sábado, 18 de julio de 2026

La palabra de Franco


 

Historia de nuestro cine, de La 2, me dio la oportunidad de participar en varios debates y procuré seguirlo durante sus muchas semanas de emisión porque era una fuente magnífica para conocer o repasar películas españolas de difícil acceso. Una de las rescatadas fue Raza (1941), de José Luis Sáenz de Heredia. La historia de la participación del general Franco en la misma es de sobra conocida y el título se considera un hito del cine propagandístico del franquismo, que en su versión más explícita nunca gozó de una buena respuesta del público.

La emisión de Raza resultó polémica. Algunos representantes de la izquierda política se manifestaron en contra de que TVE, una cadena pública, seleccionara una película que exaltaba la dictadura. Las protestas afortunadamente no impidieron la emisión y, en mi opinión, probaron la escasa cultura cinematográfica de muchos de nuestros representantes políticos, además de lo desafortunado de cualquier cultura de la cancelación.

Al cabo de tantos años, la película de José Luis Sáenz de Heredia ha perdido su valor propagandístico porque parece harto improbable que alguien se identifique con el franquismo tras verla. El significado de las películas, como el de las obras literarias, varía con el paso del tiempo. Entre otros motivos porque los destinatarios viven en circunstancias diferentes. Esta obviedad ha permitido que lo concebido como un acto propagandístico ahora aparezca como una rareza o una curiosidad, a veces risible por su propia exageración, capaz de hacer presente la categoría de lo insólito.

El aparato de propaganda del régimen franquista gozaba del más amplio respaldo oficial y tuvo una actuación tan constante como brillante. Sus responsables pronto comprendieron que este tipo de películas eran imprescindibles para mayor gloria de la dictadura, pero poco eficaces de cara al público. Más allá de los años de la Victoria los títulos de carácter épico empiezan a escasear y, a menudo, son el fruto de algún encargo o compromiso de procedencia ajena a un mundo cinematográfico siempre atento a la necesidad de congraciarse con las autoridades. La línea propagandística a seguir era otra, tal y como he explicado en varios de mis libros.

Con motivo de los XX Años de Paz celebrados en 1964, tuvo lugar una intensa campaña de propaganda cuyo objetivo fundamental era sustituir el nunca cuestionado concepto de la Victoria por el de la Paz. Así se pretendía marcar el inicio de una nueva etapa del régimen, que por entonces vivía en pleno desarrollismo y pretendía adaptarse a la modernidad sin alterar lo fundamental de la dictadura.

Aquella cuadratura del círculo fue el centro de varias historias que analicé en Petróleo, monjas y poetas. Otras historias de 1964 (Renacimiento-Universidad de Alicante, 2021). Por entonces supe de películas como Franco, ese hombre (1964), también de José Luis Sáenz de Heredia, pero no tuve la oportunidad de escuchar un long play con el mismo objetivo propagandístico: La palabra de Franco (1964), divulgado con motivo de la citada campaña, que gozó de un excelente presupuesto.




Al buscar materiales documentales o bibliográficos relacionados con Victoriano Fernández de Asís, encontré que mi universidad contaba con ese disco en el catálogo y, además, que la locución del mismo correspondía al periodista represaliado por el propio franquismo antes de convertirse en uno de sus propagandistas (véase la entrada del  25 de marzo de 2026).

La historia es bastante singular, como buena parte de la trayectoria del periodista gallego, y será objeto de un capítulo en el volumen Final de trayecto. Mientras tanto, he conseguido que la Mediateca de la Universidad de Alicante digitalice el disco para hacerlo accesible a cualquier investigador dispuesto a escuchar, en la voz del propio Franco y a partir de grabaciones conservadas en RNE, esta recopilación de fragmentos de discursos prologados por Victoriano Fernández de Asís.

Al margen de la paradoja que supone que el periodista convertido en propagandista tuviera un pasado como represaliado, siempre ocultado por razones obvias, el objetivo es conocer esta selección de los discursos y comprobar que lo concebido como propaganda en su momento ahora consigue, probablemente, un objetivo contrapuesto.

El general Franco nunca destacó por sus dotes oratorias y el formato del long play, utilizado por entonces por humoristas que grababan sus monólogos o compañías radiofónicas que hacían lo mismo con algunas adaptaciones de textos literarios, estaba condenado al fracaso comercial. De hecho, el disco conservado en la Universidad de Alicante, procedente de una donación de RNE, permanece como nuevo al cabo de sesenta años. Más allá de lo obligado por alguna orden de la superioridad, nadie lo programó.

Hoy, 18 de julio, cuando se cumplen los noventa años desde el golpe de Estado liderado por varios militares, escuchar la voz del general Franco dudo que aliente cualquier añoranza o melancolía. Al contrario, conviene conocerla para fundamentar el rechazo a la dictadura y, probablemente, los jóvenes que exhiben una adhesión al régimen franquista, con su parafernalia de chapas y banderas, si tuvieran que escuchar el long play completo empezarían a comprender que ese pasado solo puede ser añorado tras un blanqueamiento.

Así lo he planteado en mis libros sobre el franquismo y, aunque esos jóvenes no suelen destacar por su competencia lectora, espero que lo publicado haya contribuido a conocer mejor aquello que rechazo como demócrata. Las páginas de la historia hay que pasarlas, pero solo después de leerlas, incluso las notas a pie de página de la microhistoria.

 

 

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