martes, 29 de julio de 2025

Hemos llegado a las 200.000 visualizaciones

 


En septiembre de 2010 acababa de publicar El tiempo de la desmesura, una monografía sobre las películas cuyo rodaje se vio interrumpido por el inicio de la Guerra Civil. La búsqueda de información me permitió recopilar bastantes fotos curiosas de los intérpretes de la época y lamentaba no poder incluirlas en la edición. Al comentarlo en casa, mi hijo, que por entonces tenía trece años, me dijo que si abría un blog podría difundirlas sin ningún problema. La idea me pareció interesante y, sobre todo, era una oportunidad para que Antonio pudiera sentirse orgulloso de ayudarme en el trabajo gracias a sus pinitos en la informática.

Así nació este blog, el 11 de septiembre de 2010, como el resultado del empeño de un hijo y un padre confabulados para acometer una tarea que diera mayor difusión a lo investigado. El título respondía al momento, pues el citado libro estaba protagonizado por vedettes que triunfaron durante la II República y el blog no aspiraba a ir más allá.



El "perfil" original de la cuenta del blog en 2010

Tras publicar algunas entradas con esas fotos de las vedettes, la idea del blog siguió siendo una oportunidad de pedir ayuda a Antonio, que redactaba al dictado las pocas entradas publicadas cada año y las componía con algunas imágenes. Así permaneció durante una década, hasta que mi hijo terminó el grado de Ingeniería Multimedia y se doctoró en 2024. Actualmente, es profesor de la UA y me utiliza como cobaya para sus trabajos relacionados con una IA al servicio de la docencia:



Junto con Antonio el día de la firma de su contrato como profesor de la UA

El blog llegó a las 100.000 visualizaciones el 1 de agosto de 2022 y, desde el año siguiente, la elaboración de las entradas corre a mi cargo, aunque para hacerlas debo utilizar un perfil donde aparece una caricatura de mi hijo como jugador de baloncesto con chupete. Solo a partir de entonces fui consciente de las verdaderas posibilidades del blog para difundir mis tareas universitarias y lo convertí en un instrumento de trabajo. El resultado fue un mayor número de entradas y un incremento notable del tráfico. De hecho, tardé doce años en completar esa cifra y la he doblado en tan solo tres, como se puede comprobar en la captura del apartado de estadísticas tomada ayer:


El incremento del tráfico fue evidente desde 2022, pero el verdadero punto de inflexión llegó en marzo de este año. Desde ese mes el total nunca ha bajado de 5000 visitas mensuales y en dos ocasiones superó las diez mil. Las 913 entradas publicadas tienen una media de 219 visitas, pero la cifra sería muy superior si solo consideráramos las publicadas durante los últimos seis meses.

El veterano blog ha alcanzado los objetivos previstos y cuando complete las mil entradas dará paso a otro con apariencia y tecnología más propias del momento. Su título será Memoria y ficción porque, a partir de su aparición, trataré de explicar los vínculos de la memoria con la ficción en unas entradas donde el humor volverá a estar presente. 

La tarea relacionada con los consejos de guerra quedará completada con el tercer tomo de la trilogía, cuyo original lo entregaré a la editorial en septiembre, y una web donde incluiré nuevos sumarios analizados además de recopilar los ya estudiados. Hoy mismo he solicitado al Archivo General e Histórico de Defensa la copia de diecisiete nuevos sumarios relacionados con periodistas y escritores. En definitiva, la completaré al cabo de doce años de investigación, pero también quiero volver a poder sonreír mientras escribo y esa sonrisa estará presente en el nuevo blog como invitación a compartir una ficción que estimula la memoria.


lunes, 28 de julio de 2025

«Matar a un hombre es algo muy duro...»




 

Un libro no se planea, se engendra. El proceso empieza mucho antes de que el autor lo sepa, en ese espacio de «oscuridad y silencio» del que habla Marcel Proust cuando nos enseña a desentrañar la relación entre la memoria y la creación literaria.

Al cabo de cuarenta y dos cursos como profesor, soy consciente de que los comentarios acerca de una obra se olvidan con facilidad. Sin embargo, hay ideas que perduran por su clarificadora validez universal. La arriba indicada forma parte de ese conjunto y la reitero con la voluntad de que el alumnado distinga entre los libros planeados y los engendrados. Solo estos últimos, a veces, llegan a ser unos clásicos.

Antonio Muñoz Molina es un autor con abundante presencia en mi biblioteca. Ahora mismo, veraneo en compañía de su más reciente libro, El verano de Cervantes (2025), para convertir cada noche, gracias a los momentos dedicados a la lectura, en una oportunidad de recordar, descubrir y dialogar con quien ha escrito un ensayo imprescindible si visitamos con asiduidad la prosa cervantina.




Su lectura me ha recordado la diferencia entre lo planeado y lo engendrado en literatura, pero el diálogo tácito con el autor me ha llevado a plantearme hasta qué punto mis libros, especialmente los últimos, cuando he podido elegir el tema, han sido engendrados en ese espacio de la oscuridad y el silencio señalado por Marcel Proust.

La trilogía dedicada a los consejos de guerra fue engendrada antes de que empezara a escribirla. La conclusión podría argumentarla de muchas maneras, desde las derivadas de un interés recurrente por este período hasta las relacionadas con el rechazo ante cualquier manifestación represiva o censora. A lo largo de los libros, incluso en este blog, lo he explicado. Entre otros motivos, porque el historiador debe establecer las coordenadas desde las que observa la parcela seleccionada.

Apenas merece la pena repetir lo escrito. Sin embargo, al releer la distinción recordada por Antonio Muñoz Molina me pregunto por la razón fundamental de esa lenta y remota maduración que ha permitido engendrar la trilogía. La respuesta nunca podrá prescindir del rechazo de la violencia ejercida contra los derechos humanos, pero -para concretarlo- cabe subrayar el radical rechazo a la pena de muerte.

A partir del momento en que constaté la ejecución de periodistas y escritores por el «delito» de haber sido tales, de ejercer la libertad de expresión durante una guerra, hubo una razón ética para engendrar un trabajo que se concretaría muchos años después.

Nunca he leído tratados contra la pena de muerte. Ni siquiera he ahondado en el pacifismo como tema de lectura. Las razones para mantener ambas posturas me parecen demasiado obvias y, en mi caso, no precisan de argumentos sofisticados.

Al contrario, me basta una frase que cito en clase cuando hablo del tratamiento de la violencia en el cine. La pronunció William Munny el protagonista de Unforgiven (1992), de Clint Eastwood: «Matar a un hombre es algo muy duro, le quitas todo lo que tiene… y todo lo que podría tener». El asesino, por experiencia, sabía de lo que hablaba con el nervioso y arrepentido Schofield Kid.




La frase la escuchamos gracias a la poderosa voz de Constantino Romero, pero forma parte del repertorio del complejo personaje interpretado por Clint Eastwood, que intenta culminar la redención y mata sin pestañear porque la absurda espiral de violencia no le deja en paz. Al menos, como toda la película, la frase invita a la reflexión por su sencilla y rotunda crudeza. La agradecemos porque no precisamos más explicaciones y las réplicas de Clint nunca dan para un párrafo.

El problema es que la historia no es una película y el guionista de la Victoria tampoco triunfó con Raza (1942). A lo largo de la trilogía he encontrado asesinatos con apariencia legal. Llegaron tras procesos judiciales donde la represión del enemigo desembocó en un paredón. Nadie entre los victimarios dejó para la posteridad una frase como la de William Munny. Al contrario, parcelaron sus actuaciones para difuminar la carga de la responsabilidad (Raul Hilberg) y los ejecutores, puestos a poner el punto final, lo resolvieron a menudo con un alcohol que les embrutecía sin los atisbos de reflexión que el whisky permite al asesino de la película.

La historia no es una película, pero las obras maestras del cine ayudan a mantener una perspectiva ética para entender una realidad compleja cuyo conocimiento, poco a poco, engendra, que no planea, un trabajo como el dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores.

jueves, 24 de julio de 2025

Una pintada enigmática


 El Fary como el faro que ilumina una lucha

La caminata diaria, por consejo médico y costumbre de toda la vida, es una oportunidad para la observación y la consiguiente reflexión, aunque sean las propias de un flâneur. El requisito es prescindir de cualquier artilugio tecnológico al servicio de la distracción y confiar en el atractivo de unas calles que siempre sorprenden si media la curiosidad y la atención del caminante.

Desde hace unas semanas paseo al atardecer por una acera donde alguien, sin firma o siglas, ha escrito una enigmática frase: «Despierta Europa». La pintada no debió ser un acto aislado, puesto que también la he encontrado en otras calles del barrio. Cabe, pues, hablar de una posible campaña de concienciación cuyas motivaciones desconozco.

A pesar de la ausencia de signos de exclamación, al principio pensé en un exhorto a Europa lanzado por un vecino. Tal vez, ante una constatada somnolencia del continente, alguien cercano se ha visto en la obligación de despertarlo para vete a saber qué propósito. Vistas algunas manifestaciones recientes, supongo un temor a que Europa sea musulmana y, de ahí, la necesidad de un despertar a modo de Cruzada. Al ver la pintada, especulo sobre si Europa se habrá sentido aludida. Lo dudo, pero carezco de datos para establecer la recepción de una iniciativa cuyo origen es un misterio.

La hipótesis acerca del sentido de la pintada ha dado un giro copernicano esta semana. La ausencia de los signos de exclamación, la literalidad sin añadidos, puede conducirnos a una frase descriptiva o enunciativa. El vecino, atento desde su atalaya, habrá observado un despertar de Europa y lo comunica a la vecindad.

Esta interpretación habría requerido un distinto orden sintáctico: «Europa despierta», pero tampoco hay que ser quisquilloso cuando lo acuciante de la noticia, el despertar del continente, obliga a lanzarse a la calle para dar la buena nueva; o la mala, porque también hay musulmanes entre la vecindad.

Ahora bien, ¿de qué Europa se trata? Cuesta imaginar a todo un continente somnoliento o dispuesto a dar un manotazo al despertador. Yo apenas conozco una minúscula parcela y la veo muy diversa. Supongo que la experiencia es común. Por lo tanto, ¿cómo darle un solo rostro, despierto o somnoliento, a esa señora que nadie termina de conocer?

Mi vecino puede haberla identificado en medio de una alucinación quijotesca, aunque la misma haya sustituido los libros de caballerías por las redes sociales, donde la fantasía del desbarre campa con la normalidad de lo cotidiano. Vete a saber…

La interpretación de la frase estaría más acotada si mediara una coma capaz de justificar la ausencia de los signos de exclamación. En tal caso, el vecino habría mostrado una calma, incluso una educación, infrecuente cuando alguien se ve impelido a realizar una pintada con nocturnidad y algo de alevosía. La urgencia de la misión justifica los posibles errores sintácticos. Incluso los ortográficos.

La exégesis de la pintada me distrae como cualquier detalle observado en mi diario deambular. La especulación es gratuita y, claro está, las hipótesis son tan inocuas como la propia pintada, que merece una sonrisa por el esfuerzo carente de sentido práctico.

El problema de la interpretación surge con otras frases enigmáticas, por una pésima redacción, como las presentes en los sumarísimos de urgencia. Sus autores no son émulos del oscuro Góngora, sino unos oficiales con escasas destrezas lingüísticas que escriben con la impunidad de quienes nunca dan cuenta de sus actuaciones. Ni siquiera repasan el texto antes de entregarlo porque, gracias a la omnipotencia de la jurisdicción militar, ellos son los únicos intérpretes posibles y nadie puede discutirles. Los demás, aunque seamos filólogos, debemos limitarnos a constatar el asombro y disimular las faltas de ortografía para no ensuciar nuestros trabajos. Otras suciedades no se limpian ni con el mejor detergente.


martes, 22 de julio de 2025

El condenado a muerte que leía a Gabriel Miró


 José Expósito Leiva. Fuente: Archivo de la Democracia. UA.

Del Puente de Vallecas a Caracas

El anarquista José Expósito Leiva (1918-1978) fue condenado a muerte en un consejo de guerra celebrado en Madrid el 29 de febrero de 1940, cuando el antiguo dependiente de la librería Tormos, sita en la calle Jacometrezo, apenas contaba veintiún años y llevaba preso casi uno habiendo pasado por el Campo de los Almendros, el alicantino castillo de Santa Bárbara, la plaza de toros de la misma localidad y las cárceles madrileñas de Conde de Toreno y Santa Engracia. El destino se había truncado para un tímido vecino del Puente de Vallecas que militaba en las Juventudes Libertarias desde 1935, fue declarado inútil por incapacidad física al ser movilizado en enero de 1938 -solo realizó tareas burocráticas- y gozaba de buena opinión entre el vecindario. Así se evidencia en los avales depositados en el sumario 48550 del AGHD, que incluso cuenta con el del alcalde del Puente de Vallecas firmado el 5 de julio de 1939. Tal vez fuera redactado a instancias de una madre dispuesta a hacer todo lo posible para salvar la vida de su hijo preso.

La dramática circunstancia de esta represión, iniciada cuando el colaborador de la página juvenil de Castilla Libre intentó huir camino del exilio desde el puerto de Alicante, la relata el ubetense en un libro que en su momento pasó desapercibido, tal vez por la coetánea avalancha de otras obras similares, y que convendría reeditar a tenor del valor testimonial y la calidad literaria del texto: Memorias de un condenado a muerte (1978). José Expósito Leiva lo terminó de escribir «en un lugar de España, a 20 de octubre de 1947», cuando el memorialista permanecía en la clandestinidad como destacado miembro de la CNT desde su excarcelación (BOE, 19-III-1944) y un mes antes de escapar al exilio, que le llevó a Francia y Méjico para terminar afincado en Caracas desde 1949 hasta su fallecimiento. El anarquista con vocación política llegó a ser ministro del gobierno republicano en el exilio durante el año 1947 y siempre mantuvo su militancia anarquista, aunque fuera apartado de la CNT desde 1961 por su postura favorable a la formación de un partido. La condición de periodista queda probada gracias a la corresponsalía de la Agence France-Presse, que ejerció en Venezuela mientras colaboraba en la prensa local.

José Expósito Leiva fue un activo propagandista de las Juventudes Libertarias desde noviembre de 1936, cuando dejó el empleo en la librería Tormos al ser requerido por su amigo Amor Buitrago González para llevar a cabo esa labor en distintas localidades de Ciudad Real y Cuenca. Allí, ambos, junto con Progreso Martínez, dieron charlas e intentaron constituir agrupaciones libertarias. La labor la completó en la capital dando una charla en Unión Radio el 12 de octubre de 1937 para recordar la solidaridad de Méjico con la España republicana. También colaboró con seis artículos publicados entre noviembre y diciembre de 1937 en Castilla Libre, cuya página juvenil estaba a cargo del citado amigo del Puente de Vallecas, y otros en Juventud Libre, según consta en sus declaraciones sumariales.

Las Juventudes Libertarias de la capital le nombraron secretario de organización hasta su movilización y, tras desempeñar tareas burocráticas en el ejército, José Expósito Leiva salió de Madrid cuando las tropas del general Franco ya estaban en sus calles. Tras un viaje repleto de incidencias y peligros, llegó al puerto de Alicante con la esperanza de embarcar rumbo al exilio. Las circunstancias de aquellos miles de republicanos ya las conocemos, el joven las compartió con toda su crudeza, estremecedora a tenor del testimonio arriba citado, y acabó con sus huesos en el campo de Los Almendros. Desde allí pasó a la prisión habilitada en el castillo de Santa Bárbara y, tras una escala en el campo de concentración de Albatera, terminó haciendo una ronda por diversas cárceles de Madrid y Pamplona. En total, cuatro años y medio hasta la puesta en libertad condicional, que aprovechó para incorporarse a la lucha antifranquista durante cuatro años. Gracias a su activismo, llegó a formar parte del comité nacional de la CNT hasta la salida clandestina del país a fines de noviembre de 1947, rumbo de un exilio que en su caso resultó definitivo.

A pesar de su juventud y una salud delicada, José Expósito Leiva colaboró en la prensa anarcosindicalista de Madrid durante la guerra y realizó actividades propagandísticas hasta su movilización. Por lo tanto, el miembro de las Juventudes Libertarias forma parte del colectivo de periodistas y escritores procesados en los consejos de guerra del período 1939-1945. Su caso lo estudiaremos a continuación, pero antes convendría detenernos en una obra cuya lectura resulta recomendable porque, más allá del testimonio acerca de la represión, el texto evidencia una voluntad estilística y una formación literaria poco habituales entre quienes, por su juventud y circunstancias, vivieron unos años donde la lectura se convirtió en un hábito que debía superar innumerables problemas.

Un testimonio a rescatar

Memorias de un condenado a muerte destaca en su género por la honestidad de un testimonio donde lo político o histórico queda en un segundo plano ante el dramatismo del momento y la calidad de la prosa. El joven dependiente de la librería Tormos y miembro del ateneo libertario del Puente de Vallecas, donde probablemente accedería a unas lecturas poco probables por su modesta condición social, albergaba una vocación literaria compatible con su compromiso militante. El propio José Expósito Leiva da pistas acerca del origen de la misma cuando explica que, siendo un «adolescente triste» -también «tímido» a tenor de lo reflejado en el sumario-, ya era lector de Heine, Dostoievski y Bécquer, aparte de haber redactado las primeras poesías con la voluntad de convertirse en un periodista y escritor.

La guerra frustró sus esperanzas literarias, que quedarían relegadas por la urgencia de la propaganda al servicio del bando republicano. La derrota de 1939 y el frustrado intento de partir al exilio convirtieron esas esperanzas en una quimera, pero hasta en aquellas dantescas cárceles José Expósito Leiva buscó la oportunidad de leer como una manera de aferrarse a lo perdido. Así lo cuenta, con una delicadeza notable capaz de transmitir la emoción, en unas memorias estremecedoras que relatan el drama de una represión brutal.

Un ejemplo, que entresaco por afectar a dos procesados de la trilogía dedicada a los consejos de guerra, es el maltrato sufrido por el comunista Manuel Navarro Ballesteros y el anarquista Eduardo de Guzmán, recién llegados a Madrid procedentes del campo de Albatera. Junto con el autor siguieron el mismo itinerario represivo. Los policías militares del SIPM que interrogaron y maltrataron a ambos sabían de sus colaboraciones periodísticas y orientación política. Provistos de fotografías publicadas en las cabeceras donde los dos futuros condenados a muerte trabajaron, les obligaron a tragar unas donde aparecían La Pasionaria y Buenaventura Durruti. La escena fue motivo de carcajadas por parte de los miembros de la policía militar. Tal vez el relato carezca de la precisión de una crónica. Tampoco la misma se respeta en varios momentos de la obra testimonial, que revela diferencias con respecto a la documentación sumarial, pero en la pluma de José Expósito Leiva prevalece la voluntad de transmitir el horror que conoció en primera persona junto a tantos otros procesados y condenados a muerte como los arriba citados.

El espanto de lo vivido en el puerto de Alicante a finales de marzo de 1939 y en el Campo de los Almendros lo conocemos gracias a distintas obras testimoniales o el relato, tan preciso, de un Max Aub capaz de sintetizar el horror y la desesperación del momento. No sucede así, al menos en la misma medida, cuando hablamos de lo vivido en el castillo de Santa Bárbara, donde fueron recluidos muchos de quienes pasaron por aquellos enclaves de la derrota republicana. José Expósito Leiva fue uno de ellos y nunca lo olvidó. Sus Memorias de un condenado a muerte podrían haber dado cuenta de su proceso judicial, pero el mismo casi le resultaría desconocido como a tantos otros encartados que apenas disponían de información sobre la marcha de los sumarios. La opción elegida pasa por la desesperación de un joven que ve cercana la muerte y, cuando escapa de la misma, desde la clandestinidad evoca con todo su dramatismo los momentos de torturas y maltratos que observó hasta su procesamiento. Faltan nombres y detalles para darles un valor más histórico que testimonial, pero queda una descripción donde la intervención de la imaginación, en algunos pasajes, solo potencia la conmoción del lector ante unas torturas que sabemos generalizadas a partir de numerosas evidencias. La enumeración de esos ejemplos del horror resulta innecesaria. Vista la voluntad literaria del autor que justificaría la reedición de la obra, prefiero quedarme con la imagen de un joven que llegó a la prisión de Pamplona con la compañía de dos libros: Contra esto y aquello, de Miguel de Unamuno, y El libro de Sigüenza, de Gabriel Miró. El gesto, de supervivencia entre la barbarie, merece un recuerdo.

Los carceleros destinados en Pamplona, donde tantos sucesos merecieron el recuerdo de los presos y hasta la atención de los historiadores, le incautaron ambos ejemplares sin necesidad de que pudieran propiciar «lecturas marxistas». En aquella fría y masificada institución penitenciaria la lectura de Unamuno o Miró, o de otros autores ajenos a la barbarie, estaba prohibida por las autoridades. José Expósito Leiva perdió su preciada posesión que le permitía un mínimo de aislamiento a través de la imaginación compartida. Lo lamentó como tantas otras pérdidas, incluida la juventud, pero mantuvo la pretensión de convertirse en un escritor capaz de emular a los mejores. El camino quedó frustrado por las circunstancias de una vida que terminó a miles de kilómetros del Puente de Vallecas. Al menos, mientras lo intentó emprender sin la urgencia de lo propagandístico, el ubetense disfrutó de la compañía de autores como los citados. Su evocación en un libro donde predomina el testimonio del espanto siempre supone una eficaz ayuda. La subyacente voluntad estilística, la propia de quien lee la prosa mironiana en medio de las miserias de aquellas cárceles, bien merece una reedición.


José Expósito Leiva. Fuente: Wikipedia

Condenados a muerte por propagandistas

Amor Buitrago González y José Expósito Leiva eran, además de amigos, dos jóvenes libertarios del Puente de Vallecas. El primero ya había sido detenido en febrero de 1934 porque, como hijo de Victorino Buitrago García (1892-1942), que acabaría fusilado, participó en el activismo anarquista desde los diecisiete años (Jiménez Herrera, 2024). Poco antes de la guerra, el muchacho repartía sus días entre la venta callejera de la prensa libertaria y la participación en las actividades del ateneo del Puente de Vallecas sin menoscabo de la lucha sindical en huelgas como la de la construcción de Madrid, que le llevaron a la cárcel poco antes de iniciarse la guerra. El golpe de Estado supuso su excarcelamiento.

A partir del 18 de julio de 1936, el militante natural de Puertollano ingresó en las Milicias Confederales de la Región Centro, mientras que su padre asumió tareas más cuestionables en la retaguardia. Amor Buitrago González en noviembre de 1936 se acercó a la librería de la calle Jacometrezo donde trabajaba su amigo y le convenció para convertirse en un activista al servicio del anarquismo. Junto con Progreso Martínez, los tres iniciaron un camino por Cuenca y Ciudad Real que a finales de marzo de 1939 terminó en Alicante, donde Amor fue detenido en compañía de su padre iniciando así un peregrinaje por los centros penitenciarios paralelo al de José Expósito Leiva hasta que ambos jóvenes fueron procesados en el sumario 48550 del AGHD.

Tras pasar por el Campo de los Almendros, el castillo de Santa Bárbara y ser trasladados a Madrid, el 2 de julio de 1939 los dos anarquistas comparecieron ante la Brigada de Investigación Política del SIPM. Amor, de veinte años, reconoce su militancia en la CNT y la FAI, aparte de ser miembro de la Federación Ibérica de Estudiantes Revolucionarios, una escisión de la FUE promovida por las Juventudes Libertarias. Los golpes que recibiría le llevaron a completar el currículo con las colaboraciones en Juventud Libre y Castilla Libre, donde era responsable de la página juvenil que acogió la publicación de seis artículos de su amigo. Dadas las fechas y la índole de la confesión, ese día le cayó una pena que nunca bajaría de los treinta años tras una conmutación de la máxima.

José Expósito Leiva, de veintiún años, no tuvo una suerte mejor. También reconoce la militancia anarquista, aunque la circunscribe a las Juventudes Libertarias de las que en julio de 1937 llegaría a ser secretario de organización del comité regional. Junto con Amor y Progreso, participó en actividades propagandísticas en localidades de Cuenca y Ciudad Real, así como en Madrid, concretamente en Unión Radio con la intervención dirigida a México, donde -según su declaración- «ensalzó los lazos de unión con el referido pueblo». La confesión de José es menos grave porque excluye a la CNT y, sobre todo, a la FAI, pero lo reconocido por su amigo también tenía consecuencias para quien le acompañó hasta el final. De ahí, tal vez, que lamentara su derrumbe y la consiguiente delación para salvar su vida. En realidad, ambos jóvenes estaban condenados desde que comparecieron ante la policía militar.

Dos días después, Amor Buitrago González volvió a declarar para ratificar lo dicho acerca de su actividad como propagandista. En lo referente a los artículos publicados en Castilla Libre, defendió «la necesidad de llegar a la unificación de todas las juventudes para la consecución de la alianza antifascista». La afirmación parece contraria a una hipotética exculpación. Asimismo, reconoce que impulsó la creación de la FIER como escisión de la FUE, pero intenta evitar la pena de muerte cuando se desvincula de cualquier acto violento: «Que su actuación se ha limitado a hacer intensa propaganda, sin que por su parte se hayan hecho registros, detenciones o asesinatos». Su padre, al parecer, no pudo afirmar algo similar y acabó fusilado (Jiménez Herrera, 2024).

El mismo día vuelve a declarar José Expósito Leiva, que sigue una táctica similar a la de su compañero: reconoce las actividades propagandísticas, aunque nunca por iniciativa propia, para a continuación quedar al margen de actos violentos que le pudieran llevar al paredón: «Que espera que las informaciones que se practiquen acreditarán que no ha participado en delitos sangrientos ni ha preconizado la violencia, o sea crímenes o persecuciones y que aunque públicamente no le había sido posible desautorizar la represión llevada a cabo por los propios anarquistas, privadamente la condenó siempre y en términos generales se manifestó contra los métodos del terror». Al margen de la táctica defensiva, la afirmación parece coherente con la actitud ante la violencia mostrada en sus citadas memorias.

Hasta este momento las actuaciones forman parte de unas diligencias previas. El 15 de septiembre de 1939, el auditor ordena la instrucción del sumario 48550 al Juzgado Permanente n.º 9. Su titular, el capitán Rafael de Villasanta Cruz, recopila varios avales de quienes conocían a José Expósito Leiva y solicita el correspondiente informe de la DGS. El mismo llega el 29 de diciembre y solo aporta como cargo la realización de una intensa actividad propagandística, que al parecer llevó al encartado a desplazarse a París con motivo del 1 de mayo de 1937. Asimismo, reconoce que el joven no sirvió en el ejército por su «inutilidad física» y, de manera un tanto sorprendente a tenor de otros informes, afirma que el encartado «está conceptuado como persona de buena conducta y calificado como persona tímida, ignorando haya cometido hechos delictivos contra personas de derechas». Es decir, puestos a acusarle, solo podían basarse en su actividad propagandística a favor de los libertarios. La misma bastó para condenarle a muerte.

El 3 de enero de 1940 llega el informe de la DGS sobre Amor Buitrago González, que es más comprometedor, puesto que lo relaciona con su padre en las actividades represivas llevadas a cabo en el Ateneo Libertario de Vallecas localizado en la calle Emilio Ortuño. La conclusión es diferente a la de su compañero: «entre la vecindad está conceptuado como elemento peligroso para el nuevo Régimen, pues no se ha dedicado nada más que a la persecución de personas de derechas». A la hora de la sentencia, ambos encartados quedaron equiparados sin entrar en distingos como los formulados por la DGS.

El 10 de enero de 1940 vuelve a declarar José Expósito Leiva, que traslada a su compañero la responsabilidad de las actividades propagandísticas donde participó y, como último recurso, argumenta una oposición a los comunistas. De hecho, considera que sus artículos en Castilla Libre suponen una crítica a las posturas defendidas por las JSU. El anticomunismo era un recurso habitual entre quienes suponían que la represión, en sus manifestaciones más graves, era una materia reservada para «los marxistas». En el caso de José Expósito Leiva pronto comprobaría su error de apreciación.

Una semana después volvería a declarar Amor Buitrago González, que insiste en desvincularse de las actividades represivas llevadas a cabo en el ateneo vallecano. Algo de verosimilitud tendría cuando varios vecinos se dirigieron al juzgado militar para avalarle. Nadie, en aquellas fechas, habría avalado a un reconocido chequista.

El 7 de febrero de 1940, el juez instructor redacta el correspondiente auto resumen, que no aporta novedades y se basa en las declaraciones y los informes recopilados. Así, ambos resultan acusados «de ser miembros antiguos de la CNT y de las Juventudes Libertarias, habiéndose dedicado durante el dominio rojo a hacer activísima propaganda a favor de la causa marxista». Nada importaba que los encartados fueran anarquistas y contrarios al marxismo, pues «son personas de malos antecedentes político-sociales». El derecho de autor seguido en la jurisdicción militar de la Victoria solo distingue entre malos y buenos.

El 21 de febrero, el fiscal Ramón del Orbe pide la pena de muerte para ambos, al tiempo que pone en búsqueda y captura a dos «camisas viejas» que habían avalado a los encartados como falangistas. La vista previa se celebra una semana después y al día siguiente, el 29, el tribunal presidido por el comandante F. Antonio Blázquez les condena a muerte sin añadir un solo cargo al de propagandistas. El auditor ratifica la sentencia el 11 de marzo y el destino queda a expensas de la voluntad de S.E., que permitió la conmutación de la pena de muerte por otra de treinta años en escritos con fecha del 21 de septiembre, en el caso de José, y el 19 de noviembre en el de Amor. Es decir, ambos veinteañeros estuvieron varios meses condenados a muerte y viendo las sacas de cada noche. Nunca lo olvidarían.

José Expósito Leiva salió antes de la cárcel que su compañero, pues Amor Buitrago González solicita el indulto el 16 de noviembre de 1945 y se lo conceden el 7 de marzo del año siguiente. Al final, cuando ya habían fusilado a su padre, los militares le encarcelaron más tiempo que a su amigo, que habría dejado de serlo a tenor de lo escrito en sus citadas memorias. En cualquier caso, ambos jóvenes perdieron la juventud en las cárceles de la Victoria, eran unos derrotados y, tras una etapa de clandestinidad, José Expósito Leiva huyó de España camino del exilio. Nunca volvió, pero se mantuvo fiel a sus ideales anarquistas y, supongo, a una sensibilidad literaria que le permitió disfrutar con las páginas de Miguel de Unamuno y Gabriel Miró.

 

 

 

viernes, 18 de julio de 2025

La gallardía del fiscal Ricardo Gullón


 Ricardo Gullón. Fuente: BVMC

Hace unos días me llegó la triste noticia del fallecimiento de mi amigo y colega Germán Gullón, al que conocí a mediados de los años ochenta en un congreso galdosiano celebrado en Las Palmas y con quien mantuve una buena relación que incluía a varios amigos comunes.
Estas noticias son tan duras como frecuentes cuando estás en el límite de la jubilación y compruebas que el bosque capaz de rodearte, y protegerte, durante la juventud va raleando. Ya faltan muchos árboles y la sensación de soledad, de pérdida de referentes, aumenta.
La casualidad de las tareas de investigación quiso que, pocas semanas antes de fallecer Germán, pudiera darle un motivo de orgullo: su padre, Ricardo Gullón, en 1943 dio una muestra de gallardía cuando como fiscal destinado en Santander emitió un informe capaz de salvar al periodista y escritor Elías Palma Ortega de una probable condena a muerte.
La historia de lo sucedido en aquel sumario repleto de irregularidades es compleja y aparecerá en el tercer volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores. Ahora, cuando el amigo ha fallecido, solo cabe recordar que su padre pudo callar o sumarse a la corriente mayoritaria para condenar sin pruebas a Elías Palma Ortega, acusado del asesinato de un soldado. Sin embargo, Ricardo Gullón tuvo la honestidad y la gallardía  de relatar lo visto en un cuartel de Alicante durante la guerra. El informe le pudo acarrear problemas en unas circunstancias donde su puesto de fiscal pendía de un hilo. Los afrontó con la tranquilidad de conciencia de las personas honestas.



Ricardo Gullón con su hijo Germán. Fuente Astorga Digital

El rasgo del fiscal Ricardo Gullón resulta insólito en aquella jurisdicción militar de tantas venganzas y conveniencias para mantenerse o subir en el escalafón. Así se lo conté, con detalle, a su hijo para que tuviera un nuevo motivo de orgullo por la trayectoria de su padre. Espero y deseo que ese honor, el de la honestidad y la solidaridad con las víctimas inocentes, le haya acompañado en los dramáticos momentos de su fatal enfermedad. D.E.P.

domingo, 13 de julio de 2025

José Satué, el sindicalista que no aprendió a perder


 

Mi colega de la Universidad de Granada, el catedrático Arón Cohen, me mandó hace unas semanas su libro «No saldrás de aquí sino loco o muerto…». José Satué, el sindicalista que no aprendió a perder, editado por el servicio de publicaciones de la citada universidad:

https://editorial.ugr.es/libro/no-saldras-de-aqui-sino-loco-o-muerto-jose-satue-el-sindicalista-que-no-aprendio-a-perder_139584/

El detallado y brillante estudio de Arón Cohen es probablemente el más completo que se haya escrito acerca de un preso político del franquismo. La abundante documentación manejada y las peculiares circunstancias de un procesado que peleó durante décadas contra las arbitrariedades de la jurisdicción militar permiten completar un análisis que, por su concreción y ajuste a los documentos, contradice las conclusiones de quienes tienden a sobrevolar estas cuestiones a la búsqueda de una síntesis no siempre bien fundamentada.

La línea de investigación de Arón Cohen, buscando la exhaustividad en un caso tan concreto como significativo, me parece la manera más adecuada de matizar esas conclusiones que, en el mejor de los casos, resultan prematuras dado el actual estado de la cuestión. Mi enhorabuena al compañero por el trabajo realizado, gracias por sus enseñanzas para continuar en mis pesquisas relacionadas con los consejos de guerra de periodistas y escritores y, por supuesto, cuento con su ayuda para culminarlas.

A continuación, os facilito los enlaces a un artículo del propio autor acerca del libro y la grabación de la presentación del mismo que tuvo lugar en Tenerife:

https://conversacionsobrehistoria.info/2025/05/26/jose-satue-el-sindicalista-que-no-aprendio-a-perder/




 



martes, 8 de julio de 2025

La mesa del general Franco


 El general Franco en su despacho del palacio de El Pardo

Las anécdotas pueden ayudar a iluminar cuestiones complejas. Con motivo de la preparación de los libros dedicados al franquismo, abrí una carpeta de recursos audiovisuales donde recopilé fotografías del general Franco que me llamaron la atención. Algunas estaban tomadas en el despacho del palacio de El Pardo, donde su mesa de trabajo aparece siempre con un montón de papeles. Hasta el punto de que solo queda lugar para un cenicero, a pesar de que el general no fumaba. Del carácter neoclásico del mueble ahora depositado en el Salón de Columnas del Palacio Real, según leo, nada se aprecia.

La fuente de estas fotografías es tan fiable en materia de adhesión al régimen como ABC y no cabe imaginar un propósito crítico o burlón en unas imágenes convertidas en documentos al servicio del relato histórico.




A la vista de una mesa donde el general parecía atrincherado gracias a las montañas de papeles, caben dos interpretaciones sujetas a matizaciones. Unos historiadores pensarán en la inquebrantable voluntad de servicio de quien velaba, las veinticuatro horas del día, por los intereses de España y ensalzarán la tarea de despachar tan ingente cantidad de documentos. Incluso alguno, con ínfulas de modernidad, hablará de un «trabajador 24/7» al servicio de la Patria.




Otros historiadores, tal vez más atentos a los hechos que a los adjetivos derivados de las hipótesis, considerarán que semejante pila de papeles era fruto de la incapacidad del general para despacharla con prontitud y orden, sobre todo cuando se convirtió en un anciano proclive al golf, la pesca, la caza, la pintura, la televisión, la Fanta de limón y otros motivos recreativos entre los cuales siempre estuvo el cine.

El irresoluble debate permite la posibilidad de comparar lo visto en las fotografías con las despejadas mesas de los monarcas que le han sucedido en la jefatura del Estado. El contraste es evidente, aunque las conclusiones son arriesgadas por la posible interferencia de algún asesor de imagen o un fotógrafo más atento a estas circunstancias. No todas las mesas reflejan el carácter de sus propietarios.

También, para ahondar en el tema, el historiador puede acudir a diferentes fuentes relacionadas con la productividad laboral del Caudillo, que iría más allá de lo constatado en la mesa de su despacho. Aquí, a falta de una documentación exhaustiva, los testimonios varían notablemente, a pesar de que todos proceden del ámbito oficial y ningún opositor controló su horario laboral.

En cualquier caso, el debate queda abierto con la seguridad de que nadie lo cerrará abruptamente para condenar a quienes discrepen de su conclusión.

Si así sucede con la imagen de una mesa repleta de papeles, cabe imaginar que otras cuestiones más complejas y carentes de pruebas contundentes podrán tener un recorrido infinito en el ámbito de los debates históricos. El objetivo de los historiadores es mantenerlos en un clima de libertad que favorezca el contraste entre las diferentes investigaciones. No para alcanzar «la verdad», una pretensión tan totalitaria como incompatible con la historiografía, sino para ahondar en el conocimiento del pasado mediante aportaciones siempre sujetas a revisión, modificación y ampliación.

 

sábado, 5 de julio de 2025

Periodistas represaliados: la necesidad de completar la tarea


La investigación en solitario es un empeño carente de sentido. El historiador siempre depende del trabajo de otros colegas y el intercambio de información o experiencias resulta imprescindible para evitar descubrimientos como el del Mediterráneo.
Una vez redactado el tercer volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores, me llega la publicación de la segunda parte de la tesis doctoral de Rafael Cordero Avilés (Héroes sin nombre. La prensa republicana en el Madrid de la Guerra Civil, Madrid, Fragua, 2025), que a lo largo de estos años me ha servido como fuente de información y consulta.
Gracias a los datos aportados por Rafael Cordero Avilés, he constatado la existencia de otros periodistas que fueron procesados durante la posguerra y que no han aparecido en los tres volúmenes ya redactados. La lista de estos represaliados es la siguiente: Amós Acero Pérez, Federico Augusto Vázquez, Valentín Gutiérrez de Miguel, Francisco Fernández Albors, Fernando Fernández Revuelta, Marcelo Edmundo Ogier Preteceille, Juan Falces Elorza, Ángel Edmundo Ogier Preteceille, José Ponce Bernal, Diego Alba Cortina, Francisco Bateriola Arroyo, Emilio Rodríguez Delgado, José Gallego Díaz, Concepción Santalla Nistal, Leandro Antonio Sanz Aguinaga, Manuel Izquierdo Esteban, Enrique Sánchez Cabeza Earle, Juan Antonio Cabezas Cantelli, Victoriano Tamayo Mayones, Felipe Camarero Ruanova Maldonado, Rafael Sánchez Guerra Sainz, Benigno Mancebo Martín, Joaquín Fernández Fernández-Vega, José Fragero Pozuelo, David Antona Domínguez y José Expósito Leiva.
Los periodistas y escritores estudiados en la trilogía superan el centenar y, junto a los arriba citados, tengo la esperanza de completar el listado de los procesados. El trabajo pendiente me llevará un mínimo de un año y medio de consultas a partir de octubre, cuando haya entregado el original del tercer volumen. El destino de este trabajo depende de la entidad de lo localizado. Tal vez deba redactar un cuarto volumen de lo que pasaría a ser una tetralogía, pero lo más previsible es que los correspondientes análisis de los sumarios aparezcan en otro marco del que daré noticias este próximo otoño.
Mientras tanto, el verano estará repleto de gestiones, correos, búsquedas, consultas... para poner en marcha una nueva tanda de capítulos que permitan completar el objetivo de lo emprendido hace más de diez años: aportar un relato y una voz a todos y cada uno de los autores represaliados.

miércoles, 2 de julio de 2025

Rosita Díaz Gimeno en Hoy por hoy (Cadena SER)


 Rosita Díaz Gimeno. Fuente Wikipedia

Ayer tuve el placer de participar en el programa Hoy por hoy (Cadena Ser), de Ángels Barceló, que dedicó un podcast a la actriz Rosita Díaz Gimeno (1911-1986), una de las protagonistas de mi libro El tiempo de la desmesura (2011), dedicado a los rodajes cinematográficos que coincidieron con los inicios de la Guerra Civil:


Quisiera dar mi enhorabuena a los responsables del podcast porque en quince minutos consiguieron sintetizar la trayectoria de una actriz que ha pasado a la posterioridad como «la sonrisa de la República» y simboliza una parte significativa de lo perdido con motivo de la Guerra Civil. Homenajear la belleza de una sonrisa capaz de cautivar a Charles Chaplin y el testimonio cívico de una mujer tan valiente como culta siempre merece la pena.

La periodista Teresa Hurtado, de la Cadena SER, resume así lo expuesto en el podcast: