Las funciones del teatro,
tal y como aparecen en el primer tema de los apuntes de la asignatura de
Historia del Teatro del Siglo de Oro (ff. 35-36), son múltiples, diversas y
nunca excluyentes entre sí, pues varias de ellas pueden coincidir en una misma
representación. Al igual que ocurre con los trece sistemas de signos cuya
presencia es verificable en una puesta en escena (ff. 11-17), hablamos de una
gama de posibilidades, con independencia de que una o varias de las funciones
se concreten en un caso determinado.
De acuerdo con los
citados apuntes, podemos establecer una función crítica, una renovadora o
transformadora y otra de reflexión. La catártica y la estimulante se suman a
las de diversión, evasión y entretenimiento. Asimismo, cabe recordar las
funciones de creación o difusión de valores y modelos sociales, además de la
biológica, la terapéutica y la revitalizante y, finalmente, la comunicativa.
Estas funciones, con
independencia de su concreción histórica en un determinado marco espacial,
aparecen desarrolladas con diferentes matices en cualquier manual dedicado a la
teoría del teatro. No obstante, y de cara a una más fácil comprensión o memorización,
podemos agruparlas en cuatro presentes en las preceptivas teatrales y que
responden a otros tantos infinitivos latinos: movere, conmovere, docere y
delectare.
La comprensión de la
teoría teatral siempre debe estar basada en una reflexión sobre nuestra
experiencia como espectadores. Si nos planteamos las posibles funciones del
teatro, antes debemos preguntarnos por nuestras expectativas más allá de lo
anecdótico o circunstancial cuando asistimos a una representación. El efectivo
cumplimiento de las funciones suele satisfacer las expectativas creadas cuando
asistimos al teatro.
Al pagar por una entrada,
nuestro primer deseo es que a cambio del dinero desembolsado podamos
divertirnos o entretenernos durante la representación. Ambos verbos en español
carecen del debido prestigio cultural, a diferencia de lo que sucede en otros
idiomas, pero resumen el propósito básico de cualquier espectador.
La diversión o el
entretenimiento no presupone necesariamente la existencia de una obra cómica u
humorística. También podemos disfrutar con una representación que nos atraiga o
interese desde el principio hasta el final, con independencia del género en el
cual se incluya (drama, tragedia, comedia…). La primera obligación de los
artífices de la representación es mantener la atención del público, que nos
olvidemos de nuestras propias circunstancias como parte del mismo, y que esa
respuesta permita el consiguiente disfrute.
Si la representación no
cumple con el delectare, cualquier otra función teatral resulta inviable
porque se ha roto el doble sistema de comunicación que caracteriza al teatro
(ff. 18-19). Un espectador aburrido, distraído o desinteresado es incapaz de
responder a cualquier estímulo relacionado con las demás funciones agrupadas en
el conmovere, el docere y el movere. Por lo tanto, la
primera es la base imprescindible para las otras tres y debemos revalorizar el
término del entretenimiento, o la diversión, no vinculándolo exclusivamente con
la respuesta a una obra de carácter cómico.
El teatro, al igual que
cualquier manifestación creativa, puede responder a la función del docere porque
es capaz de transmitirnos información o conocimiento y, además, hacerlo de una
manera entretenida gracias a los recursos empleados para responder a la función
del delectare.
Nosotros en tanto que
individuos aprendemos mediante la observación, la experiencia, el estudio…,
pero también como parte de un público que asiste a una representación teatral.
En el caso concreto de las seis obras vistas a lo largo del curso, aprendemos acerca
de circunstancias históricas y sociales, valores e ideas de la época en que
fueron concebidas, historias de la tradición cultural, leyendas,
manifestaciones folklóricas, costumbres… El resultado enriquece nuestro bagaje
de conocimientos mediante un aprendizaje satisfactorio que apenas supone un
esfuerzo más allá de prestar atención para disfrutar.
Dado que las seis obras seleccionadas
responden a la concepción azoriniana de los clásicos, este conocimiento derivado
de las mismas guarda relación con nuestro presente. De manera casi inevitable,
observaremos comportamientos, reacciones, sentimientos, emociones, reflexiones,
discusiones… que en origen responden a un marco cultural alejado en el tiempo, el
Siglo de Oro, pero que en lo fundamental mantienen su vigencia en el actual.
El requisito para
enriquecer nuestro conocimiento o bagaje cultural con este docere es
mantener una actitud reflexiva y crítica capaz de prescindir de lo
circunstancial, aquello que solo forma parte de un determinado marco histórico
o cultural, y centrar nuestra atención en lo fundamental o vigente por encima de los cambios derivados del paso del tiempo.
Así, cuando veamos, por
ejemplo, una discusión sobre los efectos del amor como la planteada
dramáticamente en La dama boba a partir del neoplatonismo, prescindiremos
de algunos detalles que enmarcan la obra de Lope de Vega en la cultura del
siglo XVII y buscaremos lo sustancial de esa discusión, que por su naturaleza
universal todavía nos afecta como individuos del siglo XXI.
A pesar de que todo el
teatro se representa en presente y ante un público coetáneo, con independencia
de la fecha del texto original, el docere no debe limitarse a lo
susceptible de interesarnos de cara a nuestro propio mundo. Frente a una
cultura demasiado deudora del inmediato presente, una circunstancia que supone
una verdadera limitación intelectual, una ficción como la teatral del siglo
XVII nos invita a transgredir los límites de nuestra experiencia y a
sumergirnos, aunque solo sea por curiosidad, en otra época. El docere no
es una función que deba estar vinculada con la utilidad práctica del
conocimiento. También permite que el mismo sea un correlato de una curiosidad
intelectual desprovista de objetivos utilitaristas.
A lo largo del curso y
como espectadores tenemos la oportunidad de conmovernos ante situaciones
injustas o violentas como las representadas, por ejemplo, en El alcalde de
Zalamea o Fuenteovejuna con un notable dramatismo. Vamos a
ver auténticos abusos de un poder tiránico, violaciones de mujeres que nos
recuerdan la existencia de la violencia de género en cualquier período del
pasado, colectivos torturados por no someterse a una injusticia… y un conjunto
de circunstancias que provocan la conmoción de un público dotado de un mínimo
de sensibilidad.
Este conmovere refuerza
nuestra participación, aunque solo sea anímica, en la representación y suele
suponer el estímulo dramático o emocional para dar paso a la función crítica
que sustenta el movere. Nosotros sentimos una conmoción, por ejemplo,
ante el destino injusto y fatal del protagonista de El caballero de Olmedo de
Lope de Vega. El trágico desenlace de la tragedia nos mueve a que, como
ciudadanos, rechacemos comportamientos similares a los encarnados en quienes le
asesinan por odio, celos, envidia y hasta una xenofobia muy localista. Es
decir, sintamos la necesidad del movere.
Una representación completa
el circuito de las funciones teatrales si nos deleita con el conjunto de las
acciones y los protagonistas, nos enseña acerca de lo visto en el escenario,
nos conmueve hasta el punto de hacernos participar más intensamente en el acto
comunicativo que supone toda representación y, además, cuando salimos de la
misma somos otros individuos algo mejores. Fundamentalmente, porque estamos
satisfechos después de haber culminado nuestro deseo de entretenimiento, hemos
aprendido acerca de lo que nos afecta o interesa y nos sentimos proclives a dar
una respuesta, estimulada por lo representado, que sea capaz de ir más allá de un
tiempo de ficción teatral.
Las seis obras
seleccionadas en el programa de la asignatura completan este circuito porque,
en diferentes proporciones, responden a las cuatro funciones expuestas con la
utilización de los correspondientes infinitivos latinos. El delectare cobrará
mayor protagonismo en La dama boba y La dama duende, dos comedias
repletas de divertidas peripecias que buscan la sonrisa del espectador. El docere
lo subrayaremos en un drama como El alcalde de Zalamea, de Calderón,
que tanto nos enseña acerca de las relaciones entre los diferentes grupos
sociales de la época y de los mismos con respecto a la monarquía absolutista.
El conmovere cobrará un protagonismo especial ante el destino fatal de
un protagonista, la violencia de un tirano y las injusticias representadas en El
caballero de Olmedo y Fuenteovejuna. Finalmente, el movere será
la consecuencia de una reflexión crítica que, por ejemplo, nos permita percibir
la existencia en nuestra realidad cotidiana de «retablos de las maravillas» similares
en lo fundamental al recreado en el homónimo entremés de Cervantes.
La prevalencia de una
función teatral no supone necesariamente la desaparición de las demás. Las
obras, según los géneros en que se encuadran, buscarán distintas prevalencias
en las funciones, pero sin desechar por completo aquellas que puedan quedar relativamente
relegadas. De ahí que, al iniciar nuestro acercamiento crítico a cada una de
las seis vistas en el curso, debamos partir de los cuatro infinitivos latinos
para valorar la presencia de las respectivas funciones y así empezar a
caracterizar las obras para comprenderlas mejor. También para entretenernos con
mayor fundamento.





