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lunes, 27 de octubre de 2025

La tardía condena a muerte de un periodista conservador


 AGHD, sumario 48067

El periodista Victorino Tamayo Mayones era un veterano de cincuenta y cuatro años cuando acabó la Guerra Civil. Casado, padre de tres hijas emparentadas con familias de orden y de un hijo, Manuel, perseguido por su condición de requeté, la perspectiva del exilio suponía un imposible o un absurdo para quien también arrastraba problemas de salud.

El director de Hoja del lunes de Madrid en tres ocasiones -1931, 1933-34 y 1936- pronto abandonó las responsabilidades en la prensa republicana. La publicación auspiciada por la APM cesó el 24 de octubre de 1936 y Victorino Tamayo Mayones no encontró acomodo en otra cabecera. Procedente de las Milicias Gráficas por compromiso del cargo, el granadino y sobrino del ilustre dramaturgo Manuel Tamayo y Baus se trasladó a Valencia junto con su esposa. Allí tampoco dispuso de una oportunidad en las redacciones y, gracias a un amigo, a su avanzada edad el 12 de julio de 1937 pudo alistarse como voluntario.

Las trayectorias militares entre los republicanos incluyen casos tan fulgurantes como carentes de rigor. Victorino Tamayo Mayones ascendió directamente a capitán, pero en la retaguardia como comisario de las estaciones ferroviarias de Villacañas, Utiel y Valencia. El periodista tampoco destacó como miembro del batallón Águilas de la Libertad durante los primeros meses de la guerra en la capital. Su objetivo era ampararse en sus filas como otros derechistas y contar con un plato de comida.

Consciente de no tener «las manos manchadas de sangre» y ajeno a cualquier simpatía republicana, Victorino Tamayo Mayones se entregó a los vencedores el 31 de marzo de 1939 en Valencia con el deseo de colaborar en la construcción de la renacida España del Glorioso Movimiento Nacional. El 26 de enero de 1942 fue condenado a muerte.

El sumario 48067 permanece incompleto en el AGHD y el deterioro de algunos documentos dificulta su lectura. Ambas circunstancias impiden comprender una parte de lo sucedido con un sumarísimo de urgencia de casi cuatro años, que pasó por distintos juzgados de instrucción sin mediar justificaciones con prueba documental.

El capitán Victorino Tamayo Mayones no debió parecer peligroso a los vencedores y le dejaron libre en Valencia como si fuera un soldado raso. Ya de regreso a la capital junto con su bien situada familia, el 19 de abril se presentó en los Servicios de Prensa de Madrid porque confiaría en sus relaciones con los vencedores. Desde allí, ante semejante prueba de buena voluntad, le mandarían al campo de concentración Miguel de Unamuno. En julio ya se encontraba en el penal de Ocaña, mientras el Juzgado Especial de Prisioneros, localizado en Aranjuez, instruía el correspondiente sumario sin que en la documentación conservada se encuentre la orden del auditor. Tal vez nunca existiera.

El 7 de septiembre de 1939, el auditor manda instruir el sumario 48067 al Juzgado Militar de Prensa. El documento no menciona la existencia de otro sumario anterior relacionado con el mismo procesado. Dos meses después, su titular, el capitán Manuel Martínez Gargallo, pide la inhibición del Juzgado Especial de Prisioneros en el proceso seguido contra el granadino. El 9 de noviembre su colega de Aranjuez remite a la plaza de Callao, 4, las actuaciones de una instrucción de la cual ignoramos el número y la correspondiente orden del auditor. La irregularidad parece notable.

Las citadas «actuaciones» son dos fichas clasificatorias del 20 de julio y el 26 de agosto de 1939, esta última fechada en el penal de Ocaña, y un informe de la DGS del 7 de octubre donde la policía manifiesta carecer de datos acerca del periodista. Las fichas indican el período durante el cual el encausado sirvió como voluntario hasta llegar a «comisario» de las citadas estaciones. El nombramiento no consta en las fuentes consultadas. Asimismo, Victoriano Tamayo Mayones alega que nunca publicó artículos sobre temas políticos en la prensa republicana. De hecho, su firma no aparece en los incluidos en Hoja del lunes.

Las declaraciones de las fichas fueron completadas por el periodista mediante dos extensos escritos del 20 de julio y seis días después. En realidad, ambos son similares y deducimos que el primero iría al juzgado de Aranjuez y, tras conocer su inhibición, el segundo lo remitió a Manuel Martínez Gargallo. El problema es la fecha: 26 de julio de 1939, un mes y medio antes de que el auditor mandara instruir el sumario 48067 al Juzgado Militar de Prensa.

Al margen de la incoherencia cronológica de la fecha, la misma permite suponer que Victorino Tamayo Mayones tendría en la APM, localizada en la sede del juzgado destinado a los periodistas, alguien que le informara de la marcha del proceso. La fuente para la posible filtración estaba cercana. De hecho, Rafael Cordero Avilés reproduce fragmentos de las cartas de Víctor Ruiz Albéniz, El Tebid, dirigidas a Manuel Martínez Gargallo interesándose por la suerte de un colega cuya familia recibió la modesta ayuda de la asociación para sobrevivir.

Victorino Tamayo Mayones en sus escritos reconoce que, gracias a la APM, fue director de la Hoja del lunes entre enero y octubre de 1936, pero añade que no publicó artículos durante «el dominio rojo». El periodista, «nunca estuvo compenetrado con la causa roja» y manifiesta su «repugnancia» por la «prensa marxista». El encausado afirma haber sido militante de Unión Republicana en 1935 y miembro de la Agrupación Profesional de Periodistas a lo largo de la guerra. También estuvo afiliado al Sindicato de Autores y Compositores por su relación con el teatro. Una vez cesado como director de la hoja semanal, Victorino Tamayo Mayones salió de Madrid, buscó suerte en Valencia y terminó en unas estaciones ferroviarias para sacar adelante su familia, pues carecía de cualquier otra fuente de ingresos.

Las cartas del procesado a los instructores son coherentes con la declaración efectuada en enero de 1940, pero resultan más explícitas en su deseo de congraciarse con los vencedores a la espera de una absolución. Victorino Tamayo Mayones rechaza la «política sectaria», alardea de tradicionalista y explica que sus artículos «se han consagrado totalmente al enaltecimiento de las glorias españolas de la literatura dramática y de la escena, rindiendo así culto a la tradición soberana de nuestra patria, que tanto nos honra y enaltece». El patriotismo al uso de la Victoria culmina con una frase inequívoca: «Para mí, siempre y por encima de todo, ¡España!».




La única prueba recabada durante la instrucción es un informe no fechado del alférez Baena Tocón. El secretario del Juzgado Militar de Prensa reproduce los «rótulos, titulares y entrefiletes» de una serie de artículos anónimos publicados en Hoja del lunes entre el 2 de agosto y el 27 de septiembre de 1936. Victorino Tamayo Mayones afirmaría después que esos textos venían impuestos por las directrices gubernativas de la censura. Al mismo tiempo, el sumario incluye avales y testimonios de destacados periodistas y literatos (Francisco Casares, Francisco Ramos de Castro…), que son positivos para el encausado.

Fruto de los mismos, y de manera sorprendente, el 18 de septiembre de 1940 le excarcelan del penal de Santa Rita, tres días antes del auto resumen que culminaba la instrucción. El mismo ya no fue firmado por Manuel Martínez Gargallo, en otro destino por entonces, sino por el juez accidental Eduardo del Moral, del que no consta el correspondiente nombramiento como sustituto.

El auto es positivo para el encausado. El juez considera que su presencia en el ejército republicano solo se debió a motivos económicos, prescinde del informe del alférez Baena Tocón y concluye, a partir de los testimonios, que el periodista es de «ideas religiosas y de estricto orden moral, sin que le crean capaz de cometer hecho delictivo alguno».

La documentación permite pensar en una pronta absolución del granadino, pero el 16 de noviembre de 1940 el fiscal Leopoldo Huidobro solicita la pena de muerte sin mediar nuevas acusaciones. A partir de este momento, se inicia un período en blanco porque, ante semejante petición, el auditor o el capitán general paralizarían la celebración del consejo de guerra. De hecho, el 7 de octubre de 1941 el primero devuelve el sumario al juzgado instructor para incorporar los avales favorables.

Victorino Tamayo Mayones regresa a la cárcel de Porlier y allí, en una especie de limbo jurídico, espera hasta que el 7 de enero de 1942 un nuevo fiscal pide para el granadino una condena de treinta años. La misma, sorprendentemente, se convierte a muerte en la sentencia del 26 de enero de 1942 dictada por el teniente coronel José Ortiz Gómez. La documentación sumarial no permite vislumbrar un nuevo motivo para este cambio.

La pena máxima sorprende por la tardía fecha del consejo de guerra y la personalidad del procesado. Su dureza provocó una avalancha de testigos y avales para salvar al periodista granadino. Fruto de la misma, el 7 de marzo de 1942 el capitán general de la I Región Militar anuló la sentencia y un mes después el auditor dicta la orden de abrir una nueva instrucción para recabar los testimonios favorables al encausado. Ambas decisiones fueron amparadas por el Consejo Supremo de Justicia Militar.

Tras incorporar los testimonios al sumario, el 11 de diciembre de 1943 Victorino Tamayo Mayones fue condenado a veinte años por los mismos hechos que antes le habían llevado a la pena máxima. El teniente coronel José Fernández Álvarez fue más benévolo con quien, con voluntad de incorporarse a la España del Glorioso Movimiento Nacional, se entregó en Valencia con la confianza de no tener «las manos manchadas de sangre» y poder servir a tan altos fines. La pena quedaría extinguida el 19 de julio de 1959. Mucho antes fallecería un periodista que dejó a su familia sin medios económicos para sobrevivir. Esta segunda condena no consta en el sumario. Tampoco el arrepentimiento de quienes estuvieron a punto de llevarle al paredón.


miércoles, 23 de abril de 2025

La Fiscalía Provincial de Cádiz anuncia su recurso






A través de los medios de comunicación, he sabido que la Fiscalía Provincial de Cádiz, en coordinación con la Unidad de Derechos Humanos y Memoria Democrática de la Fiscalía General del Estado -según La Vanguardia-, ha emitido un comunicado para anunciar la próxima presentación de un recurso ante la Audiencia Provincial de Cádiz contra la sentencia dictada por la titular del Juzgado n.º 5 de Cádiz que me condena por intromisión en el honor del alférez Baena Tocón:






















El texto del comunicado de prensa, una vez recortada la imagen para evitar la presencia de nombres, teléfonos y direcciones, es el siguiente:






Con independencia de este anunciado recurso de la Fiscalía Provincial de Cádiz, mi abogado y yo todavía permanecemos a la espera de la respuesta de la jueza a nuestra petición, formulada hace más de un mes, para que aclare y complemente la sentencia. Una vez lo haga y sepamos cómo se concretaría la condena, presentaremos el correspondiente recurso ante la Audiencia Provincial de Cádiz. 


domingo, 6 de abril de 2025

Una tribuna de Sergio del Molino en El País y otros artículos sobre la sentencia


 Sergio del Molino. Fuente: Wikipedia

Babelia, de El País, es el suplemento literario más leído entre los publicados en la prensa española. Sergio del Molino, periodista y escritor al que sigo con admiración desde hace años, me ha dedicado una tribuna con motivo de la reciente sentencia de un juzgado de Cádiz, que ha provocado indignación y preocupación en el mundo académico y literario. A la espera de que la jueza aclare la sentencia para presentar el correspondiente recurso ante la Audiencia Provincial de Cádiz, me abstendré de comentar mi valoración sobre esa sentencia al margen de manifestar que ha supuesto una grave afrenta para mi dignidad profesional. Afortunadamente, los numerosos gestos de solidaridad que me han llegado me animan a seguir en la lucha por la libertad de expresión, de cátedra y de investigación que ha sido cuestionada por la sentencia en contra, en mi opinión, de la doctrina del Tribunal Constitucional y abundante jurisprudencia.

En cualquier caso, siempre me quedo con lo positivo de cada circunstancia de la vida. Y estos días, que al principio fueron de consternación, se han convertido en otros de agradecimiento por las continuas muestras de solidaridad recibidas. La escrita por Sergio del Molino en El País del 5 de abril me ha emocionado especialmente:

https://elpais.com/babelia/2025-04-05/mato-mi-abuelo-al-tuyo.html

Pasado el suficiente tiempo desde su publicación y habiendo sido el texto completo del artículo ampliamente difundido a través de las redes sociales, reproduzco a continuación lo escrito por Sergio del Molino para quienes no puedan acceder a la fuente original arriba indicada:

¿Mató mi abuelo al tuyo?

Mi abuelo contaba siempre un chiste que le hacía mucha gracia: un violinista pasea por la selva y se encuentra con un tigre. El músico saca su instrumento y empieza a tocar, amansando a la fiera. Poco a poco, convoca a todos los animales, hasta que se forma un auditorio de serpientes, gorilas y demás fauna encandilada. Al final, aparece un león. Avanza hasta la primera fila y se zampa al violinista. Los animales protestan: “Maldita sea, llegó el sordo y se jodió el concierto”.

La magistrada del juzgado de primera instancia número 5 de Cádiz, Ana María Chocarro López, podría interpretar el papel de león en este cuento que no tiene ninguna gracia. Al condenar al historiador Juan Antonio Ríos Carratalá por intromisión ilegítima parcial en el derecho al honor de Antonio Luis Baena Tocón, secretario del juzgado de instrucción que procesó a Miguel Hernández en 1939, zanja de un mazazo una discusión sutil, larga, tentacular y en buena medida inefable sobre la responsabilidad y la culpa (colectiva e individual) de las sociedades sometidas a la violencia y la dictadura. Es una discusión sobre cómo funciona la represión, quién la ejerce y qué supone mirar hacia otro lado o cumplir las órdenes. Filósofos, historiadores, escritores, juristas fuera de servicio y ciudadanos de toda condición participan en un ágora necesariamente abierta cuyo valor no son las conclusiones, sino las modulaciones de la conversación misma, cuya persistencia mide la densidad democrática de un país.

La mención inicial a mi abuelo es oportuna. Hace una década escribí un libro titulado Lo que a nadie le importa sobre él, soldado raso del ejército franquista durante toda la guerra, reclutado a la fuerza, y vigilante de un campo de prisioneros al terminarla. En aquella novela me preguntaba sobre su responsabilidad y su culpa, si la sintió. ¿Nos arrastra la historia o podemos oponernos a ella? ¿Somos cómplices o marionetas? Millones de españoles con abuelos como el mío podían compartir mis dudas, y la literatura ofrece un marco para el matiz. Salvo en los casos flagrantes de gente poderosa con culpas clarísimas, la mayoría vive en un claroscuro donde no se puede separar lo blanco de lo negro.

Eso es lo que aduce el hijo de Baena Tocón en su demencial demanda contra todos los medios de comunicación de España (desestimada en su casi totalidad, salvo en unos aspectos referidos a Ríos Carratalá): que su padre era un joven que hacía el servicio militar y recaló en aquel juzgado como podría haber caído en cualquier otra covacha de la administración franquista. Considera —y la jueza le ha dado parcialmente la razón— que echarle encima la condena del poeta es un exceso y una infamia, y si no hubiera llevado la discusión por la vía judicial, su punto de vista sería un reto que enriquecería muchísimo este debate. La sentencia, en cambio, lo empobrece.

Cuando Ríos Carratalá, en su libro Nos vemos en Chicote y en otros estudios sobre la represión del primer franquismo sobre escritores y periodistas, estudia el papel de figuras como Baena Tocón, no busca una revancha judicial, sino alumbrar los rincones más oscuros de la sociedad franquista. ¿Hasta dónde llega la responsabilidad ética de la represión? ¿Es pasivo un funcionario que estampa una firma? ¿O su cumplimiento acrítico del deber pone en marcha el aparato? Más allá de los errores factuales que cualquier investigador puede cometer, la cuestión es muy especulativa y necesita grandes dosis de opinión. La sentencia toma el rábano por las hojas y aprovecha unas minucias ya corregidas e incorporadas a la discusión para recortar la libertad de expresión. Con este precedente, elaborar juicios de valor y argumentos sobre los actores de la represión va a ser muy costoso.

Desde Hannah Arendt y la banalidad del mal de su Eichmann en Jerusalén hasta la hipocresía de los Mitläufer retratados por Géraldine Schwarz en Los amnésicos (aquellos alemanes que no militaron ni colaboraron con el nazismo, pero se beneficiaron pasivamente de su silencio), estas cuestiones atormentan y entretienen a los intelectuales europeos desde la primera vez que un joven de los años cincuenta preguntó en la cena: “Papá, ¿dónde estabas tú cuando pasó aquello?”. Muchos respondieron como el personaje de Billy Wilder en Uno, dos, tres: no se enteraron de nada, trabajaban en el metro. Desde entonces, unos se han dedicado a señalar, y otros, a negar. En el caso español, la pregunta es más dura: ¿mató o encarceló tu padre al mío? Y afinando más, para centrarnos en este caso: ¿firmó la sentencia o solo la tramitó?

En cuanto las investigaciones trascienden los libros académicos (700 ejemplares en dos ediciones vendió Nos vemos en Chicote: el secreto de Baena Tocón estaba bien guardado hasta que su hijo decidió exponerlo a los tribunales), es natural que despierten duelos y quebrantos, pues hablamos de historia aún viva. Al hijo de Baena Tocón le habrán escocido más los tuits y comentarios a las noticias que cualquier licencia literaria de Ríos Carratalá, pero es al historiador a quien le ha caído encima el león sordo. No le ha devorado como al músico del chiste, pero le ha dado un buen mordisco que disuadirá al resto de violinistas de adentrarse por esa selva.

 

Pd. La revista Mongolia también se hace eco de la sentencia en un editorial publicado el 14 de abril:

https://www.revistamongolia.com/noticias/tribunales-del-nacionalcatolicismo

Asimismo, José Luis Romero ha publicado un artículo de opinión sobre el tema en el diario Información del 17 de abril:

https://www.informacion.es/opinion/2025/04/17/memoria-requiere-nombres-116488158.html

Víctor J. Vázquez, profesor titular de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevilla, ha publicado el siguiente artículo en El Diario de Cádiz y El Diario de Sevilla del 28 de abril de 2025:


El enlace del mismo es:

https://www.diariodesevilla.es/opinion/articulos/juez-historiador_0_2003823764.html

Gracias a unos amigos, me llega también un artículo de Andreu García Ribera publicado en el número de mayo-junio de El Otro País:


La Haine.org, en su web, también se hace eco de la sentencia del Juzgado de primera instancia n.º 5 de Cádiz:

https://www.lahaine.org/est_espanol.php/repaso-de-algunos-nuevos-casos

Con independencia de que esté de acuerdo o no con todo lo publicado, intentaré dar traslado de esta información para favorecer el necesario debate sobre la libertad de expresión, de investigación y de cátedra. Hasta ahora no me consta que algún medio conservador o de la derecha radical se haya pronunciado al respecto. La circunstancia difiere de lo aparecido en otros medios de izquierdas o progresistas que, más o menos, repiten lo señalado en los enlaces citados.

 


sábado, 5 de abril de 2025

El sumario del periodista Carlos Rivera Gómez


 Carlos Rivera, a la derecha, en Mundo Gráfico, 13-I-1937

El Archivo General e Histórico de Defensa me ha remitido el sumario del periodista onubense Carlos Rivera Gómez (AGHD, 3151). Hace meses, al ver las dos fotografías reproducidas en el blog, me llamó la atención el aspecto de este olvidado redactor de Informaciones que durante la Guerra Civil publicó crónicas y entrevistas, al tiempo que intervino en mítines de afirmación republicana. Nada se ha escrito sobre el joven de veinticuatro años procedente de Ayamonte que llegó a Madrid para triunfar como literato y acabó procesado en un consejo de guerra. El 14 de agosto de 1939 le condenaron a muerte.


Carlos Rivera, a la derecha, en Mundo Gráfico, 27-I-1937

El 31 de marzo de 1939, los falangistas Julián Martínez Odriozola y Regino Cuevas de la Calle le detuvieron para conducirle a una comisaría madrileña acusado de ser un periodista republicano. Allí mismo Carlos Rivera Gómez hizo la primera declaración, pasó a una improvisada prisión en Ronda de Atocha y el auditor ordenó instruir el correspondiente sumario al Juzgado Permanente n.º 2.
Dada la condición de periodista del encartado, el 17 de junio de 1939 el sumario pasó al Juzgado Militar de Prensa por orden del auditor de guerra. El 21 de julio, un mes después, el juez Manuel Martínez Gargallo inicia la instrucción con la colaboración del alférez Baena Tocón como secretario.
El joven y apuesto Carlos Rivera Gómez debió entrar en pánico por razones obvias y sus declaraciones suponen una retractación como republicano. La compasión no estaba prevista para estos casos durante la inmediata posguerra. La instrucción solo duró cinco días hasta la elaboración del auto resumen fechado el 3 de agosto de 1939.
Este documento, fundamental para el plenario del consejo de guerra, pide el procesamiento de Carlos Rivera Gómez por haber sido teniente de carabineros, aunque nunca participó en acciones militares, y autor de artículos publicados en Informaciones, «en los que no solo alienta a la resistencia contra el Ejército Nacional, sino que son un continuo insulto y ultraje para él».
El tribunal presidido por el comandante Félix Navajas García le condenó a muerte reiterando lo fundamental de lo dictado por el juez Manuel Martínez Gargallo. Así se solía hacer en los sumarísimos de urgencia. De ahí la importancia de los auto resúmenes, que solían ser la clave de la sentencia a falta de otros elementos de juicio o ponderación.
La petición de procesamiento formulada en el auto resumen incluye dos acusaciones: la condición de teniente del «ejército rojo» y los artículos publicados en Informaciones. Con el objetivo de conseguir los mismos, el juez Manuel Martínez Gargallo el 30 de julio de 1939 dictó una providencia que cuenta con la firma del alférez Baena Tocón como secretario:


El citado alférez se personó en la Hemeroteca Municipal de Madrid para realizar la «investigación» y, en solo dos días, elaboró un informe donde hay cinco folios dedicados a transcribir un artículo de Carlos Rivera Gómez y otros cuatro a resumir diferentes crónicas del mismo. A partir de esta base documental y con el acompañamiento de las declaraciones efectuadas, el juez redactó el auto resumen que, examinado por el plenario del consejo de guerra, derivaría en la citada condena a muerte.
El procedimiento se repite en otros sumarios examinados en mis libros, al igual que en los de diferentes colegas especializados en la represión franquista. Baste recordar en este sentido el sumario de Javier Bueno, otro condenado a muerte. A raíz de la sentencia del juzgado gaditano, tengo dudas sobre cómo proceder en el tercer volumen de la trilogía, donde aparecerá el capítulo dedicado a Carlos Rivera Gómez.
¿Debo atender a lo documentado en los archivos militares o, de acuerdo con el sentido exculpatorio de la sentencia, debería hacer caso omiso de esa documentación para relativizar la trascendencia del papel desempeñado por el secretario durante la fase de instrucción? 
A la espera de la respuesta de las autoridades judiciales, traslado la pregunta a otros historiadores con los que estoy en permanente contacto para corregir mis trabajos y sigo recopilando documentación con el deseo de que el joven y apuesto Carlos Rivera Gómez, al menos, tenga el testimonio de sus actividades periodísticas al servicio de la II República.

Pdta. El borrador del capítulo dedicado a Carlos Rivera Gómez en el tercer volumen de la trilogía sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores ya se puede consultar en el Repositorio de la Universidad de Alicante, donde permanecerá a la espera de posibles indicaciones o correcciones de los especialistas interesados por estos temas:


Mientras tanto, sigo a la espera de saber cómo proceder cuando encuentre una documentación que contradiga lo manifestado en la sentencia del Juzgado de Primera Instancia n.º 5 de Cádiz.

martes, 11 de marzo de 2025

Miguel Hernández, «jefe de prensa en la Dirección General de Seguridad»


 

La atenta lectura de la sentencia dictada por la titular del Juzgado de Primera Instancia n.º 5 de Cádiz me ha generado numerosas dudas. Tantas que mi abogado José Luis Romero ha solicitado una aclaración de sentencia para saber a qué atenernos. A estas alturas desconocemos el alcance de la condena y la forma en que se podría concretar en la práctica. 

De hecho, he renunciado a participar en un congreso organizado en la Universidad de Zaragoza porque la sentencia también afecta a los trabajos que «pudiera hacer en el futuro» en relación con el alférez Baena Tocón. Mi abogado me indica que las condenas a futuro, salvo en casos muy específicos, están prohibidas por la doctrina del Tribunal Constitucional. No obstante, y ante la posibilidad de dar una conferencia sobre los consejos de guerra condicionada por la sentencia del juzgado gaditano, he optado por mantenerme en silencio para evitar nuevas condenas. 

Asimismo, he dado orden de retirar de Internet los dos artículos comprendidos en la condena porque, estando ya rectificados de forma voluntaria, la sentencia me obliga a rectificarlos. Antes de que el texto de los mismos deje de ser el que voluntariamente redacté, prefiero hacerlos desaparecer, aunque uno de ellos permanecerá en la edición original de la revista ALEC que, por ser norteamericana, queda fuera de la jurisdicción española. 

Mientras tanto, y dejando al margen las cuestiones jurídicas como aducir una ley derogada, la de Memoria Histórica de 2007, y obviar la vigente de 2022, he encontrado en la sentencia algunas afirmaciones de carácter histórico de las que, tras compartirlas con especialistas en la obra de Miguel Hernández, seguimos ignorando su procedencia o razón de ser, aunque las intuimos.

En el folio 13, penúltimo párrafo, la sentencia resume un documento de la demanda no contrastado con las fuentes originales del AGHD y dice lo siguiente: «Aparece asimismo la providencia firmada por el Juez, dando fe un secretario, cuya firma no es del Sr. Baena Tocón, de fecha 30 de enero de 1940, en que expresamente se delega al secretario Alférez para investigar las actividades de Miguel Hernández como Jefe de prensa en la Dirección General de Seguridad».

Esta documentación la presenta el demandante y la hace suya la magistrada del juzgado gaditano como prueba de las intervenciones del alférez Baena Tocón en el sumario 21001, el único que la jurista maneja en la sentencia para establecer las funciones del secretario judicial y rebatir mis «extralimitaciones» al respecto basadas en el análisis de más de cien sumarios del AGHD. 

Consultada la edición facsímil del consejo de guerra de Miguel Hernández que publiqué con el Ministerio de Defensa y la Universidad de Alicante en 2022, encontramos que con esa fecha del 30 de enero de 1940 solo hay un documento de la Auditoría de Guerra del Ejército de Ocupación (p. 81).

Por lo tanto, nada se dice en esa fecha de una providencia, que sería sorprendente dado que Miguel Hernández ya estaba sentenciado desde el 18 de enero de 1940. Dejando al margen la incógnita acerca de la providencia, suponemos que el «secretario Alférez» al que se refiere el texto citado es el señor Baena Tocón. De ser así, se le delegaría para realizar una investigación, circunstancia que prueba la multiplicidad de facetas desempeñadas al margen de las estrictamente propias de un secretario. Hay otras muchas pruebas en este sentido en mis libros, pero los mismos -salvo en el caso de Nos vemos en Chicote- quedaron al margen del juicio por intromisión en el honor del alférez Baena Tocón.

El objeto de la investigación derivada de la supuesta providencia es sorprendente: «las actividades de Miguel Hernández como Jefe de prensa en la Dirección General de Seguridad». La fecha del destino queda sin especificar, pero lo llamativo es que el secretario de un juzgado instructor investigue las actividades de un condenado a muerte. En cualquier caso, debiera ser antes de condenarle y durante la fase de instrucción. 

Tampoco parece tener sentido pensar que, poco después de dictarse la sentencia que le condenó a muerte, el poeta estuviera destinado en la Dirección General de Seguridad como destacado órgano de la represión franquista. Resulta absurdo imaginar a Miguel Hernández esperando el «enterado de S.E.», el general Franco, mientras ejercía de «Jefe de prensa en la Dirección General de Seguridad».

Llegados a este punto, ¿qué podemos deducir del sorprendente párrafo de la sentencia? La fecha no corresponde con una providencia, la misma carece de sentido en ese momento procesal y, por último, resulta absurdo vincular al poeta con esa labor en la Dirección General de Seguridad. Mis consultas a varios compañeros confirman este último punto.

Por lo tanto, y salvo que medie una explicación por parte del demandante y la magistrada que ha redactado la sentencia, nos encontramos ante datos probablemente erróneos que no solo dan cuenta de una circunstancia carente de sentido, sino que también podrían constituir una grave ofensa para la memoria del poeta recientemente reconocido como víctima del franquismo. El Miguel Hernández condenado a muerte nada tenía que ver con la Dirección General de Seguridad ni jamás ejerció de jefe de prensa en la misma.

Este párrafo tan sorprendente se encuentra en una sentencia donde se me condena por haber «plagado» un «estudio» no concretado con «afirmaciones excesivamente sensacionalistas o inexactas en relación con el contexto social derivado de la guerra civil y la posguerra y la figura del Sr. Baena Tocón» (fol. 17). Las mismas, según la magistrada, han supuesto una intromisión en el honor del alférez que, probablemente, debía investigar tan singular e improbable destino del poeta. 

Por cierto el destinado como jefe de prensa en la Dirección General de Seguridad durante la etapa republicana y luego investigado como tal para su posterior condena a muerte era el escritor Diego San José, cuya presencia en el sumario 21001 de Miguel Hernández es nula, salvo que alguien con pretensiones de historiador haga fotocopias de ambos sumarios, las mezcle y no utilice fuentes fiables.

Por supuesto, si los responsables de esta probable tergiversación de una documentación presentada en una demanda judicial y recogida en la sentencia me demuestran mi equivocación, estoy dispuesto a reconocer el error porque el trabajo del historiador supone una continua rectificación a la luz de nuevos testimonios y documentos.

Pd. En la misma sentencia del juzgado gaditano, folio 19, se ampara como víctima de la Guerra Civil al alférez Baena Tocón de acuerdo con la Ley 52/2007. Dicha ley quedó derogada por la disposición derogatoria única de la Ley 20/2022, art. 2, apartado a. Esta última, en su art. 3, habla de las víctimas como el alférez, pero también en sus artículos 4 y 5 del carácter ilegal e ilegítimo de los órganos represivos donde actuó el secretario judicial.

Salvo error por mi parte, no cabe en una sentencia judicial aducir una ley derogada y obviar otra vigente, que a tenor de lo desarrollado en los dos últimos artículos citados tiene una incidencia decisiva en el sentido de la propia sentencia. La valoración de esta actuación judicial no me compete, a diferencia de mi defensa contra quien me condena por una mala práctica profesional siendo un docente con seis tramos de investigación reconocidos por la CNEAI que, tras publicar cuarenta libros, está a punto de jubilarse como catedrático emérito de su universidad.

Incluyo a continuación la entrevista concedida a la Cadena SER:

https://cadenaser.com/comunitat-valenciana/2025/03/13/rios-carratala-si-no-recurro-la-sentencia-se-conseguira-acabar-con-la-investigacion-en-este-pais-y-habra-triunfado-la-censura-radio-alicante/

domingo, 8 de diciembre de 2024

El expediente académico del alférez Baena Tocón


 Facultad de Derecho de la UCM. Fuente: Wikipedia

En la entrada del 23 de enero de 2021 de este blog enlacé una nota publicada en el Repositorio de la Universidad de Alicante (RUA) donde preciso algunos datos relacionados con el expediente académico del alférez Baena Tocón en la Universidad Central, actual UCM. Desde entonces, he recabado más información al respecto y, con vistas al capítulo dedicado al citado oficial en el tercer volumen de la trilogía sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores, ahora puedo aportar nuevos datos acerca de la licenciatura en Derecho de quien fuera secretario del Juzgado Militar de Prensa.

Manuel Martínez Neira en su obra El estudio del Derecho. Libros de texto y planes de estudio en la universidad contemporánea (Madrid, Instituto Antonio de Nebrija, 2001) señala que el 11 de septiembre de 1931 se publicó el plan provisional de Derecho para el curso académico 1931-1932, que después, con retoques, estuvo vigente durante toda la II República (p. 146). En dicho plan aparecía un curso preparatorio organizado por la Facultad de Filosofía y Letras y cinco cursos en la de Derecho. El preparatorio, no obstante, desapareció enseguida y sus asignaturas pudieron cursarse en cualquier momento de la licenciatura. Así ocurrió en el caso del alférez Baena Tocón.

Mi colega José María Puyol Montero en su artículo «El plan republicano en la Facultad de Derecho de Madrid (1931-1939)», Cuadernos del Instituto Antonio de Nebrija, 7 (2004), pp. 197-234 y, posteriormente, en su libro Enseñar Derecho en la República. La facultad de Madrid (Madrid, Dykinson, 2019, pp. 48-65) da cuenta del plan publicado en el Boletín de la Universidad de Madrid, III (julio, 1931), pp. 403-404, que entraría en vigor a partir del curso 1932-1933.

El citado plan, conocido por el nombre de su impulsor, el profesor Elías Tormo y Monzó (1869-1957), es el vigente durante los estudios universitarios del alférez Baena Tocón. Al margen de las asignaturas del preparatorio, establece una licenciatura de cinco cursos con la siguiente distribución de asignaturas:

1º curso: Derecho Romano, Economía Política e Historia del Derecho.

2º curso: Derecho Político, Derecho Canónico y Derecho Civil (parte general).

3º curso: Derecho Civil, Derecho Administrativo y Derecho Penal.

4º curso: Derecho Civil, Derecho Procesal, Derecho internacional privado y Hacienda pública.

5º curso: Derecho Mercantil, Derecho Internacional Privado, Derecho Procesal y Filosofía del Derecho.

El alférez Baena Tocón no siguió esta distribución de asignaturas según los cursos. El 31 de agosto de 1933, tras haber aprobado Economía Política en la Universidad de Murcia, solicita la matrícula en las tres asignaturas del primer curso: Derecho Romano, Economía Política e Historia del Derecho. Sus estudios en la actual UCM comienzan, pues, en el curso 1933-1934. Para terminarlos en junio de 1936 debió hacer caso omiso de la distribución prevista por el plan. La posibilidad es perfectamente legal.

El 24 de febrero de 1940, el alférez presenta el expediente académico para la expedición del título provisional de licenciado, con una certificación de notas fechada el 17 de febrero del mismo año. Las calificaciones son las siguientes:

Período preparatorio:

Curso 1934-1935. Historia de la cultura (notable) e Historia de España (aprobado).

Período de la licenciatura:

Curso 1932-1933. Economía Política (notable) (convalidada).

Curso 1933-1934. Instituciones de Derecho Romano (aprobado). Historia general del Derecho Español (aprobado). Instituciones del Derecho Canónico (notable). Derecho Político Español (aprobado). Derecho Civil Español. Parte general (aprobado). Derecho Civil (1º curso) (aprobado). Elementos de Hacienda Pública (aprobado). Derecho Internacional Público (aprobado).

Curso 1934-1935. Derecho Administrativo (aprobado). Derecho Penal (aprobado). Filosofía del Derecho (aprobado). Derecho Civil (2º curso) (aprobado). Derecho Procesal (1º curso) (aprobado).

Curso 1935-1936: Derecho Mercantil de España (aprobado). Derecho Procesal (2º curso) (aprobado). Derecho Internacional Privado (aprobado).

De acuerdo con este certificado de notas, al alférez le conceden el título provisional el 6 de marzo de 1940, cuando ya llevaba casi un año ejerciendo como secretario del Juzgado Militar de Prensa. El título definitivo no me consta que lo obtuviera. La circunstancia es sorprendente en quien lo necesitaría para realizar diferentes trámites y acreditarse en la administración local.

Una posible explicación de esta ausencia del título definitivo la encontramos en el email del 2 de diciembre de 2020 remitido por Isabel Palomera, directora del Archivo General de la UCM. En el mismo, y tras confirmarme que el alférez nunca pudo ser considerado como licenciado en Derecho antes de marzo de 1940, me comunicó que en relación con el curso 1935-1936 en los Registros de Matrícula Oficial y Libre no le constaba ningún asiento registral a nombre del alférez. Los registros conservados en el Archivo General de la UCM se reproducen al final de la entrada.

Ante esta circunstancia, cabe pensar que hubo una pérdida de documentación relacionable con la Guerra Civil o que, supuestamente, el alférez no aprobó las tres últimas asignaturas, aunque así constara en el citado registro de notas. Nunca lo sabremos con certeza, pero la duda permanece. Si en febrero de 1940 ya no figuraban los citados asientos registrales, ¿cómo firmó el expediente académico el secretario de la facultad, «J. Maldonado»?

La pregunta carece de respuesta más allá de las hipótesis. En cualquier caso, lo constatable -salvo que aparezca nueva documentación capaz de desmentirlo- es que el alférez nunca reclamó el título definitivo, aquel que los licenciados de la época enmarcaban en el domicilio o el despacho laboral.

NOTA: las conclusiones de estas entradas son provisionales a la espera de la publicación de la monografía y están sujetas a posibles rectificaciones en el caso de aparecer nueva documentación. Quedo, por lo tanto, pendiente de la misma en el caso de que algún colaborador la localizara.


















domingo, 10 de noviembre de 2024

Las armas contra las letras: el primer borrador del tercer volumen. La solidaridad de las universidades de Cádiz y Alicante


 

El pasado día 14 de octubre declaré en la Audiencia Provincial de Cádiz con motivo de la demanda interpuesta por uno de los hijos del alférez Baena Tocón. El formato de una declaración en sede judicial difiere mucho de una conferencia o cualquier otro habitual en el ámbito académico. Esta circunstancia me permitió manifestar lo fundamental acerca de quien fuera secretario del Juzgado Militar de Prensa, pero sin el orden en la exposición que requiere un trabajo de carácter histórico.

A partir de la documentación recopilada durante estos años de investigación, he escrito un borrador de lo que será el capítulo dedicado al alférez Baena Tocón en el tercer volumen de la trilogía sobre los consejos de guerra contra periodistas y escritores durante el período 1939-1945. El segundo se encuentra en prensa.

El objetivo de incluirlo temporalmente en el catálogo del Repositorio de la Universidad de Alicante, como en anteriores ocasiones, es ponerlo a disposición de otros especialistas para su revisión, ampliación o rectificación. La historia es una tarea colectiva y, afortunadamente, cuento con un grupo de colegas que comparten los mismos motivos de interés en un clima de colaboración e intercambio de información.

Por último, mañana se reúne la Junta de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alicante. El orden del día incluye un punto relacionado con los compañeros de la Universidad de Cádiz que, junto con la Asociación de Historia Contemporánea, la Comisión Cívica para la recuperación de la memoria democrática de Alicante, Memorialistas de Jerez de la Frontera y la Fundación Miguel Hernández, se solidarizaron conmigo a raíz de la vista oral celebrada en Cádiz. Los textos de los respectivos comunicados se encuentran en anteriores entradas de este blog. Una vez sometido a votación el punto del orden del día, incluiré el correspondiente enlace. Por lo pronto, os paso el del borrador citado a la espera de cualquier sugerencia o indicación que permita ampliarlo y mejorarlo:

http://hdl.handle.net/10045/148818

PD. La Junta de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alicante, en su reunión del 12 de noviembre de 2024, ha aprobado por unanimidad el siguiente texto:



En fechas próximas, el decano de la citada Facultad se pondrá en contacto con su homólogo de Cádiz para darle cuenta del acuerdo y manifestar su solidaridad con el Departamento de Historia Contemporánea gaditano. El mundo académico admite sin problema la crítica y el debate, pero se muestra unánimemente en contra de quienes utilizan el insulto y la descalificación para coartar la libertad de expresión, de investigación y de cátedra.

viernes, 6 de septiembre de 2024

Mariano Romero, de secretario a juez instructor


 Los procesados en un consejo de guerra. Madrid, 1939.

En la entrada del pasado 31 de agosto expliqué algunas de las actividades desarrolladas por los secretarios instructores o de causa en los sumarísimos de urgencia durante la posguerra. Las mismas desbordan el ámbito competencial previsto en el Código de Justicia Militar de 1890.

El motivo es doble: la acumulación de sumarios instruidos por la jurisdicción militar durante la posguerra, que ascendieron a una cifra todavía pendiente de fijación, pero que andará en torno a un millón; y la premura con que se instruía en un sumarísimo de urgencia, donde las escasas garantías jurídicas previstas para otros consejos de guerra prácticamente desaparecían.

La situación se agrava en el Juzgado Militar de Prensa (1939-1940), donde su titular, el capitán Manuel Martínez Gargallo, simultáneamente estaba presente en las tareas propias del Registro Oficial de Periodistas y en la depuración de los autores de la SGAE. Esta multiplicidad de funciones se tradujo en su sustitución, no reconocida oficialmente, para el desempeño de algunos actos jurídicos. Más información en:




El caso más notable es el de los interrogatorios a los procesados. Testimonios como los de Eduardo Guzmán o Antonio Otero Seco evidencian que los mismos, a veces, no eran efectuados por el juez titular, a quien le sustituía un joven oficial que en teoría solo actuaba como secretario instructor del sumario.

Más allá de lo establecido en el citado código y en las modificaciones del mismo publicadas durante aquellos años, la realidad constatada es que los secretarios, en un momento determinado, hacían lo que fuera menester para sacar adelante los sumarios en un tiempo récord. La responsabilidad, como es lógico, no era de ellos, sino de una jurisdicción incapaz de respetar su propia normativa. La conclusión la he contrastado con otros colegas dedicados a estas cuestiones.

Tal vez el caso más notable entre los localizados lo protagoniza el teniente del cuerpo jurídico Mariano Romero y Sánchez Quintanar. Su presencia la he constatado como secretario instructor en sumarios del Juzgado Militar de Prensa. Incluso en el 21001, de Miguel Hernández, intervino en un momento dado como sustituto del alférez Baena Tocón por motivos de los que no he encontrado huellas documentales:



AGHD, sumario 21001

Sin embargo, quien fuera secretario instructor y sin que me conste ascenso u orden de la auditoría de guerra, en un momento determinado también actuó como juez titular del Juzgado Militar de Prensa. Así lo vemos en el documento abajo reproducido, que pertenece al sumario 33590 instruido contra los periodistas del ABC republicano Mariano Espinosa Pascual, Serafín Adame Martínez, Antonio Fernández de Lepina y Sotero Antonio Barbero Núñez.



AGHD. sumario 33590

El secretario pasa a ser juez sin que conste documentalmente un ascenso o nombramiento como tal. Y, como secretario en esta causa, actúa quien fuera su compañero en el mismo Juzgado Militar de Prensa, el alférez Baena Tocón.

La evidencia prueba que, de hecho, las funciones de un secretario instructor o de causa podían llegar hasta reemplazar al titular del juzgado. En el presente caso, el seleccionado es el teniente por tener más graduación que el alférez. Supongo que, si los secretarios disponibles fueran de la misma graduación, el seleccionado sería el de mayor antigüedad.

Hasta que en el tercer volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores veamos más casos del Juzgado Militar de Prensa, ignoro si esta circunstancia se repitió en otros sumarios. No obstante, puesto en contacto con colegas dedicados al estudio de la represión franquista, la coincidencia acerca de su irregularidad es unánime.

El motivo es obvio: había que sacar adelante las instrucciones en un tiempo récord y cualquier atajo, por la vía de los hechos consumados, resultaba justificado ante la ausencia de un abogado defensor u otro medio de defensa para el procesado.



jueves, 29 de agosto de 2024

Las firmas del alférez Baena Tocón en el sumario de Javier Bueno


 

Manuel Navarro Ballesteros no fue el único periodista ejecutado tras protagonizar un sumario instruido en el Juzgado Militar de Prensa. El 27 de septiembre de 1939, a las seis de la mañana, Javier Bueno Bueno (1891-1939) tuvo el mismo destino, tal y como explico en Las armas contra las letras (Sevilla, Renacimiento-Universidad de Alicante, 2023, pp. 141-156).

Al margen de las habituales irregularidades en un marco de ausencia de garantías jurídicas, el sumario de Javier Bueno responde a un indisimulado afán de venganza por la trayectoria del periodista. El protagonista de la revolución asturiana de 1934 estaba condenado de antemano y no sorprende que el secretario instructor, el alférez Baena Tocón, le considere «culpado» (folio 4, línea 8) cuando ni siquiera había comenzado la instrucción:



AGHD, sumario 33582

Las firmas del citado oficial evidencian su participación en la instrucción del sumario bajo las órdenes del capitán y juez Manuel Martínez Gargallo. No obstante, la web dedicada a la memoria del alférez obvia esta información al tiempo que me acusa de tergiversar o inventar unos documentos nunca especificados. La mayor tergiversación posible es obviar por completo aquellos documentos que entran en contradicción con nuestras creencias o postulados.

A continuación, reproduzco las firmas del alférez Baena Tocón presentes en el sumario 33582 del Archivo General e Histórico de Defensa (Madrid), indicando su localización y la fecha del documento correspondiente:



AGHD, sumario 33582, fol. 6/47. 17-VII-1939




AGHD, sumario 33582, fol. 8/47. 17-VII-1939



AGHD, sumario 33582, fol. 9/47. 19-VII-1939



AGHD, sumario 33582, fol. 12/47. 19-VII-1939




AGHD, sumario 33582, fol. 31-VII-1939



AGHD, sumario 33582, fol. 24/47. 6-VIII-1939




AGHD, sumario 33582, fol. 26/47. 9-VIII-1939



AGHD, sumario 33582, fol. 27/47. 10-VIII-1939


AGHD, sumario 33582, fol. 29/47. 12-VIII-1939