lunes, 13 de abril de 2026

La trayectoria paralela de dos ingenieros



El ingeniero Cirilo Benítez Ayala con la novelista Carmen Laforet.
Foto de la familia Bosch publicada por El Día, el 2-X-2021.

El 6 de abril de 1950, el tren expreso n.º 1517 que cubría la línea Madrid-Gijón descarriló a las 9:25 horas de la mañana tres kilómetros después de pasar Pola de Lena, a la altura de Villallana. Además de los sesenta y nueve heridos, diecinueve personas murieron en el accidente, entre ellas cinco militares y un procurador en Cortes. También un ingeniero de la propia RENFE, Cirilo Benítez Ayala (Las Palmas, 1917), que desde su destino laboral en Astorga iba a la capital asturiana para contactar con una joven. En su maleta, abierta a resultas del accidente, llevaba ejemplares de Mundo Obrero, que habrían sido incautados por el agente Roberto Conesa Escudero en la estación de Gijón porque, probablemente, la destinataria era una infiltrada de la Brigada Político Social.

El funeral por las víctimas del accidente se celebró en un hangar de la madrileña Estación del Norte. El cineasta Juan Antonio Bardem (1922-2002) y el ingeniero José Gallego-Díaz Moreno (1913-1965) acudieron a despedir al amigo con quien compartieron ilusiones en unos tiempos difíciles. También al joven de personalidad fascinante y antecesor de Jorge Semprún en su labor de penetración en los círculos culturales. Ambos pronto percibieron que estaban rodeados de agentes de la citada brigada, que no procedieron a detenerles porque el momento era inoportuno.



El ingeniero José Gallego-Díaz Moreno.
Fuente: Historia Hispánica (RAH)


José Gallego-Díaz Moreno mostró inquietudes literarias a lo largo de una trayectoria con el denominador común de la brillantez en varias facetas. El ingeniero, que por entonces había culminado tres carreras universitarias, dedicó un poema al amigo fallecido. Lo publicó, gracias a los hermanos Miralles, en el séptimo número de la revista canaria Planas de poesía (1949-1951), que pronto fue prohibida por subversiva. La elegía constituyó una prueba de cargo en las posteriores diligencias para su procesamiento.

La detención del ingeniero llegó el 3 de febrero de 1953 a manos del infatigable Roberto Conesa Escudero, que nunca dejó pasar un poema sospechoso o una hoja clandestina. José Gallego-Díaz Moreno tenía experiencia en materia de procesos judiciales. Tras haber pasado la guerra en Madrid, colaborando en periódicos como El Sol, incautado por el PCE, y en las oficinas del Instituto de Reforma Agraria, el 10 de junio de 1940 fue absuelto en un sumarísimo de urgencia. La «buena conducta», los «antecedentes derechistas», la condición de «camisa vieja» y hasta el asesinato de su hermano Vicente, ejecutado por «las ordas marxistas» el 26 de agosto de 1936, le salvaron de una condena que por haber actuado en la órbita comunista habría sido dura en aquellas fechas.

La absolución no impidió la depuración profesional y, alejado momentáneamente de las aulas universitarias, el ingeniero agrónomo, licenciado en Ciencias Exactas y en Química, encontró acomodo en una academia montada en el domicilio de su madre, donde contó con Cirilo Benítez Ayala como profesor siendo alumnos el citado Juan Antonio Bardem y el novelista Juan Benet. Ambos evocaron esa experiencia con admiración, que también sería compartida por Luis García Berlanga.

Mientras tanto, el 5 de abril de 1943 le acusan de pertenecer al Socorro Rojo y «ser un rojo peligroso relacionado con guerrilleros». La denuncia no prosperó por falta de pruebas. El ubetense debió ser persona de arrestos al igual que su amigo Cirilo, pues junto con Juan Antonio Bardem acudía regularmente a una pequeña chocolatería en la calle San Bernardo esquina a San Hermenegildo. La regentaba el camarada Paulino García Moya, que acabaría procesado. Todos estaban en el punto de mira del agente Roberto Conesa Escudero.

Cirilo Benítez Ayala viajó a Francia en 1946 para formalizar su ingreso en el PCE tras convencer al comité central de su pretensión de constituir células en los ámbitos culturales y académicos. Su colega no le fue a la zaga, pues por esas fechas también se desplazó a París para publicar trabajos científicos y «casualmente» se encontró con sus amigos Pablo Neruda y Manuel Tuñón de Lara, «con los que mantuvo conversaciones, si bien bastante amplias, desprovistas de todo interés o matiz político», según su declaración en los locales de la Brigada Político Social de la Jefatura Superior de Policía efectuada el 3 de febrero de 1953, cuando le detuvieron a raíz del encarcelamiento de Manuel Suárez García, un «filósofo del comunismo» a quien había conocido dos años antes en una tertulia del café Zahara en la Gran Vía.

Roberto Conesa Escudero estaba al tanto de esas tertulias, que también se daban en el Gijón, el Nacional o en el Varela inmortalizado por Rafael Azcona. Incluso en el rincón existencialista del Sésamo, donde sería posible bailar con el paso de los años como vemos en El pisito (1958), de Marco Ferreri. El agente de la Brigada Político Social sabía que estos intelectuales eran menos peligrosos que los obreros organizados, pero nunca los dejó sueltos y detuvo a la mayoría porque en las dependencias policiales tenían un listado de «antecedentes», donde constaba desde una poesía elegiaca hasta folletos de agrupaciones un tanto fantasmales como el Centro de Intercambios Culturales Europeos (CICE). Las tapaderas nunca lo fueron para los responsables de una Brigada Político Social que conocía a «los habituales sospechosos» como firmantes en aquellos precarios espacios abiertos a un mínimo de libertad.

José Gallego-Díaz Moreno permaneció en las dependencias de la brigada durante veinticinco días de declaraciones y careos, mientras recibía el apoyo de falangistas heterodoxos, aunque mejor colocados en el régimen, como el periodista Patricio González de Canales y el catedrático Santiago Montero Díaz. No obstante, lo decisivo sería el informe del coronel Enrique Eymar Fernández firmado el 12 de febrero de 1953.

El juez instructor para los delitos de espionaje y comunismo le considera un «hombre de gran valía», además de «excelente matemático» y abnegado padre de cinco hijos a los que sacaba adelante gracias al pluriempleo. En su debe solo consta que fuera «un hombre libre en sus manifestaciones y expansiones». Por lo tanto, el coronel propone al capitán general de la I Región Militar su puesta en libertad, que fue definitiva el 30 de marzo de 1953.

El ubetense no cambió entonces de amigos ni prescindió de sus inquietudes de «hombre libre». Así, entre tertulias, publicaciones científicas o literarias y manifiestos, llegó hasta febrero de 1956, cuando «los alborotadores y jaraneros» marcaron un punto de inflexión en la Universidad Complutense donde desde 1955 ejercía de catedrático de Física General de la Escuela Técnica de Ingenieros Agrónomos. Allí permaneció hasta 1959, cuando decidió buscar unos horizontes académicos acordes con su valía y ajenos a la mirada de agentes como Roberto Conesa Escudero.

José Gallego-Díaz Moreno visitó varias universidades norteamericanas y entre 1960 y 1964 fue profesor de la Universidad del Zulia en Maracaibo. Desde allí pasó a la Universidad Central de Caracas, donde le esperaba un porvenir brillante como catedrático y unas condiciones de trabajo ajenas a la precariedad vivida en España. Quienes tuvieron la dicha de conocerle le recuerdan como un sabio creador de ciencia y capaz de transmitirla a los demás. También como un humanista inquieto y alejado del alicorto mundo cultural o académico de la posguerra. En Caracas, junto con los suyos, todo podía mejorar, pero un accidente automovilístico acabó con esa ilusión familiar el 16 de febrero de 1965.

Al cabo de los años y muy lejos, en aquella Venezuela con tantos españoles por distintos motivos, José Gallego-Díaz Moreno compartió el fatal destino de su amigo Cirilo. El paralelismo entre ambos va más allá, pues los dos ingenieros compartían sabiduría, entusiasmo y osadía en una España presidida por el miedo. Y lo hicieron desde unos orígenes poco habituales. Tal vez porque la historia carece de reglas de fácil explicación y está repleta de excepciones. Su análisis requiere investigación y reflexión. Las pondremos al servicio de un nuevo capítulo, el dedicado a Cirilo y Pepe, que aparecerá en el cuarto tomo dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores.

 

 

 

 

 

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