jueves, 16 de julio de 2026

Final de trayecto


 Marcello Mastroianni en Sostiene Pereira

Hoy he puesto el punto final al cuarto volumen dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores durante el período 1939-1945. En realidad, nunca escribo las monografías de acuerdo con el orden en que luego aparecen los capítulos según el índice. Gracias a los ordenadores, vuelvo a menudo sobre lo escrito. Así modifico, añado o quito hasta alcanzar la versión definitiva, aquella que una vez impresa y leída con un bolígrafo rojo a mano ya parece no necesitar de más cambios. Suele ser la décima, más o menos, porque conservo las anteriores hasta la publicación del libro, que acarrea la bajada al contenedor de varias bolsas de basura repletas de folios impresos con anotaciones.

Al repasar esta mañana el último capítulo de Final de trayecto, creo que ya he llegado a ese punto. Todavía falta por incorporar la documentación de tres sumarios. La misma está localizada, solicitada y abonada. Solo resta examinarla cuando llegue para confirmar o no unas hipótesis basadas en otros sumarios ya consultados. También para desmontar un bulo como el relacionado con los cineastas Rafael Gil y Antonio del Amo, el de su mutua ayuda cuando en diferentes momentos estuvieron presos de los bandos enfrentados durante la guerra. La historia de transmisión oral y sin apoyos documentales circula de libro en libro a pesar de su inverosimilitud y haber sido desmentida por el segundo de los citados. Tiempo habrá de sacar a la luz lo sucedido con los consejos de guerra de un Antonio del Amo que terminó dirigiendo las películas protagonizadas por Joselito y nunca fue explícito acerca de su paso por los juzgados militares. Rafael Gil tampoco, como tantos otros.

Final de trayecto será el trigésimo quinto libro publicado desde 1987 y el último como catedrático en activo. Tal vez, si la salud me acompaña y me animo a continuar como catedrático emérito, escriba alguno más, pero lo dedicaría a mi pequeño mundo de espectador y lector que siempre ha ido en busca de una sonrisa. La idea de terminar compartiendo con un puñado de amigos lectores los motivos de unas sonrisas me parece el mejor de los finales posibles.

Mientras tanto, procuro ser fiel a mis costumbres y, aunque solo sea mentalmente, pongo una banda sonora al último repaso del original. Esta mañana he recibido dos buenas noticias. Los tribunales europeos apoyan la reconciliación para pasar página de lo sucedido en la Cataluña de 2017, cuando otros apostaron por el radicalismo o la represión como únicos argumentos. Por razones personales y familiares, aquella situación supuso un desgarro emocional y solo espero que los obstáculos para hacer efectiva esa reconciliación desaparezcan. El objetivo de la normalidad democrática siempre merece la pena.




La segunda noticia ha sido familiar. Mi hijo, el de la foto, ha llegado a casa con el documento que prueba la concesión de su primer sexenio como investigador de la Universidad de Alicante. Uno se encamina hacia el final de trayecto y otro cuarenta años después lo inicia, con unas ilusiones que me recuerdan lo sucedido en los ochenta, cuando a falta de ordenadores las correcciones suponían horas y horas tecleando con una máquina de escribir.

El azar de las circunstancias permite estas coincidencias, pero en el fondo la situación responde a la lógica de un camino donde la continuidad pasa por finales e inicios. Lejos de cualquier melancolía o añoranza, lo acepto con la alegría por ser consciente de haber escrito el mejor de mis libros, aquel que en régimen de coautoría nos permite todos los días comprobar la ilusión de un joven investigador que pronto llegará más allá de lo que imaginamos juntos el 14 de abril de 1975, cuando decidimos compartir un presente que dura más de cincuenta años.

Y lo celebramos, a nuestra manera íntima y discreta. Compartiendo, después de muchísimos años una coca cola de la que había olvidado su sabor y escuchando el «Azzurro» (1968) de Paolo Conte, que nunca terminamos de saber si es mejor o peor que la versión de Adriano Celentano. Apenas importa, porque lo fundamental es pasar «il promeriggio», aunque sea «troppo azzurro e lungo» para coger a tiempo «il treno dei desideri», aquel que nos pueda llevar a un final digno y solidario, como el del recién jubilado Pereira interpretado por Marcello Mastroianni que parte, vete a saber hacia dónde, por las calles de Lisboa a los sones del maestro Ennio Morricone. Allí fuimos a finales de los noventa después de leer la novela de Antonio Tabuchi y ver la adaptación cinematográfica de Roberto Faenza, para sentir en la capital portuguesa la cercanía de tan buenos amigos. Y allí, en ese mundo de la creación que nos enseña a vivir, seguimos treinta años después con la alegría de que esa coherencia tendrá continuidad.

 

 

domingo, 12 de julio de 2026

El Negro Aquilino


 Aquilino Calzado González

Las corridas de toros nunca me han interesado, incluso sería incapaz de asistir a una en directo, pero desde pequeño me gustan algunos pasodobles de los que tarareaba mi abuela. Apenas recuerdo los títulos y menos los compositores. Sin embargo, gracias a You Tube los recupero de vez en cuando, al igual que varios temas zarzueleros, para compartirlos con mi esposa como parte de un homenaje en la intimidad a la memoria de nuestros mayores.

En esa selección suelo incluir un pasodoble que conocí ya adolescente y con algo de sorpresa: En er mundo, de los maestros Juan Quintero Muñoz y Jesús Fernández Lorenzo. Hay partes de la melodía que son las habituales en un pasodoble listo para ser interpretado en una plaza de toros, justo en el momento en que la corrida lo necesita para galvanizar los ánimos. Sin embargo, desde joven me pregunto por el origen de un reiterado solo de saxo, verdaderamente maravilloso, que asocio a una inolvidable escena de La lengua de las mariposas (1999), de los añorados José Luis Cuerda y Rafael Azcona.

Poco después del estreno de esa película tuve la oportunidad de hablar con el único guionista que cuenta con un pasodoble propio gracias a su amigo Carmelo A. Bernaola. Rafael Azcona me pasó la grabación para una web que le dedicamos en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, me gustó escucharla también en Pasodoble (1988), de José Luis García Sánchez y, en una inolvidable tarde que pasamos juntos en Murcia, le confesé mi preferencia en materia de pasodobles: En er mundo. Rafael compartía esa valoración y por eso incluyó el solo de saxo en una de las muchas escenas emotivas de la película basada en la obra de Manuel Rivas.

Años después, cuando estudiaba la filmografía del falangista Carlos Arévalo, un maldito entre los vencedores, supe de su colaboración con el maestro Juan Quintero Muñoz. Al recopilar algunos datos biográficos del músico gaditano encontré que el pasodoble fue compuesto para un saxofonista cubano que por entonces, en 1932, triunfaba en España: Aquilino Calzado González, conocido como El Negro Aquilino.

El músico cubano llegó en 1929, cuando apenas tenía veintiún años y junto con otros músicos de su país dispuestos a buscarse la vida en Europa. Su integración fue sorprendente. Al poco tiempo, asombró a todos con sus interpretaciones al saxo de los palos del flamenco. Las grabaciones conservadas así lo atestiguan, al igual que nos permiten comprender que la publicidad hablara del «saxo humano» porque verdaderamente cantaba.

Gracias a esa maestría, su versión del solo en el pasodoble En er mundo me parece tan genial como enigmática había sido las de otros saxofonistas a quienes escuché interpretando esa melodía. Había algo raro que me recordaba la presencia del jazz más tradicional. Al cabo de los años, comprendí el origen de mi extrañeza porque los maestros Quintero y Fernández pusieron su pasodoble al servicio de un músico enraizado en España, pero formado en la música negra de Cuba con influencias norteamericanas.




El Negro Aquilino alcanzó la popularidad durante la II República llenando plazas de toros en unos espectáculos entre musicales y taurinos donde competía con el también saxofonista Fernando Vilches, que padeció el exilio antes de volver a España. A menudo, el fornido negro de aspecto afable salía a hombros de esas plazas, como sucediera en la de Alicante el 17 de abril de 1932, y decidió quedarse entre nosotros después de casarse con una valenciana.

Ignoro sus avatares durante la guerra, que no serían pocos por permanecer en la zona republicana. La investigación queda pendiente, pero en 1940 el Negro Aquilino ya estaba de vuelta en América y nunca más volvió a una España donde la presencia de un cubano tocando por fandangos o bulerías era un imposible.

Ahora, cada vez que recupero una de las múltiples grabaciones del pasodoble, recuerdo la incompleta y fragmentaria historia de Aquilino. Y la de tantos como él, destinados al olvido tras la trágica interrupción que supuso la guerra. A ellos he dedicado años de trabajo con la intención de que tengan un relato. La banda sonora a menudo es En er mundo, con la compañía de la envolvente melodía de Suspiros de España, recordada gracias a una inolvidable escena de Soldados de Salamina (2003), de David Trueba.

Sin el apoyo de la música, en mi caso, nunca habría una voluntad de escribir para recuperar la memoria compartida de tantos olvidados por la historia.




miércoles, 8 de julio de 2026

La web consejosdeguerra.es supera el centenar de sumarios analizados


El pasado mes de septiembre en compañía de mi hijo tuve la oportunidad de presentar en el Parlamento Europeo la web consejosdeguerra.es, que por entonces abarcaba unos setenta sumarios. El compromiso adquirido en esa ocasión y ratificado después ante la comunidad académica era llegar a la práctica totalidad de los sumarios instruidos contra periodistas y escritores durante el período 1939-1945. Al final del presente curso, la cifra ha superado el centenar, concretamente 101, y a lo largo del próximo curso alcanzaremos el objetivo propuesto, aunque siempre cabrá la posibilidad de ampliar las búsquedas e incorporar nuevos sumarios.
Una vez publicado el tercer volumen de la tetralogía dedicada al tema, La colmena (Sevilla, Renacimiento-UA, 2026), la clave para alcanzar ese objetivo radica en el trabajo realizado para el cuarto y último volumen: Final de trayecto, cuya publicación está prevista para el curso 2027-2028 en el caso de superar los preceptivos informes. La investigación se encuentra muy avanzada gracias a la colaboración del Archivo General e Histórico de Defensa y, a falta de recibir algunos sumarios ya localizados y solicitados, el índice de ese cuarto volumen es el siguiente:


La lista de los capítulos se ampliará con unos pocos más y, al final, tendremos unos ciento veinticinco sumarios analizados, que es una cifra cercana a la total de los protagonizados por estos colectivos durante la represión de la posguerra. Por primera vez, y de acuerdo con la metodología de la microhistoria, casi todos los miembros de un colectivo tendrán su protagonismo en un estudio cuyas conclusiones parciales arrojan algunas dudas sobre la actual caracterización de las víctimas de aquella represión en la jurisdicción militar. Habrá tiempo y oportunidades para plantearlas ante la comunidad académica y favorecer así el debate. Por lo pronto, solo cabe culminar la tarea iniciada con motivo de la publicación de Nos vemos en Chicote (2015).

Y, claro está, llegadas estas fechas y con el trabajo por delante de presidir dos tribunales de oposiciones, habrá que dar una tregua a estas entradas en el blog.

sábado, 4 de julio de 2026

Un TFM sobre el médico y periodista Francisco Colás


 Francisco Colás

Marina Muñoz Romero acaba de presentar en la UCLM su TFM titulado «Tras las huellas de Asmodeo: estudio de la vida y obra de Francisco Colás Ruiz de la Sierra (1898-1939», bajo la dirección de mi colega M.ª Asunción Castro. Gracias a la colaboración de ambas, el periodista y médico Francisco Colás contará con un capítulo en el cuarto volumen dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores. Como complemento de la entrada publicada el pasado 9 de mayo, reproducimos a continuación un breve resumen del TFM que nos ha facilitado Marina Muñoz Romero y que próximamente aparecerá en el repositorio de la UCLM:


Francisco Colás Ruiz de la Sierra (Ciudad Real, 1898–1939) fue una de las primeras víctimas de la represión franquista en la provincia de Ciudad Real. Condenado a muerte por un consejo de guerra, se le acusó del delito de adhesión a la rebelión por haber sido director de prensa marxista y ejercer el cargo de secretario de propaganda de la Federación Provincial Socialista durante la Guerra Civil. Francisco Colás fue médico de profesión, aunque mostró interés por el periodismo desde temprana edad. Nació en Valverde, pedanía de Ciudad Real, en el seno de una familia burguesa y liberal, lo que le permitió formarse académicamente y conocer los privilegios de pertenecer a una clase social acomodada.

Francisco siguió los pasos de su padre y estudió la carrera de Medicina en la UCM, actual Complutense. A lo largo de su etapa universitaria, compaginó los estudios con el periodismo y la escritura, publicando artículos, poemas y relatos en revistas culturales de Ciudad Real y Madrid. El joven poeta se inició en el republicanismo y el regionalismo manchego. En sus crónicas criticaba el turnismo, la crisis política y la hipocresía de la Iglesia en una defensa de la clase trabajadora del campo, abandonada por las élites políticas. Influido por las lecturas de Karl Marx y la Revolución rusa de 1917, se identificó pronto con el pensamiento marxista, alineado con un profundo sentimiento humanista.

En 1921 terminó la carrera y volvió a Ciudad Real, donde empezó a trabajar en la Casa de Socorro. Allí continuó colaborando en revistas y periódicos locales, formando parte de los círculos culturales e intelectuales de la ciudad como uno de sus miembros más jóvenes. Los años de la dictadura de Primo de Rivera fueron un punto de inflexión para su trayectoria política. Ilusionado en un primer momento, como tantos otros, por el fin de la crisis de la Restauración y las promesas de acabar con el caciquismo, fue concejal en el ayuntamiento ciudadrealeño desde principios de 1924, aunque permaneció solo un año en el cargo. Sin embargo, con el tiempo terminó por ser una de las principales voces de oposición al directorio militar.

Entre 1927 y 1928 se afilió al PSOE. En aquellos años, surgió en la capital manchega un movimiento de línea intelectual que reunió a socialistas y republicanos de la provincia con el objetivo común de poner fin a la dictadura y a la monarquía. Una de sus tácticas propagandísticas fue la creación de la revista Libertad (1930-1931), un semanario político de debate y actualidad dirigido por Francisco Colás. En ella adoptó el seudónimo Asmodeo, con el que firmaría a partir de entonces y que se hizo conocido entre los círculos obreros.

Durante la II República, fue presidente de la recién constituida Federación Socialista Provincial hasta agosto de 1932 y dirigió el periódico de la Agrupación Socialista, Clamor (1932-1934). La huelga general de octubre de 1934 también tuvo repercusión en Ciudad Real y conllevó la detención de dirigentes políticos y sindicalistas, varios de los cuales formaban parte del equipo de redacción del periódico. La Casa del Pueblo fue clausurada y, aunque no fue detenido, Colás se alejó del foco de atención durante los siguientes dos años. Incluso, parece ser que estuvo una temporada trabajando fuera de la ciudad.

El triunfo del Frente Popular en febrero de 1936 trajo de vuelta a los compañeros y la vida en la ciudad retornó a su estado anterior, aunque por poco tiempo. La sublevación del 18 de julio apenas tuvo repercusión directa en Ciudad Real, salvo por un altercado con los dirigentes de Falange, que se saldó con varios heridos y un muerto. La provincia manchega se mantuvo en el territorio republicano hasta el final de la contienda y se vivió un conato de revolución social impulsado por los partidos obreros y sindicatos de la región. Desde los primeros días de la guerra, Paco Colás estuvo al frente de la dirección de El Pueblo Manchego (1911-1937), único periódico en funcionamiento en aquellos momentos. De línea marcadamente conservadora y católica, fue fundado por la aristocracia y el obispado de Ciudad Real, y lo adquirió la CEDA de Gil Robles en 1932.

Bajo la nueva la dirección, el diario se convirtió en portavoz del gobierno de la República y de las autoridades del Frente Popular, publicando partes de guerra y ejerciendo una función propagandística. Tras el cese de la publicación en junio de 1937, siguió editándose Avance (1937-1939), que nació como diario de unificación marxista y terminó convirtiéndose en el medio del PSOE y la UGT. Colás se convirtió en su director en septiembre de 1938, después de que el director fuera llamado al frente, cargo que desempeñó hasta el final.

Durante los tres años de guerra tuvo distintas responsabilidades: dirigió el principal medio de información de la provincia; formó parte del comité de enlace entre los socialistas y comunistas, participó en comisiones de depuración y fue secretario de propaganda de su partido. También intervino en mítines, dio discursos por radio y escribió diariamente artículos dirigidos a la población de la retaguardia. De este modo, se convirtió en una voz de referencia contra el fascismo y los militares sublevados, hasta el punto de recibir amenazas de Gonzalo Queipo de Llano. Al mismo tiempo, siguió ejerciendo su profesión como médico en el hospital, donde también tuvo cargos de dirección.

El final de la guerra le encontró en Ciudad Real junto a su esposa y a su hijo pequeño. Fue detenido el 5 de abril, pocos días después de que las tropas franquistas hubieran entrado en la ciudad. Rápidamente fue juzgado por un consejo de guerra que le condenó a la más alta pena por los cargos políticos ejercidos, ser un destacado dirigente socialista y dirigir prensa “roja”. Aunque declaró haber ayudado a compañeros y personalidades de derechas durante la guerra, sus declaraciones públicas contra el Movimiento Nacional determinaron su final. Un mes después, Francisco Colás Ruiz de la Sierra fue ejecutado en Ciudad Real el 5 de mayo de 1939 con cuarenta años, siendo uno de los primeros de las casi mil personas que serían condenadas a muerte solo en la capital. Un ejemplo más de la represión ideológica ejercida por el régimen franquista en su proceso de instauración de la dictadura mediante el terror y la eliminación de quienes consideraba sus enemigos políticos.

 Pdta. El TFM completo se puede consultar a través del siguiente enlace del Repositorio de la Universidad de Castilla La Mancha: https://hdl.handle.net/10578/49290


jueves, 2 de julio de 2026

Antonio de Hoyos y Vinent y la FAI


 Antonio de Hoyos y Vinent. Procedencia de la foto: luisantoniodevillena.es

Los literatos escriben sobre sus colegas y la propia literatura. La actividad es tan habitual como interesante para quienes en la universidad nos dedicamos a los estudios literarios. Siempre que contemos con el testimonio o la valoración crítica de un escritor, debemos tener en cuenta lo escrito e incorporarlo a la bibliografía consultada.

El problema, a veces, es el cuestionable rigor de esos textos. Al igual que ocurre en el ámbito universitario, encontramos algunos testimonios o comentarios donde parece no haber límites entre lo imaginado y lo analizado con el apoyo de alguna prueba. Las consecuencias suelen ser menores, pero en otras ocasiones esa imaginación no sujeta a la metodología académica contribuye a desvirtuar la imagen de la obra o el escritor objeto del comentario.

Luis Antonio de Villena merece todos mis respetos y he leído con interés algunos de sus trabajos sobre la literatura española del primer tercio del siglo XX. Sin embargo, al igual que otros colegas, muestra una relativa predisposición a ser imaginativo a la hora de perfilar los retratos de los escritores incorporados a sus libros como protagonistas de aquel mundo literario.

Un ejemplo es Antonio de Hoyos y Vinent, de cuya suerte procesal hasta su fallecimiento me ocupo en La colmena (2026, pp. 237-252). Al leer el capítulo que Luis Antonio de Villena le dedicó en Corsarios de guante amarillo. Sobre el dandismo (Madrid, Valdemar, 2003, pp. 117-126) encuentro una referencia sorprendente.

Según el especialista en el dandismo, «alguien» vio a Antonio de Hoyos y Vinent con «la insignia de la FAI prendida a una tenue de perfecto y atildado sportmen» (pp. 124-5). Luis Antonio de Villena podría haber citado la procedencia del testimonio para su verificación. No lo hace y el argumento de autoridad lo remite a «alguien» dando a entender que Antonio de Hoyos y Vinent exhibía una vinculación con la FAI.

La lectura de los numerosos artículos publicados por el dandi durante la Guerra Civil contradice esa supuesta vinculación con los más extremistas del movimiento anarquista. Lo declarado durante el consejo de guerra aleja todavía más cualquier sospecha en este sentido y hasta nos muestra una imagen distinta de la recreada por el especialista en los dandis.

Los artículos recopilados en el citado libro de Luis Antonio de Villena fueron escritos hace más de veinte años. No podían, por lo tanto, incluir lo publicado mucho después. El problema es que ese «alguien» probablemente solo estuvo pendiente de la ficción para crear una imagen a conveniencia de un «incendiario» Antonio de Hoyos y Vinent, que de por sí era un sujeto digno de una recreación literaria por sus singularidades biográficas.

Las tuvo, y en abundancia, pero en las mismas no me consta que figurara una vinculación con la FAI a tenor de la documentación procesal y, lo que es más decisivo en este sentido, a la vista de lo publicado en la prensa durante la Guerra Civil. Conviene, por lo tanto, ser prudentes en la caracterización de un sujeto histórico, aunque la realidad documentada nos estropee un relato a conveniencia como los propios de la ficción literaria.


martes, 30 de junio de 2026

César Mariano Calderón Pérez, un periodista declarado en rebeldía mientras estaba encarcelado


 Archivo General e Histórico de Defensa

Ayer el AGHD me remitió la copia digital del sumario 48041 cuyo único procesado es el periodista César Calderón Pérez. Al examinarlo, comprobé que el mismo era un funcionario del Canal de Lozoya que también trabajó durante la guerra como corresponsal en los frentes para los diarios La Libertad y El Liberal.

El 7 de septiembre de 1939, el auditor mandó instruir el sumario 48041 al Juzgado Permanente n.º 4 de Funcionarios. También podría haberlo remitido al Juzgado Militar de Prensa, pero prevaleció el criterio de ser un funcionario y, sobre todo, se tuvo en cuenta que todas las denuncias procedían de compañeros de trabajo en el Canal de Lozoya.

Los denunciantes presentan a César Calderón Pérez como capitán de las milicias, agente del SIM y «enemigo de toda persona de orden y de derechas». Nadie presenta las correspondientes pruebas. Tal y como era preceptivo en estos casos, las fichas de las denuncias debían ser ratificadas mediante declaración en el juzgado. Así se hizo en septiembre de 1939, empeorando todavía más la caracterización del encausado.

El 12 de septiembre de 1939, el Canal de Lozoya remite al juzgado un informe indicando que César Calderón Pérez se encontraba en un campo de concentración de Argelia y que el 23 de agosto había sido separado definitivamente del servicio con pérdida de todos sus derechos y subsiguiente baja en el escalafón del cuerpo al que pertenecía.

El 15 de diciembre de 1939, la jefatura provincial de FET y de las JONS le acusa de escribir «artículos canallescos» en la prensa republicana. Le considera, por lo tanto, «un indeseable y elemento peligroso» para el Glorioso Movimiento Nacional.

El 2 de enero de 1940, la Dirección General de Seguridad informa al juez que César Calderón Pérez «se marchó a Francia unos tres o cuatro meses antes de la liberación de esta capital». La circunstancia parece contradictoria con lo afirmado por el Canal de Lozoya, pero el juez instructor, tras publicar las correspondientes requisitorias en la prensa, el 6 de febrero de 1940 considera al encausado en rebeldía procesal. El 19 del mismo mes el caso resulta sobreseído tras el acuerdo adoptado tres días por el auditor. Finalmente, el 7 de junio de 1944 el sumario queda archivado.

La documentación de los consejos de guerra de periodistas y escritores está plagada de errores. Si vamos a las páginas de La Libertad y El Liberal, comprobamos que César Calderón Pérez era en realidad César Mariano Calderón Pérez, corresponsal de guerra especialmente activo durante los primeros meses de la misma. Su nombre, César M. o César Mariano, también figura como redactor de La Libertad (19-VI-1937 y 24-X-1937).

La sorpresa viene cuando, en vez de creernos lo dicho por los responsables del Canal de Lozoya o la Dirección General de Seguridad, vamos al listado de sumarios del AGHD. Allí comprobamos que supuestamente hay dos procesados que responden a los apellidos Calderón Pérez, uno es César y otro César Mariano.

En realidad, son la misma persona y, lo más sorprendente, cuando en el sumario consultado le declaran en rebeldía por creerle exiliado, el encausado ya había sido condenado en el sumario 38811, que sería el prólogo de un largo caminar por el TERMC y el TNRP hasta que el periodista fuera indultado tras recibir una descomunal multa nunca pagada por ausencia de bienes.

A la espera de recibir la copia digital del sumario 38811, probablemente instruido en el Juzgado Militar de Prensa, solo cabe señalar el caos de la jurisdicción militar de la época. La declaración como rebelde, por permanecer en el exilio, de quien estaba condenado y encarcelado en la misma ciudad de Madrid merece una reflexión.

Los documentos son imprescindibles para la labor de los historiadores, pero mienten a menudo, tergiversan la realidad o simplemente evidencian las graves carencias de quienes emprendieron una labor represiva sin un mínimo de organización o cualificación, al menos a la vista del error aquí señalado. Otros muchos ya han sido explicados a lo largo de la tetralogía cuyo tercer volumen, La colmena, se pondrá a la venta el próximo 6 de julio.

 


viernes, 26 de junio de 2026

Objetivo cumplido: la tetralogía sobre los consejos de guerra


El azar propicia que en algunas ocasiones las buenas noticias se acumulen en una misma jornada. Ayer, a primera hora de la mañana, terminé de preparar el original de un libro colectivo, Cinefilia y memoria, escrito en colaboración con varios colegas y amigos que han dado testimonio de su amor al cine como ejercicio de la memoria. Si todo discurre con normalidad, el libro aparecerá publicado a mediados o finales del próximo curso.
Poco antes del mediodía, me llamaron del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alicante para comunicarme la llegada de los primeros ejemplares de La colmena, el tercer volumen de los dedicados a los consejos de guerra de periodistas y escritores. El libro se pondrá a la venta el próximo 6 de julio y para esa fecha toda la información bibliográfica del mismo constará en la web consejosdeguerra.es. La promoción la posponemos hasta septiembre porque julio es un mal mes para esta labor, al menos en lo que respecta a las presentaciones.
También ayer, por el azar al que antes me refería, imprimí el cuarto volumen de la tetralogía: Final de trayecto, del cual os paso el índice que todavía podría sufrir alguna variación:


En 2022, después de publicar Los consejos de guerra de Miguel Hernández (Ministerio de Defensa-UA), me propuse la tarea de testimoniar todos los procesos seguidos por entonces contra los periodistas y escritores vinculados con la causa republicana. La tarea, en opinión de los colegas, era una locura, sobre todo para alguien cercano a la jubilación. Tenían razón, pero la salud y el ánimo me han acompañado durante estos cuatro años, tres volúmenes ya están publicados y el cuarto, con el que cerraré mi producción como investigador, aparecerá a lo largo del curso 2027-2028, el de mi jubilación.
Hace mucho tiempo vi por primera vez She Wore Yellow Ribbon (1949), del maestro John Ford. Por entonces admiré este western como tantos otros que me han apasionado a lo largo de mi experiencia de espectador. La película aquí titulada La legión invencible por culpa de algún iluminado la volví a ver cuando ya había cumplido los sesenta. Ese día comprendí que el capitán Nathan Cutting Brittles interpretado por John Wayne es un ejemplo a seguir en materia de jubilación. Así lo he hecho, sin necesidad de enfrentarme a los indios y con el debido reposo, pero con la obligación de trabajar duro hasta el último día de una trayectoria de más de cuarenta años al servicio de la universidad, que es un destino más llevadero que el de la caballería en el Oeste.
Bromas aparte y con el guiño de sentirme como el protagonista de la citada película, el objetivo está alcanzado porque mis indios particulares han vuelto a la reserva en son de paz y sin ser humillados. Tres volúmenes editados y el cuarto redactado permitirán recuperar el testimonio de tantos periodistas y escritores que sufrieron una durísima persecución por el supuesto delito de ejercer la libertad de expresión. Ellos han sido el verdadero motor para escribir unas mil quinientas páginas en cuatro años. De algo me habrá valido mantener, llegada la senectud, la condición de admirador de John Ford.