Los testimonios orales
pueden inducir al error de los historiadores si no media la oportuna
verificación. También los documentos depositados en los archivos, incluso los
de apariencia más burocrática. El riesgo siempre permanece, pero todas las
precauciones son necesarias cuando escuchamos un testimonio, en especial si el
protagonista guarda una estrecha relación con los hechos recordados.
A lo largo de la
investigación de los consejos de guerra de periodistas y escritores (1939-1945),
he encontrado varios testimonios sorprendentes porque hablan de unas penas de
muerte que nunca existieron. La represión practicada por la jurisdicción
militar deparó casi cincuenta mil ejecutados y muchos más condenados a la pena
máxima. Sin embargo, a tenor de esos testimonios, todavía cabría añadir un
indeterminado número de condenados a muerte por las tergiversaciones propias de
quienes cultivan la memoria sin acudir a la historia.
El anecdotario en este
sentido es amplio. Apenas aludo al mismo en algunos aislados capítulos de mis
libros y solo rectifico el error cuando lo transmitido sin comprobación
documental ha calado entre los investigadores. En otros casos, la supuesta
condena a muerte queda circunscrita a la imaginación de los descendientes de
algunas víctimas. Sus familiares penaron en las cárceles de la Victoria, pero
sin el agravante de un futuro que pasaba por el paredón.
La tarea del historiador
no es tanto constatar tergiversaciones en los testimonios como comprender la
motivación de estos comportamientos. Los testimonios también forman parte de la
historia y, a menudo, esa desviación con respecto a lo documentado permite
conocer mejor a quienes los transmiten con una seguridad ajena a cualquier
duda.
La ficción, siempre
basada en la imaginación, juega un importante papel en estas ocasiones. El
conocimiento de los recursos habituales en el ámbito creativo permite detectar
afirmaciones tan contundentes como sospechosas, precisamente por su
contundencia. Así sucede cuando escuchamos una frase lapidaria que remite a una
situación interesante o llamativa y, por eso mismo, propia de la ficción. La
realidad histórica, conviene recordarlo, discurre por derroteros más caóticos o
contradictorios.
Actualmente, estoy
revisando los capítulos de La noche del cine español (1984-1986), de
RTVE, al tiempo que permanezco en contacto con sus responsables. En el dedicado
al cineasta Luis Lucia (1914-1984), emitido con motivo de su fallecimiento
pocas semanas antes, el director de tantas películas de éxito popular se
refirió a su padre: el político valenciano Luis Lucia (1888-1943). Preguntado
por sus vicisitudes en torno a la guerra, el hijo afirma que el dirigente de la
Derecha Regional Valenciana, integrada en la CEDA, fue condenado a muerte por
los republicanos y los franquistas: «Era tan demócrata cristiano, que unos le
condenaron por demócrata y otros por cristiano».
La frase llama la
atención, pero resulta poco verosímil para un especialista en la represión de
aquellos años. En efecto, después de ver el capítulo consulté las referencias
al político en PARES y nada prueba que existiera una condena a muerte por parte
de los republicanos, que le persiguieron y encarcelaron a pesar de haber
manifestado su lealtad al gobierno. El consejo de guerra, tras haber pedido el
fiscal una pena de treinta años, se iba a celebrar en Barcelona el 25 de enero
de 1939. Demasiado tarde, pues por entonces las tropas del general Franco ya
estaban en las inmediaciones de la capital catalana y el sumario quedó
inconcluso.
El verdadero consejo de
guerra tuvo lugar en la misma ciudad poco después, concretamente el 26 de
febrero de 1939. Aunque solo he consultado varias fuentes secundarias que podrían ser
completadas con la presente en el CDMH (TNRP, sig. 75/00996), cuya existencia indica un anterior procesamiento, parece probado que
los vencedores condenaron al político a una pena de muerte. Pronto fue
conmutada por otra de treinta años gracias a la intercesión de diversas
personalidades del mundo de la política y la Iglesia. El insobornable y ejemplar cristianismo de Luis Lucia tuvo suerte en
comparación con la trayectoria de la mayoría de los represaliados, pero poco después el valenciano falleció con el terror
en el cuerpo, el transmitido a un hijo capaz de hablar de dos condenas a muerte
para subrayar la independencia política de su padre con respecto a los bandos
enfrentados.
El cineasta valenciano no
andaba desencaminado en su afirmación, pero exageró un poco para redondear una frase impactante.
El comportamiento es comprensible, solo cabe constatarlo y nos recuerda la
necesidad de verificar en la medida de lo posible cualquier testimonio oral. La
ficción siempre anda cerca y una manera de detectarla es observar lo atractivo
de la situación evocada. La realidad histórica, por desgracia, apenas permite estas prerrogativas
de quienes escriben guiones, filman películas y a veces confunden los límites
entre lo histórico y lo ficticio.
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