domingo, 14 de junio de 2026

Nuestro compañero Antonio Plaza


 

A cierta edad, cuando la vejez ya forma parte del presente, la consulta de las redes sociales o el correo depara con frecuencia malas noticias. El bosque de nuestra juventud queda despoblado poco a poco y comprendes que tu suerte depende de un hilo, que cualquier día se rompe para pasar a ser memoria.

Nuestro compañero Antonio Plaza falleció el pasado 10 de junio. Lo supe al ver una foto suya, sonriente y joven, en su muro de Facebook, pero con el acompañamiento de un texto escrito por Mónica Plaza, que anuncia la triste noticia y la voluntad de homenajear al padre mediante la publicación de un libro dedicado a Luisa Carnés, la exiliada que casi descubrió Antonio Plaza gracias a décadas de investigaciones hasta convertirla en un referente de la narrativa del 27.

Nunca tuve la suerte de coincidir personalmente con Antonio Plaza, pero a lo largo de estos últimos años fueron frecuentes las consultas y el intercambio de información. Me sucede igual con otros compañeros distantes en lo físico, pero siempre próximos en el momento de colaborar en lo que, conviene saberlo, es una tarea colectiva para la recuperación de la memoria histórica.

Apenas cabe recordar ahora el rigor de los trabajos siempre bien documentados y atinados de Antonio Plaza. Ocasión habrá para hacerlo con la ayuda de voces más autorizadas. Sin embargo, quisiera testimoniar su generosidad a la hora de colaborar en cualquier tarea de investigación. Lo hacía con la sencillez y la claridad habituales en sus trabajos, que responden también a una voluntad docente que agradezco cuando tantos otros buscan la oscuridad de la pedantería.

Antonio Plaza era catedrático de la enseñanza secundaria. Uno de esos compañeros que, a pesar de la falta de reconocimiento social del colectivo y las precarias condiciones de su trabajo por el abandono que sufre la enseñanza pública, siempre encontró un tiempo para la investigación y la divulgación.

Mi admiración es total cuando observo una trayectoria como la de Antonio Plaza. La investigación en la universidad constituye un requisito viable, pero en la enseñanza secundaria supone una heroicidad sin apenas reconocimiento oficial. Sus protagonistas la emprenden con un justificado orgullo profesional, superando múltiples adversidades y dignificando, en definitiva, un cuerpo docente a menudo minusvalorado por las autoridades políticas.

Durante años también he compartido con Antonio Plaza la presencia en el catálogo de Renacimiento. Su hija Mónica anuncia un nuevo libro, probablemente en esa editorial, y sabe que cuenta con mi ayuda para publicarlo en fechas próximas. Por desgracia, sería mi último favor entre compañeros, pero también quedan sus monografías y las ediciones de Luisa Carnés, que releeré este verano para fortalecer la memoria de tantos olvidados y el vínculo con quienes, como Antonio, trataron de vitalizarla con su apasionada y brillante tarea investigadora.

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