A veces dos o más
historiadores estudiamos simultáneamente un mismo tema sin ser conscientes de
esta circunstancia porque carecemos de vínculos entre nosotros. La sorpresa
surge cuando aparecen, en un breve espacio de tiempo, los resultados de esas
investigaciones, donde las coincidencias acerca del objetivo resultan notables.
Tal vez sea preferible trabajar delimitando un temario específico y siendo
conscientes de lo aportado por los colegas que se mueven en los aledaños del
mismo, pero si surge la anterior situación solo cabe felicitarse por saber que
no estamos solos en el empeño y la posibilidad de contrastar nuestros
resultados.
El periodista,
historiador y político Pedro Corral acaba de publicar un excelente libro
titulado Cómicos en guerra. Historias del mundo de la escena y el cine en la
Guerra Civil (Madrid, La esfera de los libros, 2026), donde, entre otros
temas de indudable interés, aborda los consejos de guerra de varios de los
protagonistas de nuestra tetralogía iniciada con Las armas contra las letras
(Sevilla, Renacimiento-UA, 2023). Por sus páginas repletas de información
proveniente de fuentes primarias desfilan Joaquín Dicenta, Federico Romero
Sarachaga, Germán Bleiberg, César García Iniesta, José Luis Salado, Florentino
Hernández Girbal, Eduardo Haro Delage, Julián Zugazagoitia, Cipriano Rivas
Cherif, José Carreño España y otros represaliados de las letras que cuentan con
capítulos o referencias en la tetralogía.
El libro de Pedro Corral
me ha permitido conocer historias como la protagonizada por el actor Valentín
Tormo, el popular Don Cicuta de los años setenta, o ver desde una interesante
perspectiva el comportamiento del teniente Rodríguez Rapún durante la guerra,
sin los imaginativos añadidos que al tema suele aportar la bibliografía acerca
de Federico García Lorca. Lo agradezco, como también las referencias a los
sumarísimos de urgencia instruidos contra un colectivo tan específico como los
payasos de los escenarios del Madrid sitiado. Siempre me había planteado su
destino inmediato y ahora lo conozco gracias al riguroso trabajo de Pedro
Corral.
La lectura de Cómicos
en guerra ha sido especial en lo referente a los capítulos cuyos
protagonistas ya habían aparecido en mis libros dedicados a los avatares del
mundo de la cultura durante aquellos años. Nuestros enfoques son a veces
diferentes y no siempre ponemos el mismo énfasis en determinados hechos o
documentos. La circunstancia es habitual entre historiadores que realizan sus
trabajos de forma independiente y hasta enriquece, de cara al lector, el
contenido de unas historias que nunca son unívocas.
Sin embargo, observo que
coincidimos en lo fundamental más allá del rechazo de la violencia que supone
una guerra fratricida donde la intolerancia se convierte en una actitud de
peligrosas consecuencias. Esta actitud ética, consustancial a un historiador
cuya objetividad no pasa por la impasibilidad ante lo analizado, se suma a la
voluntad de buscar en lo concreto y particular para «cuestionar o incluso
desmontar los tópicos en apariencia más irrefutables» (p. 16).
Este empeño nos lleva a
basarnos en fuentes primarias y observarlas con toda su complejidad, que a
menudo también supone un importante número de contradicciones hasta llegar a lo
paradójico o sorprendente. Nuestra metodología coincide en buena medida y el
resultado, más allá de las discrepancias acerca de cómo interpretar algunos
datos, también revela una notable coincidencia: la propia de quienes
pretendemos basarnos en hechos documentados para articular historias capaces de
cuestionar los tópicos o los lugares comunes.
Me alegro de esta
coincidencia. También de sumar otra voz para averiguar lo sucedido con los
intérpretes, dramaturgos, escritores, periodistas, cantantes y otros sujetos
del mundo de la cultura durante aquellos años en los que todo quedó trastocado.
El relato de estas historias supone descender a lo concreto para cuestionar lo
tópico o las ideas preconcebidas, que desde diferentes perspectivas ideológicas
han condicionado nuestro conocimiento de un acontecimiento histórico siempre
necesitado de matices para evitar el brochazo.
A la vuelta de las
vacaciones me pondré en contacto con Pedro Corral para manifestarle la voluntad
de colaborar en lo que sea preciso con el objetivo común de rescatar unas
historias particulares que tanto nos enseñan acerca de la Guerra Civil y sus
consecuencias. Por lo pronto y en el cuarto volumen, el capítulo dedicado a las
relaciones entre los cineastas Rafael Gil y Antonio del Amo contará con lo
aportado por Pedro Corral, que con acierto se ha anticipado a mi trabajo ahora
en curso.
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