El ingeniero Cirilo Benítez Ayala con la novelista Carmen Laforet.
El 6 de abril de 1950, el
tren expreso n.º 1517 que cubría la línea Madrid-Gijón descarriló a las 9:25
horas de la mañana tres kilómetros después de pasar Pola de Lena, a la altura
de Villallana. Además de los sesenta y nueve heridos, diecinueve personas
murieron en el accidente, entre ellas cinco militares y un procurador en
Cortes. También un ingeniero de la propia RENFE, Cirilo Benítez Ayala (Las
Palmas, 1917), que desde su destino laboral en Astorga iba a la capital
asturiana para contactar con una joven. En su maleta, abierta a resultas del
accidente, llevaba ejemplares de Mundo Obrero, que habrían sido
incautados por el agente Roberto Conesa Escudero en la estación de Gijón
porque, probablemente, la destinataria era una infiltrada de la Brigada
Político Social.
El funeral por las
víctimas del accidente se celebró en un hangar de la madrileña Estación del
Norte. El cineasta Juan Antonio Bardem (1922-2002) y el ingeniero José
Gallego-Díaz Moreno (1913-1965) acudieron a despedir al amigo con quien
compartieron ilusiones en unos tiempos difíciles. También al joven de
personalidad fascinante y antecesor de Jorge Semprún en su labor de
penetración en los círculos culturales. Ambos pronto percibieron que estaban
rodeados de agentes de la citada brigada, que no procedieron a detenerles
porque el momento era inoportuno.
José Gallego-Díaz Moreno
mostró inquietudes literarias a lo largo de una trayectoria con el denominador
común de la brillantez en varias facetas. El ingeniero, que por entonces había
culminado tres carreras universitarias, dedicó un poema al amigo fallecido. Lo
publicó, gracias a los hermanos Miralles, en el séptimo número de la revista
canaria Planas de poesía (1949-1951), que pronto fue prohibida por
subversiva. La elegía constituyó una prueba de cargo en las posteriores
diligencias para su procesamiento.
La detención del
ingeniero llegó el 3 de febrero de 1953 a manos del infatigable Roberto Conesa
Escudero, que nunca dejó pasar un poema sospechoso o una hoja clandestina. José
Gallego-Díaz Moreno tenía experiencia en materia de procesos judiciales. Tras haber
pasado la guerra en Madrid, colaborando en periódicos como El Sol, incautado
por el PCE, y en las oficinas del Instituto de Reforma Agraria, el 10 de junio
de 1940 fue absuelto en un sumarísimo de urgencia. La «buena conducta», los
«antecedentes derechistas», la condición de «camisa vieja» y hasta el asesinato
de su hermano Vicente, ejecutado por «las ordas marxistas» el 26 de agosto de
1936, le salvaron de una condena que por haber actuado en la órbita comunista
habría sido dura en aquellas fechas.
La absolución no impidió
la depuración profesional y, alejado momentáneamente de las aulas
universitarias, el ingeniero agrónomo, licenciado en Ciencias Exactas y en
Química, encontró acomodo en una academia montada en el domicilio de su madre,
donde contó con Cirilo Benítez Ayala como profesor siendo alumnos el citado
Juan Antonio Bardem y el novelista Juan Benet. Ambos evocaron esa experiencia
con admiración, que también sería compartida por Luis
García Berlanga.
Mientras tanto, el 5 de
abril de 1943 le acusan de pertenecer al Socorro Rojo y «ser un rojo peligroso
relacionado con guerrilleros». La denuncia no prosperó por falta de pruebas. El
ubetense debió ser persona de arrestos al igual que su amigo Cirilo, pues junto
con Juan Antonio Bardem acudía regularmente a una pequeña chocolatería en la
calle San Bernardo esquina a San Hermenegildo. La regentaba el camarada Paulino
García Moya, que acabaría procesado. Todos estaban en el punto de mira del
agente Roberto Conesa Escudero.
Cirilo Benítez Ayala
viajó a Francia en 1946 para formalizar su ingreso en el PCE tras convencer al
comité central de su pretensión de constituir células en los ámbitos culturales
y académicos. Su colega no le fue a la zaga, pues por esas fechas también
se desplazó a París para publicar trabajos científicos y «casualmente» se
encontró con sus amigos Pablo Neruda y Manuel Tuñón de Lara, «con los que
mantuvo conversaciones, si bien bastante amplias, desprovistas de todo interés
o matiz político», según su declaración en los locales de la Brigada Político
Social de la Jefatura Superior de Policía efectuada el 3 de febrero de 1953,
cuando le detuvieron a raíz del encarcelamiento de Manuel Suárez
García, un «filósofo del comunismo» a quien había conocido dos años antes en
una tertulia del café Zahara en la Gran Vía.
Roberto Conesa Escudero estaba
al tanto de esas tertulias, que también se daban en el Gijón, el Nacional o en
el Varela inmortalizado por Rafael Azcona. Incluso en el rincón existencialista
del Sésamo, donde sería posible bailar con el paso de los años como vemos en El
pisito (1958), de Marco Ferreri. El agente de la Brigada
Político Social sabía que estos intelectuales eran menos peligrosos que los
obreros organizados, pero nunca los dejó sueltos y detuvo a la mayoría porque
en las dependencias policiales tenían un listado de «antecedentes», donde
constaba desde una poesía elegiaca hasta folletos de agrupaciones un tanto
fantasmales como el Centro de Intercambios Culturales Europeos (CICE). Las
tapaderas nunca lo fueron para los responsables de una Brigada Político Social
que conocía a «los habituales sospechosos» como firmantes en aquellos precarios
espacios abiertos a un mínimo de libertad.
José Gallego-Díaz Moreno permaneció en las dependencias de la brigada durante veinticinco días de
declaraciones y careos, mientras recibía el apoyo de falangistas heterodoxos,
aunque mejor colocados en el régimen, como el periodista Patricio González de
Canales y el catedrático Santiago Montero Díaz. No obstante, lo decisivo sería
el informe del coronel Enrique Eymar Fernández firmado el 12 de febrero de
1953.
El juez instructor para
los delitos de espionaje y comunismo le considera un «hombre de gran valía»,
además de «excelente matemático» y abnegado padre de cinco hijos a los que
sacaba adelante gracias al pluriempleo. En su debe solo consta que fuera «un
hombre libre en sus manifestaciones y expansiones». Por lo tanto, el coronel propone al capitán general de la I Región Militar su puesta en
libertad, que fue definitiva el 30 de marzo de 1953.
El ubetense no cambió entonces
de amigos ni prescindió de sus inquietudes de «hombre libre». Así, entre
tertulias, publicaciones científicas o literarias y manifiestos, llegó hasta
febrero de 1956, cuando «los alborotadores y jaraneros» marcaron un punto de
inflexión en la Universidad Complutense donde desde 1955 ejercía de catedrático
de Física General de la Escuela Técnica de Ingenieros Agrónomos. Allí
permaneció hasta 1959, cuando decidió buscar unos horizontes académicos acordes
con su valía y ajenos a la mirada de agentes como Roberto Conesa Escudero.
José Gallego-Díaz Moreno visitó
varias universidades norteamericanas y entre 1960 y 1964 fue profesor de la
Universidad del Zulia en Maracaibo. Desde allí pasó a la Universidad Central de
Caracas, donde le esperaba un porvenir brillante como catedrático y unas
condiciones de trabajo ajenas a la precariedad vivida en España. Quienes
tuvieron la dicha de conocerle le recuerdan como un sabio creador de ciencia y
capaz de transmitirla a los demás. También como un humanista inquieto y alejado
del alicorto mundo cultural o académico de la posguerra. En Caracas, junto con
los suyos, todo podía mejorar, pero un accidente automovilístico acabó con esa
ilusión familiar el 16 de febrero de 1965.
Al cabo de los años y muy
lejos, en aquella Venezuela con tantos españoles por distintos motivos, José
Gallego-Díaz Moreno compartió el fatal destino de su amigo Cirilo. El
paralelismo entre ambos va más allá, pues los dos ingenieros compartían
sabiduría, entusiasmo y osadía en una España presidida por el miedo. Y lo
hicieron desde unos orígenes poco habituales. Tal vez porque la historia carece
de reglas de fácil explicación y está repleta de excepciones. Su análisis requiere investigación y reflexión. Las pondremos al servicio de un nuevo capítulo, el
dedicado a Cirilo y Pepe, que aparecerá en el cuarto tomo dedicado a los
consejos de guerra de periodistas y escritores.


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