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lunes, 23 de septiembre de 2024

«Cantad alto». Cultura y antifranquismo en Andalucía, coordinado por Diego Caro Cancela


 

El catedrático Diego Caro Cancela, de la Universidad de Cádiz, acaba de mandarme un volumen colectivo publicado bajo su coordinación: «Cantad alto». Cultura y antifranquismo en Andalucía (1965-1976). Sus páginas me han aportado abundante información sobre aquellos años y, al mismo tiempo, las conclusiones evidencian la necesidad de salir de Madrid o Barcelona para recoger la diversidad de manifestaciones culturales que se dieron en el marco de la oposición a la dictadura.

Las comparaciones del lector son inevitables y, al saber de las más variadas iniciativas protagonizadas por los andaluces con «inquietudes», el término era habitual por entonces, he buscado en la memoria su correlato con las conocidas de mi entorno. Incluso con algunas que tuve la oportunidad de vivir en directo a mediados de los años setenta.

Una experiencia inolvidable en ese sentido fue el intento, frustrado a base de golpes, de rendir homenaje a Miguel Hernández en mayo de 1976, unas semanas antes de que en Granada se celebrara otro similar estudiado por Diego Caro en el mismo volumen. La convocatoria se hizo bajo el título de Homenaje de los pueblos de España a Miguel Hernández, movilizó a muchas personas y, a pesar de la represión, los participantes alcanzaron algunos de los objetivos propuestos.

Gracias al Archivo de la Democracia, de la Universidad de Alicante, contamos con imágenes y documentos que refrescan la memoria de unos momentos vividos cuando estudiaba el primer curso de Filología Española. Por entonces, mi relación con el poeta era mínima, apenas conocía lo sucedido durante las décadas anteriores y la voluntad de participar solo era una respuesta propia del entusiasmo de la juventud movilizada.



Al cabo del tiempo, he sabido de otros homenajes similares dedicados al propio Miguel Hernández, Federico García Lorca y Antonio Machado. Incluso he escrito sobre los intentos del franquismo para incorporar estos poetas a su cultura. Fueron reiterativos y, en algunas ocasiones, apreciables en sus resultados. No obstante, la tónica general estuvo marcada por el autoritarismo, la represión y, sobre todo, la negativa a que esos homenajes fueran protagonizados por personas ajenas a la cultura de la dictadura.

El 20 de febrero de 1966, según cuenta Diego Caro Cancela, estaba previsto celebrar el homenaje a Antonio Machado en Úbeda. El acto central consistía en la colocación de un busto del poeta realizado por Pablo Serrano, justo donde el también profesor daba sus paseos, y celebrar un recital poético con la colaboración de Fernando Fernán-Gómez, Francisco Rabal y Fernando Rey.

Los primeros pasos del homenaje se dieron en un clima de relativa permisividad, pero llegado el día, y ante la evidencia de que el Machado homenajeado era inasumible por la dictadura, la represión policial se cernió sobre los participantes. El balance supuso carreras, golpes y hasta veintisiete detenidos por pretender dar los «Paseos con Antonio Machado».

La sorpresa no cabe para quien conoce los límites en los que se desenvolvía la cultura antifranquista, pero Diego Caro Cancela incluye la contraprogramación propuesta por el régimen unas pocas semanas después. El homenaje incluía otro busto, una lápida en el instituto donde dio clases el poeta, una misa en su memoria, un recital poético con Blas Piñar como mantenedor y un festival benéfico-taurino.

La glosa de Antonio Machado por parte de Blas Piñar, su némesis, debió ser singular, pero la jornada en general «helaría el corazón» de un poeta cuya memoria se pretendía poner al servicio de una imagen aperturista del régimen. El precio a pagar era la desnaturalización de su legado literario.

El relato de estos hechos parece sacado del baúl de los recuerdos. Algunos pensarán que forman parte de un pasado ya clausurado. Sin embargo, justo ahora, cuando varios compañeros andan empeñados en promover la nulidad de la sentencia de Miguel Hernández, veo comportamientos de políticos locales bastante similares a los de quienes organizaron el festival benéfico-taurino:

https://www.informacion.es/opinion/2024/09/22/caton-alcalde-orihuela-108394032.html

La corta vida de Miguel Hernández fue suficiente para que en su trayectoria veamos diferentes personalidades, desde la del católico hasta la del militante comunista. Todas son respetables y dignas del conocimiento, pero el intento de desvincular al poeta de la II República y, sobre todo, la negativa a admitir lo brutal que resultó su procesamiento parece bochornoso a estas alturas.

Afortunadamente, los tiempos han cambiado desde fechas como las de 1966 y 1976. Ahora no habrá detenidos ni golpes. Incluso el próximo día 31 de octubre, con la prevista asistencia del presidente del Gobierno, se celebrará en Madrid el acto donde quedará declarada nula la sentencia de acuerdo con lo previsto en el artículo 6 de la Ley de Memoria Democrática.

El desenlace será feliz para un empeño hernandiano con una larga trayectoria de iniciativas hasta ahora frustradas. Incluso tengo el orgullo de que, para argumentarlo, mi libro Los consejos de guerra de Miguel Hernández (2022) haya sido útil. Para eso lo escribí, pero todavía queda pendiente el objetivo de que lo documentado sea admitido por todos los sectores democráticos.

Si en 1966, según cuenta Diego Caro Cancela, hubo gente dispuesta a recibir golpes para homenajear a Machado, nuestro propósito de divulgar lo investigado es comparativamente una cuestión menor. Así lo entiendo y, mientras escucho a quienes me hablan del Miguel Hernández católico, siempre recuerdo sus momentos finales, cuando quienes decían encarnar ese catolicismo se comportaron con la saña de los vencedores.

Las pruebas están al alcance de cualquiera, como los versos siempre oportunos de Antonio Machado. Solo resta aceptar este legado, comprenderlo en su complejidad e incorporarlo a nuestra cultura democrática. La alternativa pasa por las porras de los grises y la organización de festivales taurinos, aunque ahora esas manifestaciones de la España más autoritaria se hayan adaptado a los tiempos que corren.

 

 

 

 

sábado, 6 de enero de 2024

Santiago de la Cruz: "Sonría, por favor"


La imagen de alguien que ha sido condenado a muerte y ha sufrido una durísima experiencia carcelaria suele estar asociada con el drama. La justificación es obvia. No obstante, algunas personas consiguen salir adelante gracias a un espíritu tan alegre como positivo. La historia del periodista Santiago de la Cruz Touchard, uno de los protagonistas del segundo volumen de Las armas contra las letras, así lo atestigua con algunas fotos incluidas en su álbum familiar.


Aunque vallisoletano de nacimiento, Santiago de la Cruz Touchard fue un madrileñista que desde los años treinta perteneció a los Amigos de la capa, agrupación a la que dedicó un chotis poco antes de la guerra. «Madrid de ayer» se convertiría en himno oficioso de esta agrupación de caballeros ataviados con capa y dispuestos a la broma carnavalesca como vemos en la foto arriba reproducida.


El humor del periodista cinematográfico es compatible con numerosas fotos donde aparece con su sempiterna pajarita y chaqué como prueba de una elegancia que le caracterizó desde los años veinte, cuando ejercía de escritor galante en la línea de Álvaro Retana, pero también con otras fotos simpáticas donde no duda a la hora de posar sonriente en pijama; eso sí, con un pañuelo al cuello como toque distinguido.


El amigo de la capa ejerció de noctámbulo en numerosas fiestas y tuvo la oportunidad de recibir un fraternal beso de Paco Rabal, un murciano siempre dispuesto a la broma como el propio Santiago de la Cruz Touchard.


El trabajo como periodista cinematográfico le permitió entrevistar a bellas señoritas de la época, como la que aparece en la foto y, por desgracia, no he conseguido identificar. Mis compañeros Miguel Ángel Lozano y Antonio Escudero me indican que se trata de la actriz Irán Eory. Ellos eran adolescentes cuando yo iba a la primaria y recuerdan mejor las bellezas de ese momento.


Otras entrevistadas son fácilmente reconocibles, como una jovencísima Marisol y una no menos joven Rocío Dúrcal, con quienes coincidiría en galas a las que el periodista asistía para dar cuenta de la actualidad cinematográfica en las revistas mejicanas donde colaboraba.


La labor periodística que desarrolló en las décadas de los años cincuenta y sesenta fue reconocida por la industria cinematográfica española y Santiago de la Cruz Touchard recibió diversos galardones, como el entregado de la mano del actor José Suárez en la foto abajo reproducida.


Las fotos con bellezas como Sofía Loren o Carmen Sevilla eran compatibles con las visitas al maestro Azorín, que por entonces se convirtió en un colega de Santiago de la Cruz porque descubrió el entusiasmo por el cine y cultivó la crítica para comentar, a su manera, las películas vistas en aquel Madrid de finales de los años cincuenta. El tercer caballero es Ángel Cruz Rueda, que se encargó de editar las obras completas del alicantino, según me recuerda mi colega Miguel Ángel Lozano. Antonio Barragán, de la Universidad de Córdoba, me explica las razones por las que cabe suponer una conversación entre el periodista y el editor donde el tema de la guerra debía obviarse.



Por último, Santiago de la Cruz tuvo la oportunidad de entrevistar a actores y directores norteamericanos que visitaron España con motivo de sus rodajes. La foto con Gregory Peck con motivo de su presencia en España no la he incluido porque es complicado recortar la imagen del norteamericano, con más de un metro noventa, teniendo al lado al vallisoletano. La foto con Orson Welles permite una imagen más equilibrada.


Otras muchas fotos se encuentran en el álbum familiar, pero las mostradas -con posibles errores en la identificación o falta de datos que el lector puede aportar- son suficientes para probar que no todas las víctimas del franquismo acabaron convertidas en unas personas con trayectorias asociadas a la derrota, la marginación y el silencio. 
Santiago de la Cruz Touchard salió adelante, y no fue el único, porque como dijera Max Aub al relatar el final de la guerra en el puerto de Alicante, los derrotados eran los representantes de una España que habría tenido un gran futuro de no mediar el golpe de Estado del general Franco y la posterior dictadura:
«Estos que ves ahora deshechos, maltratados, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo, a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero. Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides, hijo, no lo olvides» (Campo de los almendros).