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miércoles, 17 de junio de 2026

El adiós de un maestro, Carlo Ginzburg


 

Los días perfectos son una quimera o solo pertenecen al ámbito de la ficción. Ayer se sucedieron las buenas noticias. Anales de Literatura Española mantuvo por tercer año consecutivo la máxima calificación, Q1, en el JCR de la Web of Science, me llegaron documentos para probar mi postura en una larga polémica y, sobre todo, terminé el borrador de casi trescientos folios de El final del trayecto, el volumen con el que culminaré la tetralogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores cuyo tercer volumen, La colmena, estará el 6 de julio en las librerías.

Justo cuando me disponía a apagar el ordenador después de una fructífera jornada de trabajo, me llegó a través de mi compañero Justo Serna la triste noticia del fallecimiento de Carlo Ginzburg (1939-2026), el maestro de tantos historiadores y el referente teórico para la citada tetralogía.

La muerte a los 87 años forma parte de lo previsible. Poco a poco nos vamos preparando para ese tránsito a la memoria, pero resulta difícil admitir el final de una trayectoria vital repleta de sabiduría compartida gracias a tantos libros y una incansable labor docente y divulgadora.

La prensa de ayer recogió la triste noticia en el rincón reservado a la gente sabia, cuyo protagonismo siempre es menor en comparación con tantos personajes zafios que pueblan la actualidad. En esas páginas algunos de mis compañeros y amigos, como Justo Serna, Gutmaro Gómez Bravo o Nicolás Sesma, fueron desgranando los motivos de tantos historiadores para sentirnos deudores del maestro fallecido.

Poco puedo añadir a las palabras más autorizadas que la mía para hablar de la aportación que supuso la obra de Carlo Ginzburg. Me remito a las mismas, pero quisiera testimoniar un agradecimiento concreto por la ayuda que uno de sus libros, Il giudice e lo storico. Considerazione in margine al processo Sofri (1991), ha supuesto para redactar el cuarto volumen de la referida tetralogía.

El final del trayecto termina con dos capítulos dedicados al error que siempre supone la judicialización de la Historia y a una abierta defensa de la libertad de cátedra en el marco de la libertad de expresión. Al redactarlos a partir de un caso concreto, siempre he tenido delante el citado libro de Carlo Ginzburg, que ha sido una orientación decisiva para encontrar la metodología capaz de afrontar la defensa de la Historia frente a cualquier intento de judicializar sus aportaciones.

Ahora, cuando llevo años cultivando la microhistoria que nos enseñó el sabio italiano, solo tengo palabras de agradecimiento por su magisterio. Y, por supuesto, asumo como tantos colegas el compromiso de seguir por la senda que trazó con sus libros desde los años setenta, cuando nos contó las andanzas ante la Inquisición de un molinero hasta entonces anónimo y ahora célebre.

Gracias, Carlo, por tu ejemplo, que hoy alumbra la tarea de tantos compañeros dispuestos a rescatar del anonimato a personajes como ese molinero porque, claro está, la historia va más allá de los grandes nombres.

miércoles, 8 de abril de 2026

Bajo las togas, de Carlos Castresana


 El fiscal Carlos Castresana

Carlo Ginzburg, a partir del procesamiento de su amigo y periodista Adriano Sofri, escribió una obra imprescindible para quienes cultivamos la microhistoria de los casos judiciales: Il giudice e lo storico (1991), pronto traducida y editada en España (Barcelona, 1993) al igual que en otros países.

Al margen de la defensa de quien fuera dirigente del grupo Lotta Continua, y finalmente condenado en medio de un escándalo, el historiador italiano aporta una metodología capaz de orientarnos en una tarea que en lo básico no difiere demasiado de la realizada por los representantes del poder judicial.

Las diferencias también son notables, sobre todo en lo relacionado con el destino de nuestros trabajos, pero ambos colectivos examinamos pruebas, testimonios e indicios a la búsqueda de una narrativa, que en el caso de los historiadores nunca pretende ser «la verdad judicial». Ni siquiera la verdad como concepto definitivo y cerrado.

Así, al amparo de Carlo Ginzburg u otros teóricos de la historiografía, hemos abordado numerosos procesos judiciales con los más diversos objetivos, desde el esclarecimiento de casos concretos hasta el conocimiento de un sistema judicial, que en el caso de las dictaduras suele estar al servicio de la represión política.

Mis libros sobre los consejos de guerra celebrados entre 1939 y 1945 pretenden dar a conocer la suerte de los periodistas y escritores que, de una u otra manera, permanecieron vinculados con la II República. Otros colegas con diferentes objetivos me orientan en esta tarea y, en un clima de colaboración, los historiadores aportamos una visión contrastada de lo que supuso aquella jurisdicción militar del régimen franquista.

La labor cuenta con la ayuda de colegas académicos de diferentes áreas, especialmente de Derecho, pero rara vez ha encontrado eco en el colectivo de jueces y fiscales en activo. Hay excepciones y una la acaba de protagonizar Carlos Castresana, un fiscal con una larga y brillante trayectoria que ahora se ha adentrado en el campo de la historia, incluso en el de la narrativa por una indudable voluntad de estilo, sin abandonar el jurídico.




Bajo las togas. Errores judiciales y otras infamias (Barcelona, Tusquets, 2025) presenta un total de veinticinco casos judiciales de diferentes épocas y países. El denominador común de la mayoría es el error por múltiples motivos y en distintos grados de gravedad. El autor los contextualiza histórica y jurídicamente, los narra con brillantez, los documenta con la oportuna bibliografía y el conjunto, a la luz de lo presentado, recuerda la necesidad de respetar la justicia, pero justo lo necesario y sin concederle el don de lo infalible.

Al margen de interesarme como lector, nada puedo añadir a una obra centrada en casos que desconocía y ahora contextualizo porque, como ocurre con los crímenes según la añorada serie televisiva de Pedro Costa, los procesos judiciales alumbran sus respectivas épocas más allá de las salas de juicio. Benito Pérez Galdós o Edgar Neville, entre otros muchos creadores, ejemplificaron esta virtualidad.

Sin embargo, hay un último capítulo, «Los olvidados» (pp. 366-389), que da cuenta de un consejo de guerra celebrado tras la entrada de las tropas del general Franco en Bilbao y un proceso propio del tardofranquismo en el TOP. Ambos forman parte de «las otras infamias» y fueron protagonizados por personas tan anónimas como olvidadas.

Carlos Castresana los relata con un tácito espanto para explicar que el franquismo empezó y terminó haciendo uso de la represión, solo posible gracias a la colaboración del aparato judicial, tanto en la jurisdicción civil como militar.

El capítulo se suma a las numerosas aportaciones de los historiadores que han abordado la represión franquista. Nada hay especialmente novedoso, salvo la autoría, que corresponde a un fiscal en activo capaz de mostrar su sensibilidad ante una realidad histórica obviada por buena parte del poder judicial.

Carlos Castresana hace gala de un elogiable sentido autocrítico como jurista, reconoce errores no solo vinculados con el pasado y, sobre todo, aboga por una justicia dispuesta a aceptarlos para equipararse con otros países de nuestro entorno.

Frente al hermetismo y la soberbia de quienes no admiten la crítica, aunque esté fundamentada, su libro es un estimulante ejemplo de hasta qué punto la brillantez expositiva e investigadora resulta compatible con el reconocimiento de los errores de su propio colectivo profesional.

Algunos pensarán que ese reconocimiento es una muestra de debilidad. Otros creemos lo contrario. Un poder como el judicial se fortalece así. Errar es humano y, por supuesto, los jueces son humanos. A veces demasiado y no siempre en el mejor sentido.

Bajo las togas me ha interesado como lector dispuesto a conocer procesos judiciales de la más diversa índole, relatados por quien muestra dotes de narrador, y me devuelve la confianza en la justicia. Al menos, cuando su administración cae en manos competentes y dispuestas a escuchar, aunque sean críticas duras.

La consecuencia de esta lectura se concreta en una posible colaboración con quien me ha enseñado gracias a su ciencia jurídica y a quien puedo facilitar la información recopilada en mis libros dedicados a los consejos de guerra «y otras infamias». Al fin y al cabo, ambos contamos casos judiciales con la voluntad de que el reconocimiento del error o de algo peor posibilite una justicia más competente y, por supuesto, respetuosa con la memoria democrática.

A la espera de la presentación en Alicante del día 10 de abril, os paso la grabación de la realizada en el Instituto Cervantes:



Pd.: Imagen del acto de presentación del libro con la presencia del también fiscal Óscar Presa y de Llum Quiñonero:


Grabación de la entrevista concedida por el fiscal Carlos Castresana al programa Hoy por hoy, de Radio Alicante (Cadena SER), con motivo de la presentación del libro: