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viernes, 6 de septiembre de 2024

Mariano Romero, de secretario a juez instructor


 Los procesados en un consejo de guerra. Madrid, 1939.

En la entrada del pasado 31 de agosto expliqué algunas de las actividades desarrolladas por los secretarios instructores o de causa en los sumarísimos de urgencia durante la posguerra. Las mismas desbordan el ámbito competencial previsto en el Código de Justicia Militar de 1890.

El motivo es doble: la acumulación de sumarios instruidos por la jurisdicción militar durante la posguerra, que ascendieron a una cifra todavía pendiente de fijación, pero que andará en torno a un millón; y la premura con que se instruía en un sumarísimo de urgencia, donde las escasas garantías jurídicas previstas para otros consejos de guerra prácticamente desaparecían.

La situación se agrava en el Juzgado Militar de Prensa (1939-1940), donde su titular, el capitán Manuel Martínez Gargallo, simultáneamente estaba presente en las tareas propias del Registro Oficial de Periodistas y en la depuración de los autores de la SGAE. Esta multiplicidad de funciones se tradujo en su sustitución, no reconocida oficialmente, para el desempeño de algunos actos jurídicos. Más información en:




El caso más notable es el de los interrogatorios a los procesados. Testimonios como los de Eduardo Guzmán o Antonio Otero Seco evidencian que los mismos, a veces, no eran efectuados por el juez titular, a quien le sustituía un joven oficial que en teoría solo actuaba como secretario instructor del sumario.

Más allá de lo establecido en el citado código y en las modificaciones del mismo publicadas durante aquellos años, la realidad constatada es que los secretarios, en un momento determinado, hacían lo que fuera menester para sacar adelante los sumarios en un tiempo récord. La responsabilidad, como es lógico, no era de ellos, sino de una jurisdicción incapaz de respetar su propia normativa. La conclusión la he contrastado con otros colegas dedicados a estas cuestiones.

Tal vez el caso más notable entre los localizados lo protagoniza el teniente del cuerpo jurídico Mariano Romero y Sánchez Quintanar. Su presencia la he constatado como secretario instructor en sumarios del Juzgado Militar de Prensa. Incluso en el 21001, de Miguel Hernández, intervino en un momento dado como sustituto del alférez Baena Tocón por motivos de los que no he encontrado huellas documentales:



AGHD, sumario 21001

Sin embargo, quien fuera secretario instructor y sin que me conste ascenso u orden de la auditoría de guerra, en un momento determinado también actuó como juez titular del Juzgado Militar de Prensa. Así lo vemos en el documento abajo reproducido, que pertenece al sumario 33590 instruido contra los periodistas del ABC republicano Mariano Espinosa Pascual, Serafín Adame Martínez, Antonio Fernández de Lepina y Sotero Antonio Barbero Núñez.



AGHD. sumario 33590

El secretario pasa a ser juez sin que conste documentalmente un ascenso o nombramiento como tal. Y, como secretario en esta causa, actúa quien fuera su compañero en el mismo Juzgado Militar de Prensa, el alférez Baena Tocón.

La evidencia prueba que, de hecho, las funciones de un secretario instructor o de causa podían llegar hasta reemplazar al titular del juzgado. En el presente caso, el seleccionado es el teniente por tener más graduación que el alférez. Supongo que, si los secretarios disponibles fueran de la misma graduación, el seleccionado sería el de mayor antigüedad.

Hasta que en el tercer volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores veamos más casos del Juzgado Militar de Prensa, ignoro si esta circunstancia se repitió en otros sumarios. No obstante, puesto en contacto con colegas dedicados al estudio de la represión franquista, la coincidencia acerca de su irregularidad es unánime.

El motivo es obvio: había que sacar adelante las instrucciones en un tiempo récord y cualquier atajo, por la vía de los hechos consumados, resultaba justificado ante la ausencia de un abogado defensor u otro medio de defensa para el procesado.



domingo, 5 de noviembre de 2023

Rafael Ortega Lissón en el Juzgado Militar de Prensa


 Foto: Carmelita Aubert

La búsqueda de información en la Red relacionada con el periodista Rafael Ortega Lissón (1889-1962) apenas permite conocer su trayectoria profesional. Quien fuera redactor de ABC durante la II República, aparece vinculado con una canción popular por entonces, «Comunista» (1932), interpretada por la catalana Carmelita Aubert antes de terminar en el exilio portugués.
En realidad, la música corresponde a los maestros Florencio Ledesma Estrada (1900-1972) y Rafael Oropesa Clausín (1893-1944), que terminó sus días en el exilio mexicano por haber militado en el PCE. La letra es obra del periodista de ABC, con pinitos literarios desde los años veinte, y de Manuel Álvarez Díez, un triunfante letrista del momento con éxitos tan populares como «Si vas a París, papá» y «Al Uruguay».
Carmelita Aubert, de cuya singular historia escribí en El tiempo de la desmesura (Barcelona, Barral y Barril, 2011), fue acompañada en esta ocasión por los catalanes de la Crazy Boys Orchestra, una banda de swing jazz habitual en un Paralelo donde la rubia platino decía ser «mujer modernista» porque andaba con Andrés [Nim], un «comunis, comunis, comunista».


La realidad de la trayectoria de Rafael Ortega Lissón quedó pronto muy alejada de este tipo de colaboraciones en el mundo de la música. Llegada la Guerra Civil, fue uno de los pocos redactores de ABC que permanecieron en el periódico tras su incautación. Esta circunstancia era de difícil justificación ante las autoridades franquistas. Sin embargo, el periodista no tuvo problemas relacionados con la depuración profesional o los consejos de guerra. Pronto se incorporó a la agencia EFE y colaboró en varias cabeceras hasta terminar nombrado cronista de la Villa de Madrid. Los datos completos los aportaré en el segundo volumen de Las armas contra las letras. 
La posibilidad de haber colaborado en la prensa republicana, aunque solo fuera durante el verano de 1936 y por una supuesta obligación, y semejante incorporación a la prensa franquista requiere alguna explicación, que no siempre es agradable para la memoria de quien debió convertirse en delator de algunos de sus colegas para evitar cualquier tipo de problema. La prueba la tenemos en uno de los documentos (79/184) recopilados en el sumario 33590 del Archivo General e Histórico de Defensa.
El 15 de septiembre de 1939, Rafael Ortega Lissón declara como testigo para dar una explicación poco verosímil acerca de su presencia en ABC durante el verano de 1936 y, sobre todo, para acusar a cuatro de sus antiguos compañeros: Mariano Espinosa Pascual, Serafín Adame Martínez, Antonio Fernández Lepina y Sotero Antonio Barbero Núñez. El sumario acabaría con una sentencia a muerte y otras tres con muchos años de cárcel.
Los sumarios instruidos contra periodistas, escritores y dibujantes en el Juzgado Militar de Prensa abundan en este tipo de circunstancias, aunque lo habitual era que las denuncias o acusaciones fueran anónimas. El secretario aportaba el correspondiente informe para dar fe y testimonio de que procedían de personas de «probada solvencia moral». Rafael Ortega Lissón, y algunos pocos más, no disfrutaron de ese anonimato. La razón resulta de difícil explicación, pero no descarto que fuera por culpa de un pasado donde había motivos para el ocultamiento o el disimulo. Por supuesto, don Rafael, por entonces un hombre de probada solvencia moral, en aquel juzgado de la plaza de Callao, n.º 4,  nada dijo acerca de la canción interpretada por la «mujer modernista» que alardeaba de salir con un «comunis, comunis, comunista».
La historia de este sumario contra el ABC republicano, con muchos otros detalles y protagonistas dignos de asombro, aparecerá en el segundo volumen de Las armas contra las letras.