Varietés y república
miércoles, 16 de septiembre de 2026
La colmena en los medios de comunicación (y medio millón de visitas)
sábado, 12 de septiembre de 2026
España partida en dos
La divulgación del
conocimiento histórico, más allá de las aulas y los círculos de especialistas,
supone un reto pocas veces afrontado desde el ámbito académico. Las coartadas
para eludirlo son numerosas y algunas responden a unas circunstancias objetivas.
Las posibilidades de contar con la colaboración de los medios de comunicación
escasean, los historiadores no solemos disponer de habilidades comunicativas
para aparecer en esos medios, la necesidad de sintetizar al máximo el mensaje representa
un sacrificio cuando la investigación ha precisado de años de trabajo… y,
últimamente, la exposición pública como historiador supone un riesgo en el caso
de compartir unos planteamientos progresistas, por moderados que sean y aunque
acaben expresados con el máximo respeto.
Hoy mismo, cuando en la
prensa local ha aparecido la noticia de la publicación de mi último libro, La colmena, he
encontrado un comentario de quienes están de guardia todo el día para
descalificar cualquier novedad protagonizada por alguien ajeno a los ultras:
«Vivir del pasado parece muy rentable». Si a un historiador se le acusa de
vivir del pasado, de ocuparse de lo sucedido en otras épocas, es probable que a
los médicos se les reproche curar a los enfermos. El comentario es absurdo,
pero otros más agresivos que proliferan en las redes sociales pueden desanimar
a quienes emprendan el reto de comparecer públicamente para exponer sus
trabajos y procurar su divulgación.
Julián Casanova es un
ejemplo sobresaliente en esta tarea compleja y ahora peligrosa por los insultos
recibidos en un país donde cualquiera sienta cátedra en materia de Historia.
Desde hace años la realiza con éxito en distintos medios de comunicación, que
reclaman su colaboración cuando los demás compañeros permanecemos recluidos en los
despachos. Solo cabe, por lo tanto, el agradecimiento por una labor
imprescindible, poco reconocida académicamente y urgente a causa de un
revisionismo que pretende cuestionar el conocimiento histórico.
El catedrático
recientemente jubilado publicó en 2013 un libro que ahora anda por la
decimoctava edición, España partida en dos. Breve historia de la guerra
civil española, cuya lectura ayuda a comprender lo sucedido en aquellas
trágicas fechas. Con rigor divulgativo y claridad, Julián Casanova expone lo
fundamental para compartir certezas derivadas del trabajo investigador y
desmentir viejos mitos acerca de una guerra tantas veces instrumentalizada en
el debate político.
En la línea de algunos
recordados hispanistas británicos, que tan fundamentales fueron para la inicial
divulgación de este período histórico, Julián Casanova asumió con éxito el reto
y ahora lo prorroga con una nueva publicación gracias al guion de Miguel
Casanova y los dibujos de Carlos Esquembre. El resultado es un excelente cómic
publicado el pasado mes de marzo y que ya cuenta con una tercera edición: España
partida en dos (Barcelona, Crítica, 2026).
Hasta ahora, cada vez que
recomendaba al alumnado la lectura del libro publicado en 2013 para la
comprensión del período histórico recreado en varias obras teatrales, tenía la
convicción de que pocos lo iban a leer porque asistimos a una progresiva
desertificación de las bibliotecas universitarias. Las conclusiones del informe
PISA también se podrían extender a los estudios superiores con similares o
peores resultados que los obtenidos en el más reciente.
Gracias al citado cómic,
a la utilización de un lenguaje gráfico capaz de potenciar la síntesis
informativa ofrecida a partir del libro publicado en 2013, desde este curso tendré
una mejor respuesta cuando haga la recomendación bibliográfica para conocer lo
fundamental de aquella guerra. Tal vez perdamos algo de la riqueza informativa
ofrecida en el texto original, pero habremos ganado en una tarea divulgativa
convertida en un reto urgente.
El cómic se suma a una
larguísima serie de recursos para el conocimiento de la historia de nuestro
siglo XX. Mucho se ha trabajado en este sentido, aunque lo pendiente también
sea considerable. Las críticas a los investigadores por estas carencias son
lógicas, pero -si prescindimos del pensamiento políticamente correcto- habrá
que repartir las responsabilidades e incluir al alumnado, a esa juventud que
merece nuestro apoyo, aunque sin el olvido de la crítica por su pasividad o
despreocupación en determinadas materias. Y las familias, claro está, donde se
educan esos jóvenes cada vez más alejados de la lectura al igual que sus
padres. También algunos medios de comunicación, con su cinismo al lamentar unos
resultados que ellos propician con su actuación.
En definitiva, demos la
bienvenida a esta nueva aportación de la labor divulgativa de Julián Casanova,
intentemos seguir esa senda en la medida de nuestras posibilidades y, sobre
todo, pensemos que, a la hora de buscar culpables de la incultura histórica,
los primeros son aquellos que ni siquiera manifiestan curiosidad ante cualquier
muestra de conocimiento.
A continuación, os dejo el enlace de una presentación del cómic con la presencia de los tres autores:
A continuación, os paso el enlace a la entrevista concedida a Radio Alicante (Cadena SER) con motivo de la presentación del cómic en la Sede de la Universidad de Alicante:
viernes, 4 de septiembre de 2026
Los nietos de las víctimas
Lucy Marcos del Rey,
nieta del periodista procesado Pío Marcos Cuadrado, hace unas semanas se puso
en contacto conmigo porque desde Puebla (México) está recopilando información
acerca de la trayectoria de su abuelo. El sumario de quien fuera censor de prensa
durante la guerra lo analicé en La colmena (pp. 105-110), le mandé una
copia de la documentación utilizada e iniciamos una colaboración para completar
el relato de este periodista afiliado al PCE en junio de 1938.
El juez Manuel Martínez
Gargallo y su secretario instruyeron el sumario de quien, por el escaso
protagonismo alcanzado durante la guerra, creyó estar a salvo en la Victoria.
Sin embargo, Pío Marcos Cuadrado fue denunciado por el industrial Manuel Carazo
Jiménez y lo detuvieron el 24 de mayo de 1939. A partir de ese momento, y como
preso en las abarrotadas cárceles de la época, se inicia una instrucción que
finaliza el 17 de noviembre con un auto resumen, donde el titular del Juzgado
Militar de Prensa propone el sobreseimiento de la causa.
No obstante, un
izquierdista nunca salió indemne de aquel juzgado militar y Manuel Martínez
Gargallo, tras los correspondientes informes de su secretario, añade una nota
al auto resumen. El procesado podía quedar en libertad «sin perjuicio de que
dada la filiación netamente izquierdista del mismo y la colaboración por él
prestada a la causa roja se le imponga un correctivo de tipo disciplinario o
gubernativo, siempre que no se estimara bastante la prisión preventiva que
lleva sufriendo».
El auditor estimó que era
suficiente con medio año en la cárcel por haber sido «muy rojo» y el 29 de
noviembre de 1939 salió en libertad. Nada más se sabía acerca de su futuro, que
suponía difícil con cuarenta y cinco años y después de la experiencia en unas
cárceles donde la salud siempre corría peligro. Ahora, gracias a la información
facilitada por Lucy Marcos del Rey, sabemos que la familia terminó en México y
que el periodista falleció en Madrid el 3 de junio de 1943. Pío Marcos Cuadrado
sobrevivió a la cárcel, pero no llegó a los cincuenta años.
Las estadísticas dan
cuenta de un preso puesto en libertad tras el sobreseimiento de su causa
judicial. La realidad revelada por estos trabajos de la microhistoria indica
que Pío Marcos Cuadrado no solo padeció medio año de cárcel en unas condiciones
inhumanas, sino que falleció poco después, como tantos otros republicanos que
pasaron por una experiencia similar.
Luz Recuero Jiménez, la
esposa del periodista que hizo todo lo posible para ayudarle durante la
instrucción, también falleció en Madrid, pero le sobrevivió hasta el 21 de
diciembre de 1972. La viuda no tuvo la oportunidad de contar en público lo
sucedido con su marido. Ni siquiera en privado, supongo, por la escasa
información que nos ha llegado. Ahora Lucy Marcos del Rey, como tantos
familiares de las víctimas, intenta reconstruir la trayectoria de su abuelo y
contará con nuestra colaboración en todo lo que sea preciso.
Mientras tanto, el
cineasta Rodrigo Sorogoyen, que acaba de estrenar con gran éxito una película
protagonizada por Javier Bardem, ya dispone del sumario de Antonio del Amo, su
abuelo y también director de cine. Habrá que esperar algunos meses para completar
la información, pero estará lista para la publicación de Final de trayecto en
2027, justo cuando Rodrigo Sorogoyen esté a punto de iniciar una nueva
película, que en este caso estará centrada en la Guerra Civil en la que su
abuelo fue un documentalista al servicio del ejército republicano. Ahora conoce
mucho mejor su relato, gracias a una historia que alimenta la memoria con una
información contrastada.
martes, 1 de septiembre de 2026
La culminación de un trabajo de investigación
En 2014, cuando la
familia de Diego San José se puso en contacto conmigo y me facilitó la
documentación relacionada con el escritor, nunca imaginé que la tarea de
analizarla me llevara a otra mucho más amplia. El consejo de guerra que condenó
a muerte al autor madrileñista me descubrió una realidad que solo conocía a
grandes rasgos: la represión durante la posguerra. A partir de ese momento,
procuré contextualizar su caso mediante la consulta de otros casos de similares
características y el resultado fue Nos vemos en Chicote (2015).
El ahora reeditado libro nunca pretendió ser una monografía sobre los consejos
de guerra, sino un ensayo acerca del concepto de la banalidad del mal aplicado
a una serie de personajes históricos que intervinieron en aquellos sumarísimos
de urgencia.
El trabajo lo completé
con la edición de las memorias carcelarias de Diego San José en 2016 y otras publicaciones
paralelas de menor entidad. Desde ese momento, alrededor de 2017, mis investigaciones
versaron sobre otros temas ajenos a una violencia que, siendo necesario su
conocimiento, procuro mantener lejos. Incluso me resulta desagradable su
análisis desde un punto de vista histórico.
Las circunstancias
conocidas por cualquier lector de este blog me hicieron cambiar de orientación
como investigador a finales de 2020. A partir de entonces, decidí emprender una
tarea de largo alcance: el análisis de los consejos de guerra de periodistas y
escritores durante el período 1939-1945.
Tras la publicación de Los
consejos de guerra de Miguel Hernández (2022), Las armas contra las
letras (2023) y Perder la guerra y la historia (2025), ahora llega La
colmena, el tercer volumen de una tetralogía que culminará con Final de
trayecto, una monografía ya redactada a la espera de consultar un sumario
cuya copia solicité antes del verano.
En total, unas dos mil
páginas dedicadas a estos consejos de guerra a partir de la documentación
sumarial, completada con la localizada en diferentes archivos públicos y
privados. El objetivo está casi culminado. Solo resta publicar el último
volumen y jubilarme poco después, con la satisfacción de haber realizado a mi
edad una investigación cuya envergadura parece propia de quienes conservan el
ánimo de la juventud.
Las conclusiones las he
desgranado en diferentes entradas de este blog y volverán a aparecer con motivo
de algunos trabajos que me han encargado. Mientras discurre el consiguiente
debate, hasta el presente positivo por la recepción de los volúmenes publicados,
el balance me lleva a una experiencia que nunca terminaré de agradecer: el
contacto con los familiares de las víctimas de aquella represión.
El trabajo comenzó
gracias a unos familiares especialmente implicados en la recuperación de la
memoria de Diego San José, pero ha continuado con otros muchos contactos que me
han dado alegrías. Hasta el presente, porque en fechas recientes he hablado con
el cineasta Rodrigo Sorogoyen, nieto del también director cinematográfico
Antonio del Amo, y la semana pasada me escribió una nieta de Pío Marcos
Cuadrado, que se encuentra en México y anda a la búsqueda de información acerca
de su abuelo. Ambos ya tienen en su poder la documentación sumarial relacionada
con sus familiares, cuentan con mi ayuda para fundamentar la memoria de la
familia y, sobre todo, juntos podremos completar el relato que debemos a estas
víctimas de la represión franquista.
La redacción de dos mil
páginas a partir de una documentación primaria y en gran medida inédita supone
un trabajo complejo. El desánimo ha aparecido en algunas ocasiones. También el
cansancio, pero esos contactos con los familiares y la necesidad de aportar a
cada víctima un relato de lo sucedido me han permitido superar los malos
momentos. El objetivo está prácticamente alcanzado y, una vez divulgados sus
resultados, habrá que cumplir con lo explicitado en el último título: el final
del trayecto iniciado en mayo de 1982, cuando conseguí la beca de investigación
que me permitió incorporarme a la universidad donde había estudiado la carrera.
Ahora, justo cuando
comienza un nuevo curso, mirar hacia atrás produce vértigo, pero también la
satisfacción de un trabajo realizado sin desmayo porque me ha acompañado la
salud, cuento con la ayuda de una familia magnífica y disfruto junto a unos
compañeros con los que comparto objetivos al servicio de la universidad
pública.
Por cierto, este blog ha
superado las cuatrocientas mil visitas a finales de agosto. La cifra ayuda a
afrontar un nuevo curso.
jueves, 27 de agosto de 2026
La IA ha llegado a este blog
El primer curso como
estudiante en la Universidad de Alicante, el 1975-1976, trajo consigo la
novedad de las fotocopias, que salían caras, solo se podían realizar en un
local de Alicante y acababan evaporándose, pues la impresión en un papel
satinado tenía fecha de caducidad. Apenas las utilizábamos por entonces y
todavía recurríamos al papel carbón para sacar varias copias de los apuntes,
gracias al buen pulso de una compañera que escribía con fuerza.
Para consultar un libro
de la biblioteca, había que rellenar una ficha a mano y entregarla junto con
nuestro carnet, que era una cartulina donde figuraba la foto del estudiante con
el correspondiente sello como prueba indeleble de la identificación. Las notas
de lectura debíamos escribirlas en una libreta, aunque los modernos ya
utilizaban unas fichas que luego podían guardarse en un fichero de color verde.
Así hicimos la carrera
aquellos estudiantes de la Transición en un país radicalmente distinto al
actual, también en lo tecnológico. Desde entonces han pasado cincuenta años y
una revolución que no fue la soñada por tantos compañeros de aquella época,
sino la de una tecnología que ha convertido nuestra vida cotidiana en una
experiencia donde cuesta imaginar el pasado. De hecho, cuando vemos películas
de aquella época, mi mujer y yo nos emocionamos al ver algún artilugio capaz de
remitirnos a un momento en que lo ahora habitual ni siquiera lo soñábamos.
A lo largo de estos
cincuenta años me he ido adaptando a las novedades tecnológicas porque quedar
atrás, como una especie de insumiso, puede tener su encanto, pero no resulta
práctico. Y, sobre todo, me impide realizar adecuadamente el trabajo como
docente en una universidad donde la tecnología siempre ha encontrado una
generosa puerta de entrada.
Ahora, justo en la
antesala de la jubilación, ha llegado la IA, que desde hace un par de cursos
está modificando la actividad docente. Sería engorroso explicar los cambios
derivados de esta novedad, pero procuro apostar por lo positivo de cualquier
innovación y, desde luego, me niego a engrosar las filas de los viejos gruñones
capaces de imaginar el pasado como una maravilla. La única maravilla perdida
que merece la melancolía es la juventud.
Este verano, y gracias a
mi hijo, he empezado a manejarme con la IA para corregir las pruebas de
imprenta y revisar los textos originales que debo entregar a las editoriales y
las revistas. El balance de la experiencia ha superado cualquier expectativa
previa. Las tareas que antes suponían muchas horas de trabajo, ahora las
realizo en unos minutos y con mejores resultados.
Los textos siguen siendo
enteramente míos, pero evito así errores que me pasaban desapercibidos durante
el trabajo de revisión. A efectos prácticos, es como tener en el ordenador a
don Fernando Lázaro Carreter y al más atento corrector de pruebas, siempre
dispuestos a colaborar para que el texto sea lo más correcto posible.
A partir de ahora, los
textos que publique habrán sido revisados por la IA y no precisamente por uno
de los programas más sencillos, porque cuento con los que utiliza mi hijo en
sus proyectos de investigación. Mi modesta contraprestación es colaborar en su
desarrollo para perfeccionar las tareas relacionadas con la corrección de
textos y, en un futuro, crear recursos que permitan actuar en el ámbito
jurídico con mayores garantías.
Mientras tanto, quede
explícito mi compromiso de utilizar la IA para la corrección de los textos que
publique y, por supuesto, mi deseo de seguir mejorando en mi trabajo gracias a
las herramientas que la tecnología ha puesto a nuestra disposición. La opción
contraria supondría un ejemplo de soberbia, la de quienes publican textos
repletos de errores y, ante la constancia de los mismos, los mantienen como si
fueran un dogma divino. Allá ellos.
sábado, 22 de agosto de 2026
Los niños de Hitler
La II Guerra Mundial
propició una avalancha de imágenes verdaderamente estremecedoras. Las
conservadas endurecen nuestra mirada, pero algunos de esos testimonios de la
barbarie permanecen en mi memoria de forma indeleble. Desde hace años recuerdo
las fotos de los adolescentes, casi niños, que se incorporaron a la defensa de
Berlín en las últimas semanas de la guerra, cuando los aliados estaban a punto
de llegar al búnker de Hitler. Verlos empuñar las armas en una acción tan
desesperada como inútil es observar un paradigma de la sinrazón que se apoderó
de Alemania bajo el régimen nazi. El sacrificio de aquellos muchachos todavía
me conmueve.
El poder de esas imágenes
me llevó a indagar acerca de la generación de adolescentes que crecieron a la
par que el nazismo se instalaba en el poder. Nunca había escrito al respecto,
pero en La colmena (Sevilla, Renacimiento-UA, 2026) incluí varias
referencias a la trágica historia de La Rosa Blanca, la organización pacifista de
estudiantes universitarios que vio cómo algunos de sus integrantes acabaron
decapitados. La conmoción de lo conocido gracias a una excelente película alemana
me llevó a preguntarme por esa generación y este verano he tenido la
oportunidad de leer un interesante libro de Guido Knopp, Los niños de
Hitler. Retrato de una generación manipulada (Barcelona, Planeta, 2005).
La obra incluye la
trayectoria de La Rosa Blanca y otros muchos episodios que conviene conocer
para entender lo sucedido en Alemania y, con las lógicas diferencias, en otras
dictaduras coetáneas. El lavado de cerebro de esa generación fue brutal.
También resultó exitoso a la vista de la casi unánime respuesta de quienes a
menudo sacrificaron sus mejores años al servicio del nazismo. No todos, pues
hubo algunas oposiciones testimoniales que merecen el emocionado recuerdo de
quienes rechazamos cualquier tipo de dictadura.
Entre ellas siempre me ha
llamado la atención el movimiento de los swing kids, unos jóvenes que en
los albores de la II Guerra Mundial manifestaron su alejamiento del nazismo
organizando veladas de baile, fundamentalmente en Hamburgo, con la música de
Benny Goodman y otros maestros del swing procedente de EE.UU.
Danzar a los sones de unas melodías que transmiten vitalidad y alegría era su
forma de marcar distancias con respecto a la rigidez del nazismo.
La historia la conocí
gracias al film Swing Kids (1993), de Thomas Carter, pero evito escribir
sobre temas en los que cuento exclusivamente con una fuente cinematográfica,
que por lógica tiende al espectáculo propio de la ficción con la posibilidad de
alterar lo sucedido en un determinado marco histórico. Al leer el libro de
Guido Knopp, riguroso y documentado, comprendí que la película de Thomas Carter
no andaba lejos de una historia que desembocó en un final trágico a partir de
1940, cuando las veladas de baile fueron disueltas por la Gestapo y los swing
kids arrestados. De hecho, el 26 de enero de 1942 Heinrich Himmler ordenó
al jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, Reinhard Heydrich, el
internamiento de aquellos jóvenes en un campo de concentración. Su final fue el
previsible.
A menudo, escucho la
música de Artie Shaw, Louis Armstrong, Benny Goodman, Glenn Miller y otros
intérpretes de aquella época. Lo he explicado en Memoria y ficción, el
blog que dedico a los asuntos más personales. Desde hace un tiempo, al
recuperar esas canciones que me ayudan a superar los momentos de desánimo,
recuerdo la desesperada y necesaria iniciativa de aquellos muchachos alemanes,
que no estaban organizados políticamente, pero deseaban ser jóvenes en el pleno
sentido de la palabra y al margen de las consignas de quienes promovieron la
más brutal violencia.
Esa música estaba
prácticamente prohibida en la España de la Victoria. Incluso denostada en
consonancia con un nazismo que hablaba de «negroides», aunque algunos de sus intérpretes
fueran blancos. La situación empezó a cambiar a partir de 1945, cuando el
franquismo viró para ganarse el favor de los norteamericanos, pero esa música
nunca dejó de ser un tanto sospechosa y su divulgación solo fue el empeño de
unos pocos.
Tal vez esos disidentes
solo necesitaban bailar y sentirse vivos como los swing kids, pero
inevitablemente quedaron al margen de un régimen desconfiado ante los jóvenes
dispuestos a disfrutar de una música desinhibida. Ninguno de estos españoles de
los años cuarenta o cincuenta sabría de lo sucedido en los salones de baile de
Hamburgo. Apenas importaba. A su manera, seguían la senda ya trazada por
quienes apostaron por la intensidad de la vida frente al terror de unos nazis
capaces de decapitar a algunos de sus jóvenes, llevarlos a campos de
concentración o sacrificarlos durante la primavera de 1945, cuando todo estaba
perdido para un Hitler ahora blanqueado por otros muchachos que en nuestros
días hacen del odio un arma temible.
martes, 18 de agosto de 2026
Cómicos en guerra, de Pedro Corral
A veces dos o más
historiadores estudiamos simultáneamente un mismo tema sin ser conscientes de
esta circunstancia porque carecemos de vínculos entre nosotros. La sorpresa
surge cuando aparecen, en un breve espacio de tiempo, los resultados de esas
investigaciones, donde las coincidencias acerca del objetivo resultan notables.
Tal vez sea preferible trabajar delimitando un temario específico y siendo
conscientes de lo aportado por los colegas que se mueven en los aledaños del
mismo, pero si surge la anterior situación solo cabe felicitarse por saber que
no estamos solos en el empeño y la posibilidad de contrastar nuestros
resultados.
El periodista,
historiador y político Pedro Corral acaba de publicar un excelente libro
titulado Cómicos en guerra. Historias del mundo de la escena y el cine en la
Guerra Civil (Madrid, La esfera de los libros, 2026), donde, entre otros
temas de indudable interés, aborda los consejos de guerra de varios de los
protagonistas de nuestra tetralogía iniciada con Las armas contra las letras
(Sevilla, Renacimiento-UA, 2023). Por sus páginas repletas de información
proveniente de fuentes primarias desfilan Joaquín Dicenta, Federico Romero
Sarachaga, Germán Bleiberg, César García Iniesta, José Luis Salado, Florentino
Hernández Girbal, Eduardo Haro Delage, Julián Zugazagoitia, Cipriano Rivas
Cherif, José Carreño España y otros represaliados de las letras que cuentan con
capítulos o referencias en la tetralogía.
El libro de Pedro Corral
me ha permitido conocer historias como la protagonizada por el actor Valentín
Tormo, el popular Don Cicuta de los años setenta, o ver desde una interesante
perspectiva el comportamiento del teniente Rodríguez Rapún durante la guerra,
sin los imaginativos añadidos que al tema suele aportar la bibliografía acerca
de Federico García Lorca. Lo agradezco, como también las referencias a los
sumarísimos de urgencia instruidos contra un colectivo tan específico como los
payasos de los escenarios del Madrid sitiado. Siempre me había planteado su
destino inmediato y ahora lo conozco gracias al riguroso trabajo de Pedro
Corral.
La lectura de Cómicos
en guerra ha sido especial en lo referente a los capítulos cuyos
protagonistas ya habían aparecido en mis libros dedicados a los avatares del
mundo de la cultura durante aquellos años. Nuestros enfoques son a veces
diferentes y no siempre ponemos el mismo énfasis en determinados hechos o
documentos. La circunstancia es habitual entre historiadores que realizan sus
trabajos de forma independiente y hasta enriquece, de cara al lector, el
contenido de unas historias que nunca son unívocas.
Sin embargo, observo que
coincidimos en lo fundamental más allá del rechazo de la violencia que supone
una guerra fratricida donde la intolerancia se convierte en una actitud de
peligrosas consecuencias. Esta actitud ética, consustancial a un historiador
cuya objetividad no pasa por la impasibilidad ante lo analizado, se suma a la
voluntad de buscar en lo concreto y particular para «cuestionar o incluso
desmontar los tópicos en apariencia más irrefutables» (p. 16).
Este empeño nos lleva a
basarnos en fuentes primarias y observarlas con toda su complejidad, que a
menudo también supone un importante número de contradicciones hasta llegar a lo
paradójico o sorprendente. Nuestra metodología coincide en buena medida y el
resultado, más allá de las discrepancias acerca de cómo interpretar algunos
datos, también revela una notable coincidencia: la propia de quienes
pretendemos basarnos en hechos documentados para articular historias capaces de
cuestionar los tópicos o los lugares comunes.
Me alegro de esta
coincidencia. También de sumar otra voz para averiguar lo sucedido con los
intérpretes, dramaturgos, escritores, periodistas, cantantes y otros sujetos
del mundo de la cultura durante aquellos años en los que todo quedó trastocado.
El relato de estas historias supone descender a lo concreto para cuestionar lo
tópico o las ideas preconcebidas, que desde diferentes perspectivas ideológicas
han condicionado nuestro conocimiento de un acontecimiento histórico siempre
necesitado de matices para evitar el brochazo.
A la vuelta de las
vacaciones me pondré en contacto con Pedro Corral para manifestarle la voluntad
de colaborar en lo que sea preciso con el objetivo común de rescatar unas
historias particulares que tanto nos enseñan acerca de la Guerra Civil y sus
consecuencias. Por lo pronto y en el cuarto volumen, el capítulo dedicado a las
relaciones entre los cineastas Rafael Gil y Antonio del Amo contará con lo
aportado por Pedro Corral, que con acierto se ha anticipado a mi trabajo ahora
en curso.

