Mortadelo, Filemón y un
servidor nacimos en 1958. Desde entonces, y han pasado años, mantenemos una
discreta relación que me permite saber de unas aventuras ahora solo imaginarias
tras el fallecimiento de Francisco Ibáñez. Gracias a haberlos visto al servicio
de la T.I.A. en las más arriesgadas aventuras, de vez en cuando imagino otras
donde pudieran actuar a mayor gloria del despropósito, que es un objetivo
respetable si despierta sonrisas.
Hace unos días, al ver en
RTVE el documental Lorca, las horas perdidas, de El Rugido Producciones,
pensé que para los responsables de semejante desaguisado Ian Gibson está a la
misma altura que Mortadelo y Filemón y que, en aras de dar a todos un
protagonismo equidistante, los tres podían coincidir en un mismo documental
sobre las últimas horas de García Lorca.
Filemón anda obsesionado
con su calvicie y apenas lo imagino como historiador, pero Mortadelo es el rey
del disfraz y el paradigma del absurdo. Por lo tanto, cabe situarlo en esa
faceta a las órdenes de la T.I.A., empeñada ahora en demostrar que no hubo un
golpe de Estado el 18 de julio de 1936 y que, tras desplazarse el poeta a
Granada, su «fusilamiento» se debió básicamente a unas rencillas familiares
agravadas por la aparición en La casa de Bernarda Alba de unas alusiones
capaces de ofender el honor de sus rivales de toda la vida.
El empeño revisionista de
los mortadelos es osado, pues supone desmentir lo aportado por décadas de
investigaciones de otros agentes más cualificados, pero menos ocurrentes. La
gloria y la popularidad están reservadas a los atrevidos. Así, pues, los émulos
de nuestro camaleónico personaje, lejos de arredrarse, asumen su misión entre
los aplausos de quienes andan aburridos con tantas explicaciones documentadas,
que pueden tener su validez académica, pero nunca dan espectáculo.
Varios de los
participantes en el citado documental han dado cuenta de su estupor al ver la
emisión. También al comprobar hasta qué punto sus intervenciones eran
manipuladas en el montaje. Sin embargo, creo que no han tocado la tecla
adecuada, que es la participación en Lorca, las horas perdidas de algunos
mortadelos. Y en igualdad de condiciones, claro está, porque los responsables
de El Rugido Producciones no son unos tristes dispuestos a indagar sobre la
cualificación académica de los entrevistados.
La lista de las
«mortadelas» incluidas en el documental es demasiado larga como para ser
abordada tras las críticas publicadas y abajo enlazadas. Puestos a combatir las
pretensiones revisionistas de la T.I.A., y dada mi condición de catedrático de
Literatura que explica La casa de Bernarda Alba, me centraré en aguarle
la fiesta a los mortadelos que sostienen la influencia de esta tragedia en otra
nada imaginaria como fue la muerte del poeta.
Según explica M.ª
Francisca Vilches de Frutos en su edición publicada en Cátedra, García Lorca
dio por terminada La casa de Bernarda Alba el 19 de junio de 1936,
aunque retocaría hasta el final de su vida el texto en una tarea habitual entre
los dramaturgos a la espera del estreno. A finales de ese mes, lo leyó ante
unos amigos reunidos en el domicilio de los condes de Yebes y el 12 de julio,
poco antes de salir de Madrid, repitió la experiencia en la casa del doctor
Eusebio Oliver.
Los privilegiados que
escucharon su lectura fueron personas de confianza como Gregorio Marañón, Jorge
Guillén y Pedro Salinas. Ninguno, a diferencia de lo supuesto por los mortadelos,
parece capaz de cotillear que en la obra había alusiones onomásticas a una
familia enemistada con la del poeta en su tierra natal y desconocida en Madrid.
Por entonces, las noticias no corrían como la pólvora y resulta difícil
imaginar cómo los rivales granadinos supieron de Pepe el Romano y Bernarda Alba,
allá en una ciudad de provincias desde la que no mantenían una relación con los
cenáculos literarios frecuentados por García Lorca.
Los dos manuscritos
conservados se salvaron de milagro y, finalmente, La casa de Bernarda Alba fue
estrenada el 8 de marzo de 1945 en el teatro Avenida de Buenos Aires, gracias a
la intervención de Margarita Xirgu. La obra estuvo ausente de las carteleras
nacionales hasta muchos años después por razones obvias y tampoco pudo llegar
al conocimiento de los rivales granadinos por la vía escénica, si es que eran
habituales del teatro.
Los mortadelos no
acostumbran a trazar la línea que une los puntos entre el efecto y la causa,
sino que establecen la relación causal en el limbo de lo supuesto. Así pueden
imaginar la ofensa de quienes se vieron retratados en los citados personajes de
la tragedia y, consiguientemente, comprender su reacción que terminó con un
fusilamiento porque no era cuestión de perder el tiempo en una demanda por una
ofensa del honor familiar.
A los mortadelos, siempre
tan ocurrentes, hay que darles el beneficio de la duda. Tal vez alguno de los
citados amigos del poeta, incluso Rafael Rodríguez Rapún, divulgara que García
Lorca había aprovechado La casa de Bernarda Alba para vengarse de unos
granadinos molestos. En tal caso, el problema es que no deberíamos hablar de la
citada tragedia porque, de acuerdo con la poética aristotélica, el autor habría
actuado como un botarate.
Quienes nos dedicamos a
estos menesteres, sin voluntad de ser ocurrentes, sabemos que el poeta solía
partir de datos concretos, históricos o contemporáneos, para la redacción de
sus obras teatrales. No obstante, lo recreado nunca era la trasposición directa
de ese punto de partida a los escenarios. Entre otros motivos, porque de haber
actuado así habría anulado buena parte del valor teatral de sus creaciones, que
permanecen en el tiempo porque vuelan más allá de semejante atadura a una
realidad tan circunstancial.
El tema es de dominio público
para cualquier estudiante de Filología Española, pero los mortadelos frecuentan
poco las aulas y los responsables de El Rugido Producciones nunca exigen a sus
entrevistados una trayectoria académica. De cara al espectáculo del
revisionismo, resulta más agradecida la participación de un ocurrente que
facilite una explicación sencilla a una cuestión compleja. Y subrayarla
mediante el montaje, para que resulte más sencilla sin entrar en los matices
que los mortadelos a veces incluyen en sus informes publicados. El resultado es
propio del populismo historiográfico, que cada vez cuenta con más adeptos en un
país donde cualquiera sienta cátedra sin pisar un aula.
Así nos va, pero el presidente
de RTVE, agudo en otras ocasiones, en esta ha encajado un gol por culpa de un
delantero experimentado como el que, al parecer, está detrás de El Rugido
Producciones. José Pablo, el portero, debiera recoger el balón y entonar el mea
culpa para evitar que la T.I.A. se salga con la suya sin mediar una sola
sonrisa. No lo hará, porque el orgullo corporativo carece de límites en una
sociedad polarizada donde reconocer un error es una muestra de flojera
combativa.
Para más información acerca de esta polémica, véase:
https://www.elsaltodiario.com/memoria-historica/lorca-horas-perdidas-revisionismo-television-publica
https://www.elindependientedegranada.es/cultura/horas-perdidas-con-lorca
https://deloreanmilenario.com/2026/09/20/critica-lorca-las-horas-perdidas/
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