viernes, 10 de abril de 2026

El alcalde de Zalamea, de Calderón (H.ª del teatro del Siglo de Oro, 14)


 

Algunas de las obras incluidas en el temario de la asignatura muestran un «aire de familia» que se podría extender a otros títulos del teatro del Siglo de Oro igualmente destacados. Tras estudiar la Fuenteovejuna de Lope de Vega, en El alcalde de Zalamea, de Pedro Calderón de la Barca, encontramos una acción dramática completamente distinta, pero una temática común en torno al amor, la justicia y el honor.

Según los principios constitutivos de la comedia aurisecular señalados por Alexander Parker (véanse los apuntes de la asignatura), el tema prevalece sobre la acción. De ahí los paralelismos o el «aire de familia» que encontraremos entre dos obras de autores diferentes a la hora de abordar el amor, la justicia y el honor con una finalidad ideológica o política similar: la defensa de la alianza entre la monarquía y el colectivo social representado por el labrador rico, limpio de sangre y activo fiscalmente, de acuerdo con los términos establecidos por el hispanista francés Noël Salomon entre otros.

Al margen del generalizado aire de familia del que ya hemos hablado en clase, en este caso se da una singular circunstancia: la obra de Calderón de la Barca, escrita hacia 1640-42 y publicada en 1651, apareció originalmente como El garrote más bien dado -una clara alusión al desenlace- y es una refundición de otra comedia de Lope de Vega, que ha quedado postergada más allá de los círculos académicos. Según José María Díez Borque, «la obra de Calderón supera con creces el modelo, hasta el punto de convertirse en un drama totalmente nuevo y original, con la maestría de toda la producción dramática calderoniana».

El paralelismo, no obstante, dista de ser exclusivamente un resultado de esta circunstancia, que en buena medida es consecuencia de la frecuente utilización de la historia nacional para escribir comedias durante el Siglo de Oro. Tanto Lope como Calderón recurrieron a las fuentes históricas para buscar motivos o argumentos que pudieran ser dramatizados de acuerdo con sus objetivos teatrales. Y, como ya hemos comentado en otras ocasiones, lo hicieron con una notable libertad a la hora de utilizar esas fuentes. Según José María Díez Borque, «el concepto de rigor histórico no tenía operatividad y lo que les interesaba, primariamente, era utilizar hechos históricos -más o menos conocidos- y personajes reales conocidos, como un elemento más de su quehacer dramático encaminado a obtener el aplauso popular».



Al igual que ocurriera con Fuenteovejuna, la obra de Calderón parte de unos hechos históricos: la campaña militar de Portugal emprendida por Felipe II en 1580, cuando el monarca pasó por Extremadura con sus huestes camino del país vecino. Los estudios históricos distan mucho de confirmar que el rey se personara en la localidad extremeña de Zalamea de la Serena. Tampoco Lope de Figueroa, un destacado militar presente como personaje en otras comedias, parece haber estado en esa localización disputando con su alcalde. Y Pedro Crespo, el protagonista, ya era un referente conocido por el público por su presencia en la tradición folklórica o creativa, donde suele aparecer como un villano astuto y malicioso. Así podríamos añadir otras inexactitudes con respecto a los hechos históricos, pero lo fundamental es que la historia para estos autores solo es un punto de partida, nunca de llegada, tal y como hemos explicado en clase en relación con diferentes obras.

Otro elemento histórico y comprobable mediante documentación o testimonios es la conflictividad derivada de la presencia de los militares en los pueblos donde debían ser acogidos durante sus campañas. El problema llegó a ser especialmente grave a finales del siglo XVI por diversos incidentes y provocó la aparición de órdenes reales para regular esa presencia, de manera que se evitaran delitos como el de la violación, cuya consumación resulta esencial para el desarrollo dramático de la obra de Calderón.

En definitiva, El alcalde de Zalamea no solo hace referencia a unos hechos y personajes históricos, fácilmente reconocibles por parte del público, sino que a partir de los mismos Calderón busca una apariencia de veracidad añadida a la verosimilitud teatral, que nunca debemos confundir con el rigor histórico, de acuerdo con la distinción que ya planteara Aristóteles en su Poética.

La llegada de los militares a la localidad extremeña de Zalamea permite la inclusión de escenas colectivas con elementos folklóricos y hasta de la picaresca porque el «ejército» -el término resulta anacrónico para 1580- se había convertido, en gran medida, en el refugio de gentes sin oficio, pícaros y buscavidas. La contraposición con respecto a los valores defendidos por Pedro Crespo es total y, al mismo tiempo, esas escenas iniciales permiten aligerar el tono dramático de la obra de acuerdo con la variedad, sin romper la coherencia, que caracterizó la producción de Lope y Calderón.

Esa ambientación inicial con distintos tratamientos según las puestas en escena, también es posible por la presencia de personajes secundarios como Chispa y Rebolledo. Ambos pronto se convierten en imprescindibles o instrumentales para que el capitán alcance su objetivo, que es similar al del comendador de Fuenteovejuna: la violenta posesión de una mujer equiparada a un animal cazado.

La consiguiente ruptura del principio del decoro por parte del altanero militar, como ocurriera en la obra lopesca, desencadena el conflicto dramático porque afecta al honor familiar de un labrador rico (Pedro Crespo) y está en la base del trágico desenlace, que es similar en ambas obras porque implica la ejecución de quien altera la armonía social y el posterior perdón real de quienes protagonizan ese acto violento.

A diferencia de la complejidad que caracteriza a Pedro Crespo a lo largo de la comedia, don Álvaro de Ataide es un personaje negativo desde el principio de la misma hasta su ejecución, como ocurriera con el comendador de Lope. Las sucesivas escenas en las que interviene confirman la impresión inicial. Ante la perspectiva de quedar alojado en el domicilio de Pedro Crespo, el villano más rico de Zalamea, aparece soberbio y muestra un desprecio clasista cuando le hablan de la hija del labrador, que nunca será una hermosa «dama», sino una vulgar «villana». Su actitud de superioridad, añadida a los objetivos lascivos que nunca oculta, le convierten en la antítesis de quienes le van a alojar cumpliendo, a su pesar, la obligación establecida por el rey. Los polos enfrentados quedan establecidos desde el principio.

Gracias a la ingeniosa estratagema urdida con la colaboración de Rebolledo, don Álvaro de Ataide llega a los aposentos de Isabel, demostrando Calderón una vez más la inutilidad de esconder a una mujer para que no entre en contacto con hombres capaces de mancillar su honor, como veremos -aunque con distintos propósitos- en La dama duende. La sorpresa ante la belleza de la joven, correlato de la virtud en el teatro tanto de Lope como de Calderón, provoca el inmediato deseo por parte del capitán y la consiguiente ofensa al honor de la familia de Pedro Crespo.

Juan, hijo del protagonista y hermano de la ofendida por la irrupción de don Álvaro de Ataide, reacciona violentamente en defensa de ese honor familiar y se enfrenta al capitán en un duelo a espadas. El joven es un Pedro Crespo inmaduro o irreflexivo por su edad, como ocurriera al principio de Fuente Ovejuna con el maestre de la Orden de Calatrava. Juan actúa en reiteradas ocasiones con un carácter impulsivo que contrasta con el de su padre, siempre pausado, prudente y calculador en sus respuestas porque está seguro de sí mismo. La madurez implica carácter en estas comedias.

Ambos labradores ricos se sienten ofendidos por lo ocurrido con Isabel, pero la llegada de don Lope de Figueroa, un legendario militar que ejemplifica los valores de este colectivo defendidos por Calderón, soluciona momentáneamente el conflicto al imponer su autoridad. El lascivo capitán debe partir de Zalamea junto con sus colaboradores, que desempeñan una función similar a la de los servidores del comendador en Fuenteovejuna, y será el propio Lope de Figueroa, anciano y enfermo, quien quede alojado en el domicilio del labrador rico.

A partir de este momento comienza un apasionante y célebre duelo entre iguales, Pedro Crespo y Lope de Figueroa, marcado por la admiración mutua y el respeto que terminan imponiéndose a la desconfianza inicial. Sus diálogos, de una concisión lapidaria poco frecuente por entonces, han propiciado grandes momentos en la historia de la interpretación de los clásicos del Siglo de Oro.

Calderón es probable que fuera consciente de esa futura circunstancia y crea dos personajes que se terminan de definir a través de una relación con una trayectoria cambiante: comienza con la desconfianza o el recelo entre ambos y termina en una sólida amistad, a pesar del enfrentamiento final motivado por la ejecución del capitán.

Este duelo interpretativo suele ser un motivo de atracción para un público conocedor del conflicto porque El alcalde de Zalamea es una obra de repertorio. En la puesta en escena dirigida en 2015 con brillantez por Helena Pimienta a partir de una excelente versión de Álvaro Tato, el duelo corre a cargo de Carmelo Calvo y Joaquín Notario, dos actores con una fuerte personalidad y capaces de llenar el escenario. Viendo la correspondiente grabación en el catálogo del CDT podemos disfrutar como espectadores, sobre todo cuando asistimos a unos diálogos incorporados a los momentos más recordados del teatro aurisecular.

La contraposición entre don Lope de Figueroa y don Álvaro de Ataide impide considerar la obra de Calderón como una crítica al estamento militar. El supuesto antimilitarismo sería un absurdo en un autor como Calderón, que participó con orgullo en la campaña de Cataluña. El general representa la autoridad y el modelo positivo del colectivo militar. Don Lope se impone en varias escenas, aunque debe ceder ante Pedro Crespo en el desenlace, mientras que el capitán termina ejecutado por sus excesos. No hay, pues, en El alcalde de Zalamea una crítica a los militares, sino solo a aquellos que rompen con el principio del decoro, al igual que ocurría con el comendador de Lope de Vega cuando abusa de su autoridad en vez de proteger a los habitantes de Fuente Ovejuna.

Tras la llegada de don Lope de Figueroa el conflicto del capitán con la familia del labrador rico parece solucionado, pero solo momentáneamente porque una vez trazado por el autor debe ser culminado de acuerdo con las normas implícitas de un teatro siempre atento a mantener la atención del público.

El capitán desafía de nuevo la autoridad de quien le ha mandado salir de Zalamea y regresa a la localidad para raptar a Isabel con la ayuda de sus fieles e impidiendo violentamente la respuesta del padre. La escena es tan dura como conmovedora, aparte de un punto de inflexión en el desarrollo dramático. El deshonor de la familia de Pedro Crespo queda así culminado y, a partir de ese momento, el padre ofendido intenta restaurarlo valiéndose de su nombramiento como alcalde y, por lo tanto, siendo una autoridad capaz de movilizar al resto de los villanos.

Al igual que ocurriera con la rebelión del héroe colectivo de Fuente Ovejuna caracterizado por Javier Huerta en una de las conferencias enlazadas, la decisión de actuar contra un militar debe resultar inevitable como mal menor y, además, convenientemente justificada para la posterior ratificación por parte del monarca en el desenlace.

Pedro Crespo, herido en lo más profundo de su honor, que mantiene con orgullo sin recurrir a la compra de ejecutorias o a un «honor postizo» como le recomienda su hijo en la primera jornada, se humilla ante el capitán. De rodillas y con humildad, el alcalde le pide que se case con Isabel para remediar la ofensa de la violación.

La actitud del protagonista podrá repugnar al público desde una perspectiva actual, pero debemos observarla en el marco de la cosmovisión de aquel teatro y, sobre todo, verla como un recurso que justifica el posterior comportamiento de Pedro Crespo: el alcalde castiga a quien le ha humillado y despreciado al rechazar la oferta de matrimonio con Isabel. La caracterización negativa del capitán queda así cerrada y su antagonista justificado para emprender una actuación ajena a la legalidad vigente.

El amor virtuoso regido por un principio de armonía, el único admitido en este teatro del Siglo de Oro según lo visto en reiteradas ocasiones a lo largo de la asignatura, ha quedado arrinconado por el comportamiento del capitán. El honor horizontal defendido por Pedro Crespo, como fruto de los hechos o el comportamiento del individuo y no heredado desde su nacimiento (honor vertical), ha resultado mancillado por el sujeto ajeno al principio del decoro y, llegada la tercera jornada, el desarrollo dramático trata de elucidar cómo debe actuar la justicia para castigar a quien conculca todas las normas, desafía a la autoridad tanto civil como militar y, además, ni siquiera acepta la posibilidad de reparar el daño causado en una mujer tan virtuosa como inocente.

El conflicto central de El alcalde de Zalamea tiene una dimensión histórica, jurídica e ideológica convenientemente puesta de relieve por la bibliografía crítica, pero al igual que ocurriera en Fuente Ovejuna como espectadores lo entendemos mejor, y hasta nos interesa más, gracias a la concreta dimensión personal protagonizada por Isabel, una mujer indefensa que debe ser protegida y vengada como ocurriera con la Laurencia de Lope de Vega. Ambas protagonistas también lo reclaman de forma vehemente en un nuevo ejemplo del conmovere que justifica el posterior movere, tanto de los protagonistas, los héroes colectivos encabezados por los alcaldes, como del propio público.

Pedro Crespo, orgulloso de su dignidad como ser humano y paradigma del honor horizontal otorgado como recompensa por su fidelidad monárquica (Domingo Indurain), decide hacer justicia sin que la misma parezca una venganza de carácter personal. Así detiene a su propio hijo para castigarle por su impulsivo carácter cuando pretende vengar a su hermana, y a don Álvaro de Ataide, que como militar permanecía ajeno a la jurisdicción de un civil.




El alcalde moviliza a los villanos gracias a su autoridad tan oportunamente otorgada y simbolizada con la vara de mando que le acompaña desde ese momento, detiene al altanero capitán que se cree a salvo ante un civil y, finalmente, le manda ejecutar, aun a sabiendas de que carece de competencias para hacerlo sin conocimiento de los militares o el rey. Su argumento o coartada supone un razonamiento de peligrosas derivadas en el ámbito jurídico: la autoridad civil acierta en lo más importante, la legislación vigente condenaba a muerte a los militares que hubieran cometido una violación, sin importarle lo menos, el requisito de que esa sentencia debía ser dictada por la jurisdicción militar, cuyo representante en esta ocasión es don Lope de Figueroa.

La tardía llegada del militar para hacerse cargo del capitán capturado por los villanos supone un nuevo motivo de enfrentamiento con el alcalde de Zalamea, que ya lo ha ejecutado -añadiendo la indignidad del garrote vil- y se muestra decidido a defender su sentencia con la firmeza de quien cree haber actuado correctamente. El conflicto solo puede ser solucionado por un rey que, una vez más, encarna la justicia poética, cierra la obra con su resolución y permite entender el sentido ideológico de la comedia.

Felipe II llega a Zalamea, conoce con espanto lo sucedido al capitán, al principio -como ocurriera en Fuente Ovejuna- pretende castigar al osado alcalde, pero acepta escuchar sus razones. Pedro Crespo, representante de los campesinos ricos que según explicara el hispanista Noël Salomon eran el mayor sustento fiscal de la monarquía, expone sus razones, subraya la inevitabilidad de la ejecución de don Álvaro de Ataide por la gravedad de su comportamiento y reclama haber actuado con justicia, aunque sin las debidas competencias.

El rey, a regañadientes ante los hechos consumados como sucediera en Fuente Ovejuna, acepta las razones de Pedro Crespo, asume como propia la sentencia dictada por el alcalde y resuelve el conflicto entre la jurisdicción militar y la civil. El desenlace de la justicia poética permite además la reconciliación, manteniendo las distancias, entre el alcalde y Lope de Figueroa. Este, siempre enfermo para reforzar su caracterización dramática, parte en compañía del rey y llevándose en sus filas a Juan, un hijo que desde el principio ha manifestado su deseo de aventuras como militar y lejos de la villa donde su padre sienta todo su orgullo y honor. Ambos contrapuestos a los ridiculizados gracias a don Mendo, el pobre hidalgo que también pretende la mano de Isabel.

Pedro Crespo ha justificado «el garrote más bien dado» y, dado su nombramiento como «alcalde perpetuo», hasta podemos considerar que es el triunfador de la obra porque ha impuesto su voluntad. Sin embargo, el protagonista de Calderón es un personaje complejo y contradictorio que se aleja de los tipos tan habituales en el teatro del Siglo de Oro.

El alcalde triunfa aparentemente porque ha mandado ejecutar a quien deshonró a su familia, pero fracasa en lo más íntimo, ya que al final de la obra se queda solo y sin esperanza de continuidad. Isabel, públicamente deshonrada y de acuerdo con la mentalidad imperante en aquel teatro, parte a un convento donde permanecerá encerrada el resto de su vida. Su hermano, el futuro del protagonista, se aleja de Zalamea sin que quepa imaginar su regreso.

El vencedor Pedro Crespo paga un precio muy alto por su orgullosa defensa de un honor que, fundamentalmente, solo es un motivo dramático; es decir, «un recurso que permite al autor conducir a unos personajes a ciertas situaciones límite, imponerles dilemas en apariencia insolubles y hacer posible un número de confrontaciones dramáticas» (Ruano de la Haza). El alcalde, sujeto a la extrema rigidez de ese honor de cuestionable presencia en la realidad histórica del siglo XVII, acaba derrotado más allá de las apariencias. También dramáticamente solo en un futuro convertido en una condena: le queda el orgullo y poco más.

Calderón da así a su protagonista una dimensión trágica y conmovedora que lo singulariza en el marco de aquella producción teatral, donde imperaban los tipos con sus comportamientos esquemáticos y previsibles. Pedro Crespo actúa lejos de esos parámetros y todavía nos conmueve cada vez que le vemos en escena.

A continuación, enlazo varios vídeos relacionados con la puesta en escena dirigida por Helena Pimienta, la seleccionada para las prácticas, y otro del Canal UNED dedicado a la obra de Calderón:





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