Los conceptos
habitualmente utilizados en nuestras investigaciones deben ser sometidos a una
periódica revisión. En caso contrario, cuando los empleamos al margen de
cualquier duda o cuestionamiento, los acabamos convirtiendo en instrumentos de
un pensamiento dogmático. La memoria no supone una excepción, sin añadir el
calificativo de histórica porque la misma siempre nos remite al pasado, que es
el tiempo de lo histórico sin necesidad de explicar lo obvio. Y, además, ese
adjetivo contribuye a una confusión cuyo sentido esbozamos en esta nota de
lectura.
La citada tarea resulta
más fructífera a la luz de lo aportado por una voz autorizada en la materia. El
filósofo nacionalizado francés Tzvetan Todorov (1939-2017) es el autor de un breve volumen,
Los abusos de la memoria (Barcelona, Paidós, 2008, 104 páginas), cuya
lectura invita a la reflexión en torno a una aparente paradoja: la necesidad de
la memoria, al igual que del olvido, y los abusos cometidos en su nombre.
Tzvetan Todorov parte de
que el elogio incondicional de la memoria y la condena ritual del olvido acaban
siendo problemáticos (p. 21). Ambos conceptos, con las implicaciones de su uso
en la actividad individual o investigadora, son igualmente necesarios. Frente al
elogio incondicional o el olvido sistemático, cabe comprender su papel en cada
caso, delimitar sus competencias y ponderar el correspondiente empleo para
evitar los «abusos» de los que habla el polifacético pensador.
El olvido del pasado
individual o colectivo puede ser impuesto, lo cual siempre es grave como acto
de censura, pero también responde con frecuencia a una necesidad recreada en un
memorable cuento de Jorge Luis Borges: «Funes el memorioso» (La Nación, 7-VI-1942).
Si pretendemos evitar que la memoria se convierta en «un vaciadero de basuras»,
por el carácter prescindible de sus contenidos, necesitamos olvidar, también
para seguir vivos sin enloquecer por el cúmulo de lo recordado. En esa limpieza
de lo irrelevante o incapaz de propiciar una evocación que aliente emociones
dignas de una reflexión, nos ayuda la memoria. La misma forzosamente significa
una selección de lo vivido o conocido. Conservar sin seleccionar supone un
imposible para el ejercicio de una memoria diferenciada, por definición, del
mero almacenamiento (p. 22).
La selección más o menos
consciente debe partir de un criterio acorde con el destino de lo seleccionado.
La naturaleza del mismo difiere si el sujeto es un historiador o un individuo
que, en el ámbito de lo privado, recurre a la memoria. El primero siempre actúa
en un marco público y debe responder a una selección verificable, aunque sujeta
a posibles errores y distintas interpretaciones. Entre otros motivos de
compleja explicación aquí, porque el criterio de lo seleccionado tiende a la
analogía y la generalización para construir un exemplum del cual extraer
una posible enseñanza (p. 51) destinada al conocimiento colectivo. La tarea del
historiador va más allá de lo testimonial, puesto que propicia un debate cuyo
objetivo es el análisis de un pasado nunca ajeno a una dimensión del presente.
El correspondiente y limitado uso de la memoria, junto con otros recursos
establecidos por la metodología historiográfica, responde a una finalidad
teleológica, que exige un justificado empleo de la analogía y la
generalización.
El individuo que, en el
ámbito de lo privado, recurre a la memoria no precisa de esos requisitos. Al
margen de que no todos los recuerdos son igualmente admirables, en especial
aquellos que resultan susceptibles de alentar un espíritu de desquite o
venganza (p. 47), la libertad preside esta tarea que también pasa por la
selección acerca del pasado. La misma puede ser arbitraria o estrictamente subjetiva,
lindante el resultado con el de la ficción a menudo por la participación de la
imaginación, pero esa prerrogativa solo es admisible en un ámbito privado o
creativo donde nadie pretende establecer un exemplum al modo de los
historiadores.
El problema, no previsto
en la citada obra de Tzvetan Todorov, surge cuando desde la memoria personal o
familiar se pretende rebatir un trabajo histórico previamente descalificado
como tal. Es decir, cuando lo surgido en el ámbito de lo privado se utiliza en
un debate público que, por su propia naturaleza, exige diferentes requisitos
para participar en el mismo.
La deliberada confusión acerca
de los marcos donde actuamos aboca a una mistificación. Lo lícito, y hasta
encomiable, en el ámbito de lo privado deja de serlo en buena medida cuando mediante la
utilización de una plataforma pública se convierte en supuestos argumentos
destinados a rebatir lo aportado por los historiadores. El debate entonces
supone un imposible porque, no solo se trabaja en distintos marcos con sus
correspondientes exigencias, sino que se utilizan diferentes lenguajes.
Desde hace unos meses
asisto a la publicación de más de doscientas entradas en un blog donde la
descalificación de algunos de mis trabajos supone una constante. La misma es
lícita al margen de otros objetivos tan implícitos como notorios, incluso
cuestionables, pero el debate resulta un imposible cuando mi detractor hace uso
de una memoria estrictamente privada como antídoto contra unas páginas
publicadas en 2015. A partir de esa discordancia, el intercambio fructífero que
representa un verdadero debate queda lejos y cualquier respuesta en ese mismo
marco está condenada a la inutilidad.
Aprecio y hasta apoyo la
tarea de quienes bucean en el pasado para hacer uso de su memoria personal, tan
necesaria en cualquier momento y más todavía cuando por edad nos acercamos al
momento del balance vital. El propósito me parece encomiable, propicia buenos
momentos y es de agradecer por parte de quienes puedan compartirla en ese tan
preciado ámbito de lo privado.
El resultado, sin
embargo, no forma parte de la Historia, sino de aquellos relatos que los
historiadores deben conocer para matizar o contrastar sus conclusiones con
testimonios de imposible verificación a través de las fuentes que solemos
utilizar. Por eso los agradecemos y los consultamos, pero sin entrar en
polémicas en donde los interlocutores hablarían distintos lenguajes.
Tzvetan Todorov nos
advierte con sabiduría de los abusos de la memoria, que debemos sortear
mediante un constante ejercicio de ponderación con el igualmente necesario
olvido. Lo hemos visto a menudo a lo largo de las investigaciones relacionadas
con los consejos de guerra de periodistas y escritores. Pero esa tarea de los
historiadores, de quienes asumimos conscientemente los requisitos de una actuación
en público, nunca debe entrar en polémicas con quienes actúan con total
legitimidad en el ámbito de lo privado, aunque lo hagan con la pretensión de
intervenir en un debate público.