Varietés y república
miércoles, 20 de mayo de 2026
Un poeta en la historia, de Mario Amorós (y II)
domingo, 17 de mayo de 2026
Un poeta en la Historia, de Mario Amorós (I)
La Historia está en
permanente construcción. Sin necesidad de citar a los clásicos de la
historiografía moderna, quienes nos dedicamos profesionalmente a esta tarea
sabemos que nuestras aportaciones son un eslabón en una cadena donde otros
colegas pueden ampliar, refutar o confirmar lo establecido gracias a nuevos
documentos, testimonios o cualquier fuente hasta entonces desconocida.
Los consejos de guerra de
Miguel Hernández no constituyen una excepción en el propósito colectivo de
acercarnos lo más posible al conocimiento de lo sucedido. En 2022, con motivo
de la edición facsímil de los sumarios del poeta en colaboración con el
Ministerio de Defensa, tuve la oportunidad de estudiarlos en profundidad. La
investigación deparó novedades, que pronto fueron incorporadas a la biografía
de Miguel Hernández reeditada y ampliada por José Luis Vicente Ferris.
La tarea no estaba
concluida. Ahora, gracias a Un poeta en la Historia. Vida de Miguel
Hernández (Madrid, Akal, 2026), del periodista e historiador Mario Amorós,
conocemos mejor lo sucedido en aquella farsa jurídica. Su exhaustiva
investigación le ha permitido localizar documentación inédita o relevante en el
Fondo García Vergara, del Archivo Nacional de Chile, y en el Archivo General
Militar, de Ávila.
La biografía publicada
por Mario Amorós es ejemplar en varios aspectos y se suma a otras también
brillantes dedicadas a una apasionante e intensa trayectoria vital. Abajo
indico varios enlaces que ponen de manifiesto la calidad del trabajo realizado y,
en fechas posteriores, incorporaré los que vayan colaborando en la divulgación
de un libro imprescindible para cualquier interesado en la obra de Miguel
Hernández.
Al margen de agradecer el
interés del autor por la situación personal que sufro desde 2019, a raíz de
desvelar la identidad de quienes intervinieron en la instrucción del sumario
21001, hay en el libro de Mario Amorós una novedad que ratifica todavía más la
radical nulidad de aquellos procesos judiciales, según lo establecido por la vigente
Ley de Memoria Democrática de 2022.
Una vez condenado Miguel
Hernández a la pena de muerte y habiendo decidido las autoridades franquistas
no ejecutarla para evitar una repercusión internacional como la del asesinato
de García Lorca, el objetivo de quienes de una u otra manera pretendían aliviar
la situación del poeta era la conmutación de la citada pena por otra de treinta
años.
Lo fundamental de estas
gestiones nunca explicitadas en los sumarios lo conocíamos, pero Mario Amorós
revela más detalles y protagonistas gracias a la consulta del fondo depositado
en el Archivo Nacional de Chile y, por primera vez, analiza el proceso del
poeta a la luz de un documento del 4 de junio de 1940 firmado por el
Departamento de Asesoría y Justicia del Ministerio del Ejército. El mismo
admite literalmente que Miguel Hernández había sido condenado a muerte el 18 de
enero de ese año por «hechos» de «escasa trascendencia» y recomienda la citada
conmutación.
Las autoridades
militares, cinco meses después de la sentencia que condenó a muerte al poeta y
sin mediar ningún tipo de actuación judicial que completara lo instruido en el
Juzgado Militar de Prensa, reconocen la «escasa trascendencia» de lo probado en
el sumario 21001 para la posterior sentencia dictada en el consejo de guerra
presidido por el comandante Pablo Alfaro.
El nuevo ejemplo del omnipresente
derecho de autor en la jurisdicción militar de la época, para el cual lo
importante no son los actos probados sino la identidad del acusado, se suma al comportamiento
represivo de quienes condenaron al poeta a sabiendas de que lo instruido era de
«escasa trascendencia», al margen de cualquier discrepancia jurídica en la
valoración por parte del tribunal presidido por el comandante Pablo Alfaro.
El caso de Miguel
Hernández es uno más entre decenas de miles con similares características. Lo
conocemos ahora con lujo de detalle gracias a la nombradía del procesado, pero
lo sucedido en Madrid y Orihuela no supone una novedad a la luz de tantos otros
consejos de guerra como los de periodistas y escritores (consejosdeguerra.es).
Solo duele, y mucho, por el trágico final de un padre y esposo joven que
deseaba vivir. Así lo prueba la magnífica biografía de un Mario Amorós que,
como en anteriores ocasiones, demuestra su capacidad para llevar este género
por los cauces del rigor y la amenidad.
Enlaces:
https://www.elmundo.es/opinion/columnistas/2026/05/12/6a01df93e85eceb9278b459c.html
https://www.levante-emv.com/postdata/2026/05/15/nuevas-luces-poeta-esencial-130277377.html
https://www.publico.es/culturas/libros/documento-franquismo-admite-miguel-hernandez-condenado-muerte-hechos-escasa-trascendencia.htmljueves, 14 de mayo de 2026
El centenario de Rafael Azcona
En la primavera de 2005,
cuando estaba preparando la edición crítica de El pisito para la
editorial Cátedra, recuerdo que me llamó Rafael Azcona (1926-2008), a quien
había mandado el borrador de la introducción. Solo corrigió el dato sobre sus
estudios, pues me explicó que nunca pudo terminar el bachiller. Rafael fue una
de las personas más cultas que he conocido, pero su cultura rivalizaba con su
honestidad y no quería atribuirse títulos que quedaron fuera de sus
posibilidades en Logroño.
La otra preocupación
cuando me llamó era que el texto de la novela adaptada al cine por Marco
Ferreri no fuera el de la edición original, sino el revisado muchos años
después, cuando Rafael Azcona emprendió la tarea de reescribir toda su obra
literaria. Le aseguré que así sería y solo entonces descansó, pues pensaba que
el lector de una colección como Letras Hispánicas, de Cátedra, debía disponer
de un texto ajeno a las deficiencias de lo escrito deprisa pocos años después
de su llegada a Madrid en 1951.
Aquella edición formó
parte de la dedicación prestada al amigo que más he admirado desde que en 1999
tuve la oportunidad de conocerle para que su trayectoria apareciera en la
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, de la que yo era director adjunto por
entonces. A partir de esa fecha intercambiamos correos electrónicos, siempre
firmados por R., llamadas telefónicas y hasta encuentros inolvidables en Madrid
y Murcia. Siempre en torno a una mesa, bien servidos y disfrutando de una
conversación en la que procuraba callar para aprender más.
A partir de entonces, le
dediqué varios artículos en revistas académicas. Poco después de su
fallecimiento los recopilé en un volumen, La obra literaria de Rafael Azcona
(Universidad de Alicante, 2008), del que me siento orgulloso porque fue el
tributo a la memoria de un amigo. Algo similar sucedió cinco años después con Espíritu
de mambo (2013), dedicado a la memoria del actor Pepe Rubianes (1947-2009).
Ambos amigos me dieron la
oportunidad de disfrutar de lo que más agradezco: el humor. También me
aportaron otras muestras de su amistad, pero sus obras estaban repletas de un
humor, con notables diferencias en ambos casos, que trasladaban al plano personal.
Hablar con ellos era como estar en la pantalla de una película con guion de
Rafael Azcona o en el escenario donde Pepe Rubianes interpretó sus inolvidables
monólogos.
Ahora, con motivo del
centenario de Rafael Azcona y por invitación de Luis Alberto Cabezón, he vuelto
a trabajar sobre la obra literaria del guionista para publicar un artículo en
un monográfico de la revista Berceo.
La novela seleccionada es
Los ilusos, que apareció en 1958 con unas excelentes ilustraciones de
Antonio Mingote y Rafael Azcona reescribió durante su enfermedad terminal. La
nueva versión se la mandó al editor justo una semana antes de fallecer. Esta
circunstancia, la voluntad de trabajar para legar una obra cuando el autor sabía
que su final estaba cerca por culpa del cáncer, me llamó la atención y hasta me
parece digna de un novelista tan profesional como ejemplo de ética en su
escritura.
Los ilusos fue
escrita en apenas dos meses para una colección de humor que dirigía Fernando
Baeza, uno de los mejores amigos de Rafael Azcona. Así, deprisa por imperativos
económicos, debió trabajar quien pronto se decantó por el cine. Aquellas
novelas de sus inicios quedaron olvidadas, pero gracias a distintas iniciativas
editoriales el riojano tuvo la oportunidad de reescribirlas para que su legado
literario gozara de una dignidad denegada por las circunstancias de una España
que en algunos ámbitos todavía parecía la retratada por Cela en La colmena.
La voluntad de trabajo de
Rafael Azcona, por respeto a sus lectores y amigos, merece un recuerdo y un
análisis, que será mi modesta contribución al centenario del mejor guionista de
la historia del cine español y, sobre todo, un hombre honesto, humilde y
siempre dispuesto a participar en una tertulia donde sus palabras resultaban
sabias.
Pdta. En la entrada del pasado 30 de julio anunciaba que el blog había llegado a las 200.000 visualizaciones. Ayer, 17 de mayo, llegó a las 300.000 con un notable incremento a lo largo de estos últimos meses.
martes, 12 de mayo de 2026
La censura teatral en Radio Nacional de España
viernes, 8 de mayo de 2026
Francisco Colás, médico y periodista fusilado
Un investigador
universitario debe contar, para la correcta realización de sus actividades, con
una red de colaboradores que le ayuden o le informen de cualquier novedad en
los temas objeto de sus trabajos. Gracias a los muchos años de mi trayectoria
académica, esa red está muy tupida y a menudo recibo la ayuda de colegas
repartidos por diferentes universidades.
En fechas recientes, la
profesora María Asunción Castro Díez, de la UCLM, se puso en contacto conmigo
para solucionar un trámite. Gracias a los correos intercambiados, supe que
estaba dirigiendo el Trabajo Fin de Máster de la alumna Marina Muñoz Romero
sobre la trayectoria de Francisco Colas (1898-1939), médico, político y
periodista que fue fusilado el 5 de mayo de 1939 en Ciudad Real, la capital
donde había trabajado en la Beneficencia Municipal mientras dirigía Avance, el
periódico resultante de la incautación de otra cabecera de la capital manchega.
La detención tuvo lugar
el 5 de abril de 1939 y tan solo cinco días después ya estaba dictada la
sentencia, que contó con «el enterado» del general Franco el 26 del mismo mes.
Todo el proceso fue tan precario -bastaron con dos declaraciones acusatorias y
la recopilación de ejemplares del periódico que dirigió el acusado- como acelerado
hasta llegar al 5 de mayo cuando el teniente médico Francisco Vivanco Bergamín
certificó la identidad del fallecido, que tenía «una herida por arma de fuego
en región craneana».
Gracias a la
investigación de Marina Muñoz Romero, he tenido acceso al sumario n.º 23 del
AGHD, que fue instruido por el capitán Eduardo Aizpún Andueza con una rapidez
que estremece a la vista del desenlace. En fechas próximas, cuando el TFM de
Marina esté presentado, la joven investigadora redactará una entrada para este
blog donde sintetizará la trayectoria de Francisco Colas, que en parte ya
podemos conocer gracias al trabajo de Isidro Sánchez Sánchez en el Diccionario
biográfico de Castilla La Mancha.
Francisco Colas fue un
médico socialista procedente de una familia adinerada que compaginó el trabajo
en la Beneficencia Municipal con las tareas de propagandista y responsable de El
Pueblo Manchego y Avance. El sumario cuenta con varios ejemplares de
la primera cabecera y en los mismos aparecen las poesías firmadas por Roger de
Flor, un maestro y poeta que ya conocemos por anteriores entradas.
Jesús Merchén también fue
fusilado en Ciudad Real, su historia aparecerá en el tercer tomo dedicado a los
consejos de guerra, La colmena, que tendremos en las librerías antes de
finalizar el curso. Su compañero de fatigas periodísticas y políticas,
Francisco Colas, contará con un capítulo en el cuarto tomo, gracias a la
colaboración de una joven investigadora que nos ha permitido completar el hasta
ahora incompleto listado de los directores de periódicos republicanos que
fueron fusilados (consejosdeguerra.es).
martes, 5 de mayo de 2026
Hasta siempre, Sol
La periodista Soledad
Gallego-Díaz (1951-2026), la primera directora de El País, ha fallecido
tras culminar una dilatada y brillante trayectoria en el periodismo español. La
prensa de hoy aborda con amplitud la triste noticia y poco podría añadir a las
necrológicas o los perfiles humanos de una profesional que gozó del respeto y
el cariño de los colegas.
Hace apenas tres meses, y
gracias a la ayuda del novelista Sergio del Molino, pude entrar en contacto con
Sol. El motivo era conocer mejor la historia de su padre, José Gallego-Díaz Moreno, un
matemático con inquietudes literarias que fue procesado en un consejo de guerra
por los franquistas. Le pregunté sobre el correspondiente sumario, pero la
familia lo desconocía, así como otros pormenores de su trayectoria. Le dije que
lo digitalizaría para ponerlo a disposición de ella y sus hermanos. Así lo hice
y Sol me mandó un correo agradeciéndome la gestión.
El sumario de José
Gallego-Díaz Moreno ya lo tengo digitalizado gracias a la colaboración del AGHD, así como otros documentos de su padre, pero
por desgracia cuando se lo envié la enfermedad cortó la comunicación.
El documento aporta importantes novedades acerca de un matemático verdaderamente singular por múltiples motivos. Nunca las pude
comentar con una periodista que habría tenido la experiencia de una imprevista exclusiva
familiar.
La investigación iniciada
con la publicación de una entrada en este mismo blog el 13 de abril de 2026 ya está
prácticamente terminada y aparecerá en el cuarto tomo de los dedicados a los
consejos de guerra de periodistas y escritores. La enfermedad se ha interpuesto
y no podré compartir la tarea con Sol a la búsqueda de sus testimonios, pero la
culminaré en recuerdo de su padre y de ella misma, al tiempo que intentaré
localizar a sus hermanos para que la memoria familiar se vea completada con la
labor del historiador.
viernes, 1 de mayo de 2026
Manuel Chaves Nogales a la luz de los archivos
Hace unos meses, mientras
analizaba el sumario del consejo de guerra de José Robledano, encontré un
documento donde el secretario judicial transcribe un fragmento del libro de
actas de la Agrupación Profesional de Periodistas. La fecha de lo transcrito es
el 18 de octubre de 1936. El texto da cuenta de la participación de Manuel
Chaves Nogales en la defensa de la II República, llegando hasta el punto de
ofrecerse para desempeñar las funciones de comisario político.
El hallazgo me sorprendió
a la luz de lo escrito meses después en el célebre prólogo de A sangre y
fuego (1937), donde el periodista se considera posible víctima de ambos
bandos, viéndose obligado a salir de Madrid el mismo día en que el gobierno
partió hacia Valencia. La pregunta es obvia: ¿Cómo podía ser una víctima del
bando republicano quien se postula como comisario del mismo?
Desde entonces, intuyo
que la mayoría de los comentarios sobre el citado prólogo prescinde de la
documentación relacionada con el pasado inmediato del autor. Puestos a
disfrutar y hasta teorizar a partir de un texto tan brillante como los relatos
a los que precede, es más cómodo escribir sin pasar meses o años en los
archivos.
La comodidad también
supone libertad en este caso. Si la exégesis se limita al texto, prescindiendo
de una farragosa documentación, las posibilidades de ajustar la interpretación
a los propios intereses, o deseos, aumentan porque no pasan por la
justificación documental. Ni siquiera deben ser coherentes a la luz del
comportamiento del autor durante las semanas anteriores.
Semejante libertad resulta
cuestionable desde el punto de vista filológico e histórico. Como lectores,
podemos hacer uso de la misma para sacar conclusiones sin necesidad de enmarcar
el prólogo en su contexto histórico. El problema es que los filólogos y los
historiadores nunca debemos prescindir de la condición de lectores, pero
también somos investigadores capaces de indagar acerca de las claves del texto
analizado.
Al cabo de quince años
leyendo documentos relacionados con la Guerra Civil, desconfío de la
literalidad de los mismos. Sus autores estaban sujetos a tremendas presiones
(violencia, miedo, venganzas…) y, a menudo, esos textos son un instrumento para
seguir vivos o libres. También para justificarse y defenderse cuando el propio
comportamiento dista de ser heroico o ejemplar.
Manuel Chaves Nogales es
un excelente escritor y periodista. La lectura de sus obras fascina y sus artículos
destacan sobre tantos otros coyunturales y prescindibles. Sin embargo, el
andaluz también se vio sacudido por una guerra que puso a prueba la coherencia
de quienes la padecieron.
En la línea de lo expuesto
por Francisco Espinosa o José Luis García Martín, Manuel Chaves Nogales en el
prólogo de A sangre y fuego, convertido en un manifiesto de la tercera
España, procura justificar su decisión de abandonar el Madrid sitiado. El texto
merece una reflexión frente a tantos otros de carácter maniqueo, pero resulta
incoherente con aspectos destacados de su trayectoria durante los meses
anteriores, desde que en agosto de 1936 regresara a la capital procedente del
extranjero.
La investigación en los
archivos ya había dado frutos en este sentido. Ahora, gracias a Juan Carlos
Mateos, conocemos mejor lo sucedido en aquel Madrid, donde Manuel Chaves
Nogales nunca fue perseguido y aparecía como un defensor de la legalidad
republicana. Su condición de víctima es una suposición para igualar a ambos
bandos y justificar su marcha al exilio, donde fundamentalmente siguió siendo
un republicano, como prueban los relatos agrupados en Guerra total.
El historiador debe
comprender más que juzgar. Nunca condenaría al periodista por procurar salvarse
cuando el riesgo era máximo. Tampoco por permanecer lejos de Madrid y hasta de
España. Su decisión es comprensible y respetable, aunque no sea materia de
héroes, como algunos de los colegas que decidieron permanecer en la ciudad
sitiada
Ahora bien, deducir de
esa necesidad de justificación una teoría acerca de la tercera España me parece
un exceso, solo comprensible a la luz de la escasa frecuentación de los
archivos. No es el caso de Juan Carlos Mateos desde antes de 1996, cuando leyó
su monumental tesis doctoral ahora ampliada con nueva documentación.
Las relativas incoherencias
de la trayectoria de Manuel Chaves Nogales durante unos meses tan complejos,
donde otras incoherencias fueron frecuentes, no restan valor literario y
periodístico a su producción. La humanizan y aportan matices de complejidad,
que merece la pena indagar para huir de glorificaciones o mitos, que en un
contexto tan poco noble como el de la guerra suelen carecer de una base sólida.
A diferencia de Juan
Carlos Mateos, no observo una «ceremonia santificadora» (p. 27) ni el
neochavismo como una nueva «religión» (p. 57). Tal vez la clave de la
construcción de un mito en torno al periodista sea más sencilla, al margen de
sus indudables méritos como autor.
Los mitos se construyen a
base de simplificadas conclusiones tan reforzadas por la insistencia como
alejadas de su confrontación con una realidad como la archivística, siempre
compleja y repleta de dudas o circunstancias incompatibles con la mitificación.
La construcción de esos
mitos no solo es un trabajo menos gravoso. También resulta atractivo y agradecido
por los lectores, las editoriales y las instancias académicas. Manuel Chaves
Nogales estuvo por encima de la mayoría de sus colegas, pero hacerlo sobresalir
como un hito aislado facilita que los responsables de esa mitificación
sobresalgan a la par. Y mantengan una imagen patrimonial de lo construido.
La mesura no ha estado a
la altura de la exhaustividad documental en la investigación de Juan Carlos
Mateos. El capítulo comprendido entre las páginas 75-149 es prescindible porque
hay otras formas de defender las propias conclusiones. No obstante, me preocupa
la observación de algunos errores en la bibliografía universitaria sobre Manuel
Chaves Nogales. Lo mejor es corregirlos y, sobre todo, resituar al periodista
en un marco menos excepcional, pero más creíble. No perderá así su acrisolada brillantez
y dejará de ser motivo de especulaciones a veces interesadas.
Mientras tanto, la opción
más satisfactoria es leer con creciente interés relatos como los agrupados en Guerra
total (Renacimiento, 2026), la segunda parte de A sangre y fuego,
una obra imprescindible que comprenderemos mejor a la luz de la documentada
trayectoria de su autor. Manuel Chaves Nogales ni fue santo ni digno de una
mitificación, pero consiguió algo más valioso: dejarnos unos relatos que
invitan al disfrute y la reflexión, ahora más centrada gracias a un aporte
documental que merece ser tenido en cuenta.
Pdta.: Sobre esta
publicación, véase también la entrada dedicada el pasado 21 de abril por José
Luis García Martín en su blog Crisis de papel. Así como los comentarios
de quienes protagonizan un «duelo al sol» del que disfrutaré en fechas
próximas. Nada más apasionante que asistir a las polémicas donde se habla o
escribe con el acarreo de muchas lecturas.



