lunes, 23 de octubre de 2017

Un escritor en las cárceles franquistas

El escritor y crítico Rafael Narbona ha publicado en Revista de Libros una excelente reseña de mi edición de la obra de Diego San José:

Ignoraba que Diego San José, y mi padre, Rafael Narbona, habían mantenido una relación de cordial amistad, pese a que les separaban casi tres décadas. Diego San José nació en 1884 en Madrid. Mi padre, en Córdoba, en 1911. Ambos eran escritores y periodistas en una época caracterizada por las tensiones políticas y sociales. Antes de la guerra, Diego San José disfrutó de una enorme popularidad como periodista, autor teatral, novelista, poeta, letrista de zarzuelas y villancicos, como el popular «Arre borriquito». Colaborador habitual de El ImparcialEl Heraldo ABC, Manuel Machado prologó una de sus primeras obras poéticas, Libro de diversas trovas (1913). En la tertulia de El Gato Negro, frecuentada –entre otros‒ por Emilio Carrere, Pedro de Répide y el escultor Victorio Macho, conoció al general José Millán-Astray, un militar culto y con inquietudes literarias, pese a que la posteridad lo recuerda como un energúmeno, no sólo por su papel –muy notable‒ en la guerra de Marruecos y su participación –poco relevante‒ en la Guerra Civil, sino por su célebre y confuso altercado con Miguel de Unamuno en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. A pesar de sus diferencias ideológicas, se hicieron amigos hasta el punto de que San José aceptó el encargo de escribir sus memorias.
Cuando se produjo el levantamiento militar, el escritor se alineó con la Segunda República, ocupando durante un tiempo la jefatura de prensa de la Dirección General de Seguridad. Desde su puesto, realizó gestiones para proteger a Pedro Muñoz Seca –tristemente infructuosas‒ y a los hermanos Álvarez Quintero. Sin afiliarse a ningún partido político, la violencia de las milicias revolucionarias le causó horror y consternación, pero no retiró su apoyo al gobierno republicano. El 10 de abril de 1939 fue detenido y, más tarde, procesado por el Tribunal Especial de Prensa, que inicialmente lo condenó a doce años. El juez Manuel Martínez Margallo consideró insuficiente el castigo y, en una nueva revisión del caso, le impuso la pena de muerte por «adhesión a la rebelión militar». Suele incluirse a Martínez Gargallo en la «Otra Generación del 27» (Edgar Neville, Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela) por sus narraciones humorísticas firmadas con el seudónimo «Manuel Lázaro». Amigo íntimo de César González-Ruano y Camilo José Cela, se mostró particularmente implacable con sus antiguos colegas. Firmó la condena a muerte de Miguel Hernández y del dibujante Enrique Martínez Echevarría, que había ilustrado sus propios cuentos. Gracias a la intervención de Millán-Astray, la pena de muerte de Diego San José se conmutó por cadena perpetua. Años más tarde, el escritor agradecería el favor, escribiendo su necrológica, pero sin firmarla.
Hace unos meses, el nieto de Diego San José se puso en contacto conmigo por medio de las redes sociales, enviándome cartas y notas que su abuelo y mi padre habían intercambiado durante los duros años de la posguerra. Fue una grata sorpresa que aún se hizo más emotiva cuando nos conocimos en persona e intentamos reconstruir una relación de la que sólo conservamos los documentos y los recuerdos de María del Carmen, una de las hijas del escritor, que aún vive y no ha perdido un ápice de lucidez. Con sus noventa y dos años, desborda humor, inteligencia y esa elegancia de otro tiempo, cuando la delicadeza y la serenidad ejercían una estricta tutela sobre el comportamiento. Aún recuerda la dirección de mi padre en Madrid y no ha olvidado que fue secretario de los hermanos Álvarez Quintero. Conocer a María del Carmen y a Diego, su sobrino, y nieto del escritor, constituyó una experiencia muy grata que confirmó la necesidad de preservar y recordar el pasado, no sólo por sus vínculos con nuestra propia historia personal, sino por su carácter iluminador de un presente que aún no se ha librado del trauma de una guerra civil y una larga dictadura. Diego me entregó un ejemplar de la obra autobiográfica de su abuelo, titulada de De cárcel en cárcel. Publicada por primera vez en 1988, la edición contenía infinidad de erratas. El profesor Juan Antonio Ríos Carratalá corrigió y depuró el texto, completándolo con un apéndice que reproduce y estudia con rigor el expediente judicial del escritor, mostrando el ensañamiento del juez Martínez Gargallo y la indefensión de los presos políticos republicanos, sin otra alternativa que buscar avales de personalidades afectas al régimen.
Ferviente admirador de los clásicos, San José –que había llevado a cabo una meritoria refundición de Fuenteovejuna‒, escribió De cárcel en cárcel con una prosa limpia y sencilla, que testimonia su sufrimiento interior sin caer en la autocompasión o el sentimentalismo. No es necesaria la retórica cuando los hechos desnudos producen un espanto sin límites. A poco de ser detenido, un esbirro le extiende su pistola, invitándole a volarse la cabeza: «Siempre es mejor morir de un solo tiro en la cabeza que acribillado a balazos». Los malos tratos se alternan con las humillaciones, que privan a los presos de cualquier forma de intimidad o dignidad: «Había un retrete inodoro, del que todos habíamos de servirnos cuando fuese menester, a la vista de los demás». Durante los cacheos, se roban sistemáticamente carteras, relojes, sortijas, estilográficas. Las celdas son húmedas y oscuras, verdaderas zahúrdas que parodian el sentido de la justicia simbolizado por la mítica imparcialidad de Themis. Los falangistas pasean sus «cinco flechas envenenadas» por las treinta y seis cárceles del Madrid de 1939, muchas de ellas antiguos conventos que el clero ha prestado con entusiasmo, feliz de contribuir a la «limpieza» de España. Los traslados son habituales e intempestivos. No se informa ni avisa a los detenidos y a sus familias con el fin de incrementar su angustia. No hay otro lecho que el «microscópico espacio de dos ladrillos», lo cual obliga a todos los presos a concertar sus movimientos para cambiar de postura. Quienes sobreviven a las torturas reciben cuidados médicos hasta recobrarse y poder desfilar ante el piquete de ejecución. Estar afiliado a un partido o sindicato, haber participado en una huelga o haber expresado palabras ofensivas hacia el nuevo régimen y su Caudillo son delitos suficientemente graves para ser fusilado en las tapias del cementerio del Este. En algunos casos, se emplea el garrote vil, añadiendo a la muerte una nota de infamia, pues se considera un método reservado para los delincuentes comunes. Un preso que sobrevive a las balas es ahorcado para no brindarle una nueva oportunidad al azar.
El primer juicio de Diego San José es una parodia. El segundo, una mascarada perversa. En los tribunales, el escritor coincide con mujeres que se enfrentarán a jueces tan siniestros como los verdugos de Mariana Pineda. Cuando el director de la prisión le pregunta a San José por su comparecencia ante el juez, contesta que lo han comparado con Erasmo, Voltaire y Rousseau, responsables de la Reforma y la Revolución francesa. Asombrado, el funcionario inquiere: «Y a esos, ¿cuánto les han pedido?». Las noches en prisión son especialmente penosas cuando la sombra de «La Pepa» ronda por los pasillos, con el nombre de los condenados en los labios. Los carceleros disfrutan pronunciando lentamente el nombre de pila y, poco después, el primer apellido, dejando en vilo el alma de quienes no sabrán su destino hasta escuchar el final. El «espíritu cristiano» de la nueva España se nutre de «infamias, sangre, odio y lágrimas». San José pronostica que Franco –«vanidoso, vacío y cruel»‒ será recordado como un nuevo Fernando VII. El escritor no niega el «terror rojo» de los primeros meses de la guerra, pero afirma que los responsables fueron maleantes que se saltaron las leyes y no reconocieron ninguna autoridad, aprovechando las circunstancias para cometer todo tipo de iniquidades. En cambio, los sublevados actúan conforme a un plan de exterminio. La iglesia católica secunda ese propósito. Los sacerdotes aplauden las ejecuciones y animan a proseguir el escarmiento. En las cartas pastorales de los obispos, no hay rastro de piedad y perdón. Por el contrario, el rencor y el odio se exhiben sin pudor. Operado de una hernia inguinal, San José ocupa el lecho de un preso que ha muerto esa misma tarde. El enfermero lo tranquiliza, contándole que ha puesto sábanas limpias: «El que estaba antes ha muerto de una paliza que le atizaron en la comisaría, y eso, aunque es cosa que se pega, no se contagia». 
Las visitas de gerifaltes de la Alemania nazi o la Italia fascista se celebran incrementando las ejecuciones. San José relata que algunos afrontan la muerte con serenidad; en cambio, otros se desmoronan, como un joven de veinte años que grita desesperado su edad, clamando que apenas ha vivido. El 14 de abril de 1940 se cobra ciento cincuenta víctimas en Madrid, incluidas veinticinco mujeres. Pedro Luis Gálvez coincide con San José en la cárcel de Porlier. Poco antes de salir hacia la muerte, entrega a otro recluso un soneto en el que se despide de su familia. Un guardia lo intercepta y, tras leerlo, lo rompe en pedazos, exclamando: «Sensiblerías y ñoñeces de última hora». Cuando se aplica la Ley de Fugas en los recintos penitenciarios, el soldado que ha disparado, lejos de ser reprendido o investigado, recibe diez duros y días de permiso. En medio de esta barbarie, despunta la piedad en el lugar más inesperado. Millán-Astray convoca a la familia de Diego San José para comunicarle que han indultado al escritor. Su mujer y sus hijos se echan a llorar de alegría: «¡No lloréis, porque me haréis llorar a mí también!», suplica el general. Emilio Carrere, Cristóbal de Castro, Tirso Escudero, Joaquín Álvarez Quintero y otras figuras públicas han intervenido para lograr que se anule la sentencia. Otros se han mostrado reacios. El general Varela atiende a la mujer de San José, prometiéndole hacer lo que pueda, pero no oculta su desprecio: «Periodistas y policías: mala gente». San José se libra de la muerte, pero es trasladado lejos de Madrid para alejarlo de su familia. Enviado a Galicia, será confinado en el penal de la isla de San Simón, donde las condiciones de encierro se relajarán, salvo en el aspecto religioso. Sucesivos sacerdotes impondrán una tediosa disciplina de misas, confesiones, rosarios y catequesis. Su familia se instala en Redondela y, gracias a la ayuda del empresario José Regojo, finalizan sus calamidades materiales. Diego San José será puesto en libertad en 1944. Su fama caerá en el olvido, pero no dejará de escribir. Publicará algunas colaboraciones en El Faro de Vigo con el seudónimo «Román de la Torre». Su último libro, Estampas nuevas del Madrid viejo, lo dedica a José Regojo y a su esposa Rita Otero Fernández, hermana de Ernestina Otero Sestelo, notable pedagoga y maestra. Los tres desplegaron todas sus energías para auxiliarlo durante su cautiverio y ayudarlo después de su liberación. San José falleció en 1962, dejando ochenta obras inéditas.
De cárcel en cárcel es un libro esencial para comprender la represión de la posguerra y el clima de opresión impuesto por la dictadura franquista. Sin embargo, no es una obra lúgubre que se complazca en una visión pesimista de la condición humana. San José nos habla de funcionarios de prisiones benevolentes, de guardias civiles que intentan no agravar el sufrimiento de los presos, de sacerdotes y monjas que actúan con sensibilidad, de reclusos comunes que respetan a los presos políticos y comparten con ellos sus escasas pertenencias. Sólo los falangistas se comportan con un sadismo impenitente, mostrándose desafiantes y violentos en todo momento. La calidad moral de San José se pone de manifiesto durante un traslado de prisión a pie en el Madrid ocupado por los golpistas. El responsable de su custodia se relaja hasta el extremo de cruzar la calle y dejar que el tráfico los separe. El escritor puede huir, pero no quiere perjudicar a su acompañante, que lo ha tratado con consideración. Además, su edad y su hernia lo convierten en un improbable fugitivo. San José no incurre en ningún momento en el odio y el revanchismo. Desconozco cómo fue su amistad con mi padre, pero al conocer a su familia, extremadamente amable y cordial, no me cabe ninguna duda de que constituyó algo hermoso y notable. Cuando los afectos sortean décadas y propician encuentros, como el que se ha producido entre su nieto y yo, no puede hablarse de azar, sino de una misteriosa providencia que intenta preservar los aspectos más nobles de la existencia, como la amistad, la literatura y la esperanza.
Rafael Narbona es escritor y crítico literario. Es autor de Miedo de ser dos (Madrid, Minobitia, 2013) y El sueño de Ares (Madrid, Minobitia, 2015).

jueves, 12 de octubre de 2017

Una reseña de Contemos cómo pasó

El profesor José Antonio Pérez Bowie, catedrático de la Universidad de Salamanca, acaba de publicar una reseña de Contemos cómo pasó en la prestigiosa revista Anales de Literatura Española Contemporánea, que se edita en EE.UU. Os paso a continuación el texto de la reseña junto con una foto de Adriano Celentano, uno de los muchos referentes culturales abordados en el citado libro:



El profesor Juan Antonio Ríos Carratalá lleva varios años entregado a una peculiar revisión de la historia española reciente, tarea en la que se conjugan en una combinación divertida y fructífera la recurrencia a los testimonios de la cultura popular (prensa, cine, televisión, teatro, canciones) y las aportaciones de su propia memoria y de su capacidad de observación. Fruto de esa revisión han sido libros como La memoria del humor (2005), La sonrisa del inútil. Imágenes de un pasado cercano (2008), Usted puede ser feliz. La felicidad en la cultura del franquismo (2012), Quinquis, maderos y picoletos. Memoria y ficción (2014), Nos vemos en Chicote. Imágenes del cinismo y el silencio en la cultura franquista (2015). Esta vez el relato ofrece una enriquecedora variante pues su autor ha optado por implicarse personalmente en el mismo, presentando sus reflexiones sobre la realidad que aborda desde la óptica de sus propias vivencias del niño o del adolescente que fue. Significativamente, las fechas que enmarcan el periodo elegido son las del año de su nacimiento (1958) y las del año en que comienza sus estudios universitarios (1975), que coincide con la muerte del dictador y con el inicio del proceso de transformación que iba a experimentar España. No obstante, la elección de estas fechas no implica el establecimiento de un marco cronológico estricto pues la escritura deliciosamente errática de su autor, que discurre siguiendo el fluir caprichoso de la memoria, determina que ambos márgenes se vean a menudo superados. Por otra parte, Juan Antonio Ríos, pese a esa novedosa apelación a su biografía personal, dista mucho de la arrogarse una función protagonística y de erigirse en centro de la historia que narra; al contrario de lo que suele ser usual en las tan en boga “escrituras del yo”, su ubicación está en los márgenes de ese relato, con la actitud de un modesto cronista que recuerda y comenta con ironía, no incompatible con alguna dosis de nostalgia, la vida que pululaba en derredor. Y en línea con lo que es habitual en sus libros precedentes no es la Historia con mayúsculas el objeto de su atención, sino los flecos de la misma que suelen ser despreciados o desatendidos por los cronistas que han dibujado el tapiz donde se recogen los acontecimientos claves de un periodo: vivencias cotidianas, anécdotas sin trascendencia, personajes oscuros o insignificantes, muchas veces anónimos, que son revividos por la memoria del autor para iluminar rincones que habían quedado fuera del foco de los relatos oficiales y añadir a estos la dosis de calor y humanidad de la que carecen. Y también, en ocasiones, son objeto de su atención algunos personajes pertenecientes al universo de la ficción cuyas historias contribuyeron a alimentar las existencias grises de la gente de a pie, especialmente en unos años como los acotados, cuando la ficción, como señala el autor, “era disfrutada y compartida simultáneamente por una mayoría hasta el punto de convertirse en seña de identidad colectiva” (p. 146). Otra de las aportaciones de Juan Antonio Ríos en sus evocaciones del pasado, y especialmente en este libro, es la plena libertad con que las emprende, alejado de cualquier pretensión de rigor e ignorando deliberadamente la línea que separa lo vivido de lo imaginado, pues se manifiesta consciente de que “la realidad, puesta a ser recordada, debe contar con las ayudas de la ficción para extraer la correspondiente enseñanza o, en su defecto, para resultar placentera, que no es poco” (p. 165). Esa renuncia al rigor privativo de los autores que se invisten de la función de cronistas se debe a la errancia antes mencionada de la escritura de Juan Antonio Ríos, atenta tan solo al fluir inconsciente de la memoria a la que afloran “recuerdos aislados, fragmentarios y un tanto caóticos cuyo hilo conductor resulta tan misterioso como el cambalache de la vida”; especialmente en una edad en que uno tiende a aferrarse a los momentos de plenitud ya vividos, pues tales momentos comienzan a escasear cuando el presente tiende a menguarlos “con la colaboración de achaques, resignaciones y frustraciones carentes de segunda convocatoria” (p. 11). Y con relación a la aparente incoherencia que le lleva a su escritura a fusionar de los territorios de la ficción y de la realidad la justificará por las propias peculiaridades de la memoria individual, la cual, aunque es “un acto que no renuncia al rigor del conocimiento (…), también es creativo por la selección y la ordenación de referentes a la búsqueda de un desenlace”. Y esa misma creatividad la dota de una dimensión ficcional en virtud de la cual “no precisa de argumentos para su justificación ante el hipotético interlocutor o lector” (p. 13). Por otra parte, la sonrisa constituye un elemento permanentemente presente, a modo de contrapunto en esta indagación que el autor califica de “heterogénea y libérrima” y, a la vez, de “cómplice” porque “respeta los límites del pudor a la antigua usanza, mantiene el compromiso de veracidad en lo esencial y solo se ocupa de experiencias más o menos comunes, de aquello que con diferentes matices pudo vivir cualquier muchacho de la época” (p. 19). Ese ejercicio de memoria, mediante el que el autor se embarca en un viaje por el tiempo de su infancia y adolescencia, se articula en doce capítulos al frente de cada uno de los cuales figura el nombre del personaje que ha servido como desencadenante del proceso evocador. Personajes, en unos casos, cuya existencia transcurrió en el anonimato o sólo tuvieron reconocimiento en el reducido ámbito de la capital de provincias escenario de sus historias; en otros, se trata de figuras que pudieron alcanzar una cierta relevancia mediática pero cuya popularidad se eclipsó con rapidez. Desfilan, así, por estas páginas John Moore, un vagabundo popular en el Alicante de preguerra, superviviente de la explosión en 1913 de un barco en el que trabajaba como cocinero y cuyos restos mortales, según cierta leyenda urbana, pudieron ser confundidos con los de José Antonio Primo de Rivera y trasladados solemnemente al monasterio de El Escorial. El capítulo segundo gira en torno a la figura del letrista Jacobo Morcillo, autor de, entre otras canciones populares, Tengo una vaca lechera, mientras que el tercero se centra en Federico García Sanchiz conferenciante muy popular durante la inmediata posguerra, dueño de verbo “tan florido como frondoso” y especialista en el género de la “charla”. Los capítulos cuarto y quinto tienen como protagonistas respectivos al niño ajedrecista Arturito Pomar y a Rafael Cantalejo, alcalde de un pueblo andaluz que se hizo famoso como concursante en el programa de TVE Un millón para el mejor. Un actor portugués Virgilio Texeira, secundario permanente en varias películas heroicas de los años 40 y 50 sirve de punto de partida a las reflexiones que se desarrollan en el capítulo sexto, mientras que el cabo Rusty, compañero inseparable del perro Rin-Tin- Tin en la serie televisiva del mismo nombre, sirve como pretexto para la emocionada evocación del western que se desarrolla en el capítulo séptimo. Dos deportistas que gozaron de cierta popularidad mediática en aquellos años, el boxeador Pepe Legrá y el baloncestista Nino Buscató son los ejes en torno a los que se articula el relato en los capítulos octavo y noveno, mientras que los tres últimos parten de la evocación respectiva de las figuras del cantante francés Charles Trenet, la actriz Margarita García Sansegundo (quien bajo el nombre de Ágata Lys se convirtió en todo un símbolo erótico del cine español) y el twister “Chubby“ Checker. El grado del protagonismo de tales personajes varía considerablemente de un capítulo a otro y sus respectivas historias pueden ocupar desde varias páginas a unas pocas líneas. En todo caso, su función es la de mero catalizador que cumple el cometido de poner en marcha el proceso de evocación que la memoria del narrador lleva a cabo y en el que los elementos de la todavía incipiente cultura de masas constituyen un ingrediente primordial. Las referencias a tales elementos (películas, canciones, concursos y series de televisión, cómics, etc.) llenan las páginas de este volumen que van dando cuenta de la infancia y adolescencia del autor, quien, como he apuntado antes, renuncia cualquier veleidad de protagonismo para adoptar la posición del observador impenitente y reflexivo del mundo que se movía a su alrededor. Las referencias a los propios avatares biográficos (vida familiar, experiencias escolares, juegos y diversiones, amistades, el despertar de la adolescencia, los inicios de la concienciación política, etc.) están, obviamente, presentes pero casi siempre fuera de foco, como baliza imprescindible para el anclaje de esa realidad compleja y efervescente, ya ida, que ha intentado revivir en las páginas de este libro. Un libro que continúa la empresa de rescatar la memoria de la cotidianeidad de nuestro pasado reciente que viene llevando a cabo en otros títulos anteriores, aunque ahora con una mayor implicación personal. Empresa sin duda arriesgada de la que Juan Antonio Ríos ha salido exitoso a mediante lo que el denomina “una escritura sin orden ni concierto” pero “con propósito implícito de diálogo para jugar con la memoria, las consultas y la ficción” (p. 244). En la dosificación de esos tres ingredientes está, sin duda la clave de su éxito: la recurrencia a la imaginación para suplir los huecos de la memoria y dotar de vida a los recuerdos petrificados o borrosos; y una ardua tarea de investigación en todo tipo de archivos que ha proporcionado el rigor y la objetividad necesarios a un trabajo de estas características evitando la caída en la banalidad y en lo anecdótico. A ello hay que añadir el humor que preside todas estas páginas (combinado con la suficiente dosis de ironía mediante la que el autor logra mantenerse en una prudente e imprescindible distancia) y que determina que la sonrisa no desaparezca en ningún momento de la boca del lector desde que se sumerge en ellas. En definitiva, un libro altamente recomendable, editado con esmero por la prensas de la Universidad de Alicante y acompañado de un imprescindible, aunque quizá demasiado escueto, apéndice de documentos fotográficos.
 José Antonio Pérez Bowie
 Universidad de Salamanca