El primer curso como
estudiante en la Universidad de Alicante, el 1975-1976, trajo consigo la
novedad de las fotocopias, que salían caras, solo se podían realizar en un
local de Alicante y acababan evaporándose, pues la impresión en un papel
satinado tenía fecha de caducidad. Apenas las utilizábamos por entonces y
todavía recurríamos al papel carbón para sacar varias copias de los apuntes,
gracias al buen pulso de una compañera que escribía con fuerza.
Para consultar un libro
de la biblioteca, había que rellenar una ficha a mano y entregarla junto con
nuestro carnet, que era una cartulina donde figuraba la foto del estudiante con
el correspondiente sello como prueba indeleble de la identificación. Las notas
de lectura debíamos escribirlas en una libreta, aunque los modernos ya
utilizaban unas fichas que luego podían guardarse en un fichero de color verde.
Así hicimos la carrera
aquellos estudiantes de la Transición en un país radicalmente distinto al
actual, también en lo tecnológico. Desde entonces han pasado cincuenta años y
una revolución que no fue la soñada por tantos compañeros de aquella época,
sino la de una tecnología que ha convertido nuestra vida cotidiana en una
experiencia donde cuesta imaginar el pasado. De hecho, cuando vemos películas
de aquella época, mi mujer y yo nos emocionamos al ver algún artilugio capaz de
remitirnos a un momento en que lo ahora habitual ni siquiera lo soñábamos.
A lo largo de estos
cincuenta años me he ido adaptando a las novedades tecnológicas porque quedar
atrás, como una especie de insumiso, puede tener su encanto, pero no resulta
práctico. Y, sobre todo, me impide realizar adecuadamente el trabajo como
docente en una universidad donde la tecnología siempre ha encontrado una
generosa puerta de entrada.
Ahora, justo en la
antesala de la jubilación, ha llegado la IA, que desde hace un par de cursos
está modificando la actividad docente. Sería engorroso explicar los cambios
derivados de esta novedad, pero procuro apostar por lo positivo de cualquier
innovación y, desde luego, me niego a engrosar las filas de los viejos gruñones
capaces de imaginar el pasado como una maravilla. La única maravilla perdida
que merece la melancolía es la juventud.
Este verano, y gracias a
mi hijo, he empezado a manejarme con la IA para corregir las pruebas de
imprenta y revisar los textos originales que debo entregar a las editoriales y
las revistas. El balance de la experiencia ha superado cualquier expectativa
previa. Las tareas que antes suponían muchas horas de trabajo, ahora las
realizo en unos minutos y con mejores resultados.
Los textos siguen siendo
enteramente míos, pero evito así errores que me pasaban desapercibidos durante
el trabajo de revisión. A efectos prácticos, es como tener en el ordenador a
don Fernando Lázaro Carreter y al más atento corrector de pruebas, siempre
dispuestos a colaborar para que el texto sea lo más correcto posible.
A partir de ahora, los
textos que publique habrán sido revisados por la IA y no precisamente por uno
de los programas más sencillos, porque cuento con los que utiliza mi hijo en
sus proyectos de investigación. Mi modesta contraprestación es colaborar en su
desarrollo para perfeccionar las tareas relacionadas con la corrección de
textos y, en un futuro, crear recursos que permitan actuar en el ámbito
jurídico con mayores garantías.
Mientras tanto, quede
explícito mi compromiso de utilizar la IA para la corrección de los textos que
publique y, por supuesto, mi deseo de seguir mejorando en mi trabajo gracias a
las herramientas que la tecnología ha puesto a nuestra disposición. La opción
contraria supondría un ejemplo de soberbia, la de quienes publican textos
repletos de errores y, ante la constancia de los mismos, los mantienen como si
fueran un dogma divino. Allá ellos.
