La actriz, cantante y
bailarina Beatriz Ledesma falleció el pasado día 5 en Altea a los 102 años. La
vitoriana estaba retirada del mundo artístico desde 1956, cuando se casó en
Benidorm con el ingeniero Maximiliano Vaello. Desde entonces llevaba una vida
familiar en la capital del turismo y gozaba del respeto y el cariño de los
suyos, al tiempo que del recuerdo por su etapa en los escenarios de los años
cuarenta y cincuenta, cuando triunfó como Beatriz de Lenclós.
Al margen de su actividad
artística, Beatriz Ledesma fue una pionera desde que en 1955 su novio y
posterior marido la fotografiara en la playa de Benidorm luciendo unos
elegantes dos piezas diseñados por Manuel Pertegaz y Cristóbal Balenciaga. Las
fotografías ampliamente reproducidas muestran una bella mujer con unos modelos
bastante alejados del por entonces lucido por Brigitte Bardot en la playa de
Cannes (véase la entrada del pasado 29 de diciembre).
Ella, en sus declaraciones al cabo de los años, nunca quiso que la
identificaran con el bikini de la francesa recientemente fallecida, pero su
gesto quedó para la historia en una España todavía pacata y cerrada.
El episodio lo relaté en
mi libro De mentiras y franquistas (2020, pp. 73-132) relacionándolo con
la leyenda del bikini en Benidorm que propagara el siempre hábil y ocurrente
Pedro Zaragoza. Ahora, con motivo del fallecimiento de Beatriz de Ledesma, ha
sido recordado por la prensa, no siempre con exactitud, y espero que sirva para
testimoniar la trayectoria de una artista que triunfó y merece un recuerdo
respetuoso.
Desde un punto de vista
histórico, aquellas elegantes fotografías son una anécdota, pero gracias a
gestos como el de Beatriz y Maximiliano poco a poco España empezó a abrirse a
la modernidad. Quienes vivimos en un país que participa de la misma, a pesar de
tantos intolerantes, solo debemos agradecer la independencia de los protagonistas
de esos gestos, que ahora despiertan una sonrisa de cariño y respeto con la
voluntad de mantener viva su memoria.
Los
iconos cinematográficos de una época, cuando fallecen, dejan un reguero de
recuerdos personales en nuestras experiencias como espectadores o personas de
la calle. Brigitte Bardot nos ha dicho adiós a una respetable edad y tras unos
cincuenta años alejada de las pantallas. El tiempo transcurrido desde su
popularidad como actriz dificulta hablar del presente, el de sus campañas
animalistas combinadas con un ideario conservador, y prefiero recordarla cuando
en la España de los sesenta era sinónimo de la belleza inalcanzable, aquella
que nos llegaba censurada, a cuenta gotas y gracias a referencias lindantes con
lo mítico por desconocido.
Por
aquel entonces, yo iba junto con mi padre a ver los partidos del Hércules C.F.
en el vetusto estadio de La Viña. El espectáculo no siempre estaba en el escaso
césped porque en las gradas muchos deseaban sentirse protagonistas. La ocasión
para el consiguiente «lucimiento» llegaba con la presencia de una mujer que,
con una cesta repleta de vasitos y dos botellas de coñac Soberano, intentaba
ganarse la vida.
Aquella
mujer tenía la cara deformada por un accidente que le dejó una cicatriz enorme.
Las burlas de los aficionados eran crueles y, supongo, la vendedora habrá
ganado el cielo tras aguantarlas con la resignación de tantas otras mujeres de
la época ante las manifestaciones de un machismo desaforado.
Soberano
era «cosa de hombres» como recordaba la publicidad de los anuncios cuando otra
marca rivalizaba gracias a una lejana y hermosa mujer a lomos de un caballo
blanco. También las bromas pesadas, que a menudo culminaban cuando algún
aficionado, más ocurrente, llamaba Brigitte Bardot a aquella vendedora de
coñac. La ocurrencia se convirtió en un clásico dominical porque siempre era
recibida con risotadas de complicidad.
Todavía
no había cumplido los diez años. A esa edad, la curiosidad apenas permite
entender las situaciones vividas. Sin embargo, recuerdo que mi padre nunca reía
con esa supuesta broma y, además, cuando pedía su vasito de Soberano lo hacía
con un respeto agradecido, tácitamente, por aquella mujer con su silencio y su
mirada.
La
lección del ejemplo fue suficiente. No para aprender un comportamiento
feminista, sino para algo más básico y fundamental: ser educado y respetuoso
con cualquier persona y, especialmente, con aquellas que peor suerte han tenido
en el reparto de la vida. La aprendí y desde hace cincuenta años la imparto a mi alumnado sin necesidad de prédicas feministas porque lo básico
de las mismas viene incluido en el ejemplo de la educación respetuosa con el
prójimo.
Aquellos
aficionados al fútbol de los sesenta apenas sabrían de la actriz francesa por
sus películas porque las mismas andaban con problemas a causa de la censura.
Sin embargo, sabían de su existencia por la prensa, alguna foto no demasiado
atrevida y unas referencias que la vinculaban con lo prohibido y, al mismo
tiempo, atractivo. Bastaba para soñar con una Brigitte Bardot que simbolizaba
el máximo de la belleza deseada de tantas turistas, «las suecas», del
desarrollismo de los años sesenta.
Cuando
preparé Lo sainetesco en el cine español (1997) tuve la ocasión de
hablar con Luis G. Berlanga. El cineasta todavía lamentaba no haber contratado
a una jovencita francesa que la productora de Novio a la vista (1954) le
ofreció para el reparto. La aspirante a debutante era Brigitte Bardot. El error
del director fue mayúsculo, aunque anecdótico. La verdadera Brigitte Bardot,
convertida en un icono de la época, nunca habría hecho carrera en la
cinematografía española y cuando finalmente participó en la misma, con Las
petroleras (1971), lo hizo al final de su carrera y en una película tan
infame como digna del olvido en las necrológicas de la actriz.
Al
cabo de los años conseguí ver algunos de los títulos de su filmografía con los
más afamados directores del momento. Su rompedora belleza era incuestionable,
pero sus interpretaciones me parecieron discretas. Apenas las recuerdo y las
imágenes han quedado diluidas por el paso del tiempo. Sin embargo, evoco a
menudo la figura de una joven que rompió limitaciones cuando, por ejemplo,
lució su belleza en las playas de Cannes o Saint Tropez.
Esa
muchacha francesa formaba parte del sueño imposible que empezó a anidar entre
nosotros gracias al turismo y la emigración. Al contacto con una Europa que,
por su distancia, parecía estar en otro planeta. He dedicado muchas páginas a
contarlo e incluso, cuando juego a provocar a los colegas sesudos, explico que
estos iconos eróticos contribuyeron a un cambio que la oposición al franquismo,
tan heroica como anquilosada en sus planteamientos, se empeñaba en buscarlo por
derroteros quiméricos.
Brigitte
Bardot no es una actriz a la altura de la inconmensurable Sophia Loren. Tampoco
estaba obligada a ello y, visto el cambio en el papel social de la mujer producido
desde su aparición en las pantallas, cabe agradecerle su belleza y la capacidad
de convertirla en un revulsivo para romper los tabúes de una época timorata.
Su
imagen nos permitió ser conscientes de que un mundo más bello resultaba
posible, incluso cercano, con el consiguiente ánimo de encontrarlo. Por el
camino solo era necesario recordar la educación y el respeto, aquellos
requisitos que también permiten una convivencia con quienes distan mucho de ser
unos iconos, pero forman parte de una realidad cotidiana donde cabe la belleza.
La respuesta silenciosa de aquella mujer del coñac, cuando mi padre le pedía
una copita, me la enseñó.
Brigitte Bardot a la espera de que Franco autorizara el bikini
Agosto es un calvario
para los periodistas que permanecen en sus puestos. Cerrados por vacaciones los
innumerables gabinetes de prensa y ausentes los protagonistas habituales, estos
profesionales ya poco acostumbrados a pisar la calle andan a la búsqueda de
noticias capaces de aligerar el sopor del lector.
La indigencia agudiza el
ingenio. Ante este panorama, cada verano algún meritorio de las redacciones resucita la historia
del sempiterno alcalde de Benidorm, Pedro Zaragoza, dirigiéndose a El Pardo en
Vespa para que Franco autorizara el bikini en las playas de una
localidad pionera del turismo.
La historia es tan genial
como falsa. La desmenucé en De mentiras y franquistas (2020: pp. 73-122)
y la tesis doctoral de mi amigo Carlos Salinas ha corroborado la falsedad de un relato inocuo y divertido al servicio de la promoción de Benidorm. La ingeniosa patraña merece un recuerdo, y
hasta una sonrisa, pero nunca como «noticia».
Algunos periodistas
parecen recordar The Man Who Shot Liberty Valance (1962), de John
Ford, donde un colega suyo, conocedor del origen de la leyenda del senador
Ranson Stoddard, afirma «When the legend becomes fact, print the legend!». La
frase también sirve para fronteras alejadas del Oeste.
Así, cada verano algún periodista publica lo fundamental de la historia sin entrar en detalles ni reparar en su
inverosimilitud. El periodismo de investigación casi ha pasado a la historia y,
dados los calores de agosto junto con la escasa remuneración por un artículo, no
cabe exigir lo verificado. La patraña sigue su curso con la certeza de que
nadie a la búsqueda de una historia curiosa y divertida consultará a un catedrático.
Los historiadores somos
unos aguafiestas para la memoria basada en los relatos que han calado en el
imaginario colectivo. Entre los mismos y «la verdad histórica», el lectorado
prefiere los primeros, sobre todo en agosto. Al menos, y a diferencia de otras
mentiras menos ingeniosas, en esta ocasión nadie sale perjudicado y cabe recordar a Pedro Zaragoza como un publicista de categoría. Sus iniciativas en este sentido marcaron una época de expansión para Benidorm.
A riesgo de volver a ser
demandado como defensor de la mentira, en mis libros he agradecido la labor de los
periodistas capaces de hacerme sonreír con estrafalarias patrañas. En Un
franquismo con franquistas (2019: pp. 336-355), por ejemplo, recordé una noticia
publicada en mayo de 1962: Mao Tsé Tung estuvo en Alicante durante la Guerra Civil.
La fuente de la patraña
fue un limpiabotas que conoció por entonces a un hombre con rasgos
achinados. El periodista, con la seguridad del fabulador, lo
identificó con Mao y añadió el resto hasta publicar un texto tan delirante como
divertido. Consultado un amigo que conoció al responsable de la exclusiva, me
confirmó que en las charlas de redacción esa historia del líder comunista
incluyó detalles dignos de una placa conmemorativa.
Chino camuflado (véase círculo rojo), que bien pudo ser Mao, dispuesto a disfrutar de la paella alicantina. Fuente: Photoshop y Google.
Las noticias tan absurdas
como curiosas son tentadoras. Así lo debió pensar Torcuato Luca de Tena,
director de ABC, cuando el 23 de septiembre de 1953 prescindió de la censura previa para
publicar que Lavrenti Beria, la mano derecha de Stalin, estaba en Málaga tras
el fallecimiento del dictador soviético.
El bulo le costó el cese
fulminante. No por su falsedad, sino por haber comprometido la política
exterior del franquismo. El suceso cuenta con bibliografía y apenas merece la
pena insistir en el tema.
No obstante, la historia
oral me permitió conocer que por entonces en las redacciones de Alicante circuló
el rumor de que Beria había sido visto paseando por la Explanada. Tras saltar
en paracaídas en La Mancha no se encaminó a Málaga, como publicó ABC, sino
a la más cercana capital levantina, donde disfrutó del sol y la luz de «la casa
de la primavera».
Nadie rebatió la
exclusiva. Entre otras razones, porque en 1953 ningún español había visto una
foto de Beria y el asesino cincuentón podía pasear como un alicantino
cualquiera. El problema era que, conocido el cese de don Cayetano, no convenía
atreverse a condicionar la política exterior del régimen.
Mao no hizo la guerra en
Alicante. Ni siquiera el amor, como afirmaba la noticia recordando el atractivo
de las alicantinas y la paella para el líder chino. Beria acabó fusilado sin
disfrutar de un paseo por la Explanada. Así de aburrida es la historia, pero el
imaginario colectivo también forma parte de nuestra realidad, aunque se
alimente de dislates veraniegos a falta de noticias.
De hecho, cuando hablo
con amigos periodistas, les cuento estas y otras historias curiosas a la
espera de que en agosto aparezcan como «noticias». Al menos, la probable
sonrisa de los lectores avisados sustituiría al odio alentado por tantos bulos
acerca de la actualidad.
Françoise Hardy ha
fallecido. La noticia no por esperada tras una dura lucha contra el cáncer deja
de entristecer a quienes supimos de ella en los años sesenta, cuando en 1962 triunfó
con una canción protagonizada por «tous les garçons et les filles» que paseaban
«dans la rue deux per deux». Apenas tenía cuatro años por entonces, pero el
disco permaneció en casa durante mucho tiempo y la melodía que pronto fue un
himno generacional la escuché junto con otras canciones todavía presentes en el
recuerdo.
A mediados de los sesenta
era demasiado pronto para compartir las andanzas de esos adolescentes
enamorados que, «les yeux dans les yeux et la main dans la main», caminaban
«sans peur du lendemain». Pasaron los años, el miedo era nuestro colega en las
clases sin ni siquiera atisbar un «lendemain» y a principios de los setenta
llegó al instituto, de improviso y fugazmente como corresponde, una lectora de
francés. La joven durante unas semanas sustituyó a la anciana felliniana
encargada de hacernos leer las aventuras de la familia Dupont, aquella para la
cual ir a la «boulangerie» era una hazaña digna de la letra impresa y la
memorización.
La joven de Lyon, que
hablaba un castellano como el de la Ninette de Miguel Mihura, podía ser nuestra
hermana mayor. La sorpresa fue notoria en una clase donde una chica solo era
una referencia de la imaginación. Nadie sabía manejarse ante una presencia
femenina que no fuera avejentada y, supongo, alguna burrada debió escuchar una
lectora que merecía llamarse Mireille o Silvie, unos nombres que garantizaban el
encanto de las «suecas», que solían ser francesas. Al menos, en una España
todavía en blanco y negro donde traspasar la frontera suponía un viaje
galáctico. Si lo queréis comprobar con una sonrisa basta recordar Vacaciones
para Ivette (1964), de José María Forqué o las comedias protagonizadas por
la sin par Ninette en compañía de «un señor de Murcia».
Tras la sorpresa inicial,
la asistencia a clase bajó porque era voluntaria y la chica no ponía la correspondiente falta. Una tarde, para pasmo de quienes seguíamos atentos sus
intentos de mejorar nuestra pronunciación, la lectora trajo un tocadiscos
portátil y una colección de singles con las más populares canciones
francesas. Todavía recuerdo que la última, y repetida por petición de los pocos
asistentes, fue la de Françoise Hardy, que contaba con una carátula donde
aparecía el rostro de la cantante. Nunca lo he olvidado.
Esa tarde aprendí a pronunciar algunos versos en francés, pero sobre todo la lección de maravillarme
ante la belleza serena, elegante y melancólica de una joven que, para pasmo de
quienes entendimos la letra, decía estar sola porque «personne ne murmure ‘je
t’aime’ á mon oreille». Menos mal que, al final de la canción, Françoise se mostraba
esperanzada, tal y como nos explicó la lectora para tranquilidad de unos
jovencitos dispuestos a solucionar semejante soledad con el recurso de la
imaginación.
La ciencia avanza que es
una barbaridad, como Ricardo de la Vega constató en La verbena de la Paloma (1894)-
Gracias a Internet, durante estos últimos años he vuelto a escuchar la canción
de aquella tarde con la paseante presencia de una jovencísima Françoise Hardy.
La contemplación del vídeo con diferentes subtitulados me provoca una sonrisa de complicidad, como cuando
veo a una joven pareja «les yeux dans les yeux et la main dans la main», pero
la imagen también me recuerda el respeto que merece la elegancia de quien nace
bella y se hace todavía más hermosa gracias a su sensibilidad.
La lección conviene
aprenderla porque ayuda a respetar a quienes no comparten esa suerte de la genética o el destino. Justo en
aquellos años sesenta, cuando escuchaba a Françoise Hardy y tantas francesas
formaban parte de los sueños, acudía al fútbol con mi padre. Allí trabajaba, vendiendo
pipas y chucherías, una mujer con el rostro destrozado por un accidente. Los
energúmenos que nos rodeaban la llamaban Brigitte Bardot con las consiguientes
risotadas, que se repetían domingo tras domingo. Mi padre nunca rio ante
semejante bestialidad. Yo tampoco porque hasta le veía algo molesto con la
reiterada «broma». Los tiempos y el lugar no permitían ir más allá, pero ese
silencio de mi padre fue tan elocuente como el rostro de Françoise Hardy. Aquella
mujer, probablemente, no tenía quien le murmurara a la oreja «je t’aime» y se
lo merecía por padecer la brutalidad de un país donde la llegada de las
Ninette, Ivette, Mireille o Silvie suponía una ráfaga de aire fresco. Y, si
eran como Françoise, ni os cuento…