La II Guerra Mundial
propició una avalancha de imágenes verdaderamente estremecedoras. Las
conservadas endurecen nuestra mirada, pero algunos de esos testimonios de la
barbarie permanecen en mi memoria de forma indeleble. Desde hace años recuerdo
las fotos de los adolescentes, casi niños, que se incorporaron a la defensa de
Berlín en las últimas semanas de la guerra, cuando los aliados estaban a punto
de llegar al búnker de Hitler. Verlos empuñar las armas en una acción tan
desesperada como inútil es observar un paradigma de la sinrazón que se apoderó
de Alemania bajo el régimen nazi. El sacrificio de aquellos muchachos todavía
me conmueve.
El poder de esas imágenes
me llevó a indagar acerca de la generación de adolescentes que crecieron a la
par que el nazismo se instalaba en el poder. Nunca había escrito al respecto,
pero en La colmena (Sevilla, Renacimiento-UA, 2026) incluí varias
referencias a la trágica historia de La Rosa Blanca, la organización pacifista de
estudiantes universitarios que vio cómo algunos de sus integrantes acabaron
decapitados. La conmoción de lo conocido gracias a una excelente película alemana
me llevó a preguntarme por esa generación y este verano he tenido la
oportunidad de leer un interesante libro de Guido Knopp, Los niños de
Hitler. Retrato de una generación manipulada (Barcelona, Planeta, 2005).
La obra incluye la
trayectoria de La Rosa Blanca y otros muchos episodios que conviene conocer
para entender lo sucedido en Alemania y, con las lógicas diferencias, en otras
dictaduras coetáneas. El lavado de cerebro de esa generación fue brutal.
También resultó exitoso a la vista de la casi unánime respuesta de quienes a
menudo sacrificaron sus mejores años al servicio del nazismo. No todos, pues
hubo algunas oposiciones testimoniales que merecen el emocionado recuerdo de
quienes rechazamos cualquier tipo de dictadura.
Entre ellas siempre me ha
llamado la atención el movimiento de los swing kids, unos jóvenes que en
los albores de la II Guerra Mundial manifestaron su alejamiento del nazismo
organizando veladas de baile, fundamentalmente en Hamburgo, con la música de
Benny Goodman y otros maestros del swing procedente de EE.UU.
Danzar a los sones de unas melodías que transmiten vitalidad y alegría era su
forma de marcar distancias con respecto a la rigidez del nazismo.
La historia la conocí
gracias al film Swing Kids (1993), de Thomas Carter, pero evito escribir
sobre temas en los que cuento exclusivamente con una fuente cinematográfica,
que por lógica tiende al espectáculo propio de la ficción con la posibilidad de
alterar lo sucedido en un determinado marco histórico. Al leer el libro de
Guido Knopp, riguroso y documentado, comprendí que la película de Thomas Carter
no andaba lejos de una historia que desembocó en un final trágico a partir de
1940, cuando las veladas de baile fueron disueltas por la Gestapo y los swing
kids arrestados. De hecho, el 26 de enero de 1942 Heinrich Himmler ordenó
al jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, Reinhard Heydrich, el
internamiento de aquellos jóvenes en un campo de concentración. Su final fue el
previsible.
A menudo, escucho la
música de Artie Shaw, Louis Armstrong, Benny Goodman, Glenn Miller y otros
intérpretes de aquella época. Lo he explicado en Memoria y ficción, el
blog que dedico a los asuntos más personales. Desde hace un tiempo, al
recuperar esas canciones que me ayudan a superar los momentos de desánimo,
recuerdo la desesperada y necesaria iniciativa de aquellos muchachos alemanes,
que no estaban organizados políticamente, pero deseaban ser jóvenes en el pleno
sentido de la palabra y al margen de las consignas de quienes promovieron la
más brutal violencia.
Esa música estaba
prácticamente prohibida en la España de la Victoria. Incluso denostada en
consonancia con un nazismo que hablaba de «negroides», aunque algunos de sus intérpretes
fueran blancos. La situación empezó a cambiar a partir de 1945, cuando el
franquismo viró para ganarse el favor de los norteamericanos, pero esa música
nunca dejó de ser un tanto sospechosa y su divulgación solo fue el empeño de
unos pocos.
Tal vez esos disidentes
solo necesitaban bailar y sentirse vivos como los swing kids, pero
inevitablemente quedaron al margen de un régimen desconfiado ante los jóvenes
dispuestos a disfrutar de una música desinhibida. Ninguno de estos españoles de
los años cuarenta o cincuenta sabría de lo sucedido en los salones de baile de
Hamburgo. Apenas importaba. A su manera, seguían la senda ya trazada por
quienes apostaron por la intensidad de la vida frente al terror de unos nazis
capaces de decapitar a algunos de sus jóvenes, llevarlos a campos de
concentración o sacrificarlos durante la primavera de 1945, cuando todo estaba
perdido para un Hitler ahora blanqueado por otros muchachos que en nuestros
días hacen del odio un arma temible.
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