A mediados de los años
sesenta, los sábados por la mañana eran lectivos, pero a cambio los jueves por
la tarde en nuestro colegio podíamos acudir a las sesiones cinematográficas programadas
por la Organización Juvenil Española (OJE). El precio de la entrada era módico
y mis padres permitieron que nunca me las perdiera.
Los pocos largometrajes
que vimos eran reestrenos de los reestrenos. La sala debía pertenecer al
circuito de la filmografía abocada al final de su trayectoria comercial y las
cintas llegaban en unas condiciones lamentables. No obstante, la alternativa
era quedarse en casa con algún tebeo ya leído o, en el caso de los elegidos por
la fortuna, un televisor en blanco y negro, cuya única cadena cesaba su emisión
a esa hora de los folletines radiofónicos.
Todavía recuerdo haber
visto en aquella sala una película de Jerry Lewis, El profesor chiflado (1963),
como algo excepcional por su novedad. La OJE debió tirar la casa por la ventana
esa tarde. El comediante norteamericano desde entonces estuvo en la nómina de
mis ídolos, pero lo habitual en aquellas sesiones era asistir a «los
festivales» de Tom y Jerry, varios vetustos capítulos protagonizados por el
gato y el ratón, o algunos cortometrajes de cine cómico de la etapa muda.
En mis clases, cuando
comento las diferencias entre el teatro y el cine, recuerdo que el público del
primero es capaz de condicionar la representación con su respuesta o actitud,
mientras que el comportamiento del cinematográfico resulta indiferente durante
la proyección de lo previamente grabado.
La obviedad cuenta con
una excepción. Las respuestas enloquecidas que observé en aquella sala cuando
se anunciaba la presencia de Tom y Jerry. Había niños que hasta se ponían de
pie en las butacas de madera para manifestar, con alaridos, su entusiasmo por
el gato y el ratón.
Tal era la implicación
del público, que esos dibujos animados de acción continua, a menudo violenta,
se convertían en otros todavía más animados de una acción ajena al respiro para
continuar. Al menos, así los veíamos con la mirada ingenua de una infancia
carente de referentes para comparar más allá de los dibujos en blanco y negro,
que algunos compañeros podían ver en la televisión.
La proyección de
cortometrajes del cine cómico de la etapa muda no solía incluir a figuras como
Charles Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd. Los motivos los ignoro, aunque cabe
suponerlos gracias a la bibliografía consultada sobre la difusión de esa
cinematografía en España. Los protagonistas de los vistos en el colegio solían
ser de la segunda fila destacando Larry Semon, conocido entre nosotros como
Jaimito, cuyos cortometrajes tuvieron una notable presencia en las salas de la
posguerra.
Jaimito nunca me hizo
sonreír. Tampoco ahora, cuando recupero por motivos de estudio algunas de sus
películas relegadas al olvido, Sin embargo, recuerdo el entusiasmo al ver las
habladas con el doblaje de Stan Laurel y Oliver Hardy, cuyo peculiar español al
llegar a casa compartía con mi padre porque había sido niño cuando se
estrenaron en España. Y, sobre todo, me impactó la única película que pudimos
ver de Charles Chaplin: Shouldier Arms (1918), un censurado mediometraje
distribuido como ¡Armas al hombro!
La película de Charles
Chaplin era diferente a todo lo visto hasta entonces en aquella sala donde
Jaimito reinaba con sus gansadas. También con respecto al cine mudo que solían emitir
en TVE cuando se producía algún desajuste horario en la programación. Lo
utilizaban como relleno o solución de urgencia, pero lo disfrutaba porque reía
con los maestros del slapstick que tanto me enseñaron acerca de las
claves de lo cómico.
Desde aquellos años
sesenta, nunca he dejado de admirar el alocado trabajo de los hombres de goma
de Mack Sennett y los Keystone Cops, pero prefiero la filmografía de
Buster Keaton y, sobre todo, la de Charles Chaplin, el genio que apenas pude conocer
en el cine del colegio o en la televisión, donde había tantas tartas de
merengue en el rostro o disparatadas persecuciones con los únicos policías
capaces de propiciar una carcajada. El humor, que no la comicidad, es otra
historia más compleja que he disfrutado desde la madurez e intento desentrañar
en algunos de mis libros.
Ahora, cuando debo
preparar una ponencia sobre la relación de la Generación del 27 con los
caricatos del cine mudo, vuelvo a disfrutar con estos personajes de la infancia
donde todo es una sorpresa a la espera de que, al cabo de los años, podamos
descubrir su origen. Charles Chaplin supone un referente que me ha guiado
durante décadas porque viendo sus películas compruebo que las emociones más
elementales son universales. Sus colegas del cine mudo me hacen sonreír todavía
porque nunca debemos dejar de ser niños. Lo agradezco, pero también gracias a
muchos años de lecturas conozco las razones de la tristeza que a menudo se
esconde en sus películas y, sobre todo, en el inevitable fundido en negro tras
su finalización.
Mientras tanto, y de la
mano de Rafael Alberti y Federico García Lorca, seguiremos hablando de estos
«tontos» del cine cómico.


