El periodista y escritor
Arcadi Espada ha sido noticia estos días a raíz de la publicación de su
artículo «Nunca es solo fútbol, recordarlo siempre» en El Mundo (21-VII-2026).
El texto, repleto de prejuicios, comienza con un párrafo que merece ser
reproducido a la luz del triunfo de la selección nacional en el campeonato
mundial de fútbol celebrado recientemente. La final tuvo lugar el domingo 19,
dos días antes de la referida publicación:
«Nunca es solo fútbol. La
magnitud de la decepción española en el Mundial obliga a algo más que a un
análisis táctico. No es difícil ver en este equipo -en su devoción litúrgica
por el sistema, en su miedo al desequilibrio individual, en la sumisión del
talento a la coreografía- un reflejo de lo que es y de lo que amenaza seguir
siendo este país en el siglo XXI: una sociedad que ha hecho de la desconfianza
ante la excelencia una forma de cortesía».
La posibilidad de
escribir acerca de una «decepción» antes de que la misma se produzca y publicar
el artículo dos días después de que el supuesto fracaso se haya convertido en
un memorable éxito prueba el talante del periodista y escritor. Arcadi Espada
había decidido que la selección nacional era un ejemplo de los males del país,
según su óptica, y la realidad nunca pudo desmentir semejante conclusión. La
victoria por 1 a 0 frente a Argentina dejó de existir porque atentaba contra su
realidad alternativa, aunque la misma pudiera ser la de una supuesta «ironía»
solo al alcance de algunos clarividentes como el autor.
Cuando lo absurdo o el
juego de las ironías alcanzan estas cotas no merece la pena cebarse en el
protagonista, aunque no me consta que el orgulloso periodista haya pedido
disculpas por el error o aclarado las claves de su retórico artículo. Faltaría
más… Si dedico una entrada a esta muestra de la irresponsabilidad a la hora de
publicar un artículo es porque Arcadi Espada es reincidente en su creación de
realidades alternativas.
Al margen de otros
episodios recogidos por la hemeroteca, en 2018 el escritor publicó el volumen En
nombre de Franco. Los héroes de la embajada de España en el Budapest nazi (Barcelona,
Espasa). En el mismo relata la actividad del diplomático Ángel Sanz-Briz (1910-1980)
para salvar a miles de judíos durante la II Guerra Mundial. A pesar de que el
tema ya aparece en anteriores libros, lo leí con interés porque el citado era
uno de los protagonistas de Una arrolladora simpatía: Edgar Neville (Barcelona,
Ariel, 2007), donde el diplomático franquista aparece en su destino de la
embajada de Londres durante la Guerra Civil. El episodio suele ser ocultado en
síntesis biográficas como la de Wikipedia.
Arcadi Espada,
entusiasmado con la imagen tan atractiva de un Schindler español, no reparó en
sus antecedentes como diplomático y menos leyó mi libro, donde su protagonista
muestra un comportamiento capaz de matizar la valoración de lo realizado en
Budapest. Mientras el periodista mantenía alguna agria polémica con
historiadores especializados en el Holocausto, le mandé a la editorial Una
arrolladora simpatía: Edgar Neville para que completara su conocimiento de
la trayectoria, nada rectilínea, de Ángel Sanz-Briz. Ignoro si el volumen le
llegó, pero es indudable que nunca matizó la presentación de su héroe.
Ahora, cuando acabo de
comprobar que el resultado de un partido visto por millones de personas no es
capaz de alterar lo escrito por Arcadi Espada, comprendo que el destino de mi
libro era la ignorancia. La documentación revelada por Una arrolladora
simpatía: Edgar Neville nunca debía alterar la realidad alternativa
imaginada por quien descubrió que el diplomático carecía de antecedentes como
tal diplomático, aunque los mismos estuvieran en el archivo del Ministerio de
Asuntos Exteriores.
Los clarividentes al modo
de Arcadi Espada no suelen rebajarse a visitar esos lugares, que son privativos
de los catedráticos de provincias sin derecho a una página semanal en un medio
nacional. De acuerdo, pero la sonrisa al ver la noticia del fracaso de la
selección nacional, por culpa de no admitir la excelencia, nadie me la quita y
la intento compartir con los lectores de este blog. Tal vez porque, al igual
que Javier Cercas, sea incapaz de disfrutar con la ingeniosa ironía de quien a
mi edad luce una melena que augura la posible eternidad del periodista y
escritor.



