La hispanista Monique Canto-Schneider me entrevistó para interesarse por mi caso judicial desde 2019. Hablar sobre el tema me resulta agotador, pero procuro dar mi testimonio a quienes preguntan por lo sucedido a lo largo de estos siete años. La larga entrevista será recopilada en su próxima tesis doctoral, que tiene previsto presentar en la universidad de Aix-en-Provence, una ciudad que recuerdo con cariño porque allí pasé el mes de septiembre de 1973 junto con una familia francesa.
lunes, 27 de abril de 2026
Un documental sobre Lorca y Miguel Hernández
La hispanista Monique Canto-Schneider me entrevistó para interesarse por mi caso judicial desde 2019. Hablar sobre el tema me resulta agotador, pero procuro dar mi testimonio a quienes preguntan por lo sucedido a lo largo de estos siete años. La larga entrevista será recopilada en su próxima tesis doctoral, que tiene previsto presentar en la universidad de Aix-en-Provence, una ciudad que recuerdo con cariño porque allí pasé el mes de septiembre de 1973 junto con una familia francesa.
domingo, 22 de marzo de 2026
Fuente Ovejuna, de Lope de Vega. H.ª del teatro del Siglo de Oro (13)
Fuente Ovejuna, de
Lope de Vega, es un clásico reciente. La paradójica circunstancia en una obra
editada en 1619 se justifica por la evolución del canon relacionado con el
teatro del Siglo de Oro. Al margen de la edición en la Docena parte de las
comedias de Lope de Vega (Madrid, 1619), poco más sabemos acerca de la
recepción que en su momento tuvo la obra. En cualquier caso, no figura entre
las que gozaron del éxito en los corrales de comedias, donde su presencia
habría resultado compleja y hasta lindante con los «temas horrorosos» cuyo
tratamiento desaconsejó el propio autor para procurar el favor del público.
La presencia de Lope de
Vega en los escenarios españoles del siglo XVIII dista mucho de la de un autor
considerado como clásico, a diferencia de lo sucedido con Calderón de la Barca,
cuyo teatro volvió a centrar la atención de los literatos y hasta del público
gracias a su recuperación por parte de un Romanticismo que tuvo en Alemania a
los más destacados admiradores del dramaturgo.
Así, durante tres siglos,
Fuente Ovejuna fue un drama prácticamente desconocido más allá de los
círculos eruditos, con escasas y aisladas ediciones y, desde luego, sin una
presencia en los escenarios. La situación cambia radicalmente durante las tres
primeras décadas del siglo XX, durante las cuales se suceden las ediciones, las
traducciones y las puestas en escena, tanto en España como en otros países
europeos, destacando en este último ámbito la de 1918 en Moscú.
La celebración en 1935
del tercer centenario del fallecimiento de Lope de Vega tuvo lugar cuando Fuente
Ovejuna ya se había incorporado al canon de los clásicos teatrales, aunque
con un llamativo retraso. «Después de haber sido durante cerca de tres siglos
una obra completamente olvidada por editores, profesionales del teatro e
incluso críticos especializados, en un tiempo de tan solo veinte o treinta
años, a principios del siglo pasado, Fuente Ovejuna pasó de ser una mera
reliquia del teatro antiguo español a estar situada a la altura de las mejores
páginas de Cicerón, Dante, Goethe, Hugo, Shakespeare…» (José Enrique López
Martínez).
Durante la II República,
y gracias a puestas en escena tan innovadoras como las de García Lorca con La
Barraca (1933) y la dirigida por Cipriano de Rivas Cherif (1935), la obra de
Lope de Vega se convirtió en un clásico que suscitó tanto interés como
controversia por las lecturas ideológicas de un texto adaptado a las
circunstancias de aquel presente. La eliminación de los reyes en el desenlace,
dando mayor realce y carácter independiente a la victoria del pueblo sublevado
contra el tirano, es un ejemplo de esa voluntad de convertir el texto de
1619 en otro válido para el presente de las representaciones.
Así llegamos al Madrid de
la Guerra Civil, donde la actividad teatral continuó a pesar del sitio de las
tropas del general Franco desde noviembre de 1936 y los continuos bombardeos.
En ese contexto tan especial, las autoridades republicanas propiciaron el
estreno de dos clásicos ajustados a las circunstancias del público: la Numancia,
de Cervantes, como ejemplo paradigmático de la voluntad de resistir el
ataque del enemigo, y Fuente Ovejuna, considerada el referente teatral de
un pueblo dispuesto a rebelarse contra la tiranía de un déspota.
La tarea relacionada con
el texto de Lope de Vega fue encomendada a Diego San José, cuya versión,
bastante respetuosa con el original, fue estrenada el 6 de enero de 1938 en el
Teatro Español de Madrid. El éxito de público y crítica permitió que las representaciones
alcanzaran hasta el mes de abril, trasladándose después a Barcelona y Valencia.
Sin duda alguna, Fuente Ovejuna fue uno de los más destacados logros del
teatro impulsado por el bando republicano durante la Guerra Civil.
Diego San José solo
aligeró el texto de Lope de Vega, al igual que se ha hecho en todas las puestas
en escena desde principios del siglo XX, simplificó algunos momentos
secundarios de la trama argumental y añadió, tras el desenlace con la presencia
de los monarcas, un par de décimas donde vinculaba lo visto en la escena con la
actualidad de un Madrid sitiado por las tropas del general Franco.
A pesar del respeto a la
obra de Lope de Vega, en el sumario del consejo de guerra seguido contra Diego
San José comprobamos que esta versión, conservada ahora en el archivo familiar,
fue uno de los motivos de su condena a muerte tras la instrucción en el Juzgado
Militar de Prensa. Así lo explicamos en Nos vemos en Chicote (2015) y en
la edición de las memorias del autor: De cárcel en cárcel (2016).
Posteriormente, mi colega Fernando Doménech Rico abordó el proceso judicial en Javier
Huerta Calvo (ed.), Fuente Ovejuna (1619-2019). Pervivencia de un mito
universal, pp. 93-110.
La utilización de un
texto versionado de Lope de Vega para la acusación que acabó con una condena a
la pena de muerte, posteriormente conmutada por otra de treinta años, todavía
resulta más insólita si observamos que en 1938 Fuente Ovejuna también
fue representada en Cádiz por un grupo del TEU bajo el auspicio de las
autoridades franquistas y con la defensa explícita de José María Pemán. Por
otra parte, el texto de Lope de Vega, versionado por Ernesto Giménez Caballero,
volvería a los escenarios de la posguerra, aunque esta vez con una impronta
acorde con la ideología de la dictadura.
El caso de Fuente
Ovejuna cabe considerarlo como especial por las circunstancias históricas
que se dieron durante su incorporación al canon del teatro del Siglo de Oro.
Desde el principio de las clases, vengo insistiendo en que, con independencia
de la fecha del texto original, las representaciones teatrales siempre se dan
en un tiempo presente y deben conectar con un público que no precisa conocer el
pasado de la obra. Este requisito puede deparar lecturas y versiones más o
menos respetuosas con la voluntad del dramaturgo, si es que la acertamos a
conocer, pero en cualquier caso supone una actividad de los responsables de la
puesta en escena tan legítima como sujeta a debate.
Lope de Vega no pensó en
una revolución como la soviética, en la España de la Guerra Civil o en la del
general Franco, aunque Fuente Ovejuna en la misma fuera representada con
un decorado presidido por los símbolos de la dictadura. Los historiadores del
teatro deben atender a estas circunstancias para valorar la recepción a
lo largo del tiempo de una obra convertida en un clásico y, como tal, sujeta a
múltiples lecturas que evolucionan al compás de los tiempos. Sin embargo, como
filólogos, debemos procurar una comprensión del texto -sin versiones ulteriores-
lo más ajustada a la voluntad del autor y acorde con su contexto original.
Lope de Vega es
consciente de la necesidad de mantener la atención del público a lo largo de la
representación. Para alcanzar este objetivo presente en el Arte nuevo de
hacer comedias… utiliza un caso particular de fácil comprensión e inmediata
identificación por parte de los espectadores: el de los amores con voluntad
matrimonial entre los aldeanos Laurencia y Frondoso.
El poeta dramático
selecciona este recurso temático sabedor de que, por la presencia de un tercero
en discordia -el Comendador- con la pretensión de romper la armonía amorosa
para satisfacer un deseo lascivo, el mismo supone un conflicto de probado
interés para cualquier espectador por ser un caso relacionado con la honra. Así
lo reconocerá Lope de Vega en el Arte nuevo de hacer comedias…
No habría ocurrido igual
si el poeta dramático solo hubiera presentado un conflicto de carácter
histórico como el que también se desarrolla paralelamente en Fuente Ovejuna desde
la primera escena, cuando el comendador se opone a la reina Isabel e intenta
arrastrar al maestre de la Orden de Calatrava en las luchas por la sucesión en
el trono. Este conflicto supone un marco histórico de indudable importancia y
que termina de caracterizar a los protagonistas, pero queda subordinado al caso
de honra en la atención del público.
Al igual que en tantas
otras comedias lopescas donde lo fundamental del concepto platónico del buen
amor está presente, en Fuente Ovejuna encontramos una relación amorosa
presidida por la armoniosa virtud entre iguales frente a la pasión desatada
que, además, se da con abuso de poder por parte del lascivo amante.
La primera relación la
protagonizan Laurencia y Frondoso como representantes de la «aldea» frente a la
«corte» -una contraposición habitual en el teatro y la literatura de la época-,
siempre se desarrolla en un marco tan casto como virtuoso encaminado al fin
matrimonial y goza de la aceptación del pueblo de Fuente Ovejuna. También del
público, inevitablemente identificado con esta pareja.
Sin embargo, el
comendador, al igual que el don Rodrigo de El caballero de Olmedo, es un
personaje soberbio y violento que considera a Laurencia como una posesión material
por ser una de sus vasallas. Así, la intenta hacer suya en contra de la voluntad de
la aldeana, que como hija del alcalde ejemplifica la virtud y el honor
mancillado en contraste con otras jóvenes de Fuente Ovejuna.
El conflicto de este
triángulo de personajes resulta inevitable y tiene su primer punto de inflexión en la escena donde
el comendador intenta abusar de Laurencia. Frondoso, armado con la ballesta del
primero, lo impide siendo consciente de su osadía y provocando la ira de quien
asimila a las mujeres con los animales que caza. A partir de ese momento, final
de la primera jornada, la venganza del afrentado comendador será inexorable con
el consiguiente aumento de la tensión dramática en momentos como la boda de los
amantes aldeanos, interrumpida por el comendador y sus secuaces.
Laurencia acabará
padeciendo esa venganza cuando finalmente es raptada por el comendador y al huir, tan
desesperada como humillada, en un célebre monólogo clama por la respuesta violenta
del pueblo frente a la tiranía de quien ha roto el principio del decoro que le
obligaba a proteger a la población de Fuente Ovejuna.
Laurencia no es la
primera mujer que padece los abusos, pero es la hija del alcalde y la gota que
colma el vaso para justificar la rebelión del pueblo, cuyo alcalde ha visto
rota la vara de mando por parte del comendador en una escena igualmente clave
para entender la escalonada justificación de la respuesta popular.
Al contemplar a Laurencia
en su desesperación, los espectadores sabemos del conmovere, y
ella misma hace explícita la necesidad del movere, que a continuación provocará
la unánime rebelión popular contra el tirano. La respuesta goza de nuestra
complicidad. Así nos sentimos parte del héroe colectivo de Fuente Ovejuna,
porque somos conscientes de su motivación convenientemente expuesta a lo largo
de las escenas anteriores.
Desde el inicio de la
obra sabemos que el comportamiento del comendador, dispuesto a influir
negativamente en el maestre de la Orden de Calatrava para preservar sus
intereses al servicio de una reina foránea que se opone a Isabel la Católica, resulta
impropio del principio del decoro y merece el correspondiente castigo de la
justicia poética.
Sin embargo, la rebelión
popular de sus vasallos debe ser justificada como el último e inevitable
recurso tras una continuada sucesión de abusos o menosprecios por parte de
quien, según el principio del decoro, está obligado a proteger al pueblo de
Fuente Ovejuna. No lo cumple y el comendador parece abocado al castigo, que será
tan violento como sus propias acciones.
Lope de Vega no presenta
a un pueblo levantisco, sino a uno fiel a su comendador, a quien en la primera
jornada recibe con agasajos en prueba de su fidelidad. Esta relación de
vasallaje no acarrea la debida respuesta por parte del comendador, que
menosprecia al pueblo y a su alcalde porque considera el honor como privativo
de la nobleza frente a una idea recurrente en el teatro de Lope de Vega: el
honor como deudor de los hechos del individuo, no hereditario por el nacimiento en un
determinado grupo social.
Fruto de esta actitud
siempre descalificada por Lope de Vega y otros poetas dramáticos de la época,
el comendador abusa del pueblo en colaboración con sus servidores y, ciego por
su pasión sexual o lascivia, no duda en cometer una violación que supone un definitivo
punto de inflexión a partir del cual la reacción popular queda justificada.
El poeta dramático sabe
que la puesta en escena de cualquier rebelión popular contra un representante
del poder supone un conflicto susceptible de ser censurado en un
teatro tan controlado desde las instancias oficiales como era el del Siglo de
Oro. La precaución en la elección de los temas supone un requisito también presente en un Arte nuevo de
hacer comedias…
De ahí, la escalonada argumentación
y justificación de un proceso que desemboca en lo inevitable: el
ajusticiamiento del comendador. Los habitantes de Fuente Ovejuna son empujados
a la rebelión por la continuada actitud tiránica del comendador y, además, solo
la emprenden en nombre de una autoridad superior: la de los Reyes Católicos. Al final, y como triunfadores en la paralela acción histórica, Isabel y Fernando ejercerán la
justicia poética de acuerdo con lo habitual en el teatro de la época.
El maestre de la Orden de
Calatrava, joven e inexperto para exculparle de cualquier responsabilidad, admite
el error de haber confiado en el comendador desde la primera escena y se libra
del consiguiente castigo. Así Lope de Vega evita cualquier crítica negativa a
toda la orden militar, pues la responsabilidad solo es del individuo, el comendador,
que no cumple con sus obligaciones.
Los triunfantes Reyes
Católicos, que simbolizan el paso a la nueva fase histórica de la monarquía
todavía imperante en el siglo XVII, reaccionan airadamente cuando conocen la
ejecución del comendador a manos del pueblo y mandan un pesquisidor para que
haga justicia castigando a los responsables. El dramatismo del momento es
notable y sucede a la momentánea alegría de quienes, aliviados, también se
sienten triunfadores tras haberse librado del comendador.
Sin embargo, la conocida
solidaridad de los habitantes de Fuente Ovejuna -el público es consciente de
que todos actuarán «a una» llegado el momento- dificultará este empeño de los
reyes, pues los enviados a la localidad cordobesa no pueden ejecutar a un
pueblo y menos después de haber actuado en nombre de los Reyes Católicos. De
ahí su forzado perdón, que redunda en una glorificación del papel ejercido por los
magnánimos monarcas, ante cuya autoridad caen rendidos los habitantes del
pueblo andaluz.
Los reyes ejercen una
autoridad propia de su triunfo en la lucha sucesoria que se desarrolla como
trasfondo histórico de la comedia. La victoria de los monarcas también es posible por la rebelión popular
de Fuente Ovejuna, gracias a la cual Isabel y Fernando se han desprendido de un enemigo personal
e histórico que representa al caduco feudalismo.
Al mismo tiempo, los
reyes han sellado una relación de dependencia admitida por el pueblo y pronto
convertida en la base de la monarquía absoluta. Nunca debemos olvidar, como
subraya Juan María Marín en su edición crítica (Cátedra), que el conflicto de la obra con
su base histórica se sitúa en el siglo XV, aunque visto desde la perspectiva
del XVII y a mayor gloria de la monarquía coetánea a Lope de Vega.
Por lo tanto, nos
encontramos ante una rebelión solidaria y popular contra un tirano que responde
a una motivación de fácil comprensión para el público conmovido por la suerte
de Laurencia y Frondoso. También del menospreciado alcalde, una figura clave en
las discusiones acerca del honor como veremos más adelante en el teatro de
Calderón de la Barca. Y hasta del azotado Mengo, el imprescindible gracioso de la comedia, que
supera la habitual cobardía del tipo gracias al sentimiento solidario con el
resto del pueblo.
No obstante, los
habitantes de Fuente Ovejuna emprenden esa rebelión en nombre de los monarcas y
para quedar finalmente sometidos a su autoridad, que por respetar el principio
del decoro y cumplir con sus deberes queda resaltada en un papel que, no lo
olvidemos, explica el paso de una situación histórica propia del feudalismo a
otra donde el eje del poder recae en una monarquía absoluta.
La idea central de la
comedia es coherente con el teatro de Lope de Vega, donde no hay
sistema político superior al monárquico. Gracias al mismo, está garantizada la justicia, el
orden y la armonía social. Y fuera de él, todo es inestabilidad y caos porque al margen de los reyes no hay salvación. Su jurisdicción es sinónimo de paz,
justicia, orden y concordia. La autoridad de los monarcas borra los
riesgos de injustas situaciones feudales como la protagonizada por el
comendador.
Gracias a una coherente y
justificada evolución de la trama argumental, el plano de lo individual
relacionado con los amores de Laurencia y Frondoso queda finalmente vinculado
con otro colectivo e histórico, donde un pueblo se rebela contra el representante del poder
para establecer una alianza con respecto a otro poder, el de la monarquía, que
resulta reforzado tras ejercer decorosamente su autoridad.
No obstante, la impronta resultante en el público de cualquier época, menos sutil a la hora de
interpretar lo representado y alejado del marco histórico donde escribe Lope de
Vega, es la rebelión de un héroe colectivo -véase la enlazada conferencia de Javier Huerta- frente a la tiranía de un déspota.
De ahí su interés para dramaturgos como Federico García Lorca, Cipriano de
Rivas Cherif, Diego San José y tantos otros que posteriormente han repuesto este clásico
reciente del Siglo de Oro.
domingo, 8 de febrero de 2026
¡¡¡Gorgorito, por ahí, por ahí!!!
Uno de los problemas de
cumplir años, demasiados, es acabar convertido en materia histórica. El pasado
mes de septiembre, cuando asistí en Alcalá de Henares a un congreso sobre la
cultura durante el franquismo, tuve la ocasión de escuchar la comunicación de
un investigador que hablaba del teatro de marionetas. En un determinado
momento, Rafa Segura comentó las andanzas de Gorgorito, el popular personaje de
Maese Villarejo, y la escasez de testimonios de quienes lo vieron repartir
mandobles con su tremenda estaca.
Yo era uno de esos niños
de los años sesenta que cada verano, poco después de las fiestas locales,
asistía a las representaciones de un ambulante teatro de marionetas en compañía
de otros muchos chavales. Provistos de merienda y junto con nuestras madres o
abuelas, los padres solían estar ausentes, nos sentábamos en unas sillas de
madera que apenas parecían incómodas porque pasábamos la mayor parte del tiempo
de pie. Tal era la tensión con la que vivíamos las aventuras de Gorgorito,
siempre acechado por la bruja y el ogro hasta que ambos recibían los
correspondientes estacazos.
Desde hace más de
cuarenta años explico en clase el doble sistema de comunicación que caracteriza
al teatro frente a la literatura. Gracias al mismo, el público interactúa con
la representación, aunque solo sea mediante un silencio respetuoso. No era así
en aquellas veladas infantiles. Todos gritábamos como si no hubiera un
mañana cuando por una esquina acechaba el ogro -¡¡¡por ahí, por ahí!!!,
señalábamos con el acusador dedo índice- o la bruja Ciriaca intentaba engañar a
Gorgorito empleando las artimañas de quien era «la mala» capaz de raptar a
Rosalinda, la «buena» a la que debíamos rescatar. El consenso al respeto
pasaba por la unanimidad de un enfervorizado público que, llegado el momento de
los estacazos, habría repartido también lo suyo gracias a una empatía ganada
con los más elementales recursos. Funcionaban, ya lo creo…
El castigo corporal
todavía era una práctica habitual en muchas familias de la época. Incluso
estaba más o menos admitido en las aulas, aunque hubiera quedado reducido al
palmetazo en la punta de los dedos, que dolía y sobre todo humillaba. Los «revoltosos»
capaces de emular a Zipi y Zape lo tenían crudo por entonces, pero los «tranquilitos»
tampoco estábamos libres de recibir porque se repartía bastante y no siempre
con criterio. Así que, cuando veíamos a Gorgorito, nuestro héroe, dando
estacazos a troche y moche supongo que liberábamos tensión acumulada. La
función catártica del teatro, en su versión más elemental y efectiva, quedaba
demostrada con cada representación de la compañía ambulante de Maese Villarejo.
Gracias a Rafa Segura,
actor, dramaturgo e investigador, ahora conozco mejor el origen de aquel
Gorgorito y de su creador en plena Victoria, que fue Juan Antonio Díaz Gómez de
la Serna (1922-1986). Por entonces, y de acuerdo con los tiempos, el protagonista
de las marionetas respondía al nombre de Juanín el Flecha en obras acordes con Periquito
contra los monstruos de la democracia, que se divulgó gracias a la
muchachada falangista del SEU.
El tal Periquito se
jubiló y a Gorgorito le conocería un tanto desbravado en los años sesenta
porque había llegado la etapa de los XXV Años de Paz. Los estacazos permanecían,
pero debían concentrarse en un mal universal o ficticio. Afortunadamente,
pues Gorgorito seguía fiel al principio de que no hay problema irresoluble si
se dispone de una estaca descomunal con la que repartir «su merecido».
El determinismo de la
herencia familiar, la educación recibida y hasta de la época vivida durante la
infancia es, a veces, una coartada destinada a justificar carencias
individuales o la falta de voluntad para superarlas. Nunca he renegado de mi
etapa escolar en un colegio con maestros que llevaban la camisa azul de los
falangistas. Tampoco de los muchos Gorgoritos que fueron nuestros referentes de
una ficción donde siempre había una Rosalinda a la espera del rescate. Ahí
están, en una memoria que respeto y hasta recreo para convertirla en materia de
reflexión. También de superación, pues hace tiempo que comprendí la inutilidad
del estacazo para espantar los temores capaces de acechar por una esquina del
escenario de la vida. Eso sí, a veces resulta imposible no desear repartirlos,
aunque sea en modo dialéctico, que resulta más respetuoso con la integridad
ajena.
Rafa Segura me acaba de
mandar su reciente edición de El Búho (Valencia, Sala Carme Teatre,
2025), la obra teatral donde da cuenta de parte de su investigación
sobre la homónima compañía valenciana de la FUE que durante la II República
intentó alegrar a la chavalería, y a otros públicos, con unas marionetas más
cercanas al espíritu de las empleadas por Federico García Lorca. Aquella
aventura teatral terminó con la guerra, el exilio y la represión franquista,
justo cuando Juan Antonio Díaz Gómez de la Serna creó su popular personaje, que
fue un vencedor durante décadas en que alegró con sus aventuras las tardes de
tantos niños.
Ahora tengo noticia de
que Gorgorito sigue de gira, aunque lo supongo tranquilizado y acorde con los
tiempos. Incluso es posible que Rosalinda sea más protagonista de su propio
destino. Me alegro por la chavalería que necesita de sus aventuras y de la
experiencia de ser parte de un público capaz de vibrar con una representación. También
porque, gracias a Rafa Segura y su tesis doctoral en marcha, sabemos de ese
origen que tanto explica, de unas marionetas que también hicieron la guerra y
padecieron la doble suerte del vencedor y el perdedor.
Vistas las consecuencias
de semejante barbaridad, y reacios a pasar la página de la historia sin haberla
leído, prefiero imaginar que me habría alegrado asistir a un desenlace con el
ogro y la bruja resucitados tras la tunda de estacazos. Y saludando al
respetable, porque eran «los malos», pero de mentirijillas como en tantas
ficciones manejadas por los hilos de los titiriteros. Los necesitamos, como
aquellas meriendas sostenidas con una mano mientras que con la otra avisábamos
a Gorgorito: ¡¡¡Por ahí, por ahí!!! La valentía de nuestro héroe y la belleza
de Rosalinda bien merecían la entusiasta ayuda. La vida ya nos enseñaría a
repartir los roles sin semejante sexismo y a respetar a los malos porque, en el
fondo, eran de mentirijillas. Los otros nunca participan en una representación
de marionetas.
viernes, 5 de diciembre de 2025
Constantino Ruiz Carnero, represaliado después de ejecutado
El marco represivo de la
Victoria sigue la lógica de la eliminación del «enemigo», pero a veces la misma
revela un ensañamiento difícil de entender más allá de abrumar, hasta el
espanto, a quienes pudieran estar cerca de las víctimas. La posibilidad de
iniciar un proceso judicial contra alguien ejecutado extrajudicialmente, tan
solo para asegurarse de que no ha dejado bienes susceptibles de ser disfrutados
por sus familiares, forma parte de ese ensañamiento sin límites protagonizado
por represores de aquellos años.
El periodista y escritor
Constantino Ruiz Carnero, aparte de buen amigo de Federico García Lorca, era el
director de El Defensor de Granada cuando se produjo el golpe de Estado.
Su posicionamiento favorable a la II República, así como sus frecuentes
críticas a los sectores reaccionarios de la capital andaluza, le convirtieron
en una víctima al triunfar los sublevados en una ciudad donde, de hecho, nunca
hubo una guerra, pero sí una fuerte represión.
El 27 de julio los
sublevados le detuvieron y, tras recibir maltratos, el 8 de agosto fue
ejecutado sin que hubiera algún tipo de proceso judicial. Algunas fuentes
indican que ni siquiera fue necesario llevarlo al pelotón de fusilamiento
porque ya estaba muerto por entonces a consecuencia de un culatazo en la cara,
que le rompió las gafas incrustándose los cristales en sus ojos. Así habría
agonizado uno de los más brillantes periodistas de la época.
La biografía escrita por
Francisco Viqueras, Granada, 1936. Muerte de un periodista (2015), gracias
a los familiares del protagonista detalla y documenta lo sucedido durante
aquellas trágicas semanas. Poco o nada se puede añadir a la labor de
investigación realizada por quien también es periodista y escribe desde la
admiración por el legado que dejó su colega y coterráneo.
Sin embargo, y aunque no
sea algo completamente nuevo a tenor de los casos ya estudiados, me ha llamado
la atención que
a Constantino Ruiz Carnero le aplicaran retroactivamente la Ley de
Responsabilidades Políticas aprobada el 9 de febrero de 1939. Esta
circunstancia ya la había constatado varias veces en los casos de los
periodistas y escritores sometidos a consejos de guerra. La historia de Matilde
Zapata es ejemplar en este sentido, pero nunca lo había observado en un
ejecutado extrajudicialmente, hasta el punto de que su fallecimiento ni
siquiera consta en el Registro Civil de Granada.
Según cuenta Francisco
Vigueras en su citado libro editado por Comares, el expediente lo iniciaron el
15 de septiembre de 1939, más de tres años después de la ejecución y siendo
plenamente conscientes de la misma por la relevancia social de la víctima. En
la documentación del expediente constan diversos informes donde se afirma que
el periodista «se distinguió por su propaganda izquierdista y antipatriótica»,
hasta tal punto que «su actuación puede calificarse de desastrosa,
antipatriótica y contraria a los postulados que encarna nuestro Glorioso
Movimiento Nacional. Fue pasado por las armas y en esta capital no se le
conocen bienes».
La ausencia de estos
bienes, en una ley concebida para apropiarse de los mismos como vía
complementaria de la represión, no desanimó a quienes rebuscaron para localizar
lo que pudiera haber dejado este «invertido» amigo de Federico García Lorca. La
sentencia era clara en este sentido: «condenamos a la sanción de pérdida total
de bienes que existan o pudieran existir del inculpado, cuya remisión económica
será efectiva en la forma prevista por la ley».
Al final, y como fruto de
las diligencias ordenadas por el juzgado, el 17 de noviembre de 1941
localizaron en la Caja General de Ahorros y Monte de Piedad de Granada una
cuenta a nombre del ejecutado con un saldo de 7,85 pesetas. La cantidad sería
remitida a las autoridades competentes por la forma prevista legalmente, no sin
antes molestar en varias ocasiones a las dos hermanas del periodista.
El relato de Francisco
Viqueras analiza la documentación y permite saber que la misma no fue archivada
por la correspondiente Comisión Liquidadora hasta el 20 de febrero de 1958,
cuando el nombre del periodista era el de un proscrito en la ciudad a la que
tantas páginas dedicó. Los plazos de la burocracia represiva debieran ser
tenidos en cuenta por quienes blanquean el franquismo más allá de la Victoria.
Constantino Ruiz Carnero
no tuvo la posibilidad siquiera de pasar por un sumarísimo de urgencia y, por
lo tanto, no aparecerá en mis libros dedicados a los consejos de guerra de
periodistas y escritores. Apenas importa. La labor de recuperación de su
memoria ya está realizada y, al mismo tiempo, sabemos que los represores se
ensañaron con sus víctimas hasta extremos que permiten pensar en una diabólica
lógica de la burocracia judicial, aquella que requisa las 7, 85 pesetas dejadas
por quien murió porque escribió a favor de la convivencia democrática en un
régimen republicano.
lunes, 24 de noviembre de 2025
Miguel Hernández en los escenarios
La memoria de aquel
espectáculo ha perdurado en mis clases, donde suelo ejemplificar las nuevas
posibilidades del teatro gracias a la presencia de imágenes grabadas, incluso
de un documental a base de entrevistas como es el caso, en un diálogo escénico hasta
hace poco impensable. La conclusión parece obvia: Pep Tosar y Evelyn Arévalo
habían abierto un camino por donde otros poetas o literatos podían discurrir con
similares garantías de interesar a un público dispuesto a disfrutar mientras conoce mejor un legado como el lorquiano.
La vida depara sorpresas.
Hace unos meses recibí una llamada de Pep Tosar anunciándome el montaje de un
nuevo espectáculo dedicado en esta ocasión a Miguel Hernández. Por entonces
estaba en la fase de documentación y consultas bibliográficas, que es previa a
la dramaturgia. Otros compañeros ya le habían aportado información biográfica
acerca del poeta y Pep quería completarla con lo sucedido en torno al consejo
de guerra que le condenó a muerte. Se lo expliqué, le mandé la edición facsímil
de 2022 y le indiqué cómo tramitar, si fuera necesaria, la autorización para
utilizarla en el espectáculo teatral.
La colaboración se
completó el pasado mes de septiembre cuando grabé una entrevista en Orihuela sobre
distintos aspectos de la biografía de Miguel Hernández. La misma aparecerá
junto a las de otros compañeros y amigos que, desde siempre, han dedicado buena
parte de su labor investigadora al poeta oriolano: José Carlos Rovira, Carmen
Alemany, Aitor Larrabide, José Luis Vicente Ferris, Jesucristo Riquelme… Sus
publicaciones hernandianas han sido referencias inexcusables para mi tardía aportación,
que se centra en un aspecto tan concreto como es el consejo de guerra. Del
resto, de la obra y la vida de Miguel Hernández, todos ellos me han enseñado y
lo agradezco, al igual que hiciera en otras ocasiones tras conocer el
testimonio de Lucia Izquierdo, la nuera del poeta con la que ese
mismo mes compartí una inolvidable sesión en el Parlamento Europeo.
Ahora, al cabo de unos
meses de trabajo, el espectáculo ya se encamina hacia su estreno y con él, a
modo de broma, vendrá mi «debut teatral», que llega tras más de cincuenta años
en el patio de butacas como espectador. La noticia me ilusiona, pero sobre todo
comparto la ilusión de que la obra y la vida de Miguel Hernández tengan un
tratamiento escénico como aquel de García Lorca que me entusiasmó.
Mi modesta contribución será recoger en la presente entrada del blog aquellas referencias periodísticas que den cuenta del nuevo espectáculo desde su estreno. Algunas han aparecido previamente y con ellas iniciamos la recopilación. Otras muchas se sucederán y las iremos enlazando como una muestra de agradecimiento por la oportunidad de llevar a los escenarios lo investigado acerca de un consejo de guerra como los sufridos por tantos escritores y periodistas republicanos.
https://www.contraproducions.com/espectaculo/vientos-del-pueblo/
https://www.teatreprincipal.com/es/ficha/detalle/960/vientos-del-pueblo/
https://www.auditoricornella.com/es/programacion/c/4690-vientos-del-pueblo.html
jueves, 10 de octubre de 2024
Teatro y cine en la España del siglo XX (3): La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca
La casa de Bernarda Alba (1936)
no es una tragedia acerca de la Guerra Civil, pero su génesis debe analizarse en
relación con el clima que la precedió. Tampoco cabe olvidar sus obras
anteriores, Yerma y Bodas de sangre, con las que la escrita poco
antes del conflicto culmina una trilogía donde el eje de la libertad encarnado
en tres mujeres está siempre presente.
El teatro es conflicto.
Federico García Lorca, en su obra cumbre, aboga por la vuelta a las esencias
del género trágico y desde las primeras escenas traza un conflicto nítido y
rotundo: el enfrentamiento entre Bernarda Alba, la madre autoritaria, y Adela,
la más joven de las hijas sometidas al luto y el encierro en casa por el
fallecimiento del padre.
El título de la tragedia resulta
definitorio. La casa es el espacio donde las hijas quedan encerradas por causa
del luto, entre las gruesas paredes de lo presentado a modo de cárcel. Y la
dueña, o autoridad, es Bernarda Alba, una madre convertida en tirana que dicta
un encierro capaz de acabar con las esperanzas de vida de aquellas mujeres.
El autoritarismo de
Bernarda Alba no es el fruto de una demencia. Ni siquiera supone un
comportamiento aislado que pueda ser considerado como anormal. La madre es
coherente con la mentalidad del pueblo donde vive. Nunca salimos del interior
de la casa, pero gracias a la pericia teatral de García Lorca conocemos la
mentalidad del espacio que la rodea.
El autoritarismo, la
mentalidad cerrada y la violencia con quien pretende transgredir lo impuesto
están tanto en el pueblo, por donde no circula el agua, como en el interior de
la casa bajo la férrea vigilancia de Bernarda Alba. Frente a este polo, se
encuentra el de las hijas, que aspiran a vivir y, resignadas, se ven encerradas
en vida.
La rebelión la encarna
Adela, la más joven y bella, que a sus dieciocho años se resiste a aceptar un
destino tan irracional como impuesto. Esta actitud pronto le lleva a
enemistarse con sus hermanas en un clima de tensión creciente. Sin embargo, el
enfrentamiento fundamental será con la madre, cuya autoridad desafía dando los
avisos que anuncian el trágico desenlace.
Adela entrega a la madre
un abanico de color, luce un vestido verde contrapuesto al omnipresente negro
del luto, busca el contacto con Pepe el Romano y, finalmente, una vez
descubierta, culmina su desafío mediante el suicidio.
Bernarda Alba es férrea e
inalterable. Al principio de la obra, cuando decreta el luto, impone su
voluntad y permanece insensible a los problemas que provoca su decisión. La
criada de confianza, la Poncia, es consciente de los mismos y le avisa, pero la
madre se retira a su aislamiento. Ni siquiera cuando ve el cadáver de Adela
muestra sensibilidad o arrepentimiento.
El conflicto entre el
autoritarismo de Bernarda Alba y la aspiración a una libertad vital que
representa Adela lo podemos trasladar a la época en que fue escrita la tragedia.
Esta lectura histórica es viable, pero gracias al clasicismo de la tragedia
también tiene una lectura universal. Así ha sido representada en numerosos
países porque, en cualquier lugar y época, puede darse el enfrentamiento de una
Bernarda con una Adela.
A partir de lo indicado y
tras ver la grabación de la obra, debéis participar en el debate centrándolo en
los términos con que se desarrolla el citado conflicto y, como reflexión vista
desde vuestras diferentes culturas, lo que supone el luto para las mujeres de
la tragedia, una tradición ahora eclipsada en España, pero vigente cuando la
obra de García Lorca fue escrita.
lunes, 23 de septiembre de 2024
«Cantad alto». Cultura y antifranquismo en Andalucía, coordinado por Diego Caro Cancela
El catedrático Diego Caro
Cancela, de la Universidad de Cádiz, acaba de mandarme un volumen colectivo
publicado bajo su coordinación: «Cantad alto». Cultura y antifranquismo en
Andalucía (1965-1976). Sus páginas me han aportado abundante información
sobre aquellos años y, al mismo tiempo, las conclusiones evidencian la
necesidad de salir de Madrid o Barcelona para recoger la diversidad de
manifestaciones culturales que se dieron en el marco de la oposición a la
dictadura.
Las comparaciones del
lector son inevitables y, al saber de las más variadas iniciativas
protagonizadas por los andaluces con «inquietudes», el término era habitual por
entonces, he buscado en la memoria su correlato con las conocidas de mi
entorno. Incluso con algunas que tuve la oportunidad de vivir en directo a
mediados de los años setenta.
Una experiencia
inolvidable en ese sentido fue el intento, frustrado a base de golpes, de
rendir homenaje a Miguel Hernández en mayo de 1976, unas semanas antes de que
en Granada se celebrara otro similar estudiado por Diego Caro en el mismo
volumen. La convocatoria se hizo bajo el título de Homenaje de los pueblos
de España a Miguel Hernández, movilizó a muchas personas y, a pesar de la
represión, los participantes alcanzaron algunos de los objetivos propuestos.
Gracias al Archivo de la
Democracia, de la Universidad de Alicante, contamos con imágenes y documentos
que refrescan la memoria de unos momentos vividos cuando estudiaba el primer
curso de Filología Española. Por entonces, mi relación con el poeta era mínima,
apenas conocía lo sucedido durante las décadas anteriores y la voluntad de
participar solo era una respuesta propia del entusiasmo de la juventud
movilizada.
Al cabo del tiempo, he
sabido de otros homenajes similares dedicados al propio Miguel Hernández,
Federico García Lorca y Antonio Machado. Incluso he escrito sobre los intentos
del franquismo para incorporar estos poetas a su cultura. Fueron reiterativos
y, en algunas ocasiones, apreciables en sus resultados. No obstante, la tónica general
estuvo marcada por el autoritarismo, la represión y, sobre todo, la negativa a
que esos homenajes fueran protagonizados por personas ajenas a la cultura de la
dictadura.
El 20 de febrero de 1966,
según cuenta Diego Caro Cancela, estaba previsto celebrar el homenaje a Antonio
Machado en Úbeda. El acto central consistía en la colocación de un busto del
poeta realizado por Pablo Serrano, justo donde el también profesor daba sus
paseos, y celebrar un recital poético con la colaboración de Fernando
Fernán-Gómez, Francisco Rabal y Fernando Rey.
Los primeros pasos del
homenaje se dieron en un clima de relativa permisividad, pero llegado el día, y
ante la evidencia de que el Machado homenajeado era inasumible por la
dictadura, la represión policial se cernió sobre los participantes. El balance
supuso carreras, golpes y hasta veintisiete detenidos por pretender dar los
«Paseos con Antonio Machado».
La sorpresa no cabe para
quien conoce los límites en los que se desenvolvía la cultura antifranquista,
pero Diego Caro Cancela incluye la contraprogramación propuesta por el régimen
unas pocas semanas después. El homenaje incluía otro busto, una lápida en el
instituto donde dio clases el poeta, una misa en su memoria, un recital poético
con Blas Piñar como mantenedor y un festival benéfico-taurino.
La glosa de Antonio
Machado por parte de Blas Piñar, su némesis, debió ser singular, pero la
jornada en general «helaría el corazón» de un poeta cuya memoria se pretendía
poner al servicio de una imagen aperturista del régimen. El precio a pagar era
la desnaturalización de su legado literario.
El relato de estos hechos
parece sacado del baúl de los recuerdos. Algunos pensarán que forman parte de
un pasado ya clausurado. Sin embargo, justo ahora, cuando varios compañeros
andan empeñados en promover la nulidad de la sentencia de Miguel Hernández, veo
comportamientos de políticos locales bastante similares a los de quienes
organizaron el festival benéfico-taurino:
La corta vida de Miguel
Hernández fue suficiente para que en su trayectoria veamos diferentes
personalidades, desde la del católico hasta la del militante comunista. Todas
son respetables y dignas del conocimiento, pero el intento de desvincular al
poeta de la II República y, sobre todo, la negativa a admitir lo brutal que
resultó su procesamiento parece bochornoso a estas alturas.
Afortunadamente, los
tiempos han cambiado desde fechas como las de 1966 y 1976. Ahora no habrá
detenidos ni golpes. Incluso el próximo día 31 de octubre, con la prevista
asistencia del presidente del Gobierno, se celebrará en Madrid el acto donde
quedará declarada nula la sentencia de acuerdo con lo previsto en el artículo 6
de la Ley de Memoria Democrática.
El desenlace será feliz
para un empeño hernandiano con una larga trayectoria de iniciativas hasta ahora
frustradas. Incluso tengo el orgullo de que, para argumentarlo, mi libro Los
consejos de guerra de Miguel Hernández (2022) haya sido útil. Para eso lo
escribí, pero todavía queda pendiente el objetivo de que lo documentado sea
admitido por todos los sectores democráticos.
Si en 1966, según cuenta
Diego Caro Cancela, hubo gente dispuesta a recibir golpes para homenajear a
Machado, nuestro propósito de divulgar lo investigado es comparativamente una
cuestión menor. Así lo entiendo y, mientras escucho a quienes me hablan del
Miguel Hernández católico, siempre recuerdo sus momentos finales, cuando
quienes decían encarnar ese catolicismo se comportaron con la saña de los vencedores.
Las pruebas están al
alcance de cualquiera, como los versos siempre oportunos de Antonio Machado.
Solo resta aceptar este legado, comprenderlo en su complejidad e incorporarlo a
nuestra cultura democrática. La alternativa pasa por las porras de los grises y
la organización de festivales taurinos, aunque ahora esas manifestaciones de la
España más autoritaria se hayan adaptado a los tiempos que corren.
miércoles, 15 de marzo de 2023
Federico García Lorca y el profesor Rubianes
http://hdl.handle.net/10045/132793



