miércoles, 21 de octubre de 2026

La suerte del cineasta Antonio del Amo


 Antonio del Amo. Fuente: Wikipedia

La incompetencia administrativa de la justicia franquista durante la Victoria provocó que, a menudo, el azar y los descuidos acabaran siendo decisivos para la suerte de los procesados. A lo largo de la tetralogía, hemos presentado numerosos ejemplos solo perceptibles gracias a la metodología de la microhistoria, pero siempre acaba surgiendo una nueva sorpresa, como la que favoreció al cineasta Antonio del Amo, quien se libró de ser sancionado por el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas gracias a un garrafal error burocrático.

El 28 de mayo de 1940, mientras Antonio del Amo estaba en la cárcel de Porlier, el auditor de la I Región Militar se dirigió al presidente del Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas para comunicarle la sentencia contra el cineasta. El 16 de diciembre de 1943, más de tres años después, el tribunal acusa recibo del escrito e inicia «diligencias encaminadas a determinar la cuantía de los bienes que posee el inculpado, a cuyo fin líbrese oficio al alcalde del lugar de su residencia, policía gubernativa y Guardia Civil, para que emitan informe acerca de aquellos y se proceda a su tasación caso de que los tenga».

La documentación conservada en el Centro Documental de la Memoria Histórica prueba, una vez más, el espíritu confiscatorio de las actuaciones emprendidas en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas. Sin embargo, para llevarlo a la práctica era preciso un mínimo de eficacia en el manejo de la información y cierta voluntad de investigar. El 20 de diciembre de 1943, la policía local de Madrid informa al tribunal de que «en la de avenida Menéndez Pelayo no hay casa designada con el n.º 14». La Guardia Civil no tuvo más éxito en la localización del inculpado, pues el 10 de enero de 1944 informa de que «en la calle de Menéndez Pelayo no existe el número 14 y en los inmediatos resulta completamente desconocido el mencionado individuo, circunstancia por la cual se omiten informes interesados».

A la vista de lo fallido de la diligencia para, al menos, localizar al inculpado, el 21 de marzo de 1945, el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas dicta una providencia por la que se dan por recibidos los citados informes y, «apareciendo que no se consiguieron datos de los inculpados, sobre su conducta y bienes, archívense provisionalmente las actuaciones».

El archivo, en teoría provisional, resultó definitivo sin que ningún documento lo formalizara, pues, aunque Antonio del Amo pronto se incorporó al cine español como director, nadie, al parecer, reparó en que no lo habían podido localizar para confiscar sus bienes, que serían escasos por las dificultades encontradas para reanudar sus actividades cinematográficas.

Así, con semejante caos burocrático y una ineficacia a veces sorprendente, funcionaba una maquinaria represiva que no por estas circunstancias dejaba de ser brutal en su persecución de los desafectos al Glorioso Movimiento Nacional.

Por cierto, el número del domicilio de la avenida de Menéndez Pelayo no era el 14, sino el 41, cuarto, letra A. Para comprobarlo, bastaba con consultar el sumario del que se derivaba el expediente abierto por parte del Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas.

 


jueves, 15 de octubre de 2026

Un nuevo dato acerca del alférez Baena Tocón


Fachada del Colegio de Abogados de Sevilla

A veces, cuando en mis clases explico las tareas relacionadas con la investigación en estudios literarios, utilizo la imagen del pescador que echa una y otra vez su caña a la espera de que algo pique. Si así lo hace, es porque confía en obtener una recompensa para su empeño, pero a menudo el resultado es nulo o insatisfactorio porque los documentos buscados no se encuentran o su valor es tan escaso como un pez minúsculo y poco sabroso. Sin embargo, hay que seguir probando, porque la investigación requiere paciencia y depara sorpresas.

Hace unos meses, supuse que el teniente Antonio Luis Baena Tocón, uno de los secretarios del Juzgado Militar de Prensa, podría haberse incorporado a algún colegio de abogados tras finalizar sus estudios de Derecho. La consulta al de Madrid resultó infructuosa, lo cual es una pena, puesto que su archivo histórico está digitalizado y proporciona una excelente información a los investigadores. Tampoco tuve suerte con el de Córdoba. El pasado 17 de junio me comunicaron que el citado oficial no había estado colegiado allí. Afortunadamente, la gestión fue positiva cuando contacté con el de Sevilla, donde Antonio Luis Baena Tocón estuvo colegiado desde 1950 hasta 1981 por la documentación remitida el pasado 6 de julio por parte de Francisco Javier Ramos Jiménez.

A continuación, transcribo la solicitud de ingreso en el Colegio de Abogados de Sevilla presentada por Antonio Luis Baena Tocón el 11 de enero de 1950:

«Don Antonio Luis Baena Tocón, Licenciado en Derecho, con domicilio en la calle ---, 3, ante VE expone: Que deseando incorporarse a la Ilustre Corporación de su digna presidencia, presenta con esta solicitud los documentos que para el caso determinan los Estatutos, declarando al mismo tiempo que no ha pertenecido ni pertenece en la actualidad a ningún otro colegio. Por lo expuesto, suplica a VE sea servido ordenar que, una vez terminado de someter el expediente a la aprobación de la Junta de Gobierno, pues así procede en justicia que espera merecer de VE, cuya vida guarde Dios muchos años».

La solicitud fue aprobada por la Junta de Gobierno. Sin embargo, entre la documentación conservada en el archivo no figura la presentada por el solicitante, que no indica en la transcrita petición la universidad por la que se licenció, la Central de Madrid, ni la fecha del título de licenciado.

Antonio Luis Baena Tocón estuvo colegiado hasta el 5 de octubre de 1981, fecha en la que su hijo Antonio -según la firma- escribió al secretario del colegio en nombre de su padre para solicitar la baja de este a causa de su jubilación. Por entonces, figuraba «con el n.º 35 entre los colegiados sin ejercicio».

La documentación recopilada no la reproduzco porque, puesto en contacto con el Colegio de Abogados de Sevilla, no me aclararon si tenía la correspondiente autorización. No obstante, las copias digitalizadas están a disposición de quien las desee consultar por motivos de investigación o para completar la memoria familiar.

Por último, debo agradecer la colaboración de las familias de varias de las víctimas de los consejos de guerra de periodistas y escritores. En fechas recientes, me han remitido una documentación valiosa, que aparecerá en el cuarto y último volumen dedicado a estos procesos judiciales. 

lunes, 12 de octubre de 2026

Un debate sobre las armas y las letras en la Guerra Civil


 Presentación de las jornadas celebradas en Sevilla

La reciente celebración en Sevilla de unas jornadas de debates sobre la Guerra Civil, organizadas por la Fundación Cajasol, ha incluido un diálogo sobre las armas y las letras protagonizado por Andrés Trapiello y Sergio del Molino. Dada la coincidencia del tema con la línea fundamental de mis últimos libros, os paso el correspondiente enlace para que tengáis la oportunidad de presenciar en diferido un debate interesante y bien argumentado por ambas partes:




Algunos de mis libros, como Las armas contra las letras (2023) y Perder la guerra y la historia (2025), discrepan parcialmente de lo expuesto por Andrés Trapiello en su ya canónico trabajo sobre la relación que mantuvieron las armas y las letras durante la Guerra Civil. Bastaba con constatar que esta no terminó en abril de 1939 e incluir, a diferencia del criterio seguido por el citado escritor, la posterior etapa represiva. Los argumentos de mi discrepancia no los voy a repetir aquí, pero sí quisiera mostrar mi satisfacción por encontrar en el enlazado debate a un ensayista más lúcido y moderado que el articulista antes en El Mundo y ahora en ABC, si mis noticias son correctas.

Sergio del Molino ha tenido así la oportunidad de dialogar con Andrés Trapiello en un tono acorde con el amplio consenso que, sobre estos temas, mantenemos la mayoría de quienes nos dedicamos a su estudio. Mi experiencia, con motivo de la publicación de Las armas contra las letras, fue distinta. Tal vez porque algunos escritores admiten mal una crítica, aunque sea expuesta con la máxima corrección posible. Sobre todo, si procede de un catedrático que no cuenta con el respaldo de una editorial fuerte y permanece alejado, tanto por falta de habilidades comunicativas como por voluntad propia, de la «pomada» de quienes participan en estos eventos bien remunerados, por fortuna para ellos.

Los argumentos de Andrés Trapiello cuentan con el respaldo de muchas horas de lectura y, por lo tanto, merecen el respeto de quienes disentimos parcialmente de los mismos, afrontando la posibilidad de ir a contracorriente en determinados círculos editoriales y periodísticos. Me gustaría que alguna vez ese respeto fuera mutuo y, sin el tono polemista de sus colaboraciones en la prensa, el escritor tuviera a bien entablar un diálogo con quien, en vez de cultivar las «brillantes síntesis» que tanto gustan a las editoriales y a los organizadores de estos eventos, practica la microhistoria, que requiere años de investigación para comprobar la fiabilidad de esas síntesis, a menudo escritas sobrevolando la concreción de la realidad histórica.

Los deseos suelen desembocar en lo quimérico como antesala de la frustración, pero puestos a escribir una carta a los Reyes Magos, tampoco es cuestión de limitarse a pedir bagatelas. Nunca podré competir con las habilidades expositivas de Andrés Trapiello en un debate, pero tal vez sea capaz de desgranar algunas de las incoherencias que a veces quedan eclipsadas por esa misma brillantez de quien lleva muchos años en los foros más acreditados, salvo en algunos círculos universitarios, donde no siempre goza del asentimiento al que parece acostumbrado.

 


viernes, 9 de octubre de 2026

Mi debut en el Teatre Raval, de Barcelona


Esta semana me han concedido el decimocuarto trienio como profesor de la Universidad de Alicante. A estas alturas de la película, las posibilidades de protagonizar algo novedoso escasean hasta límites alarmantes. Sin embargo, esta misma semana he debutado en un teatro de Barcelona, concretamente en el Raval y con el espectáculo Vientos del pueblo, de Pep Tosar.

Lo dicho puede ser entendido en su sentido literal, pero requiere una aclaración. El citado espectáculo, al igual que el anterior dedicado a Federico García Lorca por parte de Pep Tosar, incluye la grabación de entrevistas a diversos especialistas en la obra y la biografía del poeta homenajeado.

Hace ahora un año tuve la ocasión de desplazarme a Orihuela para grabar mi intervención en Vientos del pueblo. Todavía no he tenido la oportunidad de verla en su montaje definitivo, pero me consta que aparezco cada noche en el escenario del Raval junto a otros compañeros y, sobre todo, para completar la labor escénica de una compañía de la que conozco su preocupación por hacer un excelente espectáculo a partir del testimonio biográfico y poético de Miguel Hernández.

Así, sin salir de casa y mientras doy los últimos toques al cuarto volumen de los dedicados a los consejos de guerra de periodistas y escritores, cada noche acudo puntualmente al escenario del Raval. No puedo acercarme al proscenio para agradecer los aplausos del público, pero estoy seguro de que serán muchos y los agradecerán los verdaderos protagonistas de un espectáculo que devuelve la huella del poeta oriolano a los escenarios.




 


domingo, 4 de octubre de 2026

El sumario del «recitador proletario», Pío Fernández Muriedas


 Miguel Hernández (1937)

La poesía también requiere recitadores y, durante la Guerra Civil, son numerosas las referencias a recitales poéticos en el marco de actividades propagandísticas o culturales, a menudo en los propios frentes de batalla. La imagen de Miguel Hernández recitando a los soldados sintetiza como ninguna otra esa participación de la poesía en los recursos utilizados para animar o concienciar a las tropas republicanas.

Entre estos recitadores que con su paso por los frentes hicieron un acto de militancia, se encuentra el cántabro Pío Fernández Muriedas (1903-1992), que llegó a ser conocido por entonces como «el recitador proletario». Lo fue desde la revolución asturiana, que le llevó la cárcel por primera vez, y siguió con esta actividad durante toda la guerra, hasta que salió por la frontera catalana con destino a Francia.

Al no tener delitos de sangre, Pío Fernández Muriedas regresó a España voluntariamente, pero estaba reclamado por los juzgados militares de Santander y Oviedo. Le condujeron esposado al de la capital asturiana por ser allí donde vivía al comenzar la guerra y un tribunal militar le condenó tras la instrucción del sumarísimo de urgencia, mientras que su hermano, el periodista José Fernández Muriedas, desapareció cuando las tropas del general Franco entraron en Barcelona.

Aunque «el recitador proletario» pudo salir en libertad condicional relativamente pronto (BOE, n.º 211 de 30-VII-1941, p. 5737), su futuro de «trotamundos de la poesía» (Benito Madariaga de la Campa) resultó problemático a partir de ese momento. El cántabro nunca dejó de ser un vencido, con todo el lastre que esta circunstancia suponía durante el franquismo.

Pío Fernández Muriedas escribió Recuerdos de mis pasos perdidos (Oviedo, KRK Ediciones, 2020) y dejó numerosos testimonios, a veces rescatados del olvido por los muchos autores que le trataron. A partir de ese material bibliográfico y los libros dedicados a su trayectoria por Benito Madariaga de la Campa y María Fernanda Gochi, en Final de trayecto dedicaremos un capítulo al «recitador proletario» centrado en su consejo de guerra, cuyo sumario se encuentra en el Archivo Intermedio Militar Noroeste (Ferrol), catalogado como sumario 1170, legajo 246 (1), n.º de orden 3267. La localización se la debo a Guillermo Núñez Pastor, director del Archivo General e Histórico de Defensa.

Pío Fernández Muriedas cuenta con varios vídeos en YouTube. Os paso el enlace a uno que resume su trayectoria biográfica:


miércoles, 30 de septiembre de 2026

El sumario de Agapito Marazuela


 Agapito Marazuela

El músico y folclorista Agapito Marazuela (1891-1983) figura desde hace años en mi bibliografía. Concretamente, en Suelas gastadas. Periodistas y escritores en tiempos de cambio (2017), donde dediqué un capítulo a otro segoviano, Ignacio Carral, que se abre con el recuerdo de una experiencia personal de 1978 cuyo protagonista fue el citado dulzainero. Todavía la recuerdo con emoción y, de vez en cuando, escucho su música como homenaje a la dignidad y la coherencia de quien tanto hizo por la preservación de la tradición folclórica de su tierra.

La reciente lectura de un libro de Pedro Corral, Cómicos en guerra (2026), me ha permitido conocer nuevos datos acerca de su procesamiento al terminar la Guerra Civil. Para completarlos, pedí al AGHD una copia del sumario 15639, en el que Agapito Marazuela figura como procesado junto a otros tres segovianos afincados en Madrid y miembros del Centro Segoviano de la capital.

Algunas anécdotas relacionadas con su detención, repetidas en la bibliografía sin la debida comprobación, quedan desmentidas tras la consulta del sumario, pero lo fundamental es que el folclorista ingresó en prisión el 23 de mayo de 1939. La acusación era haber tomado posesión del citado centro en agosto de 1936 y, desde él, haber organizado unas milicias compuestas por segovianos al mando del escultor Emiliano Barral.

El 6 de junio de 1939, tuvo lugar la primera y única declaración de Agapito Marazuela, quien reconoce su afiliación al PCE, la intervención el 15 de agosto de 1936 para tomar el mando del centro donde se reunían los segovianos afincados en Madrid y la formación de un batallón que participó en la defensa de la capital.

Diez días después, y sin mediar otras diligencias, el instructor dictó el auto resumen por el que le procesó como miembro de la «Brigada Directiva del Centro Segoviano», «la cual planeó y llevó a cabo registros y asesinatos en las personas de derechas de Segovia». A lo largo del sumario, no encontramos una sola prueba de esas actividades represivas ni los nombres de los posibles afectados. La acusación era una de las falsedades habituales en aquella jurisdicción militar.

Tres días después, y ante lo incompleto de la instrucción, el fiscal devolvió el sumario al instructor para que practicara nuevas diligencias. Estas apenas aportaron una mayor información acerca de lo sucedido en el centro donde se reunían los segovianos. El 14 de diciembre de 1939, el instructor dicta el nuevo auto resumen, que no aporta novedades en relación con Agapito Marazuela.

El 29 de diciembre de 1939, el fiscal Ramón del Orbe solicita una pena de treinta años para el folclorista, pero el consejo de guerra celebrado el 11 de enero de 1940, bajo la presidencia del teniente coronel Luis Fuertes, le condena a doce años de prisión. Dos de sus compañeros resultaron absueltos por el mismo tribunal y el tercero fue condenado a solo tres años, por lo que pudo salir pronto de la cárcel. Agapito Marazuela, en un gesto poco habitual, había reconocido la responsabilidad de todo lo sucedido y así exculpó a los otros tres procesados.

Agapito Marazuela protagonizó un nuevo «periplo carcelario»: Madrid, Burgos, Ocaña y Vitoria. Lo hizo con una dignidad subrayada por quienes compartieron su suerte y nos dejaron memorias de aquellos aciagos días. En 1941, el músico pudo salir en libertad condicional, con un destierro, y el 27 de agosto de 1943 le conmutaron la pena por otra de seis años, que quedó extinguida el 23 de mayo de 1945. Un año después, de nuevo le detuvieron por haber participado en los intentos de reconstrucción del PCE, el partido al que el segoviano estuvo afiliado hasta el final de sus días.

La consulta del sumario me ha permitido comprobar que, afortunadamente, los militares desconocían la práctica totalidad de la trayectoria del folclorista como defensor de la II República. Solo actuaron a raíz de una denuncia relacionada con el citado centro, pero nada sabían de su participación en actividades propagandísticas que le llevaron a París en 1937, su presencia como fundador de los Amigos de la Unión Soviética, su intervención en las Misiones Pedagógicas y su activismo en el Socorro Rojo Internacional, así como su integración en la 42.ª Brigada Mixta del Ejército Popular, a pesar de la casi total ceguera que padecía desde los siete años.

Los militares desconocían todas estas circunstancias. Aun así, el ostracismo que padeció, a título personal y como músico, fue extremadamente duro hasta la década de los sesenta. A partir de entonces, empezó a reconocerse la labor musical de Agapito Marazuela y él pudo trabajar en la recuperación del folclore, secuestrado en buena medida por un régimen que instrumentalizó sus manifestaciones más convencionales. No obstante, hasta 1977, en plena Transición, siguió padeciendo una censura que compartió con los cantantes reunidos para intentar rendirle un homenaje.

Ahora, al ver estos documentos, todavía recuerdo con más fuerza la imagen de un menudo y frágil anciano que, acompañado de un muchacho al tamboril, empezó a interpretar canciones populares con su dulzaina y enmudeció a miles de personas en el auditorio de la Casa de Campo de Madrid. No lo sabíamos, porque ignorábamos casi todo acerca del período republicano, pero estábamos ante un verdadero protagonista, que a sus ochenta y seis años y con una dulzaina nos dio una auténtica lección machadiana.

Pdta. El Centro Documental de la Memoria Histórica acaba de publicar en su web un excelente trabajo de Blanca Vázquez Pascual acerca de la trayectoria de Agapito Marazuela.


sábado, 26 de septiembre de 2026

El payaso Ramper en la jurisdicción militar


 Ramper

La popularidad de Ramón Álvarez Escudero, Rámper (1892-1952), fue enorme a lo largo de las décadas de los veinte y los treinta. El payaso, caricato, acróbata y actor triunfó en el mundo del espectáculo hasta el punto de convertirse en una celebridad. El público en masa acudía a sus espectáculos con la garantía de reír gracias a un humor fresco y ocurrente en el que no faltaban las bromas sobre la actualidad. Siempre dichas en el tono propio de un humor blanco, aunque a veces le costaran algunos contratiempos.

El 18 de julio de 1936, Rámper estaba en Barcelona rodando un filme y, según declaró a la prensa, poco después decidió emprender el camino de regreso a Madrid, aunque podía haber seguido otras rutas más seguras. Una vez en la capital, siguió en activo hasta el final de la guerra. La circunstancia, paralela a la vivida por los hermanos Aragón en el reducido círculo de los payasos, siempre me llamó la atención porque ignoraba hasta qué punto fue determinante para su destino durante la posguerra.

Pedro Corral, en su monografía Cómicos en guerra (2026), aborda este caso y aporta información interesante. No obstante, he querido consultar las fuentes primarias relacionadas con el paso por la jurisdicción militar de este célebre payaso que, cuando falleció en 1952, tuvo un multitudinario entierro cuyas imágenes nos han llegado gracias al NO-DO.

La documentación se encuentra en el Archivo General e Histórico de Defensa. Apenas doce folios recogen unas diligencias previas (sumario 7777, legajo 4957), que fueron archivadas sin desembocar en un consejo de guerra. El auditor del Ejército de Ocupación no llegó a encomendar la instrucción de las diligencias a un juzgado concreto a raíz de una denuncia presentada por el abogado y teniente Fernando García Montoto, que mientras estaba destinado en Zaragoza debió mantener una actitud vigilante.

El teniente cumplimentó una ficha de Ramón Álvarez Escudero a partir de una entrevista concedida por el payaso al periodista José Altabella y publicada en Blanco y Negro el 19 de agosto de 1938. En realidad, la fecha de la publicación es el 1 de ese mismo mes, concretamente en la página 16. Por unos sorprendentes cauces que ignoro, la información destinada al auditor que actuaba en Zaragoza llegó a su colega de la Jefatura Territorial de Marruecos.

La ficha elaborada por el teniente parte de un hallazgo hemerográfico que, según el auditor de Tetuán puesto en contacto con su colega en Madrid, podía justificar el procesamiento de quien actuaba por entonces «libremente» en un teatro de la capital. El responsable de dicha jefatura, en carta del 4 de mayo de 1939 dirigida al auditor del Ejército de Ocupación, transcribe un párrafo de la ficha redactada por un teniente que tal vez ignorara el destino de su vigilante trabajo.

Según Fernando García Montoto, Rámper «concedió una interviú al redactor de la citada revista roja, José Altabella, en el transcurso de la cual desmintió cuantos chistes políticos contrarios al régimen republicano se le han achacado, manifestó que la “sublevación” de los militares le cogió en Barcelona filmando una película, yéndose luego a Madrid voluntariamente. Y, además, dedicó una fotografía a los lectores de dicha revista -y que se publicó en el referido número- con el siguiente autógrafo: “A los lectores de Blanco y Negro prometo que soy Ramper”».

Del párrafo transcrito, deducimos que la posible acusación se basaba en el desmentido de la autoría de los chistes contra la II República, la calificación del Glorioso Movimiento Nacional como una sublevación, la permanencia voluntaria en zona republicana y, finalmente, la promesa en vez del juramento para que los lectores supieran que el retratado era el verdadero Rámper, que por su condición de caricato actuaba con distintas caracterizaciones.

Fernando García Montoto, con antecedentes en las revistas de humor, no andaba desencaminado a la luz de lo actuado por entonces en la jurisdicción militar. La entrevista de Blanco y Negro podría haber justificado la instrucción de un sumarísimo de urgencia, como hemos visto en otros casos analizados en la tetralogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores.

No obstante, Rámper tal vez fuera demasiado popular y querido en Madrid como para ir a un consejo de guerra, aunque este dictara una pena menor. Tras llegar la denuncia a Madrid, nadie movió un dedo para instruir diligencias destinadas a averiguar el comportamiento del payaso en los escenarios de la capital y documentar su participación en festivales organizados por los republicanos. La tarea resultaba sencilla, pero el resultado podía ser inoportuno, además de innecesario, si el objetivo era hacer entrar en vereda al payaso.

Tras siete meses de incertidumbre, los suficientes para sentir el aliento de la represión, el 9 de diciembre de 1939 el auditor del Ejército de Ocupación acuerda archivar el sumario de Rámper sin necesidad de practicar las habituales diligencias. La actuación es excepcional. La interpretación optimista conduce a una relativa tolerancia ante un caso leve. La pesimista, más acorde con la experiencia de haber investigado decenas de sumarios, lleva a pensar que los militares eran conscientes del aviso dado a Rámper y que, por una cuestión de supervivencia, el payaso lo tendría en cuenta sin necesidad de pasar por la cárcel. El cálculo estaba fundamentado.

Ramón Álvarez Escudero se libró de compartir el destino de tantos colegas que lo habían elogiado en las páginas de la prensa republicana. La historia de estas diligencias previas acaba bien. No obstante, si ojeamos la bibliografía sobre Rámper, observamos una constante: a partir del final de la guerra, el otrora célebre y triunfante payaso no levantó cabeza, se arruinó tras montar un circo y murió en la habitación de un hotel sevillano, cuando ya viejo intentaba seguir adelante en unos escenarios tan alejados de sus triunfos.

El aviso de los militares, en coherencia con otros que le llegarían desde distintas procedencias, surtió el previsible efecto. Rámper nunca volvió a bromear sobre la actualidad política y, si le atribuyeron algunos chistes acerca del general Franco, habría que pensar en las viñetas nunca publicadas por La Codorniz, aunque los lectores juraran haberlas visto como ejemplo de una audacia solo supuesta porque la represión no invitaba a practicar estos juegos de la imaginación.

Tal vez, en enero de 1952, cuando se celebró el multitudinario entierro de Rámper, una parte de los asistentes rindió homenaje a su pasado, aquel tiempo en que se podía bromear acerca de la actualidad sin necesidad de que un teniente elaborara una ficha destinada a un posible consejo de guerra. Lo averiguaremos, como tantos otros matices de una historia que tendrá un capítulo propio. Los payasos, quienes hacen reír desde un escenario, merecen el mejor de los recuerdos.