Historia de nuestro cine,
de
La 2, me dio la oportunidad de participar en varios debates y procuré seguirlo
durante sus muchas semanas de emisión porque era una fuente magnífica para
conocer o repasar películas españolas de difícil acceso. Una de las rescatadas
fue Raza (1941), de José Luis Sáenz de Heredia. La historia de la
participación del general Franco en la misma es de sobra conocida y el título
se considera un hito del cine propagandístico del franquismo, que en su versión
más explícita nunca gozó de una buena respuesta del público.
La emisión de Raza resultó
polémica. Algunos representantes de la izquierda política se manifestaron en
contra de que TVE, una cadena pública, seleccionara una película que exaltaba
la dictadura. Las protestas afortunadamente no impidieron la emisión y, en mi
opinión, probaron la escasa cultura cinematográfica de muchos de nuestros
representantes políticos, además de lo desafortunado de cualquier cultura de la
cancelación.
Al cabo de tantos años,
la película de José Luis Sáenz de Heredia ha perdido su valor propagandístico
porque parece harto improbable que alguien se identifique con el franquismo
tras verla. El significado de las películas, como el de las obras literarias,
varía con el paso del tiempo. Entre otros motivos porque los destinatarios
viven en circunstancias diferentes. Esta obviedad ha permitido que lo
concebido como un acto propagandístico ahora aparezca como una rareza o una
curiosidad, a veces risible por su propia exageración, capaz de hacer presente
la categoría de lo insólito.
El aparato de propaganda
del régimen franquista gozaba del más amplio respaldo oficial y tuvo una
actuación tan constante como brillante. Sus responsables pronto comprendieron que este tipo de
películas eran imprescindibles para mayor gloria de la dictadura, pero poco
eficaces de cara al público. Más allá de los años de la Victoria los títulos de carácter épico empiezan a escasear y, a menudo, son el fruto de algún encargo o compromiso de procedencia ajena a un mundo cinematográfico siempre atento a la necesidad de congraciarse con las autoridades. La línea propagandística a seguir era otra,
tal y como he explicado en varios de mis libros.
Con motivo de los XX Años
de Paz celebrados en 1964, tuvo lugar una intensa campaña de propaganda cuyo
objetivo fundamental era sustituir el nunca cuestionado concepto de la Victoria por el de
la Paz. Así se pretendía marcar el inicio de una nueva etapa del régimen, que por entonces
vivía en pleno desarrollismo y pretendía adaptarse a la modernidad sin alterar
lo fundamental de la dictadura.
Aquella cuadratura del
círculo fue el centro de varias historias que analicé en Petróleo, monjas y
poetas. Otras historias de 1964 (Renacimiento-Universidad de Alicante,
2021). Por entonces supe de películas como Franco, ese hombre (1964),
también de José Luis Sáenz de Heredia, pero no tuve la oportunidad de escuchar
un long play con el mismo objetivo propagandístico: La palabra de
Franco (1964), divulgado con motivo de la citada campaña, que gozó de un
excelente presupuesto.
Al buscar materiales
documentales o bibliográficos relacionados con Victoriano Fernández de Asís,
encontré que mi universidad contaba con ese disco en el catálogo y, además, que
la locución del mismo correspondía al periodista represaliado por el propio
franquismo antes de convertirse en uno de sus propagandistas (véase la entrada
del 25 de marzo de 2026).
La historia es bastante
singular, como buena parte de la trayectoria del periodista gallego, y será
objeto de un capítulo en el volumen Final de trayecto. Mientras tanto,
he conseguido que la Mediateca de la Universidad de Alicante digitalice el disco para hacerlo
accesible a cualquier investigador dispuesto a escuchar, en la voz del propio
Franco y a partir de grabaciones conservadas en RNE, esta recopilación de
fragmentos de discursos prologados por Victoriano Fernández de Asís.
Al margen de la paradoja
que supone que el periodista convertido en propagandista tuviera un pasado como
represaliado, siempre ocultado por razones obvias, el objetivo es conocer esta selección de los discursos y comprobar que
lo concebido como propaganda en su momento ahora consigue, probablemente, un
objetivo contrapuesto.
El general Franco nunca
destacó por sus dotes oratorias y el formato del long play, utilizado por entonces por humoristas que grababan sus monólogos o compañías
radiofónicas que hacían lo mismo con algunas adaptaciones de textos literarios,
estaba condenado al fracaso comercial. De hecho, el disco conservado en la
Universidad de Alicante, procedente de una donación de RNE, permanece como
nuevo al cabo de sesenta años. Más allá de lo obligado por alguna orden de la
superioridad, nadie lo programó.
Hoy, 18 de julio, cuando
se cumplen los noventa años desde el golpe de Estado liderado por varios
militares, escuchar la voz del general Franco dudo que aliente cualquier
añoranza o melancolía. Al contrario, conviene conocerla para fundamentar el rechazo a la dictadura y,
probablemente, los jóvenes que exhiben una adhesión al régimen franquista, con
su parafernalia de chapas y banderas, si tuvieran que escuchar el long play completo
empezarían a comprender que ese pasado solo puede ser añorado tras un
blanqueamiento.
Así lo he planteado en
mis libros sobre el franquismo y, aunque esos jóvenes no suelen destacar por su
competencia lectora, espero que lo publicado haya contribuido a conocer mejor
aquello que rechazo como demócrata. Las páginas de la historia hay que
pasarlas, pero solo después de leerlas, incluso las notas a pie de página de la
microhistoria.




