La solidaridad reconforta.
Por fortuna, hasta el presente la he mostrado con infinidad de víctimas y en
buena medida mi trabajo durante estos últimos años es, además de un deber de
memoria, un ejercicio de solidaridad con los escritores, periodistas y
dibujantes represaliados por ejercer el derecho a la libertad de expresión.
Ahora, a raíz de hacer
público un acoso de seis años y compartir una sentencia pendiente de
aclaración, esa solidaridad la he recibido hasta el punto de emocionarme.El apoyo de mi familia ya se mostró cuando me
acompañó con motivo de la declaración en el juzgado. He superado varias
oposiciones, pero un interrogatorio de tres horas en sede judicial, con una
escenografía que me recordaba las imágenes de delincuentes declarando, es duro
para quien solo ha hecho su trabajo como catedrático y, por el mismo, ha
recibido el máximo reconocimiento académico.
El alumnado también me ha
mostrado su solidaridad. Cada año, al principio del curso, explico la situación
en que me encuentro para que nadie tema tener a un energúmeno como profesor
tras ver la web de mi demandante. Al margen del temario, mis clases son una
defensa de la libertad de expresión y la tolerancia para establecer un clima de
diálogo que, de cara al futuro profesional del alumnado, supone la principal
enseñanza que les puedo transmitir. La respuesta es excelente y, ahora más que
nunca, siento el respeto y la solidaridad de mi alumnado.
Mis colegas ya lo han
manifestado, incluso de manera oficial, en reiteradas ocasiones, pero durante
estos días he recibido comunicados, mensajes, abrazos, sonrisas y muestras de
apoyo que me abruman. La propia rectora, ante el Consejo de Gobierno de la UA,
me manifestó su solidaridad. La agradezco porque resume el sentir de la
comunidad universitaria, que es incompatible, por los propios estatutos de la
universidad, con quienes rehúyen el debate y judicializan la historia a la
búsqueda de una condena para quien manifiesta ideas contrarias o distintas.
También desde el ámbito
político los apoyos han sido significativos. Todos son motivo de agradecimiento
y, por resumirlos en un solo texto, copio a continuación el publicado en El
País (28-III-2025). Su autor es Ximo Puig, ex president de la GV y
actual embajador de España en la OCDE:
«Miguel
Hernández. A
Miguel lo dejaron morir en la cárcel de Alicante, que es como decir que lo
mataron. Era el año 42, tal día como este viernes. Desde su muerte solo ha
habido un culpable, y es kafkiano lo que hemos conocido: se condena al
prestigioso profesor de Literatura de la Universidad de Alicante Juan Antonio
Ríos Carratalá por ser leal con su compromiso científico y escribir en un libro
el nombre de una de las personas que formaron parte del tribunal que sentenció
al poeta de Orihuela y valorar su actuación.
Hablo
con él, cara a cara. Es un hombre tranquilo, fuerte, sereno. Compartimos
perplejidad. Es peligroso, como una garra suave detrás de la ventana, que el
miedo pueda atenazar a los escritores, investigadores y profesores que buscan
llenar los viejos silencios con la justicia poética. Sería letal que el miedo
secuestrara a la ciudadanía de un Estado democrático y de Derecho.
El
del 1942 era un Estado con unos órganos judiciales ilegales e ilegítimos.
Aquella farsa franquista sentenció a Miguel. Hoy, al modo kafkiano de El
Proceso, sentencian a un profesor por dar luz a la memoria. Incomprensible.
Quizás sólo nos quede esperar, como el poeta, que nos dejen la esperanza».
Imagen de mi entrevista con Nieves Concostrina
Los apoyos y las muestras
de solidaridad también han venido desde el ámbito de los medios de
comunicación, donde la sentencia ha producido la perplejidad de la que escribe
Ximo Puig. Ayer hablé con Nieves Concostrina, la popular periodista de la SER.
Aparte de manifestar públicamente su solidaridad, acordamos colaborar en la tan
necesaria tarea de divulgar la historia contra la acción de quienes pretenden
el olvido o la erradicación de la memoria democrática.
Y así podría ir sumando
nuevos ejemplos de una reacción solidaria que me abruma. Solo deseo dar las
gracias a todos con la confianza de que, aunque harto de sufrir un acoso de
seis años, seguiré adelante y mañana, frente a la tumba de Miguel Hernández,
pensaré que la memoria de aquellos represaliados merece el esfuerzo de aguantar
la difamación constante de una persona.
Pd.: Con fecha del 3 de septiembre de 2025, la junta directiva de la Asociación de Historiadores de la Comunicación ha publicado en su web el siguiente comunicado, que también ha sido remitido a todos los asociados:
La Junta de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alicante, en su reunión del 10 de abril de 2025, acordó por unanimidad respaldar el escrito presentado por el área de Historia Contemporánea y mostrar su solidaridad conmigo ante la condena del juzgado gaditano:
Cartel anunciador del ciclo dedicado a la Rosa Blanca
La posibilidad de
la conmoción aumenta cuando nos adentramos en un ámbito desconocido. Desde hace
más de diez años ando rodeado de sumarios y otros documentos relacionados con
la represión franquista. La mirada del investigador también se encallece y, al
final, ni siquiera los episodios más violentos producen sorpresa y menos una
conmoción. El peligro es indudable, pues el historiador acaba familiarizado con
una barbarie que atenta contra los derechos humanos y corre el peligro de un
distanciamiento inconveniente. El rigor metodológico no exige la equidistancia
ni la impasibilidad ante la violencia, sea la física o la ejercida a través de
órganos judiciales al servicio de una dictadura.
Una alternativa
para recuperar la capacidad de conmoverse es interesarse por lo desconocido,
aunque sea a instancias de tu universidad con el objetivo de organizar un acto
cultural. En febrero de 2025, participé en un ciclo dedicado a rememorar el
testimonio de libertad y tolerancia de La Rosa Blanca (Die Weisse Rose), un
grupo de universitarios que en la Alemania de 1942-1943 abogó por la
resistencia no violenta contra el régimen liderado por Adolf Hitler. Hasta
entonces lo desconocía y, con el deseo de colaborar con un mínimo de
conocimiento, durante unas semanas recopilé información sobre aquel movimiento
gracias a libros como el de José M.ª García Pelegrín y las tres películas
dedicadas a este episodio de la resistencia al régimen nazi.
Inauguración de la exposición en la Biblioteca Central de la UA
El film
seleccionado para el ciclo fue Sophie-Scholl. Los últimos días (2005),
de Marc Rothemund. Lo vi en V.O.S. y en castellano mientras contenía la
angustia para evitar que me cegara ante la barbarie cometida contra unos
estudiantes de la Universidad Ludwing Maximiliam de Múnich, que acabaron guillotinados por
repartir panfletos apelando a la resistencia no violenta. El objetivo no pasaba
por las lágrimas de una conmoción, sino por desentrañar los mecanismos de
represión nazi, que no solo coincidían en el tiempo con los del franquismo.
Fotograma de la película dedicada a Sophie Scholl
Un conocimiento
basado en fuentes secundarias y cinematográficas no permite hablar con
propiedad acerca de un hecho histórico. Mi colaboración se limitó a presentar
la película, moderar un debate y escuchar voces más autorizadas. Sin embargo,
de aquellos hechos recreados con precisión histórica en el cine retuve la
imagen de un personaje aparentemente secundario: el responsable de
mantenimiento o conserje Jakob Schmid (1886-1964).
El 18 de febrero
de 1943, Hans y Sophie Scholl lanzaron unas octavillas en su universidad.
Cuando la tarea estaba prácticamente finalizada, la joven de apenas veinte años
vio que podía completarla desde lo alto de unas escaleras porque no había
testigos. Jakob Schmid, sin embargo, la vio y la retuvo para entregarla a la
Gestapo. Sophie y Hans fueron trasladados al palacio de Wittelsbach, el cuartel
general de la policía nazi, y al cabo de cuatro días comparecieron en una farsa
de juicio donde el juez Roland Freisler (1893-1945), un psicópata, los condenó a la pena de
muerte. Apenas unas horas después, los hermanos Scholl y Christoph Probst
fueron guillotinados. Estos veinteañeros no buscaban el martirio en nombre de
un ideal extraordinario, sino la posibilidad de convivir en una sociedad libre
y tolerante.
Jakob Schmid durante su procesamiento en 1947
La responsabilidad
de aquellos asesinatos con coartada jurídica recae en el régimen nazi y sus
jerarcas. Puestos a buscar un responsable concreto, cabría señalar al juez
Roland Freisler, que en febrero de 1945 moriría en un bombardeo como si de un acto
de justicia poética se tratara. Así lo establece la historia y apenas hay dudas
al respecto. Sin embargo, yo retuve la participación fugaz, aparentemente
secundaria, del conserje Jakob Schimid. El militante nazi podría haber callado
ante lo visto aquel 18 de febrero de 1943, pero optó por detener a Sophie y
desencadenar un trágico episodio. El fanatizado personaje era consciente de las
consecuencias y no actuó por miedo a una represalia o a causa de una obediencia
debida e inexcusable. Lo hizo con el entusiasmo de los represores, aunque su
responsabilidad fuera secundaria en relación con la del juez Roland Freisler.
La historia de
cualquier régimen represivo recoge la participación de numerosos colaboradores
necesarios. La eficacia de la propia represión depende de la labor de unos
jerarcas, siempre destacados a la hora de establecer una responsabilidad, pero
también de una trama social donde encontrar a esos colaboradores, sin cuyo
trabajo la actividad represiva en buena medida sería inviable. El historiador
debe ponderar el alcance de la participación de cada sujeto en un
acontecimiento histórico, pero a la vista de los hechos documentados no cabe
dudar de que, sin la determinación del conserje, los tres estudiantes de la universidad muniquesa no habrían acabado guillotinados.
Así también sucede
en otros muchos episodios de la represión, con independencia de que se
enmarquen en una u otra dictadura. Los colaboradores necesarios estuvieron
presentes en la URSS de Stalin o en la España del general Franco. Su
participación, al margen de los motivos que siempre conviene desentrañar para
comprender su comportamiento, supone la cristalización de una sociedad donde la
represión funciona al máximo y goza de una absoluta impunidad. Esta evidencia
la he observado en numerosos sumarios gracias a las denuncias de testigos que
pudieron callar sin temor alguno, militares que desplegaron una actividad que
iba más allá de lo estrictamente necesario para su permanencia en el escalafón
y, sobre todo, informantes dispuestos a agravar la situación de los procesados
mediante adjetivos tan prescindibles como conducentes a condenas que a veces
llegaron a la pena de muerte.
El pasado 19 de marzo fue publicada la segunda entrega, Perder la guerra y la historia, de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores durante el período 1939-1945. Los ejemplares quedarán a la venta el 7 de abril. Dado el interés despertado entre los historiadores y periodistas, durante ese mes y en mayo haré varias presentaciones. La promoción se ajustará a la modestia habitual en un libro universitario, pero espero que permita agotar la tirada, como está a punto de suceder con la primera entrega de la trilogía: Las armas contra las letras. No obstante, en 2028 los textos de los tres libros acabarán en una web de acceso libre dedicada a la represión sufrida por los periodistas y escritores durante la posguerra.
Mientras tanto, ya he terminado de redactar el tercer volumen de la trilogía, que responderá al título de La colmena en recuerdo de la imprescindible novela de Camilo J. Cela. Ahora queda pendiente una lenta tarea para repasar el texto, completar la documentación con nuevas consultas en los archivos y, posteriormente, conseguir los informes favorables que permitan la publicación de esta investigación universitaria cuyo índice es el siguiente:
-El sumario de Martín Marco, poeta
ultraísta
-El himno republicano de los hermanos Anaya
Ruiz
-La singular trayectoria de Eduardo
Bort-Vela
-El destino de los Vivero
-La denuncia de un perdedor
-La «labor mecánica» de Antonio Nicas
-El «comité rojo» de ABC
-Los sumarios de tres censores de prensa
-Elías Palma, el escritor desconocido
-Las condenas de Ángel M.ª de Lera y Juan
A. Gaya Nuño
-De Hollywood al juzgado: Baltasar
Fernández Cue
-Un «periodista liberal»: Carlos Pérez
Merino
-Un «dibujante retocador» de Heraldo de
Madrid
-Los «cachetes» nunca perdonados de Pedro
Luis de Gálvez
-Alejandro Gaos, poeta y catedrático
-El destino trágico de un dandi: Antonio de
Hoyos y Vinent
-Un poeta «con el puño en alto»: Jesús
Menchén Manzanares
-La trayectoria del alférez Baena Tocón
-Bibliografía
Hace una década comencé mis trabajos sobre este episodio de la represión franquista. Ahora, una vez redactados unos mil quinientos folios, empiezo a ver el final de una investigación que esta misma semana ha tenido dos nuevos frutos: la participación en el volumen Ángeles y demonios, editado por la SGAE, y una conferencia sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores impartida en un curso celebrado en el Instituto Fernando el Católico con la organización de dos compañeros de la Universidad de Zaragoza, Sergio Calvo y Ana Asión.
La conferencia la impartí por videollamada porque estos días me toca trabajar junto con mi abogado en el recurso que vamos a presentar a la sentencia dictada por un juzgado de Cádiz. La defensa de la libertad de expresión, investigación y cátedra merece que se haga un buen trabajo, tanto desde el punto de vista jurídico como histórico. Afortunadamente cuento con juristas e historiadores que no solo me animan en esta tarea, sino que también me están ayudando.
Por último, el pasado día 20 tuve la oportunidad de entrevistarme en la Universidad de Alicante con Ximo Puig, ex president de la Generalitat Valenciana y actual embajador de España en la OCDE. El encuentro permitió intercambiar información sobre temas de interés común como las obras de Rafael Altamira y Miguel Hernández e, interesado por la reciente sentencia, Ximo Puig me transmitió su solidaridad y preocupación. De hecho, este próximo otoño participaré en una sesión organizada por el Parlamento Europeo para hablar del poeta y exponer los problemas que padezco como historiador por haber investigado su consejo de guerra.
Durante estos días he recibido unos quinientos mensajes de solidaridad de los colegas universitarios. La preocupación es evidente, pero también la voluntad de seguir trabajando en el conocimiento de la historia. Así lo haremos con las publicaciones arriba referidas y otras iniciativas en marcha, siempre que la salud nos acompañe.
El dicho de que más vale una imagen que mil palabras a menudo es falso porque minusvalora el poder evocativo o explicativo del discurso oral. No obstante, para conocer los espacios escénicos del Siglo de Oro, especialmente los corrales de comedias, conviene acudir a las imágenes y los vídeos que están a nuestro alcance en You Tube.
Así podremos completar lo expuesto en los apuntes de la asignatura depositados en el Repositorio de la Universidad de Alicante, concretamente el capítulo comprendido entre los folios 92 y101. Repasad los mismos haciendo hincapié en la pluralidad de espacios de acuerdo con el esquema del profesor José M.ª Díez Borque (f. 94), examinad las imágenes reproducidas a continuación y, finalmente, consultad los vídeos abajo indicados, especialmente los dos elaborados por la UNED porque explican de manera didáctica numerosos puntos ya expuestos en clase.
Estas últimas imágenes de ficción corresponden al film Lope (2010), que recrea los primeros pasos del autor en el mundo del teatro.
El impostor es una figura
negativa en términos éticos, pero goza de enormes posibilidades en la ficción.
A diferencia del mentiroso más o menos ocasional, el creador de una impostura a
la búsqueda de una identidad personal debe recurrir a una mentira tan
sistemática como coherente. El resultado es una personalidad alternativa con
respecto a la realidad. La invención disfruta de las licencias de lo ficticio
y, además de resultar satisfactoria o compensatoria para quien la crea, hasta
puede ser puesta al servicio de causas nobles.
Hace años, con motivo de
la preparación de La memoria del documental (Universidad de Alicante, 2014),
me topé con el caso paradigmático de Enric Marco Batlle (1921-2022). El
consiguiente escándalo, cuando se descubrió su verdadera personalidad después
de engañar a todo el mundo, estalló hacia 2005. Le dediqué un capítulo del
libro -«Las trampas de la memoria» (pp. 61-75)- y desde entonces me interesa
saber de su «prodigiosa destreza fabuladora» como impostor. Hasta tal punto
que, como reconociera Mario Vargas Llosa, «él mismo es una ficción, pero no de
papel, de carne y hueso» (El País, 15-V-2005). Al cabo de los años, el
verbo hay que ponerlo en el pasado de alguien fallecido.
El film Marco (2024),
de los cineastas vascos Jon Garaño y Aitor Arregui, ha vuelto a poner de
actualidad esta singular figura que cuenta con una excelente novela de Javier
Cercas: El impostor (2014). La coincidencia en el tiempo de mi libro y
este último título, una de las mejores obras del novelista extremeño, impidió
que me interesara por saber acerca de la relación entre Enric Marco y Javier
Cercas. Al cabo de los años, supe que tuvo episodios curiosos como la escena
del citado film donde el impostor aparece en una presentación de la novela e
irrumpe con descalificaciones hacia el autor, a pesar de que el mismo le invita
a debatir en público. De hecho, Enric Marco vivió sus últimos años obsesionado
con quien le había dedicado una novela que nunca pretende descalificarle, pero
que revela sus artes y posibles motivaciones para convertirse en un deportado
de los campos de concentración nazi, aunque en realidad fue un voluntario
trabajador en aquella Alemania de Hitler.
El «aguafiestas» de la
impostura de Enric Marco fue mi colega Benito Bermejo, un historiador que ha
desarrollado una magnífica labor acerca de la presencia de los españoles en los
campos de concentración. Fruto de la misma, y de la consiguiente precaución a
la hora de dejarse llevar por la memoria o los testimonios de los protagonistas,
fue el desenmascaramiento de Enric Marco, que había llegado a liderar el
colectivo de los represaliados españoles.
Benito Bermejo contrapuso
la documentación conservada con la impostura sostenida por el catalán durante
años. La falsedad de esta última quedó evidenciada en 2005. Nadie dudó al
respecto, pese al dolor y la vergüenza provocados en el colectivo de los
represaliados y de quienes les apoyan. Afrontar la realidad, tan compleja como
desagradable a menudo, resulta duro cuando se ha disfrutado con una ficción.
Sin embargo, Enric Marco
-como indica el film- nunca aceptó haber cometido una impostura. Hasta su
fallecimiento, y con una insistencia digna de un estudio psicológico, defendió
públicamente «su verdad»; es decir, una mentira puesta al descubierto por el
trabajo de un historiador.
El comportamiento de
Enric Marco merece una reflexión porque la suya no es una reacción aislada. Yo
mismo, en mis trabajos sobre los consejos de guerra de periodistas y
escritores, he encontrado casos similares. Si la impostura es el fruto de una
memoria ajustada con las necesidades del presente, nunca una documentación o el
desarrollo de una investigación historiográfica supone su final y el
consiguiente reconocimiento de la mentira sostenida o el error cometido.
Puestos a vivir en una
consoladora impostura, quienes recurren a la misma como Enric Marco prefieren
mantenerla contra viento y marea para evitar la depresión o la vergüenza. Nadie
duda de su derecho a mentir cuando recurren a la memoria personal, pero la
obligación de los historiadores pasa a menudo por ser unos aguafiestas de esa
ficción tan consoladora. Benito Bermejo salió indemne. Yo no he tenido la misma
suerte, aunque -al final- prevalecerá la historia sobre la impostura.
La mirada del documental. Memoria e imposturas se puede adquirir en:
La asistencia a una serie de conferencias debiera ser una práctica habitual en cualquier curso universitario. Las clases teóricas y prácticas permiten abordar el conjunto del temario. Sin embargo, esa materia ha de ser completada con las correspondientes fuentes bibliográficas y, si es posible, la asistencia a espectáculos teatrales y conferencias programadas en un entorno cercano.
La bibliografía recomendada siempre permanece accesible en nuestras bibliotecas universitarias, a menudo solitarias. La circunstancia no es tan favorable en lo que respecta a los espectáculos, que dependen de una cartelera cuyos responsables no pueden programar en función de un determinado curso universitario. Tampoco suele ser fácil asistir a un ciclo de conferencias sobre nuestro temario e impartidas por destacados especialistas.
Gracias a Internet, esta dificultad puede ser superada mediante la visión de los espectáculos en grabaciones como las de la Teatroteca del Ministerio de Cultura, que nunca sustituyen a una representación en directo, pero nos aportan una experiencia aproximada y suficiente para valorar una determinada puesta en escena.
Las conferencias también pueden ser grabadas y, si se hace con los debidos medios, el resultado es excelente de cara a su comprensión y seguimiento. Así sucede con las celebradas en la Fundación Juan March, de Madrid, que se pueden consultar en su canal de You Tube.
Para la preparación de nuestras clases sobre Lope de Vega disponemos de tres excelentes conferencias impartidas por los catedráticos Felipe Pedraza, de la Universidad de Castilla La Mancha, y Javier Huerta, de la Universidad Complutense de Madrid. El primero traza la trayectoria biográfica y teatral del autor dramático y el segundo, con la ayuda de unos intérpretes, nos explica el concepto del héroe colectivo en la tercera obra incluida en nuestro temario: Fuenteovejuna.
Un estudiante debe asistir a una conferencia provisto de lápiz y papel. También sirve cualquier otro instrumento para tomar notas. Lo importante es permanecer atentos, escuchar la exposición y anotar lo fundamental para incorporarlo a nuestro bagaje de cara a la preparación de la asignatura. Así, pues, disfrutemos de este ciclo de conferencias mientras procedemos a la visión y lectura de Fuenteovejuna.
Algunas semanas duran
meses. El lunes, con la llegada de la sentencia, me pareció estar en un mundo
absurdo donde cualquier atisbo de racionalidad queda aplastado por la fuerza de
los hechos. Yo creía vivir en una España donde la libertad de expresión, que
nunca es un derecho absoluto, estaba amparada por la legislación y quienes son
responsables de hacerla cumplir. Ahora, con desesperanza, empiezo a tener dudas
y la tentación de echar la toalla es demasiado tentadora porque estoy cansado
de luchar por lo que debiera ser obvio en una democracia avanzada.
Los nervios afloraron el
lunes y el martes. Procuro ser una persona sosegada, pero la situación me
traicionó y pido disculpas públicamente a quienes pudiera haber molestado con
mis reacciones o palabras. Nadie en concreto tiene la culpa de lo sucedido y,
sobre todo, hay cauces para buscar una solución jurídica a la actual situación.
Solo cabe esperar que más altas instancias la resuelvan y, por supuesto, mi
voluntad es acatar cualquier sentencia, aun en el caso de que la considere
injusta o inmotivada.
En este sentido, y ante
la evidencia de que a una jueza le han parecido ofensivas algunas frases de mis
artículos, los he retirado de la red a la espera de que otras instancias se
pronuncien al respecto. Yo no escribo trabajos universitarios para ofender.
Puedo equivocarme en ocasiones o caer en valoraciones demasiado subjetivas,
pero nunca con el deseo de ofender y menos en relación con personajes
históricos.
Ahora bien, la sentencia
resulta difícil de entender cuando me condena por recordar como «tenebroso» a
un protagonista de mis trabajos. El adjetivo es sinónimo de oscuro o sombrío y,
como catedrático de Literatura Española, nunca lo habría relacionado con un
insulto. Estos días he preguntado a varios compañeros y nadie, absolutamente nadie,
vincula el calificativo de tenebroso con lo ofensivo. Tal vez estemos
equivocados, pero nuestra labor es velar por la transmisión del idioma en las
aulas y se nos supone un cierto dominio del mismo.
El desconcierto, en
realidad, viene porque lo tenebroso era un recuerdo que como tal remite a la
memoria personal. En este caso, se trataba de un recuerdo compartido con
quienes han estudiado la terrible realidad de los consejos de guerra y, además,
con los familiares de las víctimas de aquella represión. Todos sentíamos
desasosiego al recordar los episodios y las personas de un sistema represivo
contrario a los más básicos derechos humanos. Y del mismo se deriva un recuerdo
que podemos calificar como tenebroso, oscuro, sombrío… También terrible por la
violencia.
Lo importante no es tanto
el adjetivo como que el mismo califica algo personal y subjetivo. Una experiencia o una persona puede ser motivo de un recuerdo luminoso o
tenebroso. Esa valoración depende de nuestra memoria del
pasado y, hasta donde mis conocimientos alcanzan, nadie debiera imponernos algo
propio de nuestra intimidad, aunque la compartamos.
El recuerdo lo podemos
explicitar por escrito, pero nunca deja de ser nuestro. Incluso cuando resulta compartido
dentro de un colectivo más o menos amplio, Si una sentencia condena un
recuerdo, sea el que fuere, entra en un espacio donde dudo que haya
jurisprudencia. Y si, además, lo hace con vistas al futuro, menos todavía
porque supondría autocensurarse hasta en lo más íntimo o personal.
Por esta y otras razones
hemos pedido una aclaración de la sentencia. La habrá y espero que mis temores
sean infundados. Mientras tanto, tengo algo claro: la voluntad de seguir
haciendo mi trabajo sigue firme.
Este mismo mes se concretará en tres nuevas publicaciones. Ninguna de ellas
tiene voluntad de ofender, sino de conocer y compartir porque forman parte de
mi trabajo como funcionario al servicio de la comunidad que me paga.
Y siempre, cuando peor
estás y tienes ganas de tirar la toalla, vienen los ánimos de quienes te
acompañan. Mi condena, recurrible, ha despertado una reacción de solidaridad
que no esperaba y agradezco muchísimo. Incluso me ha emocionado más allá de lo
aconsejable a mi edad.
Por eso debo cerrar el
capítulo de la sentencia y volver al trabajo cotidiano que incluye propuestas
tan atractivas como presentar mis trabajos en la provincia de Cádiz y desplazarme este otoño al Parlamento Europeo para dar traslado de mi
experiencia por los problemas sufridos como historiador dedicado a la memoria
histórica. Espero, para entonces, tener claro si mi recuerdo es tan libre como
subjetivo, aunque lo comparta en un libro.
Pd.: Los artículos vuelven a estar en la red por indicación de mi abogado dado que serán presentados en el recurso y deben estar a disposición de la Audiencia Provincial de Cádiz.
Pd.: La solidaridad de los compañeros universitarios ha sido notable durante estos días. En las redes sociales más de quinientas personas se han manifestado en este sentido. Asimismo, he recibido numerosos correos de colegas de diferentes áreas interesándose por la sentencia y apoyándome para que recurra. Incluso me han ofrecido dinero en el caso de que deba pagar, circunstancia que todavía está lejos en el tiempo, si es que llega.
No obstante, de todas las iniciativas yo destacaría las de la Asociación de Historia Contemporánea y la Asociación de Historiadores de la Comunicación, cuyos comunicados reproduzco a continuación:
Solo me queda mostrar el agradecimiento a mis compañeros y el compromiso de seguir adelante para preservar la libertad de expresión, de investigación y de cátedra.
La atenta lectura de la
sentencia dictada por la titular del Juzgado de Primera Instancia n.º 5 de
Cádiz me ha generado numerosas dudas. Tantas que mi abogado José Luis Romero ha solicitado una
aclaración de sentencia para saber a qué atenernos. A estas alturas desconocemos
el alcance de la condena y la forma en que se podría concretar en la práctica.
De hecho, he renunciado a participar en un congreso organizado en la Universidad de Zaragoza porque la sentencia también afecta a los trabajos que «pudiera hacer en el futuro» en relación con el alférez Baena Tocón. Mi abogado me indica que las condenas a futuro, salvo en casos muy específicos, están prohibidas por la doctrina del Tribunal Constitucional. No obstante, y ante la posibilidad de dar una conferencia sobre los consejos de guerra condicionada por la sentencia del juzgado gaditano, he optado por mantenerme en silencio para evitar nuevas condenas.
Asimismo, he dado orden de retirar de Internet los dos artículos comprendidos en la condena porque, estando ya rectificados de forma voluntaria, la sentencia me obliga a rectificarlos. Antes de que el texto de los mismos deje de ser el que voluntariamente redacté, prefiero hacerlos desaparecer, aunque uno de ellos permanecerá en la edición original de la revista ALEC que, por ser norteamericana, queda fuera de la jurisdicción española.
Mientras tanto, y dejando
al margen las cuestiones jurídicas como aducir una ley derogada, la de Memoria
Histórica de 2007, y obviar la vigente de 2022, he encontrado en la sentencia algunas afirmaciones de
carácter histórico de las que, tras compartirlas con especialistas en la obra de
Miguel Hernández, seguimos ignorando su procedencia o razón de ser, aunque las intuimos.
En el folio 13, penúltimo
párrafo, la sentencia resume un documento de la demanda no contrastado con las fuentes originales del AGHD y dice lo siguiente:
«Aparece asimismo la providencia firmada por el Juez, dando fe un secretario,
cuya firma no es del Sr. Baena Tocón, de fecha 30 de enero de 1940, en que
expresamente se delega al secretario Alférez para investigar las actividades de
Miguel Hernández como Jefe de prensa en la Dirección General de Seguridad».
Esta documentación la presenta el demandante y la hace suya la magistrada del juzgado gaditano como
prueba de las intervenciones del alférez Baena Tocón en el sumario 21001, el único que la jurista maneja en la sentencia para establecer las funciones del secretario judicial y rebatir mis «extralimitaciones» al respecto basadas en el análisis de más de cien sumarios del AGHD.
Consultada la edición facsímil del consejo de guerra de Miguel Hernández que publiqué con el Ministerio de
Defensa y la Universidad de Alicante en 2022, encontramos que con esa fecha del 30 de enero de 1940 solo hay un documento de la
Auditoría de Guerra del Ejército de Ocupación (p. 81).
Por lo tanto, nada se
dice en esa fecha de una providencia, que sería sorprendente dado que Miguel
Hernández ya estaba sentenciado desde el 18 de enero de 1940. Dejando al margen
la incógnita acerca de la providencia, suponemos que el «secretario Alférez» al
que se refiere el texto citado es el señor Baena Tocón. De ser así, se le
delegaría para realizar una investigación, circunstancia que prueba la
multiplicidad de facetas desempeñadas al margen de las estrictamente propias de
un secretario. Hay otras muchas pruebas en este sentido en mis libros, pero los mismos -salvo en el caso de Nos vemos en Chicote- quedaron al margen del juicio por intromisión en el honor del alférez Baena Tocón.
El objeto de la
investigación derivada de la supuesta providencia es sorprendente: «las actividades de Miguel Hernández como Jefe
de prensa en la Dirección General de Seguridad». La fecha del destino queda sin
especificar, pero lo llamativo es que el secretario de un juzgado instructor investigue las actividades
de un condenado a muerte. En cualquier caso, debiera ser antes de condenarle y durante la fase de instrucción.
Tampoco parece tener sentido pensar que, poco después de dictarse la sentencia que le condenó a muerte,
el poeta estuviera destinado en la Dirección General de Seguridad como destacado órgano de la represión franquista. Resulta
absurdo imaginar a Miguel Hernández esperando el «enterado de S.E.», el general Franco, mientras
ejercía de «Jefe de prensa en la Dirección General de Seguridad».
Llegados a este punto,
¿qué podemos deducir del sorprendente párrafo de la sentencia? La fecha no corresponde con
una providencia, la misma carece de sentido en ese momento procesal y, por
último, resulta absurdo vincular al poeta con esa labor en la Dirección General
de Seguridad. Mis consultas a varios compañeros confirman este último punto.
Por lo tanto, y salvo que
medie una explicación por parte del demandante y la magistrada que ha redactado la sentencia, nos encontramos
ante datos probablemente erróneos que no solo dan cuenta de una circunstancia
carente de sentido, sino que también podrían constituir una grave ofensa para la
memoria del poeta recientemente reconocido como víctima del franquismo. El Miguel Hernández condenado a muerte nada tenía que ver
con la Dirección General de Seguridad ni jamás ejerció de jefe de prensa en la misma.
Este párrafo tan
sorprendente se encuentra en una sentencia donde se me condena por haber «plagado» un «estudio» no concretado con «afirmaciones excesivamente sensacionalistas o inexactas en relación con el contexto social derivado de la guerra civil y la posguerra y la figura del Sr. Baena Tocón» (fol. 17). Las mismas, según la magistrada, han supuesto una intromisión en el honor del alférez
que, probablemente, debía investigar tan singular e improbable destino del poeta.
Por cierto el destinado como jefe de prensa en la Dirección General de Seguridad durante la etapa republicana y luego investigado como tal para su posterior condena a muerte era el escritor Diego San José, cuya presencia en el sumario 21001 de Miguel Hernández es nula, salvo que alguien con pretensiones de historiador haga fotocopias de ambos sumarios, las mezcle y no utilice fuentes fiables.
Por supuesto, si los responsables de esta probable tergiversación de una documentación presentada en una demanda judicial y recogida en la sentencia me demuestran mi equivocación, estoy dispuesto a reconocer el error porque el trabajo del historiador supone una continua rectificación a la luz de nuevos testimonios y documentos.
Pd. En la misma sentencia del juzgado gaditano, folio 19, se ampara como víctima de la Guerra Civil al alférez Baena Tocón de acuerdo con la Ley 52/2007. Dicha ley quedó derogada por la disposición derogatoria única de la Ley 20/2022, art. 2, apartado a. Esta última, en su art. 3, habla de las víctimas como el alférez, pero también en sus artículos 4 y 5 del carácter ilegal e ilegítimo de los órganos represivos donde actuó el secretario judicial.
Salvo error por mi parte, no cabe en una sentencia judicial aducir una ley derogada y obviar otra vigente, que a tenor de lo desarrollado en los dos últimos artículos citados tiene una incidencia decisiva en el sentido de la propia sentencia. La valoración de esta actuación judicial no me compete, a diferencia de mi defensa contra quien me condena por una mala práctica profesional siendo un docente con seis tramos de investigación reconocidos por la CNEAI que, tras publicar cuarenta libros, está a punto de jubilarse como catedrático emérito de su universidad.
Incluyo a continuación la entrevista concedida a la Cadena SER:
Hace unos meses, el señor José Francisco Baena González publicó en Facebook este comentario dejando entrever mi relación, en compañía de «uno de sus [mis] hijos», con el rodaje de una película pornográfica en la Universidad de Alicante. Al margen de la falsedad, el tono del mismo es coherente con otros muchos comentarios en las redes sociales y con los insultos que me dirigió en su web. Ahora creo que los ha borrado, pero en su día fueron presentados en sede judicial y constan en mi respuesta a su demanda.
Todos estos insultos, difamaciones y descalificaciones vertidos a lo largo de seis años han quedado impunes por estar, supongo, amparados en la libertad de expresión del señor Baena González. Tampoco han condicionado la estimación de la demanda, a pesar de la jurisprudencia en este sentido.
Sin embargo, la titular del juzgado que tenía conocimiento de estos textos me acaba de condenar por intromisión en el honor del padre del demandante, el alférez Baena Tocón, al considerar que mis valoraciones de la labor realizada por este oficial, publicadas en diversos trabajos universitarios, no están amparadas por la misma libertad de expresión que permite al demandante insultarme de forma reiterada y grave.
Sencillamente, no lo entiendo y, puesto al habla con mi abogado, voy a recurrir la sentencia.
Mi valoración puede ser errónea y estoy a la espera de opiniones más autorizadas, pero tengo la impresión de que esta sentencia es propia de épocas felizmente superadas por quienes creemos en la libertad de expresión, de investigación y de cátedra.
Pd.: Después de un día con muchos nervios, debo indicar que las supuestas declaraciones recogidas en Alicante Plaza en realidad solo eran fruto de una conversación con mi amigo y periodista Daniel Terol. Las sentencias pueden resultar insólitas, pero nunca ser demenciales. El tono coloquial de una conversación entre amigos nunca puede ser tomado como una declaración a un medio de comunicación.
La sentencia, leída con tranquilidad y en mi opinión, incluye errores históricos, atribuciones erróneas de conclusiones que nunca he puesto por escrito, frases incorrectas o de difícil comprensión por su redacción... Y, sobre todo, me condena a rectificar lo ya rectificado desde 2021 y hasta ampliado en posteriores trabajos con nueva documentación. Resulta difícil de entender.
No obstante, lo más doloroso es que, después de seis años recibiendo todo tipo de insultos y descalificaciones, he sido condenado por recordar a un personaje histórico como tenebroso, que es sinónimo de oscuro y forma parte de mis recuerdos compartidos con las víctimas y sus familiares. Lo verdaderamente tenebroso, y algo mucho más grave para los derechos humanos, fue todo el sistema represivo de aquella posguerra que terminó con cincuenta mil fusilados. La vigente Ley de Memoria Democrática, obviada en la sentencia por razones que ignoro, así lo establece.
A diferencia de lo
establecido en las preceptivas derivadas de la poética aristotélica, el término
«comedia» durante el Siglo de Oro no sirve para denominar un género teatral,
sino que es sinónimo de obra dramática, entendida esta como «poema mixto», es
decir, aquel que integra elementos propios de la tragedia y la comedia.
En las sesiones teóricas
hemos explicado el objetivo de esta opción creativa como respuesta a las heterogéneas
demandas del público de los corrales de comedias. El resultado es una comedia,
una obra teatral, donde los espectadores encuentran la combinación de distintos
elementos, desde los propios de la comedia como género hasta los habituales en
la tragedia, pasando por otros de distinta procedencia como la cancioncilla que da origen a esta obra.
El principal desafío para
un poeta dramático de la época es combinar estos elementos heterogéneos sin menoscabo
de la coherencia del resultado final. Lope de Vega fue un maestro en este
sentido. Dos de las claves para conseguirlo son la dosificación de lo
cómico/trágico y la ubicación de lo repartido a lo largo de esa comedia. En
unos casos, como en La dama boba, predomina el elemento cómico como
constante de la obra y en otros, como en El caballero de Olmedo, Lope de
Vega concede mayor protagonismo al componente trágico y circunscribe lo cómico
a las primeras escenas para que no anule el efecto final propio de una tragedia.
En este marco barroco de
mezclas en lo referente a las acciones dramáticas, lenguaje poético, procedencia o condición social de los personajes... frente a la decantada rigidez clasicista, resulta difícil encontrar una
comedia pura y, sobre todo, ninguna tragedia en el sentido clásico del término triunfó
en los corrales de comedias. La combinación de ambos géneros forma parte de la
idiosincrasia del teatro del Siglo de Oro y ha sido objeto de polémicas en diferentes momentos históricos, fundamentalmente durante el período marcado por la influencia de los preceptistas neoclásicos.
El caballero de Olmedo (1620),
una obra propia de una madurez creativa que también se percibe en su perfección
técnica, se acerca bastante al modelo de la tragedia en el lenguaje poético, la
condición de los protagonistas y en la combinación del amor, la muerte y el
destino subrayada por Francisco Rico en su introducción a la edición de Cátedra.
El conjunto remite a lo trágico, a pesar de la presencia del inevitable
gracioso (Tello) o la inclusión de personajes como la celestinesca Fabia que,
junto con el anterior, protagoniza escenas propias de una comedia por estar
basadas en un ardid para engañar al padre de doña Inés (Pedro).
Don Alonso es un noble personaje
trágico, a pesar de su interacción con Tello o su interesado, aunque
innecesario, recurso a las tercerías de Fabia para conseguir una favorable respuesta
amorosa de doña Inés, que desde el principio se muestra dispuesta a amarle. De hecho, Fabia solo consigue lo ya otorgado por voluntad propia de la amante.
Apuesto, valeroso, virtuoso y enamorado, sin transgredir jamás
el sentido del decoro que corresponde a un caballero, don Alonso aparece desde las primeras escenas abocado a un destino fatal que no debe eludir a pesar de ser consciente del peligro. El anunciado destino se concreta, de acuerdo con lo habitual en el género, en la muerte tan violenta como injusta capaz de propiciar la función del conmovere entre el público.
La popularidad de la seguidilla
en la que se basa Lope de Vega para escribir la obra permite suponer que buena
parte del público conocía de antemano el fatal desenlace, aunque debemos recordar que El caballero de Olmedo solo forma parte del canon desde su puesta en escena por Federico García Lorca y nunca fue tan popular durante el siglo XVII.
El fatal desenlace también se
corresponde con unos hechos históricos recreados gracias a la libertad habitual en
las obras dramáticas de la época. Lo histórico, documentado por Francisco Rico en su edición, solo es un punto de partida con un final ya divulgado. La sorpresa apenas cabe en este sentido. Esa
ausencia de enredos o giros argumentales -como los vistos en La dama boba- guarda
relación con una trama límpida, sencilla y clara que debe aparecer enmarcada en
una sobria escenografía. La utilizada en la puesta en escena de Eduardo Vasco
es un buen ejemplo.
La trama debe ser tan límpida,
incluso lineal, como interesante para mantener la atención del público. La clave es saber mostrar en la primera
jornada el valor y la virtud del caballero irremediablemente enamorado, que es
correspondido por la virtuosa dama desde el principio, para apreciar el dramatismo de su
injusta muerte a manos de un traidor dominado por los celos, la envidia y las pasiones como
es don Rodrigo, su contrapuesto rival.
Don Alonso ejemplifica
los rasgos habituales del héroe lopesco: la nobleza de la sangre, el valor
personal, la apostura como sinónimo de virtud, la sensibilidad amorosa y la apuesta
por la aventura y el riesgo que le hace arrostrar los peligros siendo también el
amor, componente imprescindible, una aventura rodeada de dificultades nunca procedentes de la amada o su familia. Con esta caracterización, según Eduardo Vasco, el protagonista inicia una comedia de capa y espada que se tuerce y poco a poco se convierte en tragedia.
La caracterización de Tello,
de acuerdo con lo propio del gracioso como tipo de estas comedias, supone un
abierto contraste con don Alonso por su comicidad, prosaísmo, picaresca,
fanfarronería y venalidad. Así protagoniza los momentos cómicos de las primeras
escenas. No obstante, siempre -hasta el trágico desenlace- se mantiene fiel a su
señor, adquiere un progresivo protagonismo hasta el punto de desbordar los límites habituales del tipo y se ennoblece cuando pide venganza al rey en nombre del asesinado. La
condena dictada por el monarca también supone un reconocimiento de su fidelidad.
La imaginación de Tello
se pone a disposición de su señor en materia de amores y conquistas. Ambos
recurren a las artes celestinescas de Fabia para que doña Inés muestre su
aceptación de don Alonso. El empeño del virtuoso enamorado -tan distinto del
Calisto de Fernando de Rojas- da pie a unas escenas iniciales donde la
comicidad está presente mediante un ingenioso juego de engaños. No obstante, en
realidad el arte celestinesco de Fabia resulta innecesario porque doña Inés
está enamorada desde el principio y lo acepta.
El obstáculo para la
feliz culminación de esa relación amorosa no radica en la figura del padre de la
dama, sino en un caballero tan apasionado como oscuro que, derrotado por el desamor, es capaz
de espolear a otros coterráneos recordando la condición de sujeto foráneo de su rival. Don
Rodrigo será el responsable de la muerte a traición de don Alonso, pero también
actúa la fuerza del destino, cuyos avisos -múltiples y repartidos a lo largo de
la obra- son ignorados por un héroe trágico sin derecho al miedo o a evitar la
propia muerte. El caballero debía encaminarse a Olmedo.
Don Alonso es un héroe
trágico y. como tal, desoye los avisos de la inminente muerte, bien dosificados,
diversificados y repartidos por Lope de Vega manteniendo un aire misterioso a lo largo de la obra. Su legendario valor mostrado en
la fiesta de los toros, donde involuntariamente humilla a su rival, se reafirma ante cualquier peligro. Así lo vemos con
creciente emoción. La inevitabilidad del destino trágico conmueve al
público cuando el protagonista es un enamorado virtuoso y valiente que merece
mejor suerte.
El traicionero asesinato
de un caballero enamorado y correspondido no puede quedar impune en una comedia
del Siglo de Oro. Una vez conseguido el conmovere por la felonía
cometida, subrayada por la cobardía del asesino, la justicia poética -cuya mano
ejecutora es el rey- actúa para recomponer la situación de acuerdo con el docere
de las funciones teatrales. La virtud del protagonista no queda
recompensada más allá de la memoria concretada en la seguidilla o en la propia obra de Lope, pero la maldad del antagonista recibe un
castigo ejemplar.
Tello demuestra su amor a
don Alonso, le atiende hasta el último momento y, armado de valor, acude al rey
para que con su autoridad dicte sentencia. La respuesta del monarca, llegado
para impartir justicia, es tan expeditiva como contundente. La justicia poética no
puede devolver la vida a don Alonso, pero contribuye a consolidar su fama y recompone la situación quebrada por
el acto criminal de don Rodrigo, que constituye un ejemplo del mal amor (pasión desenfrenada) frente al bueno de la
pareja formada por don Alonso e Inés donde la armonía entre iguales resulta
equiparada a la virtud.
Las habituales bodas de las comedias con desenlace feliz aquí quedan sustituidas por la justicia
poética impartida por la autoridad del monarca. Una vez dictada la sentencia,
tan drástica como inapelable, la obra termina con el drama de un amor virtuoso y frustrado. Solo cabe recrearlo porque el final ya era conocido gracias a la seguidilla popularizada por
entonces.
La muerte del protagonista no supone la desesperanza para el público. La armonía y el orden rotos por el mal amor-pasión de
don Rodrigo quedan recompuestos por la autoridad de un monarca constituido en
juez. Así, aparte de conmoverse con un final necesario en el ámbito de la
tragedia, el público reafirma su confianza en el papel desempeñado por el rey o, si media una lectura más actual, en el papel desempeñado por aquellos que desde la fidelidad y la memoria reclaman justicia.
La preparación de la práctica se debe completar con las ediciones críticas de la obra, en especial la preparada por Francisco Rico, y la consulta de estos vídeos: