miércoles, 4 de febrero de 2026

Las funciones del teatro. H.ª del Teatro del Siglo de Oro (11)


 La Joven CNTC en La dama boba

Las funciones del teatro, tal y como aparecen en el primer tema de los apuntes de la asignatura de Historia del Teatro del Siglo de Oro (ff. 35-36), son múltiples, diversas y nunca excluyentes entre sí, pues varias de ellas pueden coincidir en una misma representación. Al igual que ocurre con los trece sistemas de signos cuya presencia es verificable en una puesta en escena (ff. 11-17), hablamos de una gama de posibilidades, con independencia de que una o varias de las funciones se concreten en un caso determinado.

De acuerdo con los citados apuntes, podemos establecer una función crítica, una renovadora o transformadora y otra de reflexión. La catártica y la estimulante se suman a las de diversión, evasión y entretenimiento. Asimismo, cabe recordar las funciones de creación o difusión de valores y modelos sociales, además de la biológica, la terapéutica y la revitalizante y, finalmente, la comunicativa.

Estas funciones, con independencia de su concreción histórica en un determinado marco espacial, aparecen desarrolladas con diferentes matices en cualquier manual dedicado a la teoría del teatro. No obstante, y de cara a una más fácil comprensión o memorización, podemos agruparlas en cuatro presentes en las preceptivas teatrales y que responden a otros tantos infinitivos latinos: movere, conmovere, docere y delectare.

La comprensión de la teoría teatral siempre debe estar basada en una reflexión sobre nuestra experiencia como espectadores. Si nos planteamos las posibles funciones del teatro, antes debemos preguntarnos por nuestras expectativas más allá de lo anecdótico o circunstancial cuando asistimos a una representación. El efectivo cumplimiento de las funciones suele satisfacer las expectativas creadas cuando asistimos al teatro.

Al pagar por una entrada, nuestro primer deseo es que a cambio del dinero desembolsado podamos divertirnos o entretenernos durante la representación. Ambos verbos en español carecen del debido prestigio cultural, a diferencia de lo que sucede en otros idiomas, pero resumen el propósito básico de cualquier espectador.

La diversión o el entretenimiento no presupone necesariamente la existencia de una obra cómica u humorística. También podemos disfrutar con una representación que nos atraiga o interese desde el principio hasta el final, con independencia del género en el cual se incluya (drama, tragedia, comedia…). La primera obligación de los artífices de la representación es mantener la atención del público, que nos olvidemos de nuestras propias circunstancias como parte del mismo, y que esa respuesta permita el consiguiente disfrute.

Si la representación no cumple con el delectare, cualquier otra función teatral resulta inviable porque se ha roto el doble sistema de comunicación que caracteriza al teatro (ff. 18-19). Un espectador aburrido, distraído o desinteresado es incapaz de responder a cualquier estímulo relacionado con las demás funciones agrupadas en el conmovere, el docere y el movere. Por lo tanto, la primera es la base imprescindible para las otras tres y debemos revalorizar el término del entretenimiento, o la diversión, no vinculándolo exclusivamente con la respuesta a una obra de carácter cómico.

El teatro, al igual que cualquier manifestación creativa, puede responder a la función del docere porque es capaz de transmitirnos información o conocimiento y, además, hacerlo de una manera entretenida gracias a los recursos empleados para responder a la función del delectare.

Nosotros en tanto que individuos aprendemos mediante la observación, la experiencia, el estudio…, pero también como parte de un público que asiste a una representación teatral. En el caso concreto de las seis obras vistas a lo largo del curso, aprendemos acerca de circunstancias históricas y sociales, valores e ideas de la época en que fueron concebidas, historias de la tradición cultural, leyendas, manifestaciones folklóricas, costumbres… El resultado enriquece nuestro bagaje de conocimientos mediante un aprendizaje satisfactorio que apenas supone un esfuerzo más allá de prestar atención para disfrutar.



La dama duende

Dado que las seis obras seleccionadas responden a la concepción azoriniana de los clásicos, este conocimiento derivado de las mismas guarda relación con nuestro presente. De manera casi inevitable, observaremos comportamientos, reacciones, sentimientos, emociones, reflexiones, discusiones… que en origen responden a un marco cultural alejado en el tiempo, el Siglo de Oro, pero que en lo fundamental mantienen su vigencia en el actual.

El requisito para enriquecer nuestro conocimiento o bagaje cultural con este docere es mantener una actitud reflexiva y crítica capaz de prescindir de lo circunstancial, aquello que solo forma parte de un determinado marco histórico o cultural, y centrar nuestra atención en lo fundamental o vigente por encima de los cambios derivados del paso del tiempo.

Así, cuando veamos, por ejemplo, una discusión sobre los efectos del amor como la planteada dramáticamente en La dama boba a partir del neoplatonismo, prescindiremos de algunos detalles que enmarcan la obra de Lope de Vega en la cultura del siglo XVII y buscaremos lo sustancial de esa discusión, que por su naturaleza universal todavía nos afecta como individuos del siglo XXI.

A pesar de que todo el teatro se representa en presente y ante un público coetáneo, con independencia de la fecha del texto original, el docere no debe limitarse a lo susceptible de interesarnos de cara a nuestro propio mundo. Frente a una cultura demasiado deudora del inmediato presente, una circunstancia que supone una verdadera limitación intelectual, una ficción como la teatral del siglo XVII nos invita a transgredir los límites de nuestra experiencia y a sumergirnos, aunque solo sea por curiosidad, en otra época. El docere no es una función que deba estar vinculada con la utilidad práctica del conocimiento. También permite que el mismo sea un correlato de una curiosidad intelectual desprovista de objetivos utilitaristas.

A lo largo del curso y como espectadores tenemos la oportunidad de conmovernos ante situaciones injustas o violentas como las representadas, por ejemplo, en El alcalde de Zalamea o Fuenteovejuna con un notable dramatismo. Vamos a ver auténticos abusos de un poder tiránico, violaciones de mujeres que nos recuerdan la existencia de la violencia de género en cualquier período del pasado, colectivos torturados por no someterse a una injusticia… y un conjunto de circunstancias que provocan la conmoción de un público dotado de un mínimo de sensibilidad.

Este conmovere refuerza nuestra participación, aunque solo sea anímica, en la representación y suele suponer el estímulo dramático o emocional para dar paso a la función crítica que sustenta el movere. Nosotros sentimos una conmoción, por ejemplo, ante el destino injusto y fatal del protagonista de El caballero de Olmedo de Lope de Vega. El trágico desenlace de la tragedia nos mueve a que, como ciudadanos, rechacemos comportamientos similares a los encarnados en quienes le asesinan por odio, celos, envidia y hasta una xenofobia muy localista. Es decir, sintamos la necesidad del movere.

Una representación completa el circuito de las funciones teatrales si nos deleita con el conjunto de las acciones y los protagonistas, nos enseña acerca de lo visto en el escenario, nos conmueve hasta el punto de hacernos participar más intensamente en el acto comunicativo que supone toda representación y, además, cuando salimos de la misma somos otros individuos algo mejores. Fundamentalmente, porque estamos satisfechos después de haber culminado nuestro deseo de entretenimiento, hemos aprendido acerca de lo que nos afecta o interesa y nos sentimos proclives a dar una respuesta, estimulada por lo representado, que sea capaz de ir más allá de un tiempo de ficción teatral.

Las seis obras seleccionadas en el programa de la asignatura completan este circuito porque, en diferentes proporciones, responden a las cuatro funciones expuestas con la utilización de los correspondientes infinitivos latinos. El delectare cobrará mayor protagonismo en La dama boba y La dama duende, dos comedias repletas de divertidas peripecias que buscan la sonrisa del espectador. El docere lo subrayaremos en un drama como El alcalde de Zalamea, de Calderón, que tanto nos enseña acerca de las relaciones entre los diferentes grupos sociales de la época y de los mismos con respecto a la monarquía absolutista. El conmovere cobrará un protagonismo especial ante el destino fatal de un protagonista, la violencia de un tirano y las injusticias representadas en El caballero de Olmedo y Fuenteovejuna. Finalmente, el movere será la consecuencia de una reflexión crítica que, por ejemplo, nos permita percibir la existencia en nuestra realidad cotidiana de «retablos de las maravillas» similares en lo fundamental al recreado en el homónimo entremés de Cervantes.

La prevalencia de una función teatral no supone necesariamente la desaparición de las demás. Las obras, según los géneros en que se encuadran, buscarán distintas prevalencias en las funciones, pero sin desechar por completo aquellas que puedan quedar relativamente relegadas. De ahí que, al iniciar nuestro acercamiento crítico a cada una de las seis vistas en el curso, debamos partir de los cuatro infinitivos latinos para valorar la presencia de las respectivas funciones y así empezar a caracterizar las obras para comprenderlas mejor. También para entretenernos con mayor fundamento.

martes, 3 de febrero de 2026

Carlos Hernández, periodista y escritor


 Carlos Hernández

Carlos Hernández de Miguel, periodista y escritor, acaba de fallecer a los 56 años víctima de una enfermedad. La noticia ha saltado a los medios de comunicación y a las redes sociales, donde los testimonios de condolencia abundan porque el especialista en temas relacionados con la memoria democrática ha dejado el recuerdo de una persona buena, amable y solidaria.

De la faceta periodística de Carlos Hernández, incluso como corresponsal de guerra en varios conflictos, poco puedo añadir a lo publicado cuando tantos compañeros le recuerdan. Mi relación con el fallecido se remonta a los tiempos en que escribió los primeros trabajos sobre los campos de concentración de Franco, que desembocarían en un imprescindible libro acerca de esta desconocida manifestación de la represión franquista editado en 2019.

Lo leí con la sorpresa de quien desconoce por completo un tema, a pesar de que esos campos fueron numerosos y constituyeron un eslabón fundamental del sistema represivo durante la Victoria. Carlos Hernández afrontó la tarea con enormes dificultades para romper el silencio mantenido sobre unos campos repartidos por toda la geografía nacional y en muchos aspectos similares a los del régimen nazi.

El franquismo ocultó esta trágica realidad con una eficacia verdaderamente notable y hasta consiguió que se dudara acerca de su existencia. La incansable labor de Carlos Hernández, que también trabajó sobre la presencia de españoles en Mauthasen, desveló las verdaderas dimensiones de esta represión padecida por decenas de miles de derrotados.

Desde entonces, y al estudiar los sumarios de los consejos de guerra de periodistas y escritores, fui encontrando referencias a los campos de concentración por los que pasaron algunos de los procesados. Siempre le informaba de lo localizado y, a menudo, le pregunté por nuevos datos para completar la trayectoria de las víctimas cuyo deambular de cárcel en cárcel también pasaba por algún campo de concentración.

Carlos Hernández siempre me contestó y ayudó, al igual que tantos compañeros a los que consulto para escribir mis trabajos. Ahora, por desgracia, solo me cabe lamentar su temprana muerte y manifestar el dolor por una pérdida igualmente sentida por tantos colegas del periodismo y la investigación histórica.

El trabajo de Carlos Hernández supone un eslabón de una cadena donde tantos otros colaboramos para desvelar la represión franquista durante la Victoria. La memoria de su afabilidad y solidaridad nos acompañará y, al mismo tiempo, será un estímulo para completar un trabajo siempre realizado con enormes dificultades. Nunca asustaron o desanimaron al fallecido. El mejor homenaje será continuar la labor emprendida con la misma generosidad ante las peticiones de ayuda de otros investigadores.

Pdta.: Carlos, antes de fallecer y conocedor de su inminente final, nos dejó una carta. Pocas veces la lectura de un texto me humedece los ojos. La despedida de Carlos es una de esas excepciones:

https://www.eldiario.es/sociedad/carta_129_12959795.html

Enlazo aquí una muestra del eco de su fallecimiento en los medios de comunicación:

https://elpais.com/espana/2026-02-03/muere-el-periodista-carlos-hernandez-que-investigo-los-campos-de-concentracion-del-franquismo.html




viernes, 30 de enero de 2026

Los matones también mueren


 Wild Bill Hickok

Las polémicas, al igual que las paellas, hay que dejarlas reposar para conocer el desenlace y la correspondiente enseñanza. Esta semana hemos asistido a una catarata de declaraciones desde que el novelista David Uclés manifestara su negativa a participar en unas jornadas organizadas por Arturo Pérez Reverte. Nada añadiré al respecto porque la hemeroteca está repleta de información y, leído lo fundamental, considero que lo mal planteado ha terminado con una anulación justificada. También intuyo que la ausencia de frenos ha permitido que los organizadores pisaran el acelerador hasta el punto de provocar una reacción que, catalizada por una figura emergente como David Uclés, ha cristalizado en una protesta como pocas veces había visto en torno a un debate.

El desigual enfrentamiento entre el autor de La península de las casas deshabitadas y el prolífico novelista, a la par que académico, me ha recordado un episodio de la magnífica película Litle Big Man (1970), de Arthur Penn. Las múltiples peripecias del centenario protagonista que interpreta Dustin Hoffman le llevan a conocer al pistolero Wild Bill Hickok (1837-1876) que hasta el día de su muerte portó dos colts plateados con empuñadura de marfil.

El pistolero era viejo porque llegar a los cuarenta en el salvaje Oeste tenía su mérito. El bigotudo, tras asesinar a más de veinte desgraciados, alardeaba de haber acabado con muchos más ante el corrillo de admiradores de una leyenda alimentada por sus propias mentiras. Así, entre ocurrencias de matón venido a menos por los achaques de la edad, el pistolero se ganaba la vida como jugador de póker siempre atento a la posibilidad de que alguien fuera más rápido desenfundando.

Wild Bill Hickok tomaba medidas para evitar un final antes de tiempo y todavía era de temer, a pesar de que la vista ya le fallaba por el tracoma. Un día otro jugador, cabreado por su chulería un tanto rácana, le asesinó de un tiro a bocajarro. Arthur Penn, que ya llegó al personaje histórico cuando era una leyenda, convirtió la venganza en un acto protagonizado por un niño, al que suponemos un futuro pistolero que moriría tan joven como Billy the Kid (1859-1881).



Billy the Kid

Wild Bill Hickok ni siquiera vio venir al chaval. Algo similar le ha sucedido a Arturo Pérez Reverte, acostumbrado a repartir mandobles verbales a diestro y siniestro, tenso a sus 74 años como quienes pusieron una pica en Flandes y despreocupado ante un declarado homosexual que luce boina, melena desordenada y maneras de buenismo. Un error, Arturo, porque los tiros mortales casi nunca son los previsibles.

Ahora, después de acusar al colega como ignorante, sectario e infantiloide, y cuando la excusa de las interrogantes la ha desmontado la prensa, Arturo Pérez Reverte alardea de llevar «muchos años de mili». Viejo, incluso viejuno, es el argumento de autoridad cuartelaria. Yo creía ingenuamente que el novelista era el Pirri de las letras, dispuesto a jugar duro en un partido amistoso e incapaz de alegar que el campo estaba embarrado como excusa de la derrota.

Lo peor de interpretar el personaje del duro, siempre dialéctico, es que nunca te puedes jubilar a tiempo. Mientras colegas como Antonio Muñoz Molina flojean al reconocer una depresión o citan a Epicuro para llevar una vejez soleada al modo de Manuel Vicent, Arturo debe ser hasta el final fiel a sus fieles, que son legión y de espíritu legionario.

La coherencia de un papel monocorde y previsible le lleva a una dureza que, superada una cierta edad, es patética como la de Wild Bill Hickok. Y termina mal, porque el abatido a traición nunca tendrá la oportunidad de pasar a mejor vida con un gesto de generosidad ante un personaje interpretado por Dustin Hoffman. La vida no depara estos detalles de los guionistas y, derrotado por un «chinche», conviene admitir que los muchos años de mili solo debieran ser el preámbulo de una retirada donde agrandar la leyenda mediante historias fabulosas.



La memoria del anciano Litle Big Man

Las huestes de Arturo Pérez Reverte son proclives a escuchar viejas batallas ganadas con la gallardía de un caballero español. La leyenda del invencible de los zascas y mandobles contra los flojos de espíritu debería continuar para quienes la disfrutan. Allá ellos, que nunca admitirán la posibilidad de un tiro salido del colt de un chaval. Nosotros, como la memoria del «pequeño gran hombre» interpretado por Dustin Hoffman, sabemos de esas paradojas de la vida y solo esperamos que el imberbe no acabe como Billy el Niño. Los matones, al fin y al cabo, también mueren y sin dejar un recuerdo de paz o tolerancia.


martes, 27 de enero de 2026

El homenaje por el cincuentenario de La Edad de Plata, de José-Carlos Mainer


 

Algunos libros resultan decisivos en nuestra trayectoria académica porque nos permiten conocer lo ignorado u observar lo ya abordado desde una nueva perspectiva crítica. Esos hitos de la lectura se reparten a lo largo de los años, incluso conviene que sigan presentes cuando se afronta la jubilación porque son síntoma de la permanencia de una imprescindible curiosidad intelectual. Perdida la misma, todo es tan inútil como repetitivo.

No obstante, esas lecturas iluminadoras resultan especialmente decisivas cuando tienen lugar en los primeros años de una trayectoria donde estar atento al trabajo ajeno, a su posible magisterio, es un requisito tan obvio que apenas merece ser recordado. También buscar un hueco propio a la luz de quienes nos preceden en la tarea académica.

A principios de los años ochenta, cuando era un becario predoctoral, tuve la ocasión de leer la segunda y ampliada edición de La Edad de Plata de José-Carlos Mainer por recomendación de mi profesor, y desde entonces compañero, Miguel Ángel Lozano, que en el curso 1973-74 había tenido la suerte de asistir como alumno del citado en la UAB a la génesis de un libro verdaderamente deslumbrante por múltiples razones.

La Edad de Plata es una referencia tan inexcusable para abordar la historia literaria del período 1902-1936 como compartida por numerosos colegas en un clima de práctica unanimidad, subrayada por el generalizado respeto y admiración a su autor. Llegado el cincuentenario de la primera edición, y de tantos hitos de la historia reciente, era de justicia reeditarlo con el mimo empleado por la editorial Taurus gracias a la ayuda de Jordi Gracia y Domingo Ródenas, catedráticos de la UB.

El pasado verano releí La Edad de Plata (véase la entrada en este blog del 5 de septiembre) y tuve la oportunidad de comprobar la frescura de sus aportaciones, que marcaron directrices para muchos otros trabajos capaces de ahondar en lo indicado con especial sagacidad por José-Carlos Mainer. Esa grata impresión la compartí con mis compañeros del Departamento de Filología Española y pronto surgió la iniciativa de organizar un modesto homenaje al autor y su más conocida obra.

La propuesta fue acogida por el Centro de Estudios Mario Benedetti y, una vez finalizadas las obras en el mismo, el homenaje tendrá lugar el próximo 9 de febrero. Damos aquí el cartel del acto y el enlace a la web del CEMAB donde aparecerá el programa de las intervenciones, con el compromiso de añadir también la correspondiente grabación del acto cuando esté disponible en esa web:

https://web.ua.es/es/centrobenedetti/

jueves, 22 de enero de 2026

El exilio republicano de 1939 y el interior

Anales de Literatura Española acaba de publicar su número 44, un monográfico sobre las relaciones entre el exilio republicano de 1939 y el interior realizado en colaboración con el grupo de investigación GEXEL, de la UAB, bajo la dirección de mi colega José Ramón López García:

https://ale.ua.es/

El trabajo de este monográfico se inició hace unos tres años y, al verlo culminado con novedades tecnológicas como una edición en formato XML para facilitar su difusión, tengo la satisfacción de haber saldado una deuda. Hasta ahora apenas había escrito sobre los exiliados republicanos de 1939, salvo el libro dedicado en 1995 a uno de ellos: Eduardo Ugarte, que acabó en Méjico como tantos intelectuales y creadores de aquella diáspora. También tengo un par de trabajos acerca del teatro de Max Aub, pero era consciente de mi escasa dedicación a la obra de estos exiliados. De ahí que por primera vez desde que soy director de la revista propusiera la realización de un monográfico, que tras la aprobación del consejo de redacción ha salido adelante gracias al trabajo de un grupo de investigación tan prestigioso como es el GEXEL

Las deudas saldadas nos tranquilizan cuando somos conscientes de estar en las últimas etapas del camino. En 2011, recién publicado Hojas volanderas, tuve la ocasión de conocer a Carlos Vega Vicente (1937-2025), catedrático emérito de la Universidad Politécnica de Madrid. Mi colega era hijo de Etelvino Vega Martínez, fusilado en Alicante en 1939, y de la traductora Isabel Vicente. Junto con su madre partió hacia la URSS y allí encontraron al periodista José Luis Salado. La relación entre este último e Isabel se deshizo con el paso del tiempo, pero Carlos siguió junto con quien protagonizó uno de los capítulos de mi citado libro. 

Gracias a su testimonio, tuve una información de primera mano y, cuando el 27 de noviembre de 2011 vino para asistir a un acto en homenaje a su padre y otros republicanos fusilados en Alicante, tuvo palabras de agradecimiento por haber sacado del olvido a José Luis Salado. Carlos regresó a España en 1978 y ahora, cuando he ayudado a los responsables de CEDRO para localizarle, me he enterado de su reciente fallecimiento. Solo me resta decirle un emocionado adiós y comprometerme a que José Luis Salado e Isabel Vicente no queden en el olvido, al igual que tantos «niños de Rusia» como el propio Carlos.


Antonio Gallego Carretero

Al mismo tiempo, ayer la UA hizo pública la donación del archivo familiar del periodista fusilado Antonio Gallego Carretero, a quien dediqué una entrada en este blog el pasado 14 de diciembre. Esta actuación ha sido posible gracias a su nieto José Miguel, que recogió el testigo de su padre para recordar al familiar trágicamente desaparecido. Anoche, cuando le comuniqué lo publicado por la UA y la prensa local, me mandó un email que terminaba así: «Gracias por ser 'la voz en el relato de la Historia' y ayudarme a encontrar la paz y el sosiego que tanto deseaba». 

Gracias a él y tantos otros descendientes de los periodistas y escritores represaliados, que con sus palabras me ayudan a proseguir en la tarea de investigación. La deuda ya es enorme y, preocupado por saldarla de forma completa, me he puesto en contacto con la Unidad de Derechos Humanos y Memoria Democrática de la Fiscalía General del Estado. La primera actuación fruto de esta relación tendrá lugar el próximo 16 de marzo en la Universidad de Alicante. Seguiremos informando.



 

martes, 20 de enero de 2026

Los verdugos y las víctimas, de Laurence Rees


 Laurence Rees

Un historiador debe ser consciente de sus limitaciones, de las propias y las circunstanciales. La tarea presupone delimitar la materia objeto de estudio, seleccionar los materiales accesibles y abarcar lo viable en un determinado marco temporal, sabiendo que por el camino quedarán pendientes objetivos cuya relevancia histórica es incuestionable.

La investigación sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores abarca un período concreto, desde 1939 hasta 1945, porque en el mismo se concentró la inmensa mayoría. Incluso podríamos haber sido más restrictivos, puesto que a partir de 1943 empiezan a ser casos aislados o derivados de actuaciones vinculadas con la posguerra. Esta delimitación deja fuera las actuaciones represivas, por la vía judicial o extrajudicial, que contra estos colectivos tuvieron lugar durante la guerra. No las ignoramos, pero están al margen de la materia seleccionada para la investigación.

Así resulta sorprendente la acusación, lanzada desde ámbitos ajenos a lo académico, de que solo nos ocupamos de víctimas relacionadas con el bando republicano. Desde el 1 de abril de 1939, todos los escritores y periodistas procesados forman parte de los vencidos. Algún caso aislado hay de figuras que anduvieron entre ambos bandos y, al final, corrieron una suerte similar. Sin embargo, es obvia la inexistencia de figuras de ambos colectivos que, siendo vencedores, sufrieran las consecuencias de un consejo de guerra.

Aquello que queda fuera de un objetivo de investigación trazado con coherencia no es ignorado. Simplemente se desecha, a estos efectos, tras la debida justificación, que debe estar presente en la exposición de los presupuestos de la investigación. El error puede estar en estos últimos, pero en tal caso habría que reconsiderarlos a la luz de una crítica acerca de su pertinencia y coherencia, no de los objetivos dejados al margen con los iniciales.

Ahora bien, hay materias cercanas a la del objetivo trazado que cuentan con una bibliografía cuya consulta ayuda a contextualizar nuestra aportación. Así, por ejemplo, cabe interesarse por lo sucedido con Pedro Muñoz Seca, José María Hinojosa, Alfonso Rodríguez Santamaría y otros hombres de letras que cayeron víctimas de la violencia republicana. Lo conozco gracias a diferentes trabajos consultados, pero sus casos quedan fuera del objetivo establecido sin que esta circunstancia suponga la negación de una evidencia.

De la misma manera, la España de 1939-1945 no fue una excepción en un contexto de violencia relacionada con la II Guerra Mundial. La bibliografía sobre la misma nada dice acerca de los consejos de guerra de periodistas y escritores españoles, pero nos permite entender numerosas circunstancias que forman parte de la relación entre verdugos y víctimas en un determinado marco histórico.

En la medida de mis posibilidades, procuro conocer las obras básicas acerca del tema para encontrar respuestas, enfoques y un contexto que ayuda a entender lo sucedido en nuestro país. El último título que he sumado a esta bibliografía, que a veces ni siquiera cito porque forma parte de mi formación para afrontar la tarea seleccionada, es Los verdugos y las víctimas (2008), del historiador británico Laurence Rees.




A la espera de leer En la mente nazi (2025), la labor de este prestigioso colega me ha permitido conocer una serie de testimonios fuera de mi alcance y dignos de una reflexión. Laurence Rees ha tenido la fortuna de trabajar como documentalista para la BBC y viajar por los más remotos lugares para analizar las causas de la violencia ejercida por quienes vivieron en estados totalitarios durante la II Guerra Mundial. El resultado es una bibliografía basada en testimonios excepcionales que vienen acompañados de una certera reflexión sobre su significado.

Gracias a libros como los citados, sabemos de los mecanismos mentales que operan en las víctimas, pero sobre todo descubrimos un terreno menos explorado: los presentes en la mente de los verdugos al cabo de los años, cuando se han integrado socialmente dejando atrás un período donde ejercieron una violencia a menudo terrorífica.

Laurence Rees ha sido tildado de pesimista por quienes conciben la historia como un ejercicio de consolación. El supuesto pesimismo es la voluntad de no disimular la realidad concreta observada con una cercanía que disipa cualquier ambigüedad. Vistos de cerca y al cabo de los años, los testimonios de los verdugos resultan demoledores por lo que protagonizaron. También por la incapacidad de esos sujetos para observarlo desde una perspectiva donde prevalezca el sentido crítico o el reconocimiento de la culpabilidad.

La memoria de los verdugos excepcionalmente accede a testimoniar su pasado. Uno de los requisitos es hacerlo desde un blindaje necesario para su propia supervivencia. El menor atisbo de culpabilidad reconocida, de arrepentimiento o asomo de la necesidad del perdón supone un riesgo para su presente e integridad mental, sobre todo cuando hablamos de una violencia extrema. De ahí que hablen, como excepción, pero desde el silencio de lo obviado, que el historiador debe suplir con el recurso de otras fuentes para el conocimiento del lector.

Laurence Rees nunca ha escrito sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores, pero me enseña a entenderlos porque en los mismos intervienen víctimas y verdugos. Solo cabe leer estos testimonios, sacar conclusiones y reflexionar sobre su posible aplicación al caso analizado.

En definitiva, si no escribimos sobre algunas víctimas o acerca de lo sucedido en otros países por aquellos años, no es una cuestión de ignorancia, sino de una obviedad apuntada al principio: nuestra tarea presupone delimitar la materia objeto de estudio, seleccionar los materiales accesibles y abarcar lo viable en un determinado marco temporal.

 


sábado, 17 de enero de 2026

Un recuerdo para Beatriz Ledesma


 Beatriz Ledesma,

La actriz, cantante y bailarina Beatriz Ledesma falleció el pasado día 5 en Altea a los 102 años. La vitoriana estaba retirada del mundo artístico desde 1956, cuando se casó en Benidorm con el ingeniero Maximiliano Vaello. Desde entonces llevaba una vida familiar en la capital del turismo y gozaba del respeto y el cariño de los suyos, al tiempo que del recuerdo por su etapa en los escenarios de los años cuarenta y cincuenta, cuando triunfó como Beatriz de Lenclós.

Al margen de su actividad artística, Beatriz Ledesma fue una pionera desde que en 1955 su novio y posterior marido la fotografiara en la playa de Benidorm luciendo unos elegantes dos piezas diseñados por Manuel Pertegaz y Cristóbal Balenciaga. Las fotografías ampliamente reproducidas muestran una bella mujer con unos modelos bastante alejados del por entonces lucido por Brigitte Bardot en la playa de Cannes (véase la entrada del pasado 29 de diciembre). Ella, en sus declaraciones al cabo de los años, nunca quiso que la identificaran con el bikini de la francesa recientemente fallecida, pero su gesto quedó para la historia en una España todavía pacata y cerrada.




El episodio lo relaté en mi libro De mentiras y franquistas (2020, pp. 73-132) relacionándolo con la leyenda del bikini en Benidorm que propagara el siempre hábil y ocurrente Pedro Zaragoza. Ahora, con motivo del fallecimiento de Beatriz de Ledesma, ha sido recordado por la prensa, no siempre con exactitud, y espero que sirva para testimoniar la trayectoria de una artista que triunfó y merece un recuerdo respetuoso.

Desde un punto de vista histórico, aquellas elegantes fotografías son una anécdota, pero gracias a gestos como el de Beatriz y Maximiliano poco a poco España empezó a abrirse a la modernidad. Quienes vivimos en un país que participa de la misma, a pesar de tantos intolerantes, solo debemos agradecer la independencia de los protagonistas de esos gestos, que ahora despiertan una sonrisa de cariño y respeto con la voluntad de mantener viva su memoria.