Mi abuela Dolores
(1900-1975) cantaba mientras hacía las tareas domésticas. Y no
se le daba mal. Incluso salía airosa de la competencia vecinal. De hecho, el
patio interior del edificio era una radio con las sintonías simultáneas de
varias cadenas. Una vecina le daba a la copla, otra a la zarzuela y las
jóvenes, las menos, entonaban el último hit, aunque reducido al
estribillo sin completar una historia como las repetidas mil veces por las
madres y abuelas.
Los hombres no cantaban.
Al menos no los oíamos por el patio interior, salvo alguna que otra bronca de
voces cazalleras capaz de provocar la solidaridad de las demás vecinas: «Pobre
doña…, con lo buena mujer que es…». Y sufrida, porque las penas no impedían que
la señora, sacada de un sainete de los Álvarez Quintero,
volviera a cantar para alegría de quienes así comprobaban que la sangre no
había llegado al río.
El repertorio de mi
abuela era zarzuelero y memorizado con una precisión comprensible tras
décadas repitiendo las mismas romanzas y hasta dúos, pues era capaz de ser Mari
Pepa y Felipe mientras fregaba. Si por imperativo del directo debía interrumpir
aquellas historias de amor puro y correspondido, apenas importaba. Al cabo de
unos minutos, retomaba la interpretación allá donde la había dejado porque la
abuela era respetuosa con «el respetable» de la vecindad.
Dolores también fue joven
y hasta la llamarían Lola con permiso de Pepe, que era de la CNT, aunque serio en materia de amoríos. A los diez años, estas obviedades de la edad pasan
desapercibidas, pero por las noches, cuando nos quedábamos juntos
viendo una pequeña televisión en su habitación, me contaba historias de una
época remota y hasta me cantaba alguna canción de cuando festeaba con el abuelo
Pepe.
Así descubrí que se podía
ir «al Uruguay, guay» con una marcha contagiosa, lucir un pichi con gracia
arrabalera y, si el humor de un buen día lo permitía, hasta me cantaba las
andanzas de una pulga tan caprichosa como huidiza. Me reía con ella y como
colofón me preguntaba quién era mejor, Emiliano o Buscató, porque los nombres
de «los negritos» de las canchas nunca los aprendió.
Aquellas y otras
canciones quedaron en la memoria de un cancionero que por primera vez vi en
libro gracias a la recopilación del añorado Manuel Vázquez Montalbán. El autor
de tantas novelas y artículos que leí con interés de aprendiz me enseñó el
valor de lo popular y, aunque ante los compañeros nunca lo confesara, a veces
recordaba mejor un cuplé que un rock.
Así pasaron los años con
la memoria de lo escuchado en boca de mi abuela, que revitalizaba de vez en
cuando gracias a la complicidad de quien lleva conmigo más de medio siglo.
Hasta que descubrimos You Tube y en la intimidad, al margen de cualquier imperativo
de la moda, rememoramos una infancia donde tanta gente cantaba o escuchaba la
radio a todo volumen.
La memoria personal es la
base de muchas de las búsquedas emprendidas en los libros que he publicado. El
tiempo de la desmesura (2010) me permitió reencontrar algunas de las
canciones populares de la juventud de mi abuela, interpretadas por cupletistas
que con el paso de los años pasaron a ser tanguistas porque los tiempos de la
II República eran más atrevidos. Y hasta golfos, con el consiguiente «vicio y fornicio» sin el ocultamiento de antaño.
Aquel conato de libertad
y desmesura lo relaté centrándome en las historias de algunas mujeres del mundo del
espectáculo que apenas dejaron huellas para los investigadores. La tarea fue
compleja porque solo contaba con la hemeroteca, las páginas donde mejor se percibe el palpitar del período republicano, pero mereció la pena. El empeño casi fue en solitario, incluso a contracorriente, y ahora ha encontrado la continuidad en un sugerente
ensayo de Alfonso Domingo titulado Cabaret Iberia. Los golfos años 30 (Madrid,
Libros del K.O, 2025).
Alfonso Domingo es un veterano de mi
quinta, supongo que compartimos muchos recuerdos e intereses porque hemos coincidido en los
temas de otros libros y, al leer sus páginas, completo el conocimiento de una
época donde había jóvenes como mis abuelos dispuestos a cantar y disfrutar, que
de eso se trata. También otros adinerados personajes más dados al cabaret y las tanguistas en las noches de vicio y fornicio.
Los años golfos acabaron
pronto porque la verdadera golfería se oficializó. La casta zarzuela volvió a imponerse y, como mucho, asomó alguna revista apta para señoras y el cuplé gracias a Sarita Montiel. Pero imagino que, cuando nadie la oía salvo su nieto, mi abuela se divertía con canciones que reconocía «picantes» y ahora, convertidas en entrañables, las califico como sicalípticas
porque de la memoria he pasado a la historia.
Por eso las cito en
varios de mis libros, así como a sus autores, algunos de los cuales pasaron por
el mal trago de los consejos de guerra. De aquellas mujeres que las cantaron
poco ha quedado porque la mayoría no compartió el estrellato al modo de Celia Gámez o Conchita Piquer. Solo conservo algunas sicalípticas fotos que rescaté en este mismo blog,
cuando justificó el título de Varietés y República, y la memoria de
quienes fueron jóvenes en unos años «golfos» donde hubo una apuesta colectiva por la modernidad.
Ser un golfo, en el buen
sentido del término, porque hasta Raphael lo era cuando en la carátula de los discos lucía melena sin necesidad de cardarla, supone un privilegio del
espíritu de quienes prefieren reír antes que odiar. Tal vez porque este último es un empeño
de avinagrados incapaces de envejecer en paz. Les recuerdo, a los golfos de otras épocas, rescato sus voces sin disimular sus contradicciones o errores y con esos golfos, claro está,
me voy «al Uruguay, guay», o a donde sea para alejarme de tanto odio cazallero, aunque la sangre no llegue al río de una cotidianidad donde ser malote está de moda.












