miércoles, 11 de marzo de 2026

La concejala, la feminista y los ofendidos


 

El pasado 7 de marzo, con motivo de la celebración del Día de la Mujer, el Ayuntamiento de Collado Villalba (Madrid), programó la representación del monólogo Ser mujer a cargo de la actriz Susana Pastor. Apenas transcurridos unos minutos, ante la evidencia de haber utilizado el término «vagina» y otras crudezas similares sobre las experiencias de una señora de cuarenta años, la misma concejala que organizó el acto lo interrumpió para evitar que se siguiera ofendiendo al público.

La noticia roza lo estrafalario, pero dista de ser anecdótica. De hecho, mi participación en el último número de Don Galán, el dedicado a la censura teatral, versa sobre el alud de noticias semejantes durante la primavera de 2023, cuando se produjo un generalizado vuelco político en los ayuntamientos. El afán censorio reverdeció con fuerza y los escándalos, por la poca experiencia de los responsables políticos, se sucedieron.

Desde entonces, los munícipes con voluntad censoria han comprendido que no deben explicitarla hasta el punto de convertirla en una grabación viral, la que provocó al día siguiente la dimisión de la concejala preocupada por las ofensas de quienes hablan de sexualidad en un escenario. El problema para el partido de la dimitida no sería la censura, sino que la misma se había evidenciado de manera palmaria.

El oficio de censor requiere discreción e inteligencia. Así sucedía durante el franquismo, pero en democracia todavía parece más necesario evitar la contundencia de interrumpir una representación. Basta con vetar una obra o a un intérprete por su posicionamiento en algún tema conflictivo y, si el procedimiento no resultara efectivo, conviene buscar coartadas burocráticas o económicas. La casuística es amplia y cualquier teatrero no complaciente con el poder político aportaría ejemplos que pasan desapercibidos, quedan impunes y carecen de consecuencias electorales.

La concejala de Collado Villalba lleva años en política y sería ducha en estos procedimientos, pero el pasado 7 de marzo le pudo el pronto intolerante, se levantó de su butaca y se autoerigió en censora para preservar la moralidad o vete a saber qué. Simplemente, prevaleció su intolerancia y no midió las consecuencias de ser grabada con la consiguiente polémica.

Los censores durante el franquismo eran personas que nunca aparecían como censores. Si esta paradoja se daba en una dictadura despreocupada por mostrarse intolerante, en nuestra democracia podemos suponer que el papel del censor nunca es asumido en público. Al igual que algunos pecados, se comete, pero jamás se confiesa porque, además, cuenta con coartadas y los consiguientes procedimientos al servicio de la discreción.

Si no hubiera habido un móvil grabando la escena, la concejala seguiría en activo. Se acaloró, no midió y la pillaron. Algunos pensarán en un final feliz porque ha dimitido y el ayuntamiento anuncia una reposición del monólogo, que ahora incluso cuenta con una publicidad imposible para la compañía Xana Teatre, cuyo espectáculo parece poco prometedor a la vista de lo parcialmente conocido.

Sin embargo, lo sucedido en Collado Villalba preocupa como síntoma de una intolerancia que no siempre recurre a lo grotesco y a menudo alcanza sus objetivos de censura o cancelación. El análisis político aparece en estas noticias, centradas en lo llamativo e incapaces de aludir siquiera a otros casos menos espectaculares. Poco puedo añadir en este sentido, pero tal y como hice ayer en una conferencia sobre libertad de expresión pronunciada en un centro de la UNED, cabe partir del síntoma para examinar la enfermedad de una intolerancia que puede retrotraernos a los tiempos de los rosarios rezados a las puertas de los cines donde se proyectaba Gilda (1946).

Algunos pensarán en una exageración, pero hace unas semanas asistí a un espectáculo circense. Al aparecer en la pista unas contorsionistas chinas con maillot de gimnastas para realizar sus ejercicios, una señora de mediana edad las tildó de «desvergonzadas» por exhibir «demasiada carne» habiendo niños entre el público. Supongo que la ofendida nunca irá con sus nenes a una playa o a una competición de atletismo. Lo siento por los chavales, que acabarán descubriendo la existencia de la carne por otras fuentes, pero todavía lo siento más por una sociedad donde las muestras de intolerancia son grotescas como casi siempre, pero también han dejado de ser anecdóticas.

Pdta.: Lo sucedido en Collado Villalba viene de lejos y hasta parece recrudecerse. Para más información sobre los ofendidos y censores, véase:



sábado, 7 de marzo de 2026

Dos publicaciones para compartir y conversar


 

La brevedad, si es una opción voluntaria acompañada de la claridad, supone un desafío capaz de alentar una escritura quintaesenciada. La agradecemos. Sobre todo, tras comprobar diariamente que el ruido apenas deja escuchar las voces de acuerdo con las enseñanzas machadianas.

Estos días he tenido la oportunidad de leer dos folletos de unos buenos amigos, José Ramón Giner y Justo Serna. El primero ha publicado La vida interior. Cuadernos, 2006-2011 (Salamanca, Kadmos, 2025) y el de mi colega valenciano responde al título de Qué es la historia (Madrid, Silex, 2025).

Los objetivos de ambos folletos son dispares. Quien fuera director del Servicio de Publicaciones de la UA escribe un diario repleto de jugosas reflexiones al calor de algunas fechas de los cinco años del título. Justo Serna sintetiza en apenas sesenta páginas décadas de reflexión sobre su tarea como historiador.

José Ramón Giner fija en breves párrafos experiencias dignas de un comentario o una reflexión siempre capaces de transcenderlas. El catedrático aporta un conjunto de ideas medulares para comprender la práctica histórica. Nada parece asemejarles. Sin embargo, ambos coinciden en el acierto a la hora de buscar una escritura capaz de dialogar con el lector.

Las anotaciones de La vida interior requieren una lectura con las dosis adecuadas y preferentemente poco antes de terminar la jornada. Así, hartos de perder el tiempo con tanta banalidad de una sociedad hiperconectada e incapaz de detenerse a observar, nos llevamos a la cama algo sustancial, aunque a veces tenga una apariencia anecdótica. La calidad del estilo ayuda a conseguir este objetivo.

El folleto de Justo Serna demuestra que lo fundamental de un saber compartido cabe en unas pocas páginas. Bien leídas y espaciadas, sus argumentos invitan a la reflexión ulterior. También al subrayado de algunas frases como un sucedáneo de la conversación, que acabamos iniciando con el autor para mejorar nuestra comprensión de la Historia.

Ambos folletos responden a un espíritu ponderado, respetan el debido escepticismo de lo ensayístico y no aspiran a tener la última palabra. Al contrario, suponen una invitación constante a que completemos lo escrito con nuestras propias reflexiones, a que dialoguemos en una conversación al margen de los habituales ruidos y, por lo tanto, provechosa sin menoscabo del placer gratuito de charlar.

La observación al modo azoriniano enriquecida por la reflexión de una «vida interior» y el deseo de compartir lo más sustancial de una tarea profesional de años, sin necesidad de acumular páginas de aparente erudición, son motivos de agradecimiento y de lectura tan gozosa como provechosa. La he culminado con notas manuscritas a la espera de que, en un folleto o vete a saber dónde, pueda seguir esa conversación y aplicar lo aprendido gracias a dos amigos amantes de la palabra pausada, ponderada y justa. También en la extensión de lo breve por voluntad propia.

Pdta. La discreción de José Ramón Giner impide que disponga de una foto suya para completar esta entrada. Baste con el enlace a sus artículos publicados en El País:

https://elpais.com/autor/jose-ramon-giner/

jueves, 5 de marzo de 2026

Perder la guerra... en abierto y La colmena en pruebas


 

Hace cuatro años algunos medios de comunicación publicaron que el 86% de los libros editados en España no llegaban a los cincuenta ejemplares vendidos. El dato debe ser visto con escepticismo porque las ventas no siempre están bajo un estricto control estadístico. Sin embargo, lo obvio es que numerosas novedades acaban con apenas unas decenas de ejemplares vendidos y, por supuesto, sin ningún beneficio económico para los autores.

La circunstancia es coherente con un mercado editorial donde hay una demanda débil y una oferta de más de cinco mil novedades al año, muchas de las cuales ni siquiera llegan a unas librerías incapaces de absorber semejante caudal. La situación se agrava si nos circunscribimos al libro universitario, destinado a unos colectivos de especialistas. Las tiradas son mínimas y, a menudo, los investigadores deben pagar para editar sus trabajos.

Esta realidad pocas veces expuesta al debate público ha provocado la progresión de editoriales que, sin arriesgar como empresas privadas, se limitan a publicar lo pagado por los investigadores universitarios. Y no siempre lo hacen bien. Ni siquiera suelen preocuparse por su difusión porque el beneficio ya lo han obtenido desde el momento de la publicación.

El tema es complejo, merecería un debate ajeno a tantos intereses contrapuestos y alguna decisión política o académica para que el dinero público destinado a la investigación no acabe en manos de editoriales privadas cuya actuación resulta, en el mejor de los casos, discutible.

Por fortuna, mis libros suelen superar los cincuenta ejemplares vendidos, incluso bastantes más durante los últimos años. Gracias a esa circunstancia, los editores recuperan la inversión y a veces obtienen un modesto beneficio donde mi participación se limita a disponer de algunos ejemplares para regalarlos a los colegas que me ayudan y hacen lo mismo con sus propios libros. En definitiva, tengo la suerte de no pagar para publicar y me duele no compartirla con muchos compañeros de trabajo, sobre todo con los jóvenes que deben abrirse camino en el ámbito académico.

El objetivo de un libro universitario no pasa por la venta de ejemplares, sino por aportar un conocimiento que pueda ser accesible a otros investigadores o interesados por la temática abordada. En este sentido, el artículo 37 de la Ley 17/2022, de 5 de septiembre establece que las investigaciones realizadas con fondos públicos deben aparecer con un acceso abierto. La obligación legal me lleva a colaborar con el Repositorio de la Universidad de Alicante, donde deposito los archivos de todas mis investigaciones.

Para preservar los intereses de las editoriales, esos archivos permanecen durante un año en acceso restringido y luego pasan a acceso abierto. Las armas contra las letras (2023) está en acceso abierto desde junio de 2024 y ha registrado un total de 862 descargas; es decir, en menos de dos años las descargas de la edición han duplicado las ventas del volumen.

Ahora, un año después de su publicación, Perder la guerra y la historia (2025) pasa a estar en acceso abierto tras agotar prácticamente su tirada y a la espera de una posible ampliación de la misma por parte de Renacimiento:

https://rua.ua.es/entities/publication/8efcf214-ed68-4331-a858-9adf1255628a

Al igual que ocurriera con el primer volumen de los dedicados a los consejos de guerra de periodistas y escritores, Perder la guerra y la historia aparecerá enlazado desde los diferentes apartados de la web consejosdeguerra.es para facilitar su consulta por parte de los historiadores.




Mientras tanto, el tercer volumen, La colmena, ya ha iniciado su largo camino hasta su publicación, que probablemente tenga lugar a finales del presente curso o a comienzos del siguiente. Y el cuarto, Al final del trayecto, está en una fase avanzada acumulando nuevos casos hasta sumar más de cien, noventa y cuatro de los cuales ya se pueden consultar a través de la web consejosdeguerra.es



El objetivo es culminar la investigación en junio de 2028 y dejarla en acceso abierto para facilitar nuevas investigaciones, como las que en fechas próximas me llevarán a estudiar el proceso seguido contra Ricardo Fuente Alcocer, un dibujante y colaborador de la prensa que  tuvo una intensa relación carcelaria con Miguel Hernández y es objeto de estudio de una destacada investigadora francesa con la que estoy en contacto.

domingo, 1 de marzo de 2026

Anales de Literatura Española seguirá siendo de titularidad pública

En febrero de 2020 asumí la dirección de Anales de Literatura Española, cuyo primer número data de 1982 y por entonces había publicado un total de treinta y uno. La revista figuraba entre las veteranas dedicadas al estudio de nuestra literatura y contaba con una destacada nómina de colaboradores. El problema era que sus criterios de edición permanecían al margen de las directrices actuales para que las revistas universitarias sean indexadas y relevantes a efectos curriculares.

El consejo de redacción decidió adaptarse a los tiempos, dar por finalizada la anterior etapa e intentar que ALEUA no solo fuera indexada, sino que con el tiempo ocupara el primer cuartil en la clasificación de las de su ámbito académico. El trabajo fue arduo, requirió de la ayuda de un equipo y, desde hace unos dos años, el objetivo está alcanzado.

El cambio ha sido tan radical que, en 2020, debía escribir a potenciales autores para que mandaran sus originales y ahora, ante la acumulación de los mismos, hemos suspendido temporalmente la admisión de los nuevos. Por otra parte, en los números monográficos hemos pasado de buscar grupos de investigación para que los realizaran a tener una lista de espera donde aparecen ocho propuestas.

El actual sistema de baremación de los méritos de investigación me parece mejorable y siempre he sido escéptico ante clasificaciones basadas en los índices de impacto de los artículos publicados. También albergo dudas sobre los criterios para ordenar la valoración de las editoriales que publican nuestros libros.

El tema es complejo, pero evidencia la penetración de lo privado, con sus intereses económicos, en el ámbito de la investigación universitaria realizada con fondos públicos. A la vista de los escándalos en estas materias que han tenido una repercusión mediática, convendría establecer un debate e ir más allá de lo denunciado, incluso por parte de las autoridades académicas y ministeriales.

El debate corresponderá a otra generación de profesores, aquellos que en nuestra área casi han abandonado la escritura de monografías y optan por los artículos a causa de su valoración, excesiva en relación con los libros, en la concesión de los sexenios de investigación y las plazas docentes sacadas a concurso público.

Los funcionarios buscamos alternativas para la mejora de los criterios seguidos en nuestras actuaciones, pero nos debemos al cumplimiento de los mismos mientras estén vigentes. Así lo hecho durante estos seis años para que la revista fuera útil a los nuevos investigadores. El rejuvenecimiento de la nómina de autores en los trece números publicados durante mi dirección ha sido notable. Y me alegro por ellos, pero también deseo que apuesten por investigaciones de largo alcance menos vinculadas a los resultados inmediatos. Resulta difícil asumirlo antes de alcanzar una cátedra, pero nunca debiera dejar de estar entre las expectativas de un futuro con voluntad de hacerse realidad.

Mi trabajo como director debía terminar con el número 44 recientemente publicado, pero una feliz circunstancia relacionada con una baja maternal ha retrasado el relevo. Llegaré, pues, al número 45 y a un total de catorce publicados en siete años, gracias a un grupo de colaboradores dispuestos a trabajar con la alegría de quienes realizan una tarea colectiva donde cada uno asume su responsabilidad.

Eso sí, garantizo que Anales de Literatura Española seguirá siendo de titularidad pública y ajena a los objetivos económicos de las publicaciones científicas de carácter privado. Hace unas semanas recibimos una oferta de 135.000 dólares por vender la revista. Dado que las universidades no suelen registrar su titularidad, la operación parecía viable y comprobamos que la oferta venía de una empresa identificada.

La posibilidad de cobrar 135.000 dólares o una cantidad similar resulta tentadora, pero prefiero terminar mi trayectoria como funcionario defendiendo que la prevalencia de la investigación realizada en el ámbito público es la mayor garantía de que la misma no se subordine a intereses de difícil justificación. Anales de Literatura Española seguirá siendo pública, de acceso gratuito y abierta a cualquier investigador, con independencia de que pueda pagar o no por publicar.

Os dejo el enlace a la web de la revista con el último número monográfico dedicado a la literatura del exilio republicano:

https://ale.ua.es/

 

viernes, 27 de febrero de 2026

La IA al servicio de la investigación y la docencia


La Inteligencia Artificial se puede utilizar para sexualizar y acosar a unas menores o para ayudar en la lucha contra el cáncer. Todo depende de la voluntad del usuario, las empresas tecnológicas y los investigadores. Mientras cabe esperar que las autoridades pronto pongan coto a los abusos cometidos por los oligarcas de las citadas empresas, la responsabilidad de los universitarios es demostrar los posibles beneficios de una IA puesta gratuitamente al servicio del conocimiento.
Desde el pasado verano, mi hijo es profesor e investigador de la UA. Ambos pertenecemos a áreas diferenciadas, pero compartimos la idea de que la tecnología puede ayudar a las humanidades en las tareas propias de la investigación y la docencia. El 15 de septiembre de 2025 tuvimos la oportunidad de demostrarlo por primera vez al presentar en el Parlamento Europeo la web dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores. Poco a poco, la misma va incrementando sus contenidos y el próximo 2 de marzo contará con el acceso en abierto a Perder la guerra y la historia (2025). La edición en papel está prácticamente agotada y, con independencia de que se proceda a una reimpresión para disponer de ejemplares, ahora el volumen pasa a estar a disposición de los investigadores de acuerdo con lo establecido en la Ley de la Ciencia de 2022.
Mientras preparamos para esta Semana Santa un nuevo blog dedicado a mis tareas como miembro del grupo de investigación Memoria, Identidad y Ficción (MIF) de la UA, formamos parte de una red docente de nuestra universidad cuyo objetivo es poner la IA al servicio de la docencia y, más en concreto, estudiar las posibilidades de la misma para ayudar al alumnado a preparar sus exámenes o ejercicios prácticos.
 

El portal Minerva es la primera concreción de esta tarea que nos ha llevado unos meses de preparativos y diálogo para buscar la mejor manera de poner la IA al servicio del alumnado con un objetivo contrapuesto al de utilidades que permiten el plagio o la simulación de la autoría. A partir de hoy, este instrumento podrá ser utilizado por el alumnado, evaluaremos el resultado en colaboración con el mismo y, al final del curso, sacaremos las oportunas conclusiones para ponerlo a disposición de todo el alumnado de la Universidad de Alicante.


El alumnado de Teatro del Siglo de Oro visto por la IA

domingo, 22 de febrero de 2026

Dos excelentes libros sobre la Guerra Civil


 

El periodista y escritor Florentino Hernández Girbal no fue condenado a muerte. La conclusión es obvia tras haber consultado el sumario 3613 del AGHD, pero contrasta con lo afirmado por Andrés Sorel (1937-2019) en su biografía Florentino Hernández Girbal. Un cineasta y escritor machadiano (Madrid, Vitrubio, 2013, p. 64), donde habla de una condena a muerte posteriormente conmutada por otra de treinta años.

A diferencia de algunos procesados que dejaron inexactitudes en sus recuerdos o memorias, Florentino Hernández Girbal nunca fantaseó acerca de una condena a muerte para enfatizar su dramática experiencia. Por lo tanto, no cabe pensar en una fuente testimonial sin contrastar, sino en una falsedad escrita en una biografía que no siempre se basa en la consulta de los documentos oportunos. De hecho, el sumario 3613 solo es citado a través de referencias indirectas. Una lástima, pues en 2013 ya era posible su consulta.

La crítica a un autor fallecido, además de inútil a efectos de rectificación, suele ser un ejercicio de mala educación. Sin embargo, el dato arriba indicado ejemplifica el abismo que separa los trabajos de quienes, como Andrés Sorel, mezclaron escritura con militancia de los escritos por otros autores del ámbito académico y de unas generaciones distintas, que por fortuna ya no comparten esos sesgos cuando preparan sus trabajos acerca de la Guerra Civil. La distancia temporal y la profesionalidad facilitan el rigor.




Estas semanas he tenido la oportunidad de leer dos magníficos libros escritos por David Alegre Lorenz (Verdugos del 36, Barcelona, Crítica, 2025) y Gutmaro Gómez Bravo (Cómo terminó la guerra civil española, Barcelona, Crítica, 2026). Ambos ejemplifican la calidad de la historiografía en nuestras universidades públicas y me han ayudado a matizar con nuevos argumentos algunas de las conclusiones presentes en mis trabajos.

David Alegre Lorenz parte de un análisis exhaustivo de lo sucedido en Zaragoza para probar, con un despliegue de documentación, la extensión social del protagonismo en el golpe de Estado, la guerra y la represión. A diferencia del relato imperante hasta hace poco, ese protagonismo no se circunscribe a unos escasos nombres y necesita de la colaboración de unos colectivos progresivamente radicalizados. La idea responde a una obviedad, pero solo con aportaciones tan brillantes la podemos ejemplificar a la espera de ver sus correlatos en otros ámbitos de la época.





Gutmaro Gómez Bravo

Gutmaro Gómez Bravo nos recuerda la necesidad de considerar la historia como una obra en construcción. Gracias a una documentación inédita, matiza en aspectos fundamentales el relato acerca de cómo se produjo el final de la guerra. Sus conclusiones no suponen un vuelco total en este sentido, pero permiten analizar los movimientos de los servicios de inteligencia llevados a cabo para ganar la guerra y asegurar la Victoria, que tanta represión acarreó.

El libro de David Alegre Lorenz me recuerda que una historia sin nombres, incluidos los de quienes protagonizaron la represión, es un imposible porque nombrar es identificar para conocer. El objetivo forma parte del trabajo histórico y, más allá de la prudencia cuando afecta a cuestiones estrictamente personales, esos nombres resultan necesarios, aunque incomode saber de algunos apellidos entre los de quienes fueron verdugos en las diferentes acepciones admitidas por la RAE.




La monografía de Gutmaro Gómez Bravo, magníficamente escrita, permite entender hasta qué punto la represión de la Victoria fue una actuación premeditada y preparada durante la última fase de la guerra. En este sentido, produce estupor comprobar que los negociadores del bando franquista, junto con sus servicios de información y propaganda, engañaron a quienes creyeron en el perdón de quienes no tuvieran «las manos manchadas de sangre».

La famosa frase caló entre los derrotados, pero nunca tuvo un correlato en documentos con valor legislativo. En colaboración con la jerarquía eclesiástica, los vencedores la utilizaron a modo de propaganda pronto desmentida por la realidad de la represión y de quienes, con distinto grado de ingenuidad, confiaron en la palabra de los artífices de la Victoria.

Un engaño a menudo precisa de alguien con ganas de ser engañado para disponer de una coartada que justifique su comportamiento en aras de alcanzar un objetivo. Tengo la impresión de que Julián Besteiro fue engañado, pero el coronel Casado se dejó engañar. La contrapuesta suerte corrida por ambos resulta coherente con esta impresión ratificada tras la lectura del libro de Gutmaro Gómez Bravo.

En definitiva, frente a trabajos de encargo donde el autor, sin pruebas, habla de una condena a muerte, encontramos el rigor de los profesionales de la Historia. Gracias a las redes sociales y la generalizada imposibilidad de distinguir las voces de los ecos, como nos recordara Antonio Machado, vivimos unos momentos en que cualquiera sienta cátedra en materia de Historia y, además, habla de la «verdad histórica», que suele ser la suya. Frente a estos ecos convertidos en ruido, conviene acudir al magisterio de unos profesionales de la Historia porque también desconfiamos de quienes recetan aspirinas para curar tumores.

Gracias, pues, Gutmaro y David por vuestra amistad, colaboración y trabajo, que me han permitido aprender contando con referentes de verdadera calidad historiográfica.

 

 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Principios constitutivos de la comedia. H.ª del teatro del Siglo de Oro (12)


 La dama boba

Según el hispanista Alexander A. Parker, la comedia -entiéndase el término como sinónimo de obra teatral- del Siglo de Oro es una estructura gobernada por cinco principios, que, aunque no siempre se cumplen de manera mecánica, debemos recordar para cualquier análisis de las obras estudiadas durante el curso.

El primer principio es la primacía de la acción dramática sobre el desarrollo de los personajes. A pesar de que hay excepciones sobresalientes, algunas de las cuales veremos a lo largo del curso, el teatro del Siglo de Oro no suele destacar por la profundidad, complejidad o novedad en la caracterización de los personajes, que tienden a ser repetitivos en lo fundamental hasta el punto de ajustarse a unos tipos (el galán, la dama, el gracioso…) reiterados a lo largo de numerosas comedias.

No se trata de una carencia de los poetas dramáticos, sino más bien de la voluntad o necesidad de ajustarse a unos moldes interpretativos estrechamente vinculados con la especialización de los intérpretes en el marco de las compañías.

En ese sentido, cabe recordar las condiciones en que se realizaban los ensayos, siempre escasos por la necesidad de renovar constantemente la cartelera. Un poeta dramático podía aportar profundidad a la caracterización de un personaje, pero el actor o la actriz que lo debía encarnar apenas disponía de tiempo y condiciones para dar cuenta de esa misma profundidad. De ahí que se tendiera a una tipificación, que facilitaba el trabajo de las compañías y hasta la comprensión de la acción dramática por parte del público.

Sin embargo, en las obras más destacadas, como son las seis que analizaremos a lo largo del curso, veremos notables excepciones. Un ejemplo es Finea, cuya evolución desde la risible ingenuidad hasta la madurez respetable como mujer está jalonada por su experiencia en el amor, que le aporta la sabiduría necesaria para desenvolverse en las lides amorosas hasta alcanzar sus objetivos mediante estratagemas que sorprenden por su agudeza.

Al igual que ocurre con su hermana, Nise, la caracterización de Finea ni es pobre ni resulta estática como sería la de un tipo. El principio establecido por Alexander Parker, siendo cierto en términos generales, se puede aplicar preferentemente a los personajes secundarios de las obras que analizaremos o a la mayoría de las que no alcanzaron estas cotas de calidad.



La dama boba

El segundo principio establecido por Alexander Parker es la primacía del tema sobre la acción. Para evitar errores, a la hora de realizar un análisis crítico conviene distinguir entre acción y tema. La primera nos remite al conjunto de lo sucedido y articulado mediante escenas en el argumento de la comedia; es decir, todo aquello que de forma explícita sucede en el escenario durante el desarrollo de la representación. El tema, un concepto más abstracto, es lo deducible como marco teórico a partir de lo representado, de la acción dramática. Aquello que, en definitiva, enmarca, cohesiona y da sentido al conjunto de peripecias o incidentes que tienen lugar en el escenario.

Si nos centramos en La dama boba como primera obra a estudiar, observamos no solo un prolijo conjunto de peripecias o incidentes, destinados a entretener y sorprender al público, sino también que el mismo permite acciones paralelas como son las encarnadas por las hermanas y las criadas en torno al amor con sus respectivos galanes. En el caso de que por encima de este conjunto con numerosos protagonistas no hubiera un tema capaz de darle un sentido unificador, la comedia habría caído en un probable caos.

Las aventuras, los engaños, los momentos cómicos, las seducciones, las estratagemas para alcanzar un objetivo matrimonial o económico… todo, absolutamente todo, aparece como manifestación de un tema unificador que aporta sentido a la comedia. En este caso, se trata del amor y, más en concreto por el papel de las protagonistas, de su capacidad para aportar una equilibrada madurez a quienes, al principio de la comedia de Lope de Vega, permanecían en extremos tan abiertamente contrapuestos como negativos al tiempo que caricaturizados para facilitar la crítica (Nise y Finea).

La primacía del tema sobre la acción también la encontramos en las obras adaptadas por Kenneth Branagh y Pilar Miró. En el primer caso, todo lo representado con acciones paralelas y numerosos personajes se engloba en un tema: la celebración casi entusiasta del amor, capaz de unir a quienes aparentan odiarse y de imponerse a la maldad de quien siente rencor o envidia. De ahí el desenlace con las consiguientes bodas como plasmación de ese poder del amor y la correspondiente celebración con un baile colectivo en la escena final.

Aunque la acción dramática sea muy distinta en El perro del hortelano, la obra guarda relación con Mucho ruido y pocas nueces porque el tema de ambas es similar. Los argumentos difieren, pero no los temas. En la de Lope de Vega el amor vuelve a imponer su poder por encima de las diferencias sociales que separan al secretario de la condesa. La acción, intricada como corresponde a una comedia de la época, se entiende como una ejemplificación de ese tema en torno al amor convertido en agente todopoderoso que, al final, también es celebrado con un baile colectivo tras las correspondientes bodas.



La dama boba

El tercer principio establecido por Alexander Parker es la unidad dramática en el tema y no en la acción. El poeta, en su búsqueda del delectare, puede introducir acciones paralelas o secundarias que enriquezcan lo visto sobre el escenario, pero todas ellas deben responder a un mismo tema que aporta unidad dramática y sustenta el docere.

El principio se observa con nitidez en las comedias que giran en torno al amor. Rara vez hay una única relación amorosa. Junto con el galán y la dama, también se enamora otra pareja del mismo estamento social (acción paralela) o los criados (acción secundaria que facilita la introducción del elemento cómico). Así el poeta dramático juega con la contraposición de esas relaciones para aportar a la comedia variedad y dinamismo, dos rasgos fundamentales del teatro del Siglo de Oro. Al final, todo queda unificado no por la acción, que puede multiplicarse o diversificarse, sino por el tema.

Las tres comedias vistas hasta el presente ejemplifican este tercer principio. En ellas observamos distintas relaciones amorosas que se desarrollan simultáneamente hasta el punto de que la acción dramática queda dispersa, pero el riesgo para la correcta comprensión por parte del público se evita mediante la unidad que aporta el tema.

Así lo observamos, especialmente, en el desenlace de las tres comedias, cuando toda la acción dramática confluye en la celebración del amor como motor de la superación humana (La dama boba), antídoto para combatir la maldad o las diferencias (Mucho ruido y pocas nueces) o sentimiento que se impone a cualquier separación social, aunque sea gracias al ingenio y el engaño como ocurre en El perro del hortelano.



El perro del hortelano

El cuarto principio establecido por Alexander Parker es la subordinación del tema a un propósito moral a través de la justicia poética, que no está ejemplificada exclusivamente por la muerte o el castigo del malvado por su condición de personaje transgresor del decoro. También por una caracterización negativa a lo largo de toda la comedia, aunque, de hecho, en las del Siglo de Oro, siempre que un personaje transgrede ese decoro por un comportamiento inadecuado para su condición, como sucede en los casos del comendador de Fuenteovejuna o el capitán de El alcalde de Zalamea, recibe un castigo que le aboca a la muerte.

La justicia poética es un principio literario que forma parte de la ficción, pero sin un correlato en la experiencia o realidad, sea social o histórica. Resulta obvio que en la vida real de cualquier período los malvados o los transgresores del decoro -cuya concreción es histórica con un sesgo ideológico y, por lo tanto, variable- pueden salir victoriosos, mientras que los virtuosos por cumplidores del decoro sufren todo tipo de adversidades. Si el teatro del Siglo de Oro hubiera tenido una voluntad realista habría incluido ejemplos de este tipo, pero prevaleció el propósito moral de aleccionar al público sobre cualquier tema.

En el ámbito creativo del Siglo de Oro, y con el objetivo de alcanzar un propósito moral que legitimara las representaciones teatrales al tiempo que las convirtiera en obras divulgadoras del pensamiento monárquico de la época, se partió de la necesidad de que el crimen o la maldad no quedaran impunes ni la virtud sin premio.

Esta justicia poética guarda una evidente relación con la proyección ideológica de la comedia del Siglo de Oro y su presencia será una constante en obras como Fuenteovejuna, El alcalde de Zalamea o El caballero de Olmedo. En las tres encontramos, tras las sentencias dictadas o aceptadas por el monarca, ajusticiamientos de los malvados capaces de transgredir gravemente el principio de decoro mediante la violencia o los abusos para satisfacer deseos ilegítimos.



Mucho ruido y pocas nueces

El quinto y último principio que establece Alexander Parker es la elucidación del propósito moral por medio de la causalidad dramática. Si el tema de la comedia se subordina al propósito moral y, a su vez, la acción dramática se subordina al tema, nos encontramos que el norte creativo que debe seguir el poeta dramático está marcado por el propósito moral que intenta transmitir al público. De ahí que todo lo escenificado se entienda, a la postre, como una causalidad dramática para elucidar o explicar un propósito moral de forma comprensible (docere) y agradable para el público (delectare).

Este principio opera en las seis obras seleccionadas para el curso, pero de manera más significativa en Fuenteovejuna, El alcalde de Zalamea y El caballero de Olmedo. Por lo tanto, lo comentaremos con más detenimiento en las respectivas clases prácticas.