El ingeniero Cirilo Benítez Ayala con la novelista Carmen Laforet.
Foto de la familia Bosch publicada por El Día, el 2-X-2021.
El 6 de abril de 1950, el
tren expreso n.º 1517 que cubría la línea Madrid-Gijón descarriló a las 9:25
horas de la mañana tres kilómetros después de pasar Pola de Lena, a la altura
de Villallana. Además de los sesenta y nueve heridos, diecinueve personas
murieron en el accidente, entre ellas cinco militares y un procurador en
Cortes. También un ingeniero de la propia RENFE, Cirilo Benítez Ayala (Las
Palmas, 1917), que desde su destino laboral en Astorga iba a la capital
asturiana para contactar con una joven. En su maleta, abierta a resultas del
accidente, llevaba ejemplares de Mundo Obrero, que habrían sido
incautados por el agente Roberto Conesa Escudero en la estación de Gijón
porque, probablemente, la destinataria era una infiltrada de la Brigada
Político Social.
El funeral por las
víctimas del accidente se celebró en un hangar de la madrileña Estación del
Norte. El cineasta Juan Antonio Bardem (1922-2002) y el ingeniero José
Gallego-Díaz Moreno (1913-1965) acudieron a despedir al amigo con quien
compartieron ilusiones en unos tiempos difíciles. También al joven de
personalidad fascinante y antecesor de Jorge Semprún en su labor de
penetración en los círculos culturales. Ambos pronto percibieron que estaban
rodeados de agentes de la citada brigada, que no procedieron a detenerles
porque el momento era inoportuno.
El ingeniero José Gallego-Díaz Moreno.
Fuente: Historia Hispánica (RAH)
José Gallego-Díaz Moreno
mostró inquietudes literarias a lo largo de una trayectoria con el denominador
común de la brillantez en varias facetas. El ingeniero, que por entonces había
culminado tres carreras universitarias, dedicó un poema al amigo fallecido. Lo
publicó, gracias a los hermanos Miralles, en el séptimo número de la revista
canaria Planas de poesía (1949-1951), que pronto fue prohibida por
subversiva. La elegía constituyó una prueba de cargo en las posteriores
diligencias para su procesamiento.
La detención del
ingeniero llegó el 3 de febrero de 1953 a manos del infatigable Roberto Conesa
Escudero, que nunca dejó pasar un poema sospechoso o una hoja clandestina. José
Gallego-Díaz Moreno tenía experiencia en materia de procesos judiciales. Tras haber
pasado la guerra en Madrid, colaborando en periódicos como El Sol, incautado
por el PCE, y en las oficinas del Instituto de Reforma Agraria, el 10 de junio
de 1940 fue absuelto en un sumarísimo de urgencia. La «buena conducta», los
«antecedentes derechistas», la condición de «camisa vieja» y hasta el asesinato
de su hermano Vicente, ejecutado por «las ordas marxistas» el 26 de agosto de
1936, le salvaron de una condena que por haber actuado en la órbita comunista
habría sido dura en aquellas fechas.
La absolución no impidió
la depuración profesional y, alejado momentáneamente de las aulas
universitarias, el ingeniero agrónomo, licenciado en Ciencias Exactas y en
Química, encontró acomodo en una academia montada en el domicilio de su madre,
donde contó con Cirilo Benítez Ayala como profesor siendo alumnos el citado
Juan Antonio Bardem y el novelista Juan Benet. Ambos evocaron esa experiencia
con admiración, que también sería compartida por Luis
García Berlanga.
Mientras tanto, el 5 de
abril de 1943 le acusan de pertenecer al Socorro Rojo y «ser un rojo peligroso
relacionado con guerrilleros». La denuncia no prosperó por falta de pruebas. El
ubetense debió ser persona de arrestos al igual que su amigo Cirilo, pues junto
con Juan Antonio Bardem acudía regularmente a una pequeña chocolatería en la
calle San Bernardo esquina a San Hermenegildo. La regentaba el camarada Paulino
García Moya, que acabaría procesado. Todos estaban en el punto de mira del
agente Roberto Conesa Escudero.
Cirilo Benítez Ayala
viajó a Francia en 1946 para formalizar su ingreso en el PCE tras convencer al
comité central de su pretensión de constituir células en los ámbitos culturales
y académicos. Su colega no le fue a la zaga, pues por esas fechas también
se desplazó a París para publicar trabajos científicos y «casualmente» se
encontró con sus amigos Pablo Neruda y Manuel Tuñón de Lara, «con los que
mantuvo conversaciones, si bien bastante amplias, desprovistas de todo interés
o matiz político», según su declaración en los locales de la Brigada Político
Social de la Jefatura Superior de Policía efectuada el 3 de febrero de 1953,
cuando le detuvieron a raíz del encarcelamiento de Manuel Suárez
García, un «filósofo del comunismo» a quien había conocido dos años antes en
una tertulia del café Zahara en la Gran Vía.
Roberto Conesa Escudero estaba
al tanto de esas tertulias, que también se daban en el Gijón, el Nacional o en
el Varela inmortalizado por Rafael Azcona. Incluso en el rincón existencialista
del Sésamo, donde sería posible bailar con el paso de los años como vemos en El
pisito (1958), de Marco Ferreri. El agente de la Brigada
Político Social sabía que estos intelectuales eran menos peligrosos que los
obreros organizados, pero nunca los dejó sueltos y detuvo a la mayoría porque
en las dependencias policiales tenían un listado de «antecedentes», donde
constaba desde una poesía elegiaca hasta folletos de agrupaciones un tanto
fantasmales como el Centro de Intercambios Culturales Europeos (CICE). Las
tapaderas nunca lo fueron para los responsables de una Brigada Político Social
que conocía a «los habituales sospechosos» como firmantes en aquellos precarios
espacios abiertos a un mínimo de libertad.
José Gallego-Díaz Moreno permaneció en las dependencias de la brigada durante veinticinco días de
declaraciones y careos, mientras recibía el apoyo de falangistas heterodoxos,
aunque mejor colocados en el régimen, como el periodista Patricio González de
Canales y el catedrático Santiago Montero Díaz. No obstante, lo decisivo sería
el informe del coronel Enrique Eymar Fernández firmado el 12 de febrero de
1953.
El juez instructor para
los delitos de espionaje y comunismo le considera un «hombre de gran valía»,
además de «excelente matemático» y abnegado padre de cinco hijos a los que
sacaba adelante gracias al pluriempleo. En su debe solo consta que fuera «un
hombre libre en sus manifestaciones y expansiones». Por lo tanto, el coronel propone al capitán general de la I Región Militar su puesta en
libertad, que fue definitiva el 30 de marzo de 1953.
El ubetense no cambió entonces
de amigos ni prescindió de sus inquietudes de «hombre libre». Así, entre
tertulias, publicaciones científicas o literarias y manifiestos, llegó hasta
febrero de 1956, cuando «los alborotadores y jaraneros» marcaron un punto de
inflexión en la Universidad Complutense donde desde 1955 ejercía de catedrático
de Física General de la Escuela Técnica de Ingenieros Agrónomos. Allí
permaneció hasta 1959, cuando decidió buscar unos horizontes académicos acordes
con su valía y ajenos a la mirada de agentes como Roberto Conesa Escudero.
José Gallego-Díaz Moreno visitó
varias universidades norteamericanas y entre 1960 y 1964 fue profesor de la
Universidad del Zulia en Maracaibo. Desde allí pasó a la Universidad Central de
Caracas, donde le esperaba un porvenir brillante como catedrático y unas
condiciones de trabajo ajenas a la precariedad vivida en España. Quienes
tuvieron la dicha de conocerle le recuerdan como un sabio creador de ciencia y
capaz de transmitirla a los demás. También como un humanista inquieto y alejado
del alicorto mundo cultural o académico de la posguerra. En Caracas, junto con
los suyos, todo podía mejorar, pero un accidente automovilístico acabó con esa
ilusión familiar el 16 de febrero de 1965.
Al cabo de los años y muy
lejos, en aquella Venezuela con tantos españoles por distintos motivos, José
Gallego-Díaz Moreno compartió el fatal destino de su amigo Cirilo. El
paralelismo entre ambos va más allá, pues los dos ingenieros compartían
sabiduría, entusiasmo y osadía en una España presidida por el miedo. Y lo
hicieron desde unos orígenes poco habituales. Tal vez porque la historia carece
de reglas de fácil explicación y está repleta de excepciones. Su análisis requiere investigación y reflexión. Las pondremos al servicio de un nuevo capítulo, el
dedicado a Cirilo y Pepe, que aparecerá en el cuarto tomo dedicado a los
consejos de guerra de periodistas y escritores.
Algunas de las obras
incluidas en el temario de la asignatura muestran un «aire de familia» que se
podría extender a otros títulos del teatro del Siglo de Oro igualmente
destacados. Tras estudiar la Fuenteovejuna de Lope de Vega, en El
alcalde de Zalamea, de Pedro Calderón de la Barca, encontramos una acción dramática
completamente distinta, pero una temática común en torno al amor, la justicia y
el honor.
Según los principios
constitutivos de la comedia aurisecular señalados por Alexander Parker (véanse
los apuntes de la asignatura), el tema prevalece sobre la acción. De ahí los
paralelismos o el «aire de familia» que encontraremos entre dos obras de
autores diferentes a la hora de abordar el amor, la justicia y el honor con una
finalidad ideológica o política similar: la defensa de la alianza entre la
monarquía y el colectivo social representado por el labrador rico, limpio de
sangre y activo fiscalmente, de acuerdo con los términos establecidos por el
hispanista francés Noël Salomon entre otros.
Al margen del
generalizado aire de familia del que ya hemos hablado en clase, en este caso se
da una singular circunstancia: la obra de Calderón de la Barca, escrita hacia 1640-42
y publicada en 1651, apareció originalmente como El garrote más bien dado -una
clara alusión al desenlace- y es una refundición de otra comedia de Lope de
Vega, que ha quedado postergada más allá de los círculos académicos. Según José
María Díez Borque, «la obra de Calderón supera con creces el modelo, hasta el
punto de convertirse en un drama totalmente nuevo y original, con la maestría
de toda la producción dramática calderoniana».
El paralelismo, no
obstante, dista de ser exclusivamente un resultado de esta circunstancia, que
en buena medida es consecuencia de la frecuente utilización de la historia
nacional para escribir comedias durante el Siglo de Oro. Tanto Lope como
Calderón recurrieron a las fuentes históricas para buscar motivos o argumentos que
pudieran ser dramatizados de acuerdo con sus objetivos teatrales. Y, como ya
hemos comentado en otras ocasiones, lo hicieron con una notable libertad a la
hora de utilizar esas fuentes. Según José María Díez Borque, «el concepto de
rigor histórico no tenía operatividad y lo que les interesaba, primariamente,
era utilizar hechos históricos -más o menos conocidos- y personajes reales
conocidos, como un elemento más de su quehacer dramático encaminado a obtener
el aplauso popular».
Al igual que ocurriera
con Fuenteovejuna, la obra de Calderón parte de unos hechos históricos:
la campaña militar de Portugal emprendida por Felipe II en 1580, cuando el
monarca pasó por Extremadura con sus huestes camino del país vecino. Los
estudios históricos distan mucho de confirmar que el rey se personara en la
localidad extremeña de Zalamea de la Serena. Tampoco Lope de Figueroa, un
destacado militar presente como personaje en otras comedias, parece haber
estado en esa localización disputando con su alcalde. Y Pedro Crespo, el
protagonista, ya era un referente conocido por el público por su presencia en
la tradición folklórica o creativa, donde suele aparecer como un villano astuto
y malicioso. Así podríamos añadir otras inexactitudes con respecto a los hechos
históricos, pero lo fundamental es que la historia para estos autores solo es
un punto de partida, nunca de llegada, tal y como hemos explicado en clase en
relación con diferentes obras.
Otro elemento histórico y
comprobable mediante documentación o testimonios es la conflictividad derivada
de la presencia de los militares en los pueblos donde debían ser acogidos
durante sus campañas. El problema llegó a ser especialmente grave a finales del
siglo XVI por diversos incidentes y provocó la aparición de órdenes reales para
regular esa presencia, de manera que se evitaran delitos como el de la
violación, cuya consumación resulta esencial para el desarrollo dramático de la
obra de Calderón.
En definitiva, El
alcalde de Zalamea no solo hace referencia a unos hechos y personajes
históricos, fácilmente reconocibles por parte del público, sino que a partir de
los mismos Calderón busca una apariencia de veracidad añadida a la
verosimilitud teatral, que nunca debemos confundir con el rigor histórico, de
acuerdo con la distinción que ya planteara Aristóteles en su Poética.
La llegada de los
militares a la localidad extremeña de Zalamea permite la inclusión de escenas
colectivas con elementos folklóricos y hasta de la picaresca porque el
«ejército» -el término resulta anacrónico para 1580- se había convertido, en
gran medida, en el refugio de gentes sin oficio, pícaros y buscavidas. La
contraposición con respecto a los valores defendidos por Pedro Crespo es total
y, al mismo tiempo, esas escenas iniciales permiten aligerar el tono dramático
de la obra de acuerdo con la variedad, sin romper la coherencia, que
caracterizó la producción de Lope y Calderón.
Esa ambientación inicial con
distintos tratamientos según las puestas en escena, también es posible por la
presencia de personajes secundarios como Chispa y Rebolledo. Ambos pronto se
convierten en imprescindibles o instrumentales para que el capitán alcance su
objetivo, que es similar al del comendador de Fuenteovejuna: la violenta posesión
de una mujer equiparada a un animal cazado.
La consiguiente ruptura
del principio del decoro por parte del altanero militar, como ocurriera en la
obra lopesca, desencadena el conflicto dramático porque afecta al honor
familiar de un labrador rico (Pedro Crespo) y está en la base del trágico
desenlace, que es similar en ambas obras porque implica la ejecución de quien
altera la armonía social y el posterior perdón real de quienes protagonizan ese
acto violento.
A diferencia de la
complejidad que caracteriza a Pedro Crespo a lo largo de la comedia, don Álvaro
de Ataide es un personaje negativo desde el principio de la misma hasta su
ejecución, como ocurriera con el comendador de Lope. Las sucesivas escenas en
las que interviene confirman la impresión inicial. Ante la perspectiva de
quedar alojado en el domicilio de Pedro Crespo, el villano más rico de Zalamea,
aparece soberbio y muestra un desprecio clasista cuando le hablan de la hija
del labrador, que nunca será una hermosa «dama», sino una vulgar «villana». Su
actitud de superioridad, añadida a los objetivos lascivos que nunca oculta, le
convierten en la antítesis de quienes le van a alojar cumpliendo, a su pesar,
la obligación establecida por el rey. Los polos enfrentados quedan establecidos
desde el principio.
Gracias a la ingeniosa estratagema
urdida con la colaboración de Rebolledo, don Álvaro de Ataide llega a los
aposentos de Isabel, demostrando Calderón una vez más la inutilidad de esconder
a una mujer para que no entre en contacto con hombres capaces de mancillar su
honor, como veremos -aunque con distintos propósitos- en La dama duende. La
sorpresa ante la belleza de la joven, correlato de la virtud en el teatro tanto
de Lope como de Calderón, provoca el inmediato deseo por parte del capitán y la
consiguiente ofensa al honor de la familia de Pedro Crespo.
Juan, hijo del
protagonista y hermano de la ofendida por la irrupción de don Álvaro de Ataide,
reacciona violentamente en defensa de ese honor familiar y se enfrenta al
capitán en un duelo a espadas. El joven es un Pedro Crespo inmaduro o
irreflexivo por su edad, como ocurriera al principio de Fuente Ovejuna con
el maestre de la Orden de Calatrava. Juan actúa en reiteradas ocasiones
con un carácter impulsivo que contrasta con el de su padre, siempre pausado,
prudente y calculador en sus respuestas porque está seguro de sí mismo. La madurez
implica carácter en estas comedias.
Ambos labradores ricos se
sienten ofendidos por lo ocurrido con Isabel, pero la llegada de don Lope de
Figueroa, un legendario militar que ejemplifica los valores de este colectivo
defendidos por Calderón, soluciona momentáneamente el conflicto al imponer su
autoridad. El lascivo capitán debe partir de Zalamea junto con sus
colaboradores, que desempeñan una función similar a la de los servidores del
comendador en Fuenteovejuna, y será el propio Lope de Figueroa, anciano
y enfermo, quien quede alojado en el domicilio del labrador rico.
A partir de este momento
comienza un apasionante y célebre duelo entre iguales, Pedro Crespo y Lope de
Figueroa, marcado por la admiración mutua y el respeto que terminan
imponiéndose a la desconfianza inicial. Sus diálogos, de una concisión lapidaria
poco frecuente por entonces, han propiciado grandes momentos en la historia de
la interpretación de los clásicos del Siglo de Oro.
Calderón es probable que
fuera consciente de esa futura circunstancia y crea dos personajes que se
terminan de definir a través de una relación con una trayectoria cambiante:
comienza con la desconfianza o el recelo entre ambos y termina en una sólida
amistad, a pesar del enfrentamiento final motivado por la ejecución del
capitán.
Este duelo interpretativo
suele ser un motivo de atracción para un público conocedor del conflicto porque
El alcalde de Zalamea es una obra de repertorio. En la puesta en escena
dirigida en 2015 con brillantez por Helena Pimienta a partir de una excelente versión
de Álvaro Tato, el duelo corre a cargo de Carmelo Calvo y Joaquín Notario, dos
actores con una fuerte personalidad y capaces de llenar el escenario. Viendo la
correspondiente grabación en el catálogo del CDT podemos disfrutar como
espectadores, sobre todo cuando asistimos a unos diálogos incorporados a los
momentos más recordados del teatro aurisecular.
La contraposición entre
don Lope de Figueroa y don Álvaro de Ataide impide considerar la obra de
Calderón como una crítica al estamento militar. El supuesto antimilitarismo
sería un absurdo en un autor como Calderón, que participó con orgullo en la
campaña de Cataluña. El general representa la autoridad y el modelo positivo del
colectivo militar. Don Lope se impone en varias escenas, aunque debe ceder ante
Pedro Crespo en el desenlace, mientras que el capitán termina ejecutado por sus
excesos. No hay, pues, en El alcalde de Zalamea una crítica a los
militares, sino solo a aquellos que rompen con el principio del decoro, al
igual que ocurría con el comendador de Lope de Vega cuando abusa de su
autoridad en vez de proteger a los habitantes de Fuente Ovejuna.
Tras la llegada de don
Lope de Figueroa el conflicto del capitán con la familia del labrador rico parece
solucionado, pero solo momentáneamente porque una vez trazado por el autor debe
ser culminado de acuerdo con las normas implícitas de un teatro siempre atento
a mantener la atención del público.
El capitán desafía de
nuevo la autoridad de quien le ha mandado salir de Zalamea y regresa a la
localidad para raptar a Isabel con la ayuda de sus fieles e impidiendo
violentamente la respuesta del padre. La escena es tan dura como conmovedora,
aparte de un punto de inflexión en el desarrollo dramático. El deshonor de la
familia de Pedro Crespo queda así culminado y, a partir de ese momento, el
padre ofendido intenta restaurarlo valiéndose de su nombramiento como alcalde
y, por lo tanto, siendo una autoridad capaz de movilizar al resto de los
villanos.
Al igual que ocurriera
con la rebelión del héroe colectivo de Fuente Ovejuna caracterizado por Javier
Huerta en una de las conferencias enlazadas, la decisión de actuar contra un
militar debe resultar inevitable como mal menor y, además, convenientemente
justificada para la posterior ratificación por parte del monarca en el
desenlace.
Pedro Crespo, herido en
lo más profundo de su honor, que mantiene con orgullo sin recurrir a la compra
de ejecutorias o a un «honor postizo» como le recomienda su hijo en la primera
jornada, se humilla ante el capitán. De rodillas y con humildad, el alcalde le
pide que se case con Isabel para remediar la ofensa de la violación.
La actitud del
protagonista podrá repugnar al público desde una perspectiva actual, pero
debemos observarla en el marco de la cosmovisión de aquel teatro y, sobre todo,
verla como un recurso que justifica el posterior comportamiento de Pedro Crespo:
el alcalde castiga a quien le ha humillado y despreciado al rechazar la oferta
de matrimonio con Isabel. La caracterización negativa del capitán queda así
cerrada y su antagonista justificado para emprender una actuación ajena a la
legalidad vigente.
El amor virtuoso regido
por un principio de armonía, el único admitido en este teatro del Siglo de Oro
según lo visto en reiteradas ocasiones a lo largo de la asignatura, ha quedado
arrinconado por el comportamiento del capitán. El honor horizontal defendido
por Pedro Crespo, como fruto de los hechos o el comportamiento del individuo y
no heredado desde su nacimiento (honor vertical), ha resultado mancillado por
el sujeto ajeno al principio del decoro y, llegada la tercera jornada, el
desarrollo dramático trata de elucidar cómo debe actuar la justicia para
castigar a quien conculca todas las normas, desafía a la autoridad tanto civil
como militar y, además, ni siquiera acepta la posibilidad de reparar el daño
causado en una mujer tan virtuosa como inocente.
El conflicto central de El
alcalde de Zalamea tiene una dimensión histórica, jurídica e ideológica
convenientemente puesta de relieve por la bibliografía crítica, pero al igual
que ocurriera en Fuente Ovejuna como espectadores lo entendemos mejor, y
hasta nos interesa más, gracias a la concreta dimensión personal protagonizada
por Isabel, una mujer indefensa que debe ser protegida y vengada como ocurriera
con la Laurencia de Lope de Vega. Ambas protagonistas también lo reclaman de
forma vehemente en un nuevo ejemplo del conmovere que justifica el
posterior movere, tanto de los protagonistas, los héroes colectivos
encabezados por los alcaldes, como del propio público.
Pedro Crespo, orgulloso
de su dignidad como ser humano y paradigma del honor horizontal otorgado como
recompensa por su fidelidad monárquica (Domingo Indurain), decide hacer
justicia sin que la misma parezca una venganza de carácter personal. Así
detiene a su propio hijo para castigarle por su impulsivo carácter cuando
pretende vengar a su hermana, y a don Álvaro de Ataide, que como militar
permanecía ajeno a la jurisdicción de un civil.
El alcalde moviliza a los
villanos gracias a su autoridad tan oportunamente otorgada y simbolizada con la
vara de mando que le acompaña desde ese momento, detiene al altanero capitán
que se cree a salvo ante un civil y, finalmente, le manda ejecutar, aun a
sabiendas de que carece de competencias para hacerlo sin conocimiento de los
militares o el rey. Su argumento o coartada supone un razonamiento de
peligrosas derivadas en el ámbito jurídico: la autoridad civil acierta en lo
más importante, la legislación vigente condenaba a muerte a los militares que
hubieran cometido una violación, sin importarle lo menos, el requisito de que
esa sentencia debía ser dictada por la jurisdicción militar, cuyo representante
en esta ocasión es don Lope de Figueroa.
La tardía llegada del
militar para hacerse cargo del capitán capturado por los villanos supone un
nuevo motivo de enfrentamiento con el alcalde de Zalamea, que ya lo ha
ejecutado -añadiendo la indignidad del garrote vil- y se muestra decidido a
defender su sentencia con la firmeza de quien cree haber actuado correctamente.
El conflicto solo puede ser solucionado por un rey que, una vez más, encarna la
justicia poética, cierra la obra con su resolución y permite entender el
sentido ideológico de la comedia.
Felipe II llega a
Zalamea, conoce con espanto lo sucedido al capitán, al principio -como
ocurriera en Fuente Ovejuna- pretende castigar al osado alcalde, pero
acepta escuchar sus razones. Pedro Crespo, representante de los campesinos
ricos que según explicara el hispanista Noël Salomon eran el mayor sustento
fiscal de la monarquía, expone sus razones, subraya la inevitabilidad de la
ejecución de don Álvaro de Ataide por la gravedad de su comportamiento y
reclama haber actuado con justicia, aunque sin las debidas competencias.
El rey, a regañadientes
ante los hechos consumados como sucediera en Fuente Ovejuna, acepta las
razones de Pedro Crespo, asume como propia la sentencia dictada por el alcalde y
resuelve el conflicto entre la jurisdicción militar y la civil. El desenlace de
la justicia poética permite además la reconciliación, manteniendo las
distancias, entre el alcalde y Lope de Figueroa. Este, siempre enfermo para
reforzar su caracterización dramática, parte en compañía del rey y llevándose
en sus filas a Juan, un hijo que desde el principio ha manifestado su deseo de
aventuras como militar y lejos de la villa donde su padre sienta todo su
orgullo y honor. Ambos contrapuestos a los ridiculizados gracias a don Mendo,
el pobre hidalgo que también pretende la mano de Isabel.
Pedro Crespo ha
justificado «el garrote más bien dado» y, dado su nombramiento como «alcalde
perpetuo», hasta podemos considerar que es el triunfador de la obra porque ha
impuesto su voluntad. Sin embargo, el protagonista de Calderón es un personaje
complejo y contradictorio que se aleja de los tipos tan habituales en el teatro
del Siglo de Oro.
El alcalde triunfa
aparentemente porque ha mandado ejecutar a quien deshonró a su familia, pero
fracasa en lo más íntimo, ya que al final de la obra se queda solo y sin
esperanza de continuidad. Isabel, públicamente deshonrada y de acuerdo con la
mentalidad imperante en aquel teatro, parte a un convento donde permanecerá
encerrada el resto de su vida. Su hermano, el futuro del protagonista, se aleja
de Zalamea sin que quepa imaginar su regreso.
El vencedor Pedro Crespo
paga un precio muy alto por su orgullosa defensa de un honor que,
fundamentalmente, solo es un motivo dramático; es decir, «un recurso que
permite al autor conducir a unos personajes a ciertas situaciones límite,
imponerles dilemas en apariencia insolubles y hacer posible un número de
confrontaciones dramáticas» (Ruano de la Haza). El alcalde, sujeto a la extrema
rigidez de ese honor de cuestionable presencia en la realidad histórica del
siglo XVII, acaba derrotado más allá de las apariencias. También dramáticamente
solo en un futuro convertido en una condena: le queda el orgullo y poco más.
Calderón da así a su
protagonista una dimensión trágica y conmovedora que lo singulariza en el marco
de aquella producción teatral, donde imperaban los tipos con sus
comportamientos esquemáticos y previsibles. Pedro Crespo actúa lejos de esos
parámetros y todavía nos conmueve cada vez que le vemos en escena.
A continuación, enlazo
varios vídeos relacionados con la puesta en escena dirigida por Helena
Pimienta, la seleccionada para las prácticas, y otro del Canal UNED dedicado a
la obra de Calderón:
Carlo Ginzburg, a partir
del procesamiento de su amigo y periodista Adriano Sofri, escribió una obra
imprescindible para quienes cultivamos la microhistoria de los casos
judiciales: Il giudice e lo storico (1991), pronto traducida y editada
en España (Barcelona, 1993) al igual que en otros países.
Al margen de la defensa
de quien fuera dirigente del grupo Lotta Continua, y finalmente condenado en
medio de un escándalo, el historiador italiano aporta una metodología capaz de
orientarnos en una tarea que en lo básico no difiere demasiado de la
realizada por los representantes del poder judicial.
Las diferencias también
son notables, sobre todo en lo relacionado con el destino de nuestros trabajos,
pero ambos colectivos examinamos pruebas, testimonios e indicios a la búsqueda
de una narrativa, que en el caso de los historiadores nunca pretende ser «la
verdad judicial». Ni siquiera la verdad como concepto definitivo y cerrado.
Así, al amparo de Carlo
Ginzburg u otros teóricos de la historiografía, hemos abordado numerosos
procesos judiciales con los más diversos objetivos, desde el esclarecimiento de
casos concretos hasta el conocimiento de un sistema judicial, que en el caso de
las dictaduras suele estar al servicio de la represión política.
Mis libros sobre los
consejos de guerra celebrados entre 1939 y 1945 pretenden dar a conocer la
suerte de los periodistas y escritores que, de una u otra manera, permanecieron
vinculados con la II República. Otros colegas con diferentes objetivos me orientan
en esta tarea y, en un clima de colaboración, los historiadores aportamos una
visión contrastada de lo que supuso aquella jurisdicción militar del régimen
franquista.
La labor cuenta con la
ayuda de colegas académicos de diferentes áreas, especialmente de Derecho, pero
rara vez ha encontrado eco en el colectivo de jueces y fiscales en activo. Hay
excepciones y una la acaba de protagonizar Carlos Castresana, un fiscal con una
larga y brillante trayectoria que ahora se ha adentrado en el campo de la
historia, incluso en el de la narrativa por una indudable voluntad de estilo,
sin abandonar el jurídico.
Bajo las togas. Errores
judiciales y otras infamias (Barcelona, Tusquets,
2025) presenta un total de veinticinco casos judiciales de diferentes épocas y
países. El denominador común de la mayoría es el error por múltiples motivos y
en distintos grados de gravedad. El autor los contextualiza histórica y
jurídicamente, los narra con brillantez, los documenta con la
oportuna bibliografía y el conjunto, a la luz de lo presentado, recuerda la
necesidad de respetar la justicia, pero justo lo necesario y sin concederle el
don de lo infalible.
Al margen de interesarme
como lector, nada puedo añadir a una obra centrada en casos que desconocía y
ahora contextualizo porque, como ocurre con los crímenes según la añorada serie
televisiva de Pedro Costa, los procesos judiciales alumbran sus respectivas
épocas más allá de las salas de juicio. Benito Pérez Galdós o Edgar Neville,
entre otros muchos creadores, ejemplificaron esta virtualidad.
Sin embargo, hay un
último capítulo, «Los olvidados» (pp. 366-389), que da cuenta de un consejo de
guerra celebrado tras la entrada de las tropas del general Franco en Bilbao y un
proceso propio del tardofranquismo en el TOP. Ambos forman parte de «las otras
infamias» y fueron protagonizados por personas tan anónimas como olvidadas.
Carlos Castresana los
relata con un tácito espanto para explicar que el franquismo empezó y terminó
haciendo uso de la represión, solo posible gracias a la colaboración del
aparato judicial, tanto en la jurisdicción civil como militar.
El capítulo se suma a las
numerosas aportaciones de los historiadores que han abordado la represión
franquista. Nada hay especialmente novedoso, salvo la autoría, que corresponde
a un fiscal en activo capaz de mostrar su sensibilidad ante una realidad
histórica obviada por buena parte del poder judicial.
Carlos Castresana hace
gala de un elogiable sentido autocrítico como jurista, reconoce errores no solo
vinculados con el pasado y, sobre todo, aboga por una justicia dispuesta a
aceptarlos para equipararse con otros países de nuestro entorno.
Frente al hermetismo y la
soberbia de quienes no admiten la crítica, aunque esté fundamentada, su libro
es un estimulante ejemplo de hasta qué punto la brillantez expositiva e
investigadora resulta compatible con el reconocimiento de los errores de su propio
colectivo profesional.
Algunos pensarán que ese
reconocimiento es una muestra de debilidad. Otros creemos lo contrario. Un
poder como el judicial se fortalece así. Errar es humano y, por supuesto, los
jueces son humanos. A veces demasiado y no siempre en el mejor sentido.
Bajo las togas me
ha interesado como lector dispuesto a conocer procesos judiciales de la más
diversa índole, relatados por quien muestra dotes de narrador, y me devuelve la
confianza en la justicia. Al menos, cuando su administración cae en manos
competentes y dispuestas a escuchar, aunque sean críticas duras.
La consecuencia de esta
lectura se concreta en una posible colaboración con quien me ha enseñado
gracias a su ciencia jurídica y a quien puedo facilitar la información
recopilada en mis libros dedicados a los consejos de guerra «y otras infamias». Al fin y al cabo,
ambos contamos casos judiciales con la voluntad de que el reconocimiento del
error o de algo peor posibilite una justicia más competente y, por supuesto,
respetuosa con la memoria democrática.
A la espera de la presentación en Alicante del día 10 de abril, os paso la grabación de la realizada en el Instituto Cervantes:
Pd.: Imagen del acto de presentación del libro con la presencia del también fiscal Óscar Presa y de Llum Quiñonero:
Grabación de la entrevista concedida por el fiscal Carlos Castresana al programa Hoy por hoy, de Radio Alicante (Cadena SER), con motivo de la presentación del libro:
El 11 de septiembre de
2010 quedó inaugurado este blog, aunque sin solemnidad. Ese día le conté
a mi hijo, por entonces un adolescente, que no podía incluir imágenes de las
artistas de variedades en mi libro El tiempo de la desmesura por razones
técnicas y económicas. Esa misma tarde se encerró en su habitación y al cabo de
unas horas disponía de un blog para, al menos, divulgar esas imágenes por
internet.
El gesto fue propio de quien apuntaba maneras y ahora es profesor en la Escuela Politécnica
de la Universidad de Alicante tras haberse doctorado en Ingeniería Multimedia.
Durante años, y mientras vivió en casa, le daba la paliza para que me colgara
de vez en cuando alguna entrada, cuyo texto se lo dictaba y así salía a
veces. El blog se convirtió en un diario donde dejar constancia de lo que iba
publicando o investigando, así como de los actos donde participaba.
Hace unos tres años, mi
hijo realizó una estancia de investigación en Canadá y, ante semejante orfandad
en materias informáticas, aprendí a utilizar el blog. A lo
largo de 2023 incorporé 239 entradas y revisé las anteriores para evitar el
sonrojo. Varietés y República cobró por entonces nueva vida, se ha convertido en un
instrumento de mi trabajo tanto docente como investigador y, sobre todo, me
permite mantener el contacto con quienes están interesados en los temas que me
ocupan.
Así hemos llegado a las
1000 entradas, pues la presente es la 999, con 276.182 visualizaciones, de las
cuales más de la mitad se han dado en los últimos tres años. De hecho, cuando
una entrada no llega a las cincuenta visualizaciones la considero un «suspenso»,
pero solo he obtenido esta nota en 88 ocasiones y, para compensar, otras han superado las mil visualizaciones.
El blog tiene una
apariencia vetusta, pero me gusta así. Tal vez porque yo mismo sea vetusto y
mis temas tampoco requieran un diseño actual. Así seguirá hasta
mi jubilación, «Dios mediante», en junio de 2028, cuando culmine con el
cuarto tomo la dedicación a los consejos de guerra de periodistas y escritores.
Por cierto, las primeras pruebas de imprenta del tercero ya están corregidas.
A partir de esa fecha, no
me veo analizando sumarios «hasta el infinito y más allá». Tampoco recurriendo
a la IA para simular una actividad apabullante en cualquier tema. El futuro, si
lo hay, lo imagino en campos completamente distintos donde el humor tenga
protagonismo.
Algunos jubilados, que ya
no vigilan obras o cuidan de los nietos por estar pendientes de la batalla en
las redes sociales, hacen gala de un carácter avinagrado donde el Apocalipsis
forma parte de la cotidianidad. El vinagre tal vez les conserve despiertos,
pero prefiero moverme por caminos bienhumorados donde el recuerdo de los
tiempos del blanco y negro, los de la infancia o la juventud, estén presentes.
Ese objetivo presidirá a
partir de ahora un nuevo blog, Memoria y ficción, que a partir de este fin de semana se podrá consultar desde
mi web personal (rioscarratala.com). Por lo pronto, reescribiré aquellas entradas
donde esa temática ya dio algún fruto. Una vez reeditadas con las oportunas
correcciones y coincidiendo con el nuevo curso, el blog marcará el paso hacia
una jubilación donde, si la salud me acompaña, sonreiré porque no hay nada más absurdo que envejecer avinagrado. No digamos ya si, además, nos ponemos una
gorrita, nos coloreamos la cara y damos unos pases de baile.
Frente a semejante
espectáculo de senilidad malhumorada, más vale recordar sin melancolía, sonreír
en buena compañía y aprender, porque nunca es tarde, de los jóvenes con quienes
ahora incluso comparto proyectos de investigación para que la IA se ponga al
servicio de la única inteligencia que merece la pena, la natural.
Los hallazgos literarios
todavía son posibles si nos ocupamos de una época como la II República, cuando
tantos textos quedaron sepultados en folletos de escasa circulación o en publicaciones
periódicas con colecciones a menudo perdidas o diezmadas. Si a estas
circunstancias añadimos la muerte, el exilio o el procesamiento de numerosos
autores, incluso la utilización de esas mismas publicaciones como pruebas de
cargo en los consejos de guerra, la posibilidad de encontrar textos
significativos y hasta ahora desconocidos aumenta.
La búsqueda de esas joyas
bibliográficas requiere una dedicación constante a lo largo de muchos años. La ejemplifica
con singular tesón Abelardo Linares, como bibliófilo atento a las publicaciones
periódicas de este período y editor de Renacimiento, cuyo catálogo tanto ha
contribuido al conocimiento de una Edad de Plata que, por responder a esa
denominación, no debiera circunscribirse a una limitada nómina de grandes
autores y obras maestras.
La labor de recuperación
de ese catálogo ha añadido numerosas teselas a un mosaico complejo que, a
menudo, cuestiona las líneas trazadas por los manuales literarios. El desafío se encuentra ahora fundamentalmente en la recuperación de lo publicado en las
revistas y periódicos, que a estas alturas debiera estar digitalizado en
mejores condiciones para facilitar la labor de los investigadores.
De hecho, desde que
empecé a interesarme por esta época comprendí que había dos repúblicas: la de
los libros escritos a partir de otros libros y la de aquellos que también
partían de esas fuentes a menudo relegadas al olvido. La primera suele ser
previsible, mientras la segunda -más caótica por heterogénea- depara sorpresas
a quienes confían en lo establecido por las «brillantes síntesis» de los manuales.
Abelardo Linares
El tesón depara
satisfacciones cuando el hallazgo se convierte en un acontecimiento literario. La
más reciente llamada telefónica de Abelardo Linares, siempre ilusionado con sus
trabajos, incluyó una sorpresa mayúscula: la inminente publicación de una
colección de relatos atribuidos a Manuel Chaves Nogales que podían ser la
continuación de su más reconocida obra: A sangre y fuego.
La labor periodística del
escritor andaluz es un pozo sin fondo que ha requerido el trabajo de varios
colegas. Gracias a sus aportaciones, poco a poco vamos completando los cientos
de artículos que una vez exiliado Manuel Chaves Nogales repartió por
publicaciones de diferentes países hasta su temprana muerte. Sin embargo,
todavía no podemos hablar de unas obras completas y así lo confirma Guerra
total. Episodios de la guerra civil española.
Bajo este título, Renacimiento
está a punto de publicar una serie de relatos que no aparecieron con el nombre
de Manuel Chaves Nogales, sino con distintos seudónimos. Al margen de las
argumentadas razones expuestas por el editor e Ignacio Martínez de Pisón, autor
del prólogo, la lectura de los mismos tiene un aire de familia que nos recuerda
la experiencia de leer A sangre y fuego.
La relevancia del
hallazgo justifica que ahora aparezca con el título de Guerra total, pero
en una futura edición crítica que debiera elucidar algunas cuestiones esos
relatos deben integrarse, como una segunda parte, en A sangre y fuego. A
falta de una prueba definitiva, no albergo la menor duda de que fueron escritos
por Manuel Chaves Nogales, un autor por entonces con poderosas razones para
recurrir a seudónimos, incluso prestados.
Tiempo habrá para
analizar hasta qué punto estos relatos matizan nuestro conocimiento del genial
escritor. También la consulta de documentos hasta ahora olvidados, como los
recopilados por Juan Carlos Mateos, nos ayudará en este sentido. Mientras
tanto, gocemos con la lectura de unos relatos que están a la altura de lo mejor
escrito acerca de la Guerra Civil y van a constituir un acontecimiento
literario durante esta primavera.
Gracias a Abelardo
Linares, he tenido la oportunidad de leerlos antes de su publicación. Incluso
de participar en las pruebas de imprenta. La
impresión que perdura es la del lector y, como tal, me engancharon hasta el punto
de que los leí sin descanso. Habrá que examinarlos de nuevo, anotar,
reflexionar…, pero lo fundamental es que Manuel Chaves Nogales me ha permitido
adentrarme en aquellos aciagos días con una nueva perspectiva.
Lo agradezco como lector
y solo cabe que los amantes de la obra del autor andaluz, que ya somos legión
gracias a la labor de rescate emprendida por varios colegas, nos felicitemos
por este hallazgo posible gracias al tesón de Abelardo Linares. Tenerlo como
editor y amigo es una verdadera suerte y ahora, además, con un nuevo motivo de
agradecimiento que pronto será colectivo por la inminente publicación de Guerra
total.
Algunas circunstancias
familiares tienen consecuencias imprevisibles. Yo soy catedrático de Literatura
Española gracias a mi padre, que con bastante sacrificio por su parte nos
compró libros y, sobre todo, nos transmitió el gusto por la lectura. Durante la
etapa escolar, casi completé la colección de Bruguera donde las más variadas
aventuras venían acompañadas, cada cuatro páginas, por una a modo de tebeo. Así
cabalgué por el Oeste, descubrí una isla del tesoro o acompañé a Julio Verne hasta
los más recónditos lugares. En definitiva, empecé a tener el hábito de la
lectura, que también es el de la imaginación.
El bachillerato, tras el temido
examen de ingreso, llegaba con tan solo diez años y entonces mi padre pensó que
las lecturas veraniegas debían ser más enjundiosas. Así decidió que, con
disciplina militar, leería un episodio nacional de Galdós en julio y
otro en agosto de cada verano empezando por Trafalgar.
Gracias a una compra
hecha a plazos, disponíamos de las obras completas del novelista editadas por
Aguilar en unos tomos que conservo en un lugar privilegiado de mi biblioteca.
Las páginas a dos columnas de letra apretada, el tacto del papel biblia, el ritual
de pasar la página con las manos limpias para no estropear la joya
bibliográfica de la casa y, finalmente, la colocación de la cinta roja a modo
de separador, antes de dejar el volumen en un rincón ajeno al polvo o el sol, me
acompañaron durante aquellas interminables tardes de verano.
Al cabo de los siete años
de bachiller leí la mayoría de los episodios nacionales de don Benito, a quien
mi padre respetaba como un oráculo. La tarea nunca supuso un esfuerzo y, si en
alguna ocasión me aburrí, también aprendí la conveniencia de estar aburrido sin
necesidad de molestar a los demás. Al fin y al cabo, el aburrimiento es un
aprendizaje, aunque ahora parece estar desacreditado.
Gracias a esa experiencia
lectora, cuando en la universidad estudié a Galdós bajo el magisterio de
Julio Rodríguez Puértolas todo me resultaba familiar y tuteaba tanto a
Fortunata como Jacinta sin olvidar a «la de Bringas», que pronto vi interpretada
por Concha Velasco. Y, por supuesto, en 1980 disfruté con la serie dirigida por
Mario Camus que cada semana convocaba a millones de espectadores en horario de
máxima audiencia. Por entonces, conviene recordarlo, Tele 5 y compañía ni
siquiera estaban en el futuro distópico.
Las lecturas de las obras
galdosianas fueron ampliándose hasta los años noventa porque impartía una asignatura dedicada a la literatura del siglo XIX. Desde entonces, lo tengo abandonado
porque casi siempre acabo leyendo para escribir por obligación profesional. Sin
embargo, y paradójicamente, durante estos últimos años soy más consciente de la
huella de esas lecturas y encuentro su estela en autores actuales, que nunca
dudan a la hora de reconocer el magisterio del novelista canario.
Uno de esos autores, y
protagonista destacado en «la estantería de los amigos», es Ignacio Martínez de
Pisón. Como novelista fundamentalmente realista, gracias a una prometedora
iniciativa editorial de Sergio del Molino acaba de publicar un librito, Dos
tardes con Galdós (Alianza, 2026). Sus páginas, no llegan a cien, prueban el conocimiento del mundo galdosiano y constituyen un homenaje, rendido con
la sencillez que habría agradecido quien tantas muestras de mesura y
comprensión dio en sus obras.
Gracias a Ignacio, y a
una claridad expositiva a la que intento acercarme, he recordado las lecturas
de Galdós y, sobre todo, he comprendido mejor el porqué de su permanencia en mi
formación como lector. Hace años que explico el Siglo de Oro y al comenzar las
clases confieso ante el alumnado mis preferencias. Me gusta más Lope que
Calderón, pero sobre todo disfruto con Cervantes y me molesta a veces la obra
de Quevedo, a quien incluso caricaturizo por su incapacidad de empatizar con
personajes como el pobre Pablos de El Buscón. Góngora, por fortuna, no
forma parte del temario.
La contraposición entre
Cervantes y Quevedo me permite explayarme con el primero de acuerdo con lo
explicado por Antonio Muñoz Molina en El verano de Cervantes (2025) y, a
continuación, siempre añado la continuidad de Galdós en un punto esencial: la
voluntad de comprender, a sus personajes y a su propio mundo: «comprender en el
doble sentido del término: en el sentido de entender y en el sentido de tolerar
o transigir» (p. 59). Ignacio, que la comparte como novelista, la explica en
términos que debieran ser tomados como referencia por quienes nos abruman con
una «ciencia filológica» a menudo convertida en pedantería.
Dos tardes con Galdós es
un libro para leer con lápiz en la mano. No por el posible dato erudito o
novedoso, que no los hay en sus páginas, sino por la reflexión compartida capaz
de hacernos ver las huellas galdosianas todavía presentes en quienes nos
formamos con lecturas como las impuestas para cada verano de los setenta.
Tal vez mi padre nunca lo
supiera, pero gracias a esas tardes aprendí a respetar y comprender sin
mistificar una realidad que, por serlo, no permite demasiadas elucubraciones.
Así me lo explicó Rafael Azcona, otro entusiasta lector de Galdós, que nunca
caminó mirando al cielo porque sabía del peligro de tropezar con una piedra,
aquella de cuya existencia nos avisa don Benito sin necesidad de gritar y con
el lujo de detalles de un buen realista.
Mis cursos de historia
del teatro español siempre incluyen la asistencia a las representaciones que
guarden un mínimo de relación con el temario. A veces resulta difícil por lo
limitado de la oferta en la cartelera local, pero gracias a la colaboración del
Secretariado de Cultura de la UA podemos participar en la siempre grata
experiencia de las representaciones dirigidas a los centros docentes.
El pasado lunes tuvimos
la oportunidad de ver la puesta en escena de El eunuco a cargo de La
Nave de Argo, un grupo local impulsado por mi compañero Fernando Nicolás que
tuvo la amabilidad de mantener una reunión con nosotros tras su trabajo para
explicarnos el proceso de creación de la obra vista en el Paraninfo.
La Nave de Argo está
dando pasos decisivos para una mayor proyección, incluso en el ámbito
internacional, estoy seguro de que su entusiasmo tendrá la adecuada respuesta
por parte del público y solo me resta felicitarles por su trabajo y reproducir
dos de los comentarios escritos por los alumnos que asistieron a la
representación, así como enlazar una reciente entrevista concedida a mi amigo
Carlos Arcaya.
Hoy he ido al Paraninfo
de la UA a ver El eunuco sin demasiadas expectativas. Iba porque el
profesor de teatro nos insistió en que fuéramos. Sinceramente, no esperaba que
una comedia romana del siglo II a. C. me fuera a remover tanto. Y lo hizo. Por
partes.
Primero, el
entretenimiento. Pensaba que no me iba a reír, pero ahí estaba yo, riéndome
como si estuviera viendo una serie con mis amigos. La obra tiene un ritmo que
engancha: los malentendidos se suceden, los personajes entran y salen con una
energía contagiosa y el público se ha dejado llevar. Ha habido un momento, con
Pelotus, que no he podido más. Me he reído tanto que la chica de al lado me ha
mirado y ha empezado a carcajearse.
En medio de ese
entretenimiento, me ha llegado la nostalgia. Yo antes hacía teatro y ver cómo
los intérpretes esperaban, cómo respiraban antes de entrar, cómo se miraban en
algunas escenas…, todo eso me ha devuelto a los ensayos, a las risas nerviosas
antes de salir a escena, a esa sensación de que el escenario era el único sitio
donde todo tenía sentido. De repente, sentada en la butaca, me ha dado una
especie de pena bonita, de esas que casi agradeces. Y he pensado: «yo también
estuve ahí».
Y por último ha llegado
lo más esperado: el final feliz. Porque una comedia latina, bien hecha, te deja
esa sensación de que, después de tanto enredo, el mundo puede volver a su
sitio. Los abrazos, las reconciliaciones, las parejas que por fin se
encuentran…, todo eso me ha llegado de una manera especial. Quizá porque, en el
fondo, todos necesitamos creer que los enredos tienen solución y que el amor,
por mucho que nos compliquemos, acaba imponiéndose.
He salido del Paraninfo
con la cabeza en otra parte, pero antes de marchar nos hemos quedado un rato
hablando con los intérpretes y nos hicimos una foto. Mientras posábamos, pensé
que es otra de las experiencias del teatro que echo de menos: el rato de después,
cuando todo ha terminado y te abrazas con los compañeros sabiendo que lo
compartido ya es para siempre. Entonces me quedé pensando otra vez que, a lo
mejor, echo de menos hacer teatro.
El eunuco es
una obra divertida, pero para mí ha sido más que eso. Ha sido un reencuentro
con algo que creía aparcado. Y, por eso, he aplaudido con ilusión.
Eva Berbegal
A menudo asociamos el
estudio de una asignatura con la memorización de datos que posteriormente
escupimos de forma casi bulímica en un trozo de papel al que llamamos examen.
Durante décadas, la sociedad ha aceptado como moneda de uso corriente la idea
de que vamos al colegio, instituto o universidad para aprender, aunque, tal
vez, sería más preciso utilizar el término memorizar. Pero, ¿cuánto tiempo
transcurre hasta que se nos olvida el contenido que hemos estudiado? ¿Dos
semanas? ¿Tres, a lo sumo?
De ahí la importancia de
combinar el aprendizaje memorístico con otras actividades que brinden al
alumnado una perspectiva holística. Un ejemplo es asistir a representaciones
teatrales, cuyo visionado permite analizar posibles paralelismos entre lo expuesto
en las clases y su aplicación práctica. Asimismo, huelga decir que el poder
poner cara y asociar la voz a distintos personajes favorece que estos dejen una
impronta en el alumnado.
A lo largo de los setenta
minutos de la representación, hemos asimilado de una manera orgánica y genuina
varios conceptos clave: los personajes suelen funcionar mejor por pares en las
obras de teatro, la relación entre el final de El eunuco y los dramas
vistos en la asignatura de Teatro español del Siglo de Oro y la importancia de
saber dosificar los momentos de mayor tensión dramática.
Sin embargo, creo, y en
esto no soy original, que el éxito de esta actividad reside en haber derribado
falsos prejuicios acerca del teatro, demostrando al público recién desembarcado
en la playa del teatro que, incluso cuando se trata de una representación de un
texto clásico, es posible adaptarlo a las sensibilidades del siglo XXI.
Por último, tras el
coloquio con los intérpretes, hemos podido apreciar el sentimiento de hermandad
que mostraban, lo que, al mismo tiempo, ha servido en mi caso para inocular el
germen de la curiosidad por hacer teatro. No sé. Tal vez el próximo curso sea
yo quien declame desde las tablas de un escenario.