Según el hispanista
Alexander A. Parker, la comedia -entiéndase el término como sinónimo de obra
teatral- del Siglo de Oro es una estructura gobernada por cinco principios, que,
aunque no siempre se cumplen de manera mecánica, debemos recordar para
cualquier análisis de las obras estudiadas durante el curso.
El primer principio es la
primacía de la acción dramática sobre el desarrollo de los personajes. A
pesar de que hay excepciones sobresalientes, algunas de las cuales veremos a lo
largo del curso, el teatro del Siglo de Oro no suele destacar por la
profundidad, complejidad o novedad en la caracterización de los personajes, que
tienden a ser repetitivos en lo fundamental hasta el punto de ajustarse a unos
tipos (el galán, la dama, el gracioso…) reiterados a lo largo de numerosas
comedias.
No se trata de una
carencia de los poetas dramáticos, sino más bien de la voluntad o necesidad de
ajustarse a unos moldes interpretativos estrechamente vinculados con la
especialización de los intérpretes en el marco de las compañías.
En ese sentido, cabe
recordar las condiciones en que se realizaban los ensayos, siempre escasos por
la necesidad de renovar constantemente la cartelera. Un poeta dramático podía
aportar profundidad a la caracterización de un personaje, pero el actor o la
actriz que lo debía encarnar apenas disponía de tiempo y condiciones para dar
cuenta de esa misma profundidad. De ahí que se tendiera a una tipificación, que
facilitaba el trabajo de las compañías y hasta la comprensión de la acción
dramática por parte del público.
Sin embargo, en las obras
más destacadas, como son las seis que analizaremos a lo largo del curso,
veremos notables excepciones. Un ejemplo es Finea, cuya evolución desde la risible
ingenuidad hasta la madurez respetable como mujer está jalonada por su
experiencia en el amor, que le aporta la sabiduría necesaria para desenvolverse
en las lides amorosas hasta alcanzar sus objetivos mediante estratagemas que
sorprenden por su agudeza.
Al igual que ocurre con
su hermana, Nise, la caracterización de Finea ni es pobre ni resulta estática
como sería la de un tipo. El principio establecido por Alexander Parker, siendo
cierto en términos generales, se puede aplicar preferentemente a los personajes
secundarios de las obras que analizaremos o a la mayoría de las que no
alcanzaron estas cotas de calidad.
El segundo principio
establecido por Alexander Parker es la primacía del tema sobre la acción. Para
evitar errores, a la hora de realizar un análisis crítico conviene distinguir
entre acción y tema. La primera nos remite al conjunto de lo sucedido y
articulado mediante escenas en el argumento de la comedia; es decir, todo
aquello que de forma explícita sucede en el escenario durante el desarrollo de
la representación. El tema, un concepto más abstracto, es lo deducible como
marco teórico a partir de lo representado, de la acción dramática. Aquello que,
en definitiva, enmarca, cohesiona y da sentido al conjunto de peripecias o
incidentes que tienen lugar en el escenario.
Si nos centramos en La
dama boba como primera obra a estudiar, observamos no solo un prolijo
conjunto de peripecias o incidentes, destinados a entretener y sorprender al
público, sino también que el mismo permite acciones paralelas como son las
encarnadas por las hermanas y las criadas en torno al amor con sus respectivos
galanes. En el caso de que por encima de este conjunto con numerosos
protagonistas no hubiera un tema capaz de darle un sentido unificador, la
comedia habría caído en un probable caos.
Las aventuras, los
engaños, los momentos cómicos, las seducciones, las estratagemas para alcanzar
un objetivo matrimonial o económico… todo, absolutamente todo, aparece como
manifestación de un tema unificador que aporta sentido a la comedia. En este
caso, se trata del amor y, más en concreto por el papel de las protagonistas,
de su capacidad para aportar una equilibrada madurez a quienes, al principio de
la comedia de Lope de Vega, permanecían en extremos tan abiertamente
contrapuestos como negativos al tiempo que caricaturizados para facilitar la
crítica (Nise y Finea).
La primacía del tema
sobre la acción también la encontramos en las obras adaptadas por Kenneth
Branagh y Pilar Miró. En el primer caso, todo lo representado con acciones
paralelas y numerosos personajes se engloba en un tema: la celebración casi
entusiasta del amor, capaz de unir a quienes aparentan odiarse y de imponerse a
la maldad de quien siente rencor o envidia. De ahí el desenlace con las
consiguientes bodas como plasmación de ese poder del amor y la correspondiente
celebración con un baile colectivo en la escena final.
Aunque la acción
dramática sea muy distinta en El perro del hortelano, la obra guarda
relación con Mucho ruido y pocas nueces porque el tema de ambas es
similar. Los argumentos difieren, pero no los temas. En la de Lope de Vega el
amor vuelve a imponer su poder por encima de las diferencias sociales que
separan al secretario de la condesa. La acción, intricada como corresponde a
una comedia de la época, se entiende como una ejemplificación de ese tema en torno
al amor convertido en agente todopoderoso que, al final, también es celebrado con
un baile colectivo tras las correspondientes bodas.
El tercer principio
establecido por Alexander Parker es la unidad dramática en el tema y no en
la acción. El poeta, en su búsqueda del delectare, puede introducir
acciones paralelas o secundarias que enriquezcan lo visto sobre el escenario,
pero todas ellas deben responder a un mismo tema que aporta unidad dramática y
sustenta el docere.
El principio se observa
con nitidez en las comedias que giran en torno al amor. Rara vez hay una única
relación amorosa. Junto con el galán y la dama, también se enamora otra pareja
del mismo estamento social (acción paralela) o los criados (acción secundaria
que facilita la introducción del elemento cómico). Así el poeta dramático juega
con la contraposición de esas relaciones para aportar a la comedia variedad y
dinamismo, dos rasgos fundamentales del teatro del Siglo de Oro. Al final, todo
queda unificado no por la acción, que puede multiplicarse o diversificarse,
sino por el tema.
Las tres comedias vistas
hasta el presente ejemplifican este tercer principio. En ellas observamos
distintas relaciones amorosas que se desarrollan simultáneamente hasta el punto
de que la acción dramática queda dispersa, pero el riesgo para la correcta
comprensión por parte del público se evita mediante la unidad que aporta el tema.
Así lo observamos,
especialmente, en el desenlace de las tres comedias, cuando toda la acción
dramática confluye en la celebración del amor como motor de la superación
humana (La dama boba), antídoto para combatir la maldad o las
diferencias (Mucho ruido y pocas nueces) o sentimiento que se impone a
cualquier separación social, aunque sea gracias al ingenio y el engaño como
ocurre en El perro del hortelano.
El cuarto principio
establecido por Alexander Parker es la subordinación del tema a un propósito
moral a través de la justicia poética, que no está ejemplificada
exclusivamente por la muerte o el castigo del malvado por su condición de
personaje transgresor del decoro. También por una caracterización negativa a lo
largo de toda la comedia, aunque, de hecho, en las del Siglo de Oro, siempre
que un personaje transgrede ese decoro por un comportamiento inadecuado para su
condición, como sucede en los casos del comendador de Fuenteovejuna o el
capitán de El alcalde de Zalamea, recibe un castigo que le aboca a la
muerte.
La justicia poética es un
principio literario que forma parte de la ficción, pero sin un correlato en la
experiencia o realidad, sea social o histórica. Resulta obvio que en la vida
real de cualquier período los malvados o los transgresores del decoro -cuya
concreción es histórica con un sesgo ideológico y, por lo tanto, variable- pueden
salir victoriosos, mientras que los virtuosos por cumplidores del decoro sufren
todo tipo de adversidades. Si el teatro del Siglo de Oro hubiera tenido una
voluntad realista habría incluido ejemplos de este tipo, pero prevaleció el
propósito moral de aleccionar al público sobre cualquier tema.
En el ámbito creativo del
Siglo de Oro, y con el objetivo de alcanzar un propósito moral que legitimara
las representaciones teatrales al tiempo que las convirtiera en obras
divulgadoras del pensamiento monárquico de la época, se partió de la necesidad
de que el crimen o la maldad no quedaran impunes ni la virtud sin premio.
Esta justicia poética
guarda una evidente relación con la proyección ideológica de la comedia del
Siglo de Oro y su presencia será una constante en obras como Fuenteovejuna,
El alcalde de Zalamea o El caballero de Olmedo. En las tres
encontramos, tras las sentencias dictadas o aceptadas por el monarca,
ajusticiamientos de los malvados capaces de transgredir gravemente el principio
de decoro mediante la violencia o los abusos para satisfacer deseos ilegítimos.
El quinto y último
principio que establece Alexander Parker es la elucidación del propósito
moral por medio de la causalidad dramática. Si el tema de la comedia se
subordina al propósito moral y, a su vez, la acción dramática se subordina al
tema, nos encontramos que el norte creativo que debe seguir el poeta dramático
está marcado por el propósito moral que intenta transmitir al público. De ahí
que todo lo escenificado se entienda, a la postre, como una causalidad
dramática para elucidar o explicar un propósito moral de forma comprensible (docere)
y agradable para el público (delectare).
Este principio opera en
las seis obras seleccionadas para el curso, pero de manera más significativa en
Fuenteovejuna, El alcalde de Zalamea y El caballero de Olmedo. Por
lo tanto, lo comentaremos con más detenimiento en las respectivas clases
prácticas.


