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martes, 5 de mayo de 2026

Hasta siempre, Sol


 Soledad Gallego-Díaz

La periodista Soledad Gallego-Díaz (1951-2026), la primera directora de El País, ha fallecido tras culminar una dilatada y brillante trayectoria en el periodismo español. La prensa de hoy aborda con amplitud la triste noticia y poco podría añadir a las necrológicas o los perfiles humanos de una profesional que gozó del respeto y el cariño de los colegas.

Hace apenas tres meses, y gracias a la ayuda del novelista Sergio del Molino, pude entrar en contacto con Sol. El motivo era conocer mejor la historia de su padre, José Gallego-Díaz Moreno, un matemático con inquietudes literarias que fue procesado en un consejo de guerra por los franquistas. Le pregunté sobre el correspondiente sumario, pero la familia lo desconocía, así como otros pormenores de su trayectoria. Le dije que lo digitalizaría para ponerlo a disposición de ella y sus hermanos. Así lo hice y Sol me mandó un correo agradeciéndome la gestión.

El sumario de José Gallego-Díaz Moreno ya lo tengo digitalizado gracias a la colaboración del AGHD, así como otros documentos de su padre, pero por desgracia cuando se lo envié la enfermedad cortó la comunicación. El documento aporta importantes novedades acerca de un matemático verdaderamente singular por múltiples motivos. Nunca las pude comentar con una periodista que habría tenido la experiencia de una imprevista exclusiva familiar.

La investigación iniciada con la publicación de una entrada en este mismo blog el 13 de abril de 2026 ya está prácticamente terminada y aparecerá en el cuarto tomo de los dedicados a los consejos de guerra de periodistas y escritores. La enfermedad se ha interpuesto y no podré compartir la tarea con Sol a la búsqueda de sus testimonios, pero la culminaré en recuerdo de su padre y de ella misma, al tiempo que intentaré localizar a sus hermanos para que la memoria familiar se vea completada con la labor del historiador.

 

 


miércoles, 1 de abril de 2026

Dos tardes con Pérez Galdós


 Ignacio Martínez de Pisón

Algunas circunstancias familiares tienen consecuencias imprevisibles. Yo soy catedrático de Literatura Española gracias a mi padre, que con bastante sacrificio por su parte nos compró libros y, sobre todo, nos transmitió el gusto por la lectura. Durante la etapa escolar, casi completé la colección de Bruguera donde las más variadas aventuras venían acompañadas, cada cuatro páginas, por una a modo de tebeo. Así cabalgué por el Oeste, descubrí una isla del tesoro o acompañé a Julio Verne hasta los más recónditos lugares. En definitiva, empecé a tener el hábito de la lectura, que también es el de la imaginación.

El bachillerato, tras el temido examen de ingreso, llegaba con tan solo diez años y entonces mi padre pensó que las lecturas veraniegas debían ser más enjundiosas. Así decidió que, con disciplina militar, leería un episodio nacional de Galdós en julio y otro en agosto de cada verano empezando por Trafalgar.

Gracias a una compra hecha a plazos, disponíamos de las obras completas del novelista editadas por Aguilar en unos tomos que conservo en un lugar privilegiado de mi biblioteca. Las páginas a dos columnas de letra apretada, el tacto del papel biblia, el ritual de pasar la página con las manos limpias para no estropear la joya bibliográfica de la casa y, finalmente, la colocación de la cinta roja a modo de separador, antes de dejar el volumen en un rincón ajeno al polvo o el sol, me acompañaron durante aquellas interminables tardes de verano.

Al cabo de los siete años de bachiller leí la mayoría de los episodios nacionales de don Benito, a quien mi padre respetaba como un oráculo. La tarea nunca supuso un esfuerzo y, si en alguna ocasión me aburrí, también aprendí la conveniencia de estar aburrido sin necesidad de molestar a los demás. Al fin y al cabo, el aburrimiento es un aprendizaje, aunque ahora parece estar desacreditado.

Gracias a esa experiencia lectora, cuando en la universidad estudié a Galdós bajo el magisterio de Julio Rodríguez Puértolas todo me resultaba familiar y tuteaba tanto a Fortunata como Jacinta sin olvidar a «la de Bringas», que pronto vi interpretada por Concha Velasco. Y, por supuesto, en 1980 disfruté con la serie dirigida por Mario Camus que cada semana convocaba a millones de espectadores en horario de máxima audiencia. Por entonces, conviene recordarlo, Tele 5 y compañía ni siquiera estaban en el futuro distópico.

Las lecturas de las obras galdosianas fueron ampliándose hasta los años noventa porque impartía una asignatura dedicada a la literatura del siglo XIX. Desde entonces, lo tengo abandonado porque casi siempre acabo leyendo para escribir por obligación profesional. Sin embargo, y paradójicamente, durante estos últimos años soy más consciente de la huella de esas lecturas y encuentro su estela en autores actuales, que nunca dudan a la hora de reconocer el magisterio del novelista canario.

Uno de esos autores, y protagonista destacado en «la estantería de los amigos», es Ignacio Martínez de Pisón. Como novelista fundamentalmente realista, gracias a una prometedora iniciativa editorial de Sergio del Molino acaba de publicar un librito, Dos tardes con Galdós (Alianza, 2026). Sus páginas, no llegan a cien, prueban el conocimiento del mundo galdosiano y constituyen un homenaje, rendido con la sencillez que habría agradecido quien tantas muestras de mesura y comprensión dio en sus obras.




Gracias a Ignacio, y a una claridad expositiva a la que intento acercarme, he recordado las lecturas de Galdós y, sobre todo, he comprendido mejor el porqué de su permanencia en mi formación como lector. Hace años que explico el Siglo de Oro y al comenzar las clases confieso ante el alumnado mis preferencias. Me gusta más Lope que Calderón, pero sobre todo disfruto con Cervantes y me molesta a veces la obra de Quevedo, a quien incluso caricaturizo por su incapacidad de empatizar con personajes como el pobre Pablos de El Buscón. Góngora, por fortuna, no forma parte del temario.

La contraposición entre Cervantes y Quevedo me permite explayarme con el primero de acuerdo con lo explicado por Antonio Muñoz Molina en El verano de Cervantes (2025) y, a continuación, siempre añado la continuidad de Galdós en un punto esencial: la voluntad de comprender, a sus personajes y a su propio mundo: «comprender en el doble sentido del término: en el sentido de entender y en el sentido de tolerar o transigir» (p. 59). Ignacio, que la comparte como novelista, la explica en términos que debieran ser tomados como referencia por quienes nos abruman con una «ciencia filológica» a menudo convertida en pedantería.

Dos tardes con Galdós es un libro para leer con lápiz en la mano. No por el posible dato erudito o novedoso, que no los hay en sus páginas, sino por la reflexión compartida capaz de hacernos ver las huellas galdosianas todavía presentes en quienes nos formamos con lecturas como las impuestas para cada verano de los setenta.

Tal vez mi padre nunca lo supiera, pero gracias a esas tardes aprendí a respetar y comprender sin mistificar una realidad que, por serlo, no permite demasiadas elucubraciones. Así me lo explicó Rafael Azcona, otro entusiasta lector de Galdós, que nunca caminó mirando al cielo porque sabía del peligro de tropezar con una piedra, aquella de cuya existencia nos avisa don Benito sin necesidad de gritar y con el lujo de detalles de un buen realista.

 

 

 


domingo, 6 de abril de 2025

Una tribuna de Sergio del Molino en El País y otros artículos sobre la sentencia


 Sergio del Molino. Fuente: Wikipedia

Babelia, de El País, es el suplemento literario más leído entre los publicados en la prensa española. Sergio del Molino, periodista y escritor al que sigo con admiración desde hace años, me ha dedicado una tribuna con motivo de la reciente sentencia de un juzgado de Cádiz, que ha provocado indignación y preocupación en el mundo académico y literario. A la espera de que la jueza aclare la sentencia para presentar el correspondiente recurso ante la Audiencia Provincial de Cádiz, me abstendré de comentar mi valoración sobre esa sentencia al margen de manifestar que ha supuesto una grave afrenta para mi dignidad profesional. Afortunadamente, los numerosos gestos de solidaridad que me han llegado me animan a seguir en la lucha por la libertad de expresión, de cátedra y de investigación que ha sido cuestionada por la sentencia en contra, en mi opinión, de la doctrina del Tribunal Constitucional y abundante jurisprudencia.

En cualquier caso, siempre me quedo con lo positivo de cada circunstancia de la vida. Y estos días, que al principio fueron de consternación, se han convertido en otros de agradecimiento por las continuas muestras de solidaridad recibidas. La escrita por Sergio del Molino en El País del 5 de abril me ha emocionado especialmente:

https://elpais.com/babelia/2025-04-05/mato-mi-abuelo-al-tuyo.html

Pasado el suficiente tiempo desde su publicación y habiendo sido el texto completo del artículo ampliamente difundido a través de las redes sociales, reproduzco a continuación lo escrito por Sergio del Molino para quienes no puedan acceder a la fuente original arriba indicada:

¿Mató mi abuelo al tuyo?

Mi abuelo contaba siempre un chiste que le hacía mucha gracia: un violinista pasea por la selva y se encuentra con un tigre. El músico saca su instrumento y empieza a tocar, amansando a la fiera. Poco a poco, convoca a todos los animales, hasta que se forma un auditorio de serpientes, gorilas y demás fauna encandilada. Al final, aparece un león. Avanza hasta la primera fila y se zampa al violinista. Los animales protestan: “Maldita sea, llegó el sordo y se jodió el concierto”.

La magistrada del juzgado de primera instancia número 5 de Cádiz, Ana María Chocarro López, podría interpretar el papel de león en este cuento que no tiene ninguna gracia. Al condenar al historiador Juan Antonio Ríos Carratalá por intromisión ilegítima parcial en el derecho al honor de Antonio Luis Baena Tocón, secretario del juzgado de instrucción que procesó a Miguel Hernández en 1939, zanja de un mazazo una discusión sutil, larga, tentacular y en buena medida inefable sobre la responsabilidad y la culpa (colectiva e individual) de las sociedades sometidas a la violencia y la dictadura. Es una discusión sobre cómo funciona la represión, quién la ejerce y qué supone mirar hacia otro lado o cumplir las órdenes. Filósofos, historiadores, escritores, juristas fuera de servicio y ciudadanos de toda condición participan en un ágora necesariamente abierta cuyo valor no son las conclusiones, sino las modulaciones de la conversación misma, cuya persistencia mide la densidad democrática de un país.

La mención inicial a mi abuelo es oportuna. Hace una década escribí un libro titulado Lo que a nadie le importa sobre él, soldado raso del ejército franquista durante toda la guerra, reclutado a la fuerza, y vigilante de un campo de prisioneros al terminarla. En aquella novela me preguntaba sobre su responsabilidad y su culpa, si la sintió. ¿Nos arrastra la historia o podemos oponernos a ella? ¿Somos cómplices o marionetas? Millones de españoles con abuelos como el mío podían compartir mis dudas, y la literatura ofrece un marco para el matiz. Salvo en los casos flagrantes de gente poderosa con culpas clarísimas, la mayoría vive en un claroscuro donde no se puede separar lo blanco de lo negro.

Eso es lo que aduce el hijo de Baena Tocón en su demencial demanda contra todos los medios de comunicación de España (desestimada en su casi totalidad, salvo en unos aspectos referidos a Ríos Carratalá): que su padre era un joven que hacía el servicio militar y recaló en aquel juzgado como podría haber caído en cualquier otra covacha de la administración franquista. Considera —y la jueza le ha dado parcialmente la razón— que echarle encima la condena del poeta es un exceso y una infamia, y si no hubiera llevado la discusión por la vía judicial, su punto de vista sería un reto que enriquecería muchísimo este debate. La sentencia, en cambio, lo empobrece.

Cuando Ríos Carratalá, en su libro Nos vemos en Chicote y en otros estudios sobre la represión del primer franquismo sobre escritores y periodistas, estudia el papel de figuras como Baena Tocón, no busca una revancha judicial, sino alumbrar los rincones más oscuros de la sociedad franquista. ¿Hasta dónde llega la responsabilidad ética de la represión? ¿Es pasivo un funcionario que estampa una firma? ¿O su cumplimiento acrítico del deber pone en marcha el aparato? Más allá de los errores factuales que cualquier investigador puede cometer, la cuestión es muy especulativa y necesita grandes dosis de opinión. La sentencia toma el rábano por las hojas y aprovecha unas minucias ya corregidas e incorporadas a la discusión para recortar la libertad de expresión. Con este precedente, elaborar juicios de valor y argumentos sobre los actores de la represión va a ser muy costoso.

Desde Hannah Arendt y la banalidad del mal de su Eichmann en Jerusalén hasta la hipocresía de los Mitläufer retratados por Géraldine Schwarz en Los amnésicos (aquellos alemanes que no militaron ni colaboraron con el nazismo, pero se beneficiaron pasivamente de su silencio), estas cuestiones atormentan y entretienen a los intelectuales europeos desde la primera vez que un joven de los años cincuenta preguntó en la cena: “Papá, ¿dónde estabas tú cuando pasó aquello?”. Muchos respondieron como el personaje de Billy Wilder en Uno, dos, tres: no se enteraron de nada, trabajaban en el metro. Desde entonces, unos se han dedicado a señalar, y otros, a negar. En el caso español, la pregunta es más dura: ¿mató o encarceló tu padre al mío? Y afinando más, para centrarnos en este caso: ¿firmó la sentencia o solo la tramitó?

En cuanto las investigaciones trascienden los libros académicos (700 ejemplares en dos ediciones vendió Nos vemos en Chicote: el secreto de Baena Tocón estaba bien guardado hasta que su hijo decidió exponerlo a los tribunales), es natural que despierten duelos y quebrantos, pues hablamos de historia aún viva. Al hijo de Baena Tocón le habrán escocido más los tuits y comentarios a las noticias que cualquier licencia literaria de Ríos Carratalá, pero es al historiador a quien le ha caído encima el león sordo. No le ha devorado como al músico del chiste, pero le ha dado un buen mordisco que disuadirá al resto de violinistas de adentrarse por esa selva.

 

Pd. La revista Mongolia también se hace eco de la sentencia en un editorial publicado el 14 de abril:

https://www.revistamongolia.com/noticias/tribunales-del-nacionalcatolicismo

Asimismo, José Luis Romero ha publicado un artículo de opinión sobre el tema en el diario Información del 17 de abril:

https://www.informacion.es/opinion/2025/04/17/memoria-requiere-nombres-116488158.html

Víctor J. Vázquez, profesor titular de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevilla, ha publicado el siguiente artículo en El Diario de Cádiz y El Diario de Sevilla del 28 de abril de 2025:


El enlace del mismo es:

https://www.diariodesevilla.es/opinion/articulos/juez-historiador_0_2003823764.html

Gracias a unos amigos, me llega también un artículo de Andreu García Ribera publicado en el número de mayo-junio de El Otro País:


La Haine.org, en su web, también se hace eco de la sentencia del Juzgado de primera instancia n.º 5 de Cádiz:

https://www.lahaine.org/est_espanol.php/repaso-de-algunos-nuevos-casos

Con independencia de que esté de acuerdo o no con todo lo publicado, intentaré dar traslado de esta información para favorecer el necesario debate sobre la libertad de expresión, de investigación y de cátedra. Hasta ahora no me consta que algún medio conservador o de la derecha radical se haya pronunciado al respecto. La circunstancia difiere de lo aparecido en otros medios de izquierdas o progresistas que, más o menos, repiten lo señalado en los enlaces citados.