Varietés y república
miércoles, 8 de julio de 2026
La web consejosdeguerra.es supera el centenar de sumarios analizados
sábado, 4 de julio de 2026
Un TFM sobre el médico y periodista Francisco Colás
Marina Muñoz
Romero acaba de presentar en la UCLM su TFM titulado «Tras las huellas de
Asmodeo: estudio de la vida y obra de Francisco Colás Ruiz de la Sierra
(1898-1939», bajo la dirección de mi colega M.ª Asunción Castro. Gracias a la
colaboración de ambas, el periodista y médico Francisco Colás contará con un
capítulo en el cuarto volumen dedicado a los consejos de guerra de periodistas
y escritores. Como complemento de la entrada publicada el pasado 9 de mayo, reproducimos a continuación un breve
resumen del TFM que nos ha facilitado Marina Muñoz Romero y que próximamente
aparecerá en el repositorio de la UCLM:
Francisco
Colás Ruiz de la Sierra (Ciudad Real, 1898–1939) fue una de las primeras
víctimas de la represión franquista en la provincia de Ciudad Real. Condenado a
muerte por un consejo de guerra, se le acusó del delito de adhesión a la
rebelión por haber sido director de prensa marxista y ejercer el cargo de
secretario de propaganda de la Federación Provincial Socialista durante la Guerra
Civil. Francisco Colás fue médico de profesión, aunque mostró interés por el periodismo
desde temprana edad. Nació en Valverde, pedanía de Ciudad Real, en el seno de
una familia burguesa y liberal, lo que le permitió formarse académicamente y
conocer los privilegios de pertenecer a una clase social acomodada.
Francisco
siguió los pasos de su padre y estudió la carrera de Medicina en la UCM, actual
Complutense. A lo largo de su etapa universitaria, compaginó los estudios con
el periodismo y la escritura, publicando artículos, poemas y relatos en
revistas culturales de Ciudad Real y Madrid. El joven poeta se inició en el
republicanismo y el regionalismo manchego. En sus crónicas criticaba el
turnismo, la crisis política y la hipocresía de la Iglesia en una defensa de la
clase trabajadora del campo, abandonada por las élites políticas. Influido por
las lecturas de Karl Marx y la Revolución rusa de 1917, se identificó pronto con
el pensamiento marxista, alineado con un profundo sentimiento humanista.
En
1921 terminó la carrera y volvió a Ciudad Real, donde empezó a trabajar en la
Casa de Socorro. Allí continuó colaborando en revistas y periódicos locales,
formando parte de los círculos culturales e intelectuales de la ciudad como uno
de sus miembros más jóvenes. Los años de la dictadura de Primo de Rivera fueron
un punto de inflexión para su trayectoria política. Ilusionado en un primer
momento, como tantos otros, por el fin de la crisis de la Restauración y las
promesas de acabar con el caciquismo, fue concejal en el ayuntamiento
ciudadrealeño desde principios de 1924, aunque permaneció solo un año en el
cargo. Sin embargo, con el tiempo terminó por ser una de las principales voces
de oposición al directorio militar.
Entre
1927 y 1928 se afilió al PSOE. En aquellos años, surgió en la capital manchega
un movimiento de línea intelectual que reunió a socialistas y republicanos de la
provincia con el objetivo común de poner fin a la dictadura y a la monarquía.
Una de sus tácticas propagandísticas fue la creación de la revista Libertad
(1930-1931), un semanario político de debate y actualidad dirigido por
Francisco Colás. En ella adoptó el seudónimo Asmodeo, con el que
firmaría a partir de entonces y que se hizo conocido entre los círculos
obreros.
Durante
la II República, fue presidente de la recién constituida Federación Socialista Provincial
hasta agosto de 1932 y dirigió el periódico de la Agrupación Socialista, Clamor
(1932-1934). La huelga general de octubre de 1934 también tuvo repercusión
en Ciudad Real y conllevó la detención de dirigentes políticos y sindicalistas,
varios de los cuales formaban parte del equipo de redacción del periódico. La
Casa del Pueblo fue clausurada y, aunque no fue detenido, Colás se alejó del
foco de atención durante los siguientes dos años. Incluso, parece ser que
estuvo una temporada trabajando fuera de la ciudad.
El
triunfo del Frente Popular en febrero de 1936 trajo de vuelta a los compañeros
y la vida en la ciudad retornó a su estado anterior, aunque por poco tiempo. La
sublevación del 18 de julio apenas tuvo repercusión directa en Ciudad Real, salvo
por un altercado con los dirigentes de Falange, que se saldó con varios heridos
y un muerto. La provincia manchega se mantuvo en el territorio republicano
hasta el final de la contienda y se vivió un conato de revolución social impulsado
por los partidos obreros y sindicatos de la región. Desde los primeros días de
la guerra, Paco Colás estuvo al frente de la dirección de El Pueblo Manchego
(1911-1937), único periódico en funcionamiento en aquellos momentos. De línea
marcadamente conservadora y católica, fue fundado por la aristocracia y el obispado
de Ciudad Real, y lo adquirió la CEDA de Gil Robles en 1932.
Bajo
la nueva la dirección, el diario se convirtió en portavoz del gobierno de la
República y de las autoridades del Frente Popular, publicando partes de guerra
y ejerciendo una función propagandística. Tras el cese de la publicación en
junio de 1937, siguió editándose Avance (1937-1939), que nació como
diario de unificación marxista y terminó convirtiéndose en el medio del PSOE y la
UGT. Colás se convirtió en su director en septiembre de 1938, después de que el
director fuera llamado al frente, cargo que desempeñó hasta el final.
Durante
los tres años de guerra tuvo distintas responsabilidades: dirigió el principal
medio de información de la provincia; formó parte del comité de enlace entre
los socialistas y comunistas, participó en comisiones de depuración y fue
secretario de propaganda de su partido. También intervino en mítines, dio
discursos por radio y escribió diariamente artículos dirigidos a la población
de la retaguardia. De este modo, se convirtió en una voz de referencia contra
el fascismo y los militares sublevados, hasta el punto de recibir amenazas de Gonzalo
Queipo de Llano. Al mismo tiempo, siguió ejerciendo su profesión como médico en
el hospital, donde también tuvo cargos de dirección.
El
final de la guerra le encontró en Ciudad Real junto a su esposa y a su hijo
pequeño. Fue detenido el 5 de abril, pocos días después de que las tropas
franquistas hubieran entrado en la ciudad. Rápidamente fue juzgado por un consejo
de guerra que le condenó a la más alta pena por los cargos políticos ejercidos,
ser un destacado dirigente socialista y dirigir prensa “roja”. Aunque declaró
haber ayudado a compañeros y personalidades de derechas durante la guerra, sus declaraciones
públicas contra el Movimiento Nacional determinaron su final. Un mes después, Francisco
Colás Ruiz de la Sierra fue ejecutado en Ciudad Real el 5 de mayo de 1939 con
cuarenta años, siendo uno de los primeros de las casi mil personas que serían
condenadas a muerte solo en la capital. Un ejemplo más de la represión
ideológica ejercida por el régimen franquista en su proceso de instauración de
la dictadura mediante el terror y la eliminación de quienes consideraba sus
enemigos políticos.
jueves, 2 de julio de 2026
Antonio de Hoyos y Vinent y la FAI
Los literatos escriben
sobre sus colegas y la propia literatura. La actividad es tan habitual como
interesante para quienes en la universidad nos dedicamos a los estudios
literarios. Siempre que contemos con el testimonio o la valoración crítica de
un escritor, debemos tener en cuenta lo escrito e incorporarlo a la
bibliografía consultada.
El problema, a veces, es
el cuestionable rigor de esos textos. Al igual que ocurre en el ámbito
universitario, encontramos algunos testimonios o comentarios donde parece no
haber límites entre lo imaginado y lo analizado con el apoyo de alguna prueba.
Las consecuencias suelen ser menores, pero en otras ocasiones esa imaginación
no sujeta a la metodología académica contribuye a desvirtuar la imagen de la
obra o el escritor objeto del comentario.
Luis Antonio de Villena
merece todos mis respetos y he leído con interés algunos de sus trabajos sobre
la literatura española del primer tercio del siglo XX. Sin embargo, al igual
que otros colegas, muestra una relativa predisposición a ser imaginativo a la hora de
perfilar los retratos de los escritores incorporados a sus libros como
protagonistas de aquel mundo literario.
Un ejemplo es Antonio de
Hoyos y Vinent, de cuya suerte procesal hasta su fallecimiento me ocupo en La
colmena (2026, pp. 237-252). Al leer el capítulo que Luis Antonio de
Villena le dedicó en Corsarios de guante amarillo. Sobre el dandismo (Madrid,
Valdemar, 2003, pp. 117-126) encuentro una referencia sorprendente.
Según el especialista en
el dandismo, «alguien» vio a Antonio de Hoyos y Vinent con «la insignia de la
FAI prendida a una tenue de perfecto y atildado sportmen» (pp.
124-5). Luis Antonio de Villena podría haber citado la procedencia del
testimonio para su verificación. No lo hace y el argumento de autoridad lo
remite a «alguien» dando a entender que Antonio de Hoyos y Vinent exhibía una
vinculación con la FAI.
La lectura de los
numerosos artículos publicados por el dandi durante la Guerra Civil contradice
esa supuesta vinculación con los más extremistas del movimiento anarquista. Lo
declarado durante el consejo de guerra aleja todavía más cualquier sospecha en
este sentido y hasta nos muestra una imagen distinta de la recreada por el
especialista en los dandis.
Los artículos recopilados
en el citado libro de Luis Antonio de Villena fueron escritos hace más de
veinte años. No podían, por lo tanto, incluir lo publicado mucho después. El
problema es que ese «alguien» probablemente solo estuvo pendiente de la ficción
para crear una imagen a conveniencia de un «incendiario» Antonio de Hoyos y Vinent, que de por
sí era un sujeto digno de una recreación literaria por sus singularidades biográficas.
Las tuvo, y en
abundancia, pero en las mismas no me consta que figurara una vinculación con la
FAI a tenor de la documentación procesal y, lo que es más decisivo en este
sentido, a la vista de lo publicado en la prensa durante la Guerra Civil. Conviene, por lo
tanto, ser prudentes en la caracterización de un sujeto histórico, aunque la
realidad documentada nos estropee un relato a conveniencia como los propios de
la ficción literaria.
martes, 30 de junio de 2026
César Mariano Calderón Pérez, un periodista declarado en rebeldía mientras estaba encarcelado
Ayer el AGHD me remitió
la copia digital del sumario 48041 cuyo único procesado es el periodista César
Calderón Pérez. Al examinarlo, comprobé que el mismo era un funcionario del
Canal de Lozoya que también trabajó durante la guerra como corresponsal en los
frentes para los diarios La Libertad y El Liberal.
El 7 de septiembre de
1939, el auditor mandó instruir el sumario 48041 al Juzgado Permanente n.º 4 de
Funcionarios. También podría haberlo remitido al Juzgado Militar de Prensa,
pero prevaleció el criterio de ser un funcionario y, sobre todo, se tuvo en cuenta
que todas las denuncias procedían de compañeros de trabajo en el Canal de
Lozoya.
Los denunciantes
presentan a César Calderón Pérez como capitán de las milicias, agente del SIM y
«enemigo de toda persona de orden y de derechas». Nadie presenta las
correspondientes pruebas. Tal y como era preceptivo en estos casos, las fichas
de las denuncias debían ser ratificadas mediante declaración en el juzgado. Así
se hizo en septiembre de 1939, empeorando todavía más la caracterización del
encausado.
El 12 de septiembre de
1939, el Canal de Lozoya remite al juzgado un informe indicando que César
Calderón Pérez se encontraba en un campo de concentración de Argelia y que el
23 de agosto había sido separado definitivamente del servicio con pérdida de todos
sus derechos y subsiguiente baja en el escalafón del cuerpo al que pertenecía.
El 15 de diciembre de
1939, la jefatura provincial de FET y de las JONS le acusa de escribir
«artículos canallescos» en la prensa republicana. Le considera, por lo tanto,
«un indeseable y elemento peligroso» para el Glorioso Movimiento Nacional.
El 2 de enero de 1940, la
Dirección General de Seguridad informa al juez que César Calderón Pérez «se
marchó a Francia unos tres o cuatro meses antes de la liberación de esta
capital». La circunstancia parece contradictoria con lo afirmado por el Canal de
Lozoya, pero el juez instructor, tras publicar las correspondientes requisitorias
en la prensa, el 6 de febrero de 1940 considera al encausado en rebeldía
procesal. El 19 del mismo mes el caso resulta sobreseído tras el acuerdo
adoptado tres días por el auditor. Finalmente, el 7 de junio de 1944 el sumario
queda archivado.
La documentación de los
consejos de guerra de periodistas y escritores está plagada de errores. Si
vamos a las páginas de La Libertad y El Liberal, comprobamos que
César Calderón Pérez era en realidad César Mariano Calderón Pérez, corresponsal
de guerra especialmente activo durante los primeros meses de la misma. Su
nombre, César M. o César Mariano, también figura como redactor de La
Libertad (19-VI-1937 y 24-X-1937).
La sorpresa viene cuando,
en vez de creernos lo dicho por los responsables del Canal de Lozoya o la
Dirección General de Seguridad, vamos al listado de sumarios del AGHD. Allí
comprobamos que supuestamente hay dos procesados que responden a los apellidos
Calderón Pérez, uno es César y otro César Mariano.
En realidad, son la misma
persona y, lo más sorprendente, cuando en el sumario consultado le declaran en
rebeldía por creerle exiliado, el encausado ya había sido condenado en el
sumario 38811, que sería el prólogo de un largo caminar por el TERMC y el TNRP
hasta que el periodista fuera indultado tras recibir una descomunal multa nunca
pagada por ausencia de bienes.
A la espera de recibir la
copia digital del sumario 38811, probablemente instruido en el Juzgado Militar
de Prensa, solo cabe señalar el caos de la jurisdicción militar de la época. La
declaración como rebelde, por permanecer en el exilio, de quien estaba
condenado y encarcelado en la misma ciudad de Madrid merece una reflexión.
Los documentos son
imprescindibles para la labor de los historiadores, pero mienten a menudo,
tergiversan la realidad o simplemente evidencian las graves carencias de
quienes emprendieron una labor represiva sin un mínimo de organización o
cualificación, al menos a la vista del error aquí señalado. Otros muchos ya han
sido explicados a lo largo de la tetralogía cuyo tercer volumen, La colmena,
se pondrá a la venta el próximo 6 de julio.
viernes, 26 de junio de 2026
Objetivo cumplido: la tetralogía sobre los consejos de guerra
lunes, 22 de junio de 2026
Guerra total en torno a Guerra total
Hace unos días recibí un
correo de mi amigo y editor Abelardo Linares donde adjuntaba una serie de
enlaces a diferentes artículos relacionados con la reciente publicación de Guerra
total, una colección de narraciones atribuidas a Manuel Chaves Nogales por
quien también incluye en la edición de Renacimiento un extenso epílogo para
justificar esta atribución que, al parecer, está resultando controvertida.
Estas polémicas son
saludables en la medida que ayudan a esclarecer el motivo de las mismas,
pero a menudo derivan en unos alicortos enfrentamientos personales que solo
interesan a quienes participan con un intercambio de textos donde abundan las
alusiones personales y las «puyas» propias de unos duelos con unos
protagonistas progresivamente solos y abocados a darse alguna «calabazada».
La atribución de los
referidos textos a Manuel Chaves Nogales carece de «la pistola humeante», pero
me parece justificada y plausible a la espera de que otros colegas puedan
aportar más datos. Si se expresan en los términos utilizados por mi maestro Andrés
Amorós, las dudas con respecto a esa atribución suponen un acicate para ahondar
y matizar, dos tareas imprescindibles en cualquier estudio filológico. Otros
artículos, con descalificaciones, remiten a enfrentamientos que desconozco y
que tampoco deseo conocer.
Tal y como apunté en una
entrada anterior, podría participar en esta polémica aportando algún dato y
hasta hipótesis basadas en mis años enfrascado en el estudio de los consejos de
guerra seguidos contra escritores y periodistas. De hecho, algunas de las
reticencias mostradas por quienes dudan o se oponen a la atribución de los
textos a Manuel Chaves Nogales pueden quedar despejadas al observar
circunstancias análogas que afectaron a varios de sus colegas cuando afrontaron
los sumarísimos de urgencia.
Me niego a participar,
por ahora, en esta polémica. La razón básica es fácil de entender: lo primero
es disfrutar con los textos rescatados del olvido por Abelardo Linares y
puestos a disposición de los lectores en una edición que cuenta con el prólogo
de otro amigo, Ignacio Martínez de Pisón.
Tanto Ignacio como yo
somos partidarios del disfrute literario y poco amigos de los enfrentamientos
con tintes personales. Ambos hemos tenido la oportunidad de leer unos textos
magníficos, sean o no de Manuel Chaves Nogales, y siempre cabe agradecerlo
invitando a otros lectores para compartir un momento que nos remite a la mejor
narrativa de esa época tan dramática.
Tiempo habrá de polemizar o, mejor, intercambiar pareceres.
Lo primero es disfrutar y agradecer que, si los textos son del periodista
sevillano, contamos con nuevos motivos para situarle entre los mejores y, si
prevalece una opción distinta, también cabe felicitarse porque Manuel Chaves
Nogales dista mucho de ser un fenómeno aislado.
Dejemos
que la polémica transcurra por cauces más sosegados. Mientras tanto,
disfrutemos con una lectura que destaca entre tanto texto propagandístico o
sujeto a las urgencias del momento. En mi opinión, Guerra total es un
ejemplo de buena narrativa con independencia de cualquier autoría. Merece
nuestra atención y antes o después llegará el momento, cuando se haga una
edición crítica, de ponderar razones a favor de las distintas opciones. La
tarea requerirá mesura, conocimiento y desapasionamiento.
miércoles, 17 de junio de 2026
El adiós de un maestro, Carlo Ginzburg
Los días perfectos son
una quimera o solo pertenecen al ámbito de la ficción. Ayer se sucedieron las
buenas noticias. Anales de Literatura Española mantuvo por tercer año
consecutivo la máxima calificación, Q1, en el JCR de la Web of Science, me
llegaron documentos para probar mi postura en una larga polémica y, sobre todo,
terminé el borrador de casi trescientos folios de El final del trayecto, el
volumen con el que culminaré la tetralogía dedicada a los consejos de guerra de
periodistas y escritores cuyo tercer volumen, La colmena, estará el 6 de
julio en las librerías.
Justo cuando me disponía
a apagar el ordenador después de una fructífera jornada de trabajo, me llegó a
través de mi compañero Justo Serna la triste noticia del fallecimiento de Carlo
Ginzburg (1939-2026), el maestro de tantos historiadores y el referente teórico
para la citada tetralogía.
La muerte a los 87 años
forma parte de lo previsible. Poco a poco nos vamos preparando para ese
tránsito a la memoria, pero resulta difícil admitir el final de una trayectoria
vital repleta de sabiduría compartida gracias a tantos libros y una incansable
labor docente y divulgadora.
La prensa de ayer recogió
la triste noticia en el rincón reservado a la gente sabia, cuyo protagonismo
siempre es menor en comparación con tantos personajes zafios que pueblan la
actualidad. En esas páginas algunos de mis compañeros y amigos, como Justo Serna,
Gutmaro Gómez Bravo o Nicolás Sesma, fueron desgranando los motivos de tantos
historiadores para sentirnos deudores del maestro fallecido.
Poco puedo añadir a las
palabras más autorizadas que la mía para hablar de la aportación que supuso la
obra de Carlo Ginzburg. Me remito a las mismas, pero quisiera testimoniar un
agradecimiento concreto por la ayuda que uno de sus libros, Il giudice e lo
storico. Considerazione in margine al processo Sofri (1991), ha supuesto
para redactar el cuarto volumen de la referida tetralogía.
El final del trayecto termina
con dos capítulos dedicados al error que siempre supone la judicialización de
la Historia y a una abierta defensa de la libertad de cátedra en el marco de la
libertad de expresión. Al redactarlos a partir de un caso concreto, siempre he
tenido delante el citado libro de Carlo Ginzburg, que ha sido una orientación
decisiva para encontrar la metodología capaz de afrontar la defensa de la
Historia frente a cualquier intento de judicializar sus aportaciones.
Ahora, cuando llevo años
cultivando la microhistoria que nos enseñó el sabio italiano, solo tengo
palabras de agradecimiento por su magisterio. Y, por supuesto, asumo como
tantos colegas el compromiso de seguir por la senda que trazó con sus libros
desde los años setenta, cuando nos contó las andanzas ante la Inquisición de un
molinero hasta entonces anónimo y ahora célebre.
Gracias, Carlo, por tu
ejemplo, que hoy alumbra la tarea de tantos compañeros dispuestos a rescatar
del anonimato a personajes como ese molinero porque, claro está, la historia va
más allá de los grandes nombres.




