Mostrando entradas con la etiqueta Guerra Civil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerra Civil. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de julio de 2026

Herederos de una guerra, de Luis García Trapiello


 Luis García Trapiello

A lo largo del curso, los amigos y compañeros me mandan más de cincuenta volúmenes de ensayos u obras literarias. Algunos los puedo leer en un plazo prudencial, pero otros no menos interesantes deben esperar hasta la llegada del verano, cuando el fin de las clases supone más tiempo para la lectura. El resultado es una pila de libros que leo mientras intento superar el desánimo que acarrea un calor cada vez más insoportable.

Luis García Trapiello, a diferencia de su hermano Andrés, nunca ha prescindido de su primer apellido a la hora de publicar. Tal vez porque como docente ahora jubilado no haya necesitado recurrir a una identidad más comercial para sacar adelante, poco a poco, una colección de volúmenes que prueban su indudable interés por varios géneros, desde la poesía a la novela pasando por el ensayo.

Desde hace algún tiempo mantenemos una relación de intercambio y amistad. A pesar de la distancia, nos une una misma posición en temas fundamentales relacionados con la memoria histórica y la literatura. Gracias a esa coincidencia, hace algunos meses me mandó su novela Herederos de una guerra (Madrid, Incipit, 2014), que está centrada en la Guerra Civil y, más en concreto, parte de las experiencias de varios soldados en algunas de las más importantes acciones bélicas que tuvieron lugar a lo largo de la misma.

Acabo de leerla con el interés que merece una obra bien narrada y documentada capaz de trasladarnos el horror de los escenarios bélicos. Poco o nada puedo comentar en este sentido. La sinrazón de esos episodios violentos supone un referente inexcusable para cualquier interesado en el conflicto, pero nunca la comento porque me considero incapaz de aportar un solo matiz que no haya sido previamente expuesto por una pluma más autorizada.

Estos episodios de batallas como la de Teruel, tan brutal y mortífera, vienen en la novela intercalados con algunos capítulos donde las voces son las de unos hijos de los protagonistas, que intentan reflexionar acerca de la memoria familiar, la determinada por una participación directa en los frentes más violentos de la Guerra Civil. La perspectiva queda sintetizada en una frase pronunciada por uno de estos descendientes: «Lo cierto es que no somos los hijos de la guerra. Somos los hijos de quienes la hicieron» (p. 14).

A partir de constatar esta evidencia tantas veces olvidada, los descendientes de los protagonistas intentan poner en común las memorias familiares de quienes tuvieron una presencia en el frente durante algunas de las batallas más cruentas. El silencio imperó, con un criterio selectivo para obviar lo incómodo, al mismo tiempo que el dogmatismo, pues estos antiguos soldados «tenían horror a que una duda les rompiese las justificaciones de lo que se hizo y cómo se hizo» (p. 91).

El silencio acerca del «pasado sucio» (Julio Aróstegui) se concreta en un punto clave que también ha puesto de manifiesto Andrés Trapiello en varias ocasiones: en una guerra con centenares de miles de muertos nadie aceptó haber matado. Lo imposible a partir de la más elemental lógica se convierte en una realidad gracias al silencio por una razón fácil de entender: «Si no fuese así, quienes hubiesen participado en una guerra no podrían seguir viviendo» (p. 196).

La circunstancia se agrava en el caso de unos padres que, como tales y con posterioridad a su participación en la guerra, han tenido un comportamiento positivo en el ámbito familiar: «¿Cómo soportar, con esa forma de ser, el haber matado, el haber visto morir a los amigos, el conocer los abusos cometidos por los suyos?» (p. 202).

La pregunta de los descendientes queda en el aire porque la novela trata de comprender sin enjuiciar. No obstante, la cuestión invita a la reflexión acerca de un silencio que, si fue notable con respecto a la violencia de las batallas, todavía lo fue en mayor grado en lo que respecta a la desplegada durante las acciones represivas de la posguerra.

El soldado, en plena batalla, a menudo mata para sobrevivir. Los perpetradores de la violencia represiva carecen de esa coartada. Al cabo del tiempo su silencio resulta tan sepulcral como fruto de un «pacto de sangre», de acuerdo con la terminología mafiosa. El más mínimo cuestionamiento, la duda con respecto a lo hecho, podría haber derrumbado un muro construido a lo largo de décadas y del cual participaron sus familias o allegados.

La novela de Luis García Trapiello nos lleva así a reflexionar sobre una circunstancia presente a lo largo de la investigación sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores: el silencio de los perpetradores y, a menudo, la negación de lo sucedido, tanto en un ámbito público como familiar. Un negacionismo que llega hasta el presente sin el temor de caer a veces en lo absurdo.

La literatura puede desvelar la realidad ocultada por ese silencio. También la ficción en general, pero los historiadores de la represión tenemos más dificultades para llevar a cabo esta tarea porque la imaginación debe ser sustituida por las pruebas documentales, que a menudo son inexistentes por la propia naturaleza de unos actos represivos de carácter extrajudicial.

Afortunadamente, los sumarios de los consejos de guerra dejaron los nombres y las firmas de los perpetradores relacionados con el cuerpo jurídico. Esa documentación permite desvelar una parte significativa de lo realizado por quienes luego, al cabo de los años, mantuvieron un silencio sepulcral acerca de estos episodios de su pasado. Razones no les faltaron porque, como escribe Luis García Trapiello, «si no fuese así, quienes hubiesen participado en una guerra no podrían seguir viviendo» (p. 196).

 


miércoles, 11 de diciembre de 2024

Teatro y cine en la España del siglo XX (7): Ay, Carmela, de José Sanchis Sinisterra


 

Ay, Carmela (1986), de José Sanchis Sinisterra, es una historia de amor. La definición puede resultar sorprendente al lector o el espectador, ya que esta destacada y tantas veces representada obra se vincula siempre con la memoria de la Guerra Civil. La vinculación cuenta con razones obvias y se enmarca en el deseo del autor de homenajear la memoria de quienes, como Carmela, acabaron enterrados en una fosa común o anónimamente. Su destino es el olvido, aquel que Paulino trata de evitar con desespero cada vez que recupera la imagen de quien ya es un fantasma del pasado. Ahora bien, ese deseo de hablar, compartir y recordar con la sombra de alguien vivo se basa en el amor y no tanto en postulados ideológicos o políticos, que nunca operan en el comportamiento de un Paulino cuya única pretensión es reivindicarse como artista.

El público es consciente de la determinante presencia de la Guerra Civil, pero a través del incesante diálogo entre los dos protagonistas conoce una peculiar historia de amor. Paulino y Carmela muestran a lo largo de la obra unas caracterizaciones contrapuestas que les conducen a destinos también diferenciados. La pasión, el sentimiento y la sinceridad de ella están lejos del cinismo calculador que a menudo muestra el acomodaticio y acobardado compañero. Ambos artistas de variedades carecen de la voluntad de ser héroes, pero afrontan una situación límite por culpa de la guerra y la represión que les amenaza. La prueba, cifrada en la organización de una velada en homenaje a las tropas del general Franco con la presencia de los brigadistas internacionales que van a ser fusilados, los llevará a respuestas distintas. Carmela cae asesinada al final de la representación y Paulino se salva tras aceptar la humillación en el propio escenario, pero le conocemos barriéndolo -lejos de su aspiración a convertirse en un artista- y también acaba como un derrotado.

La lectura ideológica es inevitable y responde a las intenciones de José Sanchis Sinisterra, que escribió su obra como respuesta crítica a la celebración oficial del cincuentenario de la Guerra Civil. Sin embargo, buena parte del éxito responde a esa peculiar e implícita historia de amor. El concepto nunca es utilizado por los protagonistas. Jamás se declaran enamorados, pero nosotros sabemos que su voluntad de seguir juntos a pesar de todos los peligros e inconvenientes responde a ese sentimiento mutuo.

La contraposición de Paulino y Carmela aporta mucho juego dramático, pero nunca debemos olvidar que son las dos caras de una misma moneda, la de una pareja enamorada que no para de discutir y, al mismo tiempo, nunca desea separarse. Repasad ese interminable diálogo con tantos registros, desde el drama al humor, y buscad las razones implícitas que permiten pensar en una relación amorosa capaz de afrontar la dura prueba de aquella velada trágica.

lunes, 28 de octubre de 2024

Alas rojas, pájaros negros. La aviación republicana y Sant Joan d'Alacant, de José Antonio Pujol Aguado


 Foto: aviadores republicanos durante la Guerra Civil

Hace unos días, Joan Manuel Serrat agradeció la entrega del premio Princesa de Asturias con un emotivo discurso con el que me identifico totalmente. Sobre todo, cuando el cantante ya jubilado se presenta como «una persona mayor tirando a viejo» que realiza un balance vital presidido por la coherencia de toda una trayectoria. Sus breves palabras, tan quintaesenciadas, merecen ser escuchadas de nuevo:



Yo todavía estoy en activo porque la jubilación de los catedráticos universitarios es una excepción en nuestro panorama laboral. Tampoco me presento como «tirando a viejo» porque la salud, hasta ahora, me ha respetado con singular cariño. Todo puede cambiar de un día para otro. Mientras tanto, veo a muchos amigos ya jubilados que se sorprenden al saber que estoy en activo.

Los sorprendidos suelen dedicar su tiempo a ir en bicicleta, jugar al pádel y sacrificarse en reiteradas visitas al gimnasio. Un empeño que yo, cuando doy el paseo reglamentario de una hora, considero un tanto fuera de lugar. Todo tiene su momento y lugar. El paseo, con la consiguiente charla vecinal, me corresponde más que el afán competitivo.

Sin embargo, otros amigos jubilados no sólo se alegran de verme en activo, sino que me dan a menudo una agradable faena porque, gracias a la jubilación, no paran de trabajar en lo que les apasiona: la investigación histórica. Mi ayuda siempre está a su disposición.

José Antonio Pujol Aguado forma parte de este último grupo, que es bastante numeroso en el caso de Alicante. Desde que se jubiló de la docencia, ha recuperado con singular entusiasmo su vocación como historiador. Gracias a la misma, ahora acaba de publicar la monografía Alas rojas, pájaros negros. La aviación republicana y Sant Joan d’Alacant, donde aborda la relación de esta localidad alicantina con las Fuerzas Aéreas de la República Española.

La monografía ha sido avalada por varios colegas de nuestra universidad, está catalogada en el Repositorio de la Universidad de Alicante y es de libre acceso para cualquier interesado en el tema. Jubilados como José Antonio no juegan al pádel o dedican sus días a despotricar contra el signo de los tiempos. Lo suyo es trabajar desinteresadamente al servicio de la comunidad gracias a su formación universitaria como historiadores.

 Aquí tenéis el enlace a la monografía Alas rojas, pájaros negros:

http://hdl.handle.net/10045/148365

Pd. Os paso el enlace a la reseña del libro publicada en el diario Información el 25 de noviembre de 2024:

https://www.informacion.es/alacanti/2024/11/24/villa-rusia-huella-aviacion-republicana-111923808.html


jueves, 3 de agosto de 2023

Felix Schlayer, diplomático en el Madrid rojo

 


Los testimonios de los protagonistas son fundamentales para la labor de los historiadores. Su rescate supone una prioridad, sobre todo cuando por diversas circunstancias han permanecido inaccesibles o en el olvido. En este sentido, cabe felicitarse por la edición de Diplomático en el Madrid rojo (Sevilla, Espuela de Plata, 2021), del alemán Felix Schlayer (1873-1950), que falleció en Madrid después de haber vivido en España durante décadas.

Los testimonios, al mismo tiempo, requieren un cuidadoso trato por parte de los historiadores, que sabemos de su posible parcialidad o, incluso, de una voluntad tergiversadora lindante con la propaganda. La ponderación en estos casos es un requisito para utilizar los testimonios, que deben ser contrastados con otros de diferentes protagonistas y, especialmente, con la documentación conservada acerca de las cuestiones abordadas. Si el historiador no realiza estas tareas y se hace eco del testimonio como si fuera «la verdad» puede acabar dando pábulo a un texto propagandístico cuya veracidad resulta discutible.

Veamos un detalle del libro de Felix Schlayer que hace saltar las alarmas de quienes estamos acostumbrados a leer mentiras o falsedades acerca de la Guerra Civil. Al hablar de los «paseos» en el Madrid del verano de 1936, cita haber visto un coche con sus víctimas cerca de un cementerio. Los milicianos, conscientes de ser observados, doblan la esquina del campo santo, «donde se encontraban a salvo de mi vista. Inmediatamente se oyeron disparos, al principio aislados y después más rápidos. Habían instado a las víctimas a correr para salvarse, después les hirieron con disparos aislados y cuando cayeron, las mataron con disparos de cerca. Más de veinte disparos recibieron los desdichados» (p. 58).

La negrita es mía e indica la circunstancia explícitamente reconocida por el testigo, quien sin ver la escena no duda a la hora de describirla. A partir de este detalle las alarmas se encienden y, desde luego, confirmamos la falsedad con que comienza el testimonio: «Este libro no sigue tendencia política alguna» (p. 29) y, por supuesto, su literalidad no cabe identificarla con «la verdad desnuda» (p. 30) a la que dice aspirar el diplomático alemán. Felix Schlayer es un partidario del general Franco y un anticomunista capaz de afirmar que no se encontraba ante una guerra civil, sino ante «una embravecida revolución bolchevique» (p. 71).

El problema no es que el solidario diplomático aporte erróneos datos electorales, exagerados para sustentar su posición (p. 38) o que facilite cifras acerca de la violencia republicana que contrastan con las aportadas por los investigadores (p. 60), sino que llega a lo insólito en detalles de fácil verificación: «Mi coche era el único que circulaba por las calles de Madrid» (p. 50). Las fotografías de aquel verano del 36 le desmienten, al igual que tantos otros testimonios acerca de los coches requisados o conducidos por sus propietarios.

Asimismo, lo inverosímil también está presente cuando testimonia acerca de lo sucedido en la embajada de Noruega bajo su mando. El diplomático habla de unas 65-80 personas refugiadas en cada uno de los doce pisos de un edificio donde habría unas 900 personas. El testimonio no indica los metros cuadrados de los pisos, pero meter a tanta gente en los mismos roza lo inverosímil, sobre todo cuando se trata de períodos largos y, además, se indica que había unas condiciones aceptables de higiene y sanidad.

Por otra parte, Felix Schlayer llevaba muchos años en España, conocería a los españoles y, sin embargo, cuando habla de los mismos utiliza unas generalidades propias de un efímero turista (p. 41). Las mismas se extienden a la práctica ausencia de nombres y datos concretos, que a veces podría estar justificada por una cuestión de seguridad o dificultad en el acceso a la información, pero que en la mayoría de las ocasiones solo impide una verificación por parte de los historiadores. Uno de los rasgos de los textos propagandísticos es su huida de lo concreto y verificable. El testimonio de Felix Schlayer es un buen ejemplo.

El clasismo es obvio en numerosos pasajes de Diplomático en el Madrid rojo y llega a explicitarse en frases cuya veracidad, a falta de pruebas, supone un misterio: «Muchachos de los recados de entre 18 y 20 años ejercían de jueces» (p. 101). Mi experiencia como investigador va en otro sentido, aunque es obvia la existencia del «terror rojo» y de numerosos atentados contra los derechos humanos en el Madrid de la Guerra Civil, especialmente durante los primeros meses.

En definitiva, los detalles señalados conducen el testimonio al campo de lo propagandístico, tan fértil por entonces. Como tal debe ser examinado y utilizado el interesante texto del diplomático, cuyo rescate está de sobra justificado, pero cuya edición habría requerido de un trabajo de confrontación con los datos verificados por los historiadores. El propio Javier Cervera, autor del prólogo y reconocido especialista en el tema, lo podría haber realizado para que los lectores no tuvieran la falsa sensación de estar ante un testimonio, sino la evidencia de encontrarse ante una obra propagandística igualmente respetable y digna de ser tenida en cuenta para conocer barbaridades como las cometidas en Paracuellos.



miércoles, 14 de junio de 2023

José Bergamín y Miguel de Unamuno


La lectura de la prensa republicana publicada durante la Guerra Civil es un motivo de asombro que, a veces, se convierte en un motivo de espanto. La mesura y el raciocinio son rasgos infrecuentes por las circunstancias de un conflicto que exacerbó los ánimos hasta extremos insospechados. Si esta obviedad es palmaria en los temas políticos y militares, también lo es frecuentemente en los culturales. Muchos de los escritores e intelectuales del momento se vieron arrastrados por un radicalismo tal que, en ocasiones, los historiadores obviamos algunas de sus manifestaciones porque las consideramos poco representativas de las obras de quienes padecieron la enajenación colectiva derivada de la guerra.
No obstante, esa enajenación dejó huella y debe ser constatada con las debidas precauciones. Un ejemplo lo encontramos en el ABC republicano publicado el 29 de septiembre de 1936. El suelto se titula «Un acto de la Alianza de Intelectuales. Bergamín habla del 'fusilamiento' de Unamuno» y lo reproduzco a continuación:
«A las once y media de la mañana del domingo, se celebró en el teatro de la Zarzuela, completamente ocupado por un auditorio entusiasta, el grandioso acto de afirmación cultural de la Alianza de Intelectuales Antifascistas.
Presidió José Bergamín, que fue el primero en hablar, por la Alianza. Dedicó un recuerdo al poeta García Lorca, diciendo que no podía creer en su muerte y que, en cambio, creía en el fusilamiento de Unamuno, a quien los fascistas habían vaciado las entrañas, el cerebro y el corazón, rellenándolo después de paja y de aserrín, para que fuese el espectro de D. Miguel de Unamuno que no había existido jamás. Pidió un minuto de silencio en memoria de Federico, y el público, en pie, levantó los puños emocionado».
Mi opinión sobre el último Unamuno tal vez sea más dura que la mantenida, con más rigor, por la mayoría de mis colegas especializados en su obra. Apenas importa, porque al leer esta breve nota y al imaginar el ambiente del acto siento un cierto estremecimiento ante la barbaridad soltada por José Bergamín, que tal vez pasó del catolicismo al marxismo con demasiado entusiasmo. Algunas de sus actuaciones durante la guerra así lo evidencian y en el exilio hizo gala de un radicalismo ya exacerbado en sus últimos años, cuando volvió a España y quedó, esa es mi impresión, un tanto desubicado. Una lástima, como también lo es la lectura de unas intervenciones solo comprensibles en el fragor de una guerra que arrastró cualquier mesura o ponderación en el juicio.

domingo, 11 de junio de 2023

Rafael Gil y Luis Gómez Mesa, intelectuales antifascistas


El 25 de diciembre de 1938 -véase lo tardío de la fecha en el marco de la Guerra Civil-, el diario socialista Claridad anunciaba un acto cultural de la Alianza de Intelectuales Antifascistas en la sede de la madrileña calle Marqués del Duero, 7. Los participantes en la charla eran el periodista José Luis Salado, el cineasta Rafael Gil y el escritor cinematográfico Luis Gómez Mesa. El propio periódico completa la información en las entregas del 13 y el 19 de enero de 1939.
La noticia no tiene nada de particular en lo que respecta a José Luis Salado, de quien ya he publicado diversos estudios acerca de su trayectoria como periodista antifascista durante la Guerra Civil, que le llevó a morir en el exilio de Moscú. Su nombre reaparecerá en Las armas contra las letras. Lo sorprendente es la presencia de Rafael Gil y Luis Gómez Mesa. 
El primero de los citados es una figura fundamental de la cinematografía franquista con varios títulos en su filmografía que obtuvieron un amplio y merecido reconocimiento. El segundo es tal vez el escritor cinematográfico más relevante del período franquista, con distintos estudios convertidos en clásicos para conocer la historia del cine español. Nadie cuestiona su postura favorable al régimen del general Franco y, por lo tanto, llama la atención que en una fecha tan tardía ambos participaran en una actividad de la citada alianza, donde la presencia de los comunistas era notoria.
La bibliografía sobre Rafael Gil da cuenta de su movilización y participación en varios documentales republicanos rodados durante la guerra. El caso es similar al de Antonio del Amo. Los escasos estudios sobre la trayectoria de Luis Gómez Mesa indican que sus primeras aportaciones a la crítica y la historia cinematográficas aparecieron antes del 18 de julio de 1936. A partir de esa fecha se produce un silencio significativo hasta que su nombre vuelve a aparecer en la inmediata posguerra, justo cuando su amigo Rafael Gil había cosechado los primeros éxitos antes de convertirse en el director más reconocido como adaptador de los clásicos españoles durante el franquismo. 
El problema radica en que, salvo error por mi parte o desconocimiento de algún trabajo, nadie explica satisfactoriamente el paso de ambos desde la intelectualidad antifascista a la intelectualidad fascista sin sufrir las consecuencias de la primera en el marco de una durísima represión. La participación en actos como el reseñado estaba penada en los sumarísimos de urgencia y no me consta que ambos los sufrieran. Y, además, sorprende su rápida incorporación al mundillo intelectual del franquismo cuando tantos otros "antifascistas" estaban en el exilio o en las cárceles como antesala del paredón o el ostracismo.
Los casos de Rafael Gil y Luis Gómez Mesa son llamativos, pero distan de ser los únicos. Un repaso de la prensa republicana durante la Guerra Civil permite ver las actividades en Madrid de algunas destacadas figuras de la cultura franquista. El ejemplo de Juan de Orduña, por entonces rapsoda, tal vez sea el más conocido, pero también vemos el nombre de Guillermo Sautier Casaseca, que todavía no era el rey de la lágrima con sus seriales estudiados en Un franquismo con franquistas. Asimismo, es posible encontrar noticias de Matías Colsada, que durante la guerra fue comisario político y "el camarada Matías", mucho antes de convertirse en el empresario de las más afamadas compañías de revistas. 
La posibilidad de consultar una documentación que permita alumbrar estos "milagros" de una conversión que no dejaba huellas para los represores franquistas es una quimera. La explicación hay que buscarla al margen de los documentos porque, legalmente, estas figuras debían ser condenadas en la posguerra y apartadas de cualquier actividad pública. La realidad fue la contraria y la clave habría que localizarla en testimonios que, como es lógico, los propios protagonistas nunca dieron en público. Al contrario, fueron hábiles a la hora de esconder cualquier huella de un pasado que les podía comprometer.
Por otra parte, la represión jurídica ejercida por el franquismo durante la inmediata posguerra aporta numerosos ejemplos de que lo fundamental no era el "delito", sino la personalidad de quien lo hubiera cometido. De hecho, es frecuente encontrar condenas dispares por comportamientos similares. Incluso la absolución o el olvido por aquello que, para otras personas, supuso años de cárcel o la muerte. La consiguiente corrupción del sistema es un tema tan complejo de estudiar como evidente a la luz de estas circunstancias, que se pueden documentar y forman parte de Las armas contra las letras.
José Luis Salado dedicó muchos de sus artículos en La Voz a criticar las repentinas conversiones ideológicas de la gente farandulera. A veces fue injusto y en otras ocasiones el periodista acertó de pleno al reflejar un mundillo de intereses, mediocridades y conveniencias. En cualquier caso, allá en Moscú tal vez tuviera ocasión de saber que sus colegas antifascistas del acto celebrado en un Madrid a punto de caer en manos del general Franco eran dos prohombres de la cultura franquista. La circunstancia habría merecido su afilada pluma, pero en la capital soviética lo único que pudo hacer fue sobrevivir en medio de la añoranza.

domingo, 4 de junio de 2023

La Guerra Civil y el balonmano


La consulta de la prensa publicada en el Madrid de la Guerra Civil a menudo depara sorpresas por lo insólito de algunas noticias, que parecen ajenas a los continuos bombardeos sufridos por una ciudad cercada desde noviembre de 1936. La vida de sus habitantes debía continuar a pesar de todas las carencias y calamidades. Este empeño relacionado con una cotidianidad convertida en materia heroica justifica la continuidad de los espectáculos públicos, una circunstancia que ha merecido la atención de la bibliografía académica, pero también la práctica de actividades como las deportivas, que se antojan imposibles en medio de los bombardeos, el hambre y los mil peligros de un Madrid donde cualquier asomo de normalidad parecía una quimera.
En este contexto, un suelto como el publicado en el diario Claridad el 13 de abril de 1938 merece su reproducción: «Se pone en conocimiento de todos los clubs y agrupaciones juveniles que el día 15 del presente se celebrará una reunión, a las seis y media de la tarde, para constituir la Federación de Hand-ball y aprobación de los estatutos por que ha de regirse. Dicha reunión se celebrará en el Hogar del Deportista (Castellana, 41)». 
Por entonces, y según informa el mismo diario socialista al día siguiente, estaban movilizados todos los hombres entre 17 y 45 años. No parece, pues, que hubiera muchos posibles aspirantes a jugar en un equipo federado y sometido a unos estatutos. Tampoco mujeres, aquellas que, durante la II República y como aparece en la foto publicada en el semanario Crónica, habían tenido un protagonismo notable en los orígenes de un deporte jugado con reglas distintas a las actuales. Todos, hombres y mujeres en edad de practicar un deporte, estarían más pendientes de noticias como la publicada por Claridad el 22 de abril de 1938: «Vender carne de perro equivale a dos años de cárcel y mil pesetas de multa». 
El titular remite a un hambre atroz, que tomaría un mayor protagonismo en los meses venideros. En ese contexto, reunirse para organizar un posible campeonato de balonmano supone un quiebro de la lógica. La extrañeza del lector parece inevitable, pero cabe recordar la necesidad imperiosa de que la vida continuara para soportar una situación extrema como la padecida por los habitantes de Madrid durante meses y meses de hambre y violencia.

domingo, 28 de mayo de 2023

La hija de Drácula (1936) en el Madrid sitiado


El repaso de la prensa publicada en Madrid durante la Guerra Civil remite a los grandes hechos históricos, pero también permite observar detalles entre curiosos y significativos de lo que sucedió en una capital sitiada desde noviembre de 1936 y sometida a frecuentes bombardeos.
La cartelera cinematográfica y teatral aporta notables informaciones en ese sentido. Muchas de las mismas ya son recurrentes en algunos trabajos de investigación o creativos dedicados a la capital bajo las bombas. Otras quedan a la espera de un relato. 
Siempre me he preguntado qué pensaría el proyeccionista que durante tantos días vio la imagen de Charles Chaplin en Tiempos modernos, en especial cuando el protagonista recoge una bandera roja e involuntariamente encabeza una manifestación obrera duramente reprimida por la policía. ¿Se emocionó las primeras veces o la vería desde el principio con el escepticismo de quien, entre bombas, observa la caída de tantas banderas? 
También he imaginado la reacción de algún acomodador que, durante meses, estuviera viendo el famoso gag de los Hermanos Marx sobre la parte contratante de la primera parte en Una noche en la ópera. Tal vez acabaría memorizando el célebre diálogo o trabalenguas. Y hasta lo repetiría en alguna de las múltiples ocasiones donde el absurdo de la guerra llegara a cualquier trámite cotidiano. 
Las hipotéticas situaciones del proyeccionista o el acomodador son especulaciones, claro está, pero cualquier documento visto por un historiador deja preguntas al margen de las posibles respuestas. Conviene tenerlas en cuenta y no desechar la imaginación.
Hoy, mientras repasaba las páginas de Claridad en busca de los dibujos de José Robledano Torres, he visto en un rincón del periódico el anuncio del estreno en el cine Rialto de La hija de Drácula (1936), de Lambert Hillyer, con la hierática y enigmática Gloria Holden como la referida hija, «más inhumana y cruel que su padre». 
Así aparece en las páginas de un periódico publicado el 9 de marzo de 1938 que, a pesar de la férrea censura gubernamental, todos los días acababa dejando paso a numerosas muestras de crueldad e inhumanidad. La pregunta en esta ocasión guarda relación con la posible respuesta del público, que entre bombardeo y bombardeo se supone que pagaba una entrada para asustarse durante los setenta minutos del metraje con las andanzas de una heredera capaz de empequeñecer al temible conde. 
Al salir a la calle tras contemplar tan terrorífica historia, ese público del Rialto vería el terror de verdad. El problema es que el relato, hasta la experiencia del mismo, no suele propiciar el efecto de una ficción dispuesta a asustarnos con una hija de mirada fija y rostro cadavérico, incluso cuando las bombas se convierten en parte de la cotidianidad.
Hace cincuenta años, Víctor Erice probó su maestría al contrastar los monstruos de la ficción con el miedo de unas niñas sobrecogidas por un tiempo monstruoso. Su película es una obra maestra, pero también me educó visualmente para percibir otras paradojas donde el terror oscila entre la ficción y la realidad.

martes, 28 de febrero de 2023

La guerra de una gloria nacional: Jacinto Benavente


El comportamiento público de Jacinto Benavente durante la Guerra Civil y los primeros años de la dictadura franquista resultó polémico, al tiempo que abundante en anécdotas o circunstancias no siempre probadas. El tema lo abordé en uno de los capítulos de Usted puede ser feliz. La felicidad en la cultura del franquismo (Barcelona, Ariel, 2013) y el texto del mismo ahora es accesible para cualquier interesado gracias al catálogo del Repositorio de la Universidad de Alicante y el siguiente enlace: http://hdl.handle.net/10045/132393
La consulta del diario socialista Claridad durante la Guerra Civil me ha permitido conocer con posterioridad nuevos detalles sobre las actividades de un Jacinto Benavente convertido en un entusiasta defensor de la II República. En este sentido debemos consultar especialmente las noticias publicadas el 3 de mayo de 1938 y el 3 de junio del mismo año. Asimismo, el texto benaventino dedicado a los "traidorzuelos" (Claridad, 13-IX-1937) y los homenajes al dramaturgo dispensados por la intelectualidad republicana, que el citado diario socialista reseña en sus ediciones del 15 de agosto de 1938 y del 16 de septiembre del mismo año. 
Al leer estos textos periodísticos, pocos podrían imaginar la imagen de un escritor dispuesto a abjurar de sus supuestos ideales con la llegada de las tropas franquistas a Valencia. No me consta que la bibliografía académica haya acometido la tarea de documentar exhaustivamente el comportamiento de Jacinto Benavente durante aquellos trágicos años. Tal vez porque las conclusiones nos remitirían a la combinación de un miedo atroz con la pretensión de acomodarse a los dictados del poder. En cualquier caso, la imagen sería lamentable para quien anda situado en el pedestal del prestigio.


lunes, 27 de febrero de 2023

Miguel Mihura también fue a la guerra, aunque poco


En el marco de la participación de los humoristas del 27 en la Guerra Civil, el caso de Miguel Mihura es uno de los más interesantes por su concreción en diversas iniciativas editoriales. El tema lo abordo en el segundo capítulo de Usted puede ser feliz. La felicidad en la cultura del franquismo (2013) y ahora el correspondiente texto se puede consultar en el catálogo del Repositorio de la Universidad de Alicante gracias al siguiente enlace:

http://hdl.handle.net/10045/132358