miércoles, 12 de agosto de 2026

Las supuestas penas de muerte


 El cineasta Luis Lucia en La noche del cine español

Los testimonios orales pueden inducir al error de los historiadores si no media la oportuna verificación. También los documentos depositados en los archivos, incluso los de apariencia más burocrática. El riesgo siempre permanece, pero todas las precauciones son necesarias cuando escuchamos un testimonio, en especial si el protagonista guarda una estrecha relación con los hechos recordados.

A lo largo de la investigación de los consejos de guerra de periodistas y escritores (1939-1945), he encontrado varios testimonios sorprendentes porque hablan de unas penas de muerte que nunca existieron. La represión practicada por la jurisdicción militar deparó casi cincuenta mil ejecutados y muchos más condenados a la pena máxima. Sin embargo, a tenor de esos testimonios, todavía cabría añadir un indeterminado número de condenados a muerte por las tergiversaciones propias de quienes cultivan la memoria sin acudir a la historia.

El anecdotario en este sentido es amplio. Apenas aludo al mismo en algunos aislados capítulos de mis libros y solo rectifico el error cuando lo transmitido sin comprobación documental ha calado entre los investigadores. En otros casos, la supuesta condena a muerte queda circunscrita a la imaginación de los descendientes de algunas víctimas. Sus familiares penaron en las cárceles de la Victoria, pero sin el agravante de un futuro que pasaba por el paredón.

La tarea del historiador no es tanto constatar tergiversaciones en los testimonios como comprender la motivación de estos comportamientos. Los testimonios también forman parte de la historia y, a menudo, esa desviación con respecto a lo documentado permite conocer mejor a quienes los transmiten con una seguridad ajena a cualquier duda.

La ficción, siempre basada en la imaginación, juega un importante papel en estas ocasiones. El conocimiento de los recursos habituales en el ámbito creativo permite detectar afirmaciones tan contundentes como sospechosas, precisamente por su contundencia. Así sucede cuando escuchamos una frase lapidaria que remite a una situación interesante o llamativa y, por eso mismo, propia de la ficción. La realidad histórica, conviene recordarlo, discurre por derroteros más caóticos o contradictorios.

Actualmente, estoy revisando los capítulos de La noche del cine español (1984-1986), de RTVE, al tiempo que permanezco en contacto con sus responsables. En el dedicado al cineasta Luis Lucia (1914-1984), emitido con motivo de su fallecimiento pocas semanas antes, el director de tantas películas de éxito popular se refirió a su padre: el político valenciano Luis Lucia (1888-1943). Preguntado por sus vicisitudes en torno a la guerra, el hijo afirma que el dirigente de la Derecha Regional Valenciana, integrada en la CEDA, fue condenado a muerte por los republicanos y los franquistas: «Era tan demócrata cristiano, que unos le condenaron por demócrata y otros por cristiano».

La frase llama la atención, pero resulta poco verosímil para un especialista en la represión de aquellos años. En efecto, después de ver el capítulo consulté las referencias al político en PARES y nada prueba que existiera una condena a muerte por parte de los republicanos, que le persiguieron y encarcelaron a pesar de haber manifestado su lealtad al gobierno. El consejo de guerra, tras haber pedido el fiscal una pena de treinta años, se iba a celebrar en Barcelona el 25 de enero de 1939. Demasiado tarde, pues por entonces las tropas del general Franco ya estaban en las inmediaciones de la capital catalana y el sumario quedó inconcluso.

El verdadero consejo de guerra tuvo lugar en la misma ciudad poco después, concretamente el 26 de febrero de 1939. Aunque solo he consultado varias fuentes secundarias que podrían ser completadas con la presente en el CDMH (TNRP, sig. 75/00996), cuya existencia indica un anterior procesamiento, parece probado que los vencedores condenaron al político a una pena de muerte. Pronto fue conmutada por otra de treinta años gracias a la intercesión de diversas personalidades del mundo de la política y la Iglesia. El insobornable y ejemplar cristianismo de Luis Lucia tuvo suerte en comparación con la trayectoria de la mayoría de los represaliados, pero poco después el valenciano falleció con el terror en el cuerpo, el transmitido a un hijo capaz de hablar de dos condenas a muerte para subrayar la independencia política de su padre con respecto a los bandos enfrentados.

El cineasta valenciano no andaba desencaminado en su afirmación, pero exageró un poco para redondear una frase impactante. El comportamiento es comprensible, solo cabe constatarlo y nos recuerda la necesidad de verificar en la medida de lo posible cualquier testimonio oral. La ficción siempre anda cerca y una manera de detectarla es observar lo atractivo de la situación evocada. La realidad histórica, por desgracia, apenas permite estas prerrogativas de quienes escriben guiones, filman películas y a veces confunden los límites entre lo histórico y lo ficticio.

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