miércoles, 11 de febrero de 2026

Tres jornaleros condenados a muerte


 Imagen del establecimiento penitenciario de Porlier

El trabajo del historiador cuenta con la posibilidad de seguir una pista falsa, buscar una documentación que en realidad no guarda relación con la investigación y otras sorpresas incorporadas al anecdotario de una labor que requiere constancia. También suerte y humildad ante el error.

Cada vez que encuentro un periodista o escritor apellidado García, Gómez, Fernández, González… empiezo a preocuparme si el nombre o el otro apellido no es menos común. El listado de los procesados con esos apellidos tan frecuentes cuyos sumarios se encuentran en el Archivo General e Histórico de Defensa es abrumador y, si no se produce la referida circunstancia, la búsqueda del que nos interesa se convierte en la de una aguja en un pajar.

Hace unos días me llegó el sumario 6026 del AGHD cuyos procesados son Eleuterio Gallego Díaz, Luis González Blanco y José Gallego Díaz, tres jornaleros nacidos en El Hoyo de Pinares (Ávila). El nombre y apellidos del último coincide con los de José Gallego-Díaz Moreno (1913-1965), un matemático y escritor andaluz del que intento saber su suerte en los correspondientes consejos de guerra (AGHD, 64255 y 2407). La confusión de un colega a la hora de identificar a ambos, como si fueran la misma persona, me ha llevado a una nueva confusión que espero solucionar con la consulta de los referidos sumarios.

Los tres jornaleros nada tuvieron que ver con la prensa republicana, pero la lectura del sumario 6026 alumbra algunos aspectos abordados en mis publicaciones acerca de los consejos de guerra de periodistas y escritores. Puestos a trabajar por una confusión, al menos cabe sacar algunas conclusiones.

La primera guarda relación con las fechas de los documentos sumariales. Las imprecisiones en este apartado son tan frecuentes que, además de evidenciar el escaso rigor de quienes trabajaron en la jurisdicción militar durante la Victoria, a menudo permiten pensar en una «reconstrucción» del sumario a instancias del juez instructor.



AGHD, sumario 6026

Según el sumario 6026, el 3 de marzo de 1939 los tres procesados fueron entregados en las dependencias de la comisaría madrileña de La Guindalera-Prosperidad por los soldados Pedro Martín Fernández, Paulino Fernández Fernández y Leandro Ochendo Sánchez. Por entonces, las tropas del general Franco todavía no habían entrado en la capital y, por lo tanto, la fecha debe ser errónea.

Los detenidos son tres jornaleros de 28, 34 y 45 años acusados de militar en organizaciones izquierdistas y de haber asesinado a cuarenta y nueve personas en El Hoyo de Pinares. A primera vista, sorprende que unos soldados tuvieran esa cifra tan precisa y, desde luego, no aportan alguna prueba o testimonio para probar que la misma fuera verosímil en una población tan pequeña.

El día de la detención, que debió ser el 3 de abril, los jornaleros y milicianos declaran en la comisaría para negar la acusación relacionada con los asesinatos, al tiempo que trasladan la responsabilidad a un comité operante en el citado pueblo. Incluso dan los nombres de algunos de sus más destacados miembros. En el sumario no constan las posibles diligencias para localizarlos y procesarlos.

El 22 de abril, el auditor Ángel Manzaneque Feltrer ordena instruir el sumario 6026 al titular del Juzgado Permanente n.º 2 de Madrid. La acumulación de los detenidos retrasaría el proceso, puesto que hasta el 24 de octubre no se inician las declaraciones de los procesados que serían completadas con la de Eleuterio Gallego Díaz el 27 del citado mes. Los tres se limitan a negar la acusación de haber participado en los asesinatos ocurridos en El Hoyo de Pinares.

La única diligencia realizada por el juez instructor, el coronel Eladio Carnicero Herrero, es recabar los informes del comandante del puesto de la Guardia Civil en la citada localidad abulense. Los tres informes llegan el 30 de octubre y son acusatorios, aunque sin presentar prueba alguna más allá del testimonio de los propios informantes.

El juez instructor pensaría que la suerte procesal de tres jornaleros convertidos en milicianos no merecía otras diligencias. El 2 de noviembre de 1939 presenta el correspondiente auto resumen donde se limita a reproducir lo manifestado por la Guardia Civil como acusación.

El 11 de noviembre de 1939, el fiscal Leopoldo Huidobro, un oficial con presencia habitual en los consejos de guerra de periodistas y escritores, pide la pena de muerte para los tres procesados sin recabar prueba alguna y a partir exclusivamente de los informes remitidos por la Guardia Civil.

El 30 de noviembre tiene lugar la vista previa bajo la presidencia del comandante Pablo Alfaro, el firmante de la condena a muerte de Miguel Hernández. Ratificada la petición por parte de la fiscalía, ese mismo día el oficial dicta una sentencia de muerte para los tres jornaleros como militantes de izquierdas y asesinos, aunque sin precisar circunstancia alguna relacionada con los supuestos actos violentos.

Tal vez alarmado ante la rapidez y la precariedad de la instrucción, que contrasta con la gravedad de las condenas, el 11 de diciembre de 1939 el auditor devuelve el sumario al instructor para que realice más diligencias. Las mismas se reducen a recopilar los testimonios de algunos vecinos que, mediante avales escritos y firmados, se ponen en contacto con el juzgado militar. Todos los testimonios son favorables a los jornaleros, en especial los relacionados con José Gallego Díaz.

La circunstancia prueba de nuevo las diferencias entre la jurisdicción militar de la Victoria, inflexible en la mayoría de las ocasiones, y «las personas de orden», que con cierta frecuencia avalaron a los procesados y reclamaron piedad o perdón para los mismos. Si la labor de represión hubiera recaído en la jurisdicción civil, casi desaparecida por entonces, el resultado habría sido probablemente distinto en lo relacionado con la gravedad de las cifras.

El consejo de guerra de los tres jornaleros tuvo lugar el 5 de agosto de 1943, aunque durante los casi cuatro años transcurridos desde el inicial auto resumen las autoridades militares se limitaron a recopilar los citados testimonios de los vecinos sin realizar otras diligencias para averiguar los hechos violentos acaecidos en El Hoyo de Pinares. Tal vez haya más información al respecto en la Causa General, pero sin reflejo en el sumario 6026 del AGHD.

El tribunal presidido por el teniente coronel José Ortiz Gómez condena a muerte a Eleuterio Gallego Díaz y Luis González Blanco, mientras que José Gallego Díaz es condenado a treinta años gracias a los avales recopilados. El jornalero saldría en libertad con el indulto general promulgado el 9 de octubre de 1945, pero sus dos compañeros acabaron ante un pelotón de fusilamiento tras la aprobación de la sentencia por parte del capitán general de la I Región Militar el 19 de octubre de 1943 y el correspondiente «enterado» remitido el 2 de marzo de 1944.

La ejecución de Luis y Eleuterio tuvo lugar en la madrugada del 14 de marzo de 1944, falleciendo a causa de una «hemorragia producida por herida de bala». El anonimato de los pelotones permitía estos eufemismos. Ambos jornaleros murieron por un informe de la Guardia Civil que no incluía prueba alguna y sin que, a lo largo de cuatro años, las autoridades militares hicieran diligencias que consten en el sumario 6026 para aclarar lo sucedido en la localidad abulense.

Al menos, con los escritores y periodistas había un mínimo de base documental para la instrucción. Los jornaleros convertidos en milicianos no merecían semejante atención y José, aliviado por el testimonio de algunos vecinos, agradeció que en la jurisdicción militar hubiera oficiales como el auditor, todavía capaces de alarmarse ante la rapidez y la contundencia de quienes instruyeron el sumario y dictaron la primera condena. Su hermano no pudo compartir ese agradecimiento.

Ahora bien, los historiadores que no cultivan la microhistoria cuando escriben acerca de esta represión aluden al citado indulto de 1945 y el lector presupone una libertad casi inmediata. La realidad matiza esta impresión. El 6 de diciembre de 1945, cuando José Gallego Díaz ya tenía 41 años y estaba recluido en un penal de Valdemoro, solicitó el indulto. Nadie le contestó. El 18 de febrero de 1946 lo vuelve a pedir con el mismo resultado. Cuatro meses después, el 16 de junio, la solicitante fue su madre, que alegó una penosa situación económica porque su hijo llevaba casi siete años encarcelado.

La madre tuvo más predicamento ante las autoridades militares. El 10 de enero de 1947 la fiscalía se opuso a la concesión del indulto, como hacía casi siempre, pero una semana después el auditor lo concede y el 30 de ese mismo mes lo ratifica el capitán general de la I Región Militar. El 5 de febrero de 1947, el director del destacamento penal de Valdemoro informa al juzgado militar que José Gallego Díaz había sido puesto en libertad, quince meses después de solicitarlo. Algunos colegas, pocos, hablan de una excarcelación masiva e inmediata porque suponen que los decretos obraban un efecto inmediato.


domingo, 8 de febrero de 2026

¡¡¡Gorgorito, por ahí, por ahí!!!


 Gorgorito y su descomunal estaca

Uno de los problemas de cumplir años, demasiados, es acabar convertido en materia histórica. El pasado mes de septiembre, cuando asistí en Alcalá de Henares a un congreso sobre la cultura durante el franquismo, tuve la ocasión de escuchar la comunicación de un investigador que hablaba del teatro de marionetas. En un determinado momento, Rafa Segura comentó las andanzas de Gorgorito, el popular personaje de Maese Villarejo, y la escasez de testimonios de quienes lo vieron repartir mandobles con su tremenda estaca.

Yo era uno de esos niños de los años sesenta que cada verano, poco después de las fiestas locales, asistía a las representaciones de un ambulante teatro de marionetas en compañía de otros muchos chavales. Provistos de merienda y junto con nuestras madres o abuelas, los padres solían estar ausentes, nos sentábamos en unas sillas de madera que apenas parecían incómodas porque pasábamos la mayor parte del tiempo de pie. Tal era la tensión con la que vivíamos las aventuras de Gorgorito, siempre acechado por la bruja y el ogro hasta que ambos recibían los correspondientes estacazos.

Desde hace más de cuarenta años explico en clase el doble sistema de comunicación que caracteriza al teatro frente a la literatura. Gracias al mismo, el público interactúa con la representación, aunque solo sea mediante un silencio respetuoso. No era así en aquellas veladas infantiles, pues todos gritábamos como si no hubiera un mañana cuando por una esquina acechaba el ogro -¡¡¡por ahí, por ahí!!!, señalábamos con el acusador dedo índice- o la bruja Ciriaca intentaba engañar a Gorgorito empleando las artimañas de quien era «la mala» capaz de raptar a Rosalinda, la «buena» a la que todos debíamos rescatar. El consenso al respeto pasaba por la unanimidad de un enfervorizado público que, llegado el momento de los estacazos, habría repartido también lo suyo gracias a una empatía ganada con los más elementales recursos. Funcionaban, ya lo creo…

El castigo corporal todavía era una práctica habitual en muchas familias de la época. Incluso estaba más o menos admitido en las aulas, aunque hubiera quedado reducido al palmetazo en la punta de los dedos, que dolía y sobre todo humillaba. Los «revoltosos» capaces de emular a Zipi y Zape lo tenían crudo por entonces, pero los «tranquilitos» tampoco estábamos libres de recibir porque se repartía bastante y no siempre con criterio. Así que, cuando veíamos a Gorgorito, nuestro héroe, dando estacazos a troche y moche supongo que liberábamos mucha tensión acumulada. La función catártica del teatro, en su versión más elemental y efectiva, quedaba demostrada con cada representación de la compañía ambulante de Maese Villarejo.




Gracias a Rafa Segura, actor, dramaturgo e investigador, ahora conozco mejor el origen de aquel Gorgorito y de su creador en plena Victoria, que fue Juan Antonio Díaz Gómez de la Serna (1922-1986). Por entonces, y de acuerdo con los tiempos, el protagonista de las marionetas respondía al nombre de Juanín el Flecha en obras acordes con Periquito contra los monstruos de la democracia, que se divulgó gracias a la muchachada falangista del SEU.

El tal Periquito se jubiló y a Gorgorito le conocería un tanto desbravado en los años sesenta porque había llegado la etapa de los XXV Años de Paz. Los estacazos permanecían, pero debían concentrarse en un mal más universal o ficticio. Afortunadamente, pues Gorgorito seguía fiel al principio de que no hay problema irresoluble si se dispone de una estaca descomunal con la que repartir «su merecido».

El determinismo de la herencia familiar, la educación recibida y hasta de la época vivida durante la infancia es, a veces, una coartada destinada a justificar carencias individuales o la falta de voluntad para superarlas. Nunca he renegado de mi etapa escolar en un colegio con maestros que llevaban la camisa azul de los falangistas. Tampoco de los muchos Gorgoritos que fueron nuestros referentes de una ficción donde siempre había una Rosalinda a la espera del rescate. Ahí están, en una memoria que respeto y hasta recreo para convertirla en materia de reflexión. También de superación, pues hace tiempo que comprendí la inutilidad del estacazo para espantar los temores capaces de acechar por una esquina del escenario de la vida. Eso sí, a veces resulta imposible no desear repartirlos, aunque sea en modo dialéctico, que resulta más respetuoso con la integridad ajena.

Rafa Segura me acaba de mandar su reciente edición de El Búho (Valencia, Sala Carme Teatre, 2025), la obra teatral donde da cuenta de parte de su investigación sobre la homónima compañía valenciana de la FUE que durante la II República intentó alegrar a la chavalería, y a otros públicos, con unas marionetas más cercanas al espíritu de las empleadas por Federico García Lorca. Aquella aventura teatral terminó con la guerra, el exilio y la represión franquista, justo cuando Juan Antonio Díaz Gómez de la Serna creó su popular personaje, que fue un vencedor durante décadas en que alegró con sus aventuras las tardes de tantos niños.

Ahora tengo noticia de que Gorgorito sigue de gira, aunque lo supongo tranquilizado y acorde con los tiempos. Incluso es posible que Rosalinda sea más protagonista de su propio destino. Me alegro por la chavalería que necesita de sus aventuras y de la experiencia de ser parte de un público capaz de vibrar con una representación. También porque, gracias a Rafa Segura y su tesis doctoral en marcha, sabemos de ese origen que tanto explica, de unas marionetas que también hicieron la guerra y padecieron la doble suerte del vencedor y el perdedor.

Vistas las consecuencias de semejante barbaridad, y reacios a pasar la página de la historia sin haberla leído, prefiero imaginar que me habría alegrado asistir a un desenlace con el ogro y la bruja resucitados tras la tunda de estacazos. Y saludando al respetable, porque eran «los malos», pero de mentirijillas como en tantas ficciones manejadas por los hilos de los titiriteros. Los necesitamos, como aquellas meriendas sostenidas con una mano mientras que con la otra avisábamos a Gorgorito: ¡¡¡Por ahí, por ahí!!! La valentía de nuestro héroe y la belleza de Rosalinda bien merecían la entusiasta ayuda. La vida ya nos enseñaría a repartir los roles sin semejante sexismo y a respetar a los malos porque, en el fondo, eran de mentirijillas. Los otros nunca participan en una representación de marionetas.


miércoles, 4 de febrero de 2026

Las funciones del teatro. H.ª del Teatro del Siglo de Oro (11)


 La Joven CNTC en La dama boba

Las funciones del teatro, tal y como aparecen en el primer tema de los apuntes de la asignatura de Historia del Teatro del Siglo de Oro (ff. 35-36), son múltiples, diversas y nunca excluyentes entre sí, pues varias de ellas pueden coincidir en una misma representación. Al igual que ocurre con los trece sistemas de signos cuya presencia es verificable en una puesta en escena (ff. 11-17), hablamos de una gama de posibilidades, con independencia de que una o varias de las funciones se concreten en un caso determinado.

De acuerdo con los citados apuntes, podemos establecer una función crítica, una renovadora o transformadora y otra de reflexión. La catártica y la estimulante se suman a las de diversión, evasión y entretenimiento. Asimismo, cabe recordar las funciones de creación o difusión de valores y modelos sociales, además de la biológica, la terapéutica y la revitalizante y, finalmente, la comunicativa.

Estas funciones, con independencia de su concreción histórica en un determinado marco espacial, aparecen desarrolladas con diferentes matices en cualquier manual dedicado a la teoría del teatro. No obstante, y de cara a una más fácil comprensión o memorización, podemos agruparlas en cuatro presentes en las preceptivas teatrales y que responden a otros tantos infinitivos latinos: movere, conmovere, docere y delectare.

La comprensión de la teoría teatral siempre debe estar basada en una reflexión sobre nuestra experiencia como espectadores. Si nos planteamos las posibles funciones del teatro, antes debemos preguntarnos por nuestras expectativas más allá de lo anecdótico o circunstancial cuando asistimos a una representación. El efectivo cumplimiento de las funciones suele satisfacer las expectativas creadas cuando asistimos al teatro.

Al pagar por una entrada, nuestro primer deseo es que a cambio del dinero desembolsado podamos divertirnos o entretenernos durante la representación. Ambos verbos en español carecen del debido prestigio cultural, a diferencia de lo que sucede en otros idiomas, pero resumen el propósito básico de cualquier espectador.

La diversión o el entretenimiento no presupone necesariamente la existencia de una obra cómica u humorística. También podemos disfrutar con una representación que nos atraiga o interese desde el principio hasta el final, con independencia del género en el cual se incluya (drama, tragedia, comedia…). La primera obligación de los artífices de la representación es mantener la atención del público, que nos olvidemos de nuestras propias circunstancias como parte del mismo, y que esa respuesta permita el consiguiente disfrute.

Si la representación no cumple con el delectare, cualquier otra función teatral resulta inviable porque se ha roto el doble sistema de comunicación que caracteriza al teatro (ff. 18-19). Un espectador aburrido, distraído o desinteresado es incapaz de responder a cualquier estímulo relacionado con las demás funciones agrupadas en el conmovere, el docere y el movere. Por lo tanto, la primera es la base imprescindible para las otras tres y debemos revalorizar el término del entretenimiento, o la diversión, no vinculándolo exclusivamente con la respuesta a una obra de carácter cómico.

El teatro, al igual que cualquier manifestación creativa, puede responder a la función del docere porque es capaz de transmitirnos información o conocimiento y, además, hacerlo de una manera entretenida gracias a los recursos empleados para responder a la función del delectare.

Nosotros en tanto que individuos aprendemos mediante la observación, la experiencia, el estudio…, pero también como parte de un público que asiste a una representación teatral. En el caso concreto de las seis obras vistas a lo largo del curso, aprendemos acerca de circunstancias históricas y sociales, valores e ideas de la época en que fueron concebidas, historias de la tradición cultural, leyendas, manifestaciones folklóricas, costumbres… El resultado enriquece nuestro bagaje de conocimientos mediante un aprendizaje satisfactorio que apenas supone un esfuerzo más allá de prestar atención para disfrutar.



La dama duende

Dado que las seis obras seleccionadas responden a la concepción azoriniana de los clásicos, este conocimiento derivado de las mismas guarda relación con nuestro presente. De manera casi inevitable, observaremos comportamientos, reacciones, sentimientos, emociones, reflexiones, discusiones… que en origen responden a un marco cultural alejado en el tiempo, el Siglo de Oro, pero que en lo fundamental mantienen su vigencia en el actual.

El requisito para enriquecer nuestro conocimiento o bagaje cultural con este docere es mantener una actitud reflexiva y crítica capaz de prescindir de lo circunstancial, aquello que solo forma parte de un determinado marco histórico o cultural, y centrar nuestra atención en lo fundamental o vigente por encima de los cambios derivados del paso del tiempo.

Así, cuando veamos, por ejemplo, una discusión sobre los efectos del amor como la planteada dramáticamente en La dama boba a partir del neoplatonismo, prescindiremos de algunos detalles que enmarcan la obra de Lope de Vega en la cultura del siglo XVII y buscaremos lo sustancial de esa discusión, que por su naturaleza universal todavía nos afecta como individuos del siglo XXI.

A pesar de que todo el teatro se representa en presente y ante un público coetáneo, con independencia de la fecha del texto original, el docere no debe limitarse a lo susceptible de interesarnos de cara a nuestro propio mundo. Frente a una cultura demasiado deudora del inmediato presente, una circunstancia que supone una verdadera limitación intelectual, una ficción como la teatral del siglo XVII nos invita a transgredir los límites de nuestra experiencia y a sumergirnos, aunque solo sea por curiosidad, en otra época. El docere no es una función que deba estar vinculada con la utilidad práctica del conocimiento. También permite que el mismo sea un correlato de una curiosidad intelectual desprovista de objetivos utilitaristas.

A lo largo del curso y como espectadores tenemos la oportunidad de conmovernos ante situaciones injustas o violentas como las representadas, por ejemplo, en El alcalde de Zalamea o Fuenteovejuna con un notable dramatismo. Vamos a ver auténticos abusos de un poder tiránico, violaciones de mujeres que nos recuerdan la existencia de la violencia de género en cualquier período del pasado, colectivos torturados por no someterse a una injusticia… y un conjunto de circunstancias que provocan la conmoción de un público dotado de un mínimo de sensibilidad.

Este conmovere refuerza nuestra participación, aunque solo sea anímica, en la representación y suele suponer el estímulo dramático o emocional para dar paso a la función crítica que sustenta el movere. Nosotros sentimos una conmoción, por ejemplo, ante el destino injusto y fatal del protagonista de El caballero de Olmedo de Lope de Vega. El trágico desenlace de la tragedia nos mueve a que, como ciudadanos, rechacemos comportamientos similares a los encarnados en quienes le asesinan por odio, celos, envidia y hasta una xenofobia muy localista. Es decir, sintamos la necesidad del movere.

Una representación completa el circuito de las funciones teatrales si nos deleita con el conjunto de las acciones y los protagonistas, nos enseña acerca de lo visto en el escenario, nos conmueve hasta el punto de hacernos participar más intensamente en el acto comunicativo que supone toda representación y, además, cuando salimos de la misma somos otros individuos algo mejores. Fundamentalmente, porque estamos satisfechos después de haber culminado nuestro deseo de entretenimiento, hemos aprendido acerca de lo que nos afecta o interesa y nos sentimos proclives a dar una respuesta, estimulada por lo representado, que sea capaz de ir más allá de un tiempo de ficción teatral.

Las seis obras seleccionadas en el programa de la asignatura completan este circuito porque, en diferentes proporciones, responden a las cuatro funciones expuestas con la utilización de los correspondientes infinitivos latinos. El delectare cobrará mayor protagonismo en La dama boba y La dama duende, dos comedias repletas de divertidas peripecias que buscan la sonrisa del espectador. El docere lo subrayaremos en un drama como El alcalde de Zalamea, de Calderón, que tanto nos enseña acerca de las relaciones entre los diferentes grupos sociales de la época y de los mismos con respecto a la monarquía absolutista. El conmovere cobrará un protagonismo especial ante el destino fatal de un protagonista, la violencia de un tirano y las injusticias representadas en El caballero de Olmedo y Fuenteovejuna. Finalmente, el movere será la consecuencia de una reflexión crítica que, por ejemplo, nos permita percibir la existencia en nuestra realidad cotidiana de «retablos de las maravillas» similares en lo fundamental al recreado en el homónimo entremés de Cervantes.

La prevalencia de una función teatral no supone necesariamente la desaparición de las demás. Las obras, según los géneros en que se encuadran, buscarán distintas prevalencias en las funciones, pero sin desechar por completo aquellas que puedan quedar relativamente relegadas. De ahí que, al iniciar nuestro acercamiento crítico a cada una de las seis vistas en el curso, debamos partir de los cuatro infinitivos latinos para valorar la presencia de las respectivas funciones y así empezar a caracterizar las obras para comprenderlas mejor. También para entretenernos con mayor fundamento.

martes, 3 de febrero de 2026

Carlos Hernández, periodista y escritor


 Carlos Hernández

Carlos Hernández de Miguel, periodista y escritor, acaba de fallecer a los 56 años víctima de una enfermedad. La noticia ha saltado a los medios de comunicación y a las redes sociales, donde los testimonios de condolencia abundan porque el especialista en temas relacionados con la memoria democrática ha dejado el recuerdo de una persona buena, amable y solidaria.

De la faceta periodística de Carlos Hernández, incluso como corresponsal de guerra en varios conflictos, poco puedo añadir a lo publicado cuando tantos compañeros le recuerdan. Mi relación con el fallecido se remonta a los tiempos en que escribió los primeros trabajos sobre los campos de concentración de Franco, que desembocarían en un imprescindible libro acerca de esta desconocida manifestación de la represión franquista editado en 2019.

Lo leí con la sorpresa de quien desconoce por completo un tema, a pesar de que esos campos fueron numerosos y constituyeron un eslabón fundamental del sistema represivo durante la Victoria. Carlos Hernández afrontó la tarea con enormes dificultades para romper el silencio mantenido sobre unos campos repartidos por toda la geografía nacional y en muchos aspectos similares a los del régimen nazi.

El franquismo ocultó esta trágica realidad con una eficacia verdaderamente notable y hasta consiguió que se dudara acerca de su existencia. La incansable labor de Carlos Hernández, que también trabajó sobre la presencia de españoles en Mauthasen, desveló las verdaderas dimensiones de esta represión padecida por decenas de miles de derrotados.

Desde entonces, y al estudiar los sumarios de los consejos de guerra de periodistas y escritores, fui encontrando referencias a los campos de concentración por los que pasaron algunos de los procesados. Siempre le informaba de lo localizado y, a menudo, le pregunté por nuevos datos para completar la trayectoria de las víctimas cuyo deambular de cárcel en cárcel también pasaba por algún campo de concentración.

Carlos Hernández siempre me contestó y ayudó, al igual que tantos compañeros a los que consulto para escribir mis trabajos. Ahora, por desgracia, solo me cabe lamentar su temprana muerte y manifestar el dolor por una pérdida igualmente sentida por tantos colegas del periodismo y la investigación histórica.

El trabajo de Carlos Hernández supone un eslabón de una cadena donde tantos otros colaboramos para desvelar la represión franquista durante la Victoria. La memoria de su afabilidad y solidaridad nos acompañará y, al mismo tiempo, será un estímulo para completar un trabajo siempre realizado con enormes dificultades. Nunca asustaron o desanimaron al fallecido. El mejor homenaje será continuar la labor emprendida con la misma generosidad ante las peticiones de ayuda de otros investigadores.

Pdta.: Carlos, antes de fallecer y conocedor de su inminente final, nos dejó una carta. Pocas veces la lectura de un texto me humedece los ojos. La despedida de Carlos es una de esas excepciones:

https://www.eldiario.es/sociedad/carta_129_12959795.html

Enlazo aquí una muestra del eco de su fallecimiento en los medios de comunicación:

https://elpais.com/espana/2026-02-03/muere-el-periodista-carlos-hernandez-que-investigo-los-campos-de-concentracion-del-franquismo.html




viernes, 30 de enero de 2026

Los matones también mueren


 Wild Bill Hickok

Las polémicas, al igual que las paellas, hay que dejarlas reposar para conocer el desenlace y la correspondiente enseñanza. Esta semana hemos asistido a una catarata de declaraciones desde que el novelista David Uclés manifestara su negativa a participar en unas jornadas organizadas por Arturo Pérez Reverte. Nada añadiré al respecto porque la hemeroteca está repleta de información y, leído lo fundamental, considero que lo mal planteado ha terminado con una anulación justificada. También intuyo que la ausencia de frenos ha permitido que los organizadores pisaran el acelerador hasta el punto de provocar una reacción que, catalizada por una figura emergente como David Uclés, ha cristalizado en una protesta como pocas veces había visto en torno a un debate.

El desigual enfrentamiento entre el autor de La península de las casas deshabitadas y el prolífico novelista, a la par que académico, me ha recordado un episodio de la magnífica película Litle Big Man (1970), de Arthur Penn. Las múltiples peripecias del centenario protagonista que interpreta Dustin Hoffman le llevan a conocer al pistolero Wild Bill Hickok (1837-1876) que hasta el día de su muerte portó dos colts plateados con empuñadura de marfil.

El pistolero era viejo porque llegar a los cuarenta en el salvaje Oeste tenía su mérito. El bigotudo, tras asesinar a más de veinte desgraciados, alardeaba de haber acabado con muchos más ante el corrillo de admiradores de una leyenda alimentada por sus propias mentiras. Así, entre ocurrencias de matón venido a menos por los achaques de la edad, el pistolero se ganaba la vida como jugador de póker siempre atento a la posibilidad de que alguien fuera más rápido desenfundando.

Wild Bill Hickok tomaba medidas para evitar un final antes de tiempo y todavía era de temer, a pesar de que la vista ya le fallaba por el tracoma. Un día otro jugador, cabreado por su chulería un tanto rácana, le asesinó de un tiro a bocajarro. Arthur Penn, que ya llegó al personaje histórico cuando era una leyenda, convirtió la venganza en un acto protagonizado por un niño, al que suponemos un futuro pistolero que moriría tan joven como Billy the Kid (1859-1881).



Billy the Kid

Wild Bill Hickok ni siquiera vio venir al chaval. Algo similar le ha sucedido a Arturo Pérez Reverte, acostumbrado a repartir mandobles verbales a diestro y siniestro, tenso a sus 74 años como quienes pusieron una pica en Flandes y despreocupado ante un declarado homosexual que luce boina, melena desordenada y maneras de buenismo. Un error, Arturo, porque los tiros mortales casi nunca son los previsibles.

Ahora, después de acusar al colega como ignorante, sectario e infantiloide, y cuando la excusa de las interrogantes la ha desmontado la prensa, Arturo Pérez Reverte alardea de llevar «muchos años de mili». Viejo, incluso viejuno, es el argumento de autoridad cuartelaria. Yo creía ingenuamente que el novelista era el Pirri de las letras, dispuesto a jugar duro en un partido amistoso e incapaz de alegar que el campo estaba embarrado como excusa de la derrota.

Lo peor de interpretar el personaje del duro, siempre dialéctico, es que nunca te puedes jubilar a tiempo. Mientras colegas como Antonio Muñoz Molina flojean al reconocer una depresión o citan a Epicuro para llevar una vejez soleada al modo de Manuel Vicent, Arturo debe ser hasta el final fiel a sus fieles, que son legión y de espíritu legionario.

La coherencia de un papel monocorde y previsible le lleva a una dureza que, superada una cierta edad, es patética como la de Wild Bill Hickok. Y termina mal, porque el abatido a traición nunca tendrá la oportunidad de pasar a mejor vida con un gesto de generosidad ante un personaje interpretado por Dustin Hoffman. La vida no depara estos detalles de los guionistas y, derrotado por un «chinche», conviene admitir que los muchos años de mili solo debieran ser el preámbulo de una retirada donde agrandar la leyenda mediante historias fabulosas.



La memoria del anciano Litle Big Man

Las huestes de Arturo Pérez Reverte son proclives a escuchar viejas batallas ganadas con la gallardía de un caballero español. La leyenda del invencible de los zascas y mandobles contra los flojos de espíritu debería continuar para quienes la disfrutan. Allá ellos, que nunca admitirán la posibilidad de un tiro salido del colt de un chaval. Nosotros, como la memoria del «pequeño gran hombre» interpretado por Dustin Hoffman, sabemos de esas paradojas de la vida y solo esperamos que el imberbe no acabe como Billy el Niño. Los matones, al fin y al cabo, también mueren y sin dejar un recuerdo de paz o tolerancia.


martes, 27 de enero de 2026

El homenaje por el cincuentenario de La Edad de Plata, de José-Carlos Mainer


 

Algunos libros resultan decisivos en nuestra trayectoria académica porque nos permiten conocer lo ignorado u observar lo ya abordado desde una nueva perspectiva crítica. Esos hitos de la lectura se reparten a lo largo de los años, incluso conviene que sigan presentes cuando se afronta la jubilación porque son síntoma de la permanencia de una imprescindible curiosidad intelectual. Perdida la misma, todo es tan inútil como repetitivo.

No obstante, esas lecturas iluminadoras resultan especialmente decisivas cuando tienen lugar en los primeros años de una trayectoria donde estar atento al trabajo ajeno, a su posible magisterio, es un requisito tan obvio que apenas merece ser recordado. También buscar un hueco propio a la luz de quienes nos preceden en la tarea académica.

A principios de los años ochenta, cuando era un becario predoctoral, tuve la ocasión de leer la segunda y ampliada edición de La Edad de Plata de José-Carlos Mainer por recomendación de mi profesor, y desde entonces compañero, Miguel Ángel Lozano, que en el curso 1973-74 había tenido la suerte de asistir como alumno del citado en la UAB a la génesis de un libro verdaderamente deslumbrante por múltiples razones.

La Edad de Plata es una referencia tan inexcusable para abordar la historia literaria del período 1902-1936 como compartida por numerosos colegas en un clima de práctica unanimidad, subrayada por el generalizado respeto y admiración a su autor. Llegado el cincuentenario de la primera edición, y de tantos hitos de la historia reciente, era de justicia reeditarlo con el mimo empleado por la editorial Taurus gracias a la ayuda de Jordi Gracia y Domingo Ródenas, catedráticos de la UB.

El pasado verano releí La Edad de Plata (véase la entrada en este blog del 5 de septiembre) y tuve la oportunidad de comprobar la frescura de sus aportaciones, que marcaron directrices para muchos otros trabajos capaces de ahondar en lo indicado con especial sagacidad por José-Carlos Mainer. Esa grata impresión la compartí con mis compañeros del Departamento de Filología Española y pronto surgió la iniciativa de organizar un modesto homenaje al autor y su más conocida obra.

La propuesta fue acogida por el Centro de Estudios Mario Benedetti y, una vez finalizadas las obras en el mismo, el homenaje tendrá lugar el próximo 9 de febrero. Damos aquí el cartel del acto y el enlace a la web del CEMAB donde aparecerá el programa de las intervenciones, con el compromiso de añadir también la correspondiente grabación del acto cuando esté disponible en esa web:

https://web.ua.es/es/centrobenedetti/




El texto de mi intervención puede consultarse en el siguiente enlace del Repositorio de la Universidad de Alicante:

https://rua.ua.es/entities/publication/b0a08867-a4d3-41c4-9d80-528b93c567da

jueves, 22 de enero de 2026

El exilio republicano de 1939 y el interior

Anales de Literatura Española acaba de publicar su número 44, un monográfico sobre las relaciones entre el exilio republicano de 1939 y el interior realizado en colaboración con el grupo de investigación GEXEL, de la UAB, bajo la dirección de mi colega José Ramón López García:

https://ale.ua.es/

El trabajo de este monográfico se inició hace unos tres años y, al verlo culminado con novedades tecnológicas como una edición en formato XML para facilitar su difusión, tengo la satisfacción de haber saldado una deuda. Hasta ahora apenas había escrito sobre los exiliados republicanos de 1939, salvo el libro dedicado en 1995 a uno de ellos: Eduardo Ugarte, que acabó en Méjico como tantos intelectuales y creadores de aquella diáspora. También tengo un par de trabajos acerca del teatro de Max Aub, pero era consciente de mi escasa dedicación a la obra de estos exiliados. De ahí que por primera vez desde que soy director de la revista propusiera la realización de un monográfico, que tras la aprobación del consejo de redacción ha salido adelante gracias al trabajo de un grupo de investigación tan prestigioso como es el GEXEL

Las deudas saldadas nos tranquilizan cuando somos conscientes de estar en las últimas etapas del camino. En 2011, recién publicado Hojas volanderas, tuve la ocasión de conocer a Carlos Vega Vicente (1937-2025), catedrático emérito de la Universidad Politécnica de Madrid. Mi colega era hijo de Etelvino Vega Martínez, fusilado en Alicante en 1939, y de la traductora Isabel Vicente. Junto con su madre partió hacia la URSS y allí encontraron al periodista José Luis Salado. La relación entre este último e Isabel se deshizo con el paso del tiempo, pero Carlos siguió junto con quien protagonizó uno de los capítulos de mi citado libro. 

Gracias a su testimonio, tuve una información de primera mano y, cuando el 27 de noviembre de 2011 vino para asistir a un acto en homenaje a su padre y otros republicanos fusilados en Alicante, tuvo palabras de agradecimiento por haber sacado del olvido a José Luis Salado. Carlos regresó a España en 1978 y ahora, cuando he ayudado a los responsables de CEDRO para localizarle, me he enterado de su reciente fallecimiento. Solo me resta decirle un emocionado adiós y comprometerme a que José Luis Salado e Isabel Vicente no queden en el olvido, al igual que tantos «niños de Rusia» como el propio Carlos.


Antonio Gallego Carretero

Al mismo tiempo, ayer la UA hizo pública la donación del archivo familiar del periodista fusilado Antonio Gallego Carretero, a quien dediqué una entrada en este blog el pasado 14 de diciembre. Esta actuación ha sido posible gracias a su nieto José Miguel, que recogió el testigo de su padre para recordar al familiar trágicamente desaparecido. Anoche, cuando le comuniqué lo publicado por la UA y la prensa local, me mandó un email que terminaba así: «Gracias por ser 'la voz en el relato de la Historia' y ayudarme a encontrar la paz y el sosiego que tanto deseaba». 

Gracias a él y tantos otros descendientes de los periodistas y escritores represaliados, que con sus palabras me ayudan a proseguir en la tarea de investigación. La deuda ya es enorme y, preocupado por saldarla de forma completa, me he puesto en contacto con la Unidad de Derechos Humanos y Memoria Democrática de la Fiscalía General del Estado. La primera actuación fruto de esta relación tendrá lugar el próximo 16 de marzo en la Universidad de Alicante. Seguiremos informando.