miércoles, 1 de abril de 2026

Dos tardes con Pérez Galdós


 Ignacio Martínez de Pisón

Algunas circunstancias familiares tienen consecuencias imprevisibles. Yo soy catedrático de Literatura Española gracias a mi padre, que con bastante sacrificio por su parte nos compró libros y, sobre todo, nos transmitió el gusto por la lectura. Durante la etapa escolar, casi completé la colección de Bruguera donde las más variadas aventuras venían acompañadas, cada cuatro páginas, por una a modo de tebeo. Así cabalgué por el Oeste, descubrí una isla del tesoro o acompañé a Julio Verne hasta los más recónditos lugares. En definitiva, empecé a tener el hábito de la lectura, que también es el de la imaginación.

El bachillerato, tras el temido examen de ingreso, llegaba con tan solo diez años y entonces mi padre pensó que las lecturas veraniegas debían ser más enjundiosas. Así decidió que, con disciplina militar, leería un episodio nacional de Galdós en julio y otro en agosto de cada verano empezando por Trafalgar.

Gracias a una compra hecha a plazos, disponíamos de las obras completas del novelista editadas por Aguilar en unos tomos que conservo en un lugar privilegiado de mi biblioteca. Las páginas a dos columnas de letra apretada, el tacto del papel biblia, el ritual de pasar la página con las manos limpias para no estropear la joya bibliográfica de la casa y, finalmente, la colocación de la cinta roja a modo de separador, antes de dejar el volumen en un rincón ajeno al polvo o el sol, me acompañaron durante aquellas interminables tardes de verano.

Al cabo de los siete años de bachiller leí la mayoría de los episodios nacionales de don Benito, a quien mi padre respetaba como un oráculo. La tarea nunca supuso un esfuerzo y, si en alguna ocasión me aburrí, también aprendí la conveniencia de estar aburrido sin necesidad de molestar a los demás. Al fin y al cabo, el aburrimiento es un aprendizaje, aunque ahora parece estar desacreditado.

Gracias a esa experiencia lectora, cuando en la universidad estudié a Galdós bajo el magisterio de Julio Rodríguez Puértolas todo me resultaba familiar y tuteaba tanto a Fortunata como Jacinta sin olvidar a «la de Bringas», que pronto vi interpretada por Concha Velasco. Y, por supuesto, en 1980 disfruté con la serie dirigida por Mario Camus que cada semana convocaba a millones de espectadores en horario de máxima audiencia. Por entonces, conviene recordarlo, Tele 5 y compañía ni siquiera estaban en el futuro distópico.

Las lecturas de las obras galdosianas fueron ampliándose hasta los años noventa porque impartía una clase dedicada a la literatura del siglo XIX. Desde entonces, lo tengo abandonado porque casi siempre acabo leyendo para escribir por obligación profesional. Sin embargo, y paradójicamente, durante estos últimos años soy más consciente de la huella de esas lecturas y encuentro su estela en autores actuales, que nunca dudan a la hora de reconocer el magisterio del novelista canario.

Uno de esos autores, y protagonista destacado en «la estantería de los amigos», es Ignacio Martínez de Pisón. Como novelista fundamentalmente realista, gracias a una prometedora iniciativa editorial de Sergio del Molino acaba de publicar un librito, Dos tardes con Galdós (Alianza, 2026). Sus páginas, no llegan a cien, prueban el conocimiento del mundo galdosiano y constituyen un homenaje, rendido con la sencillez que habría agradecido quien tantas muestras de mesura y comprensión dio en sus obras.




Gracias a Ignacio, y a una claridad expositiva a la que intento acercarme, he recordado las lecturas de Galdós y, sobre todo, he comprendido mejor el porqué de su permanencia en mi formación como lector. Hace años que explico el Siglo de Oro y al comenzar las clases confieso ante el alumnado mis preferencias. Me gusta más Lope que Calderón, pero sobre todo disfruto con Cervantes y me molesta a veces la obra de Quevedo, a quien incluso caricaturizo por su incapacidad de empatizar con personajes como el pobre Pablos de El Buscón. Góngora, por fortuna, no forma parte del temario.

La contraposición entre Cervantes y Quevedo me permite explayarme con el primero de acuerdo con lo explicado por Antonio Muñoz Molina en El verano de Cervantes (2025) y, a continuación, siempre añado la continuidad de Galdós en un punto esencial: la voluntad de comprender, a sus personajes y a su propio mundo: «comprender en el doble sentido del término: en el sentido de entender y en el sentido de tolerar o transigir» (p. 59). Ignacio, que la comparte como novelista, la explica en términos que debieran ser tomados como referencia por quienes nos abruman con una «ciencia filológica» a menudo convertida en pedantería.

Dos tardes con Galdós es un libro para leer con lápiz en la mano. No por el posible dato erudito o novedoso, que no los hay en sus páginas, sino por la reflexión compartida capaz de hacernos ver las huellas galdosianas todavía presentes en quienes nos formamos con lecturas como las impuestas para cada verano de los setenta.

Tal vez mi padre nunca lo supiera, pero gracias a esas tardes aprendí a respetar y comprender sin mistificar una realidad que, por serlo, no permite demasiadas elucubraciones. Así me lo explicó Rafael Azcona, otro entusiasta lector de Galdós, que nunca caminó mirando al cielo porque sabía del peligro de tropezar con una piedra, aquella de cuya existencia nos avisa don Benito sin necesidad de gritar y con el lujo de detalles de un buen realista.

 

 

 


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