lunes, 12 de octubre de 2026

Un debate sobre las armas y las letras en la Guerra Civil


 Presentación de las jornadas celebradas en Sevilla

La reciente celebración en Sevilla de unas jornadas de debates sobre la Guerra Civil, organizadas por la Fundación Cajasol, ha incluido un diálogo sobre las armas y las letras protagonizado por Andrés Trapiello y Sergio del Molino. Dada la coincidencia del tema con la línea fundamental de mis últimos libros, os paso el correspondiente enlace para que tengáis la oportunidad de presenciar en diferido un debate interesante y bien argumentado por ambas partes:




Algunos de mis libros, como Las armas contra las letras (2023) y Perder la guerra y la historia (2025), discrepan parcialmente de lo expuesto por Andrés Trapiello en su ya canónico trabajo sobre la relación que mantuvieron las armas y las letras durante la Guerra Civil. Bastaba con constatar que esta no terminó en abril de 1939 e incluir, a diferencia del criterio seguido por el citado escritor, la posterior etapa represiva. Los argumentos de mi discrepancia no los voy a repetir aquí, pero sí quisiera mostrar mi satisfacción por encontrar en el enlazado debate a un ensayista más lúcido y moderado que el articulista antes en El Mundo y ahora en ABC, si mis noticias son correctas.

Sergio del Molino ha tenido así la oportunidad de dialogar con Andrés Trapiello en un tono acorde con el amplio consenso que, sobre estos temas, mantenemos la mayoría de quienes nos dedicamos a su estudio. Mi experiencia, con motivo de la publicación de Las armas contra las letras, fue distinta. Tal vez porque algunos escritores admiten mal una crítica, aunque sea expuesta con la máxima corrección posible. Sobre todo, si procede de un catedrático que no cuenta con el respaldo de una editorial fuerte y permanece alejado, tanto por falta de habilidades comunicativas como por voluntad propia, de la «pomada» de quienes participan en estos eventos bien remunerados, por fortuna para ellos.

Los argumentos de Andrés Trapiello cuentan con el respaldo de muchas horas de lectura y, por lo tanto, merecen el respeto de quienes disentimos parcialmente de los mismos, afrontando la posibilidad de ir a contracorriente en determinados círculos editoriales y periodísticos. Me gustaría que alguna vez ese respeto fuera mutuo y, sin el tono polemista de sus colaboraciones en la prensa, el escritor tuviera a bien entablar un diálogo con quien, en vez de cultivar las «brillantes síntesis» que tanto gustan a las editoriales y a los organizadores de estos eventos, practica la microhistoria, que requiere años de investigación para comprobar la fiabilidad de esas síntesis, a menudo escritas sobrevolando la concreción de la realidad histórica.

Los deseos suelen desembocar en lo quimérico como antesala de la frustración, pero puestos a escribir una carta a los Reyes Magos, tampoco es cuestión de limitarse a pedir bagatelas. Nunca podré competir con las habilidades expositivas de Andrés Trapiello en un debate, pero tal vez sea capaz de desgranar algunas de las incoherencias que a veces quedan eclipsadas por esa misma brillantez de quien lleva muchos años en los foros más acreditados, salvo en algunos círculos universitarios, donde no siempre goza del asentimiento al que parece acostumbrado.

 


viernes, 9 de octubre de 2026

Mi debut en el Teatre Raval, de Barcelona


Esta semana me han concedido el decimocuarto trienio como profesor de la Universidad de Alicante. A estas alturas de la película, las posibilidades de protagonizar algo novedoso escasean hasta límites alarmantes. Sin embargo, esta misma semana he debutado en un teatro de Barcelona, concretamente en el Raval y con el espectáculo Vientos del pueblo, de Pep Tosar.

Lo dicho puede ser entendido en su sentido literal, pero requiere una aclaración. El citado espectáculo, al igual que el anterior dedicado a Federico García Lorca por parte de Pep Tosar, incluye la grabación de entrevistas a diversos especialistas en la obra y la biografía del poeta homenajeado.

Hace ahora un año tuve la ocasión de desplazarme a Orihuela para grabar mi intervención en Vientos del pueblo. Todavía no he tenido la oportunidad de verla en su montaje definitivo, pero me consta que aparezco cada noche en el escenario del Raval junto a otros compañeros y, sobre todo, para completar la labor escénica de una compañía de la que conozco su preocupación por hacer un excelente espectáculo a partir del testimonio biográfico y poético de Miguel Hernández.

Así, sin salir de casa y mientras doy los últimos toques al cuarto volumen de los dedicados a los consejos de guerra de periodistas y escritores, cada noche acudo puntualmente al escenario del Raval. No puedo acercarme al proscenio para agradecer los aplausos del público, pero estoy seguro de que serán muchos y los agradecerán los verdaderos protagonistas de un espectáculo que devuelve la huella del poeta oriolano a los escenarios.




 


domingo, 4 de octubre de 2026

El sumario del «recitador proletario», Pío Fernández Muriedas


 Miguel Hernández (1937)

La poesía también requiere recitadores y, durante la Guerra Civil, son numerosas las referencias a recitales poéticos en el marco de actividades propagandísticas o culturales, a menudo en los propios frentes de batalla. La imagen de Miguel Hernández recitando a los soldados sintetiza como ninguna otra esa participación de la poesía en los recursos utilizados para animar o concienciar a las tropas republicanas.

Entre estos recitadores que con su paso por los frentes hicieron un acto de militancia, se encuentra el cántabro Pío Fernández Muriedas (1903-1992), que llegó a ser conocido por entonces como «el recitador proletario». Lo fue desde la revolución asturiana, que le llevó la cárcel por primera vez, y siguió con esta actividad durante toda la guerra, hasta que salió por la frontera catalana con destino a Francia.

Al no tener delitos de sangre, Pío Fernández Muriedas regresó a España voluntariamente, pero estaba reclamado por los juzgados militares de Santander y Oviedo. Le condujeron esposado al de la capital asturiana por ser allí donde vivía al comenzar la guerra y un tribunal militar le condenó tras la instrucción del sumarísimo de urgencia, mientras que su hermano, el periodista José Fernández Muriedas, desapareció cuando las tropas del general Franco entraron en Barcelona.

Aunque «el recitador proletario» pudo salir en libertad condicional relativamente pronto (BOE, n.º 211 de 30-VII-1941, p. 5737), su futuro de «trotamundos de la poesía» (Benito Madariaga de la Campa) resultó problemático a partir de ese momento. El cántabro nunca dejó de ser un vencido, con todo el lastre que esta circunstancia suponía durante el franquismo.

Pío Fernández Muriedas escribió Recuerdos de mis pasos perdidos (Oviedo, KRK Ediciones, 2020) y dejó numerosos testimonios, a veces rescatados del olvido por los muchos autores que le trataron. A partir de ese material bibliográfico y los libros dedicados a su trayectoria por Benito Madariaga de la Campa y María Fernanda Gochi, en Final de trayecto dedicaremos un capítulo al «recitador proletario» centrado en su consejo de guerra, cuyo sumario se encuentra en el Archivo Intermedio Militar Noroeste (Ferrol), catalogado como sumario 1170, legajo 246 (1), n.º de orden 3267. La localización se la debo a Guillermo Núñez Pastor, director del Archivo General e Histórico de Defensa.

Pío Fernández Muriedas cuenta con varios vídeos en YouTube. Os paso el enlace a uno que resume su trayectoria biográfica:


miércoles, 30 de septiembre de 2026

El sumario de Agapito Marazuela


 Agapito Marazuela

El músico y folclorista Agapito Marazuela (1891-1983) figura desde hace años en mi bibliografía. Concretamente, en Suelas gastadas. Periodistas y escritores en tiempos de cambio (2017), donde dediqué un capítulo a otro segoviano, Ignacio Carral, que se abre con el recuerdo de una experiencia personal de 1978 cuyo protagonista fue el citado dulzainero. Todavía la recuerdo con emoción y, de vez en cuando, escucho su música como homenaje a la dignidad y la coherencia de quien tanto hizo por la preservación de la tradición folclórica de su tierra.

La reciente lectura de un libro de Pedro Corral, Cómicos en guerra (2026), me ha permitido conocer nuevos datos acerca de su procesamiento al terminar la Guerra Civil. Para completarlos, pedí al AGHD una copia del sumario 15639, en el que Agapito Marazuela figura como procesado junto a otros tres segovianos afincados en Madrid y miembros del Centro Segoviano de la capital.

Algunas anécdotas relacionadas con su detención, repetidas en la bibliografía sin la debida comprobación, quedan desmentidas tras la consulta del sumario, pero lo fundamental es que el folclorista ingresó en prisión el 23 de mayo de 1939. La acusación era haber tomado posesión del citado centro en agosto de 1936 y, desde él, haber organizado unas milicias compuestas por segovianos al mando del escultor Emiliano Barral.

El 6 de junio de 1939, tuvo lugar la primera y única declaración de Agapito Marazuela, quien reconoce su afiliación al PCE, la intervención el 15 de agosto de 1936 para tomar el mando del centro donde se reunían los segovianos afincados en Madrid y la formación de un batallón que participó en la defensa de la capital.

Diez días después, y sin mediar otras diligencias, el instructor dictó el auto resumen por el que le procesó como miembro de la «Brigada Directiva del Centro Segoviano», «la cual planeó y llevó a cabo registros y asesinatos en las personas de derechas de Segovia». A lo largo del sumario, no encontramos una sola prueba de esas actividades represivas ni los nombres de los posibles afectados. La acusación era una de las falsedades habituales en aquella jurisdicción militar.

Tres días después, y ante lo incompleto de la instrucción, el fiscal devolvió el sumario al instructor para que practicara nuevas diligencias. Estas apenas aportaron una mayor información acerca de lo sucedido en el centro donde se reunían los segovianos. El 14 de diciembre de 1939, el instructor dicta el nuevo auto resumen, que no aporta novedades en relación con Agapito Marazuela.

El 29 de diciembre de 1939, el fiscal Ramón del Orbe solicita una pena de treinta años para el folclorista, pero el consejo de guerra celebrado el 11 de enero de 1940, bajo la presidencia del teniente coronel Luis Fuertes, le condena a doce años de prisión. Dos de sus compañeros resultaron absueltos por el mismo tribunal y el tercero fue condenado a solo tres años, por lo que pudo salir pronto de la cárcel. Agapito Marazuela, en un gesto poco habitual, había reconocido la responsabilidad de todo lo sucedido y así exculpó a los otros tres procesados.

Agapito Marazuela protagonizó un nuevo «periplo carcelario»: Madrid, Burgos, Ocaña y Vitoria. Lo hizo con una dignidad subrayada por quienes compartieron su suerte y nos dejaron memorias de aquellos aciagos días. En 1941, el músico pudo salir en libertad condicional, con un destierro, y el 27 de agosto de 1943 le conmutaron la pena por otra de seis años, que quedó extinguida el 23 de mayo de 1945. Un año después, de nuevo le detuvieron por haber participado en los intentos de reconstrucción del PCE, el partido al que el segoviano estuvo afiliado hasta el final de sus días.

La consulta del sumario me ha permitido comprobar que, afortunadamente, los militares desconocían la práctica totalidad de la trayectoria del folclorista como defensor de la II República. Solo actuaron a raíz de una denuncia relacionada con el citado centro, pero nada sabían de su participación en actividades propagandísticas que le llevaron a París en 1937, su presencia como fundador de los Amigos de la Unión Soviética, su intervención en las Misiones Pedagógicas y su activismo en el Socorro Rojo Internacional, así como su integración en la 42.ª Brigada Mixta del Ejército Popular, a pesar de la casi total ceguera que padecía desde los siete años.

Los militares desconocían todas estas circunstancias. Aun así, el ostracismo que padeció, a título personal y como músico, fue extremadamente duro hasta la década de los sesenta. A partir de entonces, empezó a reconocerse la labor musical de Agapito Marazuela y él pudo trabajar en la recuperación del folclore, secuestrado en buena medida por un régimen que instrumentalizó sus manifestaciones más convencionales. No obstante, hasta 1977, en plena Transición, siguió padeciendo una censura que compartió con los cantantes reunidos para intentar rendirle un homenaje.

Ahora, al ver estos documentos, todavía recuerdo con más fuerza la imagen de un menudo y frágil anciano que, acompañado de un muchacho al tamboril, empezó a interpretar canciones populares con su dulzaina y enmudeció a miles de personas en el auditorio de la Casa de Campo de Madrid. No lo sabíamos, porque ignorábamos casi todo acerca del período republicano, pero estábamos ante un verdadero protagonista, que a sus ochenta y seis años y con una dulzaina nos dio una auténtica lección machadiana.

Pdta. El Centro Documental de la Memoria Histórica acaba de publicar en su web un excelente trabajo de Blanca Vázquez Pascual acerca de la trayectoria de Agapito Marazuela.


sábado, 26 de septiembre de 2026

El payaso Ramper en la jurisdicción militar


 Ramper

La popularidad de Ramón Álvarez Escudero, Rámper (1892-1952), fue enorme a lo largo de las décadas de los veinte y los treinta. El payaso, caricato, acróbata y actor triunfó en el mundo del espectáculo hasta el punto de convertirse en una celebridad. El público en masa acudía a sus espectáculos con la garantía de reír gracias a un humor fresco y ocurrente en el que no faltaban las bromas sobre la actualidad. Siempre dichas en el tono propio de un humor blanco, aunque a veces le costaran algunos contratiempos.

El 18 de julio de 1936, Rámper estaba en Barcelona rodando un filme y, según declaró a la prensa, poco después decidió emprender el camino de regreso a Madrid, aunque podía haber seguido otras rutas más seguras. Una vez en la capital, siguió en activo hasta el final de la guerra. La circunstancia, paralela a la vivida por los hermanos Aragón en el reducido círculo de los payasos, siempre me llamó la atención porque ignoraba hasta qué punto fue determinante para su destino durante la posguerra.

Pedro Corral, en su monografía Cómicos en guerra (2026), aborda este caso y aporta información interesante. No obstante, he querido consultar las fuentes primarias relacionadas con el paso por la jurisdicción militar de este célebre payaso que, cuando falleció en 1952, tuvo un multitudinario entierro cuyas imágenes nos han llegado gracias al NO-DO.

La documentación se encuentra en el Archivo General e Histórico de Defensa. Apenas doce folios recogen unas diligencias previas (sumario 7777, legajo 4957), que fueron archivadas sin desembocar en un consejo de guerra. El auditor del Ejército de Ocupación no llegó a encomendar la instrucción de las diligencias a un juzgado concreto a raíz de una denuncia presentada por el abogado y teniente Fernando García Montoto, que mientras estaba destinado en Zaragoza debió mantener una actitud vigilante.

El teniente cumplimentó una ficha de Ramón Álvarez Escudero a partir de una entrevista concedida por el payaso al periodista José Altabella y publicada en Blanco y Negro el 19 de agosto de 1938. En realidad, la fecha de la publicación es el 1 de ese mismo mes, concretamente en la página 16. Por unos sorprendentes cauces que ignoro, la información destinada al auditor que actuaba en Zaragoza llegó a su colega de la Jefatura Territorial de Marruecos.

La ficha elaborada por el teniente parte de un hallazgo hemerográfico que, según el auditor de Tetuán puesto en contacto con su colega en Madrid, podía justificar el procesamiento de quien actuaba por entonces «libremente» en un teatro de la capital. El responsable de dicha jefatura, en carta del 4 de mayo de 1939 dirigida al auditor del Ejército de Ocupación, transcribe un párrafo de la ficha redactada por un teniente que tal vez ignorara el destino de su vigilante trabajo.

Según Fernando García Montoto, Rámper «concedió una interviú al redactor de la citada revista roja, José Altabella, en el transcurso de la cual desmintió cuantos chistes políticos contrarios al régimen republicano se le han achacado, manifestó que la “sublevación” de los militares le cogió en Barcelona filmando una película, yéndose luego a Madrid voluntariamente. Y, además, dedicó una fotografía a los lectores de dicha revista -y que se publicó en el referido número- con el siguiente autógrafo: “A los lectores de Blanco y Negro prometo que soy Ramper”».

Del párrafo transcrito, deducimos que la posible acusación se basaba en el desmentido de la autoría de los chistes contra la II República, la calificación del Glorioso Movimiento Nacional como una sublevación, la permanencia voluntaria en zona republicana y, finalmente, la promesa en vez del juramento para que los lectores supieran que el retratado era el verdadero Rámper, que por su condición de caricato actuaba con distintas caracterizaciones.

Fernando García Montoto, con antecedentes en las revistas de humor, no andaba desencaminado a la luz de lo actuado por entonces en la jurisdicción militar. La entrevista de Blanco y Negro podría haber justificado la instrucción de un sumarísimo de urgencia, como hemos visto en otros casos analizados en la tetralogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores.

No obstante, Rámper tal vez fuera demasiado popular y querido en Madrid como para ir a un consejo de guerra, aunque este dictara una pena menor. Tras llegar la denuncia a Madrid, nadie movió un dedo para instruir diligencias destinadas a averiguar el comportamiento del payaso en los escenarios de la capital y documentar su participación en festivales organizados por los republicanos. La tarea resultaba sencilla, pero el resultado podía ser inoportuno, además de innecesario, si el objetivo era hacer entrar en vereda al payaso.

Tras siete meses de incertidumbre, los suficientes para sentir el aliento de la represión, el 9 de diciembre de 1939 el auditor del Ejército de Ocupación acuerda archivar el sumario de Rámper sin necesidad de practicar las habituales diligencias. La actuación es excepcional. La interpretación optimista conduce a una relativa tolerancia ante un caso leve. La pesimista, más acorde con la experiencia de haber investigado decenas de sumarios, lleva a pensar que los militares eran conscientes del aviso dado a Rámper y que, por una cuestión de supervivencia, el payaso lo tendría en cuenta sin necesidad de pasar por la cárcel. El cálculo estaba fundamentado.

Ramón Álvarez Escudero se libró de compartir el destino de tantos colegas que lo habían elogiado en las páginas de la prensa republicana. La historia de estas diligencias previas acaba bien. No obstante, si ojeamos la bibliografía sobre Rámper, observamos una constante: a partir del final de la guerra, el otrora célebre y triunfante payaso no levantó cabeza, se arruinó tras montar un circo y murió en la habitación de un hotel sevillano, cuando ya viejo intentaba seguir adelante en unos escenarios tan alejados de sus triunfos.

El aviso de los militares, en coherencia con otros que le llegarían desde distintas procedencias, surtió el previsible efecto. Rámper nunca volvió a bromear sobre la actualidad política y, si le atribuyeron algunos chistes acerca del general Franco, habría que pensar en las viñetas nunca publicadas por La Codorniz, aunque los lectores juraran haberlas visto como ejemplo de una audacia solo supuesta porque la represión no invitaba a practicar estos juegos de la imaginación.

Tal vez, en enero de 1952, cuando se celebró el multitudinario entierro de Rámper, una parte de los asistentes rindió homenaje a su pasado, aquel tiempo en que se podía bromear acerca de la actualidad sin necesidad de que un teniente elaborara una ficha destinada a un posible consejo de guerra. Lo averiguaremos, como tantos otros matices de una historia que tendrá un capítulo propio. Los payasos, quienes hacen reír desde un escenario, merecen el mejor de los recuerdos.


martes, 22 de septiembre de 2026

Los historiadores de la T.I.A.


 Mortadelo, ocurrente historiador

Mortadelo, Filemón y un servidor nacimos en 1958. Desde entonces, y han pasado años, mantenemos una discreta relación que me permite saber de unas aventuras ahora solo imaginarias tras el fallecimiento de Francisco Ibáñez. Gracias a haberlos visto al servicio de la T.I.A. en las más arriesgadas aventuras, de vez en cuando imagino otras donde pudieran actuar a mayor gloria del despropósito, que es un objetivo respetable si despierta sonrisas.

Hace unos días, al ver en RTVE el documental Lorca, las horas perdidas, de El Rugido Producciones, pensé que para los responsables de semejante desaguisado Ian Gibson está a la misma altura que Mortadelo y Filemón y que, en aras de dar a todos un protagonismo equidistante, los tres podían coincidir en un mismo documental sobre las últimas horas de García Lorca.

Filemón anda obsesionado con su calvicie y apenas lo imagino como historiador, pero Mortadelo es el rey del disfraz y el paradigma del absurdo. Por lo tanto, cabe situarlo en esa faceta a las órdenes de la T.I.A., empeñada ahora en demostrar que no hubo un golpe de Estado el 18 de julio de 1936 y que, tras desplazarse el poeta a Granada, su «fusilamiento» se debió básicamente a unas rencillas familiares agravadas por la aparición en La casa de Bernarda Alba de unas alusiones capaces de ofender el honor de sus rivales de toda la vida.

El empeño revisionista de los mortadelos es osado, pues supone desmentir lo aportado por décadas de investigaciones de otros agentes más cualificados, pero menos ocurrentes. La gloria y la popularidad están reservadas a los atrevidos. Así, pues, los émulos de nuestro camaleónico personaje, lejos de arredrarse, asumen su misión entre los aplausos de quienes andan aburridos con tantas explicaciones documentadas, que pueden tener su validez académica, pero nunca dan espectáculo.

Varios de los participantes en el citado documental han dado cuenta de su estupor al ver la emisión. También al comprobar hasta qué punto sus intervenciones eran manipuladas en el montaje. Sin embargo, creo que no han tocado la tecla adecuada, que es la participación en Lorca, las horas perdidas de algunos mortadelos. Y en igualdad de condiciones, claro está, porque los responsables de El Rugido Producciones no son unos tristes dispuestos a indagar sobre la cualificación académica de los entrevistados.

La lista de las «mortadelas» incluidas en el documental es demasiado larga como para ser abordada tras las críticas publicadas y abajo enlazadas. Puestos a combatir las pretensiones revisionistas de la T.I.A., y dada mi condición de catedrático de Literatura que explica La casa de Bernarda Alba, me centraré en aguarle la fiesta a los mortadelos que sostienen la influencia de esta tragedia en otra nada imaginaria como fue la muerte del poeta.

Según explica M.ª Francisca Vilches de Frutos en su edición publicada en Cátedra, García Lorca dio por terminada La casa de Bernarda Alba el 19 de junio de 1936, aunque retocaría hasta el final de su vida el texto en una tarea habitual entre los dramaturgos a la espera del estreno. A finales de ese mes, lo leyó ante unos amigos reunidos en el domicilio de los condes de Yebes y el 12 de julio, poco antes de salir de Madrid, repitió la experiencia en la casa del doctor Eusebio Oliver.

Los privilegiados que escucharon su lectura fueron personas de confianza como Gregorio Marañón, Jorge Guillén y Pedro Salinas. Ninguno, a diferencia de lo supuesto por los mortadelos, parece capaz de cotillear que en la tragedia había alusiones onomásticas a una familia enemistada con la del poeta en su tierra natal y desconocida en Madrid. Por entonces, las noticias no corrían como la pólvora y resulta difícil imaginar cómo los rivales granadinos supieron no ya de la obra, sino de Pepe el Romano y Bernarda Alba, allá en una ciudad de provincias desde la que no mantenían una relación con los cenáculos literarios frecuentados por García Lorca.

Los dos manuscritos conservados se salvaron de milagro y, finalmente, La casa de Bernarda Alba fue estrenada el 8 de marzo de 1945 en el teatro Avenida de Buenos Aires, gracias a la intervención de Margarita Xirgu. La obra estuvo ausente de las carteleras nacionales hasta muchos años después por razones obvias y tampoco pudo llegar al conocimiento de los rivales granadinos por la vía escénica, si es que eran habituales del teatro.

Los mortadelos no acostumbran a trazar la línea que une los puntos entre el efecto y la causa, sino que establecen la relación causal en el limbo de lo supuesto. Así pueden imaginar la ofensa de quienes se vieron retratados en los citados personajes de la tragedia y, consiguientemente, comprender su reacción que terminó con un fusilamiento porque no era cuestión de perder el tiempo en una demanda por una ofensa del honor familiar.

A los mortadelos, siempre tan ocurrentes, hay que darles el beneficio de la duda. Tal vez alguno de los citados amigos del poeta, incluso Rafael Rodríguez Rapún, divulgara que García Lorca había aprovechado La casa de Bernarda Alba para vengarse de unos granadinos molestos. En tal caso, el problema es que no deberíamos hablar de la citada tragedia porque, de acuerdo con la poética aristotélica, el autor habría actuado como un botarate.

Quienes nos dedicamos a estos menesteres, sin voluntad de ser ocurrentes, sabemos que el poeta solía partir de datos concretos, históricos o contemporáneos, para la redacción de sus obras teatrales. No obstante, lo recreado nunca era la trasposición directa de ese punto de partida a los escenarios. Entre otros motivos, porque de haber actuado así habría anulado buena parte del valor teatral de sus creaciones, que permanecen en el tiempo porque vuelan más allá de semejante atadura a una realidad tan circunstancial.

El tema es de dominio público para cualquier estudiante de Filología Española, pero los mortadelos frecuentan poco las aulas y los responsables de El Rugido Producciones nunca exigen a sus entrevistados una trayectoria académica. De cara al espectáculo del revisionismo, resulta más agradecida la participación de un ocurrente que facilite una explicación sencilla a una cuestión compleja. Y subrayarla mediante el montaje, para que resulte más sencilla sin entrar en los matices que los mortadelos a veces incluyen en sus informes publicados. El resultado es propio del populismo historiográfico, que cada vez cuenta con más adeptos en un país donde cualquiera sienta cátedra sin pisar un aula.

Así nos va, pero el presidente de RTVE, agudo en otras ocasiones, en esta ha encajado un gol por culpa de un delantero experimentado como el que, al parecer, está detrás de El Rugido Producciones. José Pablo, el portero, debiera recoger el balón y entonar el mea culpa para evitar que la T.I.A. se salga con la suya sin mediar una sola sonrisa. No lo hará, porque el orgullo corporativo carece de límites en una sociedad polarizada donde reconocer un error es una muestra de flojera combativa.

Para más información acerca de esta polémica, véase:

https://www.eldiario.es/vertele/noticias/documental-rtve-asesinato-lorca-enfada-asociacion-memoria-historica-entrevistados-revisionismo-impone_1_13523791.html

https://www.elsaltodiario.com/memoria-historica/lorca-horas-perdidas-revisionismo-television-publica

https://www.elindependientedegranada.es/cultura/horas-perdidas-con-lorca

https://www.elmundo.es/television/momentvs/2026/09/21/6ab0bc8a21efa015208b45ac.html

https://elpais.com/opinion/2026-09-23/garcia-lorca-memoria-y-libertad.html

https://www.marca.com/tiramillas/television/2026/09/20/lluvia-criticas-rtve-documental-lorca-admite-teoria-muerte-descartada-expertos.html

https://amp.elperiodico.com/es/tele/yotele/20260920/aluvion-criticas-redes-rtve-enfoque-lorca-documental-134485805

https://deloreanmilenario.com/2026/09/20/critica-lorca-las-horas-perdidas/

https://nuevarevolucion.es/criticas-al-documental-lorca-las-horas-perdidas-por-despolitizar-el-asesinato-del-poeta/

https://albertoroaarbeteta.blogspot.com/2026/09/lorca-las-horas-perdidas.html

https://www.lavozdegalicia.es/noticia/opinion/2026/09/21/vueltas-lorca/00031790003859598482978.htm


Puestos a destacar uno de los referenciados artículos yo seleccionaría el de Esther Mucientes en El Mundo porque sostiene una obviedad olvidada por los responsables del documental: el asesinato de Federico García Lorca no puede ser abordado con el formato de un true crime.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

La colmena en los medios de comunicación (y medio millón de visitas)


Los libros universitarios no suelen disponer de cara a su difusión de una campaña publicitaria al estilo de las desarrolladas por las más destacadas editoriales privadas, que cuentan con la colaboración de los medios de comunicación. Los recursos utilizados para estos menesteres en nuestro caso son modestos. Por otra parte, y sin menoscabo del interés mostrado por cualquier lector, lo fundamental para nosotros es la respuesta de la comunidad académica, que se concreta en los comentarios recibidos, las reseñas publicadas en revistas universitarias y en la métrica de las citas, que suelo olvidar porque nunca he tenido demasiada confianza en estas mediciones tan de actualidad.
La colmena comenzó su andadura pública a principios de septiembre gracias a una nota de prensa publicada en el boletín informativo de la Universidad de Alicante. A partir de entonces, poco a poco, van apareciendo noticias relacionadas con este tercer volumen de la tetralogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores. En la medida de lo posible, y a la espera de un par de entrevistas ya concertadas para la próxima semana, las iré enlazando en la presente entrada por si esta información fuera de interés para los lectores del blog: 













Por último, añadir que hoy, 18 de septiembre de 2026, este blog ha alcanzado la cifra de medio millón de visitas desde su inauguración.