El trabajo en los
archivos a veces depara sorpresas agradables. Si el objeto de la investigación
es la represión durante la posguerra, esta circunstancia es infrecuente, pero
nunca cabe descartarla, porque los comportamientos solidarios se dan hasta en
los momentos más oscuros, cuando los protagonistas solo parecen capaces de
mostrar lo peor de la condición humana.
Desde hace unos meses,
estoy recabando la documentación relacionada con el procesamiento del cineasta
y escritor cinematográfico Antonio del Amo. Uno de los puntos controvertidos, a
partir de los trabajos ya publicados sobre este caso, es la presencia en los
sumarios de otros cineastas como avalistas del procesado. En la entrada del
pasado 30 de julio de 2026, ya expuse las primeras conclusiones acerca de esta
iniciativa solidaria de quienes eran amigos del condenado. Sus avales llegaron
tras ser dictada la sentencia y poco pudieron influir en la suerte carcelaria de
quien había compartido con los avalistas un tiempo de entusiasmo por el cine.
La búsqueda de nuevos
documentos continuó y, gracias a la colaboración del Centro Documental de la
Memoria Histórica, he encontrado nuevos avales que prueban la intervención de
Rafael Gil, su hermano Felipe, Antonio Guzmán Merino, Antonio Román y Carlos
Serrano de Osma para apoyar la conmutación de la pena de treinta años de
reclusión por otra de doce, facilitando así una pronta excarcelación.
Los datos concretos
aparecerán en el correspondiente capítulo de Final de trayecto, cuyo
original ya está prácticamente terminado y lo entregaré en diciembre a la
editorial para su publicación en 2027. Mientras tanto, solo cabe sentir emoción
al comprobar la nobleza y solidaridad de unos vencedores de la guerra capaces
de ayudar, de verdad, a un amigo que a su vez los había protegido durante la
guerra. La amistad y el agradecimiento, en este caso, se impusieron, a
diferencia de lo visto en tantos otros sumarios.
Rafael Gil, su hermano
Felipe, Antonio Guzmán Merino, Antonio Román y Carlos Serrano de Osma nunca
alardearon de su intervención, que se hizo en una jurisdicción militar donde
mentir, como ellos hicieron para procurar la salvación del amigo, podía tener
consecuencias peligrosas. Llegado el momento en que se pudo hablar públicamente
de estos temas, ellos fueron discretos y los imaginamos satisfechos por haber
actuado solidariamente en nombre de la amistad y el agradecimiento.
La actitud de estos
cineastas contrasta con la de los escritores, más o menos vinculados con el
falangismo, que dijeron haber protagonizado diversas iniciativas para salvar a
Miguel Hernández. Tras una búsqueda exhaustiva, sigo sin haber localizado una sola
prueba documental que verifique esa intervención allí donde podía ser efectiva:
en la jurisdicción militar, donde la solidaridad con un vencido suponía asumir
un riesgo. El resto forma parte del mundo especulativo donde estos supuestos
salvadores del poeta oriolano dejaron caer iniciativas nunca probadas.
La solidaridad, con el
añadido de la discreción, fue un rasgo de nobleza, que caracterizó a unos
cineastas capaces de cruzar la línea divisoria entre vencedores y vencidos,
aunque solo fuera por la amistad y el agradecimiento. El otro comportamiento,
el de los supuestos salvadores de Miguel Hernández, se limitó a la conveniencia
de no arriesgar y, pasado el tiempo con el amigo ya muerto, derivó en una
palabrería sin una base documental. A estas alturas, ni siquiera merece la pena
escucharlos.