martes, 22 de septiembre de 2026

Los historiadores de la T.I.A.


 Mortadelo, ocurrente historiador

Mortadelo, Filemón y un servidor nacimos en 1958. Desde entonces, y han pasado años, mantenemos una discreta relación que me permite saber de unas aventuras ahora solo imaginarias tras el fallecimiento de Francisco Ibáñez. Gracias a haberlos visto al servicio de la T.I.A. en las más arriesgadas aventuras, de vez en cuando imagino otras donde pudieran actuar a mayor gloria del despropósito, que es un objetivo respetable si despierta sonrisas.

Hace unos días, al ver en RTVE el documental Lorca, las horas perdidas, de El Rugido Producciones, pensé que para los responsables de semejante desaguisado Ian Gibson está a la misma altura que Mortadelo y Filemón y que, en aras de dar a todos un protagonismo equidistante, los tres podían coincidir en un mismo documental sobre las últimas horas de García Lorca.

Filemón anda obsesionado con su calvicie y apenas lo imagino como historiador, pero Mortadelo es el rey del disfraz y el paradigma del absurdo. Por lo tanto, cabe situarlo en esa faceta a las órdenes de la T.I.A., empeñada ahora en demostrar que no hubo un golpe de Estado el 18 de julio de 1936 y que, tras desplazarse el poeta a Granada, su «fusilamiento» se debió básicamente a unas rencillas familiares agravadas por la aparición en La casa de Bernarda Alba de unas alusiones capaces de ofender el honor de sus rivales de toda la vida.

El empeño revisionista de los mortadelos es osado, pues supone desmentir lo aportado por décadas de investigaciones de otros agentes más cualificados, pero menos ocurrentes. La gloria y la popularidad están reservadas a los atrevidos. Así, pues, los émulos de nuestro camaleónico personaje, lejos de arredrarse, asumen su misión entre los aplausos de quienes andan aburridos con tantas explicaciones documentadas, que pueden tener su validez académica, pero nunca dan espectáculo.

Varios de los participantes en el citado documental han dado cuenta de su estupor al ver la emisión. También al comprobar hasta qué punto sus intervenciones eran manipuladas en el montaje. Sin embargo, creo que no han tocado la tecla adecuada, que es la participación en Lorca, las horas perdidas de algunos mortadelos. Y en igualdad de condiciones, claro está, porque los responsables de El Rugido Producciones no son unos tristes dispuestos a indagar sobre la cualificación académica de los entrevistados.

La lista de las «mortadelas» incluidas en el documental es demasiado larga como para ser abordada tras las críticas publicadas y abajo enlazadas. Puestos a combatir las pretensiones revisionistas de la T.I.A., y dada mi condición de catedrático de Literatura que explica La casa de Bernarda Alba, me centraré en aguarle la fiesta a los mortadelos que sostienen la influencia de esta tragedia en otra nada imaginaria como fue la muerte del poeta.

Según explica M.ª Francisca Vilches de Frutos en su edición publicada en Cátedra, García Lorca dio por terminada La casa de Bernarda Alba el 19 de junio de 1936, aunque retocaría hasta el final de su vida el texto en una tarea habitual entre los dramaturgos a la espera del estreno. A finales de ese mes, lo leyó ante unos amigos reunidos en el domicilio de los condes de Yebes y el 12 de julio, poco antes de salir de Madrid, repitió la experiencia en la casa del doctor Eusebio Oliver.

Los privilegiados que escucharon su lectura fueron personas de confianza como Gregorio Marañón, Jorge Guillén y Pedro Salinas. Ninguno, a diferencia de lo supuesto por los mortadelos, parece capaz de cotillear que en la obra había alusiones onomásticas a una familia enemistada con la del poeta en su tierra natal y desconocida en Madrid. Por entonces, las noticias no corrían como la pólvora y resulta difícil imaginar cómo los rivales granadinos supieron de Pepe el Romano y Bernarda Alba, allá en una ciudad de provincias desde la que no mantenían una relación con los cenáculos literarios frecuentados por García Lorca.

Los dos manuscritos conservados se salvaron de milagro y, finalmente, La casa de Bernarda Alba fue estrenada el 8 de marzo de 1945 en el teatro Avenida de Buenos Aires, gracias a la intervención de Margarita Xirgu. La obra estuvo ausente de las carteleras nacionales hasta muchos años después por razones obvias y tampoco pudo llegar al conocimiento de los rivales granadinos por la vía escénica, si es que eran habituales del teatro.

Los mortadelos no acostumbran a trazar la línea que une los puntos entre el efecto y la causa, sino que establecen la relación causal en el limbo de lo supuesto. Así pueden imaginar la ofensa de quienes se vieron retratados en los citados personajes de la tragedia y, consiguientemente, comprender su reacción que terminó con un fusilamiento porque no era cuestión de perder el tiempo en una demanda por una ofensa del honor familiar.

A los mortadelos, siempre tan ocurrentes, hay que darles el beneficio de la duda. Tal vez alguno de los citados amigos del poeta, incluso Rafael Rodríguez Rapún, divulgara que García Lorca había aprovechado La casa de Bernarda Alba para vengarse de unos granadinos molestos. En tal caso, el problema es que no deberíamos hablar de la citada tragedia porque, de acuerdo con la poética aristotélica, el autor habría actuado como un botarate.

Quienes nos dedicamos a estos menesteres, sin voluntad de ser ocurrentes, sabemos que el poeta solía partir de datos concretos, históricos o contemporáneos, para la redacción de sus obras teatrales. No obstante, lo recreado nunca era la trasposición directa de ese punto de partida a los escenarios. Entre otros motivos, porque de haber actuado así habría anulado buena parte del valor teatral de sus creaciones, que permanecen en el tiempo porque vuelan más allá de semejante atadura a una realidad tan circunstancial.

El tema es de dominio público para cualquier estudiante de Filología Española, pero los mortadelos frecuentan poco las aulas y los responsables de El Rugido Producciones nunca exigen a sus entrevistados una trayectoria académica. De cara al espectáculo del revisionismo, resulta más agradecida la participación de un ocurrente que facilite una explicación sencilla a una cuestión compleja. Y subrayarla mediante el montaje, para que resulte más sencilla sin entrar en los matices que los mortadelos a veces incluyen en sus informes publicados. El resultado es propio del populismo historiográfico, que cada vez cuenta con más adeptos en un país donde cualquiera sienta cátedra sin pisar un aula.

Así nos va, pero el presidente de RTVE, agudo en otras ocasiones, en esta ha encajado un gol por culpa de un delantero experimentado como el que, al parecer, está detrás de El Rugido Producciones. José Pablo, el portero, debiera recoger el balón y entonar el mea culpa para evitar que la T.I.A. se salga con la suya sin mediar una sola sonrisa. No lo hará, porque el orgullo corporativo carece de límites en una sociedad polarizada donde reconocer un error es una muestra de flojera combativa.

Para más información acerca de esta polémica, véase:

https://www.eldiario.es/vertele/noticias/documental-rtve-asesinato-lorca-enfada-asociacion-memoria-historica-entrevistados-revisionismo-impone_1_13523791.html

https://www.elsaltodiario.com/memoria-historica/lorca-horas-perdidas-revisionismo-television-publica

https://www.elindependientedegranada.es/cultura/horas-perdidas-con-lorca

https://www.marca.com/tiramillas/television/2026/09/20/lluvia-criticas-rtve-documental-lorca-admite-teoria-muerte-descartada-expertos.html

https://deloreanmilenario.com/2026/09/20/critica-lorca-las-horas-perdidas/

https://nuevarevolucion.es/criticas-al-documental-lorca-las-horas-perdidas-por-despolitizar-el-asesinato-del-poeta/

 


miércoles, 16 de septiembre de 2026

La colmena en los medios de comunicación (y medio millón de visitas)


Los libros universitarios no suelen disponer de cara a su difusión de una campaña publicitaria al estilo de las desarrolladas por las más destacadas editoriales privadas, que cuentan con la colaboración de los medios de comunicación. Los recursos utilizados para estos menesteres en nuestro caso son modestos. Por otra parte, y sin menoscabo del interés mostrado por cualquier lector, lo fundamental para nosotros es la respuesta de la comunidad académica, que se concreta en los comentarios recibidos, las reseñas publicadas en revistas universitarias y en la métrica de las citas, que suelo olvidar porque nunca he tenido demasiada confianza en estas mediciones tan de actualidad.
La colmena comenzó su andadura pública a principios de septiembre gracias a una nota de prensa publicada en el boletín informativo de la Universidad de Alicante. A partir de entonces, poco a poco, van apareciendo noticias relacionadas con este tercer volumen de la tetralogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores. En la medida de lo posible, y a la espera de un par de entrevistas ya concertadas para la próxima semana, las iré enlazando en la presente entrada por si esta información fuera de interés para los lectores del blog: 









Por último, añadir que hoy, 18 de septiembre de 2026, este blog ha alcanzado la cifra de medio millón de visitas desde su inauguración. 

sábado, 12 de septiembre de 2026

España partida en dos


 

La divulgación del conocimiento histórico, más allá de las aulas y los círculos de especialistas, supone un reto pocas veces afrontado desde el ámbito académico. Las coartadas para eludirlo son numerosas y algunas responden a unas circunstancias objetivas. Las posibilidades de contar con la colaboración de los medios de comunicación escasean, los historiadores no solemos disponer de habilidades comunicativas para aparecer en esos medios, la necesidad de sintetizar al máximo el mensaje representa un sacrificio cuando la investigación ha precisado de años de trabajo… y, últimamente, la exposición pública como historiador supone un riesgo en el caso de compartir unos planteamientos progresistas, por moderados que sean y aunque acaben expresados con el máximo respeto.

Hoy mismo, cuando en la prensa local ha aparecido la noticia de la publicación de mi último libro, La colmena, he encontrado un comentario de quienes están de guardia todo el día para descalificar cualquier novedad protagonizada por alguien ajeno a los ultras: «Vivir del pasado parece muy rentable». Si a un historiador se le acusa de vivir del pasado, de ocuparse de lo sucedido en otras épocas, es probable que a los médicos se les reproche curar a los enfermos. El comentario es absurdo, pero otros más agresivos que proliferan en las redes sociales pueden desanimar a quienes emprendan el reto de comparecer públicamente para exponer sus trabajos y procurar su divulgación.

Julián Casanova es un ejemplo sobresaliente en esta tarea compleja y ahora peligrosa por los insultos recibidos en un país donde cualquiera sienta cátedra en materia de Historia. Desde hace años la realiza con éxito en distintos medios de comunicación, que reclaman su colaboración cuando los demás compañeros permanecemos recluidos en los despachos. Solo cabe, por lo tanto, el agradecimiento por una labor imprescindible, poco reconocida académicamente y urgente a causa de un revisionismo que pretende cuestionar el conocimiento histórico.

El catedrático recientemente jubilado publicó en 2013 un libro que ahora anda por la decimoctava edición, España partida en dos. Breve historia de la guerra civil española, cuya lectura ayuda a comprender lo sucedido en aquellas trágicas fechas. Con rigor divulgativo y claridad, Julián Casanova expone lo fundamental para compartir certezas derivadas del trabajo investigador y desmentir viejos mitos acerca de una guerra tantas veces instrumentalizada en el debate político.

En la línea de algunos recordados hispanistas británicos, que tan fundamentales fueron para la inicial divulgación de este período histórico, Julián Casanova asumió con éxito el reto y ahora lo prorroga con una nueva publicación gracias al guion de Miguel Casanova y los dibujos de Carlos Esquembre. El resultado es un excelente cómic publicado el pasado mes de marzo y que ya cuenta con una tercera edición: España partida en dos (Barcelona, Crítica, 2026).

Hasta ahora, cada vez que recomendaba al alumnado la lectura del libro publicado en 2013 para la comprensión del período histórico recreado en varias obras teatrales, tenía la convicción de que pocos lo iban a leer porque asistimos a una progresiva desertificación de las bibliotecas universitarias. Las conclusiones del informe PISA también se podrían extender a los estudios superiores con similares o peores resultados que los obtenidos en el más reciente.

Gracias al citado cómic, a la utilización de un lenguaje gráfico capaz de potenciar la síntesis informativa ofrecida a partir del libro publicado en 2013, desde este curso tendré una mejor respuesta cuando haga la recomendación bibliográfica para conocer lo fundamental de aquella guerra. Tal vez perdamos algo de la riqueza informativa ofrecida en el texto original, pero habremos ganado en una tarea divulgativa convertida en un reto urgente.

El cómic se suma a una larguísima serie de recursos para el conocimiento de la historia de nuestro siglo XX. Mucho se ha trabajado en este sentido, aunque lo pendiente también sea considerable. Las críticas a los investigadores por estas carencias son lógicas, pero -si prescindimos del pensamiento políticamente correcto- habrá que repartir las responsabilidades e incluir al alumnado, a esa juventud que merece nuestro apoyo, aunque sin el olvido de la crítica por su pasividad o despreocupación en determinadas materias. Y las familias, claro está, donde se educan esos jóvenes cada vez más alejados de la lectura al igual que sus padres. También algunos medios de comunicación, con su cinismo al lamentar unos resultados que ellos propician con su actuación.

En definitiva, demos la bienvenida a esta nueva aportación de la labor divulgativa de Julián Casanova, intentemos seguir esa senda en la medida de nuestras posibilidades y, sobre todo, pensemos que, a la hora de buscar culpables de la incultura histórica, los primeros son aquellos que ni siquiera manifiestan curiosidad ante cualquier muestra de conocimiento.

A continuación, os dejo el enlace de una presentación del cómic con la presencia de los tres autores:


A continuación, os paso el enlace a la entrevista concedida a Radio Alicante (Cadena SER) con motivo de la presentación del cómic en la Sede de la Universidad de Alicante:
Por último, os paso la grabación de la citada presentación en la Sede de la Universidad de Alicante, que tuvo lugar con la sala repleta y la habilitación de una segunda sala para dar cabida al numeroso público:

viernes, 4 de septiembre de 2026

Los nietos de las víctimas


 Rodrigo Sorogoyen, nieto de Antonio del Amo

Lucy Marcos del Rey, nieta del periodista procesado Pío Marcos Cuadrado, hace unas semanas se puso en contacto conmigo porque desde Puebla (México) está recopilando información acerca de la trayectoria de su abuelo. El sumario de quien fuera censor de prensa durante la guerra lo analicé en La colmena (pp. 105-110), le mandé una copia de la documentación utilizada e iniciamos una colaboración para completar el relato de este periodista afiliado al PCE en junio de 1938.

El juez Manuel Martínez Gargallo y su secretario instruyeron el sumario de quien, por el escaso protagonismo alcanzado durante la guerra, creyó estar a salvo en la Victoria. Sin embargo, Pío Marcos Cuadrado fue denunciado por el industrial Manuel Carazo Jiménez y lo detuvieron el 24 de mayo de 1939. A partir de ese momento, y como preso en las abarrotadas cárceles de la época, se inicia una instrucción que finaliza el 17 de noviembre con un auto resumen, donde el titular del Juzgado Militar de Prensa propone el sobreseimiento de la causa.

No obstante, un izquierdista nunca salió indemne de aquel juzgado militar y Manuel Martínez Gargallo, tras los correspondientes informes de su secretario, añade una nota al auto resumen. El procesado podía quedar en libertad «sin perjuicio de que dada la filiación netamente izquierdista del mismo y la colaboración por él prestada a la causa roja se le imponga un correctivo de tipo disciplinario o gubernativo, siempre que no se estimara bastante la prisión preventiva que lleva sufriendo».

El auditor estimó que era suficiente con medio año en la cárcel por haber sido «muy rojo» y el 29 de noviembre de 1939 salió en libertad. Nada más se sabía acerca de su futuro, que suponía difícil con cuarenta y cinco años y después de la experiencia en unas cárceles donde la salud siempre corría peligro. Ahora, gracias a la información facilitada por Lucy Marcos del Rey, sabemos que la familia terminó en México y que el periodista falleció en Madrid el 3 de junio de 1943. Pío Marcos Cuadrado sobrevivió a la cárcel, pero no llegó a los cincuenta años.

Las estadísticas dan cuenta de un preso puesto en libertad tras el sobreseimiento de su causa judicial. La realidad revelada por estos trabajos de la microhistoria indica que Pío Marcos Cuadrado no solo padeció medio año de cárcel en unas condiciones inhumanas, sino que falleció poco después, como tantos otros republicanos que pasaron por una experiencia similar.

Luz Recuero Jiménez, la esposa del periodista que hizo todo lo posible para ayudarle durante la instrucción, también falleció en Madrid, pero le sobrevivió hasta el 21 de diciembre de 1972. La viuda no tuvo la oportunidad de contar en público lo sucedido con su marido. Ni siquiera en privado, supongo, por la escasa información que nos ha llegado. Ahora Lucy Marcos del Rey, como tantos familiares de las víctimas, intenta reconstruir la trayectoria de su abuelo y contará con nuestra colaboración en todo lo que sea preciso.

Mientras tanto, el cineasta Rodrigo Sorogoyen, que acaba de estrenar con gran éxito una película protagonizada por Javier Bardem, ya dispone del sumario de Antonio del Amo, su abuelo y también director de cine. Habrá que esperar algunos meses para completar la información, pero estará lista para la publicación de Final de trayecto en 2027, justo cuando Rodrigo Sorogoyen esté a punto de iniciar una nueva película, que en este caso estará centrada en la Guerra Civil en la que su abuelo fue un documentalista al servicio del ejército republicano. Ahora conoce mucho mejor su relato, gracias a una historia que alimenta la memoria con una información contrastada.


martes, 1 de septiembre de 2026

La culminación de un trabajo de investigación


 

En 2014, cuando la familia de Diego San José se puso en contacto conmigo y me facilitó la documentación relacionada con el escritor, nunca imaginé que la tarea de analizarla me llevara a otra mucho más amplia. El consejo de guerra que condenó a muerte al autor madrileñista me descubrió una realidad que solo conocía a grandes rasgos: la represión durante la posguerra. A partir de ese momento, procuré contextualizar su caso mediante la consulta de otros casos de similares características y el resultado fue Nos vemos en Chicote (2015). El ahora reeditado libro nunca pretendió ser una monografía sobre los consejos de guerra, sino un ensayo acerca del concepto de la banalidad del mal aplicado a una serie de personajes históricos que intervinieron en aquellos sumarísimos de urgencia.

El trabajo lo completé con la edición de las memorias carcelarias de Diego San José en 2016 y otras publicaciones paralelas de menor entidad. Desde ese momento, alrededor de 2017, mis investigaciones versaron sobre otros temas ajenos a una violencia que, siendo necesario su conocimiento, procuro mantener lejos. Incluso me resulta desagradable su análisis desde un punto de vista histórico.

Las circunstancias conocidas por cualquier lector de este blog me hicieron cambiar de orientación como investigador a finales de 2020. A partir de entonces, decidí emprender una tarea de largo alcance: el análisis de los consejos de guerra de periodistas y escritores durante el período 1939-1945.

Tras la publicación de Los consejos de guerra de Miguel Hernández (2022), Las armas contra las letras (2023) y Perder la guerra y la historia (2025), ahora llega La colmena, el tercer volumen de una tetralogía que culminará con Final de trayecto, una monografía ya redactada a la espera de consultar un sumario cuya copia solicité antes del verano.

En total, unas dos mil páginas dedicadas a estos consejos de guerra a partir de la documentación sumarial, completada con la localizada en diferentes archivos públicos y privados. El objetivo está casi culminado. Solo resta publicar el último volumen y jubilarme poco después, con la satisfacción de haber realizado a mi edad una investigación cuya envergadura parece propia de quienes conservan el ánimo de la juventud.

Las conclusiones las he desgranado en diferentes entradas de este blog y volverán a aparecer con motivo de algunos trabajos que me han encargado. Mientras discurre el consiguiente debate, hasta el presente positivo por la recepción de los volúmenes publicados, el balance me lleva a una experiencia que nunca terminaré de agradecer: el contacto con los familiares de las víctimas de aquella represión.

El trabajo comenzó gracias a unos familiares especialmente implicados en la recuperación de la memoria de Diego San José, pero ha continuado con otros muchos contactos que me han dado alegrías. Hasta el presente, porque en fechas recientes he hablado con el cineasta Rodrigo Sorogoyen, nieto del también director cinematográfico Antonio del Amo, y la semana pasada me escribió una nieta de Pío Marcos Cuadrado, que se encuentra en México y anda a la búsqueda de información acerca de su abuelo. Ambos ya tienen en su poder la documentación sumarial relacionada con sus familiares, cuentan con mi ayuda para fundamentar la memoria de la familia y, sobre todo, juntos podremos completar el relato que debemos a estas víctimas de la represión franquista.

La redacción de dos mil páginas a partir de una documentación primaria y en gran medida inédita supone un trabajo complejo. El desánimo ha aparecido en algunas ocasiones. También el cansancio, pero esos contactos con los familiares y la necesidad de aportar a cada víctima un relato de lo sucedido me han permitido superar los malos momentos. El objetivo está prácticamente alcanzado y, una vez divulgados sus resultados, habrá que cumplir con lo explicitado en el último título: el final del trayecto iniciado en mayo de 1982, cuando conseguí la beca de investigación que me permitió incorporarme a la universidad donde había estudiado la carrera.

Ahora, justo cuando comienza un nuevo curso, mirar hacia atrás produce vértigo, pero también la satisfacción de un trabajo realizado sin desmayo porque me ha acompañado la salud, cuento con la ayuda de una familia magnífica y disfruto junto a unos compañeros con los que comparto objetivos al servicio de la universidad pública.

Por cierto, este blog ha superado las cuatrocientas mil visitas a finales de agosto. La cifra ayuda a afrontar un nuevo curso.

jueves, 27 de agosto de 2026

La IA ha llegado a este blog


 Puestos a rejuvenecer, la IA hace milagros

El primer curso como estudiante en la Universidad de Alicante, el 1975-1976, trajo consigo la novedad de las fotocopias, que salían caras, solo se podían realizar en un local de Alicante y acababan evaporándose, pues la impresión en un papel satinado tenía fecha de caducidad. Apenas las utilizábamos por entonces y todavía recurríamos al papel carbón para sacar varias copias de los apuntes, gracias al buen pulso de una compañera que escribía con fuerza.

Para consultar un libro de la biblioteca, había que rellenar una ficha a mano y entregarla junto con nuestro carnet, que era una cartulina donde figuraba la foto del estudiante con el correspondiente sello como prueba indeleble de la identificación. Las notas de lectura debíamos escribirlas en una libreta, aunque los modernos ya utilizaban unas fichas que luego podían guardarse en un fichero de color verde.

Así hicimos la carrera aquellos estudiantes de la Transición en un país radicalmente distinto al actual, también en lo tecnológico. Desde entonces han pasado cincuenta años y una revolución que no fue la soñada por tantos compañeros de aquella época, sino la de una tecnología que ha convertido nuestra vida cotidiana en una experiencia donde cuesta imaginar el pasado. De hecho, cuando vemos películas de aquella época, mi mujer y yo nos emocionamos al ver algún artilugio capaz de remitirnos a un momento en que lo ahora habitual ni siquiera lo soñábamos.

A lo largo de estos cincuenta años me he ido adaptando a las novedades tecnológicas porque quedar atrás, como una especie de insumiso, puede tener su encanto, pero no resulta práctico. Y, sobre todo, me impide realizar adecuadamente el trabajo como docente en una universidad donde la tecnología siempre ha encontrado una generosa puerta de entrada.

Ahora, justo en la antesala de la jubilación, ha llegado la IA, que desde hace un par de cursos está modificando la actividad docente. Sería engorroso explicar los cambios derivados de esta novedad, pero procuro apostar por lo positivo de cualquier innovación y, desde luego, me niego a engrosar las filas de los viejos gruñones capaces de imaginar el pasado como una maravilla. La única maravilla perdida que merece la melancolía es la juventud.

Este verano, y gracias a mi hijo, he empezado a manejarme con la IA para corregir las pruebas de imprenta y revisar los textos originales que debo entregar a las editoriales y las revistas. El balance de la experiencia ha superado cualquier expectativa previa. Las tareas que antes suponían muchas horas de trabajo, ahora las realizo en unos minutos y con mejores resultados.

Los textos siguen siendo enteramente míos, pero evito así errores que me pasaban desapercibidos durante el trabajo de revisión. A efectos prácticos, es como tener en el ordenador a don Fernando Lázaro Carreter y al más atento corrector de pruebas, siempre dispuestos a colaborar para que el texto sea lo más correcto posible.

A partir de ahora, los textos que publique habrán sido revisados por la IA y no precisamente por uno de los programas más sencillos, porque cuento con los que utiliza mi hijo en sus proyectos de investigación. Mi modesta contraprestación es colaborar en su desarrollo para perfeccionar las tareas relacionadas con la corrección de textos y, en un futuro, crear recursos que permitan actuar en el ámbito jurídico con mayores garantías.

Mientras tanto, quede explícito mi compromiso de utilizar la IA para la corrección de los textos que publique y, por supuesto, mi deseo de seguir mejorando en mi trabajo gracias a las herramientas que la tecnología ha puesto a nuestra disposición. La opción contraria supondría un ejemplo de soberbia, la de quienes publican textos repletos de errores y, ante la constancia de los mismos, los mantienen como si fueran un dogma divino. Allá ellos.

 


sábado, 22 de agosto de 2026

Los niños de Hitler


 

La II Guerra Mundial propició una avalancha de imágenes verdaderamente estremecedoras. Las conservadas endurecen nuestra mirada, pero algunos de esos testimonios de la barbarie permanecen en mi memoria de forma indeleble. Desde hace años recuerdo las fotos de los adolescentes, casi niños, que se incorporaron a la defensa de Berlín en las últimas semanas de la guerra, cuando los aliados estaban a punto de llegar al búnker de Hitler. Verlos empuñar las armas en una acción tan desesperada como inútil es observar un paradigma de la sinrazón que se apoderó de Alemania bajo el régimen nazi. El sacrificio de aquellos muchachos todavía me conmueve.

El poder de esas imágenes me llevó a indagar acerca de la generación de adolescentes que crecieron a la par que el nazismo se instalaba en el poder. Nunca había escrito al respecto, pero en La colmena (Sevilla, Renacimiento-UA, 2026) incluí varias referencias a la trágica historia de La Rosa Blanca, la organización pacifista de estudiantes universitarios que vio cómo algunos de sus integrantes acabaron decapitados. La conmoción de lo conocido gracias a una excelente película alemana me llevó a preguntarme por esa generación y este verano he tenido la oportunidad de leer un interesante libro de Guido Knopp, Los niños de Hitler. Retrato de una generación manipulada (Barcelona, Planeta, 2005).

La obra incluye la trayectoria de La Rosa Blanca y otros muchos episodios que conviene conocer para entender lo sucedido en Alemania y, con las lógicas diferencias, en otras dictaduras coetáneas. El lavado de cerebro de esa generación fue brutal. También resultó exitoso a la vista de la casi unánime respuesta de quienes a menudo sacrificaron sus mejores años al servicio del nazismo. No todos, pues hubo algunas oposiciones testimoniales que merecen el emocionado recuerdo de quienes rechazamos cualquier tipo de dictadura.

Entre ellas siempre me ha llamado la atención el movimiento de los swing kids, unos jóvenes que en los albores de la II Guerra Mundial manifestaron su alejamiento del nazismo organizando veladas de baile, fundamentalmente en Hamburgo, con la música de Benny Goodman y otros maestros del swing procedente de EE.UU. Danzar a los sones de unas melodías que transmiten vitalidad y alegría era su forma de marcar distancias con respecto a la rigidez del nazismo.




La historia la conocí gracias al film Swing Kids (1993), de Thomas Carter, pero evito escribir sobre temas en los que cuento exclusivamente con una fuente cinematográfica, que por lógica tiende al espectáculo propio de la ficción con la posibilidad de alterar lo sucedido en un determinado marco histórico. Al leer el libro de Guido Knopp, riguroso y documentado, comprendí que la película de Thomas Carter no andaba lejos de una historia que desembocó en un final trágico a partir de 1940, cuando las veladas de baile fueron disueltas por la Gestapo y los swing kids arrestados. De hecho, el 26 de enero de 1942 Heinrich Himmler ordenó al jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, Reinhard Heydrich, el internamiento de aquellos jóvenes en un campo de concentración. Su final fue el previsible.

A menudo, escucho la música de Artie Shaw, Louis Armstrong, Benny Goodman, Glenn Miller y otros intérpretes de aquella época. Lo he explicado en Memoria y ficción, el blog que dedico a los asuntos más personales. Desde hace un tiempo, al recuperar esas canciones que me ayudan a superar los momentos de desánimo, recuerdo la desesperada y necesaria iniciativa de aquellos muchachos alemanes, que no estaban organizados políticamente, pero deseaban ser jóvenes en el pleno sentido de la palabra y al margen de las consignas de quienes promovieron la más brutal violencia.

Esa música estaba prácticamente prohibida en la España de la Victoria. Incluso denostada en consonancia con un nazismo que hablaba de «negroides», aunque algunos de sus intérpretes fueran blancos. La situación empezó a cambiar a partir de 1945, cuando el franquismo viró para ganarse el favor de los norteamericanos, pero esa música nunca dejó de ser un tanto sospechosa y su divulgación solo fue el empeño de unos pocos.

Tal vez esos disidentes solo necesitaban bailar y sentirse vivos como los swing kids, pero inevitablemente quedaron al margen de un régimen desconfiado ante los jóvenes dispuestos a disfrutar de una música desinhibida. Ninguno de estos españoles de los años cuarenta o cincuenta sabría de lo sucedido en los salones de baile de Hamburgo. Apenas importaba. A su manera, seguían la senda ya trazada por quienes apostaron por la intensidad de la vida frente al terror de unos nazis capaces de decapitar a algunos de sus jóvenes, llevarlos a campos de concentración o sacrificarlos durante la primavera de 1945, cuando todo estaba perdido para un Hitler ahora blanqueado por otros muchachos que en nuestros días hacen del odio un arma temible.