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martes, 1 de septiembre de 2026

La culminación de un trabajo de investigación


 

En 2014, cuando la familia de Diego San José se puso en contacto conmigo y me facilitó la documentación relacionada con el escritor, nunca imaginé que la tarea de analizarla me llevara a otra mucho más amplia. El consejo de guerra que condenó a muerte al autor madrileñista me descubrió una realidad que solo conocía a grandes rasgos: la represión durante la posguerra. A partir de ese momento, procuré contextualizar su caso mediante la consulta de otros casos de similares características y el resultado fue Nos vemos en Chicote (2015). El ahora reeditado libro nunca pretendió ser una monografía sobre los consejos de guerra, sino un ensayo acerca del concepto de la banalidad del mal aplicado a una serie de personajes históricos que intervinieron en aquellos sumarísimos de urgencia.

El trabajo lo completé con la edición de las memorias carcelarias de Diego San José en 2016 y otras publicaciones paralelas de menor entidad. Desde ese momento, alrededor de 2017, mis investigaciones versaron sobre otros temas ajenos a una violencia que, siendo necesario su conocimiento, procuro mantener lejos. Incluso me resulta desagradable su análisis desde un punto de vista histórico.

Las circunstancias conocidas por cualquier lector de este blog me hicieron cambiar de orientación como investigador a finales de 2020. A partir de entonces, decidí emprender una tarea de largo alcance: el análisis de los consejos de guerra de periodistas y escritores durante el período 1939-1945.

Tras la publicación de Los consejos de guerra de Miguel Hernández (2022), Las armas contra las letras (2023) y Perder la guerra y la historia (2025), ahora llega La colmena, el tercer volumen de una tetralogía que culminará con Final de trayecto, una monografía ya redactada a la espera de consultar un sumario cuya copia solicité antes del verano.

En total, unas dos mil páginas dedicadas a estos consejos de guerra a partir de la documentación sumarial, completada con la localizada en diferentes archivos públicos y privados. El objetivo está casi culminado. Solo resta publicar el último volumen y jubilarme poco después, con la satisfacción de haber realizado a mi edad una investigación cuya envergadura parece propia de quienes conservan el ánimo de la juventud.

Las conclusiones las he desgranado en diferentes entradas de este blog y volverán a aparecer con motivo de algunos trabajos que me han encargado. Mientras discurre el consiguiente debate, hasta el presente positivo por la recepción de los volúmenes publicados, el balance me lleva a una experiencia que nunca terminaré de agradecer: el contacto con los familiares de las víctimas de aquella represión.

El trabajo comenzó gracias a unos familiares especialmente implicados en la recuperación de la memoria de Diego San José, pero ha continuado con otros muchos contactos que me han dado alegrías. Hasta el presente, porque en fechas recientes he hablado con el cineasta Rodrigo Sorogoyen, nieto del también director cinematográfico Antonio del Amo, y la semana pasada me escribió una nieta de Pío Marcos Cuadrado, que se encuentra en México y anda a la búsqueda de información acerca de su abuelo. Ambos ya tienen en su poder la documentación sumarial relacionada con sus familiares, cuentan con mi ayuda para fundamentar la memoria de la familia y, sobre todo, juntos podremos completar el relato que debemos a estas víctimas de la represión franquista.

La redacción de dos mil páginas a partir de una documentación primaria y en gran medida inédita supone un trabajo complejo. El desánimo ha aparecido en algunas ocasiones. También el cansancio, pero esos contactos con los familiares y la necesidad de aportar a cada víctima un relato de lo sucedido me han permitido superar los malos momentos. El objetivo está prácticamente alcanzado y, una vez divulgados sus resultados, habrá que cumplir con lo explicitado en el último título: el final del trayecto iniciado en mayo de 1982, cuando conseguí la beca de investigación que me permitió incorporarme a la universidad donde había estudiado la carrera.

Ahora, justo cuando comienza un nuevo curso, mirar hacia atrás produce vértigo, pero también la satisfacción de un trabajo realizado sin desmayo porque me ha acompañado la salud, cuento con la ayuda de una familia magnífica y disfruto junto a unos compañeros con los que comparto objetivos al servicio de la universidad pública.

Por cierto, este blog ha superado las cuatrocientas mil visitas a finales de agosto. La cifra ayuda a afrontar un nuevo curso.

sábado, 6 de junio de 2026

Miguel Hernández, periodista


 Joaquín Riera Ginestar

A raíz de la publicación de Los consejos de guerra de Miguel Hernández (2022), participé en varias presentaciones y me entrevistaron en distintos medios de comunicación. La conclusión recurrente, y llamativa para muchos, es que el poeta oriolano fue condenado fundamentalmente por su actividad periodística durante la Guerra Civil.

Los miembros del Cuerpo Jurídico Militar apenas precisaban de argumentos jurídicos para dictar las condenas, pero la ficción literaria encajaba mal con el omnipresente delito de la rebelión militar. He analizado casos donde las obras literarias fueron pruebas de cargo. Incluso la versión de un clásico como Fuenteovejuna en el sumario de Diego San José. Sin embargo, las acusaciones buscaban preferentemente las colaboraciones en la prensa republicana durante la guerra.

Al margen del carácter y la frecuencia de esas colaboraciones, la doctrina nunca explicitada en términos jurídicos era considerar toda la prensa republicana como propaganda destinada a la resistencia frente al Glorioso Movimiento Nacional. Así, con esa lógica del vencedor, la colaboración en la misma se convertía en un acto de guerra o en una «rebelión», de acuerdo con los criterios de una justicia al revés como reconociera Ramón Serrano Suñer al cabo de los años.

El ejemplo de Miguel Hernández es paradigmático en este sentido. Tanto los instructores del Juzgado Militar de Prensa como el tribunal que le condenó sabían de su relevancia como poeta. Sin embargo, su poesía nunca se convierte en una prueba de cargo. Ni siquiera aparece recopilada en los dos sumarios.

La situación cambia cuando nos referimos a sus colaboraciones en las publicaciones destinadas a levantar la moral de los milicianos. A pesar de que los militares las desconocen en su inmensa mayoría, el argumento pasa por convertirlas en un acto de resistencia de quien participó en las tareas propagandísticas desarrolladas cerca de varios frentes de batalla.




Joaquín Riera Ginestar ha preparado una edición de los treinta cinco textos publicados entre 1937 y 1938 que configuran la aportación de Miguel Hernández a las tareas periodísticas en los frentes de batalla. El trabajo se suma a la reciente biografía publicada por Mario Amorós y prueba de nuevo el grado de compromiso del poeta con la causa republicana.

Las circunstancias de salud de Miguel Hernández le llevaron a interrumpir esta tarea antes de finalizar la guerra, pero mientras estuvo sano el poeta optó por permanecer cerca de la noticia, participar de las inquietudes de los milicianos y proporcionarles unos contrastados testimonios.

No cabe hablar estrictamente de un Miguel Hernández periodista. Ni siquiera buscó entrar en alguna redacción cuando necesitaba un trabajo remunerado en el Madrid anterior a la guerra. Sin embargo, todo cambió a partir del 18 de julio de 1936 y, como en otras ocasiones, el poeta estuvo a la altura de las circunstancias, que le llevaron a una prosa destinada a la «agitación y propaganda», pero respetuosa con la calidad habitual en sus creaciones literarias.

Joaquín Riera Ginestar, además de la edición de los textos (Madrid, Alianza, 2026), aporta un extenso prólogo sobre la trayectoria de Miguel Hernández, especialmente durante la guerra y su posterior paso por las cárceles franquistas. Al igual que sucediera con la biografía publicada por Mario Amorós -véanse las entradas del 18 y 21 del pasado mes de mayo-, la citada edición de los sumarios del poeta ha sido una referencia para la redacción del prólogo. Me alegra haber ayudado en una tarea culminada por Joaquín Riera Ginestar con la pasión de quienes se acercan a la trayectoria y la obra del poeta.

Miguel Hernández nunca deja indiferentes a sus lectores. Tampoco a quienes abordan una trayectoria biográfica tan intensa como breve. Así se justifica una bibliografía que no para de aumentar con aportaciones que, como la de Joaquín Riera Ginestar, facilitan el acceso a unos textos dispersos y desconocidos por quienes instruyeron los sumarios y le condenaron.

Los textos recopilados en esta edición habrían sido la más contundente prueba de cargo para condenarlo a muerte, pero bastaron hechos de «escasa trascendencia», como reconocieran los propios militares, para llegar a esa misma condena. Al fin y al cabo, sabían quién era Miguel Hernández y eso les bastaba para inventar un delito de rebelión militar. Ramón Serrano Suñer lo reconoció. Otros menos lúcidos, casi todos, callaron.


domingo, 22 de marzo de 2026

Fuente Ovejuna, de Lope de Vega. H.ª del teatro del Siglo de Oro (13)


 

Fuente Ovejuna, de Lope de Vega, es un clásico reciente. La paradójica circunstancia en una obra editada en 1619 se justifica por la evolución del canon relacionado con el teatro del Siglo de Oro. Al margen de la edición en la Docena parte de las comedias de Lope de Vega (Madrid, 1619), poco más sabemos acerca de la recepción que en su momento tuvo la obra. En cualquier caso, no figura entre las que gozaron del éxito en los corrales de comedias, donde su presencia habría resultado compleja y hasta lindante con los «temas horrorosos» cuyo tratamiento desaconsejó el propio autor para procurar el favor del público.

La presencia de Lope de Vega en los escenarios españoles del siglo XVIII dista mucho de la de un autor considerado como clásico, a diferencia de lo sucedido con Calderón de la Barca, cuyo teatro volvió a centrar la atención de los literatos y hasta del público gracias a su recuperación por parte de un Romanticismo que tuvo en Alemania a los más destacados admiradores del dramaturgo.

Así, durante tres siglos, Fuente Ovejuna fue un drama prácticamente desconocido más allá de los círculos eruditos, con escasas y aisladas ediciones y, desde luego, sin una presencia en los escenarios. La situación cambia radicalmente durante las tres primeras décadas del siglo XX, durante las cuales se suceden las ediciones, las traducciones y las puestas en escena, tanto en España como en otros países europeos, destacando en este último ámbito la de 1918 en Moscú.

La celebración en 1935 del tercer centenario del fallecimiento de Lope de Vega tuvo lugar cuando Fuente Ovejuna ya se había incorporado al canon de los clásicos teatrales, aunque con un llamativo retraso. «Después de haber sido durante cerca de tres siglos una obra completamente olvidada por editores, profesionales del teatro e incluso críticos especializados, en un tiempo de tan solo veinte o treinta años, a principios del siglo pasado, Fuente Ovejuna pasó de ser una mera reliquia del teatro antiguo español a estar situada a la altura de las mejores páginas de Cicerón, Dante, Goethe, Hugo, Shakespeare…» (José Enrique López Martínez).

Durante la II República, y gracias a puestas en escena tan innovadoras como las de García Lorca con La Barraca (1933) y la dirigida por Cipriano de Rivas Cherif (1935), la obra de Lope de Vega se convirtió en un clásico que suscitó tanto interés como controversia por las lecturas ideológicas de un texto adaptado a las circunstancias de aquel presente. La eliminación de los reyes en el desenlace, dando mayor realce y carácter independiente a la victoria del pueblo sublevado contra el tirano, es un ejemplo de esa voluntad de convertir el texto de 1619 en otro válido para el presente de las representaciones.

Así llegamos al Madrid de la Guerra Civil, donde la actividad teatral continuó a pesar del sitio de las tropas del general Franco desde noviembre de 1936 y los continuos bombardeos. En ese contexto tan especial, las autoridades republicanas propiciaron el estreno de dos clásicos ajustados a las circunstancias del público: la Numancia, de Cervantes, como ejemplo paradigmático de la voluntad de resistir el ataque del enemigo, y Fuente Ovejuna, considerada el referente teatral de un pueblo dispuesto a rebelarse contra la tiranía de un déspota.

La tarea relacionada con el texto de Lope de Vega fue encomendada a Diego San José, cuya versión, bastante respetuosa con el original, fue estrenada el 6 de enero de 1938 en el Teatro Español de Madrid. El éxito de público y crítica permitió que las representaciones alcanzaran hasta el mes de abril, trasladándose después a Barcelona y Valencia. Sin duda alguna, Fuente Ovejuna fue uno de los más destacados logros del teatro impulsado por el bando republicano durante la Guerra Civil.

Diego San José solo aligeró el texto de Lope de Vega, al igual que se ha hecho en todas las puestas en escena desde principios del siglo XX, simplificó algunos momentos secundarios de la trama argumental y añadió, tras el desenlace con la presencia de los monarcas, un par de décimas donde vinculaba lo visto en la escena con la actualidad de un Madrid sitiado por las tropas del general Franco.

A pesar del respeto a la obra de Lope de Vega, en el sumario del consejo de guerra seguido contra Diego San José comprobamos que esta versión, conservada ahora en el archivo familiar, fue uno de los motivos de su condena a muerte tras la instrucción en el Juzgado Militar de Prensa. Así lo explicamos en Nos vemos en Chicote (2015) y en la edición de las memorias del autor: De cárcel en cárcel (2016). Posteriormente, mi colega Fernando Doménech Rico abordó el proceso judicial en Javier Huerta Calvo (ed.), Fuente Ovejuna (1619-2019). Pervivencia de un mito universal, pp. 93-110.

La utilización de un texto versionado de Lope de Vega para la acusación que acabó con una condena a la pena de muerte, posteriormente conmutada por otra de treinta años, todavía resulta más insólita si observamos que en 1938 Fuente Ovejuna también fue representada en Cádiz por un grupo del TEU bajo el auspicio de las autoridades franquistas y con la defensa explícita de José María Pemán. Por otra parte, el texto de Lope de Vega, versionado por Ernesto Giménez Caballero, volvería a los escenarios de la posguerra, aunque esta vez con una impronta acorde con la ideología de la dictadura.




El caso de Fuente Ovejuna cabe considerarlo como especial por las circunstancias históricas que se dieron durante su incorporación al canon del teatro del Siglo de Oro. Desde el principio de las clases, vengo insistiendo en que, con independencia de la fecha del texto original, las representaciones teatrales siempre se dan en un tiempo presente y deben conectar con un público que no precisa conocer el pasado de la obra. Este requisito puede deparar lecturas y versiones más o menos respetuosas con la voluntad del dramaturgo, si es que la acertamos a conocer, pero en cualquier caso supone una actividad de los responsables de la puesta en escena tan legítima como sujeta a debate.

Lope de Vega no pensó en una revolución como la soviética, en la España de la Guerra Civil o en la del general Franco, aunque Fuente Ovejuna en la misma fuera representada con un decorado presidido por los símbolos de la dictadura. Los historiadores del teatro deben atender a estas circunstancias para valorar la recepción a lo largo del tiempo de una obra convertida en un clásico y, como tal, sujeta a múltiples lecturas que evolucionan al compás de los tiempos. Sin embargo, como filólogos, debemos procurar una comprensión del texto -sin versiones ulteriores- lo más ajustada a la voluntad del autor y acorde con su contexto original.




Lope de Vega es consciente de la necesidad de mantener la atención del público a lo largo de la representación. Para alcanzar este objetivo presente en el Arte nuevo de hacer comedias… utiliza un caso particular de fácil comprensión e inmediata identificación por parte de los espectadores: el de los amores con voluntad matrimonial entre los aldeanos Laurencia y Frondoso.

El poeta dramático selecciona este recurso temático sabedor de que, por la presencia de un tercero en discordia -el Comendador- con la pretensión de romper la armonía amorosa para satisfacer un deseo lascivo, el mismo supone un conflicto de probado interés para cualquier espectador por ser un caso relacionado con la honra. Así lo reconocerá Lope de Vega en el Arte nuevo de hacer comedias…

No habría ocurrido igual si el poeta dramático solo hubiera presentado un conflicto de carácter histórico como el que también se desarrolla paralelamente en Fuente Ovejuna desde la primera escena, cuando el comendador se opone a la reina Isabel e intenta arrastrar al maestre de la Orden de Calatrava en las luchas por la sucesión en el trono. Este conflicto supone un marco histórico de indudable importancia y que termina de caracterizar a los protagonistas, pero queda subordinado al caso de honra en la atención del público.

Al igual que en tantas otras comedias lopescas donde lo fundamental del concepto platónico del buen amor está presente, en Fuente Ovejuna encontramos una relación amorosa presidida por la armoniosa virtud entre iguales frente a la pasión desatada que, además, se da con abuso de poder por parte del lascivo amante.

La primera relación la protagonizan Laurencia y Frondoso como representantes de la «aldea» frente a la «corte» -una contraposición habitual en el teatro y la literatura de la época-, siempre se desarrolla en un marco tan casto como virtuoso encaminado al fin matrimonial y goza de la aceptación del pueblo de Fuente Ovejuna. También del público, inevitablemente identificado con esta pareja.

Sin embargo, el comendador, al igual que el don Rodrigo de El caballero de Olmedo, es un personaje soberbio y violento que considera a Laurencia como una posesión material por ser una de sus vasallas. Así, la intenta hacer suya en contra de la voluntad de la aldeana, que como hija del alcalde ejemplifica la virtud y el honor mancillado en contraste con otras jóvenes de Fuente Ovejuna.

El conflicto de este triángulo de personajes resulta inevitable y tiene su primer punto de inflexión en la escena donde el comendador intenta abusar de Laurencia. Frondoso, armado con la ballesta del primero, lo impide siendo consciente de su osadía y provocando la ira de quien asimila a las mujeres con los animales que caza. A partir de ese momento, final de la primera jornada, la venganza del afrentado comendador será inexorable con el consiguiente aumento de la tensión dramática en momentos como la boda de los amantes aldeanos, interrumpida por el comendador y sus secuaces.

Laurencia acabará padeciendo esa venganza cuando finalmente es raptada por el comendador y al huir, tan desesperada como humillada, en un célebre monólogo clama por la respuesta violenta del pueblo frente a la tiranía de quien ha roto el principio del decoro que le obligaba a proteger a la población de Fuente Ovejuna.

Laurencia no es la primera mujer que padece los abusos, pero es la hija del alcalde y la gota que colma el vaso para justificar la rebelión del pueblo, cuyo alcalde ha visto rota la vara de mando por parte del comendador en una escena igualmente clave para entender la escalonada justificación de la respuesta popular.

Al contemplar a Laurencia en su desesperación, los espectadores sabemos del conmovere, y ella misma hace explícita la necesidad del movere, que a continuación provocará la unánime rebelión popular contra el tirano. La respuesta goza de nuestra complicidad. Así nos sentimos parte del héroe colectivo de Fuente Ovejuna, porque somos conscientes de su motivación convenientemente expuesta a lo largo de las escenas anteriores.

Desde el inicio de la obra sabemos que el comportamiento del comendador, dispuesto a influir negativamente en el maestre de la Orden de Calatrava para preservar sus intereses al servicio de una reina foránea que se opone a Isabel la Católica, resulta impropio del principio del decoro y merece el correspondiente castigo de la justicia poética.

Sin embargo, la rebelión popular de sus vasallos debe ser justificada como el último e inevitable recurso tras una continuada sucesión de abusos o menosprecios por parte de quien, según el principio del decoro, está obligado a proteger al pueblo de Fuente Ovejuna. No lo cumple y el comendador parece abocado al castigo, que será tan violento como sus propias acciones.

Lope de Vega no presenta a un pueblo levantisco, sino a uno fiel a su comendador, a quien en la primera jornada recibe con agasajos en prueba de su fidelidad. Esta relación de vasallaje no acarrea la debida respuesta por parte del comendador, que menosprecia al pueblo y a su alcalde porque considera el honor como privativo de la nobleza frente a una idea recurrente en el teatro de Lope de Vega: el honor como deudor de los hechos del individuo, no hereditario por el nacimiento en un determinado grupo social.

Fruto de esta actitud siempre descalificada por Lope de Vega y otros poetas dramáticos de la época, el comendador abusa del pueblo en colaboración con sus servidores y, ciego por su pasión sexual o lascivia, no duda en cometer una violación que supone un definitivo punto de inflexión a partir del cual la reacción popular queda justificada.

El poeta dramático sabe que la puesta en escena de cualquier rebelión popular contra un representante del poder supone un conflicto susceptible de ser censurado en un teatro tan controlado desde las instancias oficiales como era el del Siglo de Oro. La precaución en la elección de los temas supone un requisito también presente en un Arte nuevo de hacer comedias…

De ahí, la escalonada argumentación y justificación de un proceso que desemboca en lo inevitable: el ajusticiamiento del comendador. Los habitantes de Fuente Ovejuna son empujados a la rebelión por la continuada actitud tiránica del comendador y, además, solo la emprenden en nombre de una autoridad superior: la de los Reyes Católicos. Al final, y como triunfadores en la paralela acción histórica, Isabel y Fernando ejercerán la justicia poética de acuerdo con lo habitual en el teatro de la época.

El maestre de la Orden de Calatrava, joven e inexperto para exculparle de cualquier responsabilidad, admite el error de haber confiado en el comendador desde la primera escena y se libra del consiguiente castigo. Así Lope de Vega evita cualquier crítica negativa a toda la orden militar, pues la responsabilidad solo es del individuo, el comendador, que no cumple con sus obligaciones.

Los triunfantes Reyes Católicos, que simbolizan el paso a la nueva fase histórica de la monarquía todavía imperante en el siglo XVII, reaccionan airadamente cuando conocen la ejecución del comendador a manos del pueblo y mandan un pesquisidor para que haga justicia castigando a los responsables. El dramatismo del momento es notable y sucede a la momentánea alegría de quienes, aliviados, también se sienten triunfadores tras haberse librado del comendador.

Sin embargo, la conocida solidaridad de los habitantes de Fuente Ovejuna -el público es consciente de que todos actuarán «a una» llegado el momento- dificultará este empeño de los reyes, pues los enviados a la localidad cordobesa no pueden ejecutar a un pueblo y menos después de haber actuado en nombre de los Reyes Católicos. De ahí su forzado perdón, que redunda en una glorificación del papel ejercido por los magnánimos monarcas, ante cuya autoridad caen rendidos los habitantes del pueblo andaluz.

Los reyes ejercen una autoridad propia de su triunfo en la lucha sucesoria que se desarrolla como trasfondo histórico de la comedia. La victoria de los monarcas también es posible por la rebelión popular de Fuente Ovejuna, gracias a la cual Isabel y Fernando se han desprendido de un enemigo personal e histórico que representa al caduco feudalismo.

Al mismo tiempo, los reyes han sellado una relación de dependencia admitida por el pueblo y pronto convertida en la base de la monarquía absoluta. Nunca debemos olvidar, como subraya Juan María Marín en su edición crítica (Cátedra), que el conflicto de la obra con su base histórica se sitúa en el siglo XV, aunque visto desde la perspectiva del XVII y a mayor gloria de la monarquía coetánea a Lope de Vega.




Por lo tanto, nos encontramos ante una rebelión solidaria y popular contra un tirano que responde a una motivación de fácil comprensión para el público conmovido por la suerte de Laurencia y Frondoso. También del menospreciado alcalde, una figura clave en las discusiones acerca del honor como veremos más adelante en el teatro de Calderón de la Barca. Y hasta del azotado Mengo, el imprescindible gracioso de la comedia, que supera la habitual cobardía del tipo gracias al sentimiento solidario con el resto del pueblo.

No obstante, los habitantes de Fuente Ovejuna emprenden esa rebelión en nombre de los monarcas y para quedar finalmente sometidos a su autoridad, que por respetar el principio del decoro y cumplir con sus deberes queda resaltada en un papel que, no lo olvidemos, explica el paso de una situación histórica propia del feudalismo a otra donde el eje del poder recae en una monarquía absoluta.

La idea central de la comedia es coherente con el teatro de Lope de Vega, donde no hay sistema político superior al monárquico. Gracias al mismo, está garantizada la justicia, el orden y la armonía social. Y fuera de él, todo es inestabilidad y caos porque al margen de los reyes no hay salvación. Su jurisdicción es sinónimo de paz, justicia, orden y concordia. La autoridad de los monarcas borra los riesgos de injustas situaciones feudales como la protagonizada por el comendador.

Gracias a una coherente y justificada evolución de la trama argumental, el plano de lo individual relacionado con los amores de Laurencia y Frondoso queda finalmente vinculado con otro colectivo e histórico, donde un pueblo se rebela contra el representante del poder para establecer una alianza con respecto a otro poder, el de la monarquía, que resulta reforzado tras ejercer decorosamente su autoridad.

No obstante, la impronta resultante en el público de cualquier época, menos sutil a la hora de interpretar lo representado y alejado del marco histórico donde escribe Lope de Vega, es la rebelión de un héroe colectivo -véase la enlazada conferencia de Javier Huerta- frente a la tiranía de un déspota. De ahí su interés para dramaturgos como Federico García Lorca, Cipriano de Rivas Cherif, Diego San José y tantos otros que posteriormente han repuesto este clásico reciente del Siglo de Oro.

 

lunes, 13 de octubre de 2025

El poemario de un maestro encarcelado


 Víctor Pérez y Pérez

La experiencia más satisfactoria de estos años dedicados al estudio de los consejos de guerra de periodistas y escritores ha sido el encuentro con los descendientes de las víctimas. De hecho, el proyecto surgió de una entrevista con el abogado Diego San José, que me facilitó digitalizado el legado de su abuelo para que lo estudiara y difundiera. Así se hizo desde 2015 y, actualmente, el madrileño es un autor accesible para cualquier interesado en la historia literaria y periodística de su época.

A lo largo de estos años, los encuentros con los familiares se han ido sucediendo. A veces para pedirles datos o documentos. Otras con el deseo de contrastar la documentación localizada. Y, en algunas ocasiones, hasta para descubrirles facetas insospechadas de sus familiares. Las experiencias han sido diversas, pero siempre gratas y presididas por el deseo de recordar a quienes durante décadas estuvieron sometidos al silencio,

En este marco, el pasado mes de septiembre mi colega Fernando Miguel Pérez Herranz me mandó un ejemplar dedicado de una reciente edición del poemario de su abuelo titulado Gota a gota (1936-1938), editado con esmero por Páramo y con una excelente introducción de quien no solo recuerda al familiar, sino que también estudia su poesía con solvencia filológica.

El abulense Víctor Pérez y Pérez (1891-1963) fue uno de los muchos «maestros de la República», cuyo apostolado llegó hasta los más recónditos pueblos de la geografía española para alumbrar una modernidad y un espíritu de convivencia que parecían imposibles en unas estructuras sociales presididas por el caciquismo y el más rancio oscurantismo. Así lo hizo Víctor junto con su esposa Teófila, también «maestra nacional». Llegada la Guerra Civil, o (In)civil como escribe con acierto su nieto, ambos pagaron las consecuencias porque nunca debemos olvidar el sufrimiento de quienes vieron encarcelados a sus familiares.

El maestro fue apresado el 25 de agosto de 1936 por los sublevados contra la II República y pasó dos años en la cárcel sin mediar otra acusación que no fuera su condición de maestro republicano. Durante este período de reclusión, con momentos en los que temió por su vida, Víctor Pérez y Pérez fue escribiendo este poema «gota a gota», con la voluntad de «hacer palabra, escritura, lenguaje, esa experiencia del dolor, porque es la única tabla de salvación a la que el apresado puede agarrarse» (p. 13), según indica su nieto.

El sencillo poemario, en la popular línea del extremeño José M.ª Gabriel y Galán, nos remite a esa experiencia del dolor, pero siempre con una mirada serena y ajena a cualquier rencor. La agradecemos y nos emociona, como esas cartas dirigidas a la esposa en las que ajusta las cuentas domésticas, hasta la última peseta con una honestidad ejemplar, para evitar problemas a la familia cuando temía por su propia vida.

Afortunadamente, Víctor Pérez y Pérez no corrió la dramática suerte de tantos maestros procesados, depurados y hasta fusilados. El natural de Casas del Abab, un anexo del concejo abulense de Umbrías, pudo reincorporarse a la docencia para ejercerla en Navalmoral de la Sierra y El Barco de Ávila hasta su jubilación.

En esos pueblos, don Víctor tendría que olvidar lo enseñado durante la II República y explicar la doctrina del nacionalcatolicismo. La experiencia sería dura para un hombre de talante liberal, pero no me cabe la menor duda de que, por encima de cualquier retórica propagandística, prevalecería el sentido humanista heredado de la Institución Libre de Enseñanza y presente en el Juan de Mairena de Antonio Machado. Su alumnado, al cabo del tiempo, comprendería que en los años más oscuros tuvo la oportunidad de conocer una voz diferente, que era el eco de un tiempo donde la libertad y la convivencia fueron posibles.


viernes, 1 de agosto de 2025

¿Dónde falleció Antonio de Hoyos y Vinent?


 Carnet de periodista de Antonio de Hoyos y Vinent depositado en el sumario 1442 del Archivo General e Histórico de Defensa

La bibliografía sobre Antonio de Hoyos y Vinent (1882-1940) es notable, pero no me consta que los autores de la misma hayan consultado el sumario 1442 del Archivo General e Histórico de Defensa. Esta carencia ha permitido la transmisión sin pruebas de algunas circunstancias biográficas relacionadas con la última etapa del escritor, que espero queden corregidas cuando aparezca el tercer volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra, donde el aristócrata afiliado al Partido Sindicalista contará con un extenso capítulo.

A partir de las memorias carcelarias de Diego San José, corroboradas en este punto por las del también preso Rafael Sánchez Guerra, se tiene como cierto que Antonio de Hoyos y Vinent falleció en la cárcel de Porlier completamente abandonado por su familia y allegados. La documentación del sumario, sin embargo, incluye varios avales para intentar salvarle de lo que parecía inevitable a tenor de su deplorable estado de salud y un certificado hasta ahora desconocido:

Según el certificado del 15 de enero de 1944, emitido a instancias del juez militar que lo creía fallecido en la cárcel y firmado por el juez municipal Enrique Gómez de la Granja, Antonio de Hoyos y Vinent falleció el 12 de junio de 1940 en un domicilio de la calle Hermanos Miralles, n.º 54 -ahora General Díaz Porlier-, del madrileño barrio de Salamanca.

El documento contradice lo supuesto por el propio juez militar y lo afirmado por Diego San José, así como otros autores que han concedido credibilidad al testimonio del compañero de la cárcel de Porlier. La memoria puede jugar estas pasadas y es posible que el amigo no recordara con exactitud lo sucedido en aquellas trágicas fechas. Sin embargo, también cabe la posibilidad de que el certificado incluyera datos falsos -el tiempo transcurrido hasta su firma es notable- por la presión de quienes cuatro años después no deseaban ser los responsables de la muerte en la cárcel de un aristócrata con una familia de vencedores.

De hecho, las consultas efectuadas durante estos años me han permitido constatar la existencia de documentos con datos falsos, a veces por errores de los redactores y en otras ocasiones por la voluntad de «reconstruir» documentalmente lo sucedido sin prestar atención a la necesaria coherencia. Los ejemplos están presentes hasta en el cuidado sumario de Miguel Hernández.

Las dos posibilidades acerca del lugar del fallecimiento por causas naturales son verosímiles. Incluso es posible que José M.ª de Hoyos y Vinent protagonizara la dramática escena descrita por Diego San José y, en el último momento, gestionara el traslado del hermano a un domicilio de la acomodada familia. En estos casos el historiador debe ponderar las diferentes versiones acerca de una misma circunstancia -la localización del fallecimiento-, que probablemente nunca aclararemos con absoluta certeza.

La duda es consustancial con el conocimiento, como subrayara Victoria Camps en un prontuario de recomendable lectura (Elogio de la duda, 2016) que tengo presente a la hora de escribir sobre temas históricos. La aparente firmeza de «la verdad» en las materias objeto de estudio supone a veces una impostura.

En cualquier caso, siempre es preferible dudar a partir de una documentación que contrasta con un testimonio que creer a pie juntillas el mismo por la falta de consulta de esa documentación. El acercamiento a la verdad requiere la suma de voces y fuentes que a menudo resultan discordantes, aunque en este caso coincidan en el drama de un fallecimiento tras pasar por la cárcel de Porlier, donde era difícil exagerar o destacar a la hora de protagonizar motivos para el recuerdo.


lunes, 30 de junio de 2025

El testimonio carcelario de Rafael Sánchez Guerra


 Rafael Sánchez Guerra. Fuente: Wikipedia

El original del tercer volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores ya está listo, a falta de un nuevo repaso y la inclusión de algunas notas sacadas de la bibliografía publicada durante estas últimas semanas. El total de víctimas estudiadas se acerca al centenar, pero soy consciente de que todavía habrá algunas más y, por lo tanto, la investigación debe continuar.

El periodista y político Rafael Sánchez Guerra (1897-1964) apenas tuvo presencia en la prensa republicana durante la Guerra Civil y decidió quedarse en Madrid al finalizar la misma porque estaba convencido de que no iba a sufrir una dura represión. Sin embargo, junto con Julián Besteiro fue inmediatamente detenido y trasladado a la cárcel de Porlier a la espera de su consejo de guerra (AGHD, 129173, 7374), que le condujo por varias cárceles hasta el posterior exilio. Hoy mismo he pedido copia del sumario y, a la espera de poderlo consultar, he tenido la oportunidad de leer la versión francesa de sus memorias carcelarias, que aparecieron por primera vez en Buenos Aires.

Un ejemplar de Mes prisons. Memoires d’un «rouge» (París, Jean Vigneau, 1947) se encuentra depositado en la biblioteca de la UA gracias a una donación. El volumen ha sufrido el paso del tiempo. Hay que consultarlo con sumo cuidado, pero el trabajo merece la pena por el valor del testimonio de quien, desde luego, no era un «rojo». La ironía del subtítulo se percibe desde la primera página.

Esta circunstancia corrobora que la represión de los periodistas y escritores abarcó un conjunto que nunca debemos equiparar con el de los «rojos». Así lo explico en la trilogía y no merece la pena insistir en una de las tesis de la misma. Si doy cuenta de la consulta bibliográfica es porque, en esas destrozadas páginas editadas en París, he encontrado el testimonio acerca del paso por la cárcel de Porlier de dos víctimas presentes en mis trabajos: el periodista Javier Bueno, que apareció en el primer volumen, y el escritor Antonio de Hoyos y Vinent, que es uno de los protagonistas del tercero.

Rafael Sánchez Guerra está distanciado de ambos desde el punto de vista político. No obstante, sus palabras expresan la admiración que le merecieron por su actitud en la cárcel. Javier Bueno intentó refugiarse en la legación diplomática de Panamá al finalizar la guerra, pero fue sacado de la misma a base de golpes. La historia ya era conocida, pero impresiona la imagen de hombre físicamente destrozado que nos traslada Rafael Sánchez Guerra, El director de Claridad llegó a Porlier siendo consciente de que ya estaba condenado a muerte y con le visage meurtri de coups (p. 103).

Así sería interrogado durante la rápida instrucción que tuvo lugar en el Juzgado Militar de Prensa porque, entre abril y julio de 1939, apenas podría superar las huellas de la tortura a la que fue sometido en el momento de la detención. La circunstancia se percibe, de forma implícita, en el correspondiente sumario, donde encontramos a un hombre tan destrozado como consciente de su inmediato destino, aunque conservara la dignidad hasta el punto de ser motivo de varias anécdotas entre sus compañeros de prisión.

Rafael Sánchez Guerra también habla de la dignidad de otro preso destrozado, aunque en este caso por la enfermedad y la discapacidad física. Antonio de Hoyos y Vinent era una ruina cuando ingresó en Porlier, pero todavía tuvo la ocasión de mostrar su dignidad en el momento de recibir la visita de un vencedor de la guerra: su hermano. La consulta del correspondiente sumario matiza lo relatado en este sentido por Diego San José y Rafael Sánchez Guerra, pero queda la imagen de una dignidad que pronto acompañó a la tumba al noble convertido en sindicalista al servicio del partido de Ángel Pestaña.

Quede constancia.


martes, 11 de marzo de 2025

Miguel Hernández, «jefe de prensa en la Dirección General de Seguridad»


 

La atenta lectura de la sentencia dictada por la titular del Juzgado de Primera Instancia n.º 5 de Cádiz me ha generado numerosas dudas. Tantas que mi abogado José Luis Romero ha solicitado una aclaración de sentencia para saber a qué atenernos. A estas alturas desconocemos el alcance de la condena y la forma en que se podría concretar en la práctica. 

De hecho, he renunciado a participar en un congreso organizado en la Universidad de Zaragoza porque la sentencia también afecta a los trabajos que «pudiera hacer en el futuro» en relación con el alférez Baena Tocón. Mi abogado me indica que las condenas a futuro, salvo en casos muy específicos, están prohibidas por la doctrina del Tribunal Constitucional. No obstante, y ante la posibilidad de dar una conferencia sobre los consejos de guerra condicionada por la sentencia del juzgado gaditano, he optado por mantenerme en silencio para evitar nuevas condenas. 

Asimismo, he dado orden de retirar de Internet los dos artículos comprendidos en la condena porque, estando ya rectificados de forma voluntaria, la sentencia me obliga a rectificarlos. Antes de que el texto de los mismos deje de ser el que voluntariamente redacté, prefiero hacerlos desaparecer, aunque uno de ellos permanecerá en la edición original de la revista ALEC que, por ser norteamericana, queda fuera de la jurisdicción española. 

Mientras tanto, y dejando al margen las cuestiones jurídicas como aducir una ley derogada, la de Memoria Histórica de 2007, y obviar la vigente de 2022, he encontrado en la sentencia algunas afirmaciones de carácter histórico de las que, tras compartirlas con especialistas en la obra de Miguel Hernández, seguimos ignorando su procedencia o razón de ser, aunque las intuimos.

En el folio 13, penúltimo párrafo, la sentencia resume un documento de la demanda no contrastado con las fuentes originales del AGHD y dice lo siguiente: «Aparece asimismo la providencia firmada por el Juez, dando fe un secretario, cuya firma no es del Sr. Baena Tocón, de fecha 30 de enero de 1940, en que expresamente se delega al secretario Alférez para investigar las actividades de Miguel Hernández como Jefe de prensa en la Dirección General de Seguridad».

Esta documentación la presenta el demandante y la hace suya la magistrada del juzgado gaditano como prueba de las intervenciones del alférez Baena Tocón en el sumario 21001, el único que la jurista maneja en la sentencia para establecer las funciones del secretario judicial y rebatir mis «extralimitaciones» al respecto basadas en el análisis de más de cien sumarios del AGHD. 

Consultada la edición facsímil del consejo de guerra de Miguel Hernández que publiqué con el Ministerio de Defensa y la Universidad de Alicante en 2022, encontramos que con esa fecha del 30 de enero de 1940 solo hay un documento de la Auditoría de Guerra del Ejército de Ocupación (p. 81).

Por lo tanto, nada se dice en esa fecha de una providencia, que sería sorprendente dado que Miguel Hernández ya estaba sentenciado desde el 18 de enero de 1940. Dejando al margen la incógnita acerca de la providencia, suponemos que el «secretario Alférez» al que se refiere el texto citado es el señor Baena Tocón. De ser así, se le delegaría para realizar una investigación, circunstancia que prueba la multiplicidad de facetas desempeñadas al margen de las estrictamente propias de un secretario. Hay otras muchas pruebas en este sentido en mis libros, pero los mismos -salvo en el caso de Nos vemos en Chicote- quedaron al margen del juicio por intromisión en el honor del alférez Baena Tocón.

El objeto de la investigación derivada de la supuesta providencia es sorprendente: «las actividades de Miguel Hernández como Jefe de prensa en la Dirección General de Seguridad». La fecha del destino queda sin especificar, pero lo llamativo es que el secretario de un juzgado instructor investigue las actividades de un condenado a muerte. En cualquier caso, debiera ser antes de condenarle y durante la fase de instrucción. 

Tampoco parece tener sentido pensar que, poco después de dictarse la sentencia que le condenó a muerte, el poeta estuviera destinado en la Dirección General de Seguridad como destacado órgano de la represión franquista. Resulta absurdo imaginar a Miguel Hernández esperando el «enterado de S.E.», el general Franco, mientras ejercía de «Jefe de prensa en la Dirección General de Seguridad».

Llegados a este punto, ¿qué podemos deducir del sorprendente párrafo de la sentencia? La fecha no corresponde con una providencia, la misma carece de sentido en ese momento procesal y, por último, resulta absurdo vincular al poeta con esa labor en la Dirección General de Seguridad. Mis consultas a varios compañeros confirman este último punto.

Por lo tanto, y salvo que medie una explicación por parte del demandante y la magistrada que ha redactado la sentencia, nos encontramos ante datos probablemente erróneos que no solo dan cuenta de una circunstancia carente de sentido, sino que también podrían constituir una grave ofensa para la memoria del poeta recientemente reconocido como víctima del franquismo. El Miguel Hernández condenado a muerte nada tenía que ver con la Dirección General de Seguridad ni jamás ejerció de jefe de prensa en la misma.

Este párrafo tan sorprendente se encuentra en una sentencia donde se me condena por haber «plagado» un «estudio» no concretado con «afirmaciones excesivamente sensacionalistas o inexactas en relación con el contexto social derivado de la guerra civil y la posguerra y la figura del Sr. Baena Tocón» (fol. 17). Las mismas, según la magistrada, han supuesto una intromisión en el honor del alférez que, probablemente, debía investigar tan singular e improbable destino del poeta. 

Por cierto el destinado como jefe de prensa en la Dirección General de Seguridad durante la etapa republicana y luego investigado como tal para su posterior condena a muerte era el escritor Diego San José, cuya presencia en el sumario 21001 de Miguel Hernández es nula, salvo que alguien con pretensiones de historiador haga fotocopias de ambos sumarios, las mezcle y no utilice fuentes fiables.

Por supuesto, si los responsables de esta probable tergiversación de una documentación presentada en una demanda judicial y recogida en la sentencia me demuestran mi equivocación, estoy dispuesto a reconocer el error porque el trabajo del historiador supone una continua rectificación a la luz de nuevos testimonios y documentos.

Pd. En la misma sentencia del juzgado gaditano, folio 19, se ampara como víctima de la Guerra Civil al alférez Baena Tocón de acuerdo con la Ley 52/2007. Dicha ley quedó derogada por la disposición derogatoria única de la Ley 20/2022, art. 2, apartado a. Esta última, en su art. 3, habla de las víctimas como el alférez, pero también en sus artículos 4 y 5 del carácter ilegal e ilegítimo de los órganos represivos donde actuó el secretario judicial.

Salvo error por mi parte, no cabe en una sentencia judicial aducir una ley derogada y obviar otra vigente, que a tenor de lo desarrollado en los dos últimos artículos citados tiene una incidencia decisiva en el sentido de la propia sentencia. La valoración de esta actuación judicial no me compete, a diferencia de mi defensa contra quien me condena por una mala práctica profesional siendo un docente con seis tramos de investigación reconocidos por la CNEAI que, tras publicar cuarenta libros, está a punto de jubilarse como catedrático emérito de su universidad.

Incluyo a continuación la entrevista concedida a la Cadena SER:

https://cadenaser.com/comunitat-valenciana/2025/03/13/rios-carratala-si-no-recurro-la-sentencia-se-conseguira-acabar-con-la-investigacion-en-este-pais-y-habra-triunfado-la-censura-radio-alicante/

viernes, 17 de enero de 2025

El fusilamiento del maestro y poeta Jesús Menchén (1912-1939)


 Foto publicada en el reportaje «La incautación de Valderachas», El Pueblo Manchego, 11-VIII-1936 y depositada en el sumario 1273 del AGHD

El historiador siempre debe guardar una cierta distancia con respecto a lo reconstruido a partir de diferentes fuentes. La precaución es necesaria para no verse implicado y perder la objetividad, que ninguna relación guarda con la equidistancia y la indiferencia. La práctica de los años ayuda en este sentido, así como una retina encallecida cuando dedicamos cursos enteros al estudio de un tema tan duro como es la represión.

Hace doce años, a raíz de un encuentro con la familia de Diego San José, empecé a consultar sumarios de consejos de guerra instruidos durante el período 1939-1945. Desde entonces son unos cien los analizados y muchos más los leídos por distintos motivos. Las sorpresas abundan, incluso algunas resultan alentadoras por la solidaridad de quienes procuraron una reconciliación en unos tiempos donde solo había vencedores y vencidos. No obstante, la mayoría de las veces lo visto nos remite al odio, la venganza, la delación, la mentira, el deseo de aniquilar al enemigo… En definitiva, una violencia subrayada en un contexto de mediocridad, arbitrariedad e injusticia.

A pesar de esa retina encallecida, resulta inevitable sentir emoción al exhumar documentos olvidados durante décadas. Así me ha sucedido cuando he consultado el sumario 1273 del AGHD, cuyo encausado fue el maestro, poeta y activista Jesús Menchén Manzanares (1912-1939), que murió fusilado cuando apenas había cumplido veintisiete años.

Tiempo habrá de analizar en el tercer volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores lo sucedido durante la instrucción del sumario. El juez y su secretario solo atendieron las denuncias de quienes pretendían acabar con el maestro de Villamayor de Calatrava, un pueblecito de Ciudad Real. Le atribuyeron todos los males imaginables y, al final, consiguieron su objetivo presidido por el odio y el rencor sin que el joven poeta que colaboraba en El Pueblo Manchego tuviera la oportunidad de defenderse.

A estas alturas ya he visto muchas situaciones similares, pero pocas veces he comprobado como en este sumario los límites del odio vengativo entre quienes denuncian y la arbitrariedad de quien, supuestamente, imparte justicia. Así lo estudiaremos en el futuro capítulo. Ahora solo cabe apuntar la existencia de dos cartas conmovedoras a la búsqueda de mantener vivo a un joven cuyo único delito probado había sido compartir los ideales de los republicanos de izquierdas.

La primera carta la firma Matea Manzanares el 8 de junio de 1939. La madre del condenado a muerte protagoniza un desesperado intento de salvar a su único hijo, a quien llega a presentar como «anormal» por antecedentes familiares para buscar la compasión de los militares. Jesús Menchén, Roger de Flor, nunca tuvo problemas mentales más allá del entusiasmo juvenil con que compartió unos ideales, pero la madre solo pretende que la ejecución no tenga lugar y que, tras sufrir una condena admitida como inevitable, tenga la oportunidad de rehacer su vida:

Todavía pienso que la vida, la inteligencia y la juventud de mi pobre hijo, rehechas y reeducadas por una saludable pena medicinal, todo lo larga y aflictiva que se quiera, podrían ser de más utilidad a la España grande y gloriosa que renace al influjo salvador del providencial Caudillo, que aniquiladas por un castigo definitivo e irreparable, que mata la vida y con ella toda la esperanza.

El «providencia Caudillo» no lo pensó así y el 6 de octubre de 1939 firmó el enterado, que fue el preámbulo de la ejecución en la madrugada del 30 de ese mes con tantos muertos.

Jesús Menchén quedó huérfano de padre y se crio en compañía de su tío José Jiménez Manzanares, deán de la catedral de Ciudad Real. El también historiador de las barbaridades cometidas con los religiosos de esa provincia durante la guerra salvó la vida gracias, entre otros, a su sobrino. Agradecido y cristiano, el 23 de mayo de 1939 se dirige al tribunal militar suplicando la conmutación de la pena de muerte. Ni siquiera le contestaron y, desde luego, su carta fue ignorada en una sentencia con notables inexactitudes.

El resultado fue trágico. El joven maestro y poeta, que había lamentado en la prensa lo sucedido a García Lorca, corrió su misma suerte, aunque con el cinismo de un sumarísimo donde desde el primer documento se intuye el desenlace. La comparación de la poesía de Roger de Flor, tan circunstancial, y la lorquiana es un absurdo. Así cabe admitirlo. No obstante, el destino trágico los igualó en una España negra e intolerante. Al menos, procuraré que Jesús Menchén sea recordado como víctima de una barbarie siempre rechazable, pero que en ocasiones como la del joven maestro conmueve por lo radicalmente injusta y bestial.

 

Pdta. El borrador o preprint del capítulo dedicado a Jesús Menchén, que aparecerá en el tercer volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores, ya se puede consultar en el Repositorio de la Universidad de Alicante, donde permanecerá a la espera de que otros colegas puedan indicarme posibles errores o indicaciones:

http://hdl.handle.net/10045/154678

miércoles, 30 de octubre de 2024

Acto [aplazado] de reconocimiento para Miguel Hernández y los demás procesados del Juzgado Militar de Prensa


 Miguel Hernández, Valencia, 1937

El próximo 31 de octubre tendrá lugar en Madrid el acto de reconocimiento de Miguel Hernández como víctima del franquismo y se hará efectiva, de manera oficial, la anulación de su condena. El objetivo se ha alcanzado gracias a la Ley de Memoria Democrática, pero también por el empeño durante décadas de su familia, los hernandianos como Joan Pámies y, claro está, los historiadores que hemos probado la barbaridad jurídica que supuso el procesamiento del poeta.

La tarea de décadas ha sido dura y compleja. Ya culminada, solo lamento la ausencia de algunos amigos que la emprendieron. Me acuerdo especialmente del escritor Enrique Cerdán Tato o del fiscal Miguel Gutiérrez. Su empeño hizo posible los trabajos posteriores, gracias a una cadena donde cada uno aporta documentos o análisis hasta desembocar en un resultado que nunca es definitivo, pero resulta aceptado como relevante por la comunidad académica:

Si un historiador tuviera la voluntad de tergiversar o manipular los documentos consultados, lo último que haría es publicarlos íntegramente junto con su estudio. Así lo hice en la edición de 2022 y el espectacular número de descargas de la versión digital prueba que el interés por conocer lo sucedido en los consejos de guerra de Miguel Hernández es notable.

No obstante, llegados a este momento de reconocimiento público para el poeta, creo que el mismo se debería extender a todas las víctimas del Juzgado Militar de Prensa, que fueron muchas según lo visto en Las armas contra las letras y veremos en los dos próximos volúmenes de la trilogía.

A lo largo de estos últimos años, he tenido la oportunidad de conocer a la mayoría de los descendientes de esas víctimas. La relación de colaboración y recogida de testimonios ha sido satisfactoria, tanto desde el punto de vista histórico como del humano. Ahora, al cabo de los años, no solo tengo colaboradores, sino también amigos que agradecen la labor realizada.

La relevancia de Miguel Hernández nunca debe ocultar el drama de otros escritores y periodistas que pasaron por el Juzgado Militar de Prensa para acabar condenados. La familia de Diego San José fue la responsable de que me interesara por este colectivo. Gracias a su nieto, Diego San José también, dispuse de la documentación digitalizada y catalogada. El trabajo fue arduo, pero las principales obras del escritor ya están en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes al alcance de cualquier interesado, su testimonio carcelario circula como obra de referencia para conocer la represión franquista y, con la ayuda de la editorial Renacimiento, contamos con ediciones críticas al alcance de los lectores.

La satisfacción por lo arriba indicado se extiende al hecho de haber colaborado con Marta Sama para dar a conocer la historia de su padre, el bienhumorado Joaquín Sama. Lo mismo puedo decir de los descendientes de Antonio Buero Vallejo, Antoni Pugués, Javier Bueno, Julián Zugazagoitia, Jaime Menéndez Fernández, Antonio Otero Seco, Antonio Montoro, Santiago de la Cruz Touchard y tantos otros.

Las respuestas de estos descendientes han sido positivas porque, ajenos a cualquier afán revanchista, les emociona que los citados tengan un relato propio y un lugar en la memoria histórica, aquel que les arrebató el franquismo cuando fueron condenados. Si, trabajando juntos, lo hemos conseguido, bien está el esfuerzo de años de búsquedas y consultas.

Desde que inicié esta tarea, supe que el relato de las víctimas debía verse acompañado con el de los victimarios. De ellos también hablan mis libros, pero por desgracia sin la ayuda de los familiares. En varias ocasiones he intentado entrar en contacto con los mismos para recabar sus testimonios porque, incluso en el caso de que no los compartiera, mi obligación como historiador es citarlos para el conocimiento de los lectores. La respuesta ha sido un silencio absoluto, al margen de circunstancia conocidas por los lectores de este blog.

En cualquier caso, me he puesto en contacto con Joan Pámies, el impulsor del acto de reconocimiento a Miguel Hernández, para que en el evento que se celebrará el mismo día 31 de octubre en el Ateneo de Madrid se cite expresamente a estas víctimas del Juzgado Militar de Prensa, donde se instruyeron unos sumarios que desembocaron en duras condenas.

Miguel Hernández merece este reconocimiento, pero nunca debemos olvidar que junto a él otros escritores y periodistas fueron condenados por su fidelidad a la II República y haber ejercido el derecho a la libertad de expresión en defensa de sus ideales. Sus descendientes, satisfechos por el reconocimiento del poeta oriolano, también lo están porque sus familiares vuelvan a tener un relato para la historia. Tras tantos años de silencio impuesto, creo haber contribuido a dárselo y, ahora mismo, me acuerdo de los dos ancianos hijos de Diego San José, que llegué a conocer y me emocionaron cuando presenté en Madrid las memorias carcelarias de su padre. Aquella imagen recompensa años de trabajo.

Pd.: A causa de las graves inundaciones en varias localidades y la terrible noticia de los fallecidos en las mismas, el acto para el que estaba prevista la presencia del presidente del Gobierno ha quedado aplazado. Cuando sepa la nueva fecha, lo comunicaré.

Pd.: Con fecha del 31 de octubre de 2024, la Junta de Gobierno de la Universidad de Alicante ha acordado por unanimidad adherirse al acto de reconocimiento de Miguel Hernández como víctima del franquismo y la decisión de anular su sentencia adoptada por el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática.

martes, 3 de septiembre de 2024

Manuel Martínez Gargallo y la II República


Desde hace años mantengo alertas en Google para conocer cualquier novedad relacionada con los protagonistas de mis trabajos. Algunas, como la del grupo teatral Tricicle, me dan resultados todos los días. Incluso ahora, que como tal grupo se ha retirado de los escenarios. Otras veces los resultados cotidianos son fruto de una coincidencia. Así sucede con Diego San José, que cuenta a menudo con novedades, pero son las relacionadas con el guionista cuyo nombre y apellido coinciden con los del escritor procesado durante la posguerra. El goteo de las demás es bastante azaroso y, por desgracia, pocas veces me remiten a una noticia verdaderamente interesante.

El pasado 27 de agosto saltó la del juez y capitán Manuel Martínez Gargallo con motivo de una noticia publicada en Diario16 por Agustín Millán:

https://diario16plus.com/analisis/jueces-contra-ii-republica-paralelismos-con-oposicion-judicial-gobierno-sanchez_501443_102.html

El texto da cuenta de la publicación de un nuevo libro de Rubén Pérez Trujillano, colega de la Universidad de Granada, titulado Jueces contra la República. El poder judicial frente a las reformas democráticas (Madrid, Dykinson, 2024). Agustín Millán cita a Manuel Martínez Gargallo como ejemplo de los jueces que, con sus sentencias, intentaron anular los efectos prácticos de la política reformista emprendida por los sucesivos gobiernos republicanos. En concreto, le cita por su oposición a la ley de reforma agraria. La información ya la conocía y probablemente el periodista la extrajo de mis trabajos dedicados desde 2014 al futuro titular del Juzgado Militar de Prensa.

No obstante, me puse en contacto con el joven profesor de Derecho Civil y autor del libro para preguntarle si en el mismo había más información sobre el humorista convertido en juez. Su respuesta fue negativa, pero el contacto me permitió conocer lo publicado acerca del citado libro y comenzar a leerlo con la satisfacción de encontrar la confirmación de lo sospechado: la fuerte oposición del poder judicial a la política reformista de los republicanos.

El boicot que sufrió la II República desde el mismo 14 de abril de 1931 normalmente se concreta en torno a los militares y algunos sectores políticos con la decisiva participación de la Iglesia Católica. Razones no faltan para esta focalización, pero en la misma también debería entrar el poder judicial, que de forma mayoritaria supuso un obstáculo para la consolidación del régimen republicano. La situación se repitió con la actual democracia durante la Transición y hasta los primeros años ochenta, tal y como estudié en Ofendidos y censores. La lucha por la libertad de expresión (1975-1984), publicado en 2022:

Rubén Pérez Trujillano demuestra esta evidencia histórica con el rigor de una excelente monografía. Su trabajo es un nuevo ejemplo de la hornada joven de investigadores que está abordando temas históricos hasta ahora poco frecuentados. Tengo la suerte de permanecer en contacto con muchos de ellos, incluso la sensación de ser el senior de un grupo informal, y ahora se suma al mismo el colega de la Universidad de Granada, que curiosamente explica en sus clases, entre «la admiración y el horror», el acoso que sufro desde hace cinco años por la publicación de mis libros sobre la represión franquista.

Os dejo con los enlaces localizados en torno a la publicación de Jueces contra la República, un libro recomendable para valorar los obstáculos a los que debió enfrentarse un régimen aquejado de contradicciones y errores, pero sobre todo boicoteado desde el primer día:

https://www.eldiario.es/sociedad/lawfare-anos-30-sabotaje-jueces-segunda-republica_1_11577841.html

https://ctxt.es/es/20240701/Politica/46908/Gorka-Castillo-entrevista-Ruben-Perez-ofensiva-judicial-III-republica-militares.htm

martes, 16 de julio de 2024

Hay que preparar la vuelta a clase (y disfrutar)


Durante toda mi vida laboral, y van cuarenta y dos cursos desde que la inicié como profesor, he soportado las bromas de quienes decían envidiarme por un veraneo de tres meses que se suma a otras vacaciones. Yo no niego que haya docentes que los disfrutan sin cargo de conciencia, pero me temo que la mayoría nunca ha conocido semejante bicoca, ni siquiera como funcionarios con plaza fija.
A los sesenta y seis años podría poner punto final o seguir cobrando como catedrático sin apenas dar un palo al agua. La circunstancia, por desgracia, no llamaría demasiado la atención porque algunos finales de las carreras docentes parecen un tranquilo deslizamiento hacia la nada. Sin embargo, otros docentes tenemos conciencia de funcionarios, nos gusta nuestra tarea como servicio público y procuramos mantener el ritmo de trabajo de toda la vida porque la salud todavía nos acompaña.
Esta semana he cerrado las actas del curso pasado y, ahora mismo, ando enfrascado en la preparación de las clases del próximo, donde después de dos años con semestres sabáticos por motivos de investigación vuelvo a explicar la asignatura Historia del espectáculo: teatro y cine en la España del siglo XX. La impartiré junto con un joven profesor que, mientras espera opositar a una plaza digna, trabaja en la universidad en unas condiciones económicas que me parecen impropias de una institución pública. Por desgracia, no las puedo cambiar, pero sí asumir una parte considerable de las tareas de mi joven colega para que la experiencia sea formativa y no solo recordada como un trabajo de "becario" al servicio de Nacho Cano.
Los apuntes de la asignatura, como siempre, son de acceso público por si otros jóvenes profesores de distintas universidades pudieran beneficiarse de los mismos. Mi trabajo se realiza con dinero público y sus resultados están a disposición de la ciudadanía que me paga con sus impuestos:

http://hdl.handle.net/10045/145193

Mientras vuelvo a preparar los comentarios acerca de escenas como la de la foto, un entrañable diálogo entre Luisito y la niña a la que dedica sus primeras rimas con la esperanza de un beso, sigo con temas menos risueños como son los consejos de guerra. El segundo volumen de la trilogía dedicada a los procesos contra periodistas y escritores ya está entregado y en otoño, si todo va bien, trabajaremos para ultimar su edición a cargo de la editorial Renacimiento en colaboración con el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alicante.
Estos trabajos han motivado la invitación a participar en un volumen colectivo que editará Espasa Calpe sobre los mecanismos de represión durante la dictadura franquista. A pesar del calor de julio, ya he redactado mi capítulo acerca de las víctimas inesperadas de aquellos consejos de guerra, que no solo condenaron a los antifascistas como Miguel Hernández o a los autores comprometidos en general con lo que supuso la II República. Hay otras víctimas bien distintas que también merecen nuestra atención para calibrar las verdaderas dimensiones de la represión franquista durante la posguerra.
La revista norteamericana Anales de Literatura Española Contemporánea cumple cincuenta años en la brecha del hispanismo. Con tal motivo, me han invitado a participar en un número extraordinario con un artículo sobre el consejo de guerra del dramaturgo Antonio Buero Vallejo. Ahora mismo lo estoy redactando y en septiembre partirá camino de los colegas que con tanto trabajo sacan esta ejemplar publicación a la que, involuntariamente, di un motivo de preocupación a partir de una demanda judicial resuelta tras las sentencias del Tribunal Supremo y el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana. El tantas veces citado artículo sobre el juez humorista, Manuel Martínez Gargallo, y Diego San José con el tiempo se ha convertido en un best seller que prueba la sinrazón de quienes pretendieron censurarlo.
También sigo pendiente de los trámites del doctor que me haría muy feliz entrando en la plantilla de la universidad que abandonaré dentro de cuatro años con motivo de mi jubilación. Tengo el privilegio de haber sido su «tercer director de tesis», pero sobre todo la alegría de ver a un joven al que he transmitido la voluntad del trabajo junto con otra joven que, con su esfuerzo, ya se ha abierto camino en una España abierta y plural.





Y, claro está, tengo una pila de libros que se han acumulado tras un curso donde no siempre contamos con el tiempo suficiente para su lectura. Si el calor no lo impide, con la flojedad que acarrea, en septiembre la pila habrá desaparecido y hasta podré disfrutar de unos pocos días de descanso total en compañía de quien siempre ha estado conmigo. Mientras llegan, y sin que nadie se entere, aprovechamos algunas noches para viajar a través de la música y el cine que tantos recuerdos nos traen. Algunos días regresamos a Lisboa para emular a Pereira de la mano del gran Marcello, que siempre merece una evocación con la música de Ennio Morricone:




Y otros, más quiméricos o entusiastas, viajamos a la Cuba que nunca visitaremos porque se ha convertido en una dictadura. Lo lamentamos, pero siempre nos quedará la isla soñada en compañía de aquellos ancianos del Buena Vista Club Social que nos enseñaron la dignidad de una vejez creativa. Para ese viaje fantástico solo precisamos de una moto con sidecar y nos la prestó Wim Wenders en una película de 1999 que forma parte de nuestro imaginario: