sábado, 12 de agosto de 2017

Los piropos

Francesc Catalá Roca 1959

Xavier Miserachs 1962

Carlos Arniches era un hombre de humor y, sobre todo, un creyente en la bondad natural de quienes poblaban sus obras teatrales. Ambas circunstancias le llevaron a imaginar una academia donde los discípulos aprendían el método Gorritz, que resultaba infalible en materia de piropos ingeniosos, oportunos y capaces de derrumbar cualquier resistencia femenina. El propio Gorritz ejerce de maestro en el arte del requiebro, pero al final recibe una lección porque su edad y condición de casado siempre son risibles en combinación con los lances del deseo. La tradición del teatro como escuela de costumbres así lo dictamina, mientras la realidad deambula por otros derroteros menos proclives a la sonrisa y la comprensión.
El piropo viene de largo y puede ser de tantos tipos que ha propiciado monografías como la del profesor José Luis Calvo Carilla. Las fotos de Francesc Catalá Roca y Xavier Miserachs no permiten imaginar unos piropos ocurrentes, graciosos y hasta poéticos. Los rostros y las actitudes de los protagonistas desmienten esta posibilidad. El lanzado en la Sevilla de 1959, probablemente después de una procesión de Semana Santa por las sillas puestas en la acera y el tiempo lluvioso, indica un descaro no exento de chulería. El piropeador se siente no solo impune, sino también protegido por los representantes del poder eclesiástico y militar, el franquismo en definitiva, que provocaba temores en muchas materias mientras exhibía una complaciente actitud ante los excesos de la testosterona.
Las víctimas sevillanas desconfían de las autoridades allí presentes, si las  vieron, y optan por endurecer el gesto, acelerar el paso, mirar adelante para evitar el rostro chulesco del agresor y, una de ellas, poner la mano sobre el pecho, pretendiendo así tapar aquella parte del cuerpo que pudiera haber incitado al piropeador. No parecen mujeres especialmente atractivas ni jóvenes. Ambas solo son «responsables» de estar en la calle y cruzarse con un tipo solitario, de aquellos que tomaban un coñac Soberano sin saborearlo y después desplegaban unas artes de seducción capaces de espantar a cualquiera, aunque algunos, justo al lado, opten por seguir hablando de lo lucido de la procesión a pesar de la amenaza de lluvia.
El piropo recogido por la cámara de Xavier Miserachs en 1962 nos invita a pensar en un fotógrafo especialmente dotado para «el momento decisivo» del que hablara Henri Cartier-Bresson. Tal vez el catalán intuyera que la presencia de un nutrido grupo de jóvenes, procedentes de un centro masculino de bachillerato, era la estopa a la espera del fuego de una joven que se cruzara por el camino. Xavier Miserachs decidió seguir los pasos de esos alborotados chicos por la Vía Layetana. La intuición favorece el azar y, justo en ese momento, la cámara recogió el salto del piropeador, que con el ímpetu de las hormonas provoca la maniobra de regate de una mujer que, lejos del susto, aparece con un rostro de hastío y rabia ante la insolencia del jovenzuelo. Incluso pudo haberle propinado un manotazo como respuesta. Mientras tanto, el resto del grupo ríe la gracia del asaltador y refuerza el espíritu gregario donde cualquier «lanzado» se siente a gusto porque ostenta un liderazgo, aunque sea momentáneo.
El sevillano es un solitario que mira a las mujeres con el descaro del veterano. El barcelonés se sabe en grupo, es joven y recurre a una puesta en escena más espectacular para provocar la risotada de los compañeros. La joven le esquiva con peligro para su integridad porque camina por una calzada donde hay coches. Nadie parece recalar en la presencia del fotógrafo y la escena se desarrolla con la espontaneidad de lo tan acostumbrado como risible, de acuerdo con la mentalidad imperante en la época. Xavier Miserachs testimonió el acoso y derribo de una joven bajo la coartada de un piropo gregario. Los comentarios, al cabo de los años, casi sobran por su obviedad para quienes somos conscientes de la selva de donde venimos, que no era privativa del franquismo, tal y como demuestran las numerosas fotos coetáneas dedicadas al piropo en diferentes países.

La instantánea es reveladora. Todo queda claro y nítido para provocar la emoción del observador. La consiguiente reflexión habrá ganado consistencia con el paso del tiempo y el cambio de las costumbres, pero las fotos geniales deben guardar alguna interrogante. Visto el rostro del joven situado en primer plano, casi chupando cámara sin saberlo, cabe preguntarse si era consciente de lo sucedido a sus espaldas. Tal vez sí, o no; incluso es probable que haya fallecido sin saberse protagonista de una foto célebre. En cualquier caso, parece ir a lo suyo sin mayores problemas, como si tuviera prisa y despreciando el peligro de andar por la calzada, porque esto de los excesos en el piropo solo interesaba a miradas atentas como la de Xavier Miserachs. El resto reía de la gansada de un compañero o hablaba de lo lucido de la procesión.

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