lunes, 20 de julio de 2026

Herederos de una guerra, de Luis García Trapiello


 Luis García Trapiello

A lo largo del curso, los amigos y compañeros me mandan más de cincuenta volúmenes de ensayos u obras literarias. Algunos los puedo leer en un plazo prudencial, pero otros no menos interesantes deben esperar hasta la llegada del verano, cuando el fin de las clases supone más tiempo para la lectura. El resultado es una pila de libros que leo mientras intento superar el desánimo que acarrea un calor cada vez más insoportable.

Luis García Trapiello, a diferencia de su hermano Andrés, nunca ha prescindido de su primer apellido a la hora de publicar. Tal vez porque como docente ahora jubilado no haya necesitado recurrir a una identidad más comercial para sacar adelante, poco a poco, una colección de volúmenes que prueban su indudable interés por varios géneros, desde la poesía a la novela pasando por el ensayo.

Desde hace algún tiempo mantenemos una relación de intercambio y amistad. A pesar de la distancia, nos une una misma posición en temas fundamentales relacionados con la memoria histórica y la literatura. Gracias a esa coincidencia, hace algunos meses me mandó su novela Herederos de una guerra (Madrid, Incipit, 2014), que está centrada en la Guerra Civil y, más en concreto, parte de las experiencias de varios soldados en algunas de las más importantes acciones bélicas que tuvieron lugar a lo largo de la misma.

Acabo de leerla con el interés que merece una obra bien narrada y documentada capaz de trasladarnos el horror de los escenarios bélicos. Poco o nada puedo comentar en este sentido. La sinrazón de esos episodios violentos supone un referente inexcusable para cualquier interesado en el conflicto, pero nunca la comento porque me considero incapaz de aportar un solo matiz que no haya sido previamente expuesto por una pluma más autorizada.

Estos episodios de batallas como la de Teruel, tan brutal y mortífera, vienen en la novela intercalados con algunos capítulos donde las voces son las de unos hijos de los protagonistas, que intentan reflexionar acerca de la memoria familiar, la determinada por una participación directa en los frentes más violentos de la Guerra Civil. La perspectiva queda sintetizada en una frase pronunciada por uno de estos descendientes: «Lo cierto es que no somos los hijos de la guerra. Somos los hijos de quienes la hicieron» (p. 14).

A partir de constatar esta evidencia tantas veces olvidada, los descendientes de los protagonistas intentan poner en común las memorias familiares de quienes tuvieron una presencia en el frente durante algunas de las batallas más cruentas. El silencio imperó, con un criterio selectivo para obviar lo incómodo, al mismo tiempo que el dogmatismo, pues estos antiguos soldados «tenían horror a que una duda les rompiese las justificaciones de lo que se hizo y cómo se hizo» (p. 91).

El silencio acerca del «pasado sucio» (Julio Aróstegui) se concreta en un punto clave que también ha puesto de manifiesto Andrés Trapiello en varias ocasiones: en una guerra con centenares de miles de muertos nadie aceptó haber matado. Lo imposible a partir de la más elemental lógica se convierte en una realidad gracias al silencio por una razón fácil de entender: «Si no fuese así, quienes hubiesen participado en una guerra no podrían seguir viviendo» (p. 196).

La circunstancia se agrava en el caso de unos padres que, como tales y con posterioridad a su participación en la guerra, han tenido un comportamiento positivo en el ámbito familiar: «¿Cómo soportar, con esa forma de ser, el haber matado, el haber visto morir a los amigos, el conocer los abusos cometidos por los suyos?» (p. 202).

La pregunta de los descendientes queda en el aire porque la novela trata de comprender sin enjuiciar. No obstante, la cuestión invita a la reflexión acerca de un silencio que, si fue notable con respecto a la violencia de las batallas, todavía lo fue en mayor grado en lo que respecta a la desplegada durante las acciones represivas de la posguerra.

El soldado, en plena batalla, a menudo mata para sobrevivir. Los perpetradores de la violencia represiva carecen de esa coartada. Al cabo del tiempo su silencio resulta tan sepulcral como fruto de un «pacto de sangre», de acuerdo con la terminología mafiosa. El más mínimo cuestionamiento, la duda con respecto a lo hecho, podría haber derrumbado un muro construido a lo largo de décadas y del cual participaron sus familias o allegados.

La novela de Luis García Trapiello nos lleva así a reflexionar sobre una circunstancia presente a lo largo de la investigación sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores: el silencio de los perpetradores y, a menudo, la negación de lo sucedido, tanto en un ámbito público como familiar. Un negacionismo que llega hasta el presente sin el temor de caer a veces en lo absurdo.

La literatura puede desvelar la realidad ocultada por ese silencio. También la ficción en general, pero los historiadores de la represión tenemos más dificultades para llevar a cabo esta tarea porque la imaginación debe ser sustituida por las pruebas documentales, que a menudo son inexistentes por la propia naturaleza de unos actos represivos de carácter extrajudicial.

Afortunadamente, los sumarios de los consejos de guerra dejaron los nombres y las firmas de los perpetradores relacionados con el cuerpo jurídico. Esa documentación permite desvelar una parte significativa de lo realizado por quienes luego, al cabo de los años, mantuvieron un silencio sepulcral acerca de estos episodios de su pasado. Razones no les faltaron porque, como escribe Luis García Trapiello, «si no fuese así, quienes hubiesen participado en una guerra no podrían seguir viviendo» (p. 196).

 


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