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sábado, 14 de febrero de 2026

Hollywood en el penal de Ocaña: el sumario de Florentino Hernández Girbal


 Florentino Hernández Girbal

El paso por Hollywood en calidad de corresponsal de prensa, como hiciera Baltasar Fernández Cue, o el interés periodístico por aquellos españoles capaces de trabajar en la Meca del cine no contribuyeron a evitar la represión de la Victoria. Al contrario, para los vencedores estas muestras de la modernidad eran motivos de sospecha por las simpatías republicanas de algunas estrellas norteamericanas o, en el mejor de los casos, de indiferencia. Al fin y al cabo, los oficiales de la jurisdicción militar actuaban con un criterio mecanicista donde esas circunstancias del pasado nunca figuraban en la lista de las acusaciones porque relativizan o hacen inverosímil la imagen del procesado como responsable de una adhesión a la rebelión militar.

Florentino Hernández Girbal (1902-2002) tuvo la oportunidad de marchar a California como su colega Baltasar Fernández Cue, pero prefirió no correr esa aventura de la mano de su amigo Edgar Neville. Otras le esperaban en Madrid. Sin embargo, gracias a ser un periodista dedicado a los temas cinematográficos entrevistó a los españoles que respondieron a la llamada de Hollywood durante los inicios del sonoro. El conjunto de aquellas entrevistas publicadas en Cinegramas ahora es accesible por la labor de varios historiadores del cine, que han tenido en el salmantino una referencia para conocer la evolución de la cinematografía durante el período republicano. También para abordar otros temas relacionados con la música, el teatro o la historia, puesto que Florentino Hernández Girbal fue polifacético y prolífico como autor.

La bibliografía sobre su trayectoria, sin embargo, ignora que el periodista cinematográfico coincidió con su colega Baltasar Fernández Cue en el Juzgado Militar de Prensa. La razón es sencilla: hasta ahora nadie ha consultado el sumario 3613 depositado en el AGHD, donde esa documentación ha permanecido hasta hace poco sin figurar en el catálogo por un comprensible error. Una vez subsanado gracias al personal del archivo, que se puso en contacto conmigo para comunicármelo, ya podemos conocer los pormenores del proceso que desembocó en una condena a treinta años.

El 16 de abril de 1939, los agentes del SIPM Eduardo Belascoain y Nicolás Ciriza denunciaron a Florentino Hernández Girbal ante las autoridades militares porque, gracias a «las gestiones por ellos practicadas», supieron que era «uno de los mayores propagandistas de los rojos en Madrid». Aparte de facilitar su localización para la inmediata detención, señalan que era el responsable de Popular Films, una distribuidora dedicada a la propaganda soviética. Su tarea, según los agentes, iba más allá de la distribución, pues también le acusan de incorporar a las películas «los comentarios más canallescos y antinacionales», que el denunciado habría repetido en sus intervenciones radiofónicas.

Los agentes aportan los nombres del periodista Roque Sanz y del escritor Luis Gómez Mesa como referencias para ampliar su denuncia. Los militares nunca les consultaron porque ni siquiera les localizaron, a pesar de trabajar ambos en Madrid. No obstante, el mismo 16 de abril Florentino Hernández Girbal fue detenido en el domicilio paterno de la calle Trafalgar e ingresó en el establecimiento penitenciario de Porlier.

Allí permaneció en unas condiciones infrahumanas hasta que los juzgados permanentes número 4 y 12 realizaron las primeras actuaciones para instruir el sumario ordenado por el auditor Ángel Manzaneque Feltrer el 19 de abril de 1939. La masificación de la represión provocaba estas demoras, que en numerosas ocasiones acabaron con la salud de los procesados. Florentino Hernández Girbal, de treinta y seis años y soltero cuando fue detenido, afrontó las penurias carcelarias en San Antón, Ocaña y Alcalá de Henares gracias a amigos como Diego San José, Agapito Marazuela, Ángel M.ª de Lera y Miguel Hernández.

El periodista carecía de antecedentes penales y la Dirección General de Seguridad remite su informe el 9 de octubre. En el mismo Florentino Hernández Girbal, «siendo de ideología izquierdista», figura como afiliado a la UGT «habiéndose dedicado durante el dominio rojo a la propaganda de izquierdas, incluso por la radio».

Apenas dos días después, llega el preceptivo informe de Falange Española Tradicionalista. Sus responsables ignoran si el periodista había pertenecido a algún partido político, pero afirman que durante la guerra fue el gerente del madrileño cine Fígaro. Tras indagar en el entorno vecinal, los falangistas indican que la familia de Florentino Hernández Girbal «es de derechas y católica», una circunstancia que tal vez evitara la condena a muerte. En cuanto a su comportamiento, «en la casa no se ha metido con nadie y no tienen queja de él».




El 27 de octubre de 1939 tiene lugar la primera declaración del procesado, todavía ante el titular del juzgado número 4 o 12, pues el sumario no aclara esta circunstancia. Florentino Hernández Girbal opta por minimizar sus actividades políticas o propagandísticas confiando en que la información de los militares no las pudiese completar.

El declarante afirma que se afilió a UGT «por necesidad», niega la militancia en algún partido político, reconoce haber sido el gerente de Film Popular limitándose a contratar películas para su distribución y desmiente la posibilidad de su participación en los films propagandísticos, pues desde Barcelona llegaban ya listos para su exhibición en la capital. Preguntado por sus intervenciones radiofónicas, las reconoce, pero vinculándolas con los temas cinematográficos. Por último, señala que fue movilizado en septiembre de 1938 permaneciendo en la comandancia general de Ingenieros y presenta como avalistas al cineasta Juan de Orduña y al perito industrial Francisco Benito Delgado.

Ambos se presentaron poco después en las dependencias militares. El perito señala que su amigo era un propagandista izquierdista, aunque ignora si había cometido delitos. Más gallarda fue la declaración del prestigioso director cinematográfico. Juan de Orduña reconoce su amistad con el procesado y «siempre le ha considerado como una persona de una conducta moral intachable», al tiempo que «le considera incapaz de hacer mal alguno» y persona dispuesta a prestar su ayuda a unas «gentes de derechas» a las que nunca molestó. Otros testimonios presentes en el sumario inciden en esta misma caracterización, pero fueron obviados en el auto resumen y en la sentencia. El límite era admitirlos, por imperativo legal, pero luego desaparecían gracias a la ausencia de abogados defensores o recursos judiciales.

El 15 de noviembre de 1939, el titular del Juzgado Militar de Prensa, Manuel Martínez Gargallo, se hace cargo del sumario sin que conste en la documentación la correspondiente orden del auditor. El traslado parece lógico dada la actividad profesional del procesado, aunque en otras ocasiones similares la instrucción permaneció en juzgados militares no especializados en «la gente de pluma». La primera actuación del juzgado instructor es recabar un informe de su secretario, que figura en el sumario con fecha del 18 de noviembre.

A partir de una información presente en fuentes nunca explicitadas, como sucede siempre, el secretario del Juzgado Militar de Prensa escribe que Florentino Hernández Girbal era un «individuo muy conocido en los medios literarios cinematográficos por sus antiguas ideas comunistas, a cuyo partido se encontraba afiliado». Nadie ha probado esa afiliación al PCE, en cuyo archivo histórico nada figura en relación con el salmantino, pero el secretario añade que el procesado era el responsable de la confiscación de la casa ECE, «que se dedica a la realización de películas católicas». Además, había colaborado en Estampa y Treball con artículos que incitaban a la resistencia armada e insultaban al ejército franquista. Florentino Hernández Girbal también dio conferencias propagandísticas, aparte de ser el gerente de Film Popular, «que se dedicaba a inundar los cinematógrafos de la zona roja de películas rusas y noticiarios hablados en los que se vertían feroces insultos contra el ejército».

El informe del secretario también recoge que el procesado era miembro de la madrileña Junta de Espectáculos y redactor de Mundo Obrero, «valiéndose generalmente de la crítica [cinematográfica] para excitar a la resistencia». Asimismo, formó parte de Altavoz del Frente y fue su delegado en el cine Salamanca. El dato desapareció posteriormente en las actuaciones judiciales porque era falso. El secretario solo supone que Florentino Hernández Girbal estuvo en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, pero afirma con rotundidad su condición de masón sin aportar alguna prueba en este sentido.

A la luz del informe presentado por el secretario del Juzgado Militar de Prensa, el titular del mismo, Manuel Martínez Gargallo, llama de nuevo a declarar al procesado. El 30 de noviembre, Florentino Hernández Girbal reconoció su colaboración en Mundo Obrero y La Voz como crítico teatral y cinematográfico. Asimismo, que fue miembro de la Junta de Espectáculos entre marzo y junio de 1937. También trabajó como gerente de la distribuidora Film Popular desde 1937 hasta el final de la guerra, difundiendo algunas películas propagandísticas. El declarante niega su participación en la Alianza de Intelectuales Antifascistas y, en relación con la masonería, solo reconoce que «por una curiosidad literaria» a principios de 1936 solicitó el ingreso, aunque nunca le contestaron. La curiosidad le salió cara, según veremos más adelante. Por último, Florentino Hernández Girbal reconoce haber dado charlas sobre temas cinematográficos en emisoras de Barcelona y Madrid, así como la autoría de una entrevista periodística a Ernest Hemingway. Sin embargo, niega la participación en la incautación de la distribuidora de películas católicas arriba citada.

Dos días después, Manuel Martínez Gargallo dicta una providencia para completar la instrucción con nuevos testimonios y pruebas, mientras deja en prisión al periodista. Gracias a la labor del secretario judicial, los artículos publicados en Mundo Obrero y Estampa quedan incorporados al sumario, así como la transcripción literal de la entrevista al escritor norteamericano publicada el 23 de octubre de 1937 y una reseña del estreno en el teatro de La Zarzuela de Una tragedia optimista, de Vsevolod V. Vixnievski, que tuvo lugar el 16 de octubre de 1937 en el marco del homenaje a la URSS con motivo del vigésimo aniversario de la revolución soviética. La caracterización del propagandista Florentino Hernández Girbal como responsable del delito de adhesión a la rebelión quedaba así completada.

Las acusaciones se agravaron cuando el acomodador del cine Salamanca, Francisco del Río Martín, el 3 de diciembre declaró que el local fue explotado por Altavoz del Frente, siendo el procesado el responsable de una programación de carácter propagandístico. Por si faltaba algo, la Delegación del Estado para la Recuperación de Documentos informa desde Salamanca al instructor acerca de la localización de una solicitud del periodista, con fecha del 29 de febrero de 1932, para ingresar en la masonería; es decir, cuatro años antes de lo reconocido por un Florentino Hernández Girbal que a estas alturas temería una condena a muerte o, en el mejor de los casos, a treinta años.

El 3 de febrero de 1940, Manuel Martínez Gargallo dicta el auto resumen quedando procesado el periodista salmantino «por estimar plenamente acreditado que este individuo de filiación comunista tuvo, desde los primeros meses de iniciación del Movimiento Nacional, una actividad marcadamente en contra del mismo, formando parte de los organismos oficiales de propaganda al servicio del Gobierno rojo, dando conferencias, escribiendo múltiples artículos en los que se excitaba a la resistencia armada y siendo, además, persona que en la fecha gloriosa del 18 de julio de 1936 tenía solicitado su ingreso en la masonería».

El sesgo ideológico del auto resumen fue plenamente asumido por otro habitual de estos procesos contra periodistas y escritores, el fiscal Ramón de Orbe, que el 14 de febrero pide una condena de treinta años. Al día siguiente, tuvo lugar la vista previa y el consejo de guerra presidido por el comandante Antonio Blázquez, también presente en otros sumarios aquí analizados. Sin añadir una sola coma a lo expuesto en el auto resumen y asumido, como siempre, por la fiscalía, la condena es a treinta años. La notificación al periodista tuvo lugar el 23 de febrero y entonces sabría que la fecha prevista para su salida de la cárcel era el 15 de abril de 1969; es decir, a los sesenta y seis años para que con motivo de su jubilación descubriera el cine en color.

Ante esta perspectiva, la familia de Florentino Hernández Girbal se moviliza. El padre, José Hernández Domínguez, el 23 de febrero escribe al juez para negar los hechos imputados a su hijo. La religiosa Rosalía Guerrero Poveda le califica como «persona de orden» que le ayudó cuando escondió a tres monjas. El perito industrial Francisco Benito Delgado señala que estuvo «dedicado solamente a las actividades cinematográficas», aparte de comportarse siempre con «caballerosidad y exquisita corrección». Por último, el portero José Alberto Puche le avala porque «ha estado dedicado a sus asuntos de cine, guardando siempre una conducta intachable».

Estos avales presentados entre el 19 y el 23 de febrero no impidieron que el 29 de marzo Florentino Hernández Girbal fuera trasladado al temible penal de Ocaña. Desde allí pasaría al de Alcalá de Henares y, fruto de las actuaciones familiares, el 24 de junio de 1941 le conmutaron la pena pasando a ser de doce años y consiguió una temprana libertad el 19 de marzo de 1943, cuando estaba a punto de cumplir el cuarto año como encarcelado por sus actividades cinematográficas en el Madrid de la guerra.



Florentino Hernández Girbal y su esposa María Iglesias Clavero

El periodista sabía que su futuro no podía pasar por el cine. Ni siquiera por las letras, salvo que utilizara un seudónimo como el de Fernando Herce González. Para evitar nuevos problemas, el salmantino se trasladó a Barcelona, donde contraería matrimonio con María Iglesias Clavero montando un modesto negocio de floristería. Sin embargo, fue detenido de nuevo en 1944 y dos años después, aparte del proceso en el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas (CDMH, 75/00846), le juzgaron por masón (CDMH, sumario 97-45). De hecho, hasta 1963 tuvo problemas por aquella «curiosidad literaria».

Florentino Hernández Girbal es uno de los más destacados escritores y periodistas que resultaron procesados durante la Victoria. Su caso merece un extenso estudio, que aparecerá en Al final del trayecto, el cuarto y último volumen dedicado a estos procesos judiciales. Mientras tanto, el tercero, La colmena, ya está en imprenta para su publicación a finales del presente curso o en otoño.

 

 

 

 

 


domingo, 11 de junio de 2023

Rafael Gil y Luis Gómez Mesa, intelectuales antifascistas


El 25 de diciembre de 1938 -véase lo tardío de la fecha en el marco de la Guerra Civil-, el diario socialista Claridad anunciaba un acto cultural de la Alianza de Intelectuales Antifascistas en la sede de la madrileña calle Marqués del Duero, 7. Los participantes en la charla eran el periodista José Luis Salado, el cineasta Rafael Gil y el escritor cinematográfico Luis Gómez Mesa. El propio periódico completa la información en las entregas del 13 y el 19 de enero de 1939.
La noticia no tiene nada de particular en lo que respecta a José Luis Salado, de quien ya he publicado diversos estudios acerca de su trayectoria como periodista antifascista durante la Guerra Civil, que le llevó a morir en el exilio de Moscú. Su nombre reaparecerá en Las armas contra las letras. Lo sorprendente es la presencia de Rafael Gil y Luis Gómez Mesa. 
El primero de los citados es una figura fundamental de la cinematografía franquista con varios títulos en su filmografía que obtuvieron un amplio y merecido reconocimiento. El segundo es tal vez el escritor cinematográfico más relevante del período franquista, con distintos estudios convertidos en clásicos para conocer la historia del cine español. Nadie cuestiona su postura favorable al régimen del general Franco y, por lo tanto, llama la atención que en una fecha tan tardía ambos participaran en una actividad de la citada alianza, donde la presencia de los comunistas era notoria.
La bibliografía sobre Rafael Gil da cuenta de su movilización y participación en varios documentales republicanos rodados durante la guerra. El caso es similar al de Antonio del Amo. Los escasos estudios sobre la trayectoria de Luis Gómez Mesa indican que sus primeras aportaciones a la crítica y la historia cinematográficas aparecieron antes del 18 de julio de 1936. A partir de esa fecha se produce un silencio significativo hasta que su nombre vuelve a aparecer en la inmediata posguerra, justo cuando su amigo Rafael Gil había cosechado los primeros éxitos antes de convertirse en el director más reconocido como adaptador de los clásicos españoles durante el franquismo. 
El problema radica en que, salvo error por mi parte o desconocimiento de algún trabajo, nadie explica satisfactoriamente el paso de ambos desde la intelectualidad antifascista a la intelectualidad fascista sin sufrir las consecuencias de la primera en el marco de una durísima represión. La participación en actos como el reseñado estaba penada en los sumarísimos de urgencia y no me consta que ambos los sufrieran. Y, además, sorprende su rápida incorporación al mundillo intelectual del franquismo cuando tantos otros "antifascistas" estaban en el exilio o en las cárceles como antesala del paredón o el ostracismo.
Los casos de Rafael Gil y Luis Gómez Mesa son llamativos, pero distan de ser los únicos. Un repaso de la prensa republicana durante la Guerra Civil permite ver las actividades en Madrid de algunas destacadas figuras de la cultura franquista. El ejemplo de Juan de Orduña, por entonces rapsoda, tal vez sea el más conocido, pero también vemos el nombre de Guillermo Sautier Casaseca, que todavía no era el rey de la lágrima con sus seriales estudiados en Un franquismo con franquistas. Asimismo, es posible encontrar noticias de Matías Colsada, que durante la guerra fue comisario político y "el camarada Matías", mucho antes de convertirse en el empresario de las más afamadas compañías de revistas. 
La posibilidad de consultar una documentación que permita alumbrar estos "milagros" de una conversión que no dejaba huellas para los represores franquistas es una quimera. La explicación hay que buscarla al margen de los documentos porque, legalmente, estas figuras debían ser condenadas en la posguerra y apartadas de cualquier actividad pública. La realidad fue la contraria y la clave habría que localizarla en testimonios que, como es lógico, los propios protagonistas nunca dieron en público. Al contrario, fueron hábiles a la hora de esconder cualquier huella de un pasado que les podía comprometer.
Por otra parte, la represión jurídica ejercida por el franquismo durante la inmediata posguerra aporta numerosos ejemplos de que lo fundamental no era el "delito", sino la personalidad de quien lo hubiera cometido. De hecho, es frecuente encontrar condenas dispares por comportamientos similares. Incluso la absolución o el olvido por aquello que, para otras personas, supuso años de cárcel o la muerte. La consiguiente corrupción del sistema es un tema tan complejo de estudiar como evidente a la luz de estas circunstancias, que se pueden documentar y forman parte de Las armas contra las letras.
José Luis Salado dedicó muchos de sus artículos en La Voz a criticar las repentinas conversiones ideológicas de la gente farandulera. A veces fue injusto y en otras ocasiones el periodista acertó de pleno al reflejar un mundillo de intereses, mediocridades y conveniencias. En cualquier caso, allá en Moscú tal vez tuviera ocasión de saber que sus colegas antifascistas del acto celebrado en un Madrid a punto de caer en manos del general Franco eran dos prohombres de la cultura franquista. La circunstancia habría merecido su afilada pluma, pero en la capital soviética lo único que pudo hacer fue sobrevivir en medio de la añoranza.