[…] A lo largo del proceso judicial
en Jerusalén, prolijo, con innumerables declaraciones testificales e infinidad
de documentos escritos en el alemán que dominaba, Hannah fue descubriendo el
horror de un totalitarismo no solo por el daño causado, en el caso del nazismo,
inmensurable, sino porque el mal fue convertido en algo banal. Cuidado con este
calificativo, ahora lo explicaremos. Eichmann no es un sádico demente (como no
lo es el pueblo alemán); no solo es una persona normal, sino que es ejemplar.
“Eichmann no constituía un caso de enajenación en el sentido jurídico, ni
tampoco de insania moral […], tampoco constituía un caso de anormal odio hacia
los judíos, ni un fanático antisemita, ni tampoco un fanático de cualquier otra
doctrina” ¿Entonces, de dónde tanto mal?, de su banalización. Para Hannah lo
grave, lo realmente trascendental, es la capacidad de un pueblo para convertir
el mal causado a terceros en un mero acto burocrático. Eso es lo que representa
Eichmann: un vulgar funcionario que resuelve los asuntos propios de su
negociado y que, como tal, está obligado a hacerlo con suma eficacia y
eficiencia. Ese es el imperativo y esa es la “percepción” del pueblo (el auto
convencimiento interesado y, por lo tanto, éticamente culpable). Lo que sucede
no es sino la mera realización de tareas burocráticas. Gasear a un pueblo es el
mismo acto burocrático que resolver un expediente de concesión de uso de un
suelo público. Los actos que causan daño a las personas o a sus bienes, que
generan dolor, abandonan el ámbito de la moral, incluso del penal por no
existir en su código un tipo que lo defina, para serlo del espacio burocrático,
de lo administrativo. La controversia que pudiese generar alguno de esos actos
se dirimiría en la jurisdicción de lo administrativo y no en la de lo penal; no
lo discutirían los filósofos sino los juristas de administración pública.
¿Qué no entiende, Germán? ¿La expresión jurisdicción de lo administrativo? Ámbito judicial en el que se dirimen las controversias, los desacuerdos, que tienen que ver con decisiones del gobierno o de responsables de sus oficinas. Que el ayuntamiento te ha puesto una multa y no estás de acuerdo, ¡a la jurisdicción de lo contencioso! Que la seguridad social te deniega una ayuda a la que crees tener derecho, ¡a la jurisdicción de lo contencioso!
Bien, vale, eso ya lo sabía. No, me refería a lo de la banalización del mal. Yo siempre entendí que se trataba de pensar que no pasa nada porque se haga daño a alguien que se lo merece, porque es un gilipollas, porque está portándose mal o, simplemente, porque está incumpliendo alguna ley… Yo qué sé, lo mismo oigo decir de los atentados de ETA, que para los vascos eso eran una banalización del mal.
Son muchos los lectores de Hannah
Arendt, y todos los que hablan de oídas, los que han entendido que la expresión
“la banalidad del mal” viene a significar que a un mal determinado no se le da
importancia, que la gente considera un daño inferido a terceros como algo
insignificante, de poca importancia, aunque ese daño sea su destrucción, su
muerte. Menos aún puede aceptarse la interpretación de que esa expresión ha de
entenderse como el mal ejercido en cumplimiento de un mandato, legal o ilegal.
La banalización del mal es el efecto, el resultado, de un proceso por el que un Estado convierte el daño a terceros, a una sola persona o miles de ellas, en un simple y mero acto burocrático llegando a ser percibido así por la sociedad (también valdría la expresión “por un pueblo”); el Estado integra los actos mediante los que se ejerce violencia y se causa daño a terceros en su estructura administrativa como un acto burocrático más. No hay pensamiento reflexivo. Una vez realizado el efecto, quienes infligen el daño se consideran probos funcionarios públicos para quienes sus acciones destructivas tienen el mismo valor que el de rellenar un impreso, redactar un informe o cuñar un documento. Esa es la concepción de Hannan Arendt, aún más relevante que esa que se tiene por generalizada, pues con esa banalización Hannah está diciendo que el mal es parte sustancial de la sociedad, de tal modo que las personas, sujetos con capacidad cognitiva, no perciben lo que está sucediendo, como no lo hacen con el trasiego de documentos entre oficinas de las administraciones públicas o con la actividad que se realiza en esas oficinas. Les permite adormecer la conciencia. Son actos que carecen de profundidad, es una realidad superficial que, como tal, carece de radicalidad alguna.
Esto es lo que Hannah descubrió en las declaraciones que Eichmann realizó ante el tribunal que le juzgaba en Jerusalén y en la actitud con la que se manifestaba. Él era un probo funcionario, un ejemplar burócrata, que no realizó sino sencillos y meros actos administrativos (esa concepción enraíza en la filosofía alemana: Kant -el deber por el deber- y Hegel -su concepción de Estado y de sus administradores, los burócratas-).
Por eso, para Arendt, el pueblo alemán no era culpable de las atrocidades del régimen nazi como tampoco un pueblo es culpable de los actos administrativos que ese pueblo tiene como tales. Ha de ser objeto de reproche moral pues, por mucho que el proceso de banalización se haya completado hasta la perfección causando un efecto absoluto, como personas no fueron privadas de su capacidad cognitiva y su capacidad de discernimiento, pero no puede ser llevado a los tribunales como cómplice de las atrocidades cometidas por sujetos concretos, individualizados. Culpar a un pueblo es diluir la culpa de unos pocos, los ejecutores, en una masa informe en la que termina desapareciendo.
Sintetizo. La banalización del mal no es sino un proceso por el que se llega a considerar el daño causado a terceros como un acto burocrático más, como presentar una instancia en una oficina pública. Puede que les ayude a entenderlo un hecho actual y continuamente presente en nuestras vidas: la inmigración ilegal. Fíjense que ya, de entrada, la calificamos de ilegal, contraria a las leyes. Que quienes son detenidos en un país sin estar en posesión de los papeles que acrediten su estancia legal son recluidos en campos de refugiados o en centros especiales, un acto burocrático más. ¿O no? Que hay dolor y sufrimiento en aquellos a los que se detiene, sí, ¿y qué?, que hubiesen solicitado y obtenido un visado, así de sencillo, así de claro, la inmigración es un problema burocrático: tienes visado, papeles, dentro; no los tienes, fuera, por ti mismo o a empujones.
Veo el gesto de muchos de ustedes. Fuerte, ¿eh? Escandaloso… Eso es lo que nos enseña Hannah Arendt. Eso es la banalización del mal.
Y sí, señoras, señores, repito, eso es la banalización del mal.
No se confundan, no dar relevancia al mal no es banalización del mal. Eso es ser una persona malvada a quien no le importa el mal causado a otros. Es muy posible que a esa confusión lleve el uso común de banal, aquello que es trivial, insustancial. No hace mucho, en nuestro departamento se impartió una conferencia titulada “La banalización de la política”, también habrán oído ustedes la expresión “la banalización de la democracia” y muchas más parecidas a estas y con el mismo significado de no dar importancia, incluso, indicando que no tiene valor alguno.
Pues no, reitero, eso no es lo que dice Hannah cuando enuncia “la banalidad del mal”.
Sea cual sea la importancia que haya tenido Kant en la formación de la mentalidad del “hombre sin importancia” alemán, no cabe la menor duda de que, en un aspecto, Eichmann siguió verdaderamente los preceptos kantianos: una ley era una ley, y no cabían excepciones.
Y así fue. Eichmann, durante el proceso, no dejaba de repetir que él simplemente era un buen funcionario sujeto a la obligación de cumplir y hacer cumplir las leyes de su país
El mal, convertido en un acto
burocrático. No me cansaré de repetirlo esperando de ustedes que sepan
aplicarlo en los análisis que hagan de hechos que están ocurriendo ante todos
nosotros.
Pero para que ese proceso se dé, es
necesario que la sociedad tenga como propio el efecto que de él se deriva. La
banalidad del mal solo es posible si hay un pueblo que reduce los actos
criminales a meros actos burocráticos. Ese convencimiento, esa percepción de
que aquello que sucede a tu alrededor está sujeto a leyes y reducido a un
acontecer ordinario burocratizado, eso, convierte a un pueblo en sujeto del mal
que realizan sus “funcionarios”, sin que eso suponga que se diluya en ese
colectivo “pueblo” la responsabilidad moral y penal de cada uno de los sujetos
que lo componen. Y ya no sirve la excusa: “yo no sabía”. Dice Hannah en su
Epílogo, en un supuesto diálogo con Eichmann: “Con esto quisiste decir que,
cuando todos, o casi todos, son culpables, nadie lo es. Esta es una conclusión
muy generalizada, pero nosotros no la aceptamos. […] En otras palabras, ante la
ley, tanto la inocencia como la culpa tienen carácter objetivo, e incluso si
ochenta millones de alemanes hubiesen hecho lo que tú hiciste, no por eso
quedarías eximido de responsabilidad”.
Concluyendo. De aquel proceso, fue testigo de él, y de cientos de documentos que leyó atenta y rigurosamente, Hannah expresa su convencimiento de la “colaboración” de judíos en la Solución Final, recuerden la anécdota contada por el filólogo Klemperer, y hace referencia a “la banalidad del mal”. Pues bien, ese convencimiento y esa referencia, unido a las reiteradas críticas de carácter jurídicas a diversas actuaciones procesales le supusieron a Hannah que el sionismo se lanzase en tromba contra ella y que lo hiciese con saña y con todos los medios a su alcance, muchos. […]
Y en ese “frente al mundo”, Hannah no lo está por teorías científicas o filosóficas, verdades racionales sujetas a la discrepancia, sino que lo está por hablar de hechos, por sus afirmaciones factuales, verdades factuales que deberían guiarse por el principio de que “los hechos no se discuten”, son o no son. “Por motivos de conveniencia, usaré esta distinción sin discutir su legitimad intrínseca. Dado que nuestro objetivo es descubrir el daño que el poder político puede infligir a la verdad, analizaremos estos asuntos por razones políticas más que filosóficas y, por tanto, podemos evitar preguntarnos qué es la verdad y contentarnos con tomar la palabra en el sentido que las personas suelen darle”, porque la verdad racional puede ser perseguida, ocultada, asesinando a sus pensadores o quemando su obra, pero eso no impedirá que en otro lugar y al mismo tiempo o en otro tiempo y allí donde fue perseguida alguien la desvele ante sus conciudadanos; pero la verdad factual depende del conocimiento que se hayan tenido de los hechos contenidos en ella, de lo que quede fijado en los anales de la Historia. Memoria.
Memoria…
Disculpen, pero en los tiempos que
corren…, ¡no me digan que no es una expresión clásica!, digo que en los tiempos
que corren es difícil resistirse a aparcar lo que estamos explicando y hacer un
pequeño excurso, una nota al margen, sobre la memoria. Nuestros clásicos
discutían sobre qué parte del alma es la memoria, si es o no una de sus
potencias o si es una función más de la potencia intelectiva. Nosotros diremos
que es una función del cerebro, área neuronal en la que se archiva lo vivido o
lo conocido por uno. Es decir, es un reservorio privado, único de cada uno de
nosotros, subjetivo. La actividad que en ella se desarrolla, siempre y cuando
no haya interferencias temporales o definitivas en los procesos sinápticos, es
completamente subjetiva, propia de un solo sujeto, y de esa actividad solo
podemos decir si es buena o mala, total o parcial, exacta o inexacta; pero no
podremos decir memoria histórica o memoria democrática o cualquier otro
adjetivo de ese tenor. No caben como modificadores calificativos de memoria.
Puede haber memoria de la democracia como puede haber memoria de un tiempo de
dictadura. Entendemos que la democracia o la dictadura solo son materia de la
Historia y que, para su constitución, los llamados historiadores, personas que
para serlo han de cumplir unos requisitos epistemológicos, son los que le darán
contenido con la suma de memorias singulares comunicadas, sin abandonar el
principio de contradicción, y sometidas al contraste, matización o ampliación
con el contenido de documentos y archivos gráficos o de imágenes.
Dejen a la Historia lo que es de la historia. Permitamos que los individuos, hombres o mujeres, compartan sus recuerdos, lo archivado en su memoria, habitualmente a su modo y conveniencia, para someterlos a contraste con lo que cada uno dice recordar de lo que fue. Es trabajo de quien se dedique profesionalmente al estudio de la historia depurar, de lo aportado, aquello que ha sido añadido por cada quién o, consciente o inconscientemente, ocultado, teniendo como material de estudio todo elemento que “hable” del momento histórico que se estudia. Para exhumar asesinados de las cunetas, no se necesita una ley de la memoria, sino una ley de recuperación de desaparecidos durante tal periodo. En Alemania, para condenar el nazismo, no aprobaron ninguna ley de la memoria, no tendría sentido, les bastó con introducir en el código penal unos artículos en los que se tipifica como delito la negación del holocausto o la exaltación o glorificación del gobierno nazi.
Y tras este pequeño excurso, o si lo prefieren, después de haber tomado nota al margen de sus apuntes, les dejo a ustedes con esta pregunta: ¿tiene sentido epistemológico la expresión “memoria democrática”?
Hasta la próxima.
¿De qué estáis hablando?
En clase de tercero estamos reflexionando sobre la post verdad y como una concreción de esta, sobre verdad y mentira en la política y lo hacemos a partir del pensamiento de Hannah Arendt, de paso les he explicado el significado de la expresión “la banalidad del mal”. Y por lo que dice Ester, entiendo que hay quien lo ha entendido y lo está aplicando a un hecho concreto y actual: el trato dado a la llamada inmigración ilegal.
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