sábado, 14 de marzo de 2026

Cabaret Iberia, los golfos años 30


 

Mi abuela Dolores (1900-1975) cantaba mientras hacía las tareas domésticas. Y no se le daba mal. Incluso salía airosa de la competencia vecinal. De hecho, el patio interior del edificio era una radio con las sintonías simultáneas de varias cadenas. Una vecina le daba a la copla, otra a la zarzuela y las jóvenes, las menos, entonaban el último hit, aunque reducido al estribillo sin completar una historia como las repetidas mil veces por las madres y abuelas.

Los hombres no cantaban. Al menos no los oíamos por el patio interior, salvo alguna que otra bronca de voces cazalleras capaz de provocar la solidaridad de las demás vecinas: «Pobre doña…, con lo buena mujer que es…». Y sufrida, porque las penas no impedían que la señora, sacada de un sainete de los Álvarez Quintero, volviera a cantar para alegría de quienes así comprobaban que la sangre no había llegado al río.

El repertorio de mi abuela era zarzuelero y memorizado con una precisión comprensible tras décadas repitiendo las mismas romanzas y hasta dúos, pues era capaz de ser Mari Pepa y Felipe mientras fregaba. Si por imperativo del directo debía interrumpir aquellas historias de amor puro y correspondido, apenas importaba. Al cabo de unos minutos, retomaba la interpretación allá donde la había dejado porque la abuela era respetuosa con «el respetable» de la vecindad.

Dolores también fue joven y hasta la llamarían Lola con permiso de Pepe, que era de la CNT, aunque serio en materia de amoríos. A los diez años, estas obviedades de la edad pasan desapercibidas, pero por las noches, cuando nos quedábamos juntos viendo una pequeña televisión en su habitación, me contaba historias de una época remota y hasta me cantaba alguna canción de cuando festeaba con el abuelo Pepe.

Así descubrí que se podía ir «al Uruguay, guay» con una marcha contagiosa, lucir un pichi con gracia arrabalera y, si el humor de un buen día lo permitía, hasta me cantaba las andanzas de una pulga tan caprichosa como huidiza. Me reía con ella y como colofón me preguntaba quién era mejor, Emiliano o Buscató, porque los nombres de «los negritos» de las canchas nunca los aprendió.

Aquellas y otras canciones quedaron en la memoria de un cancionero que por primera vez vi en libro gracias a la recopilación del añorado Manuel Vázquez Montalbán. El autor de tantas novelas y artículos que leí con interés de aprendiz me enseñó el valor de lo popular y, aunque ante los compañeros nunca lo confesara, a veces recordaba mejor un cuplé que un rock.

Así pasaron los años con la memoria de lo escuchado en boca de mi abuela, que revitalizaba de vez en cuando gracias a la complicidad de quien lleva conmigo más de medio siglo. Hasta que descubrimos You Tube y en la intimidad, al margen de cualquier imperativo de la moda, rememoramos una infancia donde tanta gente cantaba o escuchaba la radio a todo volumen.




La memoria personal es la base de muchas de las búsquedas emprendidas en los libros que he publicado. El tiempo de la desmesura (2010) me permitió reencontrar algunas de las canciones populares de la juventud de mi abuela, interpretadas por cupletistas que con el paso de los años pasaron a ser tanguistas porque los tiempos de la II República eran más atrevidos. Y hasta golfos, con el consiguiente «vicio y fornicio» sin el ocultamiento de antaño.

Aquel conato de libertad y desmesura lo relaté centrándome en las historias de algunas mujeres del mundo del espectáculo que apenas dejaron huellas para los investigadores. La tarea fue compleja porque solo contaba con la hemeroteca, las páginas donde mejor se percibe el palpitar del período republicano, pero mereció la pena. El empeño casi fue en solitario, incluso a contracorriente, y ahora ha encontrado la continuidad en un sugerente ensayo de Alfonso Domingo titulado Cabaret Iberia. Los golfos años 30 (Madrid, Libros del K.O, 2025).




Alfonso Domingo es un veterano de mi quinta, supongo que compartimos muchos recuerdos e intereses porque hemos coincidido en los temas de otros libros y, al leer sus páginas, completo el conocimiento de una época donde había jóvenes como mis abuelos dispuestos a cantar y disfrutar, que de eso se trata. También otros adinerados personajes más dados al cabaret y las tanguistas en las noches de vicio y fornicio.

Los años golfos acabaron pronto porque la verdadera golfería se oficializó. La casta zarzuela volvió a imponerse y, como mucho, asomó alguna revista apta para señoras y el cuplé gracias a Sarita Montiel. Pero imagino que, cuando nadie la oía salvo su nieto, mi abuela se divertía con canciones que reconocía «picantes» y ahora, convertidas en entrañables, las califico como sicalípticas porque de la memoria he pasado a la historia.

Por eso las cito en varios de mis libros, así como a sus autores, algunos de los cuales pasaron por el mal trago de los consejos de guerra. De aquellas mujeres que las cantaron poco ha quedado porque la mayoría no compartió el estrellato al modo de Celia Gámez o Conchita Piquer. Solo conservo algunas sicalípticas fotos que rescaté en este mismo blog, cuando justificó el título de Varietés y República, y la memoria de quienes fueron jóvenes en unos años «golfos» donde hubo una apuesta colectiva por la modernidad.

Ser un golfo, en el buen sentido del término, porque hasta Raphael lo era cuando en la carátula de los discos lucía melena sin necesidad de cardarla, supone un privilegio del espíritu de quienes prefieren reír antes que odiar. Tal vez porque este último es un empeño de avinagrados incapaces de envejecer en paz. Les recuerdo, a los golfos de otras épocas, rescato sus voces sin disimular sus contradicciones o errores y con esos golfos, claro está, me voy «al Uruguay, guay», o a donde sea para alejarme de tanto odio cazallero, aunque la sangre no llegue al río de una cotidianidad donde ser malote está de moda.

 

miércoles, 11 de marzo de 2026

La concejala, la feminista y los ofendidos


 

El pasado 7 de marzo, con motivo de la celebración del Día de la Mujer, el Ayuntamiento de Collado Villalba (Madrid), programó la representación del monólogo Ser mujer a cargo de la actriz Susana Pastor. Apenas transcurridos unos minutos, ante la evidencia de haber utilizado el término «vagina» y otras crudezas similares sobre las experiencias de una señora de cuarenta años, la misma concejala que organizó el acto lo interrumpió para evitar que se siguiera ofendiendo al público.

La noticia roza lo estrafalario, pero dista de ser anecdótica. De hecho, mi participación en el último número de Don Galán, el dedicado a la censura teatral, versa sobre el alud de noticias semejantes durante la primavera de 2023, cuando se produjo un generalizado vuelco político en los ayuntamientos. El afán censorio reverdeció con fuerza y los escándalos, por la poca experiencia de los responsables políticos, se sucedieron.

Desde entonces, los munícipes con voluntad censoria han comprendido que no deben explicitarla hasta el punto de convertirla en una grabación viral, la que provocó al día siguiente la dimisión de la concejala preocupada por las ofensas de quienes hablan de sexualidad en un escenario. El problema para el partido de la dimitida no sería la censura, sino que la misma se había evidenciado de manera palmaria.

El oficio de censor requiere discreción e inteligencia. Así sucedía durante el franquismo, pero en democracia todavía parece más necesario evitar la contundencia de interrumpir una representación. Basta con vetar una obra o a un intérprete por su posicionamiento en algún tema conflictivo y, si el procedimiento no resultara efectivo, conviene buscar coartadas burocráticas o económicas. La casuística es amplia y cualquier teatrero no complaciente con el poder político aportaría ejemplos que pasan desapercibidos, quedan impunes y carecen de consecuencias electorales.

La concejala de Collado Villalba lleva años en política y sería ducha en estos procedimientos, pero el pasado 7 de marzo le pudo el pronto intolerante, se levantó de su butaca y se autoerigió en censora para preservar la moralidad o vete a saber qué. Simplemente, prevaleció su intolerancia y no midió las consecuencias de ser grabada con la consiguiente polémica.

Los censores durante el franquismo eran personas que nunca aparecían como censores. Si esta paradoja se daba en una dictadura despreocupada por mostrarse intolerante, en nuestra democracia podemos suponer que el papel del censor nunca es asumido en público. Al igual que algunos pecados, se comete, pero jamás se confiesa porque, además, cuenta con coartadas y los consiguientes procedimientos al servicio de la discreción.

Si no hubiera habido un móvil grabando la escena, la concejala seguiría en activo. Se acaloró, no midió y la pillaron. Algunos pensarán en un final feliz porque ha dimitido y el ayuntamiento anuncia una reposición del monólogo, que ahora incluso cuenta con una publicidad imposible para la compañía Xana Teatre, cuyo espectáculo parece poco prometedor a la vista de lo parcialmente conocido.

Sin embargo, lo sucedido en Collado Villalba preocupa como síntoma de una intolerancia que no siempre recurre a lo grotesco y a menudo alcanza sus objetivos de censura o cancelación. El análisis político aparece en estas noticias, centradas en lo llamativo e incapaces de aludir siquiera a otros casos menos espectaculares. Poco puedo añadir en este sentido, pero tal y como hice ayer en una conferencia sobre libertad de expresión pronunciada en un centro de la UNED, cabe partir del síntoma para examinar la enfermedad de una intolerancia que puede retrotraernos a los tiempos de los rosarios rezados a las puertas de los cines donde se proyectaba Gilda (1946).

Algunos pensarán en una exageración, pero hace unas semanas asistí a un espectáculo circense. Al aparecer en la pista unas contorsionistas chinas con maillot de gimnastas para realizar sus ejercicios, una señora de mediana edad las tildó de «desvergonzadas» por exhibir «demasiada carne» habiendo niños entre el público. Supongo que la ofendida nunca irá con sus nenes a una playa o a una competición de atletismo. Lo siento por los chavales, que acabarán descubriendo la existencia de la carne por otras fuentes, pero todavía lo siento más por una sociedad donde las muestras de intolerancia son grotescas como casi siempre, pero también han dejado de ser anecdóticas.

Pdta.: Lo sucedido en Collado Villalba viene de lejos y hasta parece recrudecerse. Para más información sobre los ofendidos y censores, véase:



sábado, 7 de marzo de 2026

Dos publicaciones para compartir y conversar


 

La brevedad, si es una opción voluntaria acompañada de la claridad, supone un desafío capaz de alentar una escritura quintaesenciada. La agradecemos. Sobre todo, tras comprobar diariamente que el ruido apenas deja escuchar las voces de acuerdo con las enseñanzas machadianas.

Estos días he tenido la oportunidad de leer dos folletos de unos buenos amigos, José Ramón Giner y Justo Serna. El primero ha publicado La vida interior. Cuadernos, 2006-2011 (Salamanca, Kadmos, 2025) y el de mi colega valenciano responde al título de Qué es la historia (Madrid, Silex, 2025).

Los objetivos de ambos folletos son dispares. Quien fuera director del Servicio de Publicaciones de la UA escribe un diario repleto de jugosas reflexiones al calor de algunas fechas de los cinco años del título. Justo Serna sintetiza en apenas sesenta páginas décadas de reflexión sobre su tarea como historiador.

José Ramón Giner fija en breves párrafos experiencias dignas de un comentario o una reflexión siempre capaces de transcenderlas. El catedrático aporta un conjunto de ideas medulares para comprender la práctica histórica. Nada parece asemejarles. Sin embargo, ambos coinciden en el acierto a la hora de buscar una escritura capaz de dialogar con el lector.

Las anotaciones de La vida interior requieren una lectura con las dosis adecuadas y preferentemente poco antes de terminar la jornada. Así, hartos de perder el tiempo con tanta banalidad de una sociedad hiperconectada e incapaz de detenerse a observar, nos llevamos a la cama algo sustancial, aunque a veces tenga una apariencia anecdótica. La calidad del estilo ayuda a conseguir este objetivo.

El folleto de Justo Serna demuestra que lo fundamental de un saber compartido cabe en unas pocas páginas. Bien leídas y espaciadas, sus argumentos invitan a la reflexión ulterior. También al subrayado de algunas frases como un sucedáneo de la conversación, que acabamos iniciando con el autor para mejorar nuestra comprensión de la Historia.

Ambos folletos responden a un espíritu ponderado, respetan el debido escepticismo de lo ensayístico y no aspiran a tener la última palabra. Al contrario, suponen una invitación constante a que completemos lo escrito con nuestras propias reflexiones, a que dialoguemos en una conversación al margen de los habituales ruidos y, por lo tanto, provechosa sin menoscabo del placer gratuito de charlar.

La observación al modo azoriniano enriquecida por la reflexión de una «vida interior» y el deseo de compartir lo más sustancial de una tarea profesional de años, sin necesidad de acumular páginas de aparente erudición, son motivos de agradecimiento y de lectura tan gozosa como provechosa. La he culminado con notas manuscritas a la espera de que, en un folleto o vete a saber dónde, pueda seguir esa conversación y aplicar lo aprendido gracias a dos amigos amantes de la palabra pausada, ponderada y justa. También en la extensión de lo breve por voluntad propia.

Pdta. La discreción de José Ramón Giner impide que disponga de una foto suya para completar esta entrada. Baste con el enlace a sus artículos publicados en El País:

https://elpais.com/autor/jose-ramon-giner/

jueves, 5 de marzo de 2026

Perder la guerra... en abierto y La colmena en pruebas


 

Hace cuatro años algunos medios de comunicación publicaron que el 86% de los libros editados en España no llegaban a los cincuenta ejemplares vendidos. El dato debe ser visto con escepticismo porque las ventas no siempre están bajo un estricto control estadístico. Sin embargo, lo obvio es que numerosas novedades acaban con apenas unas decenas de ejemplares vendidos y, por supuesto, sin ningún beneficio económico para los autores.

La circunstancia es coherente con un mercado editorial donde hay una demanda débil y una oferta de más de cinco mil novedades al año, muchas de las cuales ni siquiera llegan a unas librerías incapaces de absorber semejante caudal. La situación se agrava si nos circunscribimos al libro universitario, destinado a unos colectivos de especialistas. Las tiradas son mínimas y, a menudo, los investigadores deben pagar para editar sus trabajos.

Esta realidad pocas veces expuesta al debate público ha provocado la progresión de editoriales que, sin arriesgar como empresas privadas, se limitan a publicar lo pagado por los investigadores universitarios. Y no siempre lo hacen bien. Ni siquiera suelen preocuparse por su difusión porque el beneficio ya lo han obtenido desde el momento de la publicación.

El tema es complejo, merecería un debate ajeno a tantos intereses contrapuestos y alguna decisión política o académica para que el dinero público destinado a la investigación no acabe en manos de editoriales privadas cuya actuación resulta, en el mejor de los casos, discutible.

Por fortuna, mis libros suelen superar los cincuenta ejemplares vendidos, incluso bastantes más durante los últimos años. Gracias a esa circunstancia, los editores recuperan la inversión y a veces obtienen un modesto beneficio donde mi participación se limita a disponer de algunos ejemplares para regalarlos a los colegas que me ayudan y hacen lo mismo con sus propios libros. En definitiva, tengo la suerte de no pagar para publicar y me duele no compartirla con muchos compañeros de trabajo, sobre todo con los jóvenes que deben abrirse camino en el ámbito académico.

El objetivo de un libro universitario no pasa por la venta de ejemplares, sino por aportar un conocimiento que pueda ser accesible a otros investigadores o interesados por la temática abordada. En este sentido, el artículo 37 de la Ley 17/2022, de 5 de septiembre establece que las investigaciones realizadas con fondos públicos deben aparecer con un acceso abierto. La obligación legal me lleva a colaborar con el Repositorio de la Universidad de Alicante, donde deposito los archivos de todas mis investigaciones.

Para preservar los intereses de las editoriales, esos archivos permanecen durante un año en acceso restringido y luego pasan a acceso abierto. Las armas contra las letras (2023) está en acceso abierto desde junio de 2024 y ha registrado un total de 862 descargas; es decir, en menos de dos años las descargas de la edición han duplicado las ventas del volumen.

Ahora, un año después de su publicación, Perder la guerra y la historia (2025) pasa a estar en acceso abierto tras agotar prácticamente su tirada y a la espera de una posible ampliación de la misma por parte de Renacimiento:

https://rua.ua.es/entities/publication/8efcf214-ed68-4331-a858-9adf1255628a

Al igual que ocurriera con el primer volumen de los dedicados a los consejos de guerra de periodistas y escritores, Perder la guerra y la historia aparecerá enlazado desde los diferentes apartados de la web consejosdeguerra.es para facilitar su consulta por parte de los historiadores.




Mientras tanto, el tercer volumen, La colmena, ya ha iniciado su largo camino hasta su publicación, que probablemente tenga lugar a finales del presente curso o a comienzos del siguiente. Y el cuarto, Al final del trayecto, está en una fase avanzada acumulando nuevos casos hasta sumar más de cien, noventa y cuatro de los cuales ya se pueden consultar a través de la web consejosdeguerra.es



El objetivo es culminar la investigación en junio de 2028 y dejarla en acceso abierto para facilitar nuevas investigaciones, como las que en fechas próximas me llevarán a estudiar el proceso seguido contra Ricardo Fuente Alcocer, un dibujante y colaborador de la prensa que  tuvo una intensa relación carcelaria con Miguel Hernández y es objeto de estudio de una destacada investigadora francesa con la que estoy en contacto.

domingo, 1 de marzo de 2026

Anales de Literatura Española seguirá siendo de titularidad pública

En febrero de 2020 asumí la dirección de Anales de Literatura Española, cuyo primer número data de 1982 y por entonces había publicado un total de treinta y uno. La revista figuraba entre las veteranas dedicadas al estudio de nuestra literatura y contaba con una destacada nómina de colaboradores. El problema era que sus criterios de edición permanecían al margen de las directrices actuales para que las revistas universitarias sean indexadas y relevantes a efectos curriculares.

El consejo de redacción decidió adaptarse a los tiempos, dar por finalizada la anterior etapa e intentar que ALEUA no solo fuera indexada, sino que con el tiempo ocupara el primer cuartil en la clasificación de las de su ámbito académico. El trabajo fue arduo, requirió de la ayuda de un equipo y, desde hace unos dos años, el objetivo está alcanzado.

El cambio ha sido tan radical que, en 2020, debía escribir a potenciales autores para que mandaran sus originales y ahora, ante la acumulación de los mismos, hemos suspendido temporalmente la admisión de los nuevos. Por otra parte, en los números monográficos hemos pasado de buscar grupos de investigación para que los realizaran a tener una lista de espera donde aparecen ocho propuestas.

El actual sistema de baremación de los méritos de investigación me parece mejorable y siempre he sido escéptico ante clasificaciones basadas en los índices de impacto de los artículos publicados. También albergo dudas sobre los criterios para ordenar la valoración de las editoriales que publican nuestros libros.

El tema es complejo, pero evidencia la penetración de lo privado, con sus intereses económicos, en el ámbito de la investigación universitaria realizada con fondos públicos. A la vista de los escándalos en estas materias que han tenido una repercusión mediática, convendría establecer un debate e ir más allá de lo denunciado, incluso por parte de las autoridades académicas y ministeriales.

El debate corresponderá a otra generación de profesores, aquellos que en nuestra área casi han abandonado la escritura de monografías y optan por los artículos a causa de su valoración, excesiva en relación con los libros, en la concesión de los sexenios de investigación y las plazas docentes sacadas a concurso público.

Los funcionarios buscamos alternativas para la mejora de los criterios seguidos en nuestras actuaciones, pero nos debemos al cumplimiento de los mismos mientras estén vigentes. Así lo hecho durante estos seis años para que la revista fuera útil a los nuevos investigadores. El rejuvenecimiento de la nómina de autores en los trece números publicados durante mi dirección ha sido notable. Y me alegro por ellos, pero también deseo que apuesten por investigaciones de largo alcance menos vinculadas a los resultados inmediatos. Resulta difícil asumirlo antes de alcanzar una cátedra, pero nunca debiera dejar de estar entre las expectativas de un futuro con voluntad de hacerse realidad.

Mi trabajo como director debía terminar con el número 44 recientemente publicado, pero una feliz circunstancia relacionada con una baja maternal ha retrasado el relevo. Llegaré, pues, al número 45 y a un total de catorce publicados en siete años, gracias a un grupo de colaboradores dispuestos a trabajar con la alegría de quienes realizan una tarea colectiva donde cada uno asume su responsabilidad.

Eso sí, garantizo que Anales de Literatura Española seguirá siendo de titularidad pública y ajena a los objetivos económicos de las publicaciones científicas de carácter privado. Hace unas semanas recibimos una oferta de 135.000 dólares por vender la revista. Dado que las universidades no suelen registrar su titularidad, la operación parecía viable y comprobamos que la oferta venía de una empresa identificada.

La posibilidad de cobrar 135.000 dólares o una cantidad similar resulta tentadora, pero prefiero terminar mi trayectoria como funcionario defendiendo que la prevalencia de la investigación realizada en el ámbito público es la mayor garantía de que la misma no se subordine a intereses de difícil justificación. Anales de Literatura Española seguirá siendo pública, de acceso gratuito y abierta a cualquier investigador, con independencia de que pueda pagar o no por publicar.

Os dejo el enlace a la web de la revista con el último número monográfico dedicado a la literatura del exilio republicano:

https://ale.ua.es/

 

viernes, 27 de febrero de 2026

La IA al servicio de la investigación y la docencia


La Inteligencia Artificial se puede utilizar para sexualizar y acosar a unas menores o para ayudar en la lucha contra el cáncer. Todo depende de la voluntad del usuario, las empresas tecnológicas y los investigadores. Mientras cabe esperar que las autoridades pronto pongan coto a los abusos cometidos por los oligarcas de las citadas empresas, la responsabilidad de los universitarios es demostrar los posibles beneficios de una IA puesta gratuitamente al servicio del conocimiento.
Desde el pasado verano, mi hijo es profesor e investigador de la UA. Ambos pertenecemos a áreas diferenciadas, pero compartimos la idea de que la tecnología puede ayudar a las humanidades en las tareas propias de la investigación y la docencia. El 15 de septiembre de 2025 tuvimos la oportunidad de demostrarlo por primera vez al presentar en el Parlamento Europeo la web dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores. Poco a poco, la misma va incrementando sus contenidos y el próximo 2 de marzo contará con el acceso en abierto a Perder la guerra y la historia (2025). La edición en papel está prácticamente agotada y, con independencia de que se proceda a una reimpresión para disponer de ejemplares, ahora el volumen pasa a estar a disposición de los investigadores de acuerdo con lo establecido en la Ley de la Ciencia de 2022.
Mientras preparamos para esta Semana Santa un nuevo blog dedicado a mis tareas como miembro del grupo de investigación Memoria, Identidad y Ficción (MIF) de la UA, formamos parte de una red docente de nuestra universidad cuyo objetivo es poner la IA al servicio de la docencia y, más en concreto, estudiar las posibilidades de la misma para ayudar al alumnado a preparar sus exámenes o ejercicios prácticos.
 

El portal Minerva es la primera concreción de esta tarea que nos ha llevado unos meses de preparativos y diálogo para buscar la mejor manera de poner la IA al servicio del alumnado con un objetivo contrapuesto al de utilidades que permiten el plagio o la simulación de la autoría. A partir de hoy, este instrumento podrá ser utilizado por el alumnado, evaluaremos el resultado en colaboración con el mismo y, al final del curso, sacaremos las oportunas conclusiones para ponerlo a disposición de todo el alumnado de la Universidad de Alicante.


El alumnado de Teatro del Siglo de Oro visto por la IA

domingo, 22 de febrero de 2026

Dos excelentes libros sobre la Guerra Civil


 

El periodista y escritor Florentino Hernández Girbal no fue condenado a muerte. La conclusión es obvia tras haber consultado el sumario 3613 del AGHD, pero contrasta con lo afirmado por Andrés Sorel (1937-2019) en su biografía Florentino Hernández Girbal. Un cineasta y escritor machadiano (Madrid, Vitrubio, 2013, p. 64), donde habla de una condena a muerte posteriormente conmutada por otra de treinta años.

A diferencia de algunos procesados que dejaron inexactitudes en sus recuerdos o memorias, Florentino Hernández Girbal nunca fantaseó acerca de una condena a muerte para enfatizar su dramática experiencia. Por lo tanto, no cabe pensar en una fuente testimonial sin contrastar, sino en una falsedad escrita en una biografía que no siempre se basa en la consulta de los documentos oportunos. De hecho, el sumario 3613 solo es citado a través de referencias indirectas. Una lástima, pues en 2013 ya era posible su consulta.

La crítica a un autor fallecido, además de inútil a efectos de rectificación, suele ser un ejercicio de mala educación. Sin embargo, el dato arriba indicado ejemplifica el abismo que separa los trabajos de quienes, como Andrés Sorel, mezclaron escritura con militancia de los escritos por otros autores del ámbito académico y de unas generaciones distintas, que por fortuna ya no comparten esos sesgos cuando preparan sus trabajos acerca de la Guerra Civil. La distancia temporal y la profesionalidad facilitan el rigor.




Estas semanas he tenido la oportunidad de leer dos magníficos libros escritos por David Alegre Lorenz (Verdugos del 36, Barcelona, Crítica, 2025) y Gutmaro Gómez Bravo (Cómo terminó la guerra civil española, Barcelona, Crítica, 2026). Ambos ejemplifican la calidad de la historiografía en nuestras universidades públicas y me han ayudado a matizar con nuevos argumentos algunas de las conclusiones presentes en mis trabajos.

David Alegre Lorenz parte de un análisis exhaustivo de lo sucedido en Zaragoza para probar, con un despliegue de documentación, la extensión social del protagonismo en el golpe de Estado, la guerra y la represión. A diferencia del relato imperante hasta hace poco, ese protagonismo no se circunscribe a unos escasos nombres y necesita de la colaboración de unos colectivos progresivamente radicalizados. La idea responde a una obviedad, pero solo con aportaciones tan brillantes la podemos ejemplificar a la espera de ver sus correlatos en otros ámbitos de la época.





Gutmaro Gómez Bravo

Gutmaro Gómez Bravo nos recuerda la necesidad de considerar la historia como una obra en construcción. Gracias a una documentación inédita, matiza en aspectos fundamentales el relato acerca de cómo se produjo el final de la guerra. Sus conclusiones no suponen un vuelco total en este sentido, pero permiten analizar los movimientos de los servicios de inteligencia llevados a cabo para ganar la guerra y asegurar la Victoria, que tanta represión acarreó.

El libro de David Alegre Lorenz me recuerda que una historia sin nombres, incluidos los de quienes protagonizaron la represión, es un imposible porque nombrar es identificar para conocer. El objetivo forma parte del trabajo histórico y, más allá de la prudencia cuando afecta a cuestiones estrictamente personales, esos nombres resultan necesarios, aunque incomode saber de algunos apellidos entre los de quienes fueron verdugos en las diferentes acepciones admitidas por la RAE.




La monografía de Gutmaro Gómez Bravo, magníficamente escrita, permite entender hasta qué punto la represión de la Victoria fue una actuación premeditada y preparada durante la última fase de la guerra. En este sentido, produce estupor comprobar que los negociadores del bando franquista, junto con sus servicios de información y propaganda, engañaron a quienes creyeron en el perdón de quienes no tuvieran «las manos manchadas de sangre».

La famosa frase caló entre los derrotados, pero nunca tuvo un correlato en documentos con valor legislativo. En colaboración con la jerarquía eclesiástica, los vencedores la utilizaron a modo de propaganda pronto desmentida por la realidad de la represión y de quienes, con distinto grado de ingenuidad, confiaron en la palabra de los artífices de la Victoria.

Un engaño a menudo precisa de alguien con ganas de ser engañado para disponer de una coartada que justifique su comportamiento en aras de alcanzar un objetivo. Tengo la impresión de que Julián Besteiro fue engañado, pero el coronel Casado se dejó engañar. La contrapuesta suerte corrida por ambos resulta coherente con esta impresión ratificada tras la lectura del libro de Gutmaro Gómez Bravo.

En definitiva, frente a trabajos de encargo donde el autor, sin pruebas, habla de una condena a muerte, encontramos el rigor de los profesionales de la Historia. Gracias a las redes sociales y la generalizada imposibilidad de distinguir las voces de los ecos, como nos recordara Antonio Machado, vivimos unos momentos en que cualquiera sienta cátedra en materia de Historia y, además, habla de la «verdad histórica», que suele ser la suya. Frente a estos ecos convertidos en ruido, conviene acudir al magisterio de unos profesionales de la Historia porque también desconfiamos de quienes recetan aspirinas para curar tumores.

Gracias, pues, Gutmaro y David por vuestra amistad, colaboración y trabajo, que me han permitido aprender contando con referentes de verdadera calidad historiográfica.