Al cabo de varias
lecturas relacionadas con el programa de la asignatura, La dama duende, de
Calderón de la Barca, también nos muestra un aire de familia que nos permite
evocar los tipos, los temas, los conflictos y, por supuesto, los desenlaces ya
conocidos gracias a otros títulos teatrales del Siglo de Oro.
De nuevo encontramos un
escenario poblado por caballeros y damas cuyos amores deben superar alguna
prueba u obstáculo para que, como recompensa a sus probadas virtud y castidad,
se imponga un final feliz con el anuncio de bodas múltiples, que también
incluye a los sirvientes que los han acompañado en la trama argumental mientras
provocan las sonrisas del público.
La comedia de Calderón de
la Barca escrita en 1629, cuando el poeta dramático todavía era relativamente
joven y estaba lejos de la religiosidad de su etapa final, no es original en el
sentido de aportar novedades para configurar los elementos básicos de la obra. Tampoco
lo pretendía el autor que sucedió a Lope de Vega en el escalafón de los
dramaturgos, ni ese afán resultaba imaginable en un contexto teatral donde el
concepto de originalidad dista de ser pertinente.
La brillante aportación
del poeta dramático capaz de convertir La dama duende en un exitoso
clásico y en obligada obra de repertorio desde su estreno hasta el presente debemos
buscarla en otros ámbitos, comenzando por la perfección de la arquitectura de
una comedia que prueba la pericia del comediógrafo para construir sus obras con
una precisión todavía asombrosa. La viveza, la gracia, la suspensión, la
travesura… añadirán nuevos motivos calderonianos en esa misma dirección, según
nos enseñara Francisco Bances Candamo a finales del siglo XVII.
Un ejemplo de esa
brillantez en la construcción dramática lo encontramos en la escena inicial de La
dama duende, cuya genialidad adelanta recursos presentes en las de algunas
películas clásicas como las de John Ford. Stagecoach (1939) ejemplifica
esta técnica de presentación rápida y precisa tanto de los protagonistas como
del conflicto que les va a enfrentar y el objetivo que persiguen desde el
principio hasta el final. Conocida esta imprescindible información, los
espectadores nos animamos a viajar en la diligencia por el Oeste o a meternos
en las dependencias, un tanto misteriosas, de la dama duende y sus recelosos
hermanos.
A una velocidad de
vértigo para provocar la atención del espectador desde los primeros instantes y
sin faltar a la debida verosimilitud teatral, en esa escena repleta de
sorpresas e intrigas Calderón presenta a los protagonistas, establece lo básico
de su caracterización pronto confirmada con nuevas intervenciones en la trama,
anuncia sus empeños relacionados con el amor o el honor como temas
omnipresentes en el teatro áureo, establece las bases de los consiguientes
conflictos y, sobre todo, nos deja con el deseo de conocer más acerca de lo
presentado.
El resto de la comedia, desde
la mitad de la primera jornada y con la previsible complicación de una trama presidida
por el ingenio y la iniciativa femenina hasta poco antes del final, será una
respuesta a ese deseo, que mantiene el interés de un público intrigado y
sorprendido, mientras sonríe al ver las peripecias de una dama rebelde ante su inicial
suerte de viuda joven y encerrada en vida.
Como nos recuerdan
Antonio Rey Hazas y Florencio Sevilla en su edición crítica de La dama
duende, acompañada de otra obra paralela de Calderón, Casa con dos
puertas, mala es de guardar, la comedia que nos ocupa empieza su andadura
por medio de una acción trepidante y sabiamente teatral.
Don Manuel, un caballero
acompañado de su sirviente Cosme, llega a Madrid para realizar unas gestiones en
la Corte y se enfrenta a otro caballero, don Luis, por defender el honor o la
libertad de una embozada dama que ha solicitado su ayuda cuando huía por
motivos desconocidos. Gallardo y valiente, a diferencia de un Cosme que
ejemplificará la cobardía y la superstición, don Manuel se enfrenta en un duelo
a espada a su malhumorado oponente sin saber que uno es el hermano de su mejor
amigo, don Luis, y la otra su hermana viuda, doña Ángela.
El duelo propio de una
obra con rasgos de una comedia de capa y espada solo provoca una leve herida de
don Luis, justo cuando llega su hermano para defenderle y don Juan descubre con
asombro que el oponente es el amigo al que está esperando para alojarlo en su
casa.
El reconocimiento mutuo
acaba con el duelo y, probado el valor de los duelistas como caballeros, todos
se dirigen al domicilio de los hermanos, donde pronto descubriremos que también
se encuentra escondida doña Ángela, una hermosa y joven viuda a la que don Juan
y don Luis pretenden mantener lejos de las miradas de otros hombres. La
situación nos recuerda lo visto con Pedro Crespo e Isabel en el inicio de El
alcalde de Zalamea, aunque en este caso el probable seductor se comportará
virtuosamente y respetará a la viuda.
Con portentosa habilidad
en la construcción dramática, pues, Calderón traza desde el principio una
intriga compleja y tensa, así como interesante y sugerente, que augura el
vértigo que se avecina en el desarrollo de la trama. A partir de ese momento, y
sin apenas reposo tras la sucesión de sorpresas iniciales, el público
permanecerá atento a los sucesos acaecidos en una casa donde una alacena
permitirá un divertido juego de apariencias puesto al servicio del empeño de
doña Ángela.
La protagonista es una
virtuosa dama que, con la ayuda de su amiga Beatriz, pretende salir del
aislamiento provocado por su temprana viudez y el rígido concepto del honor de
un hermano, don Luis, obsesionado por el mismo y otro, don Juan, que por ser el
mayor realiza las funciones del padre que hemos conocido en diferentes comedias
del Siglo de Oro.
El espacio cerrado en
que, tras la primera escena, se desarrolla el resto de La dama duende y
las relaciones familiares o de amistad que unen a todos los personajes
intensifican el dramatismo latente del conflicto. El mismo lo empezamos a
comprender tras la llegada de don Manuel a la casa de su amigo y los primeros
diálogos donde interviene doña Ángela, todavía escondida y, como suele ocurrir
en estas comedias, de repente intensamente enamorada del recién llegado sin
perder el decoro de una dama.
Dada la rigidez de don
Luis, más joven e impulsivo que su hermano en una relación para la defensa del
honor familiar que nos recuerda la mantenida entre el padre y el hijo de El
alcalde de Zalamea, el conflicto puede estallar en cualquier momento de
manera dramática.
La amenaza permanece
latente con la consiguiente tensión, pero la comedia se encamina poco a poco
hacia un desenlace feliz gracias a la virtud mantenida por los protagonistas y
la sucesión de escenas divertidas en torno a la alacena, que acaba siendo un
nuevo protagonista de una comedia puesta al servicio del entretenimiento del
público. El delectare predomina en La dama duende.
Según Ángel Valbuena
Briones, «la apariencia de la alacena es la puerta que abre la imaginación de
Cosme, el engaño que confunde a don Manuel, la posibilidad de simulación para
doña Ángela, el truco que facilita las entradas y salidas misteriosas y el recurso
cómico más eficaz de la pieza». Dada la importancia de las funciones atribuidas
a la alacena, el éxito de cada puesta en escena depende en buena medida de su
realización, aunque su empleo con más o menos complejidad técnica siempre
requerirá la imaginación del público.
A lo largo de las clases
hemos reiterado que el teatro del Siglo de Oro nunca pretende ser un reflejo
realista de la sociedad donde fue concebido y representado. Al contrario, la
idealiza sin romper con la verosimilitud para recrear un mundo sugerente y atractivo
donde muchos de los conflictos o problemas reales no tienen cabida.
Así, en La dama
duende, Calderón configura un mundo idealizado de galanura, caballerosidad,
cortesía, nobleza y honor. La circunstancia de que todo suceda entre caballeros
intachables y damas sin mácula supone el sostén conceptual que posibilita
llevar la intriga hasta sus límites máximos de tensión dramática dentro de una
comedia de enredo. La amenaza de una respuesta violenta por parte de los
hermanos permanece hasta poco antes del desenlace, cuando todo parece
complicarse para la suerte de los protagonistas, pero sin que traspase la
conflictiva frontera que conduce a una tragedia.
La clave para evitar la
tragedia en torno a lo impuesto por el código del honor, solo asumido en sus
manifestaciones extremas por un don Luis que sale malparado a causa de su
soledad amorosa en el desenlace, es la pureza y la honorabilidad de todas las
acciones recreadas en el escenario.
A pesar de su ingeniosa iniciativa
en materia amorosa, las supuestas infracciones de doña Ángela con respecto al
decoro de su personaje y el citado código son meras apariencias carentes de
base fáctica. Tampoco don Manuel pone en peligro el honor familiar porque
respeta la amistad que le ampara durante su estancia en la Corte y siempre se
comporta como un caballero, a pesar de su cercanía a la dama que entra y sale
de sus aposentos para desesperación de un Cosme crédulo y escarmentado.
Lejos de darse una
deshonra real como las vistas en anteriores títulos estudiados durante el curso
(Fuente Ovejuna y El alcalde de Zalamea), la comedia se limita a
recrear un juego teatral para procurar el entretenimiento refinado de un
público coetáneo, cuyo entendimiento estaría por encima del habitual entre los
espectadores de los corrales de comedias.
Un entretenimiento
también justificado por el deseo de seguir viva de doña Ángela, que ve en el
amor y el matrimonio con don Manuel las únicas garantías de un mínimo de
libertad para su futuro. Gracias a esta circunstancia, que cuenta con la
asegurada comprensión del público, tampoco hay motivos para un desenlace con
sangre o muerte por parte de los hermanos. Habría sido tan brutal como
injustificado.
Ese desenlace trágico,
por otra parte, habría resultado impensable en una comedia donde la acción
central, la desarrollada con múltiples peripecias en torno a la alacena, está
encaminada al entretenimiento y hasta la risa, gracias especialmente a las
intervenciones de un cobarde Cosme cuya superstición contrasta con la
racionalidad y el aplomo de don Manuel.
El objetivo de esta línea
argumentativa de la obra, al menos desde nuestra lectura como espectadores del
siglo XXI, no sería tanto una superada crítica a la superstición como
establecer un contraste entre ambos personajes, don Manuel y Cosme, a la
búsqueda del casi garantizado efecto cómico.
La creación de una obra
teatral o literaria siempre supone una serie de elecciones del autor frente a
otras alternativas desechadas por inadecuadas o contraproducentes. Calderón
podría haber creado una escena donde doña Ángela, enamorada, hubiera optado por
presentarse abiertamente a don Manuel como la hermana de don Juan y don Luis.
Aparte de que la elección habría eliminado «el enredo» de una comedia de enredo,
esta impensable franqueza en el caso de que también hubiera sido una
declaración más o menos explícita de amor habría puesto en peligro los
propósitos de la dama duende.
Don Manuel es en todo
momento un caballero modélico que respeta el honor de los hermanos que le
alojan en su casa. Si hubiera tenido conocimiento de las pretensiones amorosas
de una viuda que no quiere seguir siéndolo y que las mismas podrían ir en
contra de lo decidido por don Juan y don Luis, lo más probable es que el
protagonista masculino hubiera rechazado el llamamiento de la dama duende.
Doña Ángela, sin embargo,
con su táctica de darse a conocer progresivamente, mediante una audacia que la
hace admirable al tiempo que provoca las risas por asustar a Cosme, va
seduciendo a don Manuel. Así hasta que, llegado el momento de máxima tensión
por la irrupción de los hermanos cuando la dama duende y el invitado están
juntos, solo cabe una salida: el anuncio del matrimonio y la eliminación de
cualquier duda acerca de la honorabilidad de ambos.
La dama duende ha
sido tradicionalmente analizada como una comedia contra la superstición,
ejemplificada en Cosme y contrapuesta a la actitud racional de don Manuel ante
los extraños fenómenos a los que asiste. Aparte de que esa supuesta crítica a
la credulidad del sirviente pueda ser en realidad una forma de provocar las
risas en el público, sabedor siempre de la verdadera personalidad del duende, desde
nuestra perspectiva parece más relevante destacar que Calderón combate el
rígido concepto del honor encarnado en don Luis y el prejuicio que supone el
tópico de las viudas jóvenes y hermosas.
Don Luis interpreta mal
las situaciones que se van sucediendo, se muestra incapaz de comprender los
motivos de su hermana, actúa con una rigidez que le lleva a ser herido y
humillado en dos duelos a espada y está a punto de estropear un desenlace que,
de cara al público, parece justificado por el comportamiento virtuoso tanto de
doña Ángela como de don Manuel. La consecuencia, propia de la justicia poética,
es su soledad al final, sin pareja con la que acomodarse para un futuro,
mientras que se anuncian dos bodas con la posibilidad de una tercera que
incluiría a los sirvientes.
Pronto sabemos que doña
Ángela es una viuda joven, hermosa y arruinada por su difunto marido, que no
parece haber sido digno de un respetuoso recuerdo. Las circunstancias responden
inicialmente al tópico sobre las viudas a la búsqueda de una nueva pareja. Sin
embargo, la protagonista siempre muestra un comportamiento casto y virtuoso.
Así no solo merece la recompensa del matrimonio para salir de su ostracismo,
sino que también rompe con el tópico acerca del tipo que parecía encarnar al
principio de la comedia, cuando concibe su estratagema en colaboración con
Beatriz, también virtuosa y enamorada.
Doña Ángela es «una
rebelde lúdica de pura estirpe cervantina» (Álvaro Tato), muestra iniciativa
desde la primera escena porque actúa como el verdadero motor de la comedia y,
al final, se emancipa dejando atrás el encierro al que la habían condenado sus
hermanos. Según Álvaro Tato, autor de la versión dirigida por Helena Pimienta, la
vivaz doña Ángela «convierte un destino de viuda endeudada en un camino de vida
enduendada».
La conversión de la
protagonista es deudora de su ingenio y audacia, pero se hace realidad mediante
el matrimonio, la única vía posible en aquel contexto histórico y teatral. La
circunstancia ha permitido hablar de una dama empoderada y hasta de una
interpretación feminista de la comedia. La misma no resulta descabellada, sobre
todo a partir de puestas en escena como la dirigida por Helena Pimienta con el
destacado protagonismo de la actriz Marta Poveda, cuya interpretación insufla
personalidad e iniciativa a la protagonista.
No obstante, cabe
recordar que en Calderón prevalece la necesidad de que el público empatice con
una mujer que desea seguir viva, no resignada a su suerte por culpa de la
viudedad y los prejuicios acerca de la misma. La emancipación siempre pasa por
la figura masculina del matrimonio, de acuerdo con una mentalidad nunca
cuestionada en nombre de un precedente remoto del feminismo. En este sentido,
recordemos lo explicado en clase acerca de las diferencias entre la
interpretación de la obra por parte de un espectador actual y la que debe
realizar un filólogo, siempre obligado a contextualizarla en su época original.
En definitiva, Calderón
crea una comedia provista de elementos habituales en géneros como el de capa y
espada o el de enredo. La misma cuenta con un atractivo protagonismo femenino
en busca de la libertad, que pasa por la argucia, el enamoramiento virtuoso y
el matrimonio, anunciado en el desenlace como antídoto contra cualquier
sospecha de afrenta al honor familiar de los hermanos. Don Juan, de talante más
comprensivo, recibe el premio del matrimonio con Beatriz, mientras que don
Luis, rígido hasta el exceso, queda solo viendo que Cosme -cobarde, borracho y
escarmentado como representante del gracioso- también puede quedar emparejado.



