Uno de los problemas de
cumplir años, demasiados, es acabar convertido en materia histórica. El pasado
mes de septiembre, cuando asistí en Alcalá de Henares a un congreso sobre la
cultura durante el franquismo, tuve la ocasión de escuchar la comunicación de
un investigador que hablaba del teatro de marionetas. En un determinado
momento, Rafa Segura comentó las andanzas de Gorgorito, el popular personaje de
Maese Villarejo, y la escasez de testimonios de quienes lo vieron repartir
mandobles con su tremenda estaca.
Yo era uno de esos niños
de los años sesenta que cada verano, poco después de las fiestas locales,
asistía a las representaciones de un ambulante teatro de marionetas en compañía
de otros muchos chavales. Provistos de merienda y junto con nuestras madres o
abuelas, los padres solían estar ausentes, nos sentábamos en unas sillas de
madera que apenas parecían incómodas porque pasábamos la mayor parte del tiempo
de pie. Tal era la tensión con la que vivíamos las aventuras de Gorgorito,
siempre acechado por la bruja y el ogro hasta que ambos recibían los
correspondientes estacazos.
Desde hace más de
cuarenta años explico en clase el doble sistema de comunicación que caracteriza
al teatro frente a la literatura. Gracias al mismo, el público interactúa con
la representación, aunque solo sea mediante un silencio respetuoso. No era así
en aquellas veladas infantiles, pues todos gritábamos como si no hubiera un
mañana cuando por una esquina acechaba el ogro -¡¡¡por ahí, por ahí!!!,
señalábamos con el acusador dedo índice- o la bruja Ciriaca intentaba engañar a
Gorgorito empleando las artimañas de quien era «la mala» capaz de raptar a
Rosalinda, la «buena» a la que todos debíamos rescatar. El consenso al respeto
pasaba por la unanimidad de un enfervorizado público que, llegado el momento de
los estacazos, habría repartido también lo suyo gracias a una empatía ganada
con los más elementales recursos. Funcionaban, ya lo creo…
El castigo corporal
todavía era una práctica habitual en muchas familias de la época. Incluso
estaba más o menos admitido en las aulas, aunque hubiera quedado reducido al
palmetazo en la punta de los dedos, que dolía y sobre todo humillaba. Los «revoltosos»
capaces de emular a Zipi y Zape lo tenían crudo por entonces, pero los «tranquilitos»
tampoco estábamos libres de recibir porque se repartía bastante y no siempre
con criterio. Así que, cuando veíamos a Gorgorito, nuestro héroe, dando
estacazos a troche y moche supongo que liberábamos mucha tensión acumulada. La
función catártica del teatro, en su versión más elemental y efectiva, quedaba
demostrada con cada representación de la compañía ambulante de Maese Villarejo.
Gracias a Rafa Segura,
actor, dramaturgo e investigador, ahora conozco mejor el origen de aquel
Gorgorito y de su creador en plena Victoria, que fue Juan Antonio Díaz Gómez de
la Serna (1922-1986). Por entonces, y de acuerdo con los tiempos, el protagonista
de las marionetas respondía al nombre de Juanín el Flecha en obras acordes con Periquito
contra los monstruos de la democracia, que se divulgó gracias a la
muchachada falangista del SEU.
El tal Periquito se
jubiló y a Gorgorito le conocería un tanto desbravado en los años sesenta
porque había llegado la etapa de los XXV Años de Paz. Los estacazos permanecían,
pero debían concentrarse en un mal más universal o ficticio. Afortunadamente,
pues Gorgorito seguía fiel al principio de que no hay problema irresoluble si
se dispone de una estaca descomunal con la que repartir «su merecido».
El determinismo de la
herencia familiar, la educación recibida y hasta de la época vivida durante la
infancia es, a veces, una coartada destinada a justificar carencias
individuales o la falta de voluntad para superarlas. Nunca he renegado de mi
etapa escolar en un colegio con maestros que llevaban la camisa azul de los
falangistas. Tampoco de los muchos Gorgoritos que fueron nuestros referentes de
una ficción donde siempre había una Rosalinda a la espera del rescate. Ahí
están, en una memoria que respeto y hasta recreo para convertirla en materia de
reflexión. También de superación, pues hace tiempo que comprendí la inutilidad
del estacazo para espantar los temores capaces de acechar por una esquina del
escenario de la vida. Eso sí, a veces resulta imposible no desear repartirlos,
aunque sea en modo dialéctico, que resulta más respetuoso con la integridad
ajena.
Rafa Segura me acaba de
mandar su reciente edición de El Búho (Valencia, Sala Carme Teatre,
2025), la obra teatral donde da cuenta de parte de su investigación
sobre la homónima compañía valenciana de la FUE que durante la II República
intentó alegrar a la chavalería, y a otros públicos, con unas marionetas más
cercanas al espíritu de las empleadas por Federico García Lorca. Aquella
aventura teatral terminó con la guerra, el exilio y la represión franquista,
justo cuando Juan Antonio Díaz Gómez de la Serna creó su popular personaje, que
fue un vencedor durante décadas en que alegró con sus aventuras las tardes de
tantos niños.
Ahora tengo noticia de
que Gorgorito sigue de gira, aunque lo supongo tranquilizado y acorde con los
tiempos. Incluso es posible que Rosalinda sea más protagonista de su propio
destino. Me alegro por la chavalería que necesita de sus aventuras y de la
experiencia de ser parte de un público capaz de vibrar con una representación. También
porque, gracias a Rafa Segura y su tesis doctoral en marcha, sabemos de ese
origen que tanto explica, de unas marionetas que también hicieron la guerra y
padecieron la doble suerte del vencedor y el perdedor.
Vistas las consecuencias
de semejante barbaridad, y reacios a pasar la página de la historia sin haberla
leído, prefiero imaginar que me habría alegrado asistir a un desenlace con el
ogro y la bruja resucitados tras la tunda de estacazos. Y saludando al
respetable, porque eran «los malos», pero de mentirijillas como en tantas
ficciones manejadas por los hilos de los titiriteros. Los necesitamos, como
aquellas meriendas sostenidas con una mano mientras que con la otra avisábamos
a Gorgorito: ¡¡¡Por ahí, por ahí!!! La valentía de nuestro héroe y la belleza
de Rosalinda bien merecían la entusiasta ayuda. La vida ya nos enseñaría a
repartir los roles sin semejante sexismo y a respetar a los malos porque, en el
fondo, eran de mentirijillas. Los otros nunca participan en una representación
de marionetas.



