Los días perfectos son
una quimera o solo pertenecen al ámbito de la ficción. Ayer se sucedieron las
buenas noticias. Anales de Literatura Española mantuvo por tercer año
consecutivo la máxima calificación, Q1, en el JCR de la Web of Science, me
llegaron documentos para probar mi postura en una larga polémica y, sobre todo,
terminé el borrador de casi trescientos folios de El final del trayecto, el
volumen con el que culminaré la tetralogía dedicada a los consejos de guerra de
periodistas y escritores cuyo tercer volumen, La colmena, estará el 6 de
julio en las librerías.
Justo cuando me disponía
a apagar el ordenador después de una fructífera jornada de trabajo, me llegó a
través de mi compañero Justo Serna la triste noticia del fallecimiento de Carlo
Ginzburg (1939-2026), el maestro de tantos historiadores y el referente teórico
para la citada tetralogía.
La muerte a los 87 años
forma parte de lo previsible. Poco a poco nos vamos preparando para ese
tránsito a la memoria, pero resulta difícil admitir el final de una trayectoria
vital repleta de sabiduría compartida gracias a tantos libros y una incansable
labor docente y divulgadora.
La prensa de ayer recogió
la triste noticia en el rincón reservado a la gente sabia, cuyo protagonismo
siempre es menor en comparación con tantos personajes zafios que pueblan la
actualidad. En esas páginas algunos de mis compañeros y amigos, como Justo Serna,
Gutmaro Gómez Bravo o Nicolás Sesma, fueron desgranando los motivos de tantos
historiadores para sentirnos deudores del maestro fallecido.
Poco puedo añadir a las
palabras más autorizadas que la mía para hablar de la aportación que supuso la
obra de Carlo Ginzburg. Me remito a las mismas, pero quisiera testimoniar un
agradecimiento concreto por la ayuda que uno de sus libros, Il giudice e lo
storico. Considerazione in margine al processo Sofri (1991), ha supuesto
para redactar el cuarto volumen de la referida tetralogía.
El final del trayecto termina
con dos capítulos dedicados al error que siempre supone la judicialización de
la Historia y a una abierta defensa de la libertad de cátedra en el marco de la
libertad de expresión. Al redactarlos a partir de un caso concreto, siempre he
tenido delante el citado libro de Carlo Ginzburg, que ha sido una orientación
decisiva para encontrar la metodología capaz de afrontar la defensa de la
Historia frente a cualquier intento de judicializar sus aportaciones.
Ahora, cuando llevo años
cultivando la microhistoria que nos enseñó el sabio italiano, solo tengo
palabras de agradecimiento por su magisterio. Y, por supuesto, asumo como
tantos colegas el compromiso de seguir por la senda que trazó con sus libros
desde los años setenta, cuando nos contó las andanzas ante la Inquisición de un
molinero hasta entonces anónimo y ahora célebre.
Gracias, Carlo, por tu
ejemplo, que hoy alumbra la tarea de tantos compañeros dispuestos a rescatar
del anonimato a personajes como ese molinero porque, claro está, la historia va
más allá de los grandes nombres.
No hay comentarios:
Publicar un comentario