domingo, 22 de marzo de 2026

Fuente Ovejuna, de Lope de Vega. H.ª del teatro del Siglo de Oro (13)


 

Fuente Ovejuna, de Lope de Vega, es un clásico reciente. La paradójica circunstancia en una obra editada en 1619 se justifica por la evolución del canon relacionado con el teatro del Siglo de Oro. Al margen de la edición en la Docena parte de las comedias de Lope de Vega (Madrid, 1619), poco más sabemos acerca de la recepción que en su momento tuvo la obra. En cualquier caso, no figura entre las que gozaron del éxito en los corrales de comedias, donde su presencia habría resultado compleja y hasta lindante con los «temas horrorosos» cuyo tratamiento desaconsejó el propio autor para procurar el favor del público.

La presencia de Lope de Vega en los escenarios españoles del siglo XVIII dista mucho de la de un autor considerado como clásico, a diferencia de lo sucedido con Calderón de la Barca, cuyo teatro volvió a centrar la atención de los literatos y hasta del público gracias a su recuperación por parte de un Romanticismo que tuvo en Alemania a los más destacados admiradores del dramaturgo.

Así, durante tres siglos, Fuente Ovejuna fue un drama prácticamente desconocido más allá de los círculos eruditos, con escasas y aisladas ediciones y, desde luego, sin una presencia en los escenarios. La situación cambia radicalmente durante las tres primeras décadas del siglo XX, durante las cuales se suceden las ediciones, las traducciones y las puestas en escena, tanto en España como en otros países europeos, destacando en este último ámbito la de 1918 en Moscú.

La celebración en 1935 del tercer centenario del fallecimiento de Lope de Vega tuvo lugar cuando Fuente Ovejuna ya se había incorporado al canon de los clásicos teatrales, aunque con un llamativo retraso. «Después de haber sido durante cerca de tres siglos una obra completamente olvidada por editores, profesionales del teatro e incluso críticos especializados, en un tiempo de tan solo veinte o treinta años, a principios del siglo pasado, Fuente Ovejuna pasó de ser una mera reliquia del teatro antiguo español a estar situada a la altura de las mejores páginas de Cicerón, Dante, Goethe, Hugo, Shakespeare…» (José Enrique López Martínez).

Durante la II República, y gracias a puestas en escena tan innovadoras como las de García Lorca con La Barraca (1933) y la dirigida por Cipriano de Rivas Cherif (1935), la obra de Lope de Vega se convirtió en un clásico que suscitó tanto interés como controversia por las lecturas ideológicas de un texto adaptado a las circunstancias de aquel presente. La eliminación de los reyes en el desenlace, dando mayor realce y carácter independiente a la victoria del pueblo sublevado contra el tirano, es un ejemplo de esa voluntad de convertir el texto de 1619 en otro válido para el presente de las representaciones.

Así llegamos al Madrid de la Guerra Civil, donde la actividad teatral continuó a pesar del sitio de las tropas del general Franco desde noviembre de 1936 y los continuos bombardeos. En ese contexto tan especial, las autoridades republicanas propiciaron el estreno de dos clásicos ajustados a las circunstancias del público: la Numancia, de Cervantes, como ejemplo paradigmático de la voluntad de resistir el ataque del enemigo, y Fuente Ovejuna, considerada el referente teatral de un pueblo dispuesto a rebelarse contra la tiranía de un déspota.

La tarea relacionada con el texto de Lope de Vega fue encomendada a Diego San José, cuya versión, bastante respetuosa con el original, fue estrenada el 6 de enero de 1938 en el Teatro Español de Madrid. El éxito de público y crítica permitió que las representaciones alcanzaran hasta el mes de abril, trasladándose después a Barcelona y Valencia. Sin duda alguna, Fuente Ovejuna fue uno de los más destacados logros del teatro impulsado por el bando republicano durante la Guerra Civil.

Diego San José solo aligeró el texto de Lope de Vega, al igual que se ha hecho en todas las puestas en escena desde principios del siglo XX, simplificó algunos momentos secundarios de la trama argumental y añadió, tras el desenlace con la presencia de los monarcas, un par de décimas donde vinculaba lo visto en la escena con la actualidad de un Madrid sitiado por las tropas del general Franco.

A pesar del respeto a la obra de Lope de Vega, en el sumario del consejo de guerra seguido contra Diego San José comprobamos que esta versión, conservada ahora en el archivo familiar, fue uno de los motivos de su condena a muerte tras la instrucción en el Juzgado Militar de Prensa. Así lo explicamos en Nos vemos en Chicote (2015) y en la edición de las memorias del autor: De cárcel en cárcel (2016). Posteriormente, mi colega Fernando Doménech Rico abordó el proceso judicial en Javier Huerta Calvo (ed.), Fuente Ovejuna (1619-2019). Pervivencia de un mito universal, pp. 93-110.

La utilización de un texto versionado de Lope de Vega para la acusación que acabó con una condena a la pena de muerte, posteriormente conmutada por otra de treinta años, todavía resulta más insólita si observamos que en 1938 Fuente Ovejuna también fue representada en Cádiz por un grupo del TEU bajo el auspicio de las autoridades franquistas y con la defensa explícita de José María Pemán. Por otra parte, el texto de Lope de Vega, versionado por Ernesto Giménez Caballero, volvería a los escenarios de la posguerra, aunque esta vez con una impronta acorde con la ideología de la dictadura.




El caso de Fuente Ovejuna cabe considerarlo como especial por las circunstancias históricas que se dieron durante su incorporación al canon del teatro del Siglo de Oro. Desde el principio de las clases, vengo insistiendo en que, con independencia de la fecha del texto original, las representaciones teatrales siempre se dan en un tiempo presente y deben conectar con un público que no precisa conocer el pasado de la obra. Este requisito puede deparar lecturas y versiones más o menos respetuosas con la voluntad del dramaturgo, si es que la acertamos a conocer, pero en cualquier caso supone una actividad de los responsables de la puesta en escena tan legítima como sujeta a debate.

Lope de Vega no pensó en una revolución como la soviética, en la España de la Guerra Civil o en la del general Franco, aunque Fuente Ovejuna en la misma fuera representada con un decorado presidido por los símbolos de la dictadura. Los historiadores del teatro deben atender a estas circunstancias para valorar la recepción a lo largo del tiempo de una obra convertida en un clásico y, como tal, sujeta a múltiples lecturas que evolucionan al compás de los tiempos. Sin embargo, como filólogos, debemos procurar una comprensión del texto -sin versiones ulteriores- lo más ajustada a la voluntad del autor y acorde con su contexto original.




Lope de Vega es consciente de la necesidad de mantener la atención del público a lo largo de la representación. Para alcanzar este objetivo presente en el Arte nuevo de hacer comedias… utiliza un caso particular de fácil comprensión e inmediata identificación por parte de los espectadores: el de los amores con voluntad matrimonial entre los aldeanos Laurencia y Frondoso.

El poeta dramático selecciona este recurso temático sabedor de que, por la presencia de un tercero en discordia -el Comendador- con la pretensión de romper la armonía amorosa para satisfacer un deseo lascivo, el mismo supone un conflicto de probado interés para cualquier espectador por ser un caso relacionado con la honra. Así lo reconocerá Lope de Vega en el Arte nuevo de hacer comedias…

No habría ocurrido igual si el poeta dramático solo hubiera presentado un conflicto de carácter histórico como el que también se desarrolla paralelamente en Fuente Ovejuna desde la primera escena, cuando el comendador se opone a la reina Isabel e intenta arrastrar al maestre de la Orden de Calatrava en las luchas por la sucesión en el trono. Este conflicto supone un marco histórico de indudable importancia y que termina de caracterizar a los protagonistas, pero queda subordinado al caso de honra en la atención del público.

Al igual que en tantas otras comedias lopescas donde lo fundamental del concepto platónico del buen amor está presente, en Fuente Ovejuna encontramos una relación amorosa presidida por la armoniosa virtud entre iguales frente a la pasión desatada que, además, se da con abuso de poder por parte del lascivo amante.

La primera relación la protagonizan Laurencia y Frondoso como representantes de la «aldea» frente a la «corte» -una contraposición habitual en el teatro y la literatura de la época-, siempre se desarrolla en un marco tan casto como virtuoso encaminado al fin matrimonial y goza de la aceptación del pueblo de Fuente Ovejuna. También del público, inevitablemente identificado con esta pareja.

Sin embargo, el comendador, al igual que el don Rodrigo de El caballero de Olmedo, es un personaje soberbio y violento que considera a Laurencia como una posesión material por ser una de sus vasallas. Así, la intenta hacer suya en contra de la voluntad de la aldeana, que como hija del alcalde ejemplifica la virtud y el honor mancillado en contraste con otras jóvenes de Fuente Ovejuna.

El conflicto de este triángulo de personajes resulta inevitable y tiene su primer punto de inflexión en la escena donde el comendador intenta abusar de Laurencia. Frondoso, armado con la ballesta del primero, lo impide siendo consciente de su osadía y provocando la ira de quien asimila a las mujeres con los animales que caza. A partir de ese momento, final de la primera jornada, la venganza del afrentado comendador será inexorable con el consiguiente aumento de la tensión dramática en momentos como la boda de los amantes aldeanos, interrumpida por el comendador y sus secuaces.

Laurencia acabará padeciendo esa venganza cuando finalmente es raptada por el comendador y al huir, tan desesperada como humillada, en un célebre monólogo clama por la respuesta violenta del pueblo frente a la tiranía de quien ha roto el principio del decoro que le obligaba a proteger a la población de Fuente Ovejuna.

Laurencia no es la primera mujer que padece los abusos, pero es la hija del alcalde y la gota que colma el vaso para justificar la rebelión del pueblo, cuyo alcalde ha visto rota la vara de mando por parte del comendador en una escena igualmente clave para entender la escalonada justificación de la respuesta popular.

Al contemplar a Laurencia en su desesperación, los espectadores sabemos del conmovere, y ella misma hace explícita la necesidad del movere, que a continuación provocará la unánime rebelión popular contra el tirano. La respuesta goza de nuestra complicidad. Así nos sentimos parte del héroe colectivo de Fuente Ovejuna, porque somos conscientes de su motivación convenientemente expuesta a lo largo de las escenas anteriores.

Desde el inicio de la obra sabemos que el comportamiento del comendador, dispuesto a influir negativamente en el maestre de la Orden de Calatrava para preservar sus intereses al servicio de una reina foránea que se opone a Isabel la Católica, resulta impropio del principio del decoro y merece el correspondiente castigo de la justicia poética.

Sin embargo, la rebelión popular de sus vasallos debe ser justificada como el último e inevitable recurso tras una continuada sucesión de abusos o menosprecios por parte de quien, según el principio del decoro, está obligado a proteger al pueblo de Fuente Ovejuna. No lo cumple y el comendador parece abocado al castigo, que será tan violento como sus propias acciones.

Lope de Vega no presenta a un pueblo levantisco, sino a uno fiel a su comendador, a quien en la primera jornada recibe con agasajos en prueba de su fidelidad. Esta relación de vasallaje no acarrea la debida respuesta por parte del comendador, que menosprecia al pueblo y a su alcalde porque considera el honor como privativo de la nobleza frente a una idea recurrente en el teatro de Lope de Vega: el honor como deudor de los hechos del individuo, no hereditario por el nacimiento en un determinado grupo social.

Fruto de esta actitud siempre descalificada por Lope de Vega y otros poetas dramáticos de la época, el comendador abusa del pueblo en colaboración con sus servidores y, ciego por su pasión sexual o lascivia, no duda en cometer una violación que supone un definitivo punto de inflexión a partir del cual la reacción popular queda justificada.

El poeta dramático sabe que la puesta en escena de cualquier rebelión popular contra un representante del poder supone un conflicto susceptible de ser censurado en un teatro tan controlado desde las instancias oficiales como era el del Siglo de Oro. La precaución en la elección de los temas supone un requisito también presente en un Arte nuevo de hacer comedias…

De ahí, la escalonada argumentación y justificación de un proceso que desemboca en lo inevitable: el ajusticiamiento del comendador. Los habitantes de Fuente Ovejuna son empujados a la rebelión por la continuada actitud tiránica del comendador y, además, solo la emprenden en nombre de una autoridad superior: la de los Reyes Católicos. Al final, y como triunfadores en la paralela acción histórica, Isabel y Fernando ejercerán la justicia poética de acuerdo con lo habitual en el teatro de la época.

El maestre de la Orden de Calatrava, joven e inexperto para exculparle de cualquier responsabilidad, admite el error de haber confiado en el comendador desde la primera escena y se libra del consiguiente castigo. Así Lope de Vega evita cualquier crítica negativa a toda la orden militar, pues la responsabilidad solo es del individuo, el comendador, que no cumple con sus obligaciones.

Los triunfantes Reyes Católicos, que simbolizan el paso a la nueva fase histórica de la monarquía todavía imperante en el siglo XVII, reaccionan airadamente cuando conocen la ejecución del comendador a manos del pueblo y mandan un pesquisidor para que haga justicia castigando a los responsables. El dramatismo del momento es notable y sucede a la momentánea alegría de quienes, aliviados, también se sienten triunfadores tras haberse librado del comendador.

Sin embargo, la conocida solidaridad de los habitantes de Fuente Ovejuna -el público es consciente de que todos actuarán «a una» llegado el momento- dificultará este empeño de los reyes, pues los enviados a la localidad cordobesa no pueden ejecutar a un pueblo y menos después de haber actuado en nombre de los Reyes Católicos. De ahí su forzado perdón, que redunda en una glorificación del papel ejercido por los magnánimos monarcas, ante cuya autoridad caen rendidos los habitantes del pueblo andaluz.

Los reyes ejercen una autoridad propia de su triunfo en la lucha sucesoria que se desarrolla como trasfondo histórico de la comedia. La victoria de los monarcas también es posible por la rebelión popular de Fuente Ovejuna, gracias a la cual Isabel y Fernando se han desprendido de un enemigo personal e histórico que representa al caduco feudalismo.

Al mismo tiempo, los reyes han sellado una relación de dependencia admitida por el pueblo y pronto convertida en la base de la monarquía absoluta. Nunca debemos olvidar, como subraya Juan María Marín en su edición crítica (Cátedra), que el conflicto de la obra con su base histórica se sitúa en el siglo XV, aunque visto desde la perspectiva del XVII y a mayor gloria de la monarquía coetánea a Lope de Vega.




Por lo tanto, nos encontramos ante una rebelión solidaria y popular contra un tirano que responde a una motivación de fácil comprensión para el público conmovido por la suerte de Laurencia y Frondoso. También del menospreciado alcalde, una figura clave en las discusiones acerca del honor como veremos más adelante en el teatro de Calderón de la Barca. Y hasta del azotado Mengo, el imprescindible gracioso de la comedia, que supera la habitual cobardía del tipo gracias al sentimiento solidario con el resto del pueblo.

No obstante, los habitantes de Fuente Ovejuna emprenden esa rebelión en nombre de los monarcas y para quedar finalmente sometidos a su autoridad, que por respetar el principio del decoro y cumplir con sus deberes queda resaltada en un papel que, no lo olvidemos, explica el paso de una situación histórica propia del feudalismo a otra donde el eje del poder recae en una monarquía absoluta.

La idea central de la comedia es coherente con el teatro de Lope de Vega, donde no hay sistema político superior al monárquico. Gracias al mismo, está garantizada la justicia, el orden y la armonía social. Y fuera de él, todo es inestabilidad y caos porque al margen de los reyes no hay salvación. Su jurisdicción es sinónimo de paz, justicia, orden y concordia. La autoridad de los monarcas borra los riesgos de injustas situaciones feudales como la protagonizada por el comendador.

Gracias a una coherente y justificada evolución de la trama argumental, el plano de lo individual relacionado con los amores de Laurencia y Frondoso queda finalmente vinculado con otro colectivo e histórico, donde un pueblo se rebela contra el representante del poder para establecer una alianza con respecto a otro poder, el de la monarquía, que resulta reforzado tras ejercer decorosamente su autoridad.

No obstante, la impronta resultante en el público de cualquier época, menos sutil a la hora de interpretar lo representado y alejado del marco histórico donde escribe Lope de Vega, es la rebelión de un héroe colectivo -véase la enlazada conferencia de Javier Huerta- frente a la tiranía de un déspota. De ahí su interés para dramaturgos como Federico García Lorca, Cipriano de Rivas Cherif, Diego San José y tantos otros que posteriormente han repuesto este clásico reciente del Siglo de Oro.

 

viernes, 20 de marzo de 2026

Anales de Literatura Española en Diamond Discovery Hub


La Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), tras la correspondiente verificación, nos ha comunicado que Anales de Literatura Española ha pasado a estar integrada en Diamond Discovery Hub (DDH), una prestigiosa plataforma internacional que recopila las revistas que operan bajo el modelo de Acceso Abierto Diamante (Diamond OA) y que cumplen los seis criterios fundamentales:

- Identificación persistente.
- Naturaleza académica de la revista.
- Acceso abierto con licencias abiertas.
- Ausencia de tasas para autores y lectores.
- Apertura a todos los lectores.
- Gobernanza y propiedad comunitaria.

La apuesta por una revista al servicio de la ciencia abierta y pública, frente a las «revistas depredadoras» que solo buscan el beneficio económico, se ha visto así recompensada con este reconocimiento oficial. El equipo editorial también formado por los profesores Davide Mombelli y Laura Palomo seguirá por el mismo camino, que está dando unos excelentes resultados en lo relacionado con la difusión gracias a la innovación añadida con el último número: la edición en HTML.


martes, 17 de marzo de 2026

El fiscal Óscar Presa en la Universidad de Alicante


 

El pasado mes de diciembre entré en contacto con Óscar Presa González, fiscal delegado en Alicante de Derechos Humanos y Memoria Democrática. El objetivo era poner a disposición de la fiscalía los libros ya publicados sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores durante el período 1939-1945. Así lo hice y, cuando la ingente tarea emprendida por el fiscal lo permita, se verá la fórmula oportuna para que los descendientes de las víctimas procesadas en esos consejos de guerra pueden tener el reconocimiento como tales y la debida reparación.

Asimismo, y de acuerdo con las autoridades académicas, propuse a Óscar Presa González la organización de un acto público en colaboración con la Comisión Cívica de Alicante para la Recuperación de la Memoria Histórica. El mismo tuvo lugar ayer en la sede de la Universidad de Alicante y contó con la presencia de un numeroso público interesado en conocer las acciones emprendidas por el fiscal a partir de su nombramiento en 2024.




La Ley de Memoria Democrática es objeto de controversias, pero pocos de quienes participan en las mismas la conocen por haberla leído. La consecuencia es un debate sobre opiniones, casi siempre apriorísticas por intereses políticos, y no acerca del texto legal, cuyo articulado apenas responde a algunas valoraciones que circulan por los medios de comunicación.

Frente a esa desinformación y conscientes de que cualquier norma legal requiere de una pedagogía para su correcta aplicación, la Universidad de Alicante acogió la conferencia del fiscal para dar cuenta de las tareas realizadas, trazar objetivos y responder a las dudas o peticiones de quienes asistieron al acto por su directa vinculación con lo que representa la Memoria Democrática.

Más allá de la información facilitada, que resultó clarificadora, la intervención de Óscar Presa González subrayó su voluntad de trabajar para que la Fiscalía de Derechos Humanos y Memoria Democrática sea un servicio público dispuesto a colaborar con la ciudadanía interesada por estos temas. Así lo expuso tanto en su conferencia como en las declaraciones a los medios de comunicación con motivo de la misma. Solo nos resta agradecerle la labor realizada con la confianza en que esta relación de colaboración continuará en el futuro.

Pdta.:

El fiscal fue entrevistado por la Cadena Ser y el diario Información:

https://www.informacion.es/alicante/2026/03/17/fiscalia-investiga-14-casos-bebes-robados-franquismo-alicante-128051588.html

https://www.informacion.es/sucesos/tribunales/2026/03/21/alicante-exhumaciones-crimenes-durante-franquismo-128209591.html

https://cadenaser.com/comunitat-valenciana/2026/03/16/la-fiscalia-de-memoria-abre-expediente-al-ayuntamiento-de-alicante-por-mantener-el-catafalco-de-jose-antonio-primo-de-rivera-radio-alicante/

El acto fue retransmitido y grabado. Cuando la grabación esté disponible en la web de la Sede de la UA, facilitaremos el correspondiente enlace.

https://web.ua.es/es/sedealicante/retransmisiones-de-actos/2025-2026/conferencia-la-fiscalia-de-derechos-humanos-y-memoria-democratica.-marco-normativo-y-funciones.html

sábado, 14 de marzo de 2026

Cabaret Iberia, los golfos años 30


 

Mi abuela Dolores (1900-1975) cantaba mientras hacía las tareas domésticas. Y no se le daba mal. Incluso salía airosa de la competencia vecinal. De hecho, el patio interior del edificio era una radio con las sintonías simultáneas de varias cadenas. Una vecina le daba a la copla, otra a la zarzuela y las jóvenes, las menos, entonaban el último hit, aunque reducido al estribillo sin completar una historia como las repetidas mil veces por las madres y abuelas.

Los hombres no cantaban. Al menos no los oíamos por el patio interior, salvo alguna que otra bronca de voces cazalleras capaz de provocar la solidaridad de las demás vecinas: «Pobre doña…, con lo buena mujer que es…». Y sufrida, porque las penas no impedían que la señora, sacada de un sainete de los Álvarez Quintero, volviera a cantar para alegría de quienes así comprobaban que la sangre no había llegado al río.

El repertorio de mi abuela era zarzuelero y memorizado con una precisión comprensible tras décadas repitiendo las mismas romanzas y hasta dúos, pues era capaz de ser Mari Pepa y Felipe mientras fregaba. Si por imperativo del directo debía interrumpir aquellas historias de amor puro y correspondido, apenas importaba. Al cabo de unos minutos, retomaba la interpretación allá donde la había dejado porque la abuela era respetuosa con «el respetable» de la vecindad.

Dolores también fue joven y hasta la llamarían Lola con permiso de Pepe, que era de la CNT, aunque serio en materia de amoríos. A los diez años, estas obviedades de la edad pasan desapercibidas, pero por las noches, cuando nos quedábamos juntos viendo una pequeña televisión en su habitación, me contaba historias de una época remota y hasta me cantaba alguna canción de cuando festeaba con el abuelo Pepe.

Así descubrí que se podía ir «al Uruguay, guay» con una marcha contagiosa, lucir un pichi con gracia arrabalera y, si el humor de un buen día lo permitía, hasta me cantaba las andanzas de una pulga tan caprichosa como huidiza. Me reía con ella y como colofón me preguntaba quién era mejor, Emiliano o Buscató, porque los nombres de «los negritos» de las canchas nunca los aprendió.

Aquellas y otras canciones quedaron en la memoria de un cancionero que por primera vez vi en libro gracias a la recopilación del añorado Manuel Vázquez Montalbán. El autor de tantas novelas y artículos que leí con interés de aprendiz me enseñó el valor de lo popular y, aunque ante los compañeros nunca lo confesara, a veces recordaba mejor un cuplé que un rock.

Así pasaron los años con la memoria de lo escuchado en boca de mi abuela, que revitalizaba de vez en cuando gracias a la complicidad de quien lleva conmigo más de medio siglo. Hasta que descubrimos You Tube y en la intimidad, al margen de cualquier imperativo de la moda, rememoramos una infancia donde tanta gente cantaba o escuchaba la radio a todo volumen.




La memoria personal es la base de muchas de las búsquedas emprendidas en los libros que he publicado. El tiempo de la desmesura (2010) me permitió reencontrar algunas de las canciones populares de la juventud de mi abuela, interpretadas por cupletistas que con el paso de los años pasaron a ser tanguistas porque los tiempos de la II República eran más atrevidos. Y hasta golfos, con el consiguiente «vicio y fornicio» sin el ocultamiento de antaño.

Aquel conato de libertad y desmesura lo relaté centrándome en las historias de algunas mujeres del mundo del espectáculo que apenas dejaron huellas para los investigadores. La tarea fue compleja porque solo contaba con la hemeroteca, las páginas donde mejor se percibe el palpitar del período republicano, pero mereció la pena. El empeño casi fue en solitario, incluso a contracorriente, y ahora ha encontrado la continuidad en un sugerente ensayo de Alfonso Domingo titulado Cabaret Iberia. Los golfos años 30 (Madrid, Libros del K.O, 2025).




Alfonso Domingo es un veterano de mi quinta, supongo que compartimos muchos recuerdos e intereses porque hemos coincidido en los temas de otros libros y, al leer sus páginas, completo el conocimiento de una época donde había jóvenes como mis abuelos dispuestos a cantar y disfrutar, que de eso se trata. También otros adinerados personajes más dados al cabaret y las tanguistas en las noches de vicio y fornicio.

Los años golfos acabaron pronto porque la verdadera golfería se oficializó. La casta zarzuela volvió a imponerse y, como mucho, asomó alguna revista apta para señoras y el cuplé gracias a Sarita Montiel. Pero imagino que, cuando nadie la oía salvo su nieto, mi abuela se divertía con canciones que reconocía «picantes» y ahora, convertidas en entrañables, las califico como sicalípticas porque de la memoria he pasado a la historia.

Por eso las cito en varios de mis libros, así como a sus autores, algunos de los cuales pasaron por el mal trago de los consejos de guerra. De aquellas mujeres que las cantaron poco ha quedado porque la mayoría no compartió el estrellato al modo de Celia Gámez o Conchita Piquer. Solo conservo algunas sicalípticas fotos que rescaté en este mismo blog, cuando justificó el título de Varietés y República, y la memoria de quienes fueron jóvenes en unos años «golfos» donde hubo una apuesta colectiva por la modernidad.

Ser un golfo, en el buen sentido del término, porque hasta Raphael lo era cuando en la carátula de los discos lucía melena sin necesidad de cardarla, supone un privilegio del espíritu de quienes prefieren reír antes que odiar. Tal vez porque este último es un empeño de avinagrados incapaces de envejecer en paz. Les recuerdo, a los golfos de otras épocas, rescato sus voces sin disimular sus contradicciones o errores y con esos golfos, claro está, me voy «al Uruguay, guay», o a donde sea para alejarme de tanto odio cazallero, aunque la sangre no llegue al río de una cotidianidad donde ser malote está de moda.

 

miércoles, 11 de marzo de 2026

La concejala, la feminista y los ofendidos


 

El pasado 7 de marzo, con motivo de la celebración del Día de la Mujer, el Ayuntamiento de Collado Villalba (Madrid), programó la representación del monólogo Ser mujer a cargo de la actriz Susana Pastor. Apenas transcurridos unos minutos, ante la evidencia de haber utilizado el término «vagina» y otras crudezas similares sobre las experiencias de una señora de cuarenta años, la misma concejala que organizó el acto lo interrumpió para evitar que se siguiera ofendiendo al público.

La noticia roza lo estrafalario, pero dista de ser anecdótica. De hecho, mi participación en el último número de Don Galán, el dedicado a la censura teatral, versa sobre el alud de noticias semejantes durante la primavera de 2023, cuando se produjo un generalizado vuelco político en los ayuntamientos. El afán censorio reverdeció con fuerza y los escándalos, por la poca experiencia de los responsables políticos, se sucedieron.

Desde entonces, los munícipes con voluntad censoria han comprendido que no deben explicitarla hasta el punto de convertirla en una grabación viral, la que provocó al día siguiente la dimisión de la concejala preocupada por las ofensas de quienes hablan de sexualidad en un escenario. El problema para el partido de la dimitida no sería la censura, sino que la misma se había evidenciado de manera palmaria.

El oficio de censor requiere discreción e inteligencia. Así sucedía durante el franquismo, pero en democracia todavía parece más necesario evitar la contundencia de interrumpir una representación. Basta con vetar una obra o a un intérprete por su posicionamiento en algún tema conflictivo y, si el procedimiento no resultara efectivo, conviene buscar coartadas burocráticas o económicas. La casuística es amplia y cualquier teatrero no complaciente con el poder político aportaría ejemplos que pasan desapercibidos, quedan impunes y carecen de consecuencias electorales.

La concejala de Collado Villalba lleva años en política y sería ducha en estos procedimientos, pero el pasado 7 de marzo le pudo el pronto intolerante, se levantó de su butaca y se autoerigió en censora para preservar la moralidad o vete a saber qué. Simplemente, prevaleció su intolerancia y no midió las consecuencias de ser grabada con la consiguiente polémica.

Los censores durante el franquismo eran personas que nunca aparecían como censores. Si esta paradoja se daba en una dictadura despreocupada por mostrarse intolerante, en nuestra democracia podemos suponer que el papel del censor nunca es asumido en público. Al igual que algunos pecados, se comete, pero jamás se confiesa porque, además, cuenta con coartadas y los consiguientes procedimientos al servicio de la discreción.

Si no hubiera habido un móvil grabando la escena, la concejala seguiría en activo. Se acaloró, no midió y la pillaron. Algunos pensarán en un final feliz porque ha dimitido y el ayuntamiento anuncia una reposición del monólogo, que ahora incluso cuenta con una publicidad imposible para la compañía Xana Teatre, cuyo espectáculo parece poco prometedor a la vista de lo parcialmente conocido.

Sin embargo, lo sucedido en Collado Villalba preocupa como síntoma de una intolerancia que no siempre recurre a lo grotesco y a menudo alcanza sus objetivos de censura o cancelación. El análisis político aparece en estas noticias, centradas en lo llamativo e incapaces de aludir siquiera a otros casos menos espectaculares. Poco puedo añadir en este sentido, pero tal y como hice ayer en una conferencia sobre libertad de expresión pronunciada en un centro de la UNED, cabe partir del síntoma para examinar la enfermedad de una intolerancia que puede retrotraernos a los tiempos de los rosarios rezados a las puertas de los cines donde se proyectaba Gilda (1946).

Algunos pensarán en una exageración, pero hace unas semanas asistí a un espectáculo circense. Al aparecer en la pista unas contorsionistas chinas con maillot de gimnastas para realizar sus ejercicios, una señora de mediana edad las tildó de «desvergonzadas» por exhibir «demasiada carne» habiendo niños entre el público. Supongo que la ofendida nunca irá con sus nenes a una playa o a una competición de atletismo. Lo siento por los chavales, que acabarán descubriendo la existencia de la carne por otras fuentes, pero todavía lo siento más por una sociedad donde las muestras de intolerancia son grotescas como casi siempre, pero también han dejado de ser anecdóticas.

Pdta.: Lo sucedido en Collado Villalba viene de lejos y hasta parece recrudecerse. Para más información sobre los ofendidos y censores, véase:



sábado, 7 de marzo de 2026

Dos publicaciones para compartir y conversar


 

La brevedad, si es una opción voluntaria acompañada de la claridad, supone un desafío capaz de alentar una escritura quintaesenciada. La agradecemos. Sobre todo, tras comprobar diariamente que el ruido apenas deja escuchar las voces de acuerdo con las enseñanzas machadianas.

Estos días he tenido la oportunidad de leer dos folletos de unos buenos amigos, José Ramón Giner y Justo Serna. El primero ha publicado La vida interior. Cuadernos, 2006-2011 (Salamanca, Kadmos, 2025) y el de mi colega valenciano responde al título de Qué es la historia (Madrid, Silex, 2025).

Los objetivos de ambos folletos son dispares. Quien fuera director del Servicio de Publicaciones de la UA escribe un diario repleto de jugosas reflexiones al calor de algunas fechas de los cinco años del título. Justo Serna sintetiza en apenas sesenta páginas décadas de reflexión sobre su tarea como historiador.

José Ramón Giner fija en breves párrafos experiencias dignas de un comentario o una reflexión siempre capaces de transcenderlas. El catedrático aporta un conjunto de ideas medulares para comprender la práctica histórica. Nada parece asemejarles. Sin embargo, ambos coinciden en el acierto a la hora de buscar una escritura capaz de dialogar con el lector.

Las anotaciones de La vida interior requieren una lectura con las dosis adecuadas y preferentemente poco antes de terminar la jornada. Así, hartos de perder el tiempo con tanta banalidad de una sociedad hiperconectada e incapaz de detenerse a observar, nos llevamos a la cama algo sustancial, aunque a veces tenga una apariencia anecdótica. La calidad del estilo ayuda a conseguir este objetivo.

El folleto de Justo Serna demuestra que lo fundamental de un saber compartido cabe en unas pocas páginas. Bien leídas y espaciadas, sus argumentos invitan a la reflexión ulterior. También al subrayado de algunas frases como un sucedáneo de la conversación, que acabamos iniciando con el autor para mejorar nuestra comprensión de la Historia.

Ambos folletos responden a un espíritu ponderado, respetan el debido escepticismo de lo ensayístico y no aspiran a tener la última palabra. Al contrario, suponen una invitación constante a que completemos lo escrito con nuestras propias reflexiones, a que dialoguemos en una conversación al margen de los habituales ruidos y, por lo tanto, provechosa sin menoscabo del placer gratuito de charlar.

La observación al modo azoriniano enriquecida por la reflexión de una «vida interior» y el deseo de compartir lo más sustancial de una tarea profesional de años, sin necesidad de acumular páginas de aparente erudición, son motivos de agradecimiento y de lectura tan gozosa como provechosa. La he culminado con notas manuscritas a la espera de que, en un folleto o vete a saber dónde, pueda seguir esa conversación y aplicar lo aprendido gracias a dos amigos amantes de la palabra pausada, ponderada y justa. También en la extensión de lo breve por voluntad propia.

Pdta. La discreción de José Ramón Giner impide que disponga de una foto suya para completar esta entrada. Baste con el enlace a sus artículos publicados en El País:

https://elpais.com/autor/jose-ramon-giner/

jueves, 5 de marzo de 2026

Perder la guerra... en abierto y La colmena en pruebas


 

Hace cuatro años algunos medios de comunicación publicaron que el 86% de los libros editados en España no llegaban a los cincuenta ejemplares vendidos. El dato debe ser visto con escepticismo porque las ventas no siempre están bajo un estricto control estadístico. Sin embargo, lo obvio es que numerosas novedades acaban con apenas unas decenas de ejemplares vendidos y, por supuesto, sin ningún beneficio económico para los autores.

La circunstancia es coherente con un mercado editorial donde hay una demanda débil y una oferta de más de cinco mil novedades al año, muchas de las cuales ni siquiera llegan a unas librerías incapaces de absorber semejante caudal. La situación se agrava si nos circunscribimos al libro universitario, destinado a unos colectivos de especialistas. Las tiradas son mínimas y, a menudo, los investigadores deben pagar para editar sus trabajos.

Esta realidad pocas veces expuesta al debate público ha provocado la progresión de editoriales que, sin arriesgar como empresas privadas, se limitan a publicar lo pagado por los investigadores universitarios. Y no siempre lo hacen bien. Ni siquiera suelen preocuparse por su difusión porque el beneficio ya lo han obtenido desde el momento de la publicación.

El tema es complejo, merecería un debate ajeno a tantos intereses contrapuestos y alguna decisión política o académica para que el dinero público destinado a la investigación no acabe en manos de editoriales privadas cuya actuación resulta, en el mejor de los casos, discutible.

Por fortuna, mis libros suelen superar los cincuenta ejemplares vendidos, incluso bastantes más durante los últimos años. Gracias a esa circunstancia, los editores recuperan la inversión y a veces obtienen un modesto beneficio donde mi participación se limita a disponer de algunos ejemplares para regalarlos a los colegas que me ayudan y hacen lo mismo con sus propios libros. En definitiva, tengo la suerte de no pagar para publicar y me duele no compartirla con muchos compañeros de trabajo, sobre todo con los jóvenes que deben abrirse camino en el ámbito académico.

El objetivo de un libro universitario no pasa por la venta de ejemplares, sino por aportar un conocimiento que pueda ser accesible a otros investigadores o interesados por la temática abordada. En este sentido, el artículo 37 de la Ley 17/2022, de 5 de septiembre establece que las investigaciones realizadas con fondos públicos deben aparecer con un acceso abierto. La obligación legal me lleva a colaborar con el Repositorio de la Universidad de Alicante, donde deposito los archivos de todas mis investigaciones.

Para preservar los intereses de las editoriales, esos archivos permanecen durante un año en acceso restringido y luego pasan a acceso abierto. Las armas contra las letras (2023) está en acceso abierto desde junio de 2024 y ha registrado un total de 862 descargas; es decir, en menos de dos años las descargas de la edición han duplicado las ventas del volumen.

Ahora, un año después de su publicación, Perder la guerra y la historia (2025) pasa a estar en acceso abierto tras agotar prácticamente su tirada y a la espera de una posible ampliación de la misma por parte de Renacimiento:

https://rua.ua.es/entities/publication/8efcf214-ed68-4331-a858-9adf1255628a

Al igual que ocurriera con el primer volumen de los dedicados a los consejos de guerra de periodistas y escritores, Perder la guerra y la historia aparecerá enlazado desde los diferentes apartados de la web consejosdeguerra.es para facilitar su consulta por parte de los historiadores.




Mientras tanto, el tercer volumen, La colmena, ya ha iniciado su largo camino hasta su publicación, que probablemente tenga lugar a finales del presente curso o a comienzos del siguiente. Y el cuarto, Al final del trayecto, está en una fase avanzada acumulando nuevos casos hasta sumar más de cien, noventa y cuatro de los cuales ya se pueden consultar a través de la web consejosdeguerra.es



El objetivo es culminar la investigación en junio de 2028 y dejarla en acceso abierto para facilitar nuevas investigaciones, como las que en fechas próximas me llevarán a estudiar el proceso seguido contra Ricardo Fuente Alcocer, un dibujante y colaborador de la prensa que  tuvo una intensa relación carcelaria con Miguel Hernández y es objeto de estudio de una destacada investigadora francesa con la que estoy en contacto.