Mostrando entradas con la etiqueta Inteligencia artificial. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Inteligencia artificial. Mostrar todas las entradas

jueves, 27 de agosto de 2026

La IA ha llegado a este blog


 Puestos a rejuvenecer, la IA hace milagros

El primer curso como estudiante en la Universidad de Alicante, el 1975-1976, trajo consigo la novedad de las fotocopias, que salían caras, solo se podían realizar en un local de Alicante y acababan evaporándose, pues la impresión en un papel satinado tenía fecha de caducidad. Apenas las utilizábamos por entonces y todavía recurríamos al papel carbón para sacar varias copias de los apuntes, gracias al buen pulso de una compañera que escribía con fuerza.

Para consultar un libro de la biblioteca, había que rellenar una ficha a mano y entregarla junto con nuestro carnet, que era una cartulina donde figuraba la foto del estudiante con el correspondiente sello como prueba indeleble de la identificación. Las notas de lectura debíamos escribirlas en una libreta, aunque los modernos ya utilizaban unas fichas que luego podían guardarse en un fichero de color verde.

Así hicimos la carrera aquellos estudiantes de la Transición en un país radicalmente distinto al actual, también en lo tecnológico. Desde entonces han pasado cincuenta años y una revolución que no fue la soñada por tantos compañeros de aquella época, sino la de una tecnología que ha convertido nuestra vida cotidiana en una experiencia donde cuesta imaginar el pasado. De hecho, cuando vemos películas de aquella época, mi mujer y yo nos emocionamos al ver algún artilugio capaz de remitirnos a un momento en que lo ahora habitual ni siquiera lo soñábamos.

A lo largo de estos cincuenta años me he ido adaptando a las novedades tecnológicas porque quedar atrás, como una especie de insumiso, puede tener su encanto, pero no resulta práctico. Y, sobre todo, me impide realizar adecuadamente el trabajo como docente en una universidad donde la tecnología siempre ha encontrado una generosa puerta de entrada.

Ahora, justo en la antesala de la jubilación, ha llegado la IA, que desde hace un par de cursos está modificando la actividad docente. Sería engorroso explicar los cambios derivados de esta novedad, pero procuro apostar por lo positivo de cualquier innovación y, desde luego, me niego a engrosar las filas de los viejos gruñones capaces de imaginar el pasado como una maravilla. La única maravilla perdida que merece la melancolía es la juventud.

Este verano, y gracias a mi hijo, he empezado a manejarme con la IA para corregir las pruebas de imprenta y revisar los textos originales que debo entregar a las editoriales y las revistas. El balance de la experiencia ha superado cualquier expectativa previa. Las tareas que antes suponían muchas horas de trabajo, ahora las realizo en unos minutos y con mejores resultados.

Los textos siguen siendo enteramente míos, pero evito así errores que me pasaban desapercibidos durante el trabajo de revisión. A efectos prácticos, es como tener en el ordenador a don Fernando Lázaro Carreter y al más atento corrector de pruebas, siempre dispuestos a colaborar para que el texto sea lo más correcto posible.

A partir de ahora, los textos que publique habrán sido revisados por la IA y no precisamente por uno de los programas más sencillos, porque cuento con los que utiliza mi hijo en sus proyectos de investigación. Mi modesta contraprestación es colaborar en su desarrollo para perfeccionar las tareas relacionadas con la corrección de textos y, en un futuro, crear recursos que permitan actuar en el ámbito jurídico con mayores garantías.

Mientras tanto, quede explícito mi compromiso de utilizar la IA para la corrección de los textos que publique y, por supuesto, mi deseo de seguir mejorando en mi trabajo gracias a las herramientas que la tecnología ha puesto a nuestra disposición. La opción contraria supondría un ejemplo de soberbia, la de quienes publican textos repletos de errores y, ante la constancia de los mismos, los mantienen como si fueran un dogma divino. Allá ellos.