domingo, 2 de agosto de 2026

Los abusos de la memoria


 Tzvetan Todorov

Los conceptos habitualmente utilizados en nuestras investigaciones deben ser sometidos a una periódica revisión. En caso contrario, cuando los empleamos al margen de cualquier duda o cuestionamiento, los acabamos convirtiendo en instrumentos de un pensamiento dogmático. La memoria no supone una excepción, sin añadir el calificativo de histórica porque la misma siempre nos remite al pasado, que es el tiempo de lo histórico sin necesidad de explicar lo obvio. Y, además, ese adjetivo contribuye a una confusión cuyo sentido esbozamos en esta nota de lectura.

La citada tarea resulta más fructífera a la luz de lo aportado por una voz autorizada en la materia. El filósofo nacionalizado francés Tzvetan Todorov (1939-2017) es el autor de un breve volumen, Los abusos de la memoria (Barcelona, Paidós, 2008, 104 páginas), cuya lectura invita a la reflexión en torno a una aparente paradoja: la necesidad de la memoria, al igual que del olvido, y los abusos cometidos en su nombre.

Tzvetan Todorov parte de que el elogio incondicional de la memoria y la condena ritual del olvido acaban siendo problemáticos (p. 21). Ambos conceptos, con las implicaciones de su uso en la actividad individual o investigadora, son igualmente necesarios. Frente al elogio incondicional o el olvido sistemático, cabe comprender su papel en cada caso, delimitar sus competencias y ponderar el correspondiente empleo para evitar los «abusos» de los que habla el polifacético pensador.

El olvido del pasado individual o colectivo puede ser impuesto, lo cual siempre es grave como acto de censura, pero también responde con frecuencia a una necesidad recreada en un memorable cuento de Jorge Luis Borges: «Funes el memorioso» (La Nación, 7-VI-1942). Si pretendemos evitar que la memoria se convierta en «un vaciadero de basuras», por el carácter prescindible de sus contenidos, necesitamos olvidar, también para seguir vivos sin enloquecer por el cúmulo de lo recordado. En esa limpieza de lo irrelevante o incapaz de propiciar una evocación que aliente emociones dignas de una reflexión, nos ayuda la memoria. La misma forzosamente significa una selección de lo vivido o conocido. Conservar sin seleccionar supone un imposible para el ejercicio de una memoria diferenciada, por definición, del mero almacenamiento (p. 22).

La selección más o menos consciente debe partir de un criterio acorde con el destino de lo seleccionado. La naturaleza del mismo difiere si el sujeto es un historiador o un individuo que, en el ámbito de lo privado, recurre a la memoria. El primero siempre actúa en un marco público y debe responder a una selección verificable, aunque sujeta a posibles errores y distintas interpretaciones. Entre otros motivos de compleja explicación aquí, porque el criterio de lo seleccionado tiende a la analogía y la generalización para construir un exemplum del cual extraer una posible enseñanza (p. 51) destinada al conocimiento colectivo. La tarea del historiador va más allá de lo testimonial, puesto que propicia un debate cuyo objetivo es el análisis de un pasado nunca ajeno a una dimensión del presente. El correspondiente y limitado uso de la memoria, junto con otros recursos establecidos por la metodología historiográfica, responde a una finalidad teleológica, que exige un justificado empleo de la analogía y la generalización.

El individuo que, en el ámbito de lo privado, recurre a la memoria no precisa de esos requisitos. Al margen de que no todos los recuerdos son igualmente admirables, en especial aquellos que resultan susceptibles de alentar un espíritu de desquite o venganza (p. 47), la libertad preside esta tarea que también pasa por la selección acerca del pasado. La misma puede ser arbitraria o estrictamente subjetiva, lindante el resultado con el de la ficción a menudo por la participación de la imaginación, pero esa prerrogativa solo es admisible en un ámbito privado o creativo donde nadie pretende establecer un exemplum al modo de los historiadores.




El problema, no previsto en la citada obra de Tzvetan Todorov, surge cuando desde la memoria personal o familiar se pretende rebatir un trabajo histórico previamente descalificado como tal. Es decir, cuando lo surgido en el ámbito de lo privado se utiliza en un debate público que, por su propia naturaleza, exige diferentes requisitos para participar en el mismo.

La deliberada confusión acerca de los marcos donde actuamos aboca a una mistificación. Lo lícito, y hasta encomiable, en el ámbito de lo privado deja de serlo en buena medida cuando mediante la utilización de una plataforma pública se convierte en supuestos argumentos destinados a rebatir lo aportado por los historiadores. El debate entonces supone un imposible porque, no solo se trabaja en distintos marcos con sus correspondientes exigencias, sino que se utilizan diferentes lenguajes.

Desde hace unos meses asisto a la publicación de más de doscientas entradas en un blog donde la descalificación de algunos de mis trabajos supone una constante. La misma es lícita al margen de otros objetivos tan implícitos como notorios, incluso cuestionables, pero el debate resulta un imposible cuando mi detractor hace uso de una memoria estrictamente privada como antídoto contra unas páginas publicadas en 2015. A partir de esa discordancia, el intercambio fructífero que representa un verdadero debate queda lejos y cualquier respuesta en ese mismo marco está condenada a la inutilidad.

Aprecio y hasta apoyo la tarea de quienes bucean en el pasado para hacer uso de su memoria personal, tan necesaria en cualquier momento y más todavía cuando por edad nos acercamos al momento del balance vital. El propósito me parece encomiable, propicia buenos momentos y es de agradecer por parte de quienes puedan compartirla en ese tan preciado ámbito de lo privado.

El resultado, sin embargo, no forma parte de la Historia, sino de aquellos relatos que los historiadores deben conocer para matizar o contrastar sus conclusiones con testimonios de imposible verificación a través de las fuentes que solemos utilizar. Por eso los agradecemos y los consultamos, pero sin entrar en polémicas en donde los interlocutores hablarían distintos lenguajes.

Tzvetan Todorov nos advierte con sabiduría de los abusos de la memoria, que debemos sortear mediante un constante ejercicio de ponderación con el igualmente necesario olvido. Lo hemos visto a menudo a lo largo de las investigaciones relacionadas con los consejos de guerra de periodistas y escritores. Pero esa tarea de los historiadores, de quienes asumimos conscientemente los requisitos de una actuación en público, nunca debe entrar en polémicas con quienes actúan con total legitimidad en el ámbito de lo privado, aunque lo hagan con la pretensión de intervenir en un debate público.


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