El paso por Hollywood en
calidad de corresponsal de prensa, como hiciera Baltasar Fernández Cue, o el
interés periodístico por aquellos españoles capaces de trabajar en la Meca del
cine no contribuyeron a evitar la represión de la Victoria. Al contrario, para
los vencedores estas muestras de la modernidad eran motivos de sospecha por las
simpatías republicanas de algunas estrellas norteamericanas o, en el mejor de
los casos, de indiferencia. Al fin y al cabo, los oficiales de la jurisdicción
militar actuaban con un criterio mecanicista donde esas circunstancias del
pasado nunca figuraban en la lista de las acusaciones porque relativizan o
hacen inverosímil la imagen del procesado como responsable de una adhesión a la
rebelión militar.
Florentino Hernández
Girbal (1902-2002) tuvo la oportunidad de marchar a California como su colega
Baltasar Fernández Cue, pero prefirió no correr esa aventura de la mano de su
amigo Edgar Neville. Otras le esperaban en Madrid. Sin embargo, gracias a ser
un periodista dedicado a los temas cinematográficos entrevistó a los españoles
que respondieron a la llamada de Hollywood durante los inicios del sonoro. El
conjunto de aquellas entrevistas publicadas en Cinegramas ahora es
accesible por la labor de varios historiadores del cine, que han tenido en el
salmantino una referencia para conocer la evolución de la cinematografía
durante el período republicano. También para abordar otros temas relacionados
con la música, el teatro o la historia, puesto que Florentino Hernández Girbal
fue polifacético y prolífico como autor.
La bibliografía sobre su
trayectoria, sin embargo, ignora que el periodista cinematográfico coincidió
con su colega Baltasar Fernández Cue en el Juzgado Militar de Prensa. La razón
es sencilla: hasta ahora nadie ha consultado el sumario 3613 depositado en el
AGHD, donde esa documentación ha permanecido hasta hace poco sin figurar en el
catálogo por un comprensible error. Una vez subsanado gracias al personal del
archivo, que se puso en contacto conmigo para comunicármelo, ya podemos conocer
los pormenores del proceso que desembocó en una condena a treinta años.
El 16 de abril de 1939,
los agentes del SIPM Eduardo Belascoin y Nicolás Cirisa denunciaron a
Florentino Hernández Girbal ante las autoridades militares porque, gracias a
«las gestiones por ellos practicadas», supieron que era «uno de los mayores
propagandistas de los rojos en Madrid». Aparte de facilitar su localización
para la inmediata detención, señalan que era el responsable de Popular Films,
una distribuidora dedicada a la propaganda soviética. Su tarea, según los
agentes, iba más allá de la distribución, pues también le acusan de incorporar
a las películas «los comentarios más canallescos y antinacionales», que el
denunciado habría repetido en sus intervenciones radiofónicas.
Los agentes aportan los
nombres del periodista Roque Sanz y del escritor Luis Gómez Mesa como
referencias para ampliar su denuncia. Los militares nunca les consultaron
porque ni siquiera les localizaron, a pesar de trabajar ambos en Madrid. No
obstante, el mismo 16 de abril Florentino Hernández Girbal fue detenido en el
domicilio paterno de la calle Trafalgar e ingresó en el establecimiento
penitenciario de Porlier.
Allí permaneció en unas
condiciones infrahumanas hasta que los juzgados permanentes número 4 y 12
realizaron las primeras actuaciones para instruir el sumario ordenado por el
auditor Ángel Manzaneque Feltrer el 19 de abril de 1939. La masificación de la represión
provocaba estas demoras, que en numerosas ocasiones acabaron con la salud de
los procesados. Florentino Hernández Girbal, de treinta y seis años y soltero
cuando fue detenido, afrontó las penurias carcelarias en San Antón, Ocaña y
Alcalá de Henares gracias a amigos como Diego San José, Agapito Marazuela,
Ángel M.ª de Lera y Miguel Hernández.
El periodista carecía de
antecedentes penales y la Dirección General de Seguridad remite su informe el 9
de octubre. En el mismo Florentino Hernández Girbal, «siendo de ideología
izquierdista», figura como afiliado a la UGT «habiéndose dedicado durante el
dominio rojo a la propaganda de izquierdas, incluso por la radio».
Apenas dos días después,
llega el preceptivo informe de Falange Española Tradicionalista. Sus
responsables ignoran si el periodista había pertenecido a algún partido
político, pero afirman que durante la guerra fue el gerente del madrileño cine
Fígaro. Tras indagar en el entorno vecinal, los falangistas indican que la
familia de Florentino Hernández Girbal «es de derechas y católica», una
circunstancia que tal vez evitara la condena a muerte. En cuanto a su
comportamiento, «en la casa no se ha metido con nadie y no tienen queja de él».
El 27 de octubre de 1939
tiene lugar la primera declaración del procesado, todavía ante el titular del
juzgado número 4 o 12, pues el sumario no aclara esta circunstancia. Florentino
Hernández Girbal opta por minimizar sus actividades políticas o propagandísticas
confiando en que la información de los militares no las pudiese completar.
El declarante afirma que
se afilió a UGT «por necesidad», niega la militancia en algún partido político,
reconoce haber sido el gerente de Film Popular limitándose a contratar
películas para su distribución y desmiente la posibilidad de su participación en
los films propagandísticos, pues desde Barcelona llegaban ya listos para su
exhibición en la capital. Preguntado por sus intervenciones radiofónicas, las
reconoce, pero vinculándolas con los temas cinematográficos. Por último, señala
que fue movilizado en septiembre de 1938 permaneciendo en la comandancia
general de Ingenieros y presenta como avalistas al cineasta Juan de Orduña y al
perito industrial Francisco Benito Delgado.
Ambos se presentaron poco
después en las dependencias militares. El perito señala que su amigo era un
propagandista izquierdista, aunque ignora si había cometido delitos. Más
gallarda fue la declaración del prestigioso director cinematográfico. Juan de Orduña
reconoce su amistad con el procesado y «siempre le ha considerado como una
persona de una conducta moral intachable», al tiempo que «le considera incapaz
de hacer mal alguno» y persona dispuesta a prestar su ayuda a unas «gentes de
derechas» a las que nunca molestó. Otros testimonios presentes en el sumario
inciden en esta misma caracterización, pero fueron obviados en el auto resumen
y en la sentencia. El límite era admitirlos, por imperativo legal, pero luego
desaparecían gracias a la ausencia de abogados defensores o recursos
judiciales.
El 15 de noviembre de
1939, el titular del Juzgado Militar de Prensa, Manuel Martínez Gargallo, se
hace cargo del sumario sin que conste en la documentación la correspondiente
orden del auditor. El traslado parece lógico dada la actividad profesional del
procesado, aunque en otras ocasiones similares la instrucción permaneció en
juzgados militares no especializados en «la gente de pluma». La primera
actuación del juzgado instructor es recabar un informe de su secretario, que
figura en el sumario con fecha del 18 de noviembre.
A partir de una
información presente en fuentes nunca explicitadas, como sucede siempre, el
secretario del Juzgado Militar de Prensa escribe que Florentino Hernández
Girbal era un «individuo muy conocido en los medios literarios cinematográficos
por sus antiguas ideas comunistas, a cuyo partido se encontraba afiliado».
Nadie ha probado esa afiliación al PCE, en cuyo archivo histórico nada figura
en relación con el salmantino, pero el secretario añade que el procesado era el
responsable de la confiscación de la casa ECE, «que se dedica a la realización
de películas católicas». Además, había colaborado en Estampa y Treball
con artículos que incitaban a la resistencia armada e insultaban al
ejército franquista. Florentino Hernández Girbal también dio conferencias
propagandísticas, aparte de ser el gerente de Film Popular, «que se dedicaba a
inundar los cinematógrafos de la zona roja de películas rusas y noticiarios
hablados en los que se vertían feroces insultos contra el ejército».
El informe del secretario
también recoge que el procesado era miembro de la madrileña Junta de
Espectáculos y redactor de Mundo Obrero, «valiéndose generalmente de la
crítica [cinematográfica] para excitar a la resistencia». Asimismo, formó parte
de Altavoz del Frente y fue su delegado en el cine Salamanca. El dato
desapareció posteriormente en las actuaciones judiciales porque era falso. El
secretario solo supone que Florentino Hernández Girbal estuvo en la Alianza de
Intelectuales Antifascistas, pero afirma con rotundidad su condición de masón
sin aportar alguna prueba en este sentido.
A la luz del informe
presentado por el secretario del Juzgado Militar de Prensa, el titular del
mismo, Manuel Martínez Gargallo, llama de nuevo a declarar al procesado. El 30
de noviembre, Florentino Hernández Girbal reconoció su colaboración en Mundo
Obrero y La Voz como crítico teatral y cinematográfico. Asimismo,
que fue miembro de la Junta de Espectáculos entre marzo y junio de 1937.
También trabajó como gerente de la distribuidora Film Popular desde 1937 hasta
el final de la guerra, difundiendo algunas películas propagandísticas. El
declarante niega su participación en la Alianza de Intelectuales Antifascistas
y, en relación con la masonería, solo reconoce que «por una curiosidad
literaria» a principios de 1936 solicitó el ingreso, aunque nunca le contestaron.
La curiosidad le salió cara, según veremos más adelante. Por último, Florentino
Hernández Girbal reconoce haber dado charlas sobre temas cinematográficos en
emisoras de Barcelona y Madrid, así como la autoría de una entrevista
periodística a Ernest Hemingway. Sin embargo, niega la participación en la
incautación de la distribuidora de películas católicas arriba citada.
Dos días después, Manuel
Martínez Gargallo dicta una providencia para completar la instrucción con
nuevos testimonios y pruebas, mientras deja en prisión al periodista. Gracias a
la labor del secretario judicial, los artículos publicados en Mundo Obrero y
Estampa quedan incorporados al sumario, así como la transcripción
literal de la entrevista al escritor norteamericano publicada el 23 de octubre
de 1937 y una reseña del estreno en el teatro de La Zarzuela de Una tragedia
optimista, de Vsevolod V. Vixnievski, que tuvo lugar el 16 de octubre de
1937 en el marco del homenaje a la URSS con motivo del vigésimo aniversario de
la revolución soviética. La caracterización del propagandista Florentino
Hernández Girbal como responsable del delito de adhesión a la rebelión quedaba
así completada.
Las acusaciones se
agravaron cuando el acomodador del cine Salamanca, Francisco del Río Martín, el
3 de diciembre declaró que el local fue explotado por Altavoz del Frente,
siendo el procesado el responsable de una programación de carácter
propagandístico. Por si faltaba algo, la Delegación del Estado para la
Recuperación de Documentos informa desde Salamanca al instructor acerca de la
localización de una solicitud del periodista, con fecha del 29 de febrero de
1932, para ingresar en la masonería; es decir, cuatro años antes de lo
reconocido por un Florentino Hernández Girbal que a estas alturas temería una
condena a muerte o, en el mejor de los casos, a treinta años.
El 3 de febrero de 1940,
Manuel Martínez Gargallo dicta el auto resumen quedando procesado el periodista
salmantino «por estimar plenamente acreditado que este individuo de filiación
comunista tuvo, desde los primeros meses de iniciación del Movimiento Nacional,
una actividad marcadamente en contra del mismo, formando parte de los
organismos oficiales de propaganda al servicio del Gobierno rojo, dando
conferencias, escribiendo múltiples artículos en los que se excitaba a la
resistencia armada y siendo, además, persona que en la fecha gloriosa del 18 de
julio de 1936 tenía solicitado su ingreso en la masonería».
El sesgo ideológico del
auto resumen fue plenamente asumido por otro habitual de estos procesos contra
periodistas y escritores, el fiscal Ramón de Orbe, que el 14 de febrero pide
una condena de treinta años. Al día siguiente, tuvo lugar la vista previa y el
consejo de guerra presidido por el comandante Antonio Blázquez, también
presente en otros sumarios aquí analizados. Sin añadir una sola coma a lo
expuesto en el auto resumen y asumido, como siempre, por la fiscalía, la
condena es a treinta años. La notificación al periodista tuvo lugar el 23 de
febrero y entonces sabría que la fecha prevista para su salida de la cárcel era
el 15 de abril de 1969; es decir, a los sesenta y seis años para que con motivo
de su jubilación descubriera el cine en color.
Ante esta perspectiva, la
familia de Florentino Hernández Girbal se moviliza. El padre, José Hernández
Domínguez, el 23 de febrero escribe al juez para negar los hechos imputados a
su hijo. La religiosa Rosalía Guerrero Poveda le califica como «persona de
orden» que le ayudó cuando escondió a tres monjas. El perito industrial
Francisco Benito Delgado señala que estuvo «dedicado solamente a las
actividades cinematográficas», aparte de comportarse siempre con
«caballerosidad y exquisita corrección». Por último, el portero José Alberto
Puche le avala porque «ha estado dedicado a sus asuntos de cine, guardando
siempre una conducta intachable».
Estos avales presentados
entre el 19 y el 23 de febrero no impidieron que el 29 de marzo Florentino
Hernández Girbal fuera trasladado al temible penal de Ocaña. Desde allí pasaría
al de Alcalá de Henares y, fruto de las actuaciones familiares, el 24 de junio
de 1941 le conmutaron la pena pasando a ser de doce años y consiguió una
temprana libertad el 19 de marzo de 1943, cuando estaba a punto de cumplir el
cuarto año como encarcelado por sus actividades cinematográficas en el Madrid
de la guerra.
El periodista sabía que
su futuro no podía pasar por el cine. Ni siquiera por las letras, salvo que
utilizara un seudónimo como el de Fernando Herce González. Para evitar nuevos
problemas, el salmantino se trasladó a Barcelona, donde contraería matrimonio
con María Iglesias Clavero montando un modesto negocio de floristería. Sin
embargo, fue detenido de nuevo en 1944 y dos años después, aparte del proceso
en el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas (CDMH, 75/00846), le
juzgaron por masón (CDMH, sumario 97-45). De hecho, hasta 1963 tuvo problemas
por aquella «curiosidad literaria».
Florentino Hernández
Girbal es uno de los más destacados escritores y periodistas que resultaron
procesados durante la Victoria. Su caso merece un extenso estudio, que
aparecerá en Al final del trayecto, el cuarto y último volumen dedicado
a estos procesos judiciales. Mientras tanto, el tercero, La colmena, ya
está en imprenta para su publicación a finales del presente curso o en otoño.
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