La trayectoria del cine
español abunda en historias que se cuentan una y otra vez sin apenas intención
de verificar su credibilidad. Suelen ser atractivas en todos los sentidos y,
ante un buen relato, parece que cualquier dato puede ser susceptible de
empeorar aquello que nos gusta o entretiene. La consecuencia es evidente: se
transmiten sin mediar una mínima investigación y, lo que es peor, aunque medie
y los historiadores las desmientan o maticen, se siguen contando dando lo
ficticio como verdadero. Resulta cómodo y hasta gratificante para quienes así proceden.
Desde hace años vengo
escuchando la historia de la relación entre los cineastas Antonio del Amo y
Rafael Gil durante la guerra y los años inmediatamente posteriores. Según la
misma, el primero salvó al segundo cuando fue detenido en el Madrid de 1937 y
condenado a muerte. A cambio, y por un gesto de solidaridad y agradecimiento basado en la
amistad, Rafael Gil intervino para salvar del paredón a Antonio del Amo, que
por su militancia comunista había sido condenado en un consejo de guerra.
Esta historia ejemplar,
tal y como se suele contar, parece inverosímil para aquellos que llevamos años
investigando la represión de la posguerra. Nunca me la he terminado de creer y
menos cuando, en un libro de conversaciones entre Antonio del Amo y Juan Julio Abajo
de Pablo publicado en 1998, el cineasta negara la intervención de Rafael Gil
para evitarle el paredón. Las alarmas saltaron entonces, porque esta
declaración era obviada por quienes siguieron repitiendo la historia con
inexactitudes que evidenciaban la presencia de lo ficticio.
Uno de los capítulos de Final
de trayecto, el cuarto y último volumen dedicado a los consejos de guerra
de periodistas y escritores, abordará la represión sufrida por los escritores
cinematográficos del período republicano. Algunos de ellos formaron parte del
GECI, Grupo de Escritores Cinematográficos Independientes, que tuvo diversas
iniciativas coincidiendo con la proliferación de revistas dedicadas al cine. En
esas cabeceras coincidieron Antonio del Amo, Rafael Gil y otros directores
luego vinculados con actividades cinematográficas durante la guerra, al cabo de
la cual vino la represión concentrada en dos figuras que tendrán capítulo
propio en el citado volumen: Florentino Hernández Girbal y Antonio del Amo.
El director que
terminaría triunfando popularmente con las películas protagonizadas por
Joselito entre 1939 y 1940 fue sometido a dos sumarios conservados en el
Archivo General e Histórico de Defensa: el 24557 y el 29399. Analizados ambos,
cabe contar aquella historia de manera bastante diferente a la luz de los
documentos sumariales.
Rafael Gil no fue
condenado a muerte, ni siquiera procesado, cuando intervino Antonio del Amo
para llevárselo en su equipo cinematográfico dedicado a la propaganda
republicana. Finalizada la guerra, la intervención del cineasta plenamente
integrado en el cine franquista no supuso una iniciativa individual -también participaron
Carlos Serrano de Osma, Antonio Román y Antonio Guzmán Merino, como antiguos
amigos de los tiempos del GECI- y solo tuvo lugar una vez condenado Antonio del
Amo a treinta años de una reclusión que le llevaría al penal de Ocaña. La fecha
de la sentencia es el 5 de febrero de 1940 y las cartas de los cineastas
llegaron al juzgado militar pocos días después, cuando solo restaba la
ratificación por parte del auditor.
Así podríamos ir
añadiendo otras inexactitudes de lo transmitido oralmente y con silencios
interesados de algunos de los protagonistas. La consiguiente investigación
requiere tiempo y consultas bibliográficas.
También el contacto con los herederos de ambos directores para esclarecer
algunos puntos. La tarea ya iniciada es compleja, pero creo que merece la pena realizarla
para contar esta historia de amistad y solidaridad a la luz de los documentos y
sin las adicciones de una transmisión oral bastante dada a la invención.


