miércoles, 17 de junio de 2026

El adiós de un maestro, Carlo Ginzburg


 

Los días perfectos son una quimera o solo pertenecen al ámbito de la ficción. Ayer se sucedieron las buenas noticias. Anales de Literatura Española mantuvo por tercer año consecutivo la máxima calificación, Q1, en el JCR de la Web of Science, me llegaron documentos para probar mi postura en una larga polémica y, sobre todo, terminé el borrador de casi trescientos folios de El final del trayecto, el volumen con el que culminaré la tetralogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores cuyo tercer volumen, La colmena, estará el 6 de julio en las librerías.

Justo cuando me disponía a apagar el ordenador después de una fructífera jornada de trabajo, me llegó a través de mi compañero Justo Serna la triste noticia del fallecimiento de Carlo Ginzburg (1939-2026), el maestro de tantos historiadores y el referente teórico para la citada tetralogía.

La muerte a los 87 años forma parte de lo previsible. Poco a poco nos vamos preparando para ese tránsito a la memoria, pero resulta difícil admitir el final de una trayectoria vital repleta de sabiduría compartida gracias a tantos libros y una incansable labor docente y divulgadora.

La prensa de ayer recogió la triste noticia en el rincón reservado a la gente sabia, cuyo protagonismo siempre es menor en comparación con tantos personajes zafios que pueblan la actualidad. En esas páginas algunos de mis compañeros y amigos, como Justo Serna, Gutmaro Gómez Bravo o Nicolás Sesma, fueron desgranando los motivos de tantos historiadores para sentirnos deudores del maestro fallecido.

Poco puedo añadir a las palabras más autorizadas que la mía para hablar de la aportación que supuso la obra de Carlo Ginzburg. Me remito a las mismas, pero quisiera testimoniar un agradecimiento concreto por la ayuda que uno de sus libros, Il giudice e lo storico. Considerazione in margine al processo Sofri (1991), ha supuesto para redactar el cuarto volumen de la referida tetralogía.

El final del trayecto termina con dos capítulos dedicados al error que siempre supone la judicialización de la Historia y a una abierta defensa de la libertad de cátedra en el marco de la libertad de expresión. Al redactarlos a partir de un caso concreto, siempre he tenido delante el citado libro de Carlo Ginzburg, que ha sido una orientación decisiva para encontrar la metodología capaz de afrontar la defensa de la Historia frente a cualquier intento de judicializar sus aportaciones.

Ahora, cuando llevo años cultivando la microhistoria que nos enseñó el sabio italiano, solo tengo palabras de agradecimiento por su magisterio. Y, por supuesto, asumo como tantos colegas el compromiso de seguir por la senda que trazó con sus libros desde los años setenta, cuando nos contó las andanzas ante la Inquisición de un molinero hasta entonces anónimo y ahora célebre.

Gracias, Carlo, por tu ejemplo, que hoy alumbra la tarea de tantos compañeros dispuestos a rescatar del anonimato a personajes como ese molinero porque, claro está, la historia va más allá de los grandes nombres.

domingo, 14 de junio de 2026

Nuestro compañero Antonio Plaza


 

A cierta edad, cuando la vejez ya forma parte del presente, la consulta de las redes sociales o el correo depara con frecuencia malas noticias. El bosque de nuestra juventud queda despoblado poco a poco y comprendes que tu suerte depende de un hilo, que cualquier día se rompe para pasar a ser memoria.

Nuestro compañero Antonio Plaza falleció el pasado 10 de junio. Lo supe al ver una foto suya, sonriente y joven, en su muro de Facebook, pero con el acompañamiento de un texto escrito por Mónica Plaza, que anuncia la triste noticia y la voluntad de homenajear al padre mediante la publicación de un libro dedicado a Luisa Carnés, la exiliada que casi descubrió Antonio Plaza gracias a décadas de investigaciones hasta convertirla en un referente de la narrativa del 27.

Nunca tuve la suerte de coincidir personalmente con Antonio Plaza, pero a lo largo de estos últimos años fueron frecuentes las consultas y el intercambio de información. Me sucede igual con otros compañeros distantes en lo físico, pero siempre próximos en el momento de colaborar en lo que, conviene saberlo, es una tarea colectiva para la recuperación de la memoria histórica.

Apenas cabe recordar ahora el rigor de los trabajos siempre bien documentados y atinados de Antonio Plaza. Ocasión habrá para hacerlo con la ayuda de voces más autorizadas. Sin embargo, quisiera testimoniar su generosidad a la hora de colaborar en cualquier tarea de investigación. Lo hacía con la sencillez y la claridad habituales en sus trabajos, que responden también a una voluntad docente que agradezco cuando tantos otros buscan la oscuridad de la pedantería.

Antonio Plaza era catedrático de la enseñanza secundaria. Uno de esos compañeros que, a pesar de la falta de reconocimiento social del colectivo y las precarias condiciones de su trabajo por el abandono que sufre la enseñanza pública, siempre encontró un tiempo para la investigación y la divulgación.

Mi admiración es total cuando observo una trayectoria como la de Antonio Plaza. La investigación en la universidad constituye un requisito viable, pero en la enseñanza secundaria supone una heroicidad sin apenas reconocimiento oficial. Sus protagonistas la emprenden con un justificado orgullo profesional, superando múltiples adversidades y dignificando, en definitiva, un cuerpo docente a menudo minusvalorado por las autoridades políticas.

Durante años también he compartido con Antonio Plaza la presencia en el catálogo de Renacimiento. Su hija Mónica anuncia un nuevo libro, probablemente en esa editorial, y sabe que cuenta con mi ayuda para publicarlo en fechas próximas. Por desgracia, sería mi último favor entre compañeros, pero también quedan sus monografías y las ediciones de Luisa Carnés, que releeré este verano para fortalecer la memoria de tantos olvidados y el vínculo con quienes, como Antonio, trataron de vitalizarla con su apasionada y brillante tarea investigadora.

viernes, 12 de junio de 2026

Miguel Hernández visto por Nieves Concostrina


 Nieves Concostrina

La tarea divulgativa de la historia que desde hace años viene realizando la periodista Nieves Concostrina goza de una magnífica acogida entre el público. Sus frecuentes intervenciones en la cadena SER, sus podcasts, las conferencias que imparte… siempre cuentan con una respuesta popular que sería la envidia de cualquier historiador.

Nieves Concostrina es una divulgadora que trabaja en los medios de comunicación, pero procura ampararse en la lectura de las investigaciones realizadas acerca de los temas abordados. Hace unas escasas fechas, la periodista dio de nuevo una muestra de su interés por Miguel Hernández y en esta ocasión editó el capítulo Acoso, agonía y muerte de Miguel Hernández en su podcast Cualquier tiempo pasado fue anterior, que cuenta con decenas de miles seguidores.

La periodista invitó a mi compañera Carmen Alemany, que volvió a demostrar la sabiduría y la pasión con la que siempre aborda la trayectoria biográfica y creativa del poeta. La podemos escuchar a través del siguiente enlace, al tiempo que así también agradezco el apoyo que Nieves Concostrina da a mis libros, en especial a Nos vemos en Chicote. Cada vez que cita sus títulos en la radio o en el citado podcast hay un aumento de las ventas y, aunque por fortuna mi economía no dependa de las mismas, siempre es un motivo de reconocimiento y estímulo para seguir con la tarea investigadora.

https://www.podiumpodcast.com/podcasts/todo-concostrina-playser-em/episodio/4972183/



martes, 9 de junio de 2026

Anales de Literatura Española alcanza el Q1 en el CiteScore de Scopus y en el Journal Citation Reports

Fiel a su cita semestral, Anales de Literatura Española acaba de publicar su número 45, que como corresponde a los editados en junio es de carácter misceláneo. Mientras el próximo monográfico ya está muy avanzado, hemos recibido la excelente noticia de que en los datos de 2025 de la métrica CiteScore de Scopus la revista ha alcanzado el Q1, culminando así una progresión iniciada en 2022 cuando por primera vez estuvimos en esta clasificación con un Q4.
A la espera de la confirmación que supondrán los datos del Journal Citation Reports (Web of Science) [por tercer año consecutivo ha mantenido el Q1], la revista cuyas riendas tomé en 2020 ha alcanzado todos los objetivos propuestos por el Consejo de Redacción. Desde entonces hemos publicado catorce números con casi doscientos artículos, pero sobre todo hemos adecuado a los tiempos la metodología del trabajo para convertir la revista en una plataforma útil al servicio de la difusión accesible y gratuita de la investigación universitaria.
Mi compromiso terminaba con el número 44, pero la feliz circunstancia de una baja maternal me ha obligado a prolongarlo hasta el 45. Si todo va según lo previsto, en septiembre u octubre, cuando vuelva mi compañera, daré el relevo en un paso más hacia mi jubilación.
Los años no pasan en balde. Los objetivos del curso están cumplidos. En julio llegarán los ejemplares del tercer volumen dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores, mientras el cuarto está prácticamente redactado. Hace unas semanas el monográfico publicado en Don Galán recibió un importante premio del Ministerio de Cultura como parte de una trayectoria en la que he trabajado desde el principio. He mandado colaboraciones a tres homenajes a otros tantos compañeros que se jubilan, he entregado dos artículos que me solicitaron para unos monográficos y estoy pendiente de la publicación de diferentes trabajos ya finalizados. 
Me resulta difícil decir no a los compañeros, pero también es cierto que ahora, cuando voy a dedicar mis supuestas vacaciones de julio a presidir un tribunal de oposiciones y participar en otro de la UNED, el agotamiento llega como un recordatorio de que estoy cerca de la jubilación, que he pospuesto hasta junio de 2028 por circunstancias donde mi voluntad ha quedado relegada a un segundo plano.
 

sábado, 6 de junio de 2026

Miguel Hernández, periodista


 Joaquín Riera Ginestar

A raíz de la publicación de Los consejos de guerra de Miguel Hernández (2022), participé en varias presentaciones y me entrevistaron en distintos medios de comunicación. La conclusión recurrente, y llamativa para muchos, es que el poeta oriolano fue condenado fundamentalmente por su actividad periodística durante la Guerra Civil.

Los miembros del Cuerpo Jurídico Militar apenas precisaban de argumentos jurídicos para dictar las condenas, pero la ficción literaria encajaba mal con el omnipresente delito de la rebelión militar. He analizado casos donde las obras literarias fueron pruebas de cargo. Incluso la versión de un clásico como Fuenteovejuna en el sumario de Diego San José. Sin embargo, las acusaciones buscaban preferentemente las colaboraciones en la prensa republicana durante la guerra.

Al margen del carácter y la frecuencia de esas colaboraciones, la doctrina nunca explicitada en términos jurídicos era considerar toda la prensa republicana como propaganda destinada a la resistencia frente al Glorioso Movimiento Nacional. Así, con esa lógica del vencedor, la colaboración en la misma se convertía en un acto de guerra o en una «rebelión», de acuerdo con los criterios de una justicia al revés como reconociera Ramón Serrano Suñer al cabo de los años.

El ejemplo de Miguel Hernández es paradigmático en este sentido. Tanto los instructores del Juzgado Militar de Prensa como el tribunal que le condenó sabían de su relevancia como poeta. Sin embargo, su poesía nunca se convierte en una prueba de cargo. Ni siquiera aparece recopilada en los dos sumarios.

La situación cambia cuando nos referimos a sus colaboraciones en las publicaciones destinadas a levantar la moral de los milicianos. A pesar de que los militares las desconocen en su inmensa mayoría, el argumento pasa por convertirlas en un acto de resistencia de quien participó en las tareas propagandísticas desarrolladas cerca de varios frentes de batalla.




Joaquín Riera Ginestar ha preparado una edición de los treinta cinco textos publicados entre 1937 y 1938 que configuran la aportación de Miguel Hernández a las tareas periodísticas en los frentes de batalla. El trabajo se suma a la reciente biografía publicada por Mario Amorós y prueba de nuevo el grado de compromiso del poeta con la causa republicana.

Las circunstancias de salud de Miguel Hernández le llevaron a interrumpir esta tarea antes de finalizar la guerra, pero mientras estuvo sano el poeta optó por permanecer cerca de la noticia, participar de las inquietudes de los milicianos y proporcionarles unos contrastados testimonios.

No cabe hablar estrictamente de un Miguel Hernández periodista. Ni siquiera buscó entrar en alguna redacción cuando necesitaba un trabajo remunerado en el Madrid anterior a la guerra. Sin embargo, todo cambió a partir del 18 de julio de 1936 y, como en otras ocasiones, el poeta estuvo a la altura de las circunstancias, que le llevaron a una prosa destinada a la «agitación y propaganda», pero respetuosa con la calidad habitual en sus creaciones literarias.

Joaquín Riera Ginestar, además de la edición de los textos (Madrid, Alianza, 2026), aporta un extenso prólogo sobre la trayectoria de Miguel Hernández, especialmente durante la guerra y su posterior paso por las cárceles franquistas. Al igual que sucediera con la biografía publicada por Mario Amorós -véanse las entradas del 18 y 21 del pasado mes de mayo-, la citada edición de los sumarios del poeta ha sido una referencia para la redacción del prólogo. Me alegra haber ayudado en una tarea culminada por Joaquín Riera Ginestar con la pasión de quienes se acercan a la trayectoria y la obra del poeta.

Miguel Hernández nunca deja indiferentes a sus lectores. Tampoco a quienes abordan una trayectoria biográfica tan intensa como breve. Así se justifica una bibliografía que no para de aumentar con aportaciones que, como la de Joaquín Riera Ginestar, facilitan el acceso a unos textos dispersos y desconocidos por quienes instruyeron los sumarios y le condenaron.

Los textos recopilados en esta edición habrían sido la más contundente prueba de cargo para condenarlo a muerte, pero bastaron hechos de «escasa trascendencia», como reconocieran los propios militares, para llegar a esa misma condena. Al fin y al cabo, sabían quién era Miguel Hernández y eso les bastaba para inventar un delito de rebelión militar. Ramón Serrano Suñer lo reconoció. Otros menos lúcidos, casi todos, callaron.


miércoles, 3 de junio de 2026

La necrológica del auditor-jefe Ángel Manzaneque Feltrer


 ABC, 3 de abril de 1949, pág. 23

La prensa del franquismo es una fuente inagotable de información acerca de un régimen que mantuvo muchos silencios gracias a la censura imperante desde los tiempos de la guerra, pero también mostró con orgullo a sus protagonistas, aunque fueran los responsables de una represión totalmente ocultada más allá de los primeros meses, cuando menudeaban las noticias de detenciones, procesamientos y ejecuciones, siempre en letra pequeña y en notas marginales.

Los archivos públicos aportan la información fundamental y casi siempre más fiable, pero la prensa la completa con notas que permiten mejorar en la medida de lo posible el sintetizado perfil biográfico de personajes históricos verdaderamente importantes, aunque caídos en el olvido más allá de la memoria de los círculos familiares.

Así actué en casos como los del juez Manuel Martínez Gargallo, el titular del Juzgado Militar de Prensa, o el comandante Pablo Alfaro, el presidente del tribunal que condenó a Miguel Hernández y otros escritores o periodistas represaliados. Ahora, de cara al cuarto volumen de la tetralogía dedicada a estos consejos de guerra, estoy reconstruyendo la trayectoria pública de Ángel Manzaneque Feltrer, coronel del Cuerpo Jurídico Militar y auditor-jefe del Ejército de Ocupación durante la inmediata posguerra, el período de mayor represión.

Al margen de la documentación solicitada al Centro Documental de la Memoria Histórica, de Salamanca, acabo de localizar en la hemeroteca de ABC la necrológica del auditor, concretamente en la página 23 del número correspondiente al 3 de abril de 1944. El texto es el siguiente:

«Ayer falleció en Madrid, el coronel retirado del Cuerpo Jurídico Militar don Ángel Manzaneque Feltrer. Destinado en Zaragoza en julio de 1936, se sumó desde el primer instante al Alzamiento Nacional, redactó el bando de declaración del estado de guerra y puso su gran inteligencia, su extraordinaria actividad y su caballerosidad sin tacha al servicio de España. Como auditor-jefe del Ejército de Ocupación, desempeñó su cometido con una ponderación y un acierto realmente notables».

Aparte de la cuestionable «ponderación» en el momento más álgido de la represión y desde un destino clave para la misma, la necrológica permite saber que el coronel Ángel Manzaneque Feltrer fue el redactor del bando de guerra, una noticia que hasta el presente no me constaba y que tampoco he visto reflejada en los numerosos libros donde dicho bando aparece.

La necrológica se completó con una nota publicada en el mismo periódico el 8 de abril de 1949, en la página 18. Allí se indica que el funeral por el alma del auditor-jefe tuvo lugar ese día en la madrileña iglesia de Santa Bárbara. Nada se dice de las almas que pasaron por su firma de oficial del Cuerpo Jurídico Militar diez años antes, nunca tuvieron un funeral y acabaron en fosas comunes. En 1949, la Historia solo la escribían los vencedores, también en la prensa.


sábado, 30 de mayo de 2026

El procesamiento del escenógrafo José María Torres García


 Cartel de Nuestro culpable (1937), de Fernando Mignoni

A partir del análisis de decenas de sumarios instruidos por el Juzgado Militar de Prensa, una conclusión corroborada por los instruidos en otros órganos de la jurisdicción militar es que la colaboración en la prensa republicana durante la guerra supone un acto de resistencia al Glorioso Movimiento Nacional y, por lo tanto, es merecedor de un procesamiento en consejo de guerra para una condena tipificada como delito de rebelión militar.

La web consejosdeguerra.es recopila noventa y siete casos y en fechas próximas se sumarán otros todavía pendientes de análisis. La muestra parece representativa si tenemos en cuenta que el colectivo de periodistas y escritores procesados en consejos de guerra apenas supera los ciento cincuenta, aproximadamente.

Ahora bien, las conclusiones acerca de un colectivo de víctimas deben ser contrastadas con el análisis de casos de otras víctimas que, formando parte de diferentes colectivos, también realizaron tareas de propaganda o creación relacionables con la citada resistencia.

Este objetivo nos puede llevar a distintos ámbitos como el cine, el teatro, la música, los espectáculos de variedades… La muestra resulta potencialmente amplia y variada, pero al menos cabe recurrir a algunos ejemplos para calibrar la fiabilidad obtenida con las conclusiones del colectivo de escritores y periodistas.

La tarea ya la he iniciado con vistas al cuarto volumen, Al final de la trayectoria, de la tetralogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores, cuya publicación está prevista para el curso 20272028. Uno de los primeros ejemplos es el procesamiento en dos sumarísimos de urgencia (AGHD, 19132 y 24022) del escenógrafo granadino José María Torres García (1887-1973).

Desde mediados de los años veinte, el escenógrafo participó en distintas películas de Fernando Delgado y José Buchs. En 1931, fue contratado por los estudios CEA como diseñador y constructor de escenarios. José María Torres García era por entonces un socialista que trabajaba también como secretario de Fernando de los Ríos y funcionario del Registro de la Propiedad Industrial del Ministerio de Industria y Comercio. El pluriempleo, mal pagado, no le impidió realizar su tarea artística y en 1935 entró a trabajar en Filmófono, que bajo la dirección de Luis Buñuel siguió unas directrices acordes con el espíritu republicano.

Una vez iniciada la guerra, el escenógrafo se afilia al PCE y colabora en dos cortometrajes propagandísticos del también comunista Antonio del Amo: Industria de guerra y Mando único. Más adelante, José María Torres García se afilia al Sindicato de Espectáculos de la CNT y participa en el rodaje del film Nuestro culpable, de Fernando Mignoni y con una producción del citado sindicato.




Dada su afiliación política, admitida por el procesado en las declaraciones de los sumarios, y su participación en actividades propagandísticas cabría esperar que un consejo de guerra dictara contra él una sentencia acusándolo del delito de rebelión. La realidad es bien distinta. José María Torres García fue apartado de su puesto en el ministerio y nunca volvió a participar en un rodaje, pero su caso fue sobreseído en ambos sumarísimos de urgencia, resultó absuelto por el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas y ni siquiera le procesó el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, a pesar de su militancia y de haber sido acusado por testigos como antiguo masón.

La sorprendente circunstancia, a la luz de lo sucedido en el Juzgado Militar de Prensa, se completa con la nula voluntad de investigar las actividades creativas o propagandísticas del escenógrafo. Ni siquiera le preguntan al respecto en el Juzgado Militar de Funcionarios o en el Juzgado Permanente de la Causa General, donde fueron instruidos los citados sumarios.

El caso de José María Torres García merece un detenido análisis que también aborde lo sucedido con el cineasta Antonio del Amo. El futuro director de las películas protagonizadas por Joselito cuenta con una amplia bibliografía, pero sin que me conste en la misma un análisis de su procesamiento en consejos de guerra (AGHD, 24557 y 29399) antes de ser indultado por el TNRP (CDMH, 75/00970) y una comprobación de la relación mantenida con Rafael Gil. Las historias aleccionadoras también merecen una comprobación documental.

Pdta.: Durante el mes de mayo de 2026, el blog ha alcanzado su récord de visualizaciones con 19311. Os agradezco vuestra atención y refuerzo mi compromiso de seguir publicando nuevas entradas relacionadas con mis actividades docentes e investigadoras.

miércoles, 27 de mayo de 2026

La fecha del nacimiento de Antonio de Hoyos y Vinent


 Antonio Hoyos y Vinent

La bibliografía sobre Antonio de Hoyos y Vinent siempre ha dado como fecha de nacimiento del escritor y periodista el 2 de mayo de 1884. Mi colega y buen amigo Eduardo Pérez Rasilla me informa de que el dato es incorrecto a la luz de la documentación consultada en el Archivo Histórico Nacional para la preparación de su edición crítica de La vejez de Heliogábalo en la editorial Amarillo. La verdadera fecha del nacimiento es el 3 de mayo de 1882. La corrección ya está hecha en las anteriores entradas de este blog dedicadas al aristócrata de fatal destino en las cárceles de la Victoria.



Eduardo Pérez Rasilla

La corrección, por desgracia, no ha llegado a tiempo para ser incluida en el capítulo «El destino trágico de un dandi: Antonio de Hoyos y Vinent», incluido en La colmena (pp. 237-252), el tercer volumen dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores. El mismo ya se encuentra en la imprenta con una portada dedicada a la memoria del dibujante José Robledano y, si todo va según lo previsto, los ejemplares estarán en las librerías a lo largo del próximo mes de junio.



Agradezco a Eduardo Pérez Rasilla la información facilitada y, a la espera de poder reseñar en este blog su próxima edición de la citada novela de Antonio de Hoyos y Vinent, reitero mi disposición a utilizar este recurso para aportar datos sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores que, si nada lo impide, a finales de 2027 o principios de 2028 tendrán el cuarto volumen de la tetralogía iniciada con Las armas contra las letras (más información en la web consejosdeguerra.es).


sábado, 23 de mayo de 2026

La depuración del coronel auditor Ángel Manzaneque Feltrer


 Sede del ICAM. Fuente: Wikipedia

La inclusión de numerosos personajes históricos en Nos vemos en Chicote (2015) me obligó a sintetizar la trayectoria de la mayoría. En el caso del coronel auditor Ángel Manzaneque Feltrer (Madrid, 1893-1949), presente en los sumarios analizados en mis posteriores libros dedicados a los consejos de guerra de periodistas y escritores, me limité a dar cuenta de unos meros apuntes entre las páginas 156-158.

El coronel auditor en la reserva desde el 22 de enero de 1942, después de desempeñar una intensa tarea en el Cuerpo Jurídico Militar durante la posguerra, merece un estudio más detenido de cara a una posible cuarta edición del citado libro. Con tal motivo, he encontrado una documentación capaz de probar el grado de represión de aquellos años, que afectó hasta los propios responsables de la misma.

El coronel auditor fue depurado como abogado colegiado en Madrid y procesado por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo (TERMC), según la documentación depositada en el Archivo Histórico del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid (AHICAM) y el Centro de Documentación de la Memoria Histórica.

A la espera de las solicitadas copias del CDMH, gracias a la digitalización y acceso libre de los fondos documentales del AHICAM sabemos que Ángel Manzaneque Feltrer ingresó en el mismo el 22 de agosto de 1924, cuando contaba con treinta y un años y estaba domiciliado en la capital (caja 348, exp. 10820). Dada su vinculación con el Cuerpo Jurídico Militar, parece improbable que ejerciera como abogado a partir de esa fecha, pero llegada la posguerra debió superar la depuración profesional al igual que todos sus colegas.



Fuente: AHICAMNos vemos

De acuerdo con el documento aquí reproducido, el Ilustre Colegio de la Abogacía de Madrid certifica que Ángel Manzaneque Feltrer fue depurado con todos los pronunciamientos favorables el 6 de febrero de 1942, es decir, pocos días después de pasar a la reserva y cuando pretendería, supongo, ejercer la abogacía en el ámbito civil (AHICAM, exp. 2634).

La fecha del documento es tardía para una depuración profesional, pero la misma suponía un requisito para el ejercicio de la abogacía del que ni siquiera estaba excluido quien desempeñó las más altas funciones en la represión de los vencidos durante la inmediata posguerra.

Ángel Manzaneque Feltrer se encaminaba a los cincuenta años, había prestado sus servicios al Glorioso Movimiento Nacional, desde que el 7 de noviembre de 1936 formara parte del grupo adscrito al Cuerpo Jurídico Militar destinado a participar en la por entonces prevista toma de Madrid (BOE, 7-XI-1936), y había llegado el momento de rentabilizarlos en una ocupación más tranquila sin descartar la posibilidad de convertirse en abogado defensor de los consejos de guerra. No habría sido el único, según contara Albert Boadella en Memorias de un bufón (2001) con motivo de su procesamiento por la jurisdicción militar.

La circunstancia de este paso a lo civil es tan legal como habitual entre los protagonistas de la actividad represiva durante la posguerra. Lo sorprendente es que, incluso quien había decidido el destino de tantos represaliados en Madrid hasta el 27 de agosto de 1939 (BOE, n.º 239), debiera someterse por imperativo legal a un proceso de depuración tras haber pasado por el TERMC (CDMH, fichero 77, documento 2716930).

La consulta de este documento alumbrará nuevas circunstancias que completaremos con otros ya solicitados. Por lo pronto, sabemos que, si hubo censores censurados como el novelista Wenceslao Fernández Flórez, también contamos con la depuración de los depuradores en un clima obsesivo en materia de represión.

El alumno del madrileño instituto Cardenal Cisneros, donde coincidió con algunos de los represaliados de la posguerra, probablemente nunca contó esta historia antes de fallecer en 1949. Habría sido una excepción en el silencio mantenido por quienes participaron en la represión, pero en la medida de lo posible la reconstruiremos para incorporarla a la nueva edición de Nos vemos en Chicote cuando se agoten los ejemplares actualmente disponibles.



miércoles, 20 de mayo de 2026

Un poeta en la historia, de Mario Amorós (y II)


Mario Amorós en la presentación que tuvo lugar en Orihuela

Con el objetivo de completar la entrada del pasado día 18 y colaborar en la difusión de la magnífica biografía de Miguel Hernández escrita por Mario Amorós, os paso los enlaces de nuevas entrevistas concedidas a los medios de comunicación y, muy especialmente, la grabación de la presentación del libro que tuvo lugar el día 19 en la Sede de la Universidad de Alicante con la presencia de mis compañeros José Carlos Rovira y Carmen Alemany. El acto académico desbordó los límites habituales de una presentación y constituyó una verdadera lección de los participantes en la mesa acerca de la trayectoria biográfica y creativa del poeta oriolano.





domingo, 17 de mayo de 2026

Un poeta en la Historia, de Mario Amorós (I)


 Mario Amorós

La Historia está en permanente construcción. Sin necesidad de citar a los clásicos de la historiografía moderna, quienes nos dedicamos profesionalmente a esta tarea sabemos que nuestras aportaciones son un eslabón en una cadena donde otros colegas pueden ampliar, refutar o confirmar lo establecido gracias a nuevos documentos, testimonios o cualquier fuente hasta entonces desconocida.

Los consejos de guerra de Miguel Hernández no constituyen una excepción en el propósito colectivo de acercarnos lo más posible al conocimiento de lo sucedido. En 2022, con motivo de la edición facsímil de los sumarios del poeta en colaboración con el Ministerio de Defensa, tuve la oportunidad de estudiarlos en profundidad. La investigación deparó novedades, que pronto fueron incorporadas a la biografía de Miguel Hernández reeditada y ampliada por José Luis Vicente Ferris.

La tarea no estaba concluida. Ahora, gracias a Un poeta en la Historia. Vida de Miguel Hernández (Madrid, Akal, 2026), del periodista e historiador Mario Amorós, conocemos mejor lo sucedido en aquella farsa jurídica. Su exhaustiva investigación le ha permitido localizar documentación inédita o relevante en el Fondo García Vergara, del Archivo Nacional de Chile, y en el Archivo General Militar, de Ávila.




La biografía publicada por Mario Amorós es ejemplar en varios aspectos y se suma a otras también brillantes dedicadas a una apasionante e intensa trayectoria vital. Abajo indico varios enlaces que ponen de manifiesto la calidad del trabajo realizado y, en fechas posteriores, incorporaré los que vayan colaborando en la divulgación de un libro imprescindible para cualquier interesado en la obra de Miguel Hernández.

Al margen de agradecer el interés del autor por la situación personal que sufro desde 2019, a raíz de desvelar la identidad de quienes intervinieron en la instrucción del sumario 21001, hay en el libro de Mario Amorós una novedad que ratifica todavía más la radical nulidad de aquellos procesos judiciales, según lo establecido por la vigente Ley de Memoria Democrática de 2022.

Una vez condenado Miguel Hernández a la pena de muerte y habiendo decidido las autoridades franquistas no ejecutarla para evitar una repercusión internacional como la del asesinato de García Lorca, el objetivo de quienes de una u otra manera pretendían aliviar la situación del poeta era la conmutación de la citada pena por otra de treinta años.

Lo fundamental de estas gestiones nunca explicitadas en los sumarios lo conocíamos, pero Mario Amorós revela más detalles y protagonistas gracias a la consulta del fondo depositado en el Archivo Nacional de Chile y, por primera vez, analiza el proceso del poeta a la luz de un documento del 4 de junio de 1940 firmado por el Departamento de Asesoría y Justicia del Ministerio del Ejército. El mismo admite literalmente que Miguel Hernández había sido condenado a muerte el 18 de enero de ese año por «hechos» de «escasa trascendencia» y recomienda la citada conmutación.



Documento depositado en el Archivo General Militar, de Ávila

Las autoridades militares, cinco meses después de la sentencia que condenó a muerte al poeta y sin mediar ningún tipo de actuación judicial que completara lo instruido en el Juzgado Militar de Prensa, reconocen la «escasa trascendencia» de lo probado en el sumario 21001 para la posterior sentencia dictada en el consejo de guerra presidido por el comandante Pablo Alfaro.

El nuevo ejemplo del omnipresente derecho de autor en la jurisdicción militar de la época, para el cual lo importante no son los actos probados sino la identidad del acusado, se suma al comportamiento represivo de quienes condenaron al poeta a sabiendas de que lo instruido era de «escasa trascendencia», al margen de cualquier discrepancia jurídica en la valoración por parte del tribunal presidido por el comandante Pablo Alfaro.

El caso de Miguel Hernández es uno más entre decenas de miles con similares características. Lo conocemos ahora con lujo de detalle gracias a la nombradía del procesado, pero lo sucedido en Madrid y Orihuela no supone una novedad a la luz de tantos otros consejos de guerra como los de periodistas y escritores (consejosdeguerra.es). Solo duele, y mucho, por el trágico final de un padre y esposo joven que deseaba vivir. Así lo prueba la magnífica biografía de un Mario Amorós que, como en anteriores ocasiones, demuestra su capacidad para llevar este género por los cauces del rigor y la amenidad.

Enlaces:

https://elpais.com/cultura/2026-05-11/cuando-el-franquismo-reconocio-haber-condenado-a-muerte-a-miguel-hernandez-por-hechos-de-escasa-trascendencia.html

https://www.elmundo.es/opinion/columnistas/2026/05/12/6a01df93e85eceb9278b459c.html

informacion.es/cultura/2026/05/14/mario-amoros-biografia-miguel-hernandez-figura-poeta-del-pueblo-compromiso-politico-partido-comunista-de-espana-republica-130197716.html

https://www.levante-emv.com/postdata/2026/05/15/nuevas-luces-poeta-esencial-130277377.html

https://www.publico.es/culturas/libros/documento-franquismo-admite-miguel-hernandez-condenado-muerte-hechos-escasa-trascendencia.html

jueves, 14 de mayo de 2026

El centenario de Rafael Azcona


En la primavera de 2005, cuando estaba preparando la edición crítica de El pisito para la editorial Cátedra, recuerdo que me llamó Rafael Azcona (1926-2008), a quien había mandado el borrador de la introducción. Solo corrigió el dato sobre sus estudios, pues me explicó que nunca pudo terminar el bachiller. Rafael fue una de las personas más cultas que he conocido, pero su cultura rivalizaba con su honestidad y no quería atribuirse títulos que quedaron fuera de sus posibilidades en Logroño.

La otra preocupación cuando me llamó era que el texto de la novela adaptada al cine por Marco Ferreri no fuera el de la edición original, sino el revisado muchos años después, cuando Rafael Azcona emprendió la tarea de reescribir toda su obra literaria. Le aseguré que así sería y solo entonces descansó, pues pensaba que el lector de una colección como Letras Hispánicas, de Cátedra, debía disponer de un texto ajeno a las deficiencias de lo escrito deprisa pocos años después de su llegada a Madrid en 1951.

Aquella edición formó parte de la dedicación prestada al amigo que más he admirado desde que en 1999 tuve la oportunidad de conocerle para que su trayectoria apareciera en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, de la que yo era director adjunto por entonces. A partir de esa fecha intercambiamos correos electrónicos, siempre firmados por R., llamadas telefónicas y hasta encuentros inolvidables en Madrid y Murcia. Siempre en torno a una mesa, bien servidos y disfrutando de una conversación en la que procuraba callar para aprender más.

A partir de entonces, le dediqué varios artículos en revistas académicas. Poco después de su fallecimiento los recopilé en un volumen, La obra literaria de Rafael Azcona (Universidad de Alicante, 2008), del que me siento orgulloso porque fue el tributo a la memoria de un amigo. Algo similar sucedió cinco años después con Espíritu de mambo (2013), dedicado a la memoria del actor Pepe Rubianes (1947-2009).

Ambos amigos me dieron la oportunidad de disfrutar de lo que más agradezco: el humor. También me aportaron otras muestras de su amistad, pero sus obras estaban repletas de un humor, con notables diferencias en ambos casos, que trasladaban al plano personal. Hablar con ellos era como estar en la pantalla de una película con guion de Rafael Azcona o en el escenario donde Pepe Rubianes interpretó sus inolvidables monólogos.

Ahora, con motivo del centenario de Rafael Azcona y por invitación de Luis Alberto Cabezón, he vuelto a trabajar sobre la obra literaria del guionista para publicar un artículo en un monográfico de la revista Berceo.

La novela seleccionada es Los ilusos, que apareció en 1958 con unas excelentes ilustraciones de Antonio Mingote y Rafael Azcona reescribió durante su enfermedad terminal. La nueva versión se la mandó al editor justo una semana antes de fallecer. Esta circunstancia, la voluntad de trabajar para legar una obra cuando el autor sabía que su final estaba cerca por culpa del cáncer, me llamó la atención y hasta me parece digna de un novelista tan profesional como ejemplo de ética en su escritura.

Los ilusos fue escrita en apenas dos meses para una colección de humor que dirigía Fernando Baeza, uno de los mejores amigos de Rafael Azcona. Así, deprisa por imperativos económicos, debió trabajar quien pronto se decantó por el cine. Aquellas novelas de sus inicios quedaron olvidadas, pero gracias a distintas iniciativas editoriales el riojano tuvo la oportunidad de reescribirlas para que su legado literario gozara de una dignidad denegada por las circunstancias de una España que en algunos ámbitos todavía parecía la retratada por Cela en La colmena.

La voluntad de trabajo de Rafael Azcona, por respeto a sus lectores y amigos, merece un recuerdo y un análisis, que será mi modesta contribución al centenario del mejor guionista de la historia del cine español y, sobre todo, un hombre honesto, humilde y siempre dispuesto a participar en una tertulia donde sus palabras resultaban sabias.

Pdta. En la entrada del pasado 30 de julio anunciaba que el blog había llegado a las 200.000 visualizaciones. Ayer, 17 de mayo, llegó a las 300.000 con un notable incremento a lo largo de estos últimos meses.

 

martes, 12 de mayo de 2026

La censura teatral en Radio Nacional de España


El número 14 de la revista Don Galán, un monográfico publicado el pasado mes de enero y dedicado a la censura teatral franquista, gracias al periodista Raúl Losáñez ha contado con una presentación en la emisión del 9 de mayo del programa La Lira de Apolo, donde coincidí con Berta Muñoz, la otra coordinadora del número, y María Bollaín, la directora del Centro de Documentación de las Artes Escénicas y de la Música.
A continuación os paso el correspondiente enlace por si os interesa el tema de la censura teatral franquista, analizada en un tono distendido para los radioescuchas de este programa de RNE dedicado al teatro:


Pdta.: Una vez publicado en You Tube, os paso el vídeo de mi presentación del monográfico en el marco de las IV Jornadas de Estudios Teatrales celebradas en la Universidad de Alicante el pasado 11 de mayo:





viernes, 8 de mayo de 2026

Francisco Colás, médico y periodista fusilado


 Francisco Colas Ruiz de la Serna

Un investigador universitario debe contar, para la correcta realización de sus actividades, con una red de colaboradores que le ayuden o le informen de cualquier novedad en los temas objeto de sus trabajos. Gracias a los muchos años de mi trayectoria académica, esa red está muy tupida y a menudo recibo la ayuda de colegas repartidos por diferentes universidades.

En fechas recientes, la profesora María Asunción Castro Díez, de la UCLM, se puso en contacto conmigo para solucionar un trámite. Gracias a los correos intercambiados, supe que estaba dirigiendo el Trabajo Fin de Máster de la alumna Marina Muñoz Romero sobre la trayectoria de Francisco Colas (1898-1939), médico, político y periodista que fue fusilado el 5 de mayo de 1939 en Ciudad Real, la capital donde había trabajado en la Beneficencia Municipal mientras dirigía Avance, el periódico resultante de la incautación de otra cabecera de la capital manchega.

La detención tuvo lugar el 5 de abril de 1939 y tan solo cinco días después ya estaba dictada la sentencia, que contó con «el enterado» del general Franco el 26 del mismo mes. Todo el proceso fue tan precario -bastaron con dos declaraciones acusatorias y la recopilación de ejemplares del periódico que dirigió el acusado- como acelerado hasta llegar al 5 de mayo cuando el teniente médico Francisco Vivanco Bergamín certificó la identidad del fallecido, que tenía «una herida por arma de fuego en región craneana».

Gracias a la investigación de Marina Muñoz Romero, he tenido acceso al sumario n.º 23 del AGHD, que fue instruido por el capitán Eduardo Aizpún Andueza con una rapidez que estremece a la vista del desenlace. En fechas próximas, cuando el TFM de Marina esté presentado, la joven investigadora redactará una entrada para este blog donde sintetizará la trayectoria de Francisco Colas, que en parte ya podemos conocer gracias al trabajo de Isidro Sánchez Sánchez en el Diccionario biográfico de Castilla La Mancha.

Francisco Colas fue un médico socialista procedente de una familia adinerada que compaginó el trabajo en la Beneficencia Municipal con las tareas de propagandista y responsable de El Pueblo Manchego y Avance. El sumario cuenta con varios ejemplares de la primera cabecera y en los mismos aparecen las poesías firmadas por Roger de Flor, un maestro y poeta que ya conocemos por anteriores entradas.




Jesús Merchén también fue fusilado en Ciudad Real, su historia aparecerá en el tercer tomo dedicado a los consejos de guerra, La colmena, que tendremos en las librerías antes de finalizar el curso. Su compañero de fatigas periodísticas y políticas, Francisco Colas, contará con un capítulo en el cuarto tomo, gracias a la colaboración de una joven investigadora que nos ha permitido completar el hasta ahora incompleto listado de los directores de periódicos republicanos que fueron fusilados (consejosdeguerra.es).  

Pdta. Más entradas en el blog Memoria y ficción, accesible a través de la web rioscarratala.com

martes, 5 de mayo de 2026

Hasta siempre, Sol


 Soledad Gallego-Díaz

La periodista Soledad Gallego-Díaz (1951-2026), la primera directora de El País, ha fallecido tras culminar una dilatada y brillante trayectoria en el periodismo español. La prensa de hoy aborda con amplitud la triste noticia y poco podría añadir a las necrológicas o los perfiles humanos de una profesional que gozó del respeto y el cariño de los colegas.

Hace apenas tres meses, y gracias a la ayuda del novelista Sergio del Molino, pude entrar en contacto con Sol. El motivo era conocer mejor la historia de su padre, José Gallego-Díaz Moreno, un matemático con inquietudes literarias que fue procesado en un consejo de guerra por los franquistas. Le pregunté sobre el correspondiente sumario, pero la familia lo desconocía, así como otros pormenores de su trayectoria. Le dije que lo digitalizaría para ponerlo a disposición de ella y sus hermanos. Así lo hice y Sol me mandó un correo agradeciéndome la gestión.

El sumario de José Gallego-Díaz Moreno ya lo tengo digitalizado gracias a la colaboración del AGHD, así como otros documentos de su padre, pero por desgracia cuando se lo envié la enfermedad cortó la comunicación. El documento aporta importantes novedades acerca de un matemático verdaderamente singular por múltiples motivos. Nunca las pude comentar con una periodista que habría tenido la experiencia de una imprevista exclusiva familiar.

La investigación iniciada con la publicación de una entrada en este mismo blog el 13 de abril de 2026 ya está prácticamente terminada y aparecerá en el cuarto tomo de los dedicados a los consejos de guerra de periodistas y escritores. La enfermedad se ha interpuesto y no podré compartir la tarea con Sol a la búsqueda de sus testimonios, pero la culminaré en recuerdo de su padre y de ella misma, al tiempo que intentaré localizar a sus hermanos para que la memoria familiar se vea completada con la labor del historiador.

 

 


viernes, 1 de mayo de 2026

Manuel Chaves Nogales a la luz de los archivos


 Manuel Chaves Nogales

Hace unos meses, mientras analizaba el sumario del consejo de guerra de José Robledano, encontré un documento donde el secretario judicial transcribe un fragmento del libro de actas de la Agrupación Profesional de Periodistas. La fecha de lo transcrito es el 18 de octubre de 1936. El texto da cuenta de la participación de Manuel Chaves Nogales en la defensa de la II República, llegando hasta el punto de ofrecerse para desempeñar las funciones de comisario político.

El hallazgo me sorprendió a la luz de lo escrito meses después en el célebre prólogo de A sangre y fuego (1937), donde el periodista se considera posible víctima de ambos bandos, viéndose obligado a salir de Madrid el mismo día en que el gobierno partió hacia Valencia. La pregunta es obvia: ¿Cómo podía ser una víctima del bando republicano quien se postula como comisario del mismo?

Desde entonces, intuyo que la mayoría de los comentarios sobre el citado prólogo prescinde de la documentación relacionada con el pasado inmediato del autor. Puestos a disfrutar y hasta teorizar a partir de un texto tan brillante como los relatos a los que precede, es más cómodo escribir sin pasar meses o años en los archivos.

La comodidad también supone libertad en este caso. Si la exégesis se limita al texto, prescindiendo de una farragosa documentación, las posibilidades de ajustar la interpretación a los propios intereses, o deseos, aumentan porque no pasan por la justificación documental. Ni siquiera deben ser coherentes a la luz del comportamiento del autor durante las semanas anteriores.

Semejante libertad resulta cuestionable desde el punto de vista filológico e histórico. Como lectores, podemos hacer uso de la misma para sacar conclusiones sin necesidad de enmarcar el prólogo en su contexto histórico. El problema es que los filólogos y los historiadores nunca debemos prescindir de la condición de lectores, pero también somos investigadores capaces de indagar acerca de las claves del texto analizado.

Al cabo de quince años leyendo documentos relacionados con la Guerra Civil, desconfío de la literalidad de los mismos. Sus autores estaban sujetos a tremendas presiones (violencia, miedo, venganzas…) y, a menudo, esos textos son un instrumento para seguir vivos o libres. También para justificarse y defenderse cuando el propio comportamiento dista de ser heroico o ejemplar.

Manuel Chaves Nogales es un excelente escritor y periodista. La lectura de sus obras fascina y sus artículos destacan sobre tantos otros coyunturales y prescindibles. Sin embargo, el andaluz también se vio sacudido por una guerra que puso a prueba la coherencia de quienes la padecieron.

En la línea de lo expuesto por Francisco Espinosa o José Luis García Martín, Manuel Chaves Nogales en el prólogo de A sangre y fuego, convertido en un manifiesto de la tercera España, procura justificar su decisión de abandonar el Madrid sitiado. El texto merece una reflexión frente a tantos otros de carácter maniqueo, pero resulta incoherente con aspectos destacados de su trayectoria durante los meses anteriores, desde que en agosto de 1936 regresara a la capital procedente del extranjero.




La investigación en los archivos ya había dado frutos en este sentido. Ahora, gracias a Juan Carlos Mateos, conocemos mejor lo sucedido en aquel Madrid, donde Manuel Chaves Nogales nunca fue perseguido y aparecía como un defensor de la legalidad republicana. Su condición de víctima es una suposición para igualar a ambos bandos y justificar su marcha al exilio, donde fundamentalmente siguió siendo un republicano, como prueban los relatos agrupados en Guerra total.

El historiador debe comprender más que juzgar. Nunca condenaría al periodista por procurar salvarse cuando el riesgo era máximo. Tampoco por permanecer lejos de Madrid y hasta de España. Su decisión es comprensible y respetable, aunque no sea materia de héroes, como algunos de los colegas que decidieron permanecer en la ciudad sitiada

Ahora bien, deducir de esa necesidad de justificación una teoría acerca de la tercera España me parece un exceso, solo comprensible a la luz de la escasa frecuentación de los archivos. No es el caso de Juan Carlos Mateos desde antes de 1996, cuando leyó su monumental tesis doctoral ahora ampliada con nueva documentación.

Las relativas incoherencias de la trayectoria de Manuel Chaves Nogales durante unos meses tan complejos, donde otras incoherencias fueron frecuentes, no restan valor literario y periodístico a su producción. La humanizan y aportan matices de complejidad, que merece la pena indagar para huir de glorificaciones o mitos, que en un contexto tan poco noble como el de la guerra suelen carecer de una base sólida.

A diferencia de Juan Carlos Mateos, no observo una «ceremonia santificadora» (p. 27) ni el neochavismo como una nueva «religión» (p. 57). Tal vez la clave de la construcción de un mito en torno al periodista sea más sencilla, al margen de sus indudables méritos como autor.

Los mitos se construyen a base de simplificadas conclusiones tan reforzadas por la insistencia como alejadas de su confrontación con una realidad como la archivística, siempre compleja y repleta de dudas o circunstancias incompatibles con la mitificación.

La construcción de esos mitos no solo es un trabajo menos gravoso. También resulta atractivo y agradecido por los lectores, las editoriales y las instancias académicas. Manuel Chaves Nogales estuvo por encima de la mayoría de sus colegas, pero hacerlo sobresalir como un hito aislado facilita que los responsables de esa mitificación sobresalgan a la par. Y mantengan una imagen patrimonial de lo construido.

La mesura no ha estado a la altura de la exhaustividad documental en la investigación de Juan Carlos Mateos. El capítulo comprendido entre las páginas 75-149 es prescindible porque hay otras formas de defender las propias conclusiones. No obstante, me preocupa la observación de algunos errores en la bibliografía universitaria sobre Manuel Chaves Nogales. Lo mejor es corregirlos y, sobre todo, resituar al periodista en un marco menos excepcional, pero más creíble. No perderá así su acrisolada brillantez y dejará de ser motivo de especulaciones a veces interesadas.




Mientras tanto, la opción más satisfactoria es leer con creciente interés relatos como los agrupados en Guerra total (Renacimiento, 2026), la segunda parte de A sangre y fuego, una obra imprescindible que comprenderemos mejor a la luz de la documentada trayectoria de su autor. Manuel Chaves Nogales ni fue santo ni digno de una mitificación, pero consiguió algo más valioso: dejarnos unos relatos que invitan al disfrute y la reflexión, ahora más centrada gracias a un aporte documental que merece ser tenido en cuenta.

Pdta.: Sobre esta publicación, véase también la entrada dedicada el pasado 21 de abril por José Luis García Martín en su blog Crisis de papel. Así como los comentarios de quienes protagonizan un «duelo al sol» del que disfrutaré en fechas próximas. Nada más apasionante que asistir a las polémicas donde se habla o escribe con el acarreo de muchas lecturas.


jueves, 30 de abril de 2026

Los entremeses cervantinos (H.ª del Teatro del Siglo de Oro, 16)


 

El entremés

Tal y como hemos comentado en clase, las representaciones durante el siglo XVII en los corrales de comedias suponían una fiesta de carácter teatral donde se incluían, por este orden o aproximadamente, las siguientes piezas: 1) loa o introducción; 2) primera jornada de la comedia; 3) entremés; 4) segunda jornada de la comedia; 5) entremés: 6) tercera jornada de la comedia y 7) baile o fin de fiesta (ff. 119-123 de los apuntes de la asignatura).

Los espectadores del siglo XVII disponían de tiempo y querían verlo absolutamente todo, aunque el conjunto resultara necesariamente heterogéneo. De ahí que las representaciones intercalaran, entre las jornadas de la obra central, entremeses para que se pudiera asistir, a la vez, al mundo idealizado de la comedia, en el que triunfaban los valores ejemplares del amor, el honor y la fe, y al mundo revesado, cómico y bufo del entremés.

Este género breve con una tradición que se remonta a los pasos de Lope de Rueda se reía de algunas convenciones de la sociedad, renunciaba al amor ennoblecido, se burlaba del honor e invertía las situaciones de la comedia, pues -como señalan Rey y Sevillano en su introducción a los sainetes cervantinos- «lo que allí generaba venganzas sangrientas de honra que acarreaban la muerte de la esposa adúltera y del amante, acababa aquí en broma, con el triunfo de la mujer infiel y del burlador, y con el marido cornudo, cuando no apaleado, celebrando todos la burla mediante una fiesta».

El entremés, vocablo que venía a significar todo manjar de poca consistencia servido en el intermedio de los platos de un copioso banquete, finalmente es empleado como término para designar las piezas cortas de carácter jocoso y burlesco, escritas en prosa o verso, que se representaban entre las jornadas de una comedia para fundamentalmente divertir al público.

El origen dramático más directo del género son los pasos de Lope de Rueda, que eran breves y sencillas obras escritas mayoritariamente en prosa, de esquemática y repetitiva intriga, en las que se desarrolla una burla o engaño vulgar, pergeñado por un listo (personaje activo) contra un bobo (personaje pasivo). Una moraleja o algún que otro palo, rematado con un baile cantado, daba por finalizada la pieza.

El entremés supone un paso adelante con respecto a los pasos, ya agotados por su carácter tan simple como repetitivo, y aparece con el beneplácito del público en las representaciones de los corrales de comedias condicionado por dos circunstancias fundamentales: su contraste con la comedia y la brevedad.

La primera le llevará a una carnavalesca y temporal ruptura con la idealización del género mayor. La segunda resultará determinante para las tramas argumentales, necesariamente simplificadas para ajustarse a la brevedad, y la elección de tipos (bobo, rufián, marido cornudo o celoso, sacristán, estudiante…) con el objetivo de suplir la imposible caracterización de los personajes a lo largo del desarrollo dramático de la acción. El público identificaba a los tipos desde la primera aparición, incluso por su convencional apariencia, y el posterior comportamiento ratificaba lo previamente conocido por anteriores representaciones.

La brevedad, apenas unos quince minutos como descansadero entre las dos jornadas, de la pieza entremesil estaba reñida con una compleja fábula dramática. A veces, la misma se limitaba a la presentación de una situación que permitía un desfile de tipos y en otras ocasiones había una sencilla trama argumental para facilitar el encuentro de dos o más tipos.

Dado el determinante factor tiempo, todo lo puesto en escena debía desarrollarse y resolverse con rapidez, razón de más para que el público acogiera con mayor facilidad sus «figuras» consabidas o tipos, que por su reiteración en diferentes entremeses y su origen inserto en una tradición folklórica apenas requerían de una caracterización específica a lo largo de la representación.

El objetivo fundamental del entremés es la comicidad para divertir al público porque todavía estamos lejos del costumbrismo que también caracteriza a su sucesor, el sainete, desde los tiempos dieciochescos de Ramón de la Cruz. De hecho, los entremeses del siglo XVII carecen de coordenadas espaciales y temporales que permitan una identificación más allá de lo visto en el escenario, mientras que los sainetes suelen estar vinculados a unas coordenadas próximas y coetáneas para subrayar su carácter costumbrista, siempre compatible con la comicidad.

Situado en un itinerario de cuatro siglos que va desde los pasos de Lope de Rueda que viera representar Cervantes en su juventud hasta los sainetes de Carlos Arniches a principios del siglo XX, según lo estudiara Eugenio Asensio en su libro de 1970, el entremés es un género sin afán de trascendencia que no admitía «altas ambiciones estéticas, ni psicología compleja, ni interpretación didáctica de la sociedad».

La norma genérica cuenta con sus excepciones, más viables cuando hablamos de algunas obras que fueron editadas sin pasar previamente por los escenarios. La circunstancia de Cervantes en la edición de 1615, donde recopila ocho entremeses «nunca representados», se repetirá tres siglos después con Carlos Arniches, que solo pudo completar las posibilidades críticas de los sainetes cuando publicó algunos sin pasar por unos escenarios casi siempre refractarios a las innovaciones. La paradoja radica en que han perdurado los títulos más alejados de esos escenarios.

Lo arriba indicado como inadmisible (trascendencia, ambición estética, complejidad) caracteriza al género, salvo cuando cae en las manos de autores de la talla de Cervantes. Sus entremeses «nunca representados» en vida del autor y escritos durante su última etapa incorporaron la complejidad significativa de las obras de largo aliento que por entonces estaba creando. Los ocho entremeses publicados en 1615 y escritos probablemente entre 1610 y esta fecha de la edición fueron capaces de dotar al género breve de una profundidad equiparable a la de obras enjundiosas sin renunciar a la comicidad.

La trayectoria teatral de Cervantes careció de continuidad tras la puesta en escena de sus primeras comedias -no fracasadas, según su testimonio- y no consiguió ver representados sus ocho entremeses. Aunque su datación exacta resulta imposible, fueron escritos probablemente después de la publicación de la primera parte del Quijote, cuando gracias al éxito editorial el autor disponía de mejores condiciones para reivindicar una faceta teatral que nunca le resultó ajena o indiferente, a pesar de la omnipresencia de Lope.

Sin las obligaciones impuestas por las representaciones, el público o las compañías, poco dispuestas en general a cualquier innovación, con la prologada edición en 1615 Cervantes no solo eleva el tono del género, enriquece sus temas y dignifica su lenguaje, sino que también hace del entremés portador de una hondura temática y estética inusitadas en la tradición entremesil. El reconocimiento crítico y popular en este sentido ha sido unánime y, paradójicamente, estas obritas ahora se encuentran entre las más representadas y editadas de la historia del teatro español.

Eugenio Asensio en su introducción a los entremeses cervantinos establece tres grupos, según sean:

1)       Entremeses estáticos, como El juez de los divorcios y La elección de los alcaldes de Daganzo, sin acción ni movimiento, sin protagonista ni desenlace argumental, concebidos como un mero desfile de personajes en situación singular ante un juez o árbitro. Son los llamados entremeses de «figuras», pues el centro de la atención recae en el desfile de las mismas buscando a menudo la comicidad por el contraste entre sus diferentes tipificaciones caracterológicas.

2)   Entremeses de acción, construidos como una cadena de sucesos casualmente eslabonados, que desembocan en un final festivo que tiene mucho de caprichoso, explosivo y sorprendente. En esta categoría quedarían incluidos El vizcaíno fingido, La cueva de Salamanca y El viejo celoso.

3)      Entremeses de acción y ambiente, que unen el retrato estático a una tenue acción que evoluciona hacia un desenlace, como sucede en El rufián viudo, La guarda cuidadosa y El retablo de las maravillas, una pieza dramática que culmina todas las posibilidades del entremés en su versión cervantina.



El espectáculo dirigido por José Luis Gómez

Una vez superado el marco teatral de las representaciones en los corrales de comedias, los entremeses se suelen poner en escena agrupando e hilvanando mediante una dramaturgia dos o más títulos en unos espectáculos ajenos a otros géneros dramáticos. También cabe la representación exenta de alguno de ellos, como hiciera Federico García Lorca con La Barraca durante la II República.

Así, agrupados, los vamos a ver en la práctica de la asignatura, dedicada al espectáculo dirigido por José Luis Gómez en el Teatro de la Abadía en 2015 -ver en la teatroteca del CDT y en You Tube-, que tenía un antecedente en otro con el mismo director y espacio teatral estrenado en 1996 y, a su vez, una continuidad en un espectáculo dirigido por Ernesto Arias en 2017. De este último vimos algunas escenas en la conferencia de Javier Huerta enlazada en la entrada anterior dedicada a los entremeses cervantinos (9 de mayo de 2025).

El espectáculo dirigido por José Luis Gómez incluye los tres entremeses cervantinos que mejor responden a la condición de clásicos por su permanencia en los escenarios y vigencia ante un público contemporáneo: La cueva de Salamanca, El viejo celoso y El retablo de las maravillas. Es decir, dos entremeses de acción y un tercero de acción y ambiente, según la clasificación de Eugenio Asensio.

La selección de José Luis Gómez no solo está justificada por el valor teatral de los entremeses. También fue preciso buscar un elemento común que contribuyera a cohesionar el espectáculo. En este caso se trata del engaño, tan habitual en los distintos momentos históricos del teatro breve desde que apareciera de manera recurrente en los pasos de Lope de Rueda.

Las malcasadas que protagonizan La cueva de Salamanca y El viejo celoso engañan a sus respectivos maridos, un bobo ajeno a la realidad y un viejo enfermizamente celoso, como consecuencia de unos matrimonios sin amor, desiguales por razones de edad y resultantes de la falta de una libre elección por parte de la mujer.

Los dos artistas itinerantes que protagonizan El retablo de las maravillas se burlan de la zafiedad villana y engañan a quienes, con sus prejuicios acerca de la limpieza de sangre y el nacimiento en el seno familiar, acuden a «ver» un retablo que solo está en una prejuiciada imaginación condicionada por el engaño.

En los tres entremeses seleccionados el engaño funciona a modo de una estrategia crítica que denuncia circunstancias injustas, como las matrimoniales, o mentalidades absurdas por su vinculación con los prejuicios de casta o sociales. Se respeta así, incluso se potencia, el docere siempre presente en la obra dramática y literaria de Cervantes.

No obstante, el espectáculo de José Luis Gómez nunca renuncia a la comicidad como motor de la acción dramática. Los espectadores reímos gracias a las peripecias relacionadas con los engaños y, a continuación, tenemos la oportunidad de reflexionar sobre las causas de los mismos.

El engaño en estos entremeses de Cervantes no es tanto un castigo para el bobo como una consecuencia de su necedad, que resulta más grave en quienes ocupan puestos prominentes en la estructura social o familiar (las autoridades locales que acuden al retablo o los maridos dispuestos a recurrir a su poder económico para contraer un matrimonio desigual).

Al margen del engaño como tema derivado de la acción dramática, el espectáculo opta por mantener una atmósfera rural, perfectamente simbolizada por el árbol situado en el centro de un escenario vacío y acorde con el concepto del «teatro pobre» (Jerzy Grotowsky).




El mismo, sin su correspondiente teorización, ya está presente en los espectáculos de Lope de Rueda evocados por Cervantes. José Luis Gómez, partidario de privilegiar la palabra en el escenario, lo vacía, salvo en ese centro simbólico al que tanta rentabilidad dramática saca a lo largo del espectáculo.

Gracias a una tarea de investigación musicológica, la atmósfera rural ya está presente en los cánticos populares de los labradores que, a primera hora de la mañana, comienzan una jornada coincidente con el desarrollo del espectáculo, cuyo final se da en un atardecer. Así también se hilvanan los tres entremeses, además de transmitirnos a través de los cánticos una atmósfera imprescindible para enmarcar el espectáculo.

Los intérpretes nunca abandonan el escenario durante la representación. Aunque no intervengan en una escena concreta, a la vista del público cuentan con unos espacios laterales destinados al cambio de vestuario y donde prepararse para la siguiente. Así, con la plena conciencia de estar asistiendo a una representación ajena a la ilusión de realidad, el director refuerza el distanciamiento de los espectadores como circunstancia que facilita la función crítica, de acuerdo con las enseñanzas de Bertolt Brecht.

El tiempo unificado según lo arriba indicado y la estructura cíclica del montaje de José Luis Gómez giran en torno a la presencia natural del árbol, pronto convertido en una imagen potente a pesar de su simplicidad, y refuerzan la esencia ceremonial y festiva de la totalidad de la pieza.

La vitalidad, la calidad y la versatilidad de los intérpretes también contribuyen a esa esencia ceremonial y festiva del espectáculo, que resulta coherente con una visión de los entremeses donde el respeto a la autoría es compatible con un teatro siempre representado en presente, a la búsqueda de un público contemporáneo que puede salir exultante después de ver el espectáculo dirigido por José Luis Gómez.

Pd.: La presente entrada completa la publicada en este blog el 9 de mayo de 2025.