Las corridas de toros
nunca me han interesado, incluso sería incapaz de asistir a una en directo,
pero desde pequeño me gustan algunos pasodobles de los que tarareaba mi abuela.
Apenas recuerdo los títulos y menos los compositores. Sin embargo, gracias a
You Tube los recupero de vez en cuando, al igual que varios temas zarzueleros,
para compartirlos con mi esposa como parte de un homenaje en la intimidad a la
memoria de nuestros mayores.
En esa selección suelo
incluir un pasodoble que conocí ya adolescente y con algo
de sorpresa: En er mundo, de los maestros Juan Quintero Muñoz y Jesús
Fernández Lorenzo. Hay partes de la melodía que son las habituales en un
pasodoble listo para ser interpretado en una plaza de toros, justo en el
momento en que la corrida lo necesita para galvanizar los ánimos. Sin embargo,
desde joven me pregunto por el origen de un reiterado solo de saxo,
verdaderamente maravilloso, que asocio a una inolvidable escena de La lengua
de las mariposas (1999), de los añorados José Luis Cuerda y Rafael Azcona.
Poco después del estreno de
esa película tuve la oportunidad de hablar con el único guionista que cuenta
con un pasodoble propio gracias a su amigo Carmelo A. Bernaola. Rafael Azcona me
pasó la grabación para una web que le dedicamos en la Biblioteca Virtual Miguel
de Cervantes, me gustó escucharla también en Pasodoble (1988), de José
Luis García Sánchez y, en una inolvidable tarde que pasamos juntos en Murcia,
le confesé mi preferencia en materia de pasodobles: En er mundo. Rafael
compartía esa valoración y por eso incluyó el solo de saxo en una de las muchas
escenas emotivas de la película basada en la obra de Manuel Rivas.
Años después, cuando
estudiaba la filmografía del falangista Carlos Arévalo, un maldito entre los
vencedores, supe de su colaboración con el maestro Juan Quintero Muñoz. Al
recopilar algunos datos biográficos del músico gaditano encontré que el
pasodoble fue compuesto para un saxofonista cubano que por entonces, en 1932,
triunfaba en España: Aquilino Calzado González, conocido como El Negro
Aquilino.
El músico cubano llegó en
1929, cuando apenas tenía veintiún años y junto con otros músicos de su país
dispuestos a buscarse la vida en Europa. Su integración fue sorprendente. Al
poco tiempo, asombró a todos con sus interpretaciones al saxo de los palos del
flamenco. Las grabaciones conservadas así lo atestiguan, al igual que nos
permiten comprender que la publicidad hablara del «saxo humano» porque
verdaderamente cantaba.
Gracias a esa maestría,
su versión del solo en el pasodoble En er mundo me parece tan genial
como enigmática había sido las de otros saxofonistas a quienes escuché
interpretando esa melodía. Había algo raro que me recordaba la presencia del
jazz más tradicional. Al cabo de los años, comprendí el origen de mi extrañeza
porque los maestros Quintero y Fernández pusieron su pasodoble al servicio de
un músico enraizado en España, pero formado en la música negra de Cuba con
influencias norteamericanas.
El Negro Aquilino alcanzó
la popularidad durante la II República llenando plazas de toros en unos
espectáculos entre musicales y taurinos donde competía con el también
saxofonista Fernando Vilches, que padeció el exilio antes de volver a España. A
menudo, el fornido negro de aspecto afable salía a hombros de esas plazas, como
sucediera en la de Alicante el 17 de abril de 1932, y decidió quedarse entre
nosotros después de casarse con una valenciana.
Ignoro sus avatares
durante la guerra, que no serían pocos por permanecer en la zona republicana. La investigación queda pendiente, pero en
1940 el Negro Aquilino ya estaba de vuelta en América y nunca más volvió a una
España donde la presencia de un cubano tocando por fandangos o bulerías era un
imposible.
Ahora, cada vez que
recupero una de las múltiples grabaciones del pasodoble, recuerdo la incompleta
y fragmentaria historia de Aquilino. Y la de tantos como él, destinados al
olvido tras la trágica interrupción que supuso la guerra. A ellos he dedicado años
de trabajo con la intención de que tengan un relato. La banda sonora a menudo es
En er mundo, con la compañía de la envolvente melodía de Suspiros de
España, recordada gracias a una inolvidable escena de Soldados de
Salamina (2003), de David Trueba.
Sin el apoyo de la
música, en mi caso, nunca habría una voluntad de escribir para recuperar la
memoria compartida de tantos olvidados por la historia.




