jueves, 27 de agosto de 2026

La IA ha llegado a este blog


 Puestos a rejuvenecer, la IA hace milagros

El primer curso como estudiante en la Universidad de Alicante, el 1975-1976, trajo consigo la novedad de las fotocopias, que salían caras, solo se podían realizar en un local de Alicante y acababan evaporándose, pues la impresión en un papel satinado tenía fecha de caducidad. Apenas las utilizábamos por entonces y todavía recurríamos al papel carbón para sacar varias copias de los apuntes, gracias al buen pulso de una compañera que escribía con fuerza.

Para consultar un libro de la biblioteca, había que rellenar una ficha a mano y entregarla junto con nuestro carnet, que era una cartulina donde figuraba la foto del estudiante con el correspondiente sello como prueba indeleble de la identificación. Las notas de lectura debíamos escribirlas en una libreta, aunque los modernos ya utilizaban unas fichas que luego podían guardarse en un fichero de color verde.

Así hicimos la carrera aquellos estudiantes de la Transición en un país radicalmente distinto al actual, también en lo tecnológico. Desde entonces han pasado cincuenta años y una revolución que no fue la soñada por tantos compañeros de aquella época, sino la de una tecnología que ha convertido nuestra vida cotidiana en una experiencia donde cuesta imaginar el pasado. De hecho, cuando vemos películas de aquella época, mi mujer y yo nos emocionamos al ver algún artilugio capaz de remitirnos a un momento en que lo ahora habitual ni siquiera lo soñábamos.

A lo largo de estos cincuenta años me he ido adaptando a las novedades tecnológicas porque quedar atrás, como una especie de insumiso, puede tener su encanto, pero no resulta práctico. Y, sobre todo, me impide realizar adecuadamente el trabajo como docente en una universidad donde la tecnología siempre ha encontrado una generosa puerta de entrada.

Ahora, justo en la antesala de la jubilación, ha llegado la IA, que desde hace un par de cursos está modificando la actividad docente. Sería engorroso explicar los cambios derivados de esta novedad, pero procuro apostar por lo positivo de cualquier innovación y, desde luego, me niego a engrosar las filas de los viejos gruñones capaces de imaginar el pasado como una maravilla. La única maravilla perdida que merece la melancolía es la juventud.

Este verano, y gracias a mi hijo, he empezado a manejarme con la IA para corregir las pruebas de imprenta y revisar los textos originales que debo entregar a las editoriales y las revistas. El balance de la experiencia ha superado cualquier expectativa previa. Las tareas que antes suponían muchas horas de trabajo, ahora las realizo en unos minutos y con mejores resultados.

Los textos siguen siendo enteramente míos, pero evito así errores que me pasaban desapercibidos durante el trabajo de revisión. A efectos prácticos, es como tener en el ordenador a don Fernando Lázaro Carreter y al más atento corrector de pruebas, siempre dispuestos a colaborar para que el texto sea lo más correcto posible.

A partir de ahora, los textos que publique habrán sido revisados por la IA y no precisamente por uno de los programas más sencillos, porque cuento con los que utiliza mi hijo en sus proyectos de investigación. Mi modesta contraprestación es colaborar en su desarrollo para perfeccionar las tareas relacionadas con la corrección de textos y, en un futuro, crear recursos que permitan actuar en el ámbito jurídico con mayores garantías.

Mientras tanto, quede explícito mi compromiso de utilizar la IA para la corrección de los textos que publique y, por supuesto, mi deseo de seguir mejorando en mi trabajo gracias a las herramientas que la tecnología ha puesto a nuestra disposición. La opción contraria supondría un ejemplo de soberbia, la de quienes publican textos repletos de errores y, ante la constancia de los mismos, los mantienen como si fueran un dogma divino. Allá ellos.

 


sábado, 22 de agosto de 2026

Los niños de Hitler


 

La II Guerra Mundial propició una avalancha de imágenes verdaderamente estremecedoras. Las conservadas endurecen nuestra mirada, pero algunos de esos testimonios de la barbarie permanecen en mi memoria de forma indeleble. Desde hace años recuerdo las fotos de los adolescentes, casi niños, que se incorporaron a la defensa de Berlín en las últimas semanas de la guerra, cuando los aliados estaban a punto de llegar al búnker de Hitler. Verlos empuñar las armas en una acción tan desesperada como inútil es observar un paradigma de la sinrazón que se apoderó de Alemania bajo el régimen nazi. El sacrificio de aquellos muchachos todavía me conmueve.

El poder de esas imágenes me llevó a indagar acerca de la generación de adolescentes que crecieron a la par que el nazismo se instalaba en el poder. Nunca había escrito al respecto, pero en La colmena (Sevilla, Renacimiento-UA, 2026) incluí varias referencias a la trágica historia de La Rosa Blanca, la organización pacifista de estudiantes universitarios que vio cómo algunos de sus integrantes acabaron decapitados. La conmoción de lo conocido gracias a una excelente película alemana me llevó a preguntarme por esa generación y este verano he tenido la oportunidad de leer un interesante libro de Guido Knopp, Los niños de Hitler. Retrato de una generación manipulada (Barcelona, Planeta, 2005).

La obra incluye la trayectoria de La Rosa Blanca y otros muchos episodios que conviene conocer para entender lo sucedido en Alemania y, con las lógicas diferencias, en otras dictaduras coetáneas. El lavado de cerebro de esa generación fue brutal. También resultó exitoso a la vista de la casi unánime respuesta de quienes a menudo sacrificaron sus mejores años al servicio del nazismo. No todos, pues hubo algunas oposiciones testimoniales que merecen el emocionado recuerdo de quienes rechazamos cualquier tipo de dictadura.

Entre ellas siempre me ha llamado la atención el movimiento de los swing kids, unos jóvenes que en los albores de la II Guerra Mundial manifestaron su alejamiento del nazismo organizando veladas de baile, fundamentalmente en Hamburgo, con la música de Benny Goodman y otros maestros del swing procedente de EE.UU. Danzar a los sones de unas melodías que transmiten vitalidad y alegría era su forma de marcar distancias con respecto a la rigidez del nazismo.




La historia la conocí gracias al film Swing Kids (1993), de Thomas Carter, pero evito escribir sobre temas en los que cuento exclusivamente con una fuente cinematográfica, que por lógica tiende al espectáculo propio de la ficción con la posibilidad de alterar lo sucedido en un determinado marco histórico. Al leer el libro de Guido Knopp, riguroso y documentado, comprendí que la película de Thomas Carter no andaba lejos de una historia que desembocó en un final trágico a partir de 1940, cuando las veladas de baile fueron disueltas por la Gestapo y los swing kids arrestados. De hecho, el 26 de enero de 1942 Heinrich Himmler ordenó al jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, Reinhard Heydrich, el internamiento de aquellos jóvenes en un campo de concentración. Su final fue el previsible.

A menudo, escucho la música de Artie Shaw, Louis Armstrong, Benny Goodman, Glenn Miller y otros intérpretes de aquella época. Lo he explicado en Memoria y ficción, el blog que dedico a los asuntos más personales. Desde hace un tiempo, al recuperar esas canciones que me ayudan a superar los momentos de desánimo, recuerdo la desesperada y necesaria iniciativa de aquellos muchachos alemanes, que no estaban organizados políticamente, pero deseaban ser jóvenes en el pleno sentido de la palabra y al margen de las consignas de quienes promovieron la más brutal violencia.

Esa música estaba prácticamente prohibida en la España de la Victoria. Incluso denostada en consonancia con un nazismo que hablaba de «negroides», aunque algunos de sus intérpretes fueran blancos. La situación empezó a cambiar a partir de 1945, cuando el franquismo viró para ganarse el favor de los norteamericanos, pero esa música nunca dejó de ser un tanto sospechosa y su divulgación solo fue el empeño de unos pocos.

Tal vez esos disidentes solo necesitaban bailar y sentirse vivos como los swing kids, pero inevitablemente quedaron al margen de un régimen desconfiado ante los jóvenes dispuestos a disfrutar de una música desinhibida. Ninguno de estos españoles de los años cuarenta o cincuenta sabría de lo sucedido en los salones de baile de Hamburgo. Apenas importaba. A su manera, seguían la senda ya trazada por quienes apostaron por la intensidad de la vida frente al terror de unos nazis capaces de decapitar a algunos de sus jóvenes, llevarlos a campos de concentración o sacrificarlos durante la primavera de 1945, cuando todo estaba perdido para un Hitler ahora blanqueado por otros muchachos que en nuestros días hacen del odio un arma temible.

martes, 18 de agosto de 2026

Cómicos en guerra, de Pedro Corral


 

A veces dos o más historiadores estudiamos simultáneamente un mismo tema sin ser conscientes de esta circunstancia porque carecemos de vínculos entre nosotros. La sorpresa surge cuando aparecen, en un breve espacio de tiempo, los resultados de esas investigaciones, donde las coincidencias acerca del objetivo resultan notables. Tal vez sea preferible trabajar delimitando un temario específico y siendo conscientes de lo aportado por los colegas que se mueven en los aledaños del mismo, pero si surge la anterior situación solo cabe felicitarse por saber que no estamos solos en el empeño y la posibilidad de contrastar nuestros resultados.

El periodista, historiador y político Pedro Corral acaba de publicar un excelente libro titulado Cómicos en guerra. Historias del mundo de la escena y el cine en la Guerra Civil (Madrid, La esfera de los libros, 2026), donde, entre otros temas de indudable interés, aborda los consejos de guerra de varios de los protagonistas de nuestra tetralogía iniciada con Las armas contra las letras (Sevilla, Renacimiento-UA, 2023). Por sus páginas repletas de información proveniente de fuentes primarias desfilan Joaquín Dicenta, Federico Romero Sarachaga, Germán Bleiberg, César García Iniesta, José Luis Salado, Florentino Hernández Girbal, Eduardo Haro Delage, Julián Zugazagoitia, Cipriano Rivas Cherif, José Carreño España y otros represaliados de las letras que cuentan con capítulos o referencias en la tetralogía.

El libro de Pedro Corral me ha permitido conocer historias como la protagonizada por el actor Valentín Tormo, el popular Don Cicuta de los años setenta, o ver desde una interesante perspectiva el comportamiento del teniente Rodríguez Rapún durante la guerra, sin los imaginativos añadidos que al tema suele aportar la bibliografía acerca de Federico García Lorca. Lo agradezco, como también las referencias a los sumarísimos de urgencia instruidos contra un colectivo tan específico como los payasos de los escenarios del Madrid sitiado. Siempre me había planteado su destino inmediato y ahora lo conozco gracias al riguroso trabajo de Pedro Corral.

La lectura de Cómicos en guerra ha sido especial en lo referente a los capítulos cuyos protagonistas ya habían aparecido en mis libros dedicados a los avatares del mundo de la cultura durante aquellos años. Nuestros enfoques son a veces diferentes y no siempre ponemos el mismo énfasis en determinados hechos o documentos. La circunstancia es habitual entre historiadores que realizan sus trabajos de forma independiente y hasta enriquece, de cara al lector, el contenido de unas historias que nunca son unívocas.

Sin embargo, observo que coincidimos en lo fundamental más allá del rechazo de la violencia que supone una guerra fratricida donde la intolerancia se convierte en una actitud de peligrosas consecuencias. Esta actitud ética, consustancial a un historiador cuya objetividad no pasa por la impasibilidad ante lo analizado, se suma a la voluntad de buscar en lo concreto y particular para «cuestionar o incluso desmontar los tópicos en apariencia más irrefutables» (p. 16).

Este empeño nos lleva a basarnos en fuentes primarias y observarlas con toda su complejidad, que a menudo también supone un importante número de contradicciones hasta llegar a lo paradójico o sorprendente. Nuestra metodología coincide en buena medida y el resultado, más allá de las discrepancias acerca de cómo interpretar algunos datos, también revela una notable coincidencia: la propia de quienes pretendemos basarnos en hechos documentados para articular historias capaces de cuestionar los tópicos o los lugares comunes.

Me alegro de esta coincidencia. También de sumar otra voz para averiguar lo sucedido con los intérpretes, dramaturgos, escritores, periodistas, cantantes y otros sujetos del mundo de la cultura durante aquellos años en los que todo quedó trastocado. El relato de estas historias supone descender a lo concreto para cuestionar lo tópico o las ideas preconcebidas, que desde diferentes perspectivas ideológicas han condicionado nuestro conocimiento de un acontecimiento histórico siempre necesitado de matices para evitar el brochazo.

A la vuelta de las vacaciones me pondré en contacto con Pedro Corral para manifestarle la voluntad de colaborar en lo que sea preciso con el objetivo común de rescatar unas historias particulares que tanto nos enseñan acerca de la Guerra Civil y sus consecuencias. Por lo pronto y en el cuarto volumen, el capítulo dedicado a las relaciones entre los cineastas Rafael Gil y Antonio del Amo contará con lo aportado por Pedro Corral, que con acierto se ha anticipado a mi trabajo ahora en curso.

viernes, 14 de agosto de 2026

Lorca después de Lorca: pistas para localizar nuevos sumarios


 

La relación de los periodistas y escritores sometidos a consejos de guerra durante el período 1939-1945 no consta en las monografía o bases de datos previas a la web consejosdeguerra.es, que recopila lo realizado a lo largo de mis investigaciones sobre el tema. Al margen de la dificultad de precisar el concepto de periodista y escritor, una tarea que he resuelto con un criterio amplio para no dejar al margen a quienes tienen una mínima presencia en el mundo de las letras, dicha relación la he elaborado mediante una paciente búsqueda de referencias en otras investigaciones.

La editorial Renacimiento acaba de publicar una extensa y excelente monografía de la hispanista Noël Valis, catedrática de Yale: Lorca después de Lorca. La trascendencia de la figura del poeta granadino merece esta exhaustiva dedicación y el título se suma a la nutrida lista de los que han abordado su biografía, el estudio de su obra y, claro está, la presencia de quien ha pasado a ser un icono en las más diversas controversias relacionadas con la memoria, la literatura y la historia de los años republicanos.

Noël Valis es una investigadora de conocimientos enciclopédicos y por sus páginas pasa una infinidad de autores, incluidos los menores, que tuvieron alguna relación con Federico García Lorca. Entre los mismos se encuentran dos que pudieran engrosar nuestra relación de periodistas y escritores sometidos a consejos de guerra: el poeta Ernesto López-Parra y el recitador Pío Fernández Muriedas.

Según la hispanista, Ernesto López-Parra murió de tuberculosis en la cárcel mientras «cumplía cadena perpetua por motivos políticos» (p. 173). La cadena perpetua no existía en aquella jurisdicción militar y supongo que se trataría de una condena a treinta años tras una conmutación de la pena máxima. El problema es que no se cita la cárcel ni tampoco el proceso seguido contra el poeta.

Una vez consultados los buscadores habituales, solo disponemos de tres fichas de Ernesto López-Parra en el Centro Documental de la Memoria Histórica: DNSD, Secretaría, fichero 37, L0092176, L0092177 y L0092178. Ya hemos tramitado la correspondiente petición de las copias digitales y, a partir de las mismas, buscaremos el sumario, que no se encuentra en el catálogo del Archivo General e Histórico de Defensa.

Esta circunstancia representa un problema. El resto de los archivos abarcan otras regiones militares, pero no disponen de catálogos en línea, por lo que la búsqueda resulta compleja y requiere de la colaboración de los archiveros. La haremos para saber lo ocurrido con el poeta Ernesto López-Parra, que afortunadamente ya cuenta con una bibliografía crítica.

Noël Valis también señala que el actor y recitador Pío Fernández Muriedas fue condenado a muerte, pero se salvó del paredón gracias a la intervención de José María Pemán (p. 191). El dato está sacado de la biografía de Benito Madariaga de la Campa titulada Aventuras y desventuras de un trotamundos de la poesía: Recuerdo y homenaje a Pío Fernández Muriedas (Santander, Gobierno de Cantabria, 2009).

El sumario del recitador de los versos de Lorca no se encuentra en el AGHD, pero pudo instruirse en una de las regiones militares abarcadas por otros archivos. Lo averiguaremos gracias a la red de contactos que he establecido durante estos últimos años, pero con cierta confianza acerca de su existencia, puesto que en el BOE del 30 de julio de 1941 aparece su libertad condicional, que le permitió abandonar la prisión provincial de Oviedo. Asimismo, en el Archivo General Militar de Guadalajara hay documentación relacionada con la revisión de su pena (caja 300525, expediente 42272). Por último, en el CDMH consta su ficha como afiliado al PCE y la CNT (DNSD, Secretaría, Fichero 20, F0077786) y procesado por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo (Fichero, 71, 2312286). Estos datos prueban la existencia del sumario, que intentaremos localizar con la ayuda de unos archiveros que trabajan con unos recursos propios de épocas ya superadas.

Al margen de solicitar la ayuda de los investigadores que siguen este blog por si me pudieran facilitar información al respecto, he descrito los primeros pasos de dos posibles capítulos de Final de trayecto, el volumen que cerrará la tetralogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores, para explicar lo trabajoso de la tarea realizada.

Solo la he sacado adelante gracias a la ayuda de una larga lista de colaboradores, a quienes agradezco su trabajo. No obstante, una completa y accesible catalogación de los fondos conservados en los archivos militares dependientes del Ministerio de Defensa permitiría proceder sin tantos obstáculos. Los sorteamos quienes contamos con una férrea voluntad, pero otros investigadores desisten y, comprensiblemente, buscan temas donde el camino sea practicable. El de la represión franquista está repleto de dificultades y riesgos para quien intenta esclarecer lo sucedido durante aquellos años de la Victoria.

 

miércoles, 12 de agosto de 2026

Las supuestas penas de muerte


 El cineasta Luis Lucia en La noche del cine español

Los testimonios orales pueden inducir al error de los historiadores si no media la oportuna verificación. También los documentos depositados en los archivos, incluso los de apariencia más burocrática. El riesgo siempre permanece, pero todas las precauciones son necesarias cuando escuchamos un testimonio, en especial si el protagonista guarda una estrecha relación con los hechos recordados.

A lo largo de la investigación de los consejos de guerra de periodistas y escritores (1939-1945), he encontrado varios testimonios sorprendentes porque hablan de unas penas de muerte que nunca existieron. La represión practicada por la jurisdicción militar deparó casi cincuenta mil ejecutados y muchos más condenados a la pena máxima. Sin embargo, a tenor de esos testimonios, todavía cabría añadir un indeterminado número de condenados a muerte por las tergiversaciones propias de quienes cultivan la memoria sin acudir a la historia.

El anecdotario en este sentido es amplio. Apenas aludo al mismo en algunos aislados capítulos de mis libros y solo rectifico el error cuando lo transmitido sin comprobación documental ha calado entre los investigadores. En otros casos, la supuesta condena a muerte queda circunscrita a la imaginación de los descendientes de algunas víctimas. Sus familiares penaron en las cárceles de la Victoria, pero sin el agravante de un futuro que pasaba por el paredón.

La tarea del historiador no es tanto constatar tergiversaciones en los testimonios como comprender la motivación de estos comportamientos. Los testimonios también forman parte de la historia y, a menudo, esa desviación con respecto a lo documentado permite conocer mejor a quienes los transmiten con una seguridad ajena a cualquier duda.

La ficción, siempre basada en la imaginación, juega un importante papel en estas ocasiones. El conocimiento de los recursos habituales en el ámbito creativo permite detectar afirmaciones tan contundentes como sospechosas, precisamente por su contundencia. Así sucede cuando escuchamos una frase lapidaria que remite a una situación interesante o llamativa y, por eso mismo, propia de la ficción. La realidad histórica, conviene recordarlo, discurre por derroteros más caóticos o contradictorios.

Actualmente, estoy revisando los capítulos de La noche del cine español (1984-1986), de RTVE, al tiempo que permanezco en contacto con sus responsables. En el dedicado al cineasta Luis Lucia (1914-1984), emitido con motivo de su fallecimiento pocas semanas antes, el director de tantas películas de éxito popular se refirió a su padre: el político valenciano Luis Lucia (1888-1943). Preguntado por sus vicisitudes en torno a la guerra, el hijo afirma que el dirigente de la Derecha Regional Valenciana, integrada en la CEDA, fue condenado a muerte por los republicanos y los franquistas: «Era tan demócrata cristiano, que unos le condenaron por demócrata y otros por cristiano».

La frase llama la atención, pero resulta poco verosímil para un especialista en la represión de aquellos años. En efecto, después de ver el capítulo consulté las referencias al político en PARES y nada prueba que existiera una condena a muerte por parte de los republicanos, que le persiguieron y encarcelaron a pesar de haber manifestado su lealtad al gobierno. El consejo de guerra, tras haber pedido el fiscal una pena de treinta años, se iba a celebrar en Barcelona el 25 de enero de 1939. Demasiado tarde, pues por entonces las tropas del general Franco ya estaban en las inmediaciones de la capital catalana y el sumario quedó inconcluso.

El verdadero consejo de guerra tuvo lugar en la misma ciudad poco después, concretamente el 26 de febrero de 1939. Aunque solo he consultado varias fuentes secundarias que podrían ser completadas con la presente en el CDMH (TNRP, sig. 75/00996), cuya existencia indica un anterior procesamiento, parece probado que los vencedores condenaron al político a una pena de muerte. Pronto fue conmutada por otra de treinta años gracias a la intercesión de diversas personalidades del mundo de la política y la Iglesia. El insobornable y ejemplar cristianismo de Luis Lucia tuvo suerte en comparación con la trayectoria de la mayoría de los represaliados, pero poco después el valenciano falleció con el terror en el cuerpo, el transmitido a un hijo capaz de hablar de dos condenas a muerte para subrayar la independencia política de su padre con respecto a los bandos enfrentados.

El cineasta valenciano no andaba desencaminado en su afirmación, pero exageró un poco para redondear una frase impactante. El comportamiento es comprensible, solo cabe constatarlo y nos recuerda la necesidad de verificar en la medida de lo posible cualquier testimonio oral. La ficción siempre anda cerca y una manera de detectarla es observar lo atractivo de la situación evocada. La realidad histórica, por desgracia, apenas permite estas prerrogativas de quienes escriben guiones, filman películas y a veces confunden los límites entre lo histórico y lo ficticio.

jueves, 6 de agosto de 2026

Don José Azuar, el maestro


 

El abuelo de mi compañera Remedios Mataix Azuar fue uno de los miles de maestros represaliados al final de la Guerra Civil. Al igual que otros colegas que sufrieron la misma suerte, José Azuar debió salir desterrado durante años a lugares lejanos y aislados, donde se suponía que su influencia en el alumnado quedaría neutralizada. Docentes por vocación y convicción, los maestros republicanos a menudo se supieron adaptar a estas difíciles circunstancias y dejaron una impronta entre quienes, siendo niños, gracias a su labor docente tuvieron una luz en la oscuridad de aquellos años. Los escasos supervivientes todavía lo recuerdan y recientemente a don José le han rendido un sencillo homenaje en la aldea de Brieva de Juarros. Remedios, su nieta, me lo contó con la lógica emoción y le he brindado el blog para que haga público el agradecimiento de su familia por el homenaje dispensado a quien durante cuatro cursos luchó por sacar adelante a los niños de aquella escuela unitaria:

“Don José Azuar, el maestro”, mi abuelo, a quien siguen recordando así muchos años después de su muerte muchas personas y en muchos lugares donde dejó su huella personal y docente, ha recibido recientemente otro homenaje. Ha sido en Brieva de Juarros, la aldea de Burgos a la que fue destinado represaliado por el franquismo como conmutación al final de su pena de prisión por ser un maestro republicano y afín a la Institución Libre de Enseñanza. No es el primer homenaje que se le rinde y que yo (como su orgullosa nieta y -quiero pensar- como su heredera en el amor por la docencia) recibo siempre con inmenso agradecimiento, pues la Biblioteca Municipal de Sax (Alicante) lleva su nombre desde hace varios años, porque él fue su fundador; pero el acto de Brieva ha sido particularmente emotivo, por haber sido promovido por quienes, ahora nonagenarios, en los años 40 fueron sus alumnos (quedan aún seis de ellos con vida) y han perseverado para celebrar el homenaje. Un homenaje sencillo, pero muy entrañable: colocar una placa en memoria de mi abuelo en el edificio que fue la escuela en la que les enseñó (actualmente Centro Social del pueblo). Ha sido posible gracias al empeño, la memoria y el afecto de Begoña Lázaro, hija de Dionisio Lázaro, uno de aquellos alumnos que tuvo mi abuelo en Brieva de Juarros. Don Dionisio ha cumplido recientemente los 90 años y no olvida a su maestro don José Azuar: su sabiduría, lo bien que enseñaba, su disposición para darles clases extra, las obras de teatro que prepararon, la emoción con que escucharon el gramófono en la escuela  o la ilusión que le hizo un juguete que le regaló; no tuvo otro.



Centro social de Brieva de Juarros con la placa en homenaje a Don José

Quiero expresar, en nombre de mi familia, nuestro enorme agradecimiento a Begoña, a don Dionisio, a doña Ino y a cuantos retienen en su memoria el recuerdo de un maestro que, dicen aún, marcó sus vidas para bien en un contexto nada propicio para ello.

Remedios Mataix Azuar.

martes, 4 de agosto de 2026

La noche del cine español


 Fernando Méndez Leite, director y presentador del programa

La noche del cine español (1984-1986) fue uno de los programas que justifican la existencia de una cadena pública de televisión. Bajo la dirección de Fernando Méndez Leite, durante dos temporadas un equipo de colaboradores puso a disposición de los telespectadores el resultado de una encomiable e inmensa tarea de investigación para conocer mejor un cine convenientemente contextualizado en la historia del período franquista.

El programa lo seguí en su momento, cuando recién doctorado me dedicaba a la literatura dieciochesca y ni siquiera sospechaba la posibilidad de escribir varios libros acerca del cine español y, más en concreto, sobre las peripecias a veces dramáticas de algunos de sus protagonistas (El tiempo de la desmesura, Barcelona, Barril y Barral, 2010). Ahora, al cabo de cuarenta años y gracias a RTVE Play, he vuelto a ver los primeros capítulos a la búsqueda de testimonios relacionados con mi investigación de los consejos de guerra de periodistas y escritores.

El resultado ha sido positivo. Aparte de los testimonios de Eduardo de Guzmán (Las armas contra las letras, 2024: 95-108), cuya bibliografía ha sido fundamental para conocer lo sucedido durante la represión franquista, encontramos las entrevistas concedidas por directores como Rafael Gil y Carlos Serrano de Osma, que protagonizarán un capítulo de Final de trayecto por su intervención en el sumario de su colega y amigo Antonio del Amo. El primero se reafirma en su conocida relación con el franquismo. El segundo reconoce que deseó la victoria de los sublevados, pero al ver el resultado de la misma volvió a sus planteamientos defendidos durante el período republicano. Las citas la tendremos en cuenta para el capítulo dedicado a los sumarios de Antonio del Amo.

A mediados de los años ochenta, los archivos militares estaban cerrados a cal y canto para los investigadores. Nada o muy poco se sabía acerca de la represión franquista más allá de lo transmitido por los testimonios orales o escritos, que solo empezaron a circular con el final de la dictadura. En ese contexto, resulta comprensible la intervención del historiador Xavier Tusell (1945-2005), que por entonces realizó una intensa actividad divulgadora, cuando habla de las cifras relacionadas con la represión. Las ignora o comete errores de bulto que ahora serían inaceptables para cualquier historiador. No es su culpa, sino de una ignorancia generalizada por la carencia de estudios al respecto, que todavía tardarían una década en iniciar una línea de trabajo más allá de lo esporádico. La actual democracia, por diversas causas que no merece la pena citar ahora, ha sido lenta y tardía a la hora de investigar lo sucedido con aquella represión. Todavía afronta problemas de los que hemos dado cuenta en este blog.

Sin embargo, en el capítulo segundo de La noche del cine español (16-I-1984) he encontrado un magnífico testimonio del periodista Eduardo Haro Tecglen (1924-2005), hijo del también periodista Eduardo Haro Delage, a cuyo consejo de guerra dediqué un capítulo en Las armas contra las letras (2024: 235-240). En el mismo pude utilizar el testimonio escrito por quien asistió al procesamiento de su padre. El relato de la experiencia resulta estremecedor a la par que coherente con otros como los del citado Eduardo de Guzmán, presente en el procesamiento de Miguel Hernández, y Fernando Fernán-Gómez, que desistió de su juvenil pretensión de ser abogado al ver en directo el consejo de guerra de quien le había dirigido en sus primeros pasos como actor.

El testimonio de Eduardo Haro Tecglen, visto en la pequeña pantalla, no aporta novedades con respecto a lo escrito por el periodista en El niño republicano (1996), pero estremece todavía más por la inmediatez y, sobre todo, de una manera muy clarificadora recalca la especial inquina de los militares contra los periodistas procesados, a quienes equiparaban con los peores asesinos. Lo hemos explicado a menudo a lo largo de los tres volúmenes ya publicados, pero merece la pena escucharlo en la voz de quien, como hijo de un condenado, asistió al consejo de guerra de un padre cuyo único delito era haber sido fiel a la II República: