jueves, 16 de julio de 2026

Final de trayecto


 Marcello Mastroianni en Sostiene Pereira

Hoy he puesto el punto final al cuarto volumen dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores durante el período 1939-1945. En realidad, nunca escribo las monografías de acuerdo con el orden en que luego aparecen los capítulos según el índice. Gracias a los ordenadores, vuelvo a menudo sobre lo escrito. Así modifico, añado o quito hasta alcanzar la versión definitiva, aquella que una vez impresa y leída con un bolígrafo rojo a mano ya parece no necesitar de más cambios. Suele ser la décima, más o menos, porque conservo las anteriores hasta la publicación del libro, que acarrea la bajada al contenedor de varias bolsas de basura repletas de folios impresos con anotaciones.

Al repasar esta mañana el último capítulo de Final de trayecto, creo que ya he llegado a ese punto. Todavía falta por incorporar la documentación de tres sumarios. La misma está localizada, solicitada y abonada. Solo resta examinarla cuando llegue para confirmar o no unas hipótesis basadas en otros sumarios ya consultados. También para desmontar un bulo como el relacionado con los cineastas Rafael Gil y Antonio del Amo, el de su mutua ayuda cuando en diferentes momentos estuvieron presos de los bandos enfrentados durante la guerra. La historia de transmisión oral y sin apoyos documentales circula de libro en libro a pesar de su inverosimilitud y haber sido desmentida por el segundo de los citados. Tiempo habrá de sacar a la luz lo sucedido con los consejos de guerra de un Antonio del Amo que terminó dirigiendo las películas protagonizadas por Joselito y nunca fue explícito acerca de su paso por los juzgados militares. Rafael Gil tampoco, como tantos otros.

Final de trayecto será el trigésimo quinto libro publicado desde 1987 y el último como catedrático en activo. Tal vez, si la salud me acompaña y me animo a continuar como catedrático emérito, escriba alguno más, pero lo dedicaría a mi pequeño mundo de espectador y lector que siempre ha ido en busca de una sonrisa. La idea de terminar compartiendo con un puñado de amigos lectores los motivos de unas sonrisas me parece el mejor de los finales posibles.

Mientras tanto, procuro ser fiel a mis costumbres y, aunque solo sea mentalmente, pongo una banda sonora al último repaso del original. Esta mañana he recibido dos buenas noticias. Los tribunales europeos apoyan la reconciliación para pasar página de lo sucedido en la Cataluña de 2017, cuando otros apostaron por el radicalismo o la represión como únicos argumentos. Por razones personales y familiares, aquella situación supuso un desgarro emocional y solo espero que los obstáculos para hacer efectiva esa reconciliación desaparezcan. El objetivo de la normalidad democrática siempre merece la pena.




La segunda noticia ha sido familiar. Mi hijo, el de la foto, ha llegado a casa con el documento que prueba la concesión de su primer sexenio como investigador de la Universidad de Alicante. Uno se encamina hacia el final de trayecto y otro cuarenta años después lo inicia, con unas ilusiones que me recuerdan lo sucedido en los ochenta, cuando a falta de ordenadores las correcciones suponían horas y horas tecleando con una máquina de escribir.

El azar de las circunstancias permite estas coincidencias, pero en el fondo la situación responde a la lógica de un camino donde la continuidad pasa por finales e inicios. Lejos de cualquier melancolía o añoranza, lo acepto con la alegría por ser consciente de haber escrito el mejor de mis libros, aquel que en régimen de coautoría nos permite todos los días comprobar la ilusión de un joven investigador que pronto llegará más allá de lo que imaginamos juntos el 14 de abril de 1975, cuando decidimos compartir un presente que dura más de cincuenta años.

Y lo celebramos, a nuestra manera íntima y discreta. Compartiendo, después de muchísimos años una coca cola de la que había olvidado su sabor y escuchando el «Azzurro» (1968) de Paolo Conte, que nunca terminamos de saber si es mejor o peor que la versión de Adriano Celentano. Apenas importa, porque lo fundamental es pasar «il promeriggio», aunque sea «troppo azzurro e lungo» para coger a tiempo «il treno dei desideri», aquel que nos pueda llevar a un final digno y solidario, como el del recién jubilado Pereira interpretado por Marcello Mastroianni que parte, vete a saber hacia dónde, por las calles de Lisboa a los sones del maestro Ennio Morricone. Allí fuimos a finales de los noventa después de leer la novela de Antonio Tabuchi y ver la adaptación cinematográfica de Roberto Faenza, para sentir en la capital portuguesa la cercanía de tan buenos amigos. Y allí, en ese mundo de la creación que nos enseña a vivir, seguimos treinta años después con la alegría de que esa coherencia tendrá continuidad.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario