miércoles, 28 de octubre de 2026

Una lección de filosofía a cargo de Luis García Trapiello


 Luis García Trapiello

La fortuna de contar con lectores que, a su vez, son autores me ayuda a mantener un diálogo con ellos e intercambiar nuestros trabajos. Luis García Trapiello acaba de leer La colmena, me escribió este fin de semana para transmitirme sus impresiones sobre esta nueva ejemplificación de la banalidad del mal, el concepto que enlaza mis libros dedicados a la represión de escritores y periodistas desde la publicación de Nos vemos en Chicote, y tuvo el detalle de adjuntarme un texto todavía no publicado acerca de este concepto del pensamiento de Hannah Arendt. Dada su estrecha vinculación con lo desarrollado en La colmena y otros libros anteriores, le pedí autorización para publicarlo en el blog. Me la concedió y aquí lo tenemos:


Hannah Arendt

[…] A lo largo del proceso judicial en Jerusalén, prolijo, con innumerables declaraciones testificales e infinidad de documentos escritos en el alemán que dominaba, Hannah fue descubriendo el horror de un totalitarismo no solo por el daño causado, en el caso del nazismo, inmensurable, sino porque el mal fue convertido en algo banal. Cuidado con este calificativo, ahora lo explicaremos. Eichmann no es un sádico demente (como no lo es el pueblo alemán); no solo es una persona normal, sino que es ejemplar. “Eichmann no constituía un caso de enajenación en el sentido jurídico, ni tampoco de insania moral […], tampoco constituía un caso de anormal odio hacia los judíos, ni un fanático antisemita, ni tampoco un fanático de cualquier otra doctrina” ¿Entonces, de dónde tanto mal?, de su banalización. Para Hannah lo grave, lo realmente trascendental, es la capacidad de un pueblo para convertir el mal causado a terceros en un mero acto burocrático. Eso es lo que representa Eichmann: un vulgar funcionario que resuelve los asuntos propios de su negociado y que, como tal, está obligado a hacerlo con suma eficacia y eficiencia. Ese es el imperativo y esa es la “percepción” del pueblo (el auto convencimiento interesado y, por lo tanto, éticamente culpable). Lo que sucede no es sino la mera realización de tareas burocráticas. Gasear a un pueblo es el mismo acto burocrático que resolver un expediente de concesión de uso de un suelo público. Los actos que causan daño a las personas o a sus bienes, que generan dolor, abandonan el ámbito de la moral, incluso del penal por no existir en su código un tipo que lo defina, para serlo del espacio burocrático, de lo administrativo. La controversia que pudiese generar alguno de esos actos se dirimiría en la jurisdicción de lo administrativo y no en la de lo penal; no lo discutirían los filósofos sino los juristas de administración pública.

             No lo entiendo, ¿por qué dice que se dirimiría en la jurisdicción de lo administrativo?

¿Qué no entiende, Germán? ¿La expresión jurisdicción de lo administrativo? Ámbito judicial en el que se dirimen las controversias, los desacuerdos, que tienen que ver con decisiones del gobierno o de responsables de sus oficinas. Que el ayuntamiento te ha puesto una multa y no estás de acuerdo, ¡a la jurisdicción de lo contencioso! Que la seguridad social te deniega una ayuda a la que crees tener derecho, ¡a la jurisdicción de lo contencioso!

Bien, vale, eso ya lo sabía. No, me refería a lo de la banalización del mal. Yo siempre entendí que se trataba de pensar que no pasa nada porque se haga daño a alguien que se lo merece, porque es un gilipollas, porque está portándose mal o, simplemente, porque está incumpliendo alguna ley…  Yo qué sé, lo mismo oigo decir de los atentados de ETA, que para los vascos eso eran una banalización del mal.

         ¡No! Eso sería ausencia de valores morales en quienes así lo considerasen y no podríamos decir de esa gente que banalizan el mal, sino que consienten el mal, que aprietan el gatillo junto con aquella persona que físicamente sujeta la pistola.

         No, no es eso.

Son muchos los lectores de Hannah Arendt, y todos los que hablan de oídas, los que han entendido que la expresión “la banalidad del mal” viene a significar que a un mal determinado no se le da importancia, que la gente considera un daño inferido a terceros como algo insignificante, de poca importancia, aunque ese daño sea su destrucción, su muerte. Menos aún puede aceptarse la interpretación de que esa expresión ha de entenderse como el mal ejercido en cumplimiento de un mandato, legal o ilegal.

        La banalización del mal es el efecto, el resultado, de un proceso por el que un Estado convierte el daño a terceros, a una sola persona o miles de ellas, en un simple y mero acto burocrático llegando a ser percibido así por la sociedad (también valdría la expresión “por un pueblo”); el Estado integra los actos mediante los que se ejerce violencia y se causa daño a terceros en su estructura administrativa como un acto burocrático más. No hay pensamiento reflexivo. Una vez realizado el efecto, quienes infligen el daño se consideran probos funcionarios públicos para quienes sus acciones destructivas tienen el mismo valor que el de rellenar un impreso, redactar un informe o cuñar un documento. Esa es la concepción de Hannan Arendt, aún más relevante que esa que se tiene por generalizada, pues con esa banalización Hannah está diciendo que el mal es parte sustancial de la sociedad, de tal modo que las personas, sujetos con capacidad cognitiva, no perciben lo que está sucediendo, como no lo hacen con el trasiego de documentos entre oficinas de las administraciones públicas o con la actividad que se realiza en esas oficinas. Les permite adormecer la conciencia. Son actos que carecen de profundidad, es una realidad superficial que, como tal, carece de radicalidad alguna.

        Esto es lo que Hannah descubrió en las declaraciones que Eichmann realizó ante el tribunal que le juzgaba en Jerusalén y en la actitud con la que se manifestaba. Él era un probo funcionario, un ejemplar burócrata, que no realizó sino sencillos y meros actos administrativos (esa concepción enraíza en la filosofía alemana: Kant -el deber por el deber- y Hegel -su concepción de Estado y de sus administradores, los burócratas-).

        Por eso, para Arendt, el pueblo alemán no era culpable de las atrocidades del régimen nazi como tampoco un pueblo es culpable de los actos administrativos que ese pueblo tiene como tales. Ha de ser objeto de reproche moral pues, por mucho que el proceso de banalización se haya completado hasta la perfección causando un efecto absoluto, como personas no fueron privadas de su capacidad cognitiva y su capacidad de discernimiento, pero no puede ser llevado a los tribunales como cómplice de las atrocidades cometidas por sujetos concretos, individualizados. Culpar a un pueblo es diluir la culpa de unos pocos, los ejecutores, en una masa informe en la que termina desapareciendo.

        La reflexión de Hannah nos permite ir más allá de lo sucedido durante el nazismo. Lo que contiene la expresión “la banalidad del mal” nos puede, y nos debe, llevar hasta nuestros días y analizar si acaso no estamos en la misma situación que quienes vivieron en aquellos momentos. Pensemos en los movimientos migratorios, inmigración y emigración, y la respuesta de los gobiernos afectados por ser los países receptores de esos flujos. ¿Acaso no tenemos interiorizado que los actos que realizan los guardacostas, la policía de fronteras, o quienes participan en los actos de contención y expulsión, no son sino simples actos administrativos ejecutados por perfectos y ejemplares burócratas que cumplen con la ley? ¿no son honestos funcionarios públicos que cumplen y hacen cumplir la ley? Por eso el mal carece de “radicalidad”, es pura superficialidad, puede ser extremo y alcanzar la destrucción absoluta, pero no nace del pensamiento que va a las raíces, en el mal no encuentra nada, vacío, irreflexión, igual que en los actos burocráticos: esa instancia aquí, aquella reclamación allí, ese documento a tal despacho, etc.  y eso es la “banalidad”. “Solo el bien tiene profundidad y puede tener radicalidad” dice Hannan Arendt en una carta a Gerhard Scholem, historiador judío y maestro de la mística y cábala judía.

        Sintetizo. La banalización del mal no es sino un proceso por el que se llega a considerar el daño causado a terceros como un acto burocrático más, como presentar una instancia en una oficina pública. Puede que les ayude a entenderlo un hecho actual y continuamente presente en nuestras vidas: la inmigración ilegal. Fíjense que ya, de entrada, la calificamos de ilegal, contraria a las leyes. Que quienes son detenidos en un país sin estar en posesión de los papeles que acrediten su estancia legal son recluidos en campos de refugiados o en centros especiales, un acto burocrático más. ¿O no? Que hay dolor y sufrimiento en aquellos a los que se detiene, sí, ¿y qué?, que hubiesen solicitado y obtenido un visado, así de sencillo, así de claro, la inmigración es un problema burocrático: tienes visado, papeles, dentro; no los tienes, fuera, por ti mismo o a empujones.

        Veo el gesto de muchos de ustedes. Fuerte, ¿eh? Escandaloso… Eso es lo que nos enseña Hannah Arendt. Eso es la banalización del mal.

        Y sí, señoras, señores, repito, eso es la banalización del mal.

    No se confundan, no dar relevancia al mal no es banalización del mal. Eso es ser una persona malvada a quien no le importa el mal causado a otros. Es muy posible que a esa confusión lleve el uso común de banal, aquello que es trivial, insustancial. No hace mucho, en nuestro departamento se impartió una conferencia titulada “La banalización de la política”, también habrán oído ustedes la expresión “la banalización de la democracia” y muchas más parecidas a estas y con el mismo significado de no dar importancia, incluso, indicando que no tiene valor alguno.

        Pues no, reitero, eso no es lo que dice Hannah cuando enuncia “la banalidad del mal”.

         Dice Hannah:

        Sea cual sea la importancia que haya tenido Kant en la formación de la mentalidad del “hombre sin importancia” alemán, no cabe la menor duda de que, en un aspecto, Eichmann siguió verdaderamente los preceptos kantianos: una ley era una ley, y no cabían excepciones.

    Y así fue. Eichmann, durante el proceso, no dejaba de repetir que él simplemente era un buen funcionario sujeto a la obligación de cumplir y hacer cumplir las leyes de su país 

El mal, convertido en un acto burocrático. No me cansaré de repetirlo esperando de ustedes que sepan aplicarlo en los análisis que hagan de hechos que están ocurriendo ante todos nosotros.

Pero para que ese proceso se dé, es necesario que la sociedad tenga como propio el efecto que de él se deriva. La banalidad del mal solo es posible si hay un pueblo que reduce los actos criminales a meros actos burocráticos. Ese convencimiento, esa percepción de que aquello que sucede a tu alrededor está sujeto a leyes y reducido a un acontecer ordinario burocratizado, eso, convierte a un pueblo en sujeto del mal que realizan sus “funcionarios”, sin que eso suponga que se diluya en ese colectivo “pueblo” la responsabilidad moral y penal de cada uno de los sujetos que lo componen. Y ya no sirve la excusa: “yo no sabía”. Dice Hannah en su Epílogo, en un supuesto diálogo con Eichmann: “Con esto quisiste decir que, cuando todos, o casi todos, son culpables, nadie lo es. Esta es una conclusión muy generalizada, pero nosotros no la aceptamos. […] En otras palabras, ante la ley, tanto la inocencia como la culpa tienen carácter objetivo, e incluso si ochenta millones de alemanes hubiesen hecho lo que tú hiciste, no por eso quedarías eximido de responsabilidad”.

        Concluyendo. De aquel proceso, fue testigo de él, y de cientos de documentos que leyó atenta y rigurosamente, Hannah expresa su convencimiento de la “colaboración” de judíos en la Solución Final, recuerden la anécdota contada por el filólogo Klemperer, y hace referencia a “la banalidad del mal”. Pues bien, ese convencimiento y esa referencia, unido a las reiteradas críticas de carácter jurídicas a diversas actuaciones procesales le supusieron a Hannah que el sionismo se lanzase en tromba contra ella y que lo hiciese con saña y con todos los medios a su alcance, muchos. […]

Y en ese “frente al mundo”, Hannah no lo está por teorías científicas o filosóficas, verdades racionales sujetas a la discrepancia, sino que lo está por hablar de hechos, por sus afirmaciones factuales, verdades factuales que deberían guiarse por el principio de que “los hechos no se discuten”, son o no son. “Por motivos de conveniencia, usaré esta distinción sin discutir su legitimad intrínseca. Dado que nuestro objetivo es descubrir el daño que el poder político puede infligir a la verdad, analizaremos estos asuntos por razones políticas más que filosóficas y, por tanto, podemos evitar preguntarnos qué es la verdad y contentarnos con tomar la palabra en el sentido que las personas suelen darle”, porque la verdad racional puede ser perseguida, ocultada, asesinando a sus pensadores o quemando su obra, pero eso no impedirá que en otro lugar y al mismo tiempo o en otro tiempo y allí donde fue perseguida alguien la desvele ante sus conciudadanos; pero la verdad factual depende del conocimiento que se hayan tenido de los hechos contenidos en ella, de lo que quede fijado en los anales de la Historia. Memoria.

            Memoria…

Disculpen, pero en los tiempos que corren…, ¡no me digan que no es una expresión clásica!, digo que en los tiempos que corren es difícil resistirse a aparcar lo que estamos explicando y hacer un pequeño excurso, una nota al margen, sobre la memoria. Nuestros clásicos discutían sobre qué parte del alma es la memoria, si es o no una de sus potencias o si es una función más de la potencia intelectiva. Nosotros diremos que es una función del cerebro, área neuronal en la que se archiva lo vivido o lo conocido por uno. Es decir, es un reservorio privado, único de cada uno de nosotros, subjetivo. La actividad que en ella se desarrolla, siempre y cuando no haya interferencias temporales o definitivas en los procesos sinápticos, es completamente subjetiva, propia de un solo sujeto, y de esa actividad solo podemos decir si es buena o mala, total o parcial, exacta o inexacta; pero no podremos decir memoria histórica o memoria democrática o cualquier otro adjetivo de ese tenor. No caben como modificadores calificativos de memoria. Puede haber memoria de la democracia como puede haber memoria de un tiempo de dictadura. Entendemos que la democracia o la dictadura solo son materia de la Historia y que, para su constitución, los llamados historiadores, personas que para serlo han de cumplir unos requisitos epistemológicos, son los que le darán contenido con la suma de memorias singulares comunicadas, sin abandonar el principio de contradicción, y sometidas al contraste, matización o ampliación con el contenido de documentos y archivos gráficos o de imágenes.

        Dejen a la Historia lo que es de la historia. Permitamos que los individuos, hombres o mujeres, compartan sus recuerdos, lo archivado en su memoria, habitualmente a su modo y conveniencia, para someterlos a contraste con lo que cada uno dice recordar de lo que fue. Es trabajo de quien se dedique profesionalmente al estudio de la historia depurar, de lo aportado, aquello que ha sido añadido por cada quién o, consciente o inconscientemente, ocultado, teniendo como material de estudio todo elemento que “hable” del momento histórico que se estudia. Para exhumar asesinados de las cunetas, no se necesita una ley de la memoria, sino una ley de recuperación de desaparecidos durante tal periodo. En Alemania, para condenar el nazismo, no aprobaron ninguna ley de la memoria, no tendría sentido, les bastó con introducir en el código penal unos artículos en los que se tipifica como delito la negación del holocausto o la exaltación o glorificación del gobierno nazi.

    Y tras este pequeño excurso, o si lo prefieren, después de haber tomado nota al margen de sus apuntes, les dejo a ustedes con esta pregunta: ¿tiene sentido epistemológico la expresión “memoria democrática”?

        Hasta la próxima.

        ¿De qué estáis hablando?

        En clase de tercero estamos reflexionando sobre la post verdad y como una concreción de esta, sobre verdad y mentira en la política y lo hacemos a partir del pensamiento de Hannah Arendt, de paso les he explicado el significado de la expresión “la banalidad del mal”. Y por lo que dice Ester, entiendo que hay quien lo ha entendido y lo está aplicando a un hecho concreto y actual: el trato dado a la llamada inmigración ilegal.


domingo, 25 de octubre de 2026

Nos queda la memoria, José Luis


 José Luis García Sánchez (1941-2026)

El director de cine y buen amigo José Luis García Sánchez ha fallecido hoy a los ochenta y cinco años. La luctuosa ya recorre los medios de comunicación y apenas puedo añadir algún dato significativo acerca de su trayectoria como cineasta, que ha sido tan fructífera como brillante a lo largo de décadas. Al conocer hoy mismo su fallecimiento, hasta cierto punto esperado por su delicado estado de salud desde hace unos pocos años, las películas que jalonaron su carrera nunca quedan relegadas a un segundo plano, pero prevalece el lado humano de un amigo cercano, simpático y solidario.

Allá por el año 2000, cuando era el responsable de contenidos de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, saqué adelante una web dedicada a Rafael Azcona, de cuyo nacimiento en Logroño se cumple este mismo mes el centenario. La tarea me permitió conocer al propio guionista, y pronto el riojano me presentó a varios de sus mejores amigos. Entre ellos, y en un lugar destacado, se encontraba José Luis García Sánchez, a quien ya admiraba como director de algunas películas que me habían hecho disfrutar.

José Luis andaba por unos espléndidos sesenta años y era un hombre vitalista e inquieto, con iniciativas siempre interesantes, aunque a veces no cuajaran. Pronto me acostumbré a recibir sus llamadas para consultas como las derivadas de sus adaptaciones cinematográficas y televisivas de los textos de Valle-Inclán, el autor que tanto admiró, pero también para interesarse por mis libros dedicados al cine español y aportarme contactos que me fueron inestimables para culminarlos.

Todavía recuerdo, con enorme nitidez, algunas de sus visitas a Alicante, como aquella vez en que vino acompañado de Fedra Lorente, La Bombi, para presentar La marcha verde. Mi mayor agradecimiento es para la gente de buen humor que me hace reír y esa tarde estuvo repleta de carcajadas en compañía del equipo de la película. Algo similar sucedió cuando rodó en Alicante su adaptación de los esperpentos valleinclanescos para RTVE. Gracias a su amabilidad y a la de Rafael Azcona, tuve el honor de figurar como asesor académico y, sobre todo, de compartir unas inolvidables sesiones de rodaje de las que tanto aprendí para mis clases dedicadas a la relación entre el teatro y el cine.

José Luis fue siempre un hombre querido por la profesión porque supo ser amigo de sus amigos, como Rafael Azcona y Manuel Vicent, con quienes compartí una inolvidable tertulia que figura entre los momentos más felices y plenos que he vivido. Los encuentros con estos admirados autores no fueron muchos a causa de la distancia, pero todos los guardo en la memoria como un privilegio, que me permitió compartir la sabiduría de quienes nunca parecieron sabios, aunque lo eran.


José Luis García Sánchez, Manuel Vicent y Rafael Azcona

El inexorable paso del tiempo va despoblando el bosque que, durante la juventud o la madurez, todavía era denso. Siempre queda el consuelo de las películas o las obras que nos dejan los amigos. A ellas vuelvo con una insistencia cada vez mayor. Tal vez por el miedo que siempre produce una progresiva soledad en la que los referentes, aquellos que nos orientan cada día, van desapareciendo hasta dejarnos prácticamente solos. La orfandad nunca ha sido llevadera, sobre todo cuando quien la sufre se ha sabido bien acompañado.

A los no creyentes solo nos queda la memoria, a menudo basada en anécdotas mil y una veces recordadas porque forman parte de nuestra identidad más íntima, aquella que apreciamos por encima de tanta fugacidad con apariencia de trascendencia. Rafael y José Luis me regalaron numerosas historias que guardo como un tesoro y cuento en mis clases porque encierran enseñanzas necesarias. También las he trasladado a mis trabajos escritos. De hecho, en las próximas semanas participaré en un homenaje al genial guionista, ahora mismo estoy gestionando la publicación de un libro sobre el cine de José Luis y, supongo, pronto recibiré una llamada de alguno de sus amigos o de su hijo, Víctor, para impulsar alguna iniciativa en recuerdo de José Luis García Sánchez, que nos ha dejado para compartir ese espacio de la memoria junto con Rafael y tanta gente de la cultura más inquieta de las últimas décadas. Mi respuesta, claro está, será positiva, porque si de algo nunca me olvido es de aquellos rostros cuya simple evocación me despierta una sonrisa de agradecimiento. Me han hecho feliz y merecen permanecer en nuestros recuerdos con la voluntad de intentar llevar a la práctica todos los ideales de José Luis, que no fueron pocos y que asumo como propios.


sábado, 24 de octubre de 2026

El pasado republicano de Victoriano Fernández de Asís


 Victoriano Fernández de Asís en una emisión de TVE

El franquismo ni olvidaba ni perdonaba. El periodista Victoriano Fernández de Asís, al que dedicaremos un capítulo en el cuarto volumen dedicado a la represión de «la gente de pluma», consiguió superar el duro trance de un consejo de guerra, gracias a la ambigüedad de sus actuaciones en el Madrid sitiado. El gallego también destacó en la prensa franquista y fue uno de los pioneros de TVE. Ya en este blog hemos visto hasta qué punto se le puede considerar como un periodista del régimen, pero esta circunstancia no supuso el olvido de su pasado republicano y la utilización de sus huellas para cuestionar un presente aparentemente asentado en el más destacado medio de comunicación, que sería fundamental para la actividad propagandística durante el tardofranquismo.

El coronel Francisco Javier Planas de Tovar (1883-1964) tuvo en sus manos un expediente relacionado con Victoriano Fernández de Asís (CDMH, DNSD, Presidencia, 84, 158), en concreto el número 2927 de una lista que suponemos extensa. El 29 de noviembre de 1957, la Delegación Nacional de Servicios Documentales elabora un informe, sin mediar petición o destinatario explícito, a partir de algunos artículos del periodista publicados en la prensa republicana. Concretamente, resume los incluidos en Avante, semanario del Hogar del Marino, el 11 de septiembre de 1937 y en CNT, de Gijón, los días 26 de enero de 1937 y 5 de febrero del mismo año. Las autoridades franquistas nunca olvidaron el pasado republicano del periodista, cuyo caso fue sobreseído en la Victoria. Veinte años después, disponían de estas pruebas como posibles acusaciones contra quien ocupaba una alta responsabilidad en TVE y se podía imaginar controlado sin necesidad de que los responsables de los servicios de información procedieran de una forma explícita.

En el mismo expediente depositado en el CDMH encontramos una nota informativa fechada el 16 de octubre de 1959 sin que conste su autor. El texto prueba que Victoriano Fernández de Asís contaba con enemigos dentro del régimen capaces de considerar «nefasta» su actuación como jefe de programación de TVE. La anónima acusación se extiende a Joaquín Sánchez Cordovés, ingeniero jefe de la cadena, y a César Alonso García, que desempeñaba por entonces la jefatura de Coordinación en un organigrama observado con lupa por los servicios de información. El denunciante habla de «un estado de psicosis colectiva» en una incipiente TVE, donde cualquiera podía ser destituido, despedido o sancionado. La causa, sin embargo, era otra. Esas actuaciones, de producirse, procedían de quienes vigilaban todos y cada uno de los pasos dados en un medio férreamente controlado. Victoriano Fernández de Asís no era un ingenuo y lo sabría de sobra. Llegada la democracia, el periodista prefirió callar al respecto porque recordar ciertos episodios del pasado suponía la impugnación parcial de la trayectoria de quien, con orgullo incuestionable, presentó la voz del Caudillo para celebrar los XXV Años de Paz. Una paz relativa en su caso, a la vista de la documentación aquí exhumada.

miércoles, 21 de octubre de 2026

La suerte del cineasta Antonio del Amo


 Antonio del Amo. Fuente: Wikipedia

La incompetencia administrativa de la justicia franquista durante la Victoria provocó que, a menudo, el azar y los descuidos acabaran siendo decisivos para la suerte de los procesados. A lo largo de la tetralogía, hemos presentado numerosos ejemplos solo perceptibles gracias a la metodología de la microhistoria, pero siempre acaba surgiendo una nueva sorpresa, como la que favoreció al cineasta Antonio del Amo, quien se libró de ser sancionado por el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas gracias a un garrafal error burocrático.

El 28 de mayo de 1940, mientras Antonio del Amo estaba en la cárcel de Porlier, según el sumario, el auditor de la I Región Militar se dirigió al presidente del Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas para comunicarle la sentencia contra el cineasta. En realidad, como me informa Luis Alegre, el cineasta ya estaba en el penal de Ocaña. El 16 de diciembre de 1943, más de tres años después, el tribunal acusa recibo del escrito e inicia «diligencias encaminadas a determinar la cuantía de los bienes que posee el inculpado, a cuyo fin líbrese oficio al alcalde del lugar de su residencia, policía gubernativa y Guardia Civil, para que emitan informe acerca de aquellos y se proceda a su tasación caso de que los tenga».

La documentación conservada en el Centro Documental de la Memoria Histórica prueba, una vez más, el espíritu confiscatorio de las actuaciones emprendidas en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas. Sin embargo, para llevarlo a la práctica era preciso un mínimo de eficacia en el manejo de la información y cierta voluntad de investigar. El 20 de diciembre de 1943, la policía local de Madrid informa al tribunal de que «en la de avenida Menéndez Pelayo no hay casa designada con el n.º 14». La Guardia Civil no tuvo más éxito en la localización del inculpado, pues el 10 de enero de 1944 informa de que «en la calle de Menéndez Pelayo no existe el número 14 y en los inmediatos resulta completamente desconocido el mencionado individuo, circunstancia por la cual se omiten informes interesados».

A la vista de lo fallido de la diligencia para, al menos, localizar al inculpado, el 21 de marzo de 1945, el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas dicta una providencia por la que se dan por recibidos los citados informes y, «apareciendo que no se consiguieron datos de los inculpados, sobre su conducta y bienes, archívense provisionalmente las actuaciones».

El archivo, en teoría provisional, resultó definitivo sin que ningún documento lo formalizara, pues, aunque Antonio del Amo pronto se incorporó al cine español como director, nadie, al parecer, reparó en que no lo habían podido localizar para confiscar sus bienes, que serían escasos por las dificultades encontradas para reanudar sus actividades cinematográficas.

Así, con semejante caos burocrático y una ineficacia a veces sorprendente, funcionaba una maquinaria represiva que no por estas circunstancias dejaba de ser brutal en su persecución de los desafectos al Glorioso Movimiento Nacional.

Por cierto, el número del domicilio de la avenida de Menéndez Pelayo no era el 14, sino el 41, cuarto, letra A. Para comprobarlo, bastaba con consultar el sumario del que se derivaba el expediente abierto por parte del Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas.

 


jueves, 15 de octubre de 2026

Un nuevo dato acerca del alférez Baena Tocón


Fachada del Colegio de Abogados de Sevilla

A veces, cuando en mis clases explico las tareas relacionadas con la investigación en estudios literarios, utilizo la imagen del pescador que echa una y otra vez su caña a la espera de que algo pique. Si así lo hace, es porque confía en obtener una recompensa para su empeño, pero a menudo el resultado es nulo o insatisfactorio porque los documentos buscados no se encuentran o su valor es tan escaso como un pez minúsculo y poco sabroso. Sin embargo, hay que seguir probando, porque la investigación requiere paciencia y depara sorpresas.

Hace unos meses, supuse que el teniente Antonio Luis Baena Tocón, uno de los secretarios del Juzgado Militar de Prensa, podría haberse incorporado a algún colegio de abogados tras finalizar sus estudios de Derecho. La consulta al de Madrid resultó infructuosa, lo cual es una pena, puesto que su archivo histórico está digitalizado y proporciona una excelente información a los investigadores. Tampoco tuve suerte con el de Córdoba. El pasado 17 de junio me comunicaron que el citado oficial no había estado colegiado allí. Afortunadamente, la gestión fue positiva cuando contacté con el de Sevilla, donde Antonio Luis Baena Tocón estuvo colegiado desde 1950 hasta 1981 por la documentación remitida el pasado 6 de julio por parte de Francisco Javier Ramos Jiménez.

A continuación, transcribo la solicitud de ingreso en el Colegio de Abogados de Sevilla presentada por Antonio Luis Baena Tocón el 11 de enero de 1950:

«Don Antonio Luis Baena Tocón, Licenciado en Derecho, con domicilio en la calle ---, 3, ante VE expone: Que deseando incorporarse a la Ilustre Corporación de su digna presidencia, presenta con esta solicitud los documentos que para el caso determinan los Estatutos, declarando al mismo tiempo que no ha pertenecido ni pertenece en la actualidad a ningún otro colegio. Por lo expuesto, suplica a VE sea servido ordenar que, una vez terminado de someter el expediente a la aprobación de la Junta de Gobierno, pues así procede en justicia que espera merecer de VE, cuya vida guarde Dios muchos años».

La solicitud fue aprobada por la Junta de Gobierno. Sin embargo, entre la documentación conservada en el archivo no figura la presentada por el solicitante, que no indica en la transcrita petición la universidad por la que se licenció, la Central de Madrid, ni la fecha del título de licenciado.

Antonio Luis Baena Tocón estuvo colegiado hasta el 5 de octubre de 1981, fecha en la que su hijo Antonio -según la firma- escribió al secretario del colegio en nombre de su padre para solicitar la baja de este a causa de su jubilación. Por entonces, figuraba «con el n.º 35 entre los colegiados sin ejercicio».

La documentación recopilada no la reproduzco porque, puesto en contacto con el Colegio de Abogados de Sevilla, no me aclararon si tenía la correspondiente autorización. No obstante, las copias digitalizadas están a disposición de quien las desee consultar por motivos de investigación o para completar la memoria familiar.

Por último, debo agradecer la colaboración de las familias de varias de las víctimas de los consejos de guerra de periodistas y escritores. En fechas recientes, me han remitido una documentación valiosa, que aparecerá en el cuarto y último volumen dedicado a estos procesos judiciales. 

Pdta. La presente entrada complementa la publicada el 8 de diciembre de 2024:



lunes, 12 de octubre de 2026

Un debate sobre las armas y las letras en la Guerra Civil


 Presentación de las jornadas celebradas en Sevilla

La reciente celebración en Sevilla de unas jornadas de debates sobre la Guerra Civil, organizadas por la Fundación Cajasol, ha incluido un diálogo sobre las armas y las letras protagonizado por Andrés Trapiello y Sergio del Molino. Dada la coincidencia del tema con la línea fundamental de mis últimos libros, os paso el correspondiente enlace para que tengáis la oportunidad de presenciar en diferido un debate interesante y bien argumentado por ambas partes:




Algunos de mis libros, como Las armas contra las letras (2023) y Perder la guerra y la historia (2025), discrepan parcialmente de lo expuesto por Andrés Trapiello en su ya canónico trabajo sobre la relación que mantuvieron las armas y las letras durante la Guerra Civil. Bastaba con constatar que esta no terminó en abril de 1939 e incluir, a diferencia del criterio seguido por el citado escritor, la posterior etapa represiva. Los argumentos de mi discrepancia no los voy a repetir aquí, pero sí quisiera mostrar mi satisfacción por encontrar en el enlazado debate a un ensayista más lúcido y moderado que el articulista antes en El Mundo y ahora en ABC, si mis noticias son correctas.

Sergio del Molino ha tenido así la oportunidad de dialogar con Andrés Trapiello en un tono acorde con el amplio consenso que, sobre estos temas, mantenemos la mayoría de quienes nos dedicamos a su estudio. Mi experiencia, con motivo de la publicación de Las armas contra las letras, fue distinta. Tal vez porque algunos escritores admiten mal una crítica, aunque sea expuesta con la máxima corrección posible. Sobre todo, si procede de un catedrático que no cuenta con el respaldo de una editorial fuerte y permanece alejado, tanto por falta de habilidades comunicativas como por voluntad propia, de la «pomada» de quienes participan en estos eventos bien remunerados, por fortuna para ellos.

Los argumentos de Andrés Trapiello cuentan con el respaldo de muchas horas de lectura y, por lo tanto, merecen el respeto de quienes disentimos parcialmente de los mismos, afrontando la posibilidad de ir a contracorriente en determinados círculos editoriales y periodísticos. Me gustaría que alguna vez ese respeto fuera mutuo y, sin el tono polemista de sus colaboraciones en la prensa, el escritor tuviera a bien entablar un diálogo con quien, en vez de cultivar las «brillantes síntesis» que tanto gustan a las editoriales y a los organizadores de estos eventos, practica la microhistoria, que requiere años de investigación para comprobar la fiabilidad de esas síntesis, a menudo escritas sobrevolando la concreción de la realidad histórica.

Los deseos suelen desembocar en lo quimérico como antesala de la frustración, pero puestos a escribir una carta a los Reyes Magos, tampoco es cuestión de limitarse a pedir bagatelas. Nunca podré competir con las habilidades expositivas de Andrés Trapiello en un debate, pero tal vez sea capaz de desgranar algunas de las incoherencias que a veces quedan eclipsadas por esa misma brillantez de quien lleva muchos años en los foros más acreditados, salvo en algunos círculos universitarios, donde no siempre goza del asentimiento al que parece acostumbrado.

 


viernes, 9 de octubre de 2026

Mi debut en el Teatre Raval, de Barcelona


Esta semana me han concedido el decimocuarto trienio como profesor de la Universidad de Alicante. A estas alturas de la película, las posibilidades de protagonizar algo novedoso escasean hasta límites alarmantes. Sin embargo, esta misma semana he debutado en un teatro de Barcelona, concretamente en el Raval y con el espectáculo Vientos del pueblo, de Pep Tosar.

Lo dicho puede ser entendido en su sentido literal, pero requiere una aclaración. El citado espectáculo, al igual que el anterior dedicado a Federico García Lorca por parte de Pep Tosar, incluye la grabación de entrevistas a diversos especialistas en la obra y la biografía del poeta homenajeado.

Hace ahora un año tuve la ocasión de desplazarme a Orihuela para grabar mi intervención en Vientos del pueblo. Todavía no he tenido la oportunidad de verla en su montaje definitivo, pero me consta que aparezco cada noche en el escenario del Raval junto a otros compañeros y, sobre todo, para completar la labor escénica de una compañía de la que conozco su preocupación por hacer un excelente espectáculo a partir del testimonio biográfico y poético de Miguel Hernández.

Así, sin salir de casa y mientras doy los últimos toques al cuarto volumen de los dedicados a los consejos de guerra de periodistas y escritores, cada noche acudo puntualmente al escenario del Raval. No puedo acercarme al proscenio para agradecer los aplausos del público, pero estoy seguro de que serán muchos y los agradecerán los verdaderos protagonistas de un espectáculo que devuelve la huella del poeta oriolano a los escenarios.