sábado, 22 de agosto de 2026

Los niños de Hitler


 

La II Guerra Mundial propició una avalancha de imágenes verdaderamente estremecedoras. Las conservadas endurecen nuestra mirada, pero algunos de esos testimonios de la barbarie permanecen en mi memoria de forma indeleble. Desde hace años recuerdo las fotos de los adolescentes, casi niños, que se incorporaron a la defensa de Berlín en las últimas semanas de la guerra, cuando los aliados estaban a punto de llegar al búnker de Hitler. Verlos empuñar las armas en una acción tan desesperada como inútil es observar un paradigma de la sinrazón que se apoderó de Alemania bajo el régimen nazi. El sacrificio de aquellos muchachos todavía me conmueve.

El poder de esas imágenes me llevó a indagar acerca de la generación de adolescentes que crecieron a la par que el nazismo se instalaba en el poder. Nunca había escrito al respecto, pero en La colmena (Sevilla, Renacimiento-UA, 2026) incluí varias referencias a la trágica historia de La Rosa Blanca, la organización pacifista de estudiantes universitarios que vio cómo algunos de sus integrantes acabaron decapitados. La conmoción de lo conocido gracias a una excelente película alemana me llevó a preguntarme por esa generación y este verano he tenido la oportunidad de leer un interesante libro de Guido Knopp, Los niños de Hitler. Retrato de una generación manipulada (Barcelona, Planeta, 2005).

La obra incluye la trayectoria de La Rosa Blanca y otros muchos episodios que conviene conocer para entender lo sucedido en Alemania y, con las lógicas diferencias, en otras dictaduras coetáneas. El lavado de cerebro de esa generación fue brutal. También resultó exitoso a la vista de la casi unánime respuesta de quienes a menudo sacrificaron sus mejores años al servicio del nazismo. No todos, pues hubo algunas oposiciones testimoniales que merecen el emocionado recuerdo de quienes rechazamos cualquier tipo de dictadura.

Entre ellas siempre me ha llamado la atención el movimiento de los swing kids, unos jóvenes que en los albores de la II Guerra Mundial manifestaron su alejamiento del nazismo organizando veladas de baile, fundamentalmente en Hamburgo, con la música de Benny Goodman y otros maestros del swing procedente de EE.UU. Danzar a los sones de unas melodías que transmiten vitalidad y alegría era su forma de marcar distancias con respecto a la rigidez del nazismo.




La historia la conocí gracias al film Swing Kids (1993), de Thomas Carter, pero evito escribir sobre temas en los que cuento exclusivamente con una fuente cinematográfica, que por lógica tiende al espectáculo propio de la ficción con la posibilidad de alterar lo sucedido en un determinado marco histórico. Al leer el libro de Guido Knopp, riguroso y documentado, comprendí que la película de Thomas Carter no andaba lejos de una historia que desembocó en un final trágico a partir de 1940, cuando las veladas de baile fueron disueltas por la Gestapo y los swing kids arrestados. De hecho, el 26 de enero de 1942 Heinrich Himmler ordenó al jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, Reinhard Heydrich, el internamiento de aquellos jóvenes en un campo de concentración. Su final fue el previsible.

A menudo, escucho la música de Artie Shaw, Louis Armstrong, Benny Goodman, Glenn Miller y otros intérpretes de aquella época. Lo he explicado en Memoria y ficción, el blog que dedico a los asuntos más personales. Desde hace un tiempo, al recuperar esas canciones que me ayudan a superar los momentos de desánimo, recuerdo la desesperada y necesaria iniciativa de aquellos muchachos alemanes, que no estaban organizados políticamente, pero deseaban ser jóvenes en el pleno sentido de la palabra y al margen de las consignas de quienes promovieron la más brutal violencia.

Esa música estaba prácticamente prohibida en la España de la Victoria. Incluso denostada en consonancia con un nazismo que hablaba de «negroides», aunque algunos de sus intérpretes fueran blancos. La situación empezó a cambiar a partir de 1945, cuando el franquismo viró para ganarse el favor de los norteamericanos, pero esa música nunca dejó de ser un tanto sospechosa y su divulgación solo fue el empeño de unos pocos.

Tal vez esos disidentes solo necesitaban bailar y sentirse vivos como los swing kids, pero inevitablemente quedaron al margen de un régimen desconfiado ante los jóvenes dispuestos a disfrutar de una música desinhibida. Ninguno de estos españoles de los años cuarenta o cincuenta sabría de lo sucedido en los salones de baile de Hamburgo. Apenas importaba. A su manera, seguían la senda ya trazada por quienes apostaron por la intensidad de la vida frente al terror de unos nazis capaces de decapitar a algunos de sus jóvenes, llevarlos a campos de concentración o sacrificarlos durante la primavera de 1945, cuando todo estaba perdido para un Hitler ahora blanqueado por otros muchachos que en nuestros días hacen del odio un arma temible.

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