sábado, 26 de septiembre de 2026

El payaso Ramper en la jurisdicción militar


 Ramper

La popularidad de Ramón Álvarez Escudero, Ramper (1892-1952), fue enorme a lo largo de las décadas de los veinte y los treinta. El payaso, caricato, acróbata y actor triunfó en el mundo del espectáculo hasta el punto de convertirse en una celebridad. El público en masa acudía a sus espectáculos con la garantía de reír gracias a un humor fresco y ocurrente en el que no faltaban las bromas sobre la actualidad. Siempre dichas en el tono propio de un humor blanco, aunque a veces le costaran algunos contratiempos.

El 18 de julio de 1936, Ramper estaba en Barcelona rodando un filme y, según declaró a la prensa, poco después decidió emprender el camino de regreso a Madrid, aunque podía haber seguido otras rutas más seguras. Una vez en la capital, siguió en activo hasta el final de la guerra. La circunstancia, paralela a la vivida por los hermanos Aragón en el reducido círculo de los payasos, siempre me llamó la atención porque ignoraba hasta qué punto fue determinante para su destino durante la posguerra.

Pedro Corral, en su monografía Cómicos en guerra (2026), aborda este caso y aporta información interesante. No obstante, he querido consultar las fuentes primarias relacionadas con el paso por la jurisdicción militar de este célebre payaso que, cuando falleció en 1952, tuvo un multitudinario entierro cuyas imágenes nos han llegado gracias al No-Do.

La documentación se encuentra en el Archivo General e Histórico de Defensa. Apenas doce folios recogen unas diligencias previas (sumario 7777, legajo 4957), que fueron archivadas sin desembocar en un consejo de guerra. El auditor del Ejército de Ocupación no llegó a encomendar la instrucción de las diligencias a un juzgado concreto a raíz de una denuncia presentada por el abogado y teniente Fernando García Montoto, que mientras estaba destinado en Zaragoza debió mantener una actitud vigilante para hacer los correspondientes méritos.

El teniente cumplimentó una ficha de Ramón Álvarez Escudero a partir de una entrevista concedida por el payaso al periodista José Altabella y publicada en Blanco y Negro el 19 de agosto de 1938. En realidad, la fecha de la publicación es el 1 de ese mismo mes, concretamente en la página 16. Por unos sorprendentes cauces que ignoro, la información destinada al auditor que actuaba en Zaragoza llegó a su colega de la Jefatura Territorial de Marruecos.

La ficha elaborada por el teniente parte de un hallazgo hemerográfico que, según el auditor de Tetuán puesto en contacto con su colega en Madrid, podía justificar el procesamiento de quien actuaba por entonces «libremente» en un teatro de la capital. El responsable de dicha jefatura, en carta del 4 de mayo de 1939 dirigida al auditor del Ejército de Ocupación, transcribe un párrafo de la ficha redactada por un teniente que tal vez ignorara el destino de su vigilante trabajo.

Según Fernando García Montoto, Ramper «concedió una interviú al redactor de la citada revista roja, José Altabella, en el transcurso de la cual desmintió cuantos chistes políticos contrarios al régimen republicano se le han achacado, manifestó que la “sublevación” de los militares le cogió en Barcelona filmando una película, yéndose luego a Madrid voluntariamente. Y, además, dedicó una fotografía a los lectores de dicha revista -y que se publicó en el referido número- con el siguiente autógrafo: “A los lectores de Blanco y Negro prometo que soy Ramper”».

Del párrafo transcrito, deducimos que la posible acusación se basaba en el desmentido de la autoría de los chistes contra la II República, la calificación del Glorioso Movimiento Nacional como una sublevación, la permanencia voluntaria en zona republicana y, finalmente, la promesa en vez del juramento para que los lectores supieran que el retratado era el verdadero Ramper, que por su condición de caricato actuaba con distintas caracterizaciones.

Fernando García Montoto no andaba desencaminado a la luz de lo actuado por entonces en la jurisdicción militar. La entrevista de Blanco y Negro podría haber justificado la instrucción de un sumarísimo de urgencia, como hemos visto en otros casos analizados en la tetralogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores.

No obstante, Ramper tal vez fuera demasiado popular y querido en Madrid como para ir a un consejo de guerra, aunque este dictara una pena menor. Tras llegar la denuncia a Madrid, nadie movió un dedo para instruir diligencias destinadas a averiguar el comportamiento del payaso en los escenarios de la capital y documentar su participación en festivales organizados por los republicanos. La tarea resultaba sencilla, pero el resultado podía ser inoportuno, además de innecesario, si el objetivo era hacer entrar en vereda al payaso.

Tras siete meses de incertidumbre, los suficientes para sentir el aliento de la represión, el 9 de diciembre de 1939 el auditor del Ejército de Ocupación acuerda archivar el sumario de Ramper sin necesidad de practicar las habituales diligencias. La actuación es excepcional. La interpretación optimista conduce a una relativa tolerancia ante un caso leve. La pesimista, más acorde con la experiencia de haber investigado decenas de sumarios, lleva a pensar que los militares eran conscientes del aviso dado a Ramper y que, por una cuestión de supervivencia, el payaso lo tendría en cuenta sin necesidad de pasar por la cárcel. El cálculo estaba fundamentado.

Ramón Álvarez Escudero se libró de compartir el destino de tantos colegas que lo habían elogiado en las páginas de la prensa republicana. La historia de estas diligencias previas acaba bien. No obstante, si ojeamos la bibliografía sobre Ramper, observamos una constante: a partir del final de la guerra, el otrora célebre y triunfante payaso no levantó cabeza, se arruinó tras montar un circo y murió en la habitación de un hotel sevillano, cuando ya viejo intentaba seguir adelante en unos escenarios tan alejados de sus triunfos.

El aviso de los militares, en coherencia con otros que le llegarían desde distintas procedencias, surtió el previsible efecto. Ramper nunca volvió a bromear sobre la actualidad política y, si le atribuyeron algunos chistes acerca del general Franco, habría que pensar en las viñetas nunca publicadas por La Codorniz, aunque los lectores juraran haberlas visto como ejemplo de una audacia solo supuesta porque la represión no invitaba a practicar estos juegos de la imaginación.

Tal vez, en enero de 1952, cuando se celebró el multitudinario entierro de Ramper, una parte de los asistentes rindió homenaje a su pasado, aquel tiempo en que se podía bromear acerca de la actualidad sin necesidad de que un teniente elaborara una ficha destinada a un posible consejo de guerra. Lo averiguaremos, como tantos otros matices de una historia que tendrá un capítulo propio. Los payasos, quienes hacen reír desde un escenario, merecen el mejor de los recuerdos.


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