miércoles, 4 de febrero de 2026

Las funciones del teatro. H.ª del Teatro del Siglo de Oro (11)


 La Joven CNTC en La dama boba

Las funciones del teatro, tal y como aparecen en el primer tema de los apuntes de la asignatura de Historia del Teatro del Siglo de Oro (ff. 35-36), son múltiples, diversas y nunca excluyentes entre sí, pues varias de ellas pueden coincidir en una misma representación. Al igual que ocurre con los trece sistemas de signos cuya presencia es verificable en una puesta en escena (ff. 11-17), hablamos de una gama de posibilidades, con independencia de que una o varias de las funciones se concreten en un caso determinado.

De acuerdo con los citados apuntes, podemos establecer una función crítica, una renovadora o transformadora y otra de reflexión. La catártica y la estimulante se suman a las de diversión, evasión y entretenimiento. Asimismo, cabe recordar las funciones de creación o difusión de valores y modelos sociales, además de la biológica, la terapéutica y la revitalizante y, finalmente, la comunicativa.

Estas funciones, con independencia de su concreción histórica en un determinado marco espacial, aparecen desarrolladas con diferentes matices en cualquier manual dedicado a la teoría del teatro. No obstante, y de cara a una más fácil comprensión o memorización, podemos agruparlas en cuatro presentes en las preceptivas teatrales y que responden a otros tantos infinitivos latinos: movere, conmovere, docere y delectare.

La comprensión de la teoría teatral siempre debe estar basada en una reflexión sobre nuestra experiencia como espectadores. Si nos planteamos las posibles funciones del teatro, antes debemos preguntarnos por nuestras expectativas más allá de lo anecdótico o circunstancial cuando asistimos a una representación. El efectivo cumplimiento de las funciones suele satisfacer las expectativas creadas cuando asistimos al teatro.

Al pagar por una entrada, nuestro primer deseo es que a cambio del dinero desembolsado podamos divertirnos o entretenernos durante la representación. Ambos verbos en español carecen del debido prestigio cultural, a diferencia de lo que sucede en otros idiomas, pero resumen el propósito básico de cualquier espectador.

La diversión o el entretenimiento no presupone necesariamente la existencia de una obra cómica u humorística. También podemos disfrutar con una representación que nos atraiga o interese desde el principio hasta el final, con independencia del género en el cual se incluya (drama, tragedia, comedia…). La primera obligación de los artífices de la representación es mantener la atención del público, que nos olvidemos de nuestras propias circunstancias como parte del mismo, y que esa respuesta permita el consiguiente disfrute.

Si la representación no cumple con el delectare, cualquier otra función teatral resulta inviable porque se ha roto el doble sistema de comunicación que caracteriza al teatro (ff. 18-19). Un espectador aburrido, distraído o desinteresado es incapaz de responder a cualquier estímulo relacionado con las demás funciones agrupadas en el conmovere, el docere y el movere. Por lo tanto, la primera es la base imprescindible para las otras tres y debemos revalorizar el término del entretenimiento, o la diversión, no vinculándolo exclusivamente con la respuesta a una obra de carácter cómico.

El teatro, al igual que cualquier manifestación creativa, puede responder a la función del docere porque es capaz de transmitirnos información o conocimiento y, además, hacerlo de una manera entretenida gracias a los recursos empleados para responder a la función del delectare.

Nosotros en tanto que individuos aprendemos mediante la observación, la experiencia, el estudio…, pero también como parte de un público que asiste a una representación teatral. En el caso concreto de las seis obras vistas a lo largo del curso, aprendemos acerca de circunstancias históricas y sociales, valores e ideas de la época en que fueron concebidas, historias de la tradición cultural, leyendas, manifestaciones folklóricas, costumbres… El resultado enriquece nuestro bagaje de conocimientos mediante un aprendizaje satisfactorio que apenas supone un esfuerzo más allá de prestar atención para disfrutar.



La dama duende

Dado que las seis obras seleccionadas responden a la concepción azoriniana de los clásicos, este conocimiento derivado de las mismas guarda relación con nuestro presente. De manera casi inevitable, observaremos comportamientos, reacciones, sentimientos, emociones, reflexiones, discusiones… que en origen responden a un marco cultural alejado en el tiempo, el Siglo de Oro, pero que en lo fundamental mantienen su vigencia en el actual.

El requisito para enriquecer nuestro conocimiento o bagaje cultural con este docere es mantener una actitud reflexiva y crítica capaz de prescindir de lo circunstancial, aquello que solo forma parte de un determinado marco histórico o cultural, y centrar nuestra atención en lo fundamental o vigente por encima de los cambios derivados del paso del tiempo.

Así, cuando veamos, por ejemplo, una discusión sobre los efectos del amor como la planteada dramáticamente en La dama boba a partir del neoplatonismo, prescindiremos de algunos detalles que enmarcan la obra de Lope de Vega en la cultura del siglo XVII y buscaremos lo sustancial de esa discusión, que por su naturaleza universal todavía nos afecta como individuos del siglo XXI.

A pesar de que todo el teatro se representa en presente y ante un público coetáneo, con independencia de la fecha del texto original, el docere no debe limitarse a lo susceptible de interesarnos de cara a nuestro propio mundo. Frente a una cultura demasiado deudora del inmediato presente, una circunstancia que supone una verdadera limitación intelectual, una ficción como la teatral del siglo XVII nos invita a transgredir los límites de nuestra experiencia y a sumergirnos, aunque solo sea por curiosidad, en otra época. El docere no es una función que deba estar vinculada con la utilidad práctica del conocimiento. También permite que el mismo sea un correlato de una curiosidad intelectual desprovista de objetivos utilitaristas.

A lo largo del curso y como espectadores tenemos la oportunidad de conmovernos ante situaciones injustas o violentas como las representadas, por ejemplo, en El alcalde de Zalamea o Fuenteovejuna con un notable dramatismo. Vamos a ver auténticos abusos de un poder tiránico, violaciones de mujeres que nos recuerdan la existencia de la violencia de género en cualquier período del pasado, colectivos torturados por no someterse a una injusticia… y un conjunto de circunstancias que provocan la conmoción de un público dotado de un mínimo de sensibilidad.

Este conmovere refuerza nuestra participación, aunque solo sea anímica, en la representación y suele suponer el estímulo dramático o emocional para dar paso a la función crítica que sustenta el movere. Nosotros sentimos una conmoción, por ejemplo, ante el destino injusto y fatal del protagonista de El caballero de Olmedo de Lope de Vega. El trágico desenlace de la tragedia nos mueve a que, como ciudadanos, rechacemos comportamientos similares a los encarnados en quienes le asesinan por odio, celos, envidia y hasta una xenofobia muy localista. Es decir, sintamos la necesidad del movere.

Una representación completa el circuito de las funciones teatrales si nos deleita con el conjunto de las acciones y los protagonistas, nos enseña acerca de lo visto en el escenario, nos conmueve hasta el punto de hacernos participar más intensamente en el acto comunicativo que supone toda representación y, además, cuando salimos de la misma somos otros individuos algo mejores. Fundamentalmente, porque estamos satisfechos después de haber culminado nuestro deseo de entretenimiento, hemos aprendido acerca de lo que nos afecta o interesa y nos sentimos proclives a dar una respuesta, estimulada por lo representado, que sea capaz de ir más allá de un tiempo de ficción teatral.

Las seis obras seleccionadas en el programa de la asignatura completan este circuito porque, en diferentes proporciones, responden a las cuatro funciones expuestas con la utilización de los correspondientes infinitivos latinos. El delectare cobrará mayor protagonismo en La dama boba y La dama duende, dos comedias repletas de divertidas peripecias que buscan la sonrisa del espectador. El docere lo subrayaremos en un drama como El alcalde de Zalamea, de Calderón, que tanto nos enseña acerca de las relaciones entre los diferentes grupos sociales de la época y de los mismos con respecto a la monarquía absolutista. El conmovere cobrará un protagonismo especial ante el destino fatal de un protagonista, la violencia de un tirano y las injusticias representadas en El caballero de Olmedo y Fuenteovejuna. Finalmente, el movere será la consecuencia de una reflexión crítica que, por ejemplo, nos permita percibir la existencia en nuestra realidad cotidiana de «retablos de las maravillas» similares en lo fundamental al recreado en el homónimo entremés de Cervantes.

La prevalencia de una función teatral no supone necesariamente la desaparición de las demás. Las obras, según los géneros en que se encuadran, buscarán distintas prevalencias en las funciones, pero sin desechar por completo aquellas que puedan quedar relativamente relegadas. De ahí que, al iniciar nuestro acercamiento crítico a cada una de las seis vistas en el curso, debamos partir de los cuatro infinitivos latinos para valorar la presencia de las respectivas funciones y así empezar a caracterizar las obras para comprenderlas mejor. También para entretenernos con mayor fundamento.

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