Varietés y república
viernes, 27 de febrero de 2026
La IA al servicio de la investigación y la docencia
domingo, 22 de febrero de 2026
Dos excelentes libros sobre la Guerra Civil
El periodista y escritor
Florentino Hernández Girbal no fue condenado a muerte. La conclusión es obvia
tras haber consultado el sumario 3613 del AGHD, pero contrasta con lo afirmado
por Andrés Sorel (1937-2019) en su biografía Florentino Hernández Girbal. Un
cineasta y escritor machadiano (Madrid, Vitrubio, 2013, p. 64), donde habla
de una condena a muerte posteriormente conmutada por otra de treinta años.
A diferencia de algunos
procesados que dejaron inexactitudes en sus recuerdos o memorias, Florentino
Hernández Girbal nunca fantaseó acerca de una condena a muerte para enfatizar
su dramática experiencia. Por lo tanto, no cabe pensar en una fuente
testimonial sin contrastar, sino en una falsedad escrita en una biografía que
no siempre se basa en la consulta de los documentos oportunos. De hecho, el
sumario 3613 solo es citado a través de referencias indirectas. Una lástima,
pues en 2013 ya era posible su consulta.
La crítica a un autor
fallecido, además de inútil a efectos de rectificación, suele ser un ejercicio
de mala educación. Sin embargo, el dato arriba indicado ejemplifica el abismo
que separa los trabajos de quienes, como Andrés Sorel, mezclaron escritura con
militancia de los escritos por otros autores del ámbito académico y de unas
generaciones distintas, que por fortuna ya no comparten esos sesgos cuando
preparan sus trabajos acerca de la Guerra Civil. La distancia temporal y la
profesionalidad facilitan el rigor.
Estas semanas he tenido
la oportunidad de leer dos magníficos libros escritos por David Alegre Lorenz (Verdugos
del 36, Barcelona, Crítica, 2025) y Gutmaro Gómez Bravo (Cómo terminó la
guerra civil española, Barcelona, Crítica, 2026). Ambos ejemplifican la
calidad de la historiografía en nuestras universidades públicas y me han
ayudado a matizar con nuevos argumentos algunas de las conclusiones presentes
en mis trabajos.
David Alegre Lorenz parte
de un análisis exhaustivo de lo sucedido en Zaragoza para probar, con un
despliegue de documentación, la extensión social del protagonismo en el golpe
de Estado, la guerra y la represión. A diferencia del relato imperante hasta hace
poco, ese protagonismo no se circunscribe a unos escasos nombres y necesita de
la colaboración de unos colectivos progresivamente radicalizados. La idea responde a una obviedad, pero solo
con aportaciones tan brillantes la podemos ejemplificar a la espera de ver sus
correlatos en otros ámbitos de la época.
Gutmaro Gómez Bravo nos recuerda la necesidad de considerar la historia como una obra en construcción.
Gracias a una documentación inédita, matiza en aspectos fundamentales el relato
acerca de cómo se produjo el final de la guerra. Sus conclusiones no suponen un
vuelco total en este sentido, pero permiten analizar los movimientos de los servicios de inteligencia llevados a cabo
para ganar la guerra y asegurar la Victoria, que tanta represión acarreó.
El libro de David Alegre
Lorenz me recuerda que una historia sin nombres, incluidos los de quienes
protagonizaron la represión, es un imposible porque nombrar es identificar para
conocer. El objetivo forma parte del trabajo histórico y, más allá de la
prudencia cuando afecta a cuestiones estrictamente personales, esos nombres
resultan necesarios, aunque incomode saber de algunos apellidos entre los de
quienes fueron verdugos en las diferentes acepciones admitidas por la RAE.
La monografía de Gutmaro
Gómez Bravo, magníficamente escrita, permite entender hasta qué punto la
represión de la Victoria fue una actuación premeditada y preparada durante la
última fase de la guerra. En este sentido, produce estupor comprobar que los
negociadores del bando franquista, junto con sus servicios de información y
propaganda, engañaron a quienes creyeron en el perdón de quienes no tuvieran
«las manos manchadas de sangre».
La famosa frase caló
entre los derrotados, pero nunca tuvo un correlato en documentos con valor legislativo. En
colaboración con la jerarquía eclesiástica, los vencedores la utilizaron a modo de propaganda
pronto desmentida por la realidad de la represión y de quienes, con distinto
grado de ingenuidad, confiaron en la palabra de los artífices de la Victoria.
Un engaño a menudo
precisa de alguien con ganas de ser engañado para disponer de una coartada que
justifique su comportamiento en aras de alcanzar un objetivo. Tengo la
impresión de que Julián Besteiro fue engañado, pero el coronel Casado se dejó
engañar. La contrapuesta suerte corrida por ambos resulta coherente con esta
impresión ratificada tras la lectura del libro de Gutmaro Gómez Bravo.
En definitiva, frente a
trabajos de encargo donde el autor, sin pruebas, habla de una condena a muerte,
encontramos el rigor de los profesionales de la Historia. Gracias a las redes
sociales y la generalizada imposibilidad de distinguir las voces de los ecos,
como nos recordara Antonio Machado, vivimos unos momentos en que cualquiera
sienta cátedra en materia de Historia y, además, habla de la «verdad
histórica», que suele ser la suya. Frente a estos ecos convertidos en ruido,
conviene acudir al magisterio de unos profesionales de la Historia porque también desconfiamos
de quienes recetan aspirinas para curar tumores.
Gracias, pues, Gutmaro y
David por vuestra amistad, colaboración y trabajo, que me han permitido
aprender contando con referentes de verdadera calidad historiográfica.
miércoles, 18 de febrero de 2026
Principios constitutivos de la comedia. H.ª del teatro del Siglo de Oro (12)
Según el hispanista
Alexander A. Parker, la comedia -entiéndase el término como sinónimo de obra
teatral- del Siglo de Oro es una estructura gobernada por cinco principios, que,
aunque no siempre se cumplen de manera mecánica, debemos recordar para
cualquier análisis de las obras estudiadas durante el curso.
El primer principio es la
primacía de la acción dramática sobre el desarrollo de los personajes. A
pesar de que hay excepciones sobresalientes, algunas de las cuales veremos a lo
largo del curso, el teatro del Siglo de Oro no suele destacar por la
profundidad, complejidad o novedad en la caracterización de los personajes, que
tienden a ser repetitivos en lo fundamental hasta el punto de ajustarse a unos
tipos (el galán, la dama, el gracioso…) reiterados a lo largo de numerosas
comedias.
No se trata de una
carencia de los poetas dramáticos, sino más bien de la voluntad o necesidad de
ajustarse a unos moldes interpretativos estrechamente vinculados con la
especialización de los intérpretes en el marco de las compañías.
En ese sentido, cabe
recordar las condiciones en que se realizaban los ensayos, siempre escasos por
la necesidad de renovar constantemente la cartelera. Un poeta dramático podía
aportar profundidad a la caracterización de un personaje, pero el actor o la
actriz que lo debía encarnar apenas disponía de tiempo y condiciones para dar
cuenta de esa misma profundidad. De ahí que se tendiera a una tipificación, que
facilitaba el trabajo de las compañías y hasta la comprensión de la acción
dramática por parte del público.
Sin embargo, en las obras
más destacadas, como son las seis que analizaremos a lo largo del curso,
veremos notables excepciones. Un ejemplo es Finea, cuya evolución desde la risible
ingenuidad hasta la madurez respetable como mujer está jalonada por su
experiencia en el amor, que le aporta la sabiduría necesaria para desenvolverse
en las lides amorosas hasta alcanzar sus objetivos mediante estratagemas que
sorprenden por su agudeza.
Al igual que ocurre con
su hermana, Nise, la caracterización de Finea ni es pobre ni resulta estática
como sería la de un tipo. El principio establecido por Alexander Parker, siendo
cierto en términos generales, se puede aplicar preferentemente a los personajes
secundarios de las obras que analizaremos o a la mayoría de las que no
alcanzaron estas cotas de calidad.
El segundo principio
establecido por Alexander Parker es la primacía del tema sobre la acción. Para
evitar errores, a la hora de realizar un análisis crítico conviene distinguir
entre acción y tema. La primera nos remite al conjunto de lo sucedido y
articulado mediante escenas en el argumento de la comedia; es decir, todo
aquello que de forma explícita sucede en el escenario durante el desarrollo de
la representación. El tema, un concepto más abstracto, es lo deducible como
marco teórico a partir de lo representado, de la acción dramática. Aquello que,
en definitiva, enmarca, cohesiona y da sentido al conjunto de peripecias o
incidentes que tienen lugar en el escenario.
Si nos centramos en La
dama boba como primera obra a estudiar, observamos no solo un prolijo
conjunto de peripecias o incidentes, destinados a entretener y sorprender al
público, sino también que el mismo permite acciones paralelas como son las
encarnadas por las hermanas y las criadas en torno al amor con sus respectivos
galanes. En el caso de que por encima de este conjunto con numerosos
protagonistas no hubiera un tema capaz de darle un sentido unificador, la
comedia habría caído en un probable caos.
Las aventuras, los
engaños, los momentos cómicos, las seducciones, las estratagemas para alcanzar
un objetivo matrimonial o económico… todo, absolutamente todo, aparece como
manifestación de un tema unificador que aporta sentido a la comedia. En este
caso, se trata del amor y, más en concreto por el papel de las protagonistas,
de su capacidad para aportar una equilibrada madurez a quienes, al principio de
la comedia de Lope de Vega, permanecían en extremos tan abiertamente
contrapuestos como negativos al tiempo que caricaturizados para facilitar la
crítica (Nise y Finea).
La primacía del tema
sobre la acción también la encontramos en las obras adaptadas por Kenneth
Branagh y Pilar Miró. En el primer caso, todo lo representado con acciones
paralelas y numerosos personajes se engloba en un tema: la celebración casi
entusiasta del amor, capaz de unir a quienes aparentan odiarse y de imponerse a
la maldad de quien siente rencor o envidia. De ahí el desenlace con las
consiguientes bodas como plasmación de ese poder del amor y la correspondiente
celebración con un baile colectivo en la escena final.
Aunque la acción
dramática sea muy distinta en El perro del hortelano, la obra guarda
relación con Mucho ruido y pocas nueces porque el tema de ambas es
similar. Los argumentos difieren, pero no los temas. En la de Lope de Vega el
amor vuelve a imponer su poder por encima de las diferencias sociales que
separan al secretario de la condesa. La acción, intricada como corresponde a
una comedia de la época, se entiende como una ejemplificación de ese tema en torno
al amor convertido en agente todopoderoso que, al final, también es celebrado con
un baile colectivo tras las correspondientes bodas.
El tercer principio
establecido por Alexander Parker es la unidad dramática en el tema y no en
la acción. El poeta, en su búsqueda del delectare, puede introducir
acciones paralelas o secundarias que enriquezcan lo visto sobre el escenario,
pero todas ellas deben responder a un mismo tema que aporta unidad dramática y
sustenta el docere.
El principio se observa
con nitidez en las comedias que giran en torno al amor. Rara vez hay una única
relación amorosa. Junto con el galán y la dama, también se enamora otra pareja
del mismo estamento social (acción paralela) o los criados (acción secundaria
que facilita la introducción del elemento cómico). Así el poeta dramático juega
con la contraposición de esas relaciones para aportar a la comedia variedad y
dinamismo, dos rasgos fundamentales del teatro del Siglo de Oro. Al final, todo
queda unificado no por la acción, que puede multiplicarse o diversificarse,
sino por el tema.
Las tres comedias vistas
hasta el presente ejemplifican este tercer principio. En ellas observamos
distintas relaciones amorosas que se desarrollan simultáneamente hasta el punto
de que la acción dramática queda dispersa, pero el riesgo para la correcta
comprensión por parte del público se evita mediante la unidad que aporta el tema.
Así lo observamos,
especialmente, en el desenlace de las tres comedias, cuando toda la acción
dramática confluye en la celebración del amor como motor de la superación
humana (La dama boba), antídoto para combatir la maldad o las
diferencias (Mucho ruido y pocas nueces) o sentimiento que se impone a
cualquier separación social, aunque sea gracias al ingenio y el engaño como
ocurre en El perro del hortelano.
El cuarto principio
establecido por Alexander Parker es la subordinación del tema a un propósito
moral a través de la justicia poética, que no está ejemplificada
exclusivamente por la muerte o el castigo del malvado por su condición de
personaje transgresor del decoro. También por una caracterización negativa a lo
largo de toda la comedia, aunque, de hecho, en las del Siglo de Oro, siempre
que un personaje transgrede ese decoro por un comportamiento inadecuado para su
condición, como sucede en los casos del comendador de Fuenteovejuna o el
capitán de El alcalde de Zalamea, recibe un castigo que le aboca a la
muerte.
La justicia poética es un
principio literario que forma parte de la ficción, pero sin un correlato en la
experiencia o realidad, sea social o histórica. Resulta obvio que en la vida
real de cualquier período los malvados o los transgresores del decoro -cuya
concreción es histórica con un sesgo ideológico y, por lo tanto, variable- pueden
salir victoriosos, mientras que los virtuosos por cumplidores del decoro sufren
todo tipo de adversidades. Si el teatro del Siglo de Oro hubiera tenido una
voluntad realista habría incluido ejemplos de este tipo, pero prevaleció el
propósito moral de aleccionar al público sobre cualquier tema.
En el ámbito creativo del
Siglo de Oro, y con el objetivo de alcanzar un propósito moral que legitimara
las representaciones teatrales al tiempo que las convirtiera en obras
divulgadoras del pensamiento monárquico de la época, se partió de la necesidad
de que el crimen o la maldad no quedaran impunes ni la virtud sin premio.
Esta justicia poética
guarda una evidente relación con la proyección ideológica de la comedia del
Siglo de Oro y su presencia será una constante en obras como Fuenteovejuna,
El alcalde de Zalamea o El caballero de Olmedo. En las tres
encontramos, tras las sentencias dictadas o aceptadas por el monarca,
ajusticiamientos de los malvados capaces de transgredir gravemente el principio
de decoro mediante la violencia o los abusos para satisfacer deseos ilegítimos.
El quinto y último
principio que establece Alexander Parker es la elucidación del propósito
moral por medio de la causalidad dramática. Si el tema de la comedia se
subordina al propósito moral y, a su vez, la acción dramática se subordina al
tema, nos encontramos que el norte creativo que debe seguir el poeta dramático
está marcado por el propósito moral que intenta transmitir al público. De ahí
que todo lo escenificado se entienda, a la postre, como una causalidad
dramática para elucidar o explicar un propósito moral de forma comprensible (docere)
y agradable para el público (delectare).
Este principio opera en
las seis obras seleccionadas para el curso, pero de manera más significativa en
Fuenteovejuna, El alcalde de Zalamea y El caballero de Olmedo. Por
lo tanto, lo comentaremos con más detenimiento en las respectivas clases
prácticas.
lunes, 16 de febrero de 2026
Coloquio de invierno, de Luis Landero
La literatura fomenta una
relación similar a la amistad. La afirmación resulta paradójica, pues leemos en
solitario y aislados para facilitar la debida concentración. Nadie lo niega,
incluso quienes son capaces de disfrutar de la lectura en un metro o en un tren
de cercanías, pero simultáneamente recreamos mediante la imaginación una
ficción que nos remite a quien la concibió. Si el acto se reitera a lo largo
del tiempo y con diferentes obras del mismo autor, al final surge la
complicidad de una relación con una voz amiga que no precisa de la proximidad
física porque la intelectual, imaginativa o emotiva la suple con creces.
Al cabo de décadas como
lector, disfruto de esa complicidad con varios referentes literarios que, a
veces, también son amigos personales. Mi biblioteca cuenta con unos tres mil
volúmenes. Todos leídos y hasta utilizados, pues nunca he tenido espíritu de
coleccionista. Algunos están apilados por falta de espacio, pero mantengo un
sitio de honor, una estantería concreta, para los libros de los mejores amigos
literarios. Sus obras forman parte de una comunidad relacionada con mi
formación de lector, pero nunca aparecen confundidas con otras porque, como
anfitrión, debo atenderles de la mejor manera posible.
Al igual que ocurre con
las amistades, la nómina de esos referentes va cambiando con el paso del
tiempo. A veces porque autores como Manuel Vázquez Montalbán, Rafael Chirbes o
Juan Marsé han fallecido y solo resta la relectura. En otras ocasiones porque
mis gustos han variado y lo disfrutado con entusiasmo en su momento ahora me
decepciona. El mundillo de quienes siento cercanos, al margen de los clásicos, es
un parnaso sin plantilla fija y esa relación de escritores permanece abierta a las
incorporaciones, que en algunos casos -pocos a estas alturas- se consolidan y
en otros suponen una presencia fugaz que aporta frescura a nuestro lugar de
encuentro.
La lista, no obstante,
está consolidada porque todos compartimos una cierta edad y a estas alturas lo
mejor es procurar un epílogo coherente con nuestra trayectoria. Las sorpresas
ya no gozan del prestigio de antaño y los desvíos, tan frecuentes en nuestro
entorno, tienden a parecernos estrafalarios. Hay una relación de fidelidad que
también es complicidad basada en el conocimiento mutuo y, en la medida de lo
posible, aspiro a consolidarla con cada nueva entrega literaria de esos amigos.
La peña ahora mismo tiene
a Manuel Vicent como maestro de vida y suele ser frecuentada por Antonio Muñoz
Molina, Ignacio Martínez de Pisón y Luis Landero con la presencia algo más
esporádica de Javier Cercas, Fernando Aramburu, Javier Pérez Andújar y otros
que nos han visitado en varias ocasiones como Luis Mateo Díez, Julio
Llamazares, Sergio del Molino, Sergi Pamies o David Trueba. El conjunto tal vez
sea demasiado masculino, pero las amigas de otras épocas como Josefina Aldecoa,
Carmen Martín Gaite o Dulce Chacón nos dejaron sin nadie que haya ocupado ese
hueco.
La lectura de las
novedades publicadas por el núcleo duro de la peña es una gozosa obligación.
Incluso cuando repiten lo ya escrito, porque me gusta y deseo volver a leerlo.
Al igual que pasa con los amigos de cualquier ámbito, cada uno tiene sus
peculiaridades y me disgustaría que, de
repente, vinieran a mi biblioteca con sorpresas ya extemporáneas porque somos
viejos con los cráneos soleados, según las enseñanzas de un Manuel Vicent
siempre dispuesto a recordarnos la silla vacía de Rafael Azcona.
Gracias a mi trabajo, he hablado
y hasta colaborado con la mayoría de estos amigos. Sin embargo, nunca he visto
en persona a Luis Landero. Ni siquiera tengo su móvil o email porque no lo he
necesitado. Me gustaría conocerle personalmente, pero me temo que ambos somos
tímidos y, como tales, guardamos las distancias sin menoscabo de la amistad
literaria.
Hace más de treinta años,
mi hermano me presentó a Luis Landero con un entusiasmo tan singular como la
mayoría de sus personajes. Todavía recuerdo su insistencia en que leyera las
obras de quien había descubierto al tiempo que tantos otros maravillados con
«los juegos de la edad tardía». Desde entonces cada nuevo libro de Luis Landero
era motivo de complicidades, que mantengo a pesar de que la muerte nos separó
hace quince años.
Luis Landero entró así en
mi casa, pero ahora es un amigo de la familia y comentamos lecturas que nos
reafirman en una valoración acrecentada por el paso de los años. Nos gusta
tenerle cerca y, además, contamos con el complemento de sus charlas disponibles
en You Tube. Un verdadero privilegio para aprender a conversar sin prisas y
apreciando el valor de la lentitud como antídoto frente a tantas urgencias
absurdas.
Coloquio de invierno es
su más reciente novela. La crítica suele ser unánime con Luis Landero porque
nunca arrasará en las ventas, pero goza del prestigio de lo asentado entre un
nutrido grupo de incondicionales. Se lo ha ganado a pulso, sin aspavientos ni
polémicas, con la humildad del trabajador de las letras que respeta y escucha
sin faltar a la independencia del criterio, siempre expuesto con buenas
maneras, dudas propias de la experiencia y hasta la sonrisa del escéptico
dispuesto a rectificar porque ansía conocer.
Mi amigo Luis Landero me
enseña a escribir, pero también a pensar y, sobre todo, a través de sus novelas
y charlas me da una pauta que me ayuda a ser mejor persona. Cuando el ruido
infernal de la polarización nos acecha y tantas barbaridades, con una violencia
insoportable, forman parte de nuestra cotidianidad, la posibilidad de leer o
escuchar a Luis Landero invita a pensar que la literatura facilita la
alternativa a lo considerado como inevitable.
Lo agradezco y, según las normas de la amistad como fuente de conocimiento, procuro incorporar a mi experiencia esta voz elegante, sosegada, bienhumorada, inteligente y ponderada. El privilegio es propio del grupo donde todos, sin necesidad de decírnoslo, disfrutamos con los personajes tan singulares como reales de un Luis Landero que en la recta final de su trayectoria permanece fiel a sí mismo. Gracias por el ejemplo y las horas lentas de tu conversación.
Os paso el enlace a la magnífica presentación que tuvo lugar en el Instituto Cervantes:
sábado, 14 de febrero de 2026
Hollywood en el penal de Ocaña: el sumario de Florentino Hernández Girbal
El paso por Hollywood en
calidad de corresponsal de prensa, como hiciera Baltasar Fernández Cue, o el
interés periodístico por aquellos españoles capaces de trabajar en la Meca del
cine no contribuyeron a evitar la represión de la Victoria. Al contrario, para
los vencedores estas muestras de la modernidad eran motivos de sospecha por las
simpatías republicanas de algunas estrellas norteamericanas o, en el mejor de
los casos, de indiferencia. Al fin y al cabo, los oficiales de la jurisdicción
militar actuaban con un criterio mecanicista donde esas circunstancias del
pasado nunca figuraban en la lista de las acusaciones porque relativizan o
hacen inverosímil la imagen del procesado como responsable de una adhesión a la
rebelión militar.
Florentino Hernández
Girbal (1902-2002) tuvo la oportunidad de marchar a California como su colega
Baltasar Fernández Cue, pero prefirió no correr esa aventura de la mano de su
amigo Edgar Neville. Otras le esperaban en Madrid. Sin embargo, gracias a ser
un periodista dedicado a los temas cinematográficos entrevistó a los españoles
que respondieron a la llamada de Hollywood durante los inicios del sonoro. El
conjunto de aquellas entrevistas publicadas en Cinegramas ahora es
accesible por la labor de varios historiadores del cine, que han tenido en el
salmantino una referencia para conocer la evolución de la cinematografía
durante el período republicano. También para abordar otros temas relacionados
con la música, el teatro o la historia, puesto que Florentino Hernández Girbal
fue polifacético y prolífico como autor.
La bibliografía sobre su
trayectoria, sin embargo, ignora que el periodista cinematográfico coincidió
con su colega Baltasar Fernández Cue en el Juzgado Militar de Prensa. La razón
es sencilla: hasta ahora nadie ha consultado el sumario 3613 depositado en el
AGHD, donde esa documentación ha permanecido hasta hace poco sin figurar en el
catálogo por un comprensible error. Una vez subsanado gracias al personal del
archivo, que se puso en contacto conmigo para comunicármelo, ya podemos conocer
los pormenores del proceso que desembocó en una condena a treinta años.
El 16 de abril de 1939,
los agentes del SIPM Eduardo Belascoain y Nicolás Ciriza denunciaron a
Florentino Hernández Girbal ante las autoridades militares porque, gracias a
«las gestiones por ellos practicadas», supieron que era «uno de los mayores
propagandistas de los rojos en Madrid». Aparte de facilitar su localización
para la inmediata detención, señalan que era el responsable de Popular Films,
una distribuidora dedicada a la propaganda soviética. Su tarea, según los
agentes, iba más allá de la distribución, pues también le acusan de incorporar
a las películas «los comentarios más canallescos y antinacionales», que el
denunciado habría repetido en sus intervenciones radiofónicas.
Los agentes aportan los
nombres del periodista Roque Sanz y del escritor Luis Gómez Mesa como
referencias para ampliar su denuncia. Los militares nunca les consultaron
porque ni siquiera les localizaron, a pesar de trabajar ambos en Madrid. No
obstante, el mismo 16 de abril Florentino Hernández Girbal fue detenido en el
domicilio paterno de la calle Trafalgar e ingresó en el establecimiento
penitenciario de Porlier.
Allí permaneció en unas
condiciones infrahumanas hasta que los juzgados permanentes número 4 y 12
realizaron las primeras actuaciones para instruir el sumario ordenado por el
auditor Ángel Manzaneque Feltrer el 19 de abril de 1939. La masificación de la represión
provocaba estas demoras, que en numerosas ocasiones acabaron con la salud de
los procesados. Florentino Hernández Girbal, de treinta y seis años y soltero
cuando fue detenido, afrontó las penurias carcelarias en San Antón, Ocaña y
Alcalá de Henares gracias a amigos como Diego San José, Agapito Marazuela,
Ángel M.ª de Lera y Miguel Hernández.
El periodista carecía de
antecedentes penales y la Dirección General de Seguridad remite su informe el 9
de octubre. En el mismo Florentino Hernández Girbal, «siendo de ideología
izquierdista», figura como afiliado a la UGT «habiéndose dedicado durante el
dominio rojo a la propaganda de izquierdas, incluso por la radio».
Apenas dos días después,
llega el preceptivo informe de Falange Española Tradicionalista. Sus
responsables ignoran si el periodista había pertenecido a algún partido
político, pero afirman que durante la guerra fue el gerente del madrileño cine
Fígaro. Tras indagar en el entorno vecinal, los falangistas indican que la
familia de Florentino Hernández Girbal «es de derechas y católica», una
circunstancia que tal vez evitara la condena a muerte. En cuanto a su
comportamiento, «en la casa no se ha metido con nadie y no tienen queja de él».
El 27 de octubre de 1939
tiene lugar la primera declaración del procesado, todavía ante el titular del
juzgado número 4 o 12, pues el sumario no aclara esta circunstancia. Florentino
Hernández Girbal opta por minimizar sus actividades políticas o propagandísticas
confiando en que la información de los militares no las pudiese completar.
El declarante afirma que
se afilió a UGT «por necesidad», niega la militancia en algún partido político,
reconoce haber sido el gerente de Film Popular limitándose a contratar
películas para su distribución y desmiente la posibilidad de su participación en
los films propagandísticos, pues desde Barcelona llegaban ya listos para su
exhibición en la capital. Preguntado por sus intervenciones radiofónicas, las
reconoce, pero vinculándolas con los temas cinematográficos. Por último, señala
que fue movilizado en septiembre de 1938 permaneciendo en la comandancia
general de Ingenieros y presenta como avalistas al cineasta Juan de Orduña y al
perito industrial Francisco Benito Delgado.
Ambos se presentaron poco
después en las dependencias militares. El perito señala que su amigo era un
propagandista izquierdista, aunque ignora si había cometido delitos. Más
gallarda fue la declaración del prestigioso director cinematográfico. Juan de Orduña
reconoce su amistad con el procesado y «siempre le ha considerado como una
persona de una conducta moral intachable», al tiempo que «le considera incapaz
de hacer mal alguno» y persona dispuesta a prestar su ayuda a unas «gentes de
derechas» a las que nunca molestó. Otros testimonios presentes en el sumario
inciden en esta misma caracterización, pero fueron obviados en el auto resumen
y en la sentencia. El límite era admitirlos, por imperativo legal, pero luego
desaparecían gracias a la ausencia de abogados defensores o recursos
judiciales.
El 15 de noviembre de
1939, el titular del Juzgado Militar de Prensa, Manuel Martínez Gargallo, se
hace cargo del sumario sin que conste en la documentación la correspondiente
orden del auditor. El traslado parece lógico dada la actividad profesional del
procesado, aunque en otras ocasiones similares la instrucción permaneció en
juzgados militares no especializados en «la gente de pluma». La primera
actuación del juzgado instructor es recabar un informe de su secretario, que
figura en el sumario con fecha del 18 de noviembre.
A partir de una
información presente en fuentes nunca explicitadas, como sucede siempre, el
secretario del Juzgado Militar de Prensa escribe que Florentino Hernández
Girbal era un «individuo muy conocido en los medios literarios cinematográficos
por sus antiguas ideas comunistas, a cuyo partido se encontraba afiliado».
Nadie ha probado esa afiliación al PCE, en cuyo archivo histórico nada figura
en relación con el salmantino, pero el secretario añade que el procesado era el
responsable de la confiscación de la casa ECE, «que se dedica a la realización
de películas católicas». Además, había colaborado en Estampa y Treball
con artículos que incitaban a la resistencia armada e insultaban al
ejército franquista. Florentino Hernández Girbal también dio conferencias
propagandísticas, aparte de ser el gerente de Film Popular, «que se dedicaba a
inundar los cinematógrafos de la zona roja de películas rusas y noticiarios
hablados en los que se vertían feroces insultos contra el ejército».
El informe del secretario
también recoge que el procesado era miembro de la madrileña Junta de
Espectáculos y redactor de Mundo Obrero, «valiéndose generalmente de la
crítica [cinematográfica] para excitar a la resistencia». Asimismo, formó parte
de Altavoz del Frente y fue su delegado en el cine Salamanca. El dato
desapareció posteriormente en las actuaciones judiciales porque era falso. El
secretario solo supone que Florentino Hernández Girbal estuvo en la Alianza de
Intelectuales Antifascistas, pero afirma con rotundidad su condición de masón
sin aportar alguna prueba en este sentido.
A la luz del informe
presentado por el secretario del Juzgado Militar de Prensa, el titular del
mismo, Manuel Martínez Gargallo, llama de nuevo a declarar al procesado. El 30
de noviembre, Florentino Hernández Girbal reconoció su colaboración en Mundo
Obrero y La Voz como crítico teatral y cinematográfico. Asimismo,
que fue miembro de la Junta de Espectáculos entre marzo y junio de 1937.
También trabajó como gerente de la distribuidora Film Popular desde 1937 hasta
el final de la guerra, difundiendo algunas películas propagandísticas. El
declarante niega su participación en la Alianza de Intelectuales Antifascistas
y, en relación con la masonería, solo reconoce que «por una curiosidad
literaria» a principios de 1936 solicitó el ingreso, aunque nunca le contestaron.
La curiosidad le salió cara, según veremos más adelante. Por último, Florentino
Hernández Girbal reconoce haber dado charlas sobre temas cinematográficos en
emisoras de Barcelona y Madrid, así como la autoría de una entrevista
periodística a Ernest Hemingway. Sin embargo, niega la participación en la
incautación de la distribuidora de películas católicas arriba citada.
Dos días después, Manuel
Martínez Gargallo dicta una providencia para completar la instrucción con
nuevos testimonios y pruebas, mientras deja en prisión al periodista. Gracias a
la labor del secretario judicial, los artículos publicados en Mundo Obrero y
Estampa quedan incorporados al sumario, así como la transcripción
literal de la entrevista al escritor norteamericano publicada el 23 de octubre
de 1937 y una reseña del estreno en el teatro de La Zarzuela de Una tragedia
optimista, de Vsevolod V. Vixnievski, que tuvo lugar el 16 de octubre de
1937 en el marco del homenaje a la URSS con motivo del vigésimo aniversario de
la revolución soviética. La caracterización del propagandista Florentino
Hernández Girbal como responsable del delito de adhesión a la rebelión quedaba
así completada.
Las acusaciones se
agravaron cuando el acomodador del cine Salamanca, Francisco del Río Martín, el
3 de diciembre declaró que el local fue explotado por Altavoz del Frente,
siendo el procesado el responsable de una programación de carácter
propagandístico. Por si faltaba algo, la Delegación del Estado para la
Recuperación de Documentos informa desde Salamanca al instructor acerca de la
localización de una solicitud del periodista, con fecha del 29 de febrero de
1932, para ingresar en la masonería; es decir, cuatro años antes de lo
reconocido por un Florentino Hernández Girbal que a estas alturas temería una
condena a muerte o, en el mejor de los casos, a treinta años.
El 3 de febrero de 1940,
Manuel Martínez Gargallo dicta el auto resumen quedando procesado el periodista
salmantino «por estimar plenamente acreditado que este individuo de filiación
comunista tuvo, desde los primeros meses de iniciación del Movimiento Nacional,
una actividad marcadamente en contra del mismo, formando parte de los
organismos oficiales de propaganda al servicio del Gobierno rojo, dando
conferencias, escribiendo múltiples artículos en los que se excitaba a la
resistencia armada y siendo, además, persona que en la fecha gloriosa del 18 de
julio de 1936 tenía solicitado su ingreso en la masonería».
El sesgo ideológico del
auto resumen fue plenamente asumido por otro habitual de estos procesos contra
periodistas y escritores, el fiscal Ramón de Orbe, que el 14 de febrero pide
una condena de treinta años. Al día siguiente, tuvo lugar la vista previa y el
consejo de guerra presidido por el comandante Antonio Blázquez, también
presente en otros sumarios aquí analizados. Sin añadir una sola coma a lo
expuesto en el auto resumen y asumido, como siempre, por la fiscalía, la
condena es a treinta años. La notificación al periodista tuvo lugar el 23 de
febrero y entonces sabría que la fecha prevista para su salida de la cárcel era
el 15 de abril de 1969; es decir, a los sesenta y seis años para que con motivo
de su jubilación descubriera el cine en color.
Ante esta perspectiva, la
familia de Florentino Hernández Girbal se moviliza. El padre, José Hernández
Domínguez, el 23 de febrero escribe al juez para negar los hechos imputados a
su hijo. La religiosa Rosalía Guerrero Poveda le califica como «persona de
orden» que le ayudó cuando escondió a tres monjas. El perito industrial
Francisco Benito Delgado señala que estuvo «dedicado solamente a las
actividades cinematográficas», aparte de comportarse siempre con
«caballerosidad y exquisita corrección». Por último, el portero José Alberto
Puche le avala porque «ha estado dedicado a sus asuntos de cine, guardando
siempre una conducta intachable».
Estos avales presentados
entre el 19 y el 23 de febrero no impidieron que el 29 de marzo Florentino
Hernández Girbal fuera trasladado al temible penal de Ocaña. Desde allí pasaría
al de Alcalá de Henares y, fruto de las actuaciones familiares, el 24 de junio
de 1941 le conmutaron la pena pasando a ser de doce años y consiguió una
temprana libertad el 19 de marzo de 1943, cuando estaba a punto de cumplir el
cuarto año como encarcelado por sus actividades cinematográficas en el Madrid
de la guerra.
El periodista sabía que
su futuro no podía pasar por el cine. Ni siquiera por las letras, salvo que
utilizara un seudónimo como el de Fernando Herce González. Para evitar nuevos
problemas, el salmantino se trasladó a Barcelona, donde contraería matrimonio
con María Iglesias Clavero montando un modesto negocio de floristería. Sin
embargo, fue detenido de nuevo en 1944 y dos años después, aparte del proceso
en el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas (CDMH, 75/00846), le
juzgaron por masón (CDMH, sumario 97-45). De hecho, hasta 1963 tuvo problemas
por aquella «curiosidad literaria».
Florentino Hernández
Girbal es uno de los más destacados escritores y periodistas que resultaron
procesados durante la Victoria. Su caso merece un extenso estudio, que
aparecerá en Al final del trayecto, el cuarto y último volumen dedicado
a estos procesos judiciales. Mientras tanto, el tercero, La colmena, ya
está en imprenta para su publicación a finales del presente curso o en otoño.
miércoles, 11 de febrero de 2026
Tres jornaleros condenados a muerte
El trabajo del historiador cuenta con la posibilidad de seguir una pista falsa, buscar
una documentación que en realidad no guarda relación con la investigación y
otras sorpresas incorporadas al anecdotario de una labor que requiere constancia. También suerte y humildad ante el error.
Cada vez que encuentro un
periodista o escritor apellidado García, Gómez, Fernández, González… empiezo a preocuparme
si el nombre o el otro apellido no es menos común. El listado de los procesados con esos apellidos tan
frecuentes cuyos sumarios se encuentran en el Archivo General e Histórico de
Defensa es abrumador y, si no se produce la referida circunstancia, la búsqueda
del que nos interesa se convierte en la de una aguja en un pajar.
Hace unos días me llegó
el sumario 6026 del AGHD cuyos procesados son Eleuterio Gallego Díaz, Luis
González Blanco y José Gallego Díaz, tres jornaleros nacidos en El Hoyo de
Pinares (Ávila). El nombre y apellidos del último coincide con los de José
Gallego-Díaz Moreno (1913-1965), un matemático y escritor andaluz del que
intento saber su suerte en los correspondientes consejos de guerra (AGHD, 64255
y 2407). La confusión de un colega a la hora de identificar a ambos, como si fueran la misma persona, me ha
llevado a una nueva confusión que espero solucionar con la consulta de los
referidos sumarios.
Los tres jornaleros nada
tuvieron que ver con la prensa republicana, pero la lectura del sumario 6026 alumbra
algunos aspectos abordados en mis publicaciones acerca de los consejos de
guerra de periodistas y escritores. Puestos a trabajar por una confusión,
al menos cabe sacar algunas conclusiones.
La primera guarda
relación con las fechas de los documentos sumariales. Las imprecisiones en este
apartado son tan frecuentes que, además de evidenciar el escaso rigor de
quienes trabajaron en la jurisdicción militar durante la Victoria, a menudo
permiten pensar en una «reconstrucción» del sumario a instancias del juez instructor.
Según el sumario 6026, el
3 de marzo de 1939 los tres procesados fueron entregados en las dependencias de
la comisaría madrileña de La Guindalera-Prosperidad por los soldados Pedro
Martín Fernández, Paulino Fernández Fernández y Leandro Ochendo Sánchez. Por
entonces, las tropas del general Franco todavía no habían entrado en la capital
y, por lo tanto, la fecha debe ser errónea.
Los detenidos son tres
jornaleros de 28, 34 y 45 años acusados de militar en organizaciones izquierdistas y de
haber asesinado a cuarenta y nueve personas en El Hoyo de Pinares. A primera
vista, sorprende que unos soldados tuvieran esa cifra tan precisa y, desde luego, no aportan alguna prueba o testimonio para probar que la
misma fuera verosímil en una población tan pequeña.
El día de la detención,
que debió ser el 3 de abril, los jornaleros y milicianos declaran en la
comisaría para negar la acusación relacionada con los asesinatos, al tiempo que
trasladan la responsabilidad a un comité operante en el citado pueblo. Incluso
dan los nombres de algunos de sus más destacados miembros. En el sumario no
constan las posibles diligencias para localizarlos y procesarlos.
El 22 de abril, el
auditor Ángel Manzaneque Feltrer ordena instruir el sumario 6026 al titular del
Juzgado Permanente n.º 2 de Madrid. La acumulación de los detenidos retrasaría
el proceso, puesto que hasta el 24 de octubre no se inician las declaraciones
de los procesados que serían completadas con la de Eleuterio Gallego Díaz el 27
del citado mes. Los tres se limitan a negar la acusación de haber participado
en los asesinatos ocurridos en El Hoyo de Pinares.
La única diligencia
realizada por el juez instructor, el coronel Eladio Carnicero Herrero, es
recabar los informes del comandante del puesto de la Guardia Civil en la citada
localidad abulense. Los tres informes llegan el 30 de octubre y son
acusatorios, aunque sin presentar prueba alguna más allá del testimonio de los
propios informantes.
El juez instructor
pensaría que la suerte procesal de tres jornaleros convertidos en milicianos no
merecía otras diligencias. El 2 de noviembre de 1939 presenta el
correspondiente auto resumen donde se limita a reproducir lo manifestado por la
Guardia Civil como acusación.
El 11 de noviembre de
1939, el fiscal Leopoldo Huidobro, un oficial con presencia habitual en los
consejos de guerra de periodistas y escritores, pide la pena de muerte para los
tres procesados sin recabar prueba alguna y a partir exclusivamente de los
informes remitidos por la Guardia Civil.
El 30 de noviembre tiene
lugar la vista previa bajo la presidencia del comandante Pablo Alfaro, el
firmante de la condena a muerte de Miguel Hernández. Ratificada la petición por
parte de la fiscalía, ese mismo día el oficial dicta una sentencia de muerte
para los tres jornaleros como militantes de izquierdas y asesinos, aunque sin
precisar circunstancia alguna relacionada con los supuestos actos violentos.
Tal vez alarmado ante la
rapidez y la precariedad de la instrucción, que contrasta con la gravedad de
las condenas, el 11 de diciembre de 1939 el auditor devuelve el sumario al
instructor para que realice más diligencias. Las mismas se reducen a recopilar
los testimonios de algunos vecinos que, mediante avales escritos y firmados, se
ponen en contacto con el juzgado militar. Todos los testimonios son favorables
a los jornaleros, en especial los relacionados con José Gallego Díaz.
La circunstancia prueba de nuevo las diferencias entre la jurisdicción militar de la Victoria,
inflexible en la mayoría de las ocasiones, y «las personas de orden», que con
cierta frecuencia avalaron a los procesados y reclamaron piedad o perdón para
los mismos. Si la labor de represión hubiera recaído en la jurisdicción civil, casi
desaparecida por entonces, el resultado habría sido probablemente distinto en
lo relacionado con la gravedad de las cifras.
El consejo de guerra de
los tres jornaleros tuvo lugar el 5 de agosto de 1943, aunque durante los casi
cuatro años transcurridos desde el inicial auto resumen las autoridades
militares se limitaron a recopilar los citados testimonios de los vecinos sin realizar
otras diligencias para averiguar los hechos violentos acaecidos en El Hoyo de
Pinares. Tal vez haya más información al respecto en la Causa General, pero sin
reflejo en el sumario 6026 del AGHD.
El tribunal presidido por
el teniente coronel José Ortiz Gómez condena a muerte a Eleuterio Gallego Díaz
y Luis González Blanco, mientras que José Gallego Díaz es condenado a treinta
años gracias a los avales recopilados. El jornalero saldría en libertad con el
indulto general promulgado el 9 de octubre de 1945, pero sus dos compañeros
acabaron ante un pelotón de fusilamiento tras la aprobación de la sentencia por
parte del capitán general de la I Región Militar el 19 de octubre de 1943 y el
correspondiente «enterado» remitido el 2 de marzo de 1944.
La ejecución de Luis y
Eleuterio tuvo lugar en la madrugada del 14 de marzo de 1944, falleciendo a causa de una «hemorragia producida por herida de bala». El anonimato de los pelotones
permitía estos eufemismos. Ambos jornaleros murieron por un informe de la
Guardia Civil que no incluía prueba alguna y sin que, a lo largo de cuatro
años, las autoridades militares hicieran diligencias que consten en el sumario
6026 para aclarar lo sucedido en la localidad abulense.
Al menos, con los
escritores y periodistas había un mínimo de base documental para la
instrucción. Los jornaleros convertidos en milicianos no merecían semejante
atención y José, aliviado por el testimonio de algunos vecinos, agradeció que
en la jurisdicción militar hubiera oficiales como el auditor, todavía capaces
de alarmarse ante la rapidez y la contundencia de quienes instruyeron el
sumario y dictaron la primera condena. Su hermano no pudo compartir ese
agradecimiento.
Ahora bien, los
historiadores que no cultivan la microhistoria cuando escriben acerca de esta
represión aluden al citado indulto de 1945 y el lector presupone una libertad
casi inmediata. La realidad matiza esta impresión. El 6 de diciembre de 1945, cuando
José Gallego Díaz ya tenía 41 años y estaba recluido en un penal de Valdemoro,
solicitó el indulto. Nadie le contestó. El 18 de febrero de 1946 lo vuelve a
pedir con el mismo resultado. Cuatro meses después, el 16 de junio, la
solicitante fue su madre, que alegó una penosa situación económica porque su
hijo llevaba casi siete años encarcelado.
La madre tuvo más
predicamento ante las autoridades militares. El 10 de enero de 1947 la fiscalía
se opuso a la concesión del indulto, como hacía casi siempre, pero una semana
después el auditor lo concede y el 30 de ese mismo mes lo ratifica el capitán general
de la I Región Militar. El 5 de febrero de 1947, el director del destacamento
penal de Valdemoro informa al juzgado militar que José Gallego Díaz había sido
puesto en libertad, quince meses después de solicitarlo. Algunos colegas,
pocos, hablan de una excarcelación masiva e inmediata porque suponen que los
decretos obraban un efecto inmediato.
domingo, 8 de febrero de 2026
¡¡¡Gorgorito, por ahí, por ahí!!!
Uno de los problemas de
cumplir años, demasiados, es acabar convertido en materia histórica. El pasado
mes de septiembre, cuando asistí en Alcalá de Henares a un congreso sobre la
cultura durante el franquismo, tuve la ocasión de escuchar la comunicación de
un investigador que hablaba del teatro de marionetas. En un determinado
momento, Rafa Segura comentó las andanzas de Gorgorito, el popular personaje de
Maese Villarejo, y la escasez de testimonios de quienes lo vieron repartir
mandobles con su tremenda estaca.
Yo era uno de esos niños
de los años sesenta que cada verano, poco después de las fiestas locales,
asistía a las representaciones de un ambulante teatro de marionetas en compañía
de otros muchos chavales. Provistos de merienda y junto con nuestras madres o
abuelas, los padres solían estar ausentes, nos sentábamos en unas sillas de
madera que apenas parecían incómodas porque pasábamos la mayor parte del tiempo
de pie. Tal era la tensión con la que vivíamos las aventuras de Gorgorito,
siempre acechado por la bruja y el ogro hasta que ambos recibían los
correspondientes estacazos.
Desde hace más de
cuarenta años explico en clase el doble sistema de comunicación que caracteriza
al teatro frente a la literatura. Gracias al mismo, el público interactúa con
la representación, aunque solo sea mediante un silencio respetuoso. No era así
en aquellas veladas infantiles, pues todos gritábamos como si no hubiera un
mañana cuando por una esquina acechaba el ogro -¡¡¡por ahí, por ahí!!!,
señalábamos con el acusador dedo índice- o la bruja Ciriaca intentaba engañar a
Gorgorito empleando las artimañas de quien era «la mala» capaz de raptar a
Rosalinda, la «buena» a la que todos debíamos rescatar. El consenso al respeto
pasaba por la unanimidad de un enfervorizado público que, llegado el momento de
los estacazos, habría repartido también lo suyo gracias a una empatía ganada
con los más elementales recursos. Funcionaban, ya lo creo…
El castigo corporal
todavía era una práctica habitual en muchas familias de la época. Incluso
estaba más o menos admitido en las aulas, aunque hubiera quedado reducido al
palmetazo en la punta de los dedos, que dolía y sobre todo humillaba. Los «revoltosos»
capaces de emular a Zipi y Zape lo tenían crudo por entonces, pero los «tranquilitos»
tampoco estábamos libres de recibir porque se repartía bastante y no siempre
con criterio. Así que, cuando veíamos a Gorgorito, nuestro héroe, dando
estacazos a troche y moche supongo que liberábamos mucha tensión acumulada. La
función catártica del teatro, en su versión más elemental y efectiva, quedaba
demostrada con cada representación de la compañía ambulante de Maese Villarejo.
Gracias a Rafa Segura,
actor, dramaturgo e investigador, ahora conozco mejor el origen de aquel
Gorgorito y de su creador en plena Victoria, que fue Juan Antonio Díaz Gómez de
la Serna (1922-1986). Por entonces, y de acuerdo con los tiempos, el protagonista
de las marionetas respondía al nombre de Juanín el Flecha en obras acordes con Periquito
contra los monstruos de la democracia, que se divulgó gracias a la
muchachada falangista del SEU.
El tal Periquito se
jubiló y a Gorgorito le conocería un tanto desbravado en los años sesenta
porque había llegado la etapa de los XXV Años de Paz. Los estacazos permanecían,
pero debían concentrarse en un mal más universal o ficticio. Afortunadamente,
pues Gorgorito seguía fiel al principio de que no hay problema irresoluble si
se dispone de una estaca descomunal con la que repartir «su merecido».
El determinismo de la
herencia familiar, la educación recibida y hasta de la época vivida durante la
infancia es, a veces, una coartada destinada a justificar carencias
individuales o la falta de voluntad para superarlas. Nunca he renegado de mi
etapa escolar en un colegio con maestros que llevaban la camisa azul de los
falangistas. Tampoco de los muchos Gorgoritos que fueron nuestros referentes de
una ficción donde siempre había una Rosalinda a la espera del rescate. Ahí
están, en una memoria que respeto y hasta recreo para convertirla en materia de
reflexión. También de superación, pues hace tiempo que comprendí la inutilidad
del estacazo para espantar los temores capaces de acechar por una esquina del
escenario de la vida. Eso sí, a veces resulta imposible no desear repartirlos,
aunque sea en modo dialéctico, que resulta más respetuoso con la integridad
ajena.
Rafa Segura me acaba de
mandar su reciente edición de El Búho (Valencia, Sala Carme Teatre,
2025), la obra teatral donde da cuenta de parte de su investigación
sobre la homónima compañía valenciana de la FUE que durante la II República
intentó alegrar a la chavalería, y a otros públicos, con unas marionetas más
cercanas al espíritu de las empleadas por Federico García Lorca. Aquella
aventura teatral terminó con la guerra, el exilio y la represión franquista,
justo cuando Juan Antonio Díaz Gómez de la Serna creó su popular personaje, que
fue un vencedor durante décadas en que alegró con sus aventuras las tardes de
tantos niños.
Ahora tengo noticia de
que Gorgorito sigue de gira, aunque lo supongo tranquilizado y acorde con los
tiempos. Incluso es posible que Rosalinda sea más protagonista de su propio
destino. Me alegro por la chavalería que necesita de sus aventuras y de la
experiencia de ser parte de un público capaz de vibrar con una representación. También
porque, gracias a Rafa Segura y su tesis doctoral en marcha, sabemos de ese
origen que tanto explica, de unas marionetas que también hicieron la guerra y
padecieron la doble suerte del vencedor y el perdedor.
Vistas las consecuencias
de semejante barbaridad, y reacios a pasar la página de la historia sin haberla
leído, prefiero imaginar que me habría alegrado asistir a un desenlace con el
ogro y la bruja resucitados tras la tunda de estacazos. Y saludando al
respetable, porque eran «los malos», pero de mentirijillas como en tantas
ficciones manejadas por los hilos de los titiriteros. Los necesitamos, como
aquellas meriendas sostenidas con una mano mientras que con la otra avisábamos
a Gorgorito: ¡¡¡Por ahí, por ahí!!! La valentía de nuestro héroe y la belleza
de Rosalinda bien merecían la entusiasta ayuda. La vida ya nos enseñaría a
repartir los roles sin semejante sexismo y a respetar a los malos porque, en el
fondo, eran de mentirijillas. Los otros nunca participan en una representación
de marionetas.




