la naturalidad de lo que fluye a la espera de una mirada atenta, aquella que sin sobresaltos ni énfasis nos recuerda con una sencillez extrema que dos colegas de la conducción podían echar un pitillo y pegar la hebra. Esa fluidez es vida, sin corsé y proclive al espectáculo de lo dispar.

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