A cierta edad, cuando la
vejez ya forma parte del presente, la consulta de las redes sociales o el
correo depara con frecuencia malas noticias. El bosque de nuestra juventud
queda despoblado poco a poco y comprendes que tu suerte depende de un hilo, que
cualquier día se rompe para pasar a ser memoria.
Nuestro compañero Antonio
Plaza falleció el pasado 10 de junio. Lo supe al ver una foto suya, sonriente y
joven, en su muro de Facebook, pero con el acompañamiento de un texto escrito
por Mónica Plaza, que anuncia la triste noticia y la voluntad de homenajear
al padre mediante la publicación de un libro dedicado a Luisa Carnés, la
exiliada que casi descubrió Antonio Plaza gracias a décadas de investigaciones hasta
convertirla en un referente de la narrativa del 27.
Nunca tuve la suerte de
coincidir personalmente con Antonio Plaza, pero a lo largo de estos últimos
años fueron frecuentes las consultas y el intercambio de información. Me sucede
igual con otros compañeros distantes en lo físico, pero siempre próximos en el
momento de colaborar en lo que, conviene saberlo, es una tarea colectiva para
la recuperación de la memoria histórica.
Apenas cabe recordar
ahora el rigor de los trabajos siempre bien documentados y atinados de Antonio
Plaza. Ocasión habrá para hacerlo con la ayuda de voces más autorizadas. Sin
embargo, quisiera testimoniar su generosidad a la hora de colaborar en cualquier
tarea de investigación. Lo hacía con la sencillez y la claridad habituales en sus
trabajos, que responden también a una voluntad docente que agradezco cuando
tantos otros buscan la oscuridad de la pedantería.
Antonio Plaza era
catedrático de la enseñanza secundaria. Uno de esos compañeros que, a pesar de
la falta de reconocimiento social del colectivo y las precarias condiciones de
su trabajo por el abandono que sufre la enseñanza pública, siempre encontró un
tiempo para la investigación y la divulgación.
Mi admiración es total
cuando observo una trayectoria como la de Antonio Plaza. La investigación en la
universidad constituye un requisito viable, pero en la enseñanza secundaria
supone una heroicidad sin apenas reconocimiento oficial. Sus protagonistas la
emprenden con un justificado orgullo profesional, superando múltiples
adversidades y dignificando, en definitiva, un cuerpo docente a menudo
minusvalorado por las autoridades políticas.
Durante años también he
compartido con Antonio Plaza la presencia en el catálogo de Renacimiento. Su hija Mónica anuncia un nuevo
libro, probablemente en esa editorial, y sabe que cuenta con mi ayuda para
publicarlo en fechas próximas. Por desgracia, sería mi último favor entre
compañeros, pero también quedan sus monografías y las ediciones de Luisa
Carnés, que releeré este verano para fortalecer la memoria de tantos olvidados
y el vínculo con quienes, como Antonio, trataron de vitalizarla con su
apasionada y brillante tarea investigadora.


