martes, 4 de agosto de 2026

La noche del cine español


 Fernando Méndez Leite, director y presentador del programa

La noche del cine español (1984-1986) fue uno de los programas que justifican la existencia de una cadena pública de televisión. Bajo la dirección de Fernando Méndez Leite, durante dos temporadas un equipo de colaboradores puso a disposición de los telespectadores el resultado de una encomiable e inmensa tarea de investigación para conocer mejor un cine convenientemente contextualizado en la historia del período franquista.

El programa lo seguí en su momento, cuando recién doctorado me dedicaba a la literatura dieciochesca y ni siquiera sospechaba la posibilidad de escribir varios libros acerca del cine español y, más en concreto, sobre las peripecias a veces dramáticas de algunos de sus protagonistas (El tiempo de la desmesura, Barcelona, Barril y Barral, 2010). Ahora, al cabo de cuarenta años y gracias a RTVE Play, he vuelto a ver los primeros capítulos a la búsqueda de testimonios relacionados con mi investigación de los consejos de guerra de periodistas y escritores.

El resultado ha sido positivo. Aparte de los testimonios de Eduardo de Guzmán (Las armas contra las letras, 2024: 95-108), cuya bibliografía ha sido fundamental para conocer lo sucedido durante la represión franquista, encontramos las entrevistas concedidas por directores como Rafael Gil y Carlos Serrano de Osma, que protagonizarán un capítulo de Final de trayecto por su intervención en el sumario de su colega y amigo Antonio del Amo. El primero se reafirma en su conocido franquismo. El segundo reconoce que deseó la victoria de los sublevados, pero al ver el resultado de la misma volvió a sus planteamientos defendidos durante el período republicano. Las citas la tendremos en cuenta para el capítulo dedicado a los sumarios de Antonio del Amo.

A mediados de los años ochenta, los archivos militares estaban cerrados a cal y canto para los investigadores. Nada o muy poco se sabía acerca de la represión franquista más allá de lo transmitido por los testimonios orales o escritos, que solo empezaron a circular con el final de la dictadura. En ese contexto, resulta comprensible la intervención del historiador Xavier Tussell (1945-2005), que por entonces realizó una intensa actividad divulgadora, cuando habla de las cifras relacionadas con la represión. Las ignora o comete errores de bulto que ahora serían inaceptables para cualquier historiador. No es su culpa, sino de una ignorancia generalizada por la carencia de estudios al respecto, que todavía tardarían una década en iniciar una línea de trabajo más allá de lo esporádico. La actual democracia, por diversas causas que no merece la pena citar ahora, ha sido lenta y tardía a la hora de investigar lo sucedido con aquella represión. Todavía afronta problemas de los que hemos dado cuenta en este blog.

Sin embargo, en el capítulo segundo de La noche del cine español (16-I-1984) he encontrado un magnífico testimonio del periodista Eduardo Haro Tecglen (1924-2005), hijo del también periodista Eduardo Haro Delage, a cuyo consejo de guerra dediqué un capítulo en Las armas contra las letras (2024: 235-240). En el mismo pude utilizar el testimonio escrito por quien asistió al procesamiento de su padre. El relato de la experiencia resulta estremecedor a la par que coherente con otros como los del citado Eduardo de Guzmán, presente en el procesamiento de Miguel Hernández, y Fernando Fernán-Gómez, que desistió de su juvenil pretensión de ser abogado al ver en directo el consejo de guerra de quien le había dirigido en sus primeros pasos como actor.

El testimonio de Eduardo Haro Tecglen, visto en la pequeña pantalla, no aporta novedades con respecto a lo escrito por el periodista en El niño republicano (1996), pero estremece todavía más por la inmediatez y, sobre todo, de una manera muy clarificadora recalca la especial inquina de los militares contra los periodistas procesados, a quienes equiparaban con los peores asesinos. Lo hemos explicado a menudo a lo largo de los tres volúmenes ya publicados, pero merece la pena escucharlo en la voz de quien, como hijo de un condenado, asistió al consejo de guerra de un padre cuyo único delito era haber sido fiel a la II República:

 


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