Hoy he puesto el punto
final al cuarto volumen dedicado a los consejos de guerra de periodistas y
escritores durante el período 1939-1945. En realidad, nunca escribo las
monografías de acuerdo con el orden en que luego aparecen los capítulos según
el índice. Gracias a los ordenadores, vuelvo a menudo sobre lo escrito. Así
modifico, añado o quito hasta alcanzar la versión definitiva, aquella que una
vez impresa y leída con un bolígrafo rojo a mano ya parece no necesitar de más cambios.
Suele ser la décima, más o menos, porque conservo las anteriores hasta la
publicación del libro, que acarrea la bajada al contenedor de varias bolsas de
basura repletas de folios impresos con anotaciones.
Al repasar esta mañana el
último capítulo de Final de trayecto, creo que ya he llegado a ese
punto. Todavía falta por incorporar la documentación de tres sumarios. La misma
está localizada, solicitada y abonada. Solo resta examinarla cuando llegue para
confirmar o no unas hipótesis basadas en otros sumarios ya consultados. También
para desmontar un bulo como el relacionado con los cineastas Rafael Gil y
Antonio del Amo, el de su mutua ayuda cuando en diferentes momentos estuvieron
presos de los bandos enfrentados durante la guerra. La historia de transmisión
oral y sin apoyos documentales circula de libro en libro a pesar de su
inverosimilitud y haber sido desmentida por el segundo de los citados. Tiempo
habrá de sacar a la luz lo sucedido con los consejos de guerra de un Antonio
del Amo que terminó dirigiendo las películas protagonizadas por Joselito y
nunca fue explícito acerca de su paso por los juzgados militares. Rafael Gil
tampoco, como tantos otros.
Final de trayecto será
el trigésimo quinto libro publicado desde 1987 y el último como catedrático en
activo. Tal vez, si la salud me acompaña y me animo a continuar como
catedrático emérito, escriba alguno más, pero lo dedicaría a mi pequeño mundo
de espectador y lector que siempre ha ido en busca de una sonrisa. La idea de
terminar compartiendo con un puñado de amigos lectores los motivos de unas
sonrisas me parece el mejor de los finales posibles.
Mientras tanto, procuro
ser fiel a mis costumbres y, aunque solo sea mentalmente, pongo una banda
sonora al último repaso del original. Esta mañana he recibido dos buenas
noticias. Los tribunales europeos apoyan la reconciliación para pasar página de
lo sucedido en la Cataluña de 2017, cuando otros apostaron por el radicalismo o
la represión como únicos argumentos. Por razones personales y familiares,
aquella situación supuso un desgarro emocional y solo espero que los obstáculos
para hacer efectiva esa reconciliación desaparezcan. El objetivo de la
normalidad democrática siempre merece la pena.
La segunda noticia ha
sido familiar. Mi hijo, el de la foto, ha llegado a casa con el documento que prueba la
concesión de su primer sexenio como investigador de la Universidad de Alicante.
Uno se encamina hacia el final de trayecto y otro cuarenta años después lo
inicia, con unas ilusiones que me recuerdan lo sucedido en los ochenta, cuando
a falta de ordenadores las correcciones suponían horas y horas tecleando con una
máquina de escribir.
El azar de las
circunstancias permite estas coincidencias, pero en el fondo la situación
responde a la lógica de un camino donde la continuidad pasa por finales e
inicios. Lejos de cualquier melancolía o añoranza, lo acepto con la alegría por
ser consciente de haber escrito el mejor de mis libros, aquel que en régimen de
coautoría nos permite todos los días comprobar la ilusión de un joven
investigador que pronto llegará más allá de lo que imaginamos juntos el 14 de
abril de 1975, cuando decidimos compartir un presente que dura más de cincuenta
años.
Y lo celebramos, a
nuestra manera íntima y discreta. Compartiendo, después de muchísimos años una
coca cola de la que había olvidado su sabor y escuchando el «Azzurro» (1968) de
Paolo Conte, que nunca terminamos de saber si es mejor o peor que la versión de
Adriano Celentano. Apenas importa, porque lo fundamental es pasar «il
promeriggio», aunque sea «troppo azzurro e lungo» para coger a tiempo «il treno
dei desideri», aquel que nos pueda llevar a un final digno y solidario, como el
del recién jubilado Pereira interpretado por Marcello Mastroianni que parte,
vete a saber hacia dónde, por las calles de Lisboa a los sones del maestro
Ennio Morricone. Allí fuimos a finales de los noventa después de leer la novela
de Antonio Tabuchi y ver la adaptación cinematográfica de Roberto Faenza, para
sentir en la capital portuguesa la cercanía de tan buenos amigos. Y allí, en
ese mundo de la creación que nos enseña a vivir, seguimos treinta años después
con la alegría de que esa coherencia tendrá continuidad.
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