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viernes, 24 de julio de 2026

La realidad alternativa de Arcadi Espada


 Arcadi Espada (tomada de The Objective)

El periodista y escritor Arcadi Espada ha sido noticia estos días a raíz de la publicación de su artículo «Nunca es solo fútbol, recordarlo siempre» en El Mundo (21-VII-2026). El texto, repleto de prejuicios, comienza con un párrafo que merece ser reproducido a la luz del triunfo de la selección nacional en el campeonato mundial de fútbol celebrado recientemente. La final tuvo lugar el domingo 19, dos días antes de la referida publicación:

«Nunca es solo fútbol. La magnitud de la decepción española en el Mundial obliga a algo más que a un análisis táctico. No es difícil ver en este equipo -en su devoción litúrgica por el sistema, en su miedo al desequilibrio individual, en la sumisión del talento a la coreografía- un reflejo de lo que es y de lo que amenaza seguir siendo este país en el siglo XXI: una sociedad que ha hecho de la desconfianza ante la excelencia una forma de cortesía».

La posibilidad de escribir acerca de una «decepción» antes de que la misma se produzca y publicar el artículo dos días después de que el supuesto fracaso se haya convertido en un memorable éxito prueba el talante del periodista y escritor. Arcadi Espada había decidido que la selección nacional era un ejemplo de los males del país, según su óptica, y la realidad nunca pudo desmentir semejante conclusión. La victoria por 1 a 0 frente a Argentina dejó de existir porque atentaba contra su realidad alternativa, aunque la misma pudiera ser la de una supuesta «ironía» solo al alcance de algunos clarividentes como el autor.

Cuando lo absurdo o el juego de las ironías alcanzan estas cotas no merece la pena cebarse en el protagonista, aunque no me consta que el orgulloso periodista haya pedido disculpas por el error o aclarado las claves de su retórico artículo. Faltaría más… Si dedico una entrada a esta muestra de la irresponsabilidad a la hora de publicar un artículo es porque Arcadi Espada es reincidente en su creación de realidades alternativas.

Al margen de otros episodios recogidos por la hemeroteca, en 2018 el escritor publicó el volumen En nombre de Franco. Los héroes de la embajada de España en el Budapest nazi (Barcelona, Espasa). En el mismo relata la actividad del diplomático Ángel Sanz-Briz (1910-1980) para salvar a miles de judíos durante la II Guerra Mundial. A pesar de que el tema ya aparece en anteriores libros, lo leí con interés porque el citado era uno de los protagonistas de Una arrolladora simpatía: Edgar Neville (Barcelona, Ariel, 2007), donde el diplomático franquista aparece en su destino de la embajada de Londres durante la Guerra Civil. El episodio suele ser ocultado en síntesis biográficas como la de Wikipedia.

Arcadi Espada, entusiasmado con la imagen tan atractiva de un Schindler español, no reparó en sus antecedentes como diplomático y menos leyó mi libro, donde su protagonista muestra un comportamiento capaz de matizar la valoración de lo realizado en Budapest. Mientras el periodista mantenía alguna agria polémica con historiadores especializados en el Holocausto, le mandé a la editorial Una arrolladora simpatía: Edgar Neville para que completara su conocimiento de la trayectoria, nada rectilínea, de Ángel Sanz-Briz. Ignoro si el volumen le llegó, pero es indudable que nunca matizó la presentación de su héroe.

Ahora, cuando acabo de comprobar que el resultado de un partido visto por millones de personas no es capaz de alterar lo escrito por Arcadi Espada, comprendo que el destino de mi libro era la ignorancia. La documentación revelada por Una arrolladora simpatía: Edgar Neville nunca debía alterar la realidad alternativa imaginada por quien descubrió que el diplomático carecía de antecedentes como tal diplomático, aunque los mismos estuvieran en el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Los clarividentes al modo de Arcadi Espada no suelen rebajarse a visitar esos lugares, que son privativos de los catedráticos de provincias sin derecho a una página semanal en un medio nacional. De acuerdo, pero la sonrisa al ver la noticia del fracaso de la selección nacional, por culpa de no admitir la excelencia, nadie me la quita y la intento compartir con los lectores de este blog. Tal vez porque, al igual que Javier Cercas, sea incapaz de disfrutar con la ingeniosa ironía de quien a mi edad luce una melena que augura la posible eternidad del periodista y escritor.


miércoles, 8 de abril de 2026

Bajo las togas, de Carlos Castresana


 El fiscal Carlos Castresana

Carlo Ginzburg, a partir del procesamiento de su amigo y periodista Adriano Sofri, escribió una obra imprescindible para quienes cultivamos la microhistoria de los casos judiciales: Il giudice e lo storico (1991), pronto traducida y editada en España (Barcelona, 1993) al igual que en otros países.

Al margen de la defensa de quien fuera dirigente del grupo Lotta Continua, y finalmente condenado en medio de un escándalo, el historiador italiano aporta una metodología capaz de orientarnos en una tarea que en lo básico no difiere demasiado de la realizada por los representantes del poder judicial.

Las diferencias también son notables, sobre todo en lo relacionado con el destino de nuestros trabajos, pero ambos colectivos examinamos pruebas, testimonios e indicios a la búsqueda de una narrativa, que en el caso de los historiadores nunca pretende ser «la verdad judicial». Ni siquiera la verdad como concepto definitivo y cerrado.

Así, al amparo de Carlo Ginzburg u otros teóricos de la historiografía, hemos abordado numerosos procesos judiciales con los más diversos objetivos, desde el esclarecimiento de casos concretos hasta el conocimiento de un sistema judicial, que en el caso de las dictaduras suele estar al servicio de la represión política.

Mis libros sobre los consejos de guerra celebrados entre 1939 y 1945 pretenden dar a conocer la suerte de los periodistas y escritores que, de una u otra manera, permanecieron vinculados con la II República. Otros colegas con diferentes objetivos me orientan en esta tarea y, en un clima de colaboración, los historiadores aportamos una visión contrastada de lo que supuso aquella jurisdicción militar del régimen franquista.

La labor cuenta con la ayuda de colegas académicos de diferentes áreas, especialmente de Derecho, pero rara vez ha encontrado eco en el colectivo de jueces y fiscales en activo. Hay excepciones y una la acaba de protagonizar Carlos Castresana, un fiscal con una larga y brillante trayectoria que ahora se ha adentrado en el campo de la historia, incluso en el de la narrativa por una indudable voluntad de estilo, sin abandonar el jurídico.




Bajo las togas. Errores judiciales y otras infamias (Barcelona, Tusquets, 2025) presenta un total de veinticinco casos judiciales de diferentes épocas y países. El denominador común de la mayoría es el error por múltiples motivos y en distintos grados de gravedad. El autor los contextualiza histórica y jurídicamente, los narra con brillantez, los documenta con la oportuna bibliografía y el conjunto, a la luz de lo presentado, recuerda la necesidad de respetar la justicia, pero justo lo necesario y sin concederle el don de lo infalible.

Al margen de interesarme como lector, nada puedo añadir a una obra centrada en casos que desconocía y ahora contextualizo porque, como ocurre con los crímenes según la añorada serie televisiva de Pedro Costa, los procesos judiciales alumbran sus respectivas épocas más allá de las salas de juicio. Benito Pérez Galdós o Edgar Neville, entre otros muchos creadores, ejemplificaron esta virtualidad.

Sin embargo, hay un último capítulo, «Los olvidados» (pp. 366-389), que da cuenta de un consejo de guerra celebrado tras la entrada de las tropas del general Franco en Bilbao y un proceso propio del tardofranquismo en el TOP. Ambos forman parte de «las otras infamias» y fueron protagonizados por personas tan anónimas como olvidadas.

Carlos Castresana los relata con un tácito espanto para explicar que el franquismo empezó y terminó haciendo uso de la represión, solo posible gracias a la colaboración del aparato judicial, tanto en la jurisdicción civil como militar.

El capítulo se suma a las numerosas aportaciones de los historiadores que han abordado la represión franquista. Nada hay especialmente novedoso, salvo la autoría, que corresponde a un fiscal en activo capaz de mostrar su sensibilidad ante una realidad histórica obviada por buena parte del poder judicial.

Carlos Castresana hace gala de un elogiable sentido autocrítico como jurista, reconoce errores no solo vinculados con el pasado y, sobre todo, aboga por una justicia dispuesta a aceptarlos para equipararse con otros países de nuestro entorno.

Frente al hermetismo y la soberbia de quienes no admiten la crítica, aunque esté fundamentada, su libro es un estimulante ejemplo de hasta qué punto la brillantez expositiva e investigadora resulta compatible con el reconocimiento de los errores de su propio colectivo profesional.

Algunos pensarán que ese reconocimiento es una muestra de debilidad. Otros creemos lo contrario. Un poder como el judicial se fortalece así. Errar es humano y, por supuesto, los jueces son humanos. A veces demasiado y no siempre en el mejor sentido.

Bajo las togas me ha interesado como lector dispuesto a conocer procesos judiciales de la más diversa índole, relatados por quien muestra dotes de narrador, y me devuelve la confianza en la justicia. Al menos, cuando su administración cae en manos competentes y dispuestas a escuchar, aunque sean críticas duras.

La consecuencia de esta lectura se concreta en una posible colaboración con quien me ha enseñado gracias a su ciencia jurídica y a quien puedo facilitar la información recopilada en mis libros dedicados a los consejos de guerra «y otras infamias». Al fin y al cabo, ambos contamos casos judiciales con la voluntad de que el reconocimiento del error o de algo peor posibilite una justicia más competente y, por supuesto, respetuosa con la memoria democrática.

A la espera de la presentación en Alicante del día 10 de abril, os paso la grabación de la realizada en el Instituto Cervantes:



Pd.: Imagen del acto de presentación del libro con la presencia del también fiscal Óscar Presa y de Llum Quiñonero:


Grabación de la entrevista concedida por el fiscal Carlos Castresana al programa Hoy por hoy, de Radio Alicante (Cadena SER), con motivo de la presentación del libro:

sábado, 14 de febrero de 2026

Hollywood en el penal de Ocaña: el sumario de Florentino Hernández Girbal


 Florentino Hernández Girbal

El paso por Hollywood en calidad de corresponsal de prensa, como hiciera Baltasar Fernández Cue, o el interés periodístico por aquellos españoles capaces de trabajar en la Meca del cine no contribuyeron a evitar la represión de la Victoria. Al contrario, para los vencedores estas muestras de la modernidad eran motivos de sospecha por las simpatías republicanas de algunas estrellas norteamericanas o, en el mejor de los casos, de indiferencia. Al fin y al cabo, los oficiales de la jurisdicción militar actuaban con un criterio mecanicista donde esas circunstancias del pasado nunca figuraban en la lista de las acusaciones porque relativizan o hacen inverosímil la imagen del procesado como responsable de una adhesión a la rebelión militar.

Florentino Hernández Girbal (1902-2002) tuvo la oportunidad de marchar a California como su colega Baltasar Fernández Cue, pero prefirió no correr esa aventura de la mano de su amigo Edgar Neville. Otras le esperaban en Madrid. Sin embargo, gracias a ser un periodista dedicado a los temas cinematográficos entrevistó a los españoles que respondieron a la llamada de Hollywood durante los inicios del sonoro. El conjunto de aquellas entrevistas publicadas en Cinegramas ahora es accesible por la labor de varios historiadores del cine, que han tenido en el salmantino una referencia para conocer la evolución de la cinematografía durante el período republicano. También para abordar otros temas relacionados con la música, el teatro o la historia, puesto que Florentino Hernández Girbal fue polifacético y prolífico como autor.

La bibliografía sobre su trayectoria, sin embargo, ignora que el periodista cinematográfico coincidió con su colega Baltasar Fernández Cue en el Juzgado Militar de Prensa. La razón es sencilla: hasta ahora nadie ha consultado el sumario 3613 depositado en el AGHD, donde esa documentación ha permanecido hasta hace poco sin figurar en el catálogo por un comprensible error. Una vez subsanado gracias al personal del archivo, que se puso en contacto conmigo para comunicármelo, ya podemos conocer los pormenores del proceso que desembocó en una condena a treinta años.

El 16 de abril de 1939, los agentes del SIPM Eduardo Belascoain y Nicolás Ciriza denunciaron a Florentino Hernández Girbal ante las autoridades militares porque, gracias a «las gestiones por ellos practicadas», supieron que era «uno de los mayores propagandistas de los rojos en Madrid». Aparte de facilitar su localización para la inmediata detención, señalan que era el responsable de Popular Films, una distribuidora dedicada a la propaganda soviética. Su tarea, según los agentes, iba más allá de la distribución, pues también le acusan de incorporar a las películas «los comentarios más canallescos y antinacionales», que el denunciado habría repetido en sus intervenciones radiofónicas.

Los agentes aportan los nombres del periodista Roque Sanz y del escritor Luis Gómez Mesa como referencias para ampliar su denuncia. Los militares nunca les consultaron porque ni siquiera les localizaron, a pesar de trabajar ambos en Madrid. No obstante, el mismo 16 de abril Florentino Hernández Girbal fue detenido en el domicilio paterno de la calle Trafalgar e ingresó en el establecimiento penitenciario de Porlier.

Allí permaneció en unas condiciones infrahumanas hasta que los juzgados permanentes número 4 y 12 realizaron las primeras actuaciones para instruir el sumario ordenado por el auditor Ángel Manzaneque Feltrer el 19 de abril de 1939. La masificación de la represión provocaba estas demoras, que en numerosas ocasiones acabaron con la salud de los procesados. Florentino Hernández Girbal, de treinta y seis años y soltero cuando fue detenido, afrontó las penurias carcelarias en San Antón, Ocaña y Alcalá de Henares gracias a amigos como Diego San José, Agapito Marazuela, Ángel M.ª de Lera y Miguel Hernández.

El periodista carecía de antecedentes penales y la Dirección General de Seguridad remite su informe el 9 de octubre. En el mismo Florentino Hernández Girbal, «siendo de ideología izquierdista», figura como afiliado a la UGT «habiéndose dedicado durante el dominio rojo a la propaganda de izquierdas, incluso por la radio».

Apenas dos días después, llega el preceptivo informe de Falange Española Tradicionalista. Sus responsables ignoran si el periodista había pertenecido a algún partido político, pero afirman que durante la guerra fue el gerente del madrileño cine Fígaro. Tras indagar en el entorno vecinal, los falangistas indican que la familia de Florentino Hernández Girbal «es de derechas y católica», una circunstancia que tal vez evitara la condena a muerte. En cuanto a su comportamiento, «en la casa no se ha metido con nadie y no tienen queja de él».




El 27 de octubre de 1939 tiene lugar la primera declaración del procesado, todavía ante el titular del juzgado número 4 o 12, pues el sumario no aclara esta circunstancia. Florentino Hernández Girbal opta por minimizar sus actividades políticas o propagandísticas confiando en que la información de los militares no las pudiese completar.

El declarante afirma que se afilió a UGT «por necesidad», niega la militancia en algún partido político, reconoce haber sido el gerente de Film Popular limitándose a contratar películas para su distribución y desmiente la posibilidad de su participación en los films propagandísticos, pues desde Barcelona llegaban ya listos para su exhibición en la capital. Preguntado por sus intervenciones radiofónicas, las reconoce, pero vinculándolas con los temas cinematográficos. Por último, señala que fue movilizado en septiembre de 1938 permaneciendo en la comandancia general de Ingenieros y presenta como avalistas al cineasta Juan de Orduña y al perito industrial Francisco Benito Delgado.

Ambos se presentaron poco después en las dependencias militares. El perito señala que su amigo era un propagandista izquierdista, aunque ignora si había cometido delitos. Más gallarda fue la declaración del prestigioso director cinematográfico. Juan de Orduña reconoce su amistad con el procesado y «siempre le ha considerado como una persona de una conducta moral intachable», al tiempo que «le considera incapaz de hacer mal alguno» y persona dispuesta a prestar su ayuda a unas «gentes de derechas» a las que nunca molestó. Otros testimonios presentes en el sumario inciden en esta misma caracterización, pero fueron obviados en el auto resumen y en la sentencia. El límite era admitirlos, por imperativo legal, pero luego desaparecían gracias a la ausencia de abogados defensores o recursos judiciales.

El 15 de noviembre de 1939, el titular del Juzgado Militar de Prensa, Manuel Martínez Gargallo, se hace cargo del sumario sin que conste en la documentación la correspondiente orden del auditor. El traslado parece lógico dada la actividad profesional del procesado, aunque en otras ocasiones similares la instrucción permaneció en juzgados militares no especializados en «la gente de pluma». La primera actuación del juzgado instructor es recabar un informe de su secretario, que figura en el sumario con fecha del 18 de noviembre.

A partir de una información presente en fuentes nunca explicitadas, como sucede siempre, el secretario del Juzgado Militar de Prensa escribe que Florentino Hernández Girbal era un «individuo muy conocido en los medios literarios cinematográficos por sus antiguas ideas comunistas, a cuyo partido se encontraba afiliado». Nadie ha probado esa afiliación al PCE, en cuyo archivo histórico nada figura en relación con el salmantino, pero el secretario añade que el procesado era el responsable de la confiscación de la casa ECE, «que se dedica a la realización de películas católicas». Además, había colaborado en Estampa y Treball con artículos que incitaban a la resistencia armada e insultaban al ejército franquista. Florentino Hernández Girbal también dio conferencias propagandísticas, aparte de ser el gerente de Film Popular, «que se dedicaba a inundar los cinematógrafos de la zona roja de películas rusas y noticiarios hablados en los que se vertían feroces insultos contra el ejército».

El informe del secretario también recoge que el procesado era miembro de la madrileña Junta de Espectáculos y redactor de Mundo Obrero, «valiéndose generalmente de la crítica [cinematográfica] para excitar a la resistencia». Asimismo, formó parte de Altavoz del Frente y fue su delegado en el cine Salamanca. El dato desapareció posteriormente en las actuaciones judiciales porque era falso. El secretario solo supone que Florentino Hernández Girbal estuvo en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, pero afirma con rotundidad su condición de masón sin aportar alguna prueba en este sentido.

A la luz del informe presentado por el secretario del Juzgado Militar de Prensa, el titular del mismo, Manuel Martínez Gargallo, llama de nuevo a declarar al procesado. El 30 de noviembre, Florentino Hernández Girbal reconoció su colaboración en Mundo Obrero y La Voz como crítico teatral y cinematográfico. Asimismo, que fue miembro de la Junta de Espectáculos entre marzo y junio de 1937. También trabajó como gerente de la distribuidora Film Popular desde 1937 hasta el final de la guerra, difundiendo algunas películas propagandísticas. El declarante niega su participación en la Alianza de Intelectuales Antifascistas y, en relación con la masonería, solo reconoce que «por una curiosidad literaria» a principios de 1936 solicitó el ingreso, aunque nunca le contestaron. La curiosidad le salió cara, según veremos más adelante. Por último, Florentino Hernández Girbal reconoce haber dado charlas sobre temas cinematográficos en emisoras de Barcelona y Madrid, así como la autoría de una entrevista periodística a Ernest Hemingway. Sin embargo, niega la participación en la incautación de la distribuidora de películas católicas arriba citada.

Dos días después, Manuel Martínez Gargallo dicta una providencia para completar la instrucción con nuevos testimonios y pruebas, mientras deja en prisión al periodista. Gracias a la labor del secretario judicial, los artículos publicados en Mundo Obrero y Estampa quedan incorporados al sumario, así como la transcripción literal de la entrevista al escritor norteamericano publicada el 23 de octubre de 1937 y una reseña del estreno en el teatro de La Zarzuela de Una tragedia optimista, de Vsevolod V. Vixnievski, que tuvo lugar el 16 de octubre de 1937 en el marco del homenaje a la URSS con motivo del vigésimo aniversario de la revolución soviética. La caracterización del propagandista Florentino Hernández Girbal como responsable del delito de adhesión a la rebelión quedaba así completada.

Las acusaciones se agravaron cuando el acomodador del cine Salamanca, Francisco del Río Martín, el 3 de diciembre declaró que el local fue explotado por Altavoz del Frente, siendo el procesado el responsable de una programación de carácter propagandístico. Por si faltaba algo, la Delegación del Estado para la Recuperación de Documentos informa desde Salamanca al instructor acerca de la localización de una solicitud del periodista, con fecha del 29 de febrero de 1932, para ingresar en la masonería; es decir, cuatro años antes de lo reconocido por un Florentino Hernández Girbal que a estas alturas temería una condena a muerte o, en el mejor de los casos, a treinta años.

El 3 de febrero de 1940, Manuel Martínez Gargallo dicta el auto resumen quedando procesado el periodista salmantino «por estimar plenamente acreditado que este individuo de filiación comunista tuvo, desde los primeros meses de iniciación del Movimiento Nacional, una actividad marcadamente en contra del mismo, formando parte de los organismos oficiales de propaganda al servicio del Gobierno rojo, dando conferencias, escribiendo múltiples artículos en los que se excitaba a la resistencia armada y siendo, además, persona que en la fecha gloriosa del 18 de julio de 1936 tenía solicitado su ingreso en la masonería».

El sesgo ideológico del auto resumen fue plenamente asumido por otro habitual de estos procesos contra periodistas y escritores, el fiscal Ramón de Orbe, que el 14 de febrero pide una condena de treinta años. Al día siguiente, tuvo lugar la vista previa y el consejo de guerra presidido por el comandante Antonio Blázquez, también presente en otros sumarios aquí analizados. Sin añadir una sola coma a lo expuesto en el auto resumen y asumido, como siempre, por la fiscalía, la condena es a treinta años. La notificación al periodista tuvo lugar el 23 de febrero y entonces sabría que la fecha prevista para su salida de la cárcel era el 15 de abril de 1969; es decir, a los sesenta y seis años para que con motivo de su jubilación descubriera el cine en color.

Ante esta perspectiva, la familia de Florentino Hernández Girbal se moviliza. El padre, José Hernández Domínguez, el 23 de febrero escribe al juez para negar los hechos imputados a su hijo. La religiosa Rosalía Guerrero Poveda le califica como «persona de orden» que le ayudó cuando escondió a tres monjas. El perito industrial Francisco Benito Delgado señala que estuvo «dedicado solamente a las actividades cinematográficas», aparte de comportarse siempre con «caballerosidad y exquisita corrección». Por último, el portero José Alberto Puche le avala porque «ha estado dedicado a sus asuntos de cine, guardando siempre una conducta intachable».

Estos avales presentados entre el 19 y el 23 de febrero no impidieron que el 29 de marzo Florentino Hernández Girbal fuera trasladado al temible penal de Ocaña. Desde allí pasaría al de Alcalá de Henares y, fruto de las actuaciones familiares, el 24 de junio de 1941 le conmutaron la pena pasando a ser de doce años y consiguió una temprana libertad el 19 de marzo de 1943, cuando estaba a punto de cumplir el cuarto año como encarcelado por sus actividades cinematográficas en el Madrid de la guerra.



Florentino Hernández Girbal y su esposa María Iglesias Clavero

El periodista sabía que su futuro no podía pasar por el cine. Ni siquiera por las letras, salvo que utilizara un seudónimo como el de Fernando Herce González. Para evitar nuevos problemas, el salmantino se trasladó a Barcelona, donde contraería matrimonio con María Iglesias Clavero montando un modesto negocio de floristería. Sin embargo, fue detenido de nuevo en 1944 y dos años después, aparte del proceso en el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas (CDMH, 75/00846), le juzgaron por masón (CDMH, sumario 97-45). De hecho, hasta 1963 tuvo problemas por aquella «curiosidad literaria».

Florentino Hernández Girbal es uno de los más destacados escritores y periodistas que resultaron procesados durante la Victoria. Su caso merece un extenso estudio, que aparecerá en Al final del trayecto, el cuarto y último volumen dedicado a estos procesos judiciales. Mientras tanto, el tercero, La colmena, ya está en imprenta para su publicación a finales del presente curso o en otoño.

 

 

 

 

 


jueves, 27 de julio de 2023

Dios y «un tal Fernández» en Música de fondo (1936)


Edgar Neville, por entonces republicano y «fino humorista» en compañía de Charles Chaplin, contribuyó al eutrapélico regocijo de sus lectores con la creación de un Dios aburrido porque todos le daban la razón como a un tonto, hasta que el pobre hombre conoció a «un tal Fernández», ateo, con quien recuperó el placer de la controversia. El desenlace del relato incluido en Música de fondo (1936) es paradójico: el tal Fernández inoculó la duda y el ateísmo en el mismísimo ente divino. 


Enrique Jardiel Poncela, en 1932, paseó a su Dios por una geografía reconocible, como los problemas derivados de un contacto que rompe el encanto del más allá. Todo aquello que se puede ver y tocar con facilidad pierde parte de su atractivo. La convivencia, además, desgasta (perdón por el lugar común). La prometida venida a España de Dios y su tournée novelística se convierten en un desencantado desastre cuando Él -sin modificar su apariencia de tipo anodino- entra en contacto con la cotidianidad de quienes lo esperaban, pero con la confianza de que el reino de los cielos quedaba lejos de su barrio. 
No me extraña que estas obras fueran prohibidas durante buena parte del franquismo, a pesar de las palinodias de sus autores. Sin ningún exabrupto y gracias a un notable ingenio, lanzan una carga de profundidad de difícil neutralización. La Iglesia católica jamás ha disipado la sospecha de que la omnisciencia y la omnipotencia pueden resultar más aburridas y comprometedoras que las dudas de un tal Fernández. Tal vez por esa razón siempre ha aplazado, sin fecha concreta, una llegada que dejaría en paro a los oficiantes de unos ritos basados en la lejanía de lo desconocido.

El análisis de estas y otras obras relacionadas con quienes han dudado, con humor, acerca de Dios lo podemos encontrar en el siguiente capítulo de La sonrisa del inútil (Alicante, Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2008) ahora disponible en el catálogo del Repositorio de la Universidad de Alicante:

El libro puede adquirirse en:


El preprint del capítulo puede consultarse en:

http://hdl.handle.net/10045/136508
El preprint del libro puede consultarse en:
http://hdl.handle.net/10045/136663

lunes, 27 de marzo de 2023

Una arrolladora simpatía: Edgar Neville



Un catedrático de provincias con una escasa presencia mediática por no colaborar en la prensa lo tiene muy difícil a la hora de publicar sus monografías en una editorial comercial de primer orden, que como empresa privada aspira primordialmente a obtener un beneficio económico sin arriesgar demasiado (o nada). Algún día habrá que hablar con sinceridad acerca de este tema y, sobre todo, de la situación bochornosa de tantos colegas obligados a pagar para editar sus propios libros en unas editoriales que hacen un negocio redondo gracias a las omnipresentes acreditaciones, tan deudoras de unos índices de impacto que convendría revisar y hasta cuestionar.
A pesar de estos problemas, en 2007 tuve la oportunidad de sumarme al catálogo de Ariel, del grupo Planeta, con un libro que culminaba años de estudio dedicados a la atrayente figura de Edgar Neville. Para el título seleccioné una de sus más afortunadas definiciones, «una arrolladora simpatía», y tracé su trayectoria desde la estancia en Hollywood -véase la foto de la portada- hasta el Madrid de la posguerra, pasando por su polémica participación en la Guerra Civil.
El libro está actualmente descatalogado y debe ser adquirido en librerías de viejo, pero cuenta con una edición digital gracias a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes y el Repositorio de la Universidad de Alicante:

 http://hdl.handle.net/10045/21576

martes, 28 de febrero de 2023

Edgar Neville y la comedia de la felicidad


El polifacético y apasionante Edgar Neville es uno de los autores más presentes en mis trabajos académicos. Incluso le dediqué una monografía, Una arrolladora simpatía (2007), centrada en la peculiar trayectoria desde su etapa en Hollywood hasta la vivida en el Madrid de la posguerra. Este conocimiento del autor me permitió afrontar el estudio de sus obras englobadas bajo el concepto genérico de «la comedia de la felicidad». El correspondiente artículo apareció como capítulo en Usted puede ser feliz (2013). El texto de esta versión definitiva ahora puede ser consultado gracias al catálogo del Repositorio de la Universidad de Alicante en el siguiente enlace:

http://hdl.handle.net/10045/132379

lunes, 27 de febrero de 2023

La guerra civil de los humoristas


Los humoristas también fueron a la Guerra Civil. La obviedad habitualmente es ignorada en la mayoría de los estudios sobre la relación entre las armas y las letras durante el conflicto que asoló España desde 1936 hasta 1939. Al margen de otros trabajos acerca de casos concretos como el de Edgar Neville, en el primer capítulo de Usted puede ser feliz. La felicidad en la cultura del franquismo (Barcelona, Ariel, 2013) realizo una valoración global de esta participación de quienes ahora suelen ser conocidos como «los humoristas del 27». El siguiente enlace del Repositorio de la Universidad de Alicante remite a la citada introducción:

http://hdl.handle.net/10045/132339

viernes, 28 de diciembre de 2018

Una arrolladora simpatía y Diego Galán


Titular bien es una necesidad de quien desea publicar. Siempre satisface que alguien como Diego Galán, en El País, comparta uno de mis títulos para un artículo dedicado a un libro excelente de unos buenos amigos. La memoria de Edgar Neville y Conchita Montes creo que está en buenas manos:

https://elpais.com/cultura/2018/12/27/actualidad/1545870085_934689.html

sábado, 16 de septiembre de 2017

Diego Galán y Edgar Neville




No todos los días alguien tan admirado como el cinéfilo Diego Galán se acuerda de uno de mis libros en El País, el dedicado a Edgar Neville en 2007:

sábado, 26 de febrero de 2011

El autor de un blog se enfada con mi libro sobre Edgar Neville



No todas las reseñas pueden ser positivas. La discrepancia es lógica en estas materias. No obstante, vistas las críticas que provienen de un sector bastante caracterizado del espectro ideológico, me reafirmo en mis conclusiones y os paso el correspondiente enlace para contrastar lo escrito en mi libro con las críticas aparecidas en un blog: