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viernes, 28 de noviembre de 2025

Mihura, el último comediógrafo


 

La cronología del teatro español durante el siglo XX incluye anomalías significativas porque ejemplifican los obstáculos que debieron sortear los autores innovadores. Valle-Inclán concluyó Luces de bohemia en 1924, pero nunca la vio representada y el estreno se pospuso cincuenta años. Federico García Lorca terminó La casa de Bernarda Alba en la primavera de 1936, apenas unas semanas antes de ser fusilado. El texto se conservó milagrosamente, pero la obra no se pudo ver en un escenario español hasta que Juan Antonio Bardem, casi treinta años después, se empeñó en hacerlo superando todo tipo de problemas. La presencia del teatro lorquiano en la cartelera, en realidad, no se normalizó hasta la década de los ochenta. Y Miguel Mihura, cultivando un género completamente distinto, tampoco tuvo suerte con la recepción de Tres sombreros de copa. Escrita en 1932, cuando era un joven obligado a guardar reposo por un problema de salud, el texto debió permanecer en un cajón hasta que veinte años después otros jóvenes con similares inquietudes lo desempolvaron para estrenarlo.

Estas circunstancias, que afectan a tres autores tan distintos como unánimemente reconocidos, ejemplifican los obstáculos para la renovación teatral y la búsqueda de la excelencia en los escenarios españoles del siglo XX. La censura y hasta la violencia represiva estuvieron presentes, pero también la incapacidad de los profesionales que podrían haber llevado a la escena estas obras y, por supuesto, la inercia de un público a menudo refractario a cualquier novedad. El balance es desolador, pero de obligado conocimiento para valorar la labor de unos dramaturgos expuestos a todo tipo de problemas y que, como mal menor, optaron por la libertad de la literatura dramática -la destinada al papel- ante las dificultades de cultivar el verdadero teatro.

Mihura, el último comediógrafo, del joven Adrián Perea, recrea con acierto una de esas anomalías. La puesta en escena de Tres sombreros de copa actualmente afronta el problema de un clásico empolvado por anteriores puestas en escena, demasiado literales y ajenas al espíritu rompedor con que fue concebida la obra. La opción de Adrián Perea, con la colaboración de Beatriz Jaén en la dirección, es recrear precisamente la motivación de Miguel Mihura a la hora de escribir un texto pronto rechazado por las compañías a causa de su alejamiento del canon comercial.

Miguel Mihura tenía por entonces la misma edad que ahora tiene Adrián Perea. Ambos jóvenes, tan alejados en el tiempo, comparten un anhelo generacional: buscar un teatro concebido como juego donde la frescura de la propuesta rompa con los convencionalismos, el lugar común y el tópico. Ahí, en esa dialéctica, radica la base de Tres sombreros de copa, donde también encontramos un ejemplo de autoficción por recrear un episodio biográfico del propio autor.

Hacia 1929, Miguel Mihura estuvo a punto de contraer matrimonio con una joven adinerada. Al igual que le ocurriera a Dionisio, el encuentro con una compañía de variedades y, en especial, con una joven bailarina de la misma, le llevó a la ruptura de la anterior relación. Dionisio al final de la comedia se casa o, al menos, parece dispuesto a hacerlo, pero ya no será nunca más el joven de las escenas iniciales. La semilla de la libertad que representa el contacto con Paula ha quedado en su interior y, probablemente, le llevará a la melancolía si no cae en el cinismo.

Miguel Mihura optó por el cinismo, en este y otros temas, como salvaguarda cuando dejó atrás lo que representaba Tres sombreros de copa. Así pudo iniciar una trayectoria creativa tan genial como productiva desde el punto de vista comercial. Sin embargo, veinte años después unos jóvenes con ansia de novedad y frescura le recordaron el espíritu renovador de su propia juventud. La propuesta de estrenar la comedia de 1932 le inquietó y se mostró escéptico en un principio. Poco después, y sin un entusiasmo impropio de su actitud vital, cedió porque en el fondo deseaba revivir la apuesta anticonvencional, aunque fuera como una especie de tregua frente a la realidad del teatro que por entonces escribía con acierto para el público más convencional. Incluso con huellas de su primera obra, como observamos en Maribel y la extraña familia, donde la convención queda derrotada sin la carga de profundidad observada en 1932.

La literalidad escénica de Tres sombreros de copa está tan vinculada a la ruptura en el humor que representó la generación del autor que ahora puede resultar ajena, distante y hasta extraña para un público no avezado en ese tipo de humorismo, cultivado por quienes también merecen figurar en la nómina generacional del 27. Sin embargo, Adrián Perea y Beatriz Jaén optan por ilustrar escénicamente un episodio fundamental para entender la historia teatral española del siglo XX y, además, buscan la raíz del mismo. Miguel Mihura, en la cama y añorante de un momento donde la libertad personal fue sinónimo de felicidad, escribe un texto ajeno a cualquier imperativo del teatro comercial. La apuesta es arriesgada, incluso inconsciente con respecto al supuesto absurdo como anticipo de otros movimientos teatrales, pero también vital.




El cinismo puede ser real sin dejar de suponer una máscara. Miguel Mihura nunca pretendió ser un tipo ejemplar. Su biografía desmiente cualquier intento en este sentido, pero al igual que su Dionisio en el fondo siempre añoraría el momento de libertad interrumpido por una realidad donde la continuidad de ese espíritu representaba una quimera.

El comediógrafo lo aceptó con resignación, fue un posibilista genial en sus posteriores creaciones y hasta con su actitud pública favoreció a los partidarios del lugar común y el tópico convencional. Las contradicciones de su trayectoria son notorias, pero en el fondo Miguel Mihura nunca dejó de simpatizar con un Dionisio que paga un precio del que todos tenemos conciencia y hasta evidencia. Por eso necesitamos a Paula, aunque solo sea como un soplo de aire fresco que termina echando al aire los tres sombreros de copa porque la vida continúa y la melancolía, tan justificada, no debe aniquilarnos.




Nota: La representación de la comedia de Adrián Perea en el Teatro Principal de Alicante el 22 de noviembre de 2025 fue el motivo de una clase práctica del curso de teatro español del siglo XX que imparto en la Universidad de Alicante. Para su realización por parte del alumnado, aporto a continuación los enlaces de unos materiales de trabajo:

https://elpais.com/babelia/2025-06-06/mihura-el-ultimo-comediografo-o-como-quitarle-el-polvo-al-humor-de-hace-un-siglo.html

https://www.elconfidencial.com/cultura/2025-05-30/mihura-ultimo-comediografo-adrian-perea-beatriz-jaen_4137659/

https://revistateatros.es/actualidad/estreno-absoluto-de-la-comedia-mihura-el-ultimo-comediografo/

https://www.informacion.es/opinion/2025/11/24/encanto-124045040.html

https://www.larazon.es/cultura/teatro/melancolico-autor-tres-sombreros-copa_20250522682eca4654e3973a601eebeb.html

https://carlosbe.net/2025/05/31/critica-mihura-el-ultimo-comediografo/

https://www.lavanguardia.com/sociedad/20250518/10693522/nave-10-matadero-estrena-semana-mihura-ultimo-comediografo-biografia-sentimental-miguel-mihura-agenciaslv20250518.html

https://www.elespanol.com/el-cultural/blogs/stanislavblog/20250609/mihura-ultimo-comediografo-alocada-comedia-joven-autor-maestro-genero/1003743795708_12.html

https://www.abc.es/cultura/teatros/mihura-ultimo-comediografo-historia-detras-estreno-tres-20250521054916-nt.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.abc.es%2Fcultura%2Fteatros%2Fmihura-ultimo-comediografo-historia-detras-estreno-tres-20250521054916-nt.html


Realizada la práctica, incluyo el texto de la alumna que ha obtenido la máxima calificación:

MIHURA, EL ÚLTIMO COMEDIÓGRAFO

Ainara Sedeño Pérez

El pasado 22 de noviembre de 2025 tuvimos el enorme placer de asistir al Teatro Principal de Alicante para disfrutar de Mihura, el último comediógrafo, animados por nuestro profesor Juan Antonio Ríos Carratalá con el fin de realizar una clase práctica asistiendo al teatro.

En Mihura, el último comediógrafo se traslada al escenario algunos de los aspectos más significativos de la biografía de Miguel Mihura (1905-1977), pues Adrián Perea, bajo la dirección de Beatriz Jaén, recupera el texto de Tres sombreros de copa, comedia escrita en 1932 y olvidada durante dos décadas antes de convertirse en uno de los textos fundamentales del teatro contemporáneo en España. Este retraso en su reconocimiento no fue un caso aislado, sino que era a lo que acostumbraban los dramaturgos de la época, ya que fueron muchos los autores del momento que, con un enorme talento, vieron cómo sus obras eran relegadas por un teatro fiel a los convencionalismos.

Es precisamente esta tensión entre la libertad creadora y las limitaciones del teatro comercial la que articula Mihura, el último comediógrafo. Adrián Perea propone con ella una reflexión escénica sobre el origen de Tres sombreros de copa y sobre algunos capítulos de la etapa de juventud de Mihura, quien se ve impedido a frecuentar los círculos profesionales de sus coetáneos a causa de su enfermedad. A pesar de ello, escribió una obra que rompía por completo con el humor tradicional, buscando cierta renovación y ruptura que desafió los tópicos y las normas a las que se arraigaba el teatro de su tiempo.

La vida de Miguel Mihura se refleja en Tres sombreros de copa, donde la biografía del autor dialoga con los personajes que creó. Es por ello por lo que la experiencia personal de Mihura se traslada de manera directa a la figura de Dioniso, un muchacho atrapado entre la comodidad de un matrimonio convencional con Margarita y la sacudida que supone la aparición de Paula en su vida, una bailarina que encarna la libertad y espontaneidad a la que renunciaba en su matrimonio. Asimismo, el excéntrico reparto de artistas que acompañan a Paula representan ese mundo alternativo que Mihura conoció de primera mano y simbolizan en conjunto la irrupción de lo inesperado en una existencia marcada por el deber. Esta tensión entre el deber y el deseo que atravesó a Mihura se traslada a Dioniso, quien se convierte en una imagen del joven Mihura y, como él, muestra cómo su vida se transforma con el paso de Paula en ella. 

En este sentido, la propuesta de Perea se aleja de las puestas en escenas que han representado Tres sombreros de copa de manera literal, pues opta por recrear las circunstancias en las que el texto se gestó. Así, la anécdota que inspiró la escritura de Tres sombreros de copa, el encuentro con una bailarina que le llevó a romper su relación con una mujer adinerada, se convierte en metáfora de la irrupción de la libertad en la vida de un Mihura, quien se ve impedido entre el deber y el deseo, la convención y la autenticidad. Esta ambigüedad o tensión es abordada por Perea y Jaén sin recurrir a la «hagiografía» en el sentido de ser una biografía excesivamente elogiosa, aunque incorporan cierto añadido hacia la conclusión de la obra, en la que un Mihura envejecido se reencuentra con aquella bailarina que inspiró a Paula, que proyecta una imagen ciertamente entrañable del autor que no corresponde a la del Mihura histórico. Del mismo modo, su papel durante la Guerra Civil se ve omitido y minimizado en la obra teatral. Esta ambigüedad permite jugar con la autoficción tejiendo un relato donde vida, teatro y memoria se superponen creando una totalidad homogénea que atrapa al espectador durante la totalidad de la representación.

Mihura, el último comediógrafo funciona como un doble homenaje, ya que, mientras que por un lado devuelve a un autor que, sin pretenderlo, revolucionó el humor escénico y anticipó los rasgos que más tarde determinarían el teatro del absurdo; por otro, homenajea a aquellos jóvenes cómicos y profesionales ilusionados que, veinte años más tarde, liberaron el texto de Tres sombreros de copa con su espíritu libretista y rompedor que le otorgó Mihura y ellos, sin ningún tipo de miedo, vieron en él todo un potencial que aseguraría el éxito en su estreno. No obstante, estos jóvenes aficionados tuvieron que enfrentarse a un Mihura que veía en la obra cierto escepticismo tras las críticas que recibió con su escritura. Por ello, la obra capta de una manera entrañable ese momento de duda, de inseguridad y de ilusión, donde las risas, la pasión y los sueños incumplidos se combinan en un relato vitalista y melancólico.

Del mismo modo, la obra plantea cierta consideración sobre la escritura como forma de resistencia, ya sea frente al mercado, frente a la tradición, frente a las expectativas sociales, frente a un teatro que premia lo convencional, e incluso frente al paso del tiempo. Este hilo temático es lo que permite vincular la trayectoria de Mihura con la de los autores contemporáneos, quienes, como Perea, siguen cuestionándose por el lugar del teatro innovador en un contexto donde el riesgo no siempre es bien recibido.

En Mihura, el último comediógrafo, desde una perspectiva biográfica y metateatral, no sólo se rescata a un autor injustamente relegado durante años, sino que la obra nos permitió comprender las tensiones creativas y vitales que dieron origen a Tres sombreros de copa, obra clave del teatro español, al entrelazar la vida de Mihura con su teatro bajo una mirada sensible y lúcida que explicita la valentía de desafiar lo establecido. Así, se nos regaló una experiencia enriquecedora donde la curiosidad se combinaba con la risa, la ternura y las pasiones que nos contagiaban todos y cada uno de los personajes, trasladándonos a la espontaneidad y los desequilibrios de la vida de Mihura. En definitiva, esta experiencia no solo enriqueció nuestro conocimiento académico, sino que también reforzó la importancia de acercarnos al teatro para entender plenamente la fuerza transformadora de sus historias, ya que Mihura, el último comediógrafo nos permitió observar cómo las voces del pasado conviven con las del presente y cómo en esa miscelánea el teatro continúa siendo refugio para la libertad y la creación.


martes, 22 de octubre de 2024

Teatro y cine en la España del siglo XX (4): Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura


 

Fotograma de la adaptación cinematográfica dirigida por José M.ª Forqué


Miguel Mihura forma parte de la primera generación que creció con el cine y tuvo al mismo en el centro de su actividad creativa. Junto a las grandes figuras del 27 encabezadas por García Lorca, en la España anterior a la Guerra Civil cuaja un grupo de humoristas renovadores que también cabe integrar en la generación del 27. Algunos estudiosos hablan de «la otra generación del 27», la de los humoristas, pero la denominación establece una jerarquía donde el humor queda subordinado a otras manifestaciones literarias de un supuesto mayor prestigio.

Esa relación jerárquica cabe refutarla y, en la actualidad, junto a figuras como García Lorca o Luis Buñuel aparecen los humoristas que en la década de los veinte renovaron el humor español. Entre ellos Miguel Mihura ocupa un lugar destacado junto a Enrique Jardiel Poncela, Edgar Neville y otros autores con presencia tanto en el cine como en el teatro.

Miguel Mihura pronto escribió una de las obras más renovadoras del humor y encuadrable en el teatro del absurdo: Tres sombreros de pico (1932). No obstante, su carácter avanzado o de vanguardia impidió el estreno de la obra y, frustrada su primera dedicación al teatro, decidió seguir creando para las revistas de humor y, al mismo tiempo, escribiendo guiones y diálogos cinematográficos durante las décadas de los treinta y cuarenta.

Tras esa etapa en el cine, fundamentalmente junto a su hermano Jerónimo, Miguel Mihura vuelve al teatro cuando vio cerradas las puertas de las productoras cinematográficas por cuestiones ajenas a lo creativo. La experiencia como guionista y dialoguista fue fundamental para la renovación de la comedia teatral que emprendió, con gran éxito, desde la década de los cincuenta. Obras de gran aceptación popular y crítica como Maribel y la extraña familia (1959) acabaron dándole la primacía entre los comediógrafos españoles de la época.

Miguel Mihura definió su teatro como un espacio donde siempre estaba él frente a una mujer. Soltero vocacional y mujeriego confeso, el comediógrafo parte de una anecdótica experiencia personal para crear Maribel y la extraña familia. La primera escena de la comedia, uno de los momentos cumbre del teatro español del siglo XX, es la recreación teatral de esa anécdota cuando el autor llevó a una prostituta a su propia casa, donde podía estar una madre o una tía anciana.

La ocurrencia supone una situación imprevista, llamativa y con posibilidades humorísticas: ¿cómo reaccionarían las ancianas ante la presencia de la prostituta? A partir de esta situación, Miguel Mihura añade nuevas sorpresas cuando vemos que las bondadosas mujeres también son peculiares en su comportamiento: reciben visitas a las que pagan para que las escuchen, pretenden ser modernas en sus costumbres y, sobre todo, no rechazan a la prostituta porque la consideran una novia perfecta para el tímido Marcelino.

La comedia defiende que la virtud de Maribel, la prostituta, no está en su identidad o su pasado, sino en cómo la miran Marcelino y las ancianas que le rodean. La bondad de esa mirada, y todo lo que comporta, acaba transformando a la propia Maribel, que se presenta al principio como una prostituta desconfiada y termina siendo esa novia perfecta que vieron Marcelino y su familia desde el principio de la comedia.

La evolución de la protagonista la percibimos gracias a su cambiante relación con el grupo de prostitutas que la acompañan. Al principio es una más junto a ellas, pero poco a poco se distancia en el camino hacia la nueva personalidad. Esta cambiante caracterización obliga a un trabajo complejo por parte de la actriz que interpreta el papel de Maribel. El debate lo podemos plantear observando los rasgos que la caracterizan como prostituta en el inicio de la comedia y comprobando como los mismos cambian a lo largo de la obra hasta desembocar en la nueva personalidad.

Por otra parte, Miguel Mihura contó que algunos espectadores del estreno le preguntaron cómo resultaba posible que Marcelino y las ancianas no se dieran cuenta de que Maribel era una prostituta. Su respuesta fue imaginativa y sugerente: la pregunta se la debían hacer a sus protagonistas porque él, como autor, no tenía la respuesta. ¿Qué pensáis al respecto?

 


miércoles, 12 de junio de 2024

Au revoir, Françoise Hardy


 

Françoise Hardy ha fallecido. La noticia no por esperada tras una dura lucha contra el cáncer deja de entristecer a quienes supimos de ella en los años sesenta, cuando en 1962 triunfó con una canción protagonizada por «tous les garçons et les filles» que paseaban «dans la rue deux per deux». Apenas tenía cuatro años por entonces, pero el disco permaneció en casa durante mucho tiempo y la melodía que pronto fue un himno generacional la escuché junto con otras canciones todavía presentes en el recuerdo.

A mediados de los sesenta era demasiado pronto para compartir las andanzas de esos adolescentes enamorados que, «les yeux dans les yeux et la main dans la main», caminaban «sans peur du lendemain». Pasaron los años, el miedo era nuestro colega en las clases sin ni siquiera atisbar un «lendemain» y a principios de los setenta llegó al instituto, de improviso y fugazmente como corresponde, una lectora de francés. La joven durante unas semanas sustituyó a la anciana felliniana encargada de hacernos leer las aventuras de la familia Dupont, aquella para la cual ir a la «boulangerie» era una hazaña digna de la letra impresa y la memorización.

La joven de Lyon, que hablaba un castellano como el de la Ninette de Miguel Mihura, podía ser nuestra hermana mayor. La sorpresa fue notoria en una clase donde una chica solo era una referencia de la imaginación. Nadie sabía manejarse ante una presencia femenina que no fuera avejentada y, supongo, alguna burrada debió escuchar una lectora que merecía llamarse Mireille o Silvie, unos nombres que garantizaban el encanto de las «suecas», que solían ser francesas. Al menos, en una España todavía en blanco y negro donde traspasar la frontera suponía un viaje galáctico. Si lo queréis comprobar con una sonrisa basta recordar Vacaciones para Ivette (1964), de José María Forqué o las comedias protagonizadas por la sin par Ninette en compañía de «un señor de Murcia».




Tras la sorpresa inicial, la asistencia a clase bajó porque era voluntaria y la chica no ponía la correspondiente falta. Una tarde, para pasmo de quienes seguíamos atentos sus intentos de mejorar nuestra pronunciación, la lectora trajo un tocadiscos portátil y una colección de singles con las más populares canciones francesas. Todavía recuerdo que la última, y repetida por petición de los pocos asistentes, fue la de Françoise Hardy, que contaba con una carátula donde aparecía el rostro de la cantante. Nunca lo he olvidado.

Esa tarde aprendí a pronunciar algunos versos en francés, pero sobre todo la lección de maravillarme ante la belleza serena, elegante y melancólica de una joven que, para pasmo de quienes entendimos la letra, decía estar sola porque «personne ne murmure ‘je t’aime’ á mon oreille». Menos mal que, al final de la canción, Françoise se mostraba esperanzada, tal y como nos explicó la lectora para tranquilidad de unos jovencitos dispuestos a solucionar semejante soledad con el recurso de la imaginación.

La ciencia avanza que es una barbaridad, como Ricardo de la Vega constató en La verbena de la Paloma (1894)- Gracias a Internet, durante estos últimos años he vuelto a escuchar la canción de aquella tarde con la paseante presencia de una jovencísima Françoise Hardy. La contemplación del vídeo con diferentes subtitulados me provoca una sonrisa de complicidad, como cuando veo a una joven pareja «les yeux dans les yeux et la main dans la main», pero la imagen también me recuerda el respeto que merece la elegancia de quien nace bella y se hace todavía más hermosa gracias a su sensibilidad.




La lección conviene aprenderla porque ayuda a respetar a quienes no comparten esa suerte de la genética o el destino. Justo en aquellos años sesenta, cuando escuchaba a Françoise Hardy y tantas francesas formaban parte de los sueños, acudía al fútbol con mi padre. Allí trabajaba, vendiendo pipas y chucherías, una mujer con el rostro destrozado por un accidente. Los energúmenos que nos rodeaban la llamaban Brigitte Bardot con las consiguientes risotadas, que se repetían domingo tras domingo. Mi padre nunca rio ante semejante bestialidad. Yo tampoco porque hasta le veía algo molesto con la reiterada «broma». Los tiempos y el lugar no permitían ir más allá, pero ese silencio de mi padre fue tan elocuente como el rostro de Françoise Hardy. Aquella mujer, probablemente, no tenía quien le murmurara a la oreja «je t’aime» y se lo merecía por padecer la brutalidad de un país donde la llegada de las Ninette, Ivette, Mireille o Silvie suponía una ráfaga de aire fresco. Y, si eran como Françoise, ni os cuento…

 

 

 

miércoles, 1 de marzo de 2023

El exilio en las comedias de Miguel Mihura y Víctor Ruiz Iriarte


El exilio republicano quedó completamente excluido de los escenarios españoles desde 1939 y durante décadas, hasta que en los años sesenta empezaron a estrenarse obras donde el tema apareció de manera tímida e indirecta. En Usted puede ser feliz. La felicidad en la cultura del franquismo (2013) analicé unas comedias de Miguel Mihura y Víctor Ruiz Iriarte -véase foto- que incluyeron personajes relacionados con el exilio. El texto del correspondiente capítulo ahora es accesible para cualquier interesado gracias al siguiente enlace del Repositorio de la Universidad de Alicante:

http://hdl.handle.net/10045/132394

lunes, 27 de febrero de 2023

Miguel Mihura también fue a la guerra, aunque poco


En el marco de la participación de los humoristas del 27 en la Guerra Civil, el caso de Miguel Mihura es uno de los más interesantes por su concreción en diversas iniciativas editoriales. El tema lo abordo en el segundo capítulo de Usted puede ser feliz. La felicidad en la cultura del franquismo (2013) y ahora el correspondiente texto se puede consultar en el catálogo del Repositorio de la Universidad de Alicante gracias al siguiente enlace:

http://hdl.handle.net/10045/132358

La guerra civil de los humoristas


Los humoristas también fueron a la Guerra Civil. La obviedad habitualmente es ignorada en la mayoría de los estudios sobre la relación entre las armas y las letras durante el conflicto que asoló España desde 1936 hasta 1939. Al margen de otros trabajos acerca de casos concretos como el de Edgar Neville, en el primer capítulo de Usted puede ser feliz. La felicidad en la cultura del franquismo (Barcelona, Ariel, 2013) realizo una valoración global de esta participación de quienes ahora suelen ser conocidos como «los humoristas del 27». El siguiente enlace del Repositorio de la Universidad de Alicante remite a la citada introducción:

http://hdl.handle.net/10045/132339