martes, 22 de septiembre de 2026

Los historiadores de la T.I.A.


 Mortadelo, ocurrente historiador

Mortadelo, Filemón y un servidor nacimos en 1958. Desde entonces, y han pasado años, mantenemos una discreta relación que me permite saber de unas aventuras ahora solo imaginarias tras el fallecimiento de Francisco Ibáñez. Gracias a haberlos visto al servicio de la T.I.A. en las más arriesgadas aventuras, de vez en cuando imagino otras donde pudieran actuar a mayor gloria del despropósito, que es un objetivo respetable si despierta sonrisas.

Hace unos días, al ver en RTVE el documental Lorca, las horas perdidas, de El Rugido Producciones, pensé que para los responsables de semejante desaguisado Ian Gibson está a la misma altura que Mortadelo y Filemón y que, en aras de dar a todos un protagonismo equidistante, los tres podían coincidir en un mismo documental sobre las últimas horas de García Lorca.

Filemón anda obsesionado con su calvicie y apenas lo imagino como historiador, pero Mortadelo es el rey del disfraz y el paradigma del absurdo. Por lo tanto, cabe situarlo en esa faceta a las órdenes de la T.I.A., empeñada ahora en demostrar que no hubo un golpe de Estado el 18 de julio de 1936 y que, tras desplazarse el poeta a Granada, su «fusilamiento» se debió básicamente a unas rencillas familiares agravadas por la aparición en La casa de Bernarda Alba de unas alusiones capaces de ofender el honor de sus rivales de toda la vida.

El empeño revisionista de los mortadelos es osado, pues supone desmentir lo aportado por décadas de investigaciones de otros agentes más cualificados, pero menos ocurrentes. La gloria y la popularidad están reservadas a los atrevidos. Así, pues, los émulos de nuestro camaleónico personaje, lejos de arredrarse, asumen su misión entre los aplausos de quienes andan aburridos con tantas explicaciones documentadas, que pueden tener su validez académica, pero nunca dan espectáculo.

Varios de los participantes en el citado documental han dado cuenta de su estupor al ver la emisión. También al comprobar hasta qué punto sus intervenciones eran manipuladas en el montaje. Sin embargo, creo que no han tocado la tecla adecuada, que es la participación en Lorca, las horas perdidas de algunos mortadelos. Y en igualdad de condiciones, claro está, porque los responsables de El Rugido Producciones no son unos tristes dispuestos a indagar sobre la cualificación académica de los entrevistados.

La lista de las «mortadelas» incluidas en el documental es demasiado larga como para ser abordada tras las críticas publicadas y abajo enlazadas. Puestos a combatir las pretensiones revisionistas de la T.I.A., y dada mi condición de catedrático de Literatura que explica La casa de Bernarda Alba, me centraré en aguarle la fiesta a los mortadelos que sostienen la influencia de esta tragedia en otra nada imaginaria como fue la muerte del poeta.

Según explica M.ª Francisca Vilches de Frutos en su edición publicada en Cátedra, García Lorca dio por terminada La casa de Bernarda Alba el 19 de junio de 1936, aunque retocaría hasta el final de su vida el texto en una tarea habitual entre los dramaturgos a la espera del estreno. A finales de ese mes, lo leyó ante unos amigos reunidos en el domicilio de los condes de Yebes y el 12 de julio, poco antes de salir de Madrid, repitió la experiencia en la casa del doctor Eusebio Oliver.

Los privilegiados que escucharon su lectura fueron personas de confianza como Gregorio Marañón, Jorge Guillén y Pedro Salinas. Ninguno, a diferencia de lo supuesto por los mortadelos, parece capaz de cotillear que en la obra había alusiones onomásticas a una familia enemistada con la del poeta en su tierra natal y desconocida en Madrid. Por entonces, las noticias no corrían como la pólvora y resulta difícil imaginar cómo los rivales granadinos supieron de Pepe el Romano y Bernarda Alba, allá en una ciudad de provincias desde la que no mantenían una relación con los cenáculos literarios frecuentados por García Lorca.

Los dos manuscritos conservados se salvaron de milagro y, finalmente, La casa de Bernarda Alba fue estrenada el 8 de marzo de 1945 en el teatro Avenida de Buenos Aires, gracias a la intervención de Margarita Xirgu. La obra estuvo ausente de las carteleras nacionales hasta muchos años después por razones obvias y tampoco pudo llegar al conocimiento de los rivales granadinos por la vía escénica, si es que eran habituales del teatro.

Los mortadelos no acostumbran a trazar la línea que une los puntos entre el efecto y la causa, sino que establecen la relación causal en el limbo de lo supuesto. Así pueden imaginar la ofensa de quienes se vieron retratados en los citados personajes de la tragedia y, consiguientemente, comprender su reacción que terminó con un fusilamiento porque no era cuestión de perder el tiempo en una demanda por una ofensa del honor familiar.

A los mortadelos, siempre tan ocurrentes, hay que darles el beneficio de la duda. Tal vez alguno de los citados amigos del poeta, incluso Rafael Rodríguez Rapún, divulgara que García Lorca había aprovechado La casa de Bernarda Alba para vengarse de unos granadinos molestos. En tal caso, el problema es que no deberíamos hablar de la citada tragedia porque, de acuerdo con la poética aristotélica, el autor habría actuado como un botarate.

Quienes nos dedicamos a estos menesteres, sin voluntad de ser ocurrentes, sabemos que el poeta solía partir de datos concretos, históricos o contemporáneos, para la redacción de sus obras teatrales. No obstante, lo recreado nunca era la trasposición directa de ese punto de partida a los escenarios. Entre otros motivos, porque de haber actuado así habría anulado buena parte del valor teatral de sus creaciones, que permanecen en el tiempo porque vuelan más allá de semejante atadura a una realidad tan circunstancial.

El tema es de dominio público para cualquier estudiante de Filología Española, pero los mortadelos frecuentan poco las aulas y los responsables de El Rugido Producciones nunca exigen a sus entrevistados una trayectoria académica. De cara al espectáculo del revisionismo, resulta más agradecida la participación de un ocurrente que facilite una explicación sencilla a una cuestión compleja. Y subrayarla mediante el montaje, para que resulte más sencilla sin entrar en los matices que los mortadelos a veces incluyen en sus informes publicados. El resultado es propio del populismo historiográfico, que cada vez cuenta con más adeptos en un país donde cualquiera sienta cátedra sin pisar un aula.

Así nos va, pero el presidente de RTVE, agudo en otras ocasiones, en esta ha encajado un gol por culpa de un delantero experimentado como el que, al parecer, está detrás de El Rugido Producciones. José Pablo, el portero, debiera recoger el balón y entonar el mea culpa para evitar que la T.I.A. se salga con la suya sin mediar una sola sonrisa. No lo hará, porque el orgullo corporativo carece de límites en una sociedad polarizada donde reconocer un error es una muestra de flojera combativa.

Para más información acerca de esta polémica, véase:

https://www.eldiario.es/vertele/noticias/documental-rtve-asesinato-lorca-enfada-asociacion-memoria-historica-entrevistados-revisionismo-impone_1_13523791.html

https://www.elsaltodiario.com/memoria-historica/lorca-horas-perdidas-revisionismo-television-publica

https://www.elindependientedegranada.es/cultura/horas-perdidas-con-lorca

https://www.marca.com/tiramillas/television/2026/09/20/lluvia-criticas-rtve-documental-lorca-admite-teoria-muerte-descartada-expertos.html

https://deloreanmilenario.com/2026/09/20/critica-lorca-las-horas-perdidas/

https://nuevarevolucion.es/criticas-al-documental-lorca-las-horas-perdidas-por-despolitizar-el-asesinato-del-poeta/

 


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