A raíz de la publicación
de Los consejos de guerra de Miguel Hernández (2022), participé en varias presentaciones y me entrevistaron en
distintos medios de comunicación. La conclusión recurrente, y llamativa para
muchos, es que el poeta oriolano fue condenado fundamentalmente por su actividad periodística durante la Guerra Civil.
Los miembros del Cuerpo
Jurídico Militar apenas precisaban de argumentos jurídicos para dictar las
condenas, pero la ficción literaria encajaba mal con el omnipresente delito de
la rebelión militar. He analizado casos donde las obras literarias fueron
pruebas de cargo. Incluso la versión de un clásico como Fuenteovejuna en
el sumario de Diego San José. Sin embargo,
las acusaciones buscaban preferentemente las colaboraciones en la prensa
republicana durante la guerra.
Al margen del carácter y
la frecuencia de esas colaboraciones, la doctrina nunca explicitada en términos
jurídicos era considerar toda la prensa republicana como propaganda destinada a
la resistencia frente al Glorioso Movimiento Nacional. Así, con esa lógica del
vencedor, la colaboración en la misma se convertía en un acto de guerra o en
una «rebelión», de acuerdo con los criterios de una justicia al revés como
reconociera Ramón Serrano Suñer al cabo de los años.
El ejemplo de Miguel
Hernández es paradigmático en este sentido. Tanto los instructores del Juzgado
Militar de Prensa como el tribunal que le condenó sabían de su relevancia como
poeta. Sin embargo, su poesía nunca se convierte en una prueba de cargo.
Ni siquiera aparece recopilada en los dos sumarios.
La situación cambia
cuando nos referimos a sus colaboraciones en las publicaciones
destinadas a levantar la moral de los milicianos. A pesar de que los militares las desconocen
en su inmensa mayoría, el argumento pasa por convertirlas en un acto de
resistencia de quien participó en las tareas propagandísticas desarrolladas
cerca de varios frentes de batalla.
Joaquín Riera Ginestar ha
preparado una edición de los treinta cinco textos publicados entre 1937 y 1938
que configuran la aportación de Miguel Hernández a las tareas periodísticas en
los frentes de batalla. El trabajo se suma a la reciente biografía publicada
por Mario Amorós y prueba de nuevo el grado de compromiso del poeta con la
causa republicana.
Las circunstancias de
salud de Miguel Hernández le llevaron a interrumpir esta tarea antes de finalizar la guerra, pero mientras estuvo sano el poeta optó por permanecer cerca de
la noticia, participar de las inquietudes de los milicianos y proporcionarles
unos contrastados testimonios.
No cabe hablar
estrictamente de un Miguel Hernández periodista. Ni siquiera buscó entrar en
alguna redacción cuando necesitaba un trabajo remunerado en el Madrid anterior
a la guerra. Sin embargo, todo cambió a partir del 18 de julio de 1936 y, como
en otras ocasiones, el poeta estuvo a la altura de las circunstancias,
que le llevaron a una prosa destinada a la «agitación y propaganda», pero respetuosa con la calidad habitual en sus creaciones literarias.
Joaquín Riera Ginestar,
además de la edición de los textos (Madrid, Alianza, 2026), aporta un extenso prólogo sobre la trayectoria de Miguel Hernández, especialmente
durante la guerra y su posterior paso por las cárceles franquistas. Al igual
que sucediera con la biografía publicada por Mario Amorós -véanse las entradas del 18 y 21 del pasado mes de mayo-, la citada edición de
los sumarios del poeta ha sido una referencia para la redacción del prólogo. Me
alegra haber ayudado en una tarea culminada por Joaquín Riera Ginestar con la
pasión de quienes se acercan a la trayectoria y la obra del poeta.
Miguel Hernández nunca
deja indiferentes a sus lectores. Tampoco
a quienes abordan una trayectoria biográfica tan intensa como breve. Así
se justifica una bibliografía que no para de aumentar con aportaciones que,
como la de Joaquín Riera Ginestar, facilitan el acceso a unos textos dispersos y desconocidos por quienes instruyeron los sumarios y le
condenaron.
Los textos recopilados en
esta edición habrían sido la más contundente prueba de cargo para condenarlo a
muerte, pero bastaron hechos de «escasa trascendencia», como reconocieran los
propios militares, para llegar a esa misma condena. Al fin y al cabo, sabían
quién era Miguel Hernández y eso les bastaba para inventar un delito de
rebelión militar. Ramón Serrano Suñer lo reconoció. Otros menos lúcidos, casi
todos, callaron.
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