jueves, 30 de abril de 2026

Los entremeses cervantinos (H.ª del Teatro del Siglo de Oro, 16)


 

El entremés

Tal y como hemos comentado en clase, las representaciones durante el siglo XVII en los corrales de comedias suponían una fiesta de carácter teatral donde se incluían, por este orden o aproximadamente, las siguientes piezas: 1) loa o introducción; 2) primera jornada de la comedia; 3) entremés; 4) segunda jornada de la comedia; 5) entremés: 6) tercera jornada de la comedia y 7) baile o fin de fiesta (ff. 119-123 de los apuntes de la asignatura).

Los espectadores del siglo XVII disponían de tiempo y querían verlo absolutamente todo, aunque el conjunto resultara necesariamente heterogéneo. De ahí que las representaciones intercalaran, entre las jornadas de la obra central, entremeses para que se pudiera asistir, a la vez, al mundo idealizado de la comedia, en el que triunfaban los valores ejemplares del amor, el honor y la fe, y al mundo revesado, cómico y bufo del entremés.

Este género breve con una tradición que se remonta a los pasos de Lope de Rueda se reía de algunas convenciones de la sociedad, renunciaba al amor ennoblecido, se burlaba del honor e invertía las situaciones de la comedia, pues -como señalan Rey y Sevillano en su introducción a los sainetes cervantinos- «lo que allí generaba venganzas sangrientas de honra que acarreaban la muerte de la esposa adúltera y del amante, acababa aquí en broma, con el triunfo de la mujer infiel y del burlador, y con el marido cornudo, cuando no apaleado, celebrando todos la burla mediante una fiesta».

El entremés, vocablo que venía a significar todo manjar de poca consistencia servido en el intermedio de los platos de un copioso banquete, finalmente es empleado como término para designar las piezas cortas de carácter jocoso y burlesco, escritas en prosa o verso, que se representaban entre las jornadas de una comedia para fundamentalmente divertir al público.

El origen dramático más directo del género son los pasos de Lope de Rueda, que eran breves y sencillas obras escritas mayoritariamente en prosa, de esquemática y repetitiva intriga, en las que se desarrolla una burla o engaño vulgar, pergeñado por un listo (personaje activo) contra un bobo (personaje pasivo). Una moraleja o algún que otro palo, rematado con un baile cantado, daba por finalizada la pieza.

El entremés supone un paso adelante con respecto a los pasos, ya agotados por su carácter tan simple como repetitivo, y aparece con el beneplácito del público en las representaciones de los corrales de comedias condicionado por dos circunstancias fundamentales: su contraste con la comedia y la brevedad.

La primera le llevará a una carnavalesca y temporal ruptura con la idealización del género mayor. La segunda resultará determinante para las tramas argumentales, necesariamente simplificadas para ajustarse a la brevedad, y la elección de tipos (bobo, rufián, marido cornudo o celoso, sacristán, estudiante…) con el objetivo de suplir la imposible caracterización de los personajes a lo largo del desarrollo dramático de la acción. El público identificaba a los tipos desde la primera aparición, incluso por su convencional apariencia, y el posterior comportamiento ratificaba lo previamente conocido por anteriores representaciones.

La brevedad, apenas unos quince minutos como descansadero entre las dos jornadas, de la pieza entremesil estaba reñida con una compleja fábula dramática. A veces, la misma se limitaba a la presentación de una situación que permitía un desfile de tipos y en otras ocasiones había una sencilla trama argumental para facilitar el encuentro de dos o más tipos.

Dado el determinante factor tiempo, todo lo puesto en escena debía desarrollarse y resolverse con rapidez, razón de más para que el público acogiera con mayor facilidad sus «figuras» consabidas o tipos, que por su reiteración en diferentes entremeses y su origen inserto en una tradición folklórica apenas requerían de una caracterización específica a lo largo de la representación.

El objetivo fundamental del entremés es la comicidad para divertir al público porque todavía estamos lejos del costumbrismo que también caracteriza a su sucesor, el sainete, desde los tiempos dieciochescos de Ramón de la Cruz. De hecho, los entremeses del siglo XVII carecen de coordenadas espaciales y temporales que permitan una identificación más allá de lo visto en el escenario, mientras que los sainetes suelen estar vinculados a unas coordenadas próximas y coetáneas para subrayar su carácter costumbrista, siempre compatible con la comicidad.

Situado en un itinerario de cuatro siglos que va desde los pasos de Lope de Rueda que viera representar Cervantes en su juventud hasta los sainetes de Carlos Arniches a principios del siglo XX, según lo estudiara Eugenio Asensio en su libro de 1970, el entremés es un género sin afán de trascendencia que no admitía «altas ambiciones estéticas, ni psicología compleja, ni interpretación didáctica de la sociedad».

La norma genérica cuenta con sus excepciones, más viables cuando hablamos de algunas obras que fueron editadas sin pasar previamente por los escenarios. La circunstancia de Cervantes en la edición de 1615, donde recopila ocho entremeses «nunca representados», se repetirá tres siglos después con Carlos Arniches, que solo pudo completar las posibilidades críticas de los sainetes cuando publicó algunos sin pasar por unos escenarios casi siempre refractarios a las innovaciones. La paradoja radica en que han perdurado los títulos más alejados de esos escenarios.

Lo arriba indicado como inadmisible (trascendencia, ambición estética, complejidad) caracteriza al género, salvo cuando cae en las manos de autores de la talla de Cervantes. Sus entremeses «nunca representados» en vida del autor y escritos durante su última etapa incorporaron la complejidad significativa de las obras de largo aliento que por entonces estaba creando. Los ocho entremeses publicados en 1615 y escritos probablemente entre 1610 y esta fecha de la edición fueron capaces de dotar al género breve de una profundidad equiparable a la de obras enjundiosas sin renunciar a la comicidad.

La trayectoria teatral de Cervantes careció de continuidad tras la puesta en escena de sus primeras comedias -no fracasadas, según su testimonio- y no consiguió ver representados sus ocho entremeses. Aunque su datación exacta resulta imposible, fueron escritos probablemente después de la publicación de la primera parte del Quijote, cuando gracias al éxito editorial el autor disponía de mejores condiciones para reivindicar una faceta teatral que nunca le resultó ajena o indiferente, a pesar de la omnipresencia de Lope.

Sin las obligaciones impuestas por las representaciones, el público o las compañías, poco dispuestas en general a cualquier innovación, con la prologada edición en 1615 Cervantes no solo eleva el tono del género, enriquece sus temas y dignifica su lenguaje, sino que también hace del entremés portador de una hondura temática y estética inusitadas en la tradición entremesil. El reconocimiento crítico y popular en este sentido ha sido unánime y, paradójicamente, estas obritas ahora se encuentran entre las más representadas y editadas de la historia del teatro español.

Eugenio Asensio en su introducción a los entremeses cervantinos establece tres grupos, según sean:

1)       Entremeses estáticos, como El juez de los divorcios y La elección de los alcaldes de Daganzo, sin acción ni movimiento, sin protagonista ni desenlace argumental, concebidos como un mero desfile de personajes en situación singular ante un juez o árbitro. Son los llamados entremeses de «figuras», pues el centro de la atención recae en el desfile de las mismas buscando a menudo la comicidad por el contraste entre sus diferentes tipificaciones caracterológicas.

2)   Entremeses de acción, construidos como una cadena de sucesos casualmente eslabonados, que desembocan en un final festivo que tiene mucho de caprichoso, explosivo y sorprendente. En esta categoría quedarían incluidos El vizcaíno fingido, La cueva de Salamanca y El viejo celoso.

3)      Entremeses de acción y ambiente, que unen el retrato estático a una tenue acción que evoluciona hacia un desenlace, como sucede en El rufián viudo, La guarda cuidadosa y El retablo de las maravillas, una pieza dramática que culmina todas las posibilidades del entremés en su versión cervantina.



El espectáculo dirigido por José Luis Gómez

Una vez superado el marco teatral de las representaciones en los corrales de comedias, los entremeses se suelen poner en escena agrupando e hilvanando mediante una dramaturgia dos o más títulos en unos espectáculos ajenos a otros géneros dramáticos. También cabe la representación exenta de alguno de ellos, como hiciera Federico García Lorca con La Barraca durante la II República.

Así, agrupados, los vamos a ver en la práctica de la asignatura, dedicada al espectáculo dirigido por José Luis Gómez en el Teatro de la Abadía en 2015 -ver en la teatroteca del CDT y en You Tube-, que tenía un antecedente en otro con el mismo director y espacio teatral estrenado en 1996 y, a su vez, una continuidad en un espectáculo dirigido por Ernesto Arias en 2017. De este último vimos algunas escenas en la conferencia de Javier Huerta enlazada en la entrada anterior dedicada a los entremeses cervantinos (9 de mayo de 2025).

El espectáculo dirigido por José Luis Gómez incluye los tres entremeses cervantinos que mejor responden a la condición de clásicos por su permanencia en los escenarios y vigencia ante un público contemporáneo: La cueva de Salamanca, El viejo celoso y El retablo de las maravillas. Es decir, dos entremeses de acción y un tercero de acción y ambiente, según la clasificación de Eugenio Asensio.

La selección de José Luis Gómez no solo está justificada por el valor teatral de los entremeses. También fue preciso buscar un elemento común que contribuyera a cohesionar el espectáculo. En este caso se trata del engaño, tan habitual en los distintos momentos históricos del teatro breve desde que apareciera de manera recurrente en los pasos de Lope de Rueda.

Las malcasadas que protagonizan La cueva de Salamanca y El viejo celoso engañan a sus respectivos maridos, un bobo ajeno a la realidad y un viejo enfermizamente celoso, como consecuencia de unos matrimonios sin amor, desiguales por razones de edad y resultantes de la falta de una libre elección por parte de la mujer.

Los dos artistas itinerantes que protagonizan El retablo de las maravillas se burlan de la zafiedad villana y engañan a quienes, con sus prejuicios acerca de la limpieza de sangre y el nacimiento en el seno familiar, acuden a «ver» un retablo que solo está en una prejuiciada imaginación condicionada por el engaño.

En los tres entremeses seleccionados el engaño funciona a modo de una estrategia crítica que denuncia circunstancias injustas, como las matrimoniales, o mentalidades absurdas por su vinculación con los prejuicios de casta o sociales. Se respeta así, incluso se potencia, el docere siempre presente en la obra dramática y literaria de Cervantes.

No obstante, el espectáculo de José Luis Gómez nunca renuncia a la comicidad como motor de la acción dramática. Los espectadores reímos gracias a las peripecias relacionadas con los engaños y, a continuación, tenemos la oportunidad de reflexionar sobre las causas de los mismos.

El engaño en estos entremeses de Cervantes no es tanto un castigo para el bobo como una consecuencia de su necedad, que resulta más grave en quienes ocupan puestos prominentes en la estructura social o familiar (las autoridades locales que acuden al retablo o los maridos dispuestos a recurrir a su poder económico para contraer un matrimonio desigual).

Al margen del engaño como tema derivado de la acción dramática, el espectáculo opta por mantener una atmósfera rural, perfectamente simbolizada por el árbol situado en el centro de un escenario vacío y acorde con el concepto del «teatro pobre» (Jerzy Grotowsky).




El mismo, sin su correspondiente teorización, ya está presente en los espectáculos de Lope de Rueda evocados por Cervantes. José Luis Gómez, partidario de privilegiar la palabra en el escenario, lo vacía, salvo en ese centro simbólico al que tanta rentabilidad dramática saca a lo largo del espectáculo.

Gracias a una tarea de investigación musicológica, la atmósfera rural ya está presente en los cánticos populares de los labradores que, a primera hora de la mañana, comienzan una jornada coincidente con el desarrollo del espectáculo, cuyo final se da en un atardecer. Así también se hilvanan los tres entremeses, además de transmitirnos a través de los cánticos una atmósfera imprescindible para enmarcar el espectáculo.

Los intérpretes nunca abandonan el escenario durante la representación. Aunque no intervengan en una escena concreta, a la vista del público cuentan con unos espacios laterales destinados al cambio de vestuario y donde prepararse para la siguiente. Así, con la plena conciencia de estar asistiendo a una representación ajena a la ilusión de realidad, el director refuerza el distanciamiento de los espectadores como circunstancia que facilita la función crítica, de acuerdo con las enseñanzas de Bertolt Brecht.

El tiempo unificado según lo arriba indicado y la estructura cíclica del montaje de José Luis Gómez giran en torno a la presencia natural del árbol, pronto convertido en una imagen potente a pesar de su simplicidad, y refuerzan la esencia ceremonial y festiva de la totalidad de la pieza.

La vitalidad, la calidad y la versatilidad de los intérpretes también contribuyen a esa esencia ceremonial y festiva del espectáculo, que resulta coherente con una visión de los entremeses donde el respeto a la autoría es compatible con un teatro siempre representado en presente, a la búsqueda de un público contemporáneo que puede salir exultante después de ver el espectáculo dirigido por José Luis Gómez.

Pd.: La presente entrada completa la publicada en este blog el 9 de mayo de 2025.

 

 

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