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jueves, 30 de abril de 2026

Los entremeses cervantinos (H.ª del Teatro del Siglo de Oro, 16)


 

El entremés

Tal y como hemos comentado en clase, las representaciones durante el siglo XVII en los corrales de comedias suponían una fiesta de carácter teatral donde se incluían, por este orden o aproximadamente, las siguientes piezas: 1) loa o introducción; 2) primera jornada de la comedia; 3) entremés; 4) segunda jornada de la comedia; 5) entremés: 6) tercera jornada de la comedia y 7) baile o fin de fiesta (ff. 119-123 de los apuntes de la asignatura).

Los espectadores del siglo XVII disponían de tiempo y querían verlo absolutamente todo, aunque el conjunto resultara necesariamente heterogéneo. De ahí que las representaciones intercalaran, entre las jornadas de la obra central, entremeses para que se pudiera asistir, a la vez, al mundo idealizado de la comedia, en el que triunfaban los valores ejemplares del amor, el honor y la fe, y al mundo revesado, cómico y bufo del entremés.

Este género breve con una tradición que se remonta a los pasos de Lope de Rueda se reía de algunas convenciones de la sociedad, renunciaba al amor ennoblecido, se burlaba del honor e invertía las situaciones de la comedia, pues -como señalan Rey y Sevillano en su introducción a los sainetes cervantinos- «lo que allí generaba venganzas sangrientas de honra que acarreaban la muerte de la esposa adúltera y del amante, acababa aquí en broma, con el triunfo de la mujer infiel y del burlador, y con el marido cornudo, cuando no apaleado, celebrando todos la burla mediante una fiesta».

El entremés, vocablo que venía a significar todo manjar de poca consistencia servido en el intermedio de los platos de un copioso banquete, finalmente es empleado como término para designar las piezas cortas de carácter jocoso y burlesco, escritas en prosa o verso, que se representaban entre las jornadas de una comedia para fundamentalmente divertir al público.

El origen dramático más directo del género son los pasos de Lope de Rueda, que eran breves y sencillas obras escritas mayoritariamente en prosa, de esquemática y repetitiva intriga, en las que se desarrolla una burla o engaño vulgar, pergeñado por un listo (personaje activo) contra un bobo (personaje pasivo). Una moraleja o algún que otro palo, rematado con un baile cantado, daba por finalizada la pieza.

El entremés supone un paso adelante con respecto a los pasos, ya agotados por su carácter tan simple como repetitivo, y aparece con el beneplácito del público en las representaciones de los corrales de comedias condicionado por dos circunstancias fundamentales: su contraste con la comedia y la brevedad.

La primera le llevará a una carnavalesca y temporal ruptura con la idealización del género mayor. La segunda resultará determinante para las tramas argumentales, necesariamente simplificadas para ajustarse a la brevedad, y la elección de tipos (bobo, rufián, marido cornudo o celoso, sacristán, estudiante…) con el objetivo de suplir la imposible caracterización de los personajes a lo largo del desarrollo dramático de la acción. El público identificaba a los tipos desde la primera aparición, incluso por su convencional apariencia, y el posterior comportamiento ratificaba lo previamente conocido por anteriores representaciones.

La brevedad, apenas unos quince minutos como descansadero entre las dos jornadas, de la pieza entremesil estaba reñida con una compleja fábula dramática. A veces, la misma se limitaba a la presentación de una situación que permitía un desfile de tipos y en otras ocasiones había una sencilla trama argumental para facilitar el encuentro de dos o más tipos.

Dado el determinante factor tiempo, todo lo puesto en escena debía desarrollarse y resolverse con rapidez, razón de más para que el público acogiera con mayor facilidad sus «figuras» consabidas o tipos, que por su reiteración en diferentes entremeses y su origen inserto en una tradición folklórica apenas requerían de una caracterización específica a lo largo de la representación.

El objetivo fundamental del entremés es la comicidad para divertir al público porque todavía estamos lejos del costumbrismo que también caracteriza a su sucesor, el sainete, desde los tiempos dieciochescos de Ramón de la Cruz. De hecho, los entremeses del siglo XVII carecen de coordenadas espaciales y temporales que permitan una identificación más allá de lo visto en el escenario, mientras que los sainetes suelen estar vinculados a unas coordenadas próximas y coetáneas para subrayar su carácter costumbrista, siempre compatible con la comicidad.

Situado en un itinerario de cuatro siglos que va desde los pasos de Lope de Rueda que viera representar Cervantes en su juventud hasta los sainetes de Carlos Arniches a principios del siglo XX, según lo estudiara Eugenio Asensio en su libro de 1970, el entremés es un género sin afán de trascendencia que no admitía «altas ambiciones estéticas, ni psicología compleja, ni interpretación didáctica de la sociedad».

La norma genérica cuenta con sus excepciones, más viables cuando hablamos de algunas obras que fueron editadas sin pasar previamente por los escenarios. La circunstancia de Cervantes en la edición de 1615, donde recopila ocho entremeses «nunca representados», se repetirá tres siglos después con Carlos Arniches, que solo pudo completar las posibilidades críticas de los sainetes cuando publicó algunos sin pasar por unos escenarios casi siempre refractarios a las innovaciones. La paradoja radica en que han perdurado los títulos más alejados de esos escenarios.

Lo arriba indicado como inadmisible (trascendencia, ambición estética, complejidad) caracteriza al género, salvo cuando cae en las manos de autores de la talla de Cervantes. Sus entremeses «nunca representados» en vida del autor y escritos durante su última etapa incorporaron la complejidad significativa de las obras de largo aliento que por entonces estaba creando. Los ocho entremeses publicados en 1615 y escritos probablemente entre 1610 y esta fecha de la edición fueron capaces de dotar al género breve de una profundidad equiparable a la de obras enjundiosas sin renunciar a la comicidad.

La trayectoria teatral de Cervantes careció de continuidad tras la puesta en escena de sus primeras comedias -no fracasadas, según su testimonio- y no consiguió ver representados sus ocho entremeses. Aunque su datación exacta resulta imposible, fueron escritos probablemente después de la publicación de la primera parte del Quijote, cuando gracias al éxito editorial el autor disponía de mejores condiciones para reivindicar una faceta teatral que nunca le resultó ajena o indiferente, a pesar de la omnipresencia de Lope.

Sin las obligaciones impuestas por las representaciones, el público o las compañías, poco dispuestas en general a cualquier innovación, con la prologada edición en 1615 Cervantes no solo eleva el tono del género, enriquece sus temas y dignifica su lenguaje, sino que también hace del entremés portador de una hondura temática y estética inusitadas en la tradición entremesil. El reconocimiento crítico y popular en este sentido ha sido unánime y, paradójicamente, estas obritas ahora se encuentran entre las más representadas y editadas de la historia del teatro español.

Eugenio Asensio en su introducción a los entremeses cervantinos establece tres grupos, según sean:

1)       Entremeses estáticos, como El juez de los divorcios y La elección de los alcaldes de Daganzo, sin acción ni movimiento, sin protagonista ni desenlace argumental, concebidos como un mero desfile de personajes en situación singular ante un juez o árbitro. Son los llamados entremeses de «figuras», pues el centro de la atención recae en el desfile de las mismas buscando a menudo la comicidad por el contraste entre sus diferentes tipificaciones caracterológicas.

2)   Entremeses de acción, construidos como una cadena de sucesos casualmente eslabonados, que desembocan en un final festivo que tiene mucho de caprichoso, explosivo y sorprendente. En esta categoría quedarían incluidos El vizcaíno fingido, La cueva de Salamanca y El viejo celoso.

3)      Entremeses de acción y ambiente, que unen el retrato estático a una tenue acción que evoluciona hacia un desenlace, como sucede en El rufián viudo, La guarda cuidadosa y El retablo de las maravillas, una pieza dramática que culmina todas las posibilidades del entremés en su versión cervantina.



El espectáculo dirigido por José Luis Gómez

Una vez superado el marco teatral de las representaciones en los corrales de comedias, los entremeses se suelen poner en escena agrupando e hilvanando mediante una dramaturgia dos o más títulos en unos espectáculos ajenos a otros géneros dramáticos. También cabe la representación exenta de alguno de ellos, como hiciera Federico García Lorca con La Barraca durante la II República.

Así, agrupados, los vamos a ver en la práctica de la asignatura, dedicada al espectáculo dirigido por José Luis Gómez en el Teatro de la Abadía en 2015 -ver en la teatroteca del CDT y en You Tube-, que tenía un antecedente en otro con el mismo director y espacio teatral estrenado en 1996 y, a su vez, una continuidad en un espectáculo dirigido por Ernesto Arias en 2017. De este último vimos algunas escenas en la conferencia de Javier Huerta enlazada en la entrada anterior dedicada a los entremeses cervantinos (9 de mayo de 2025).

El espectáculo dirigido por José Luis Gómez incluye los tres entremeses cervantinos que mejor responden a la condición de clásicos por su permanencia en los escenarios y vigencia ante un público contemporáneo: La cueva de Salamanca, El viejo celoso y El retablo de las maravillas. Es decir, dos entremeses de acción y un tercero de acción y ambiente, según la clasificación de Eugenio Asensio.

La selección de José Luis Gómez no solo está justificada por el valor teatral de los entremeses. También fue preciso buscar un elemento común que contribuyera a cohesionar el espectáculo. En este caso se trata del engaño, tan habitual en los distintos momentos históricos del teatro breve desde que apareciera de manera recurrente en los pasos de Lope de Rueda.

Las malcasadas que protagonizan La cueva de Salamanca y El viejo celoso engañan a sus respectivos maridos, un bobo ajeno a la realidad y un viejo enfermizamente celoso, como consecuencia de unos matrimonios sin amor, desiguales por razones de edad y resultantes de la falta de una libre elección por parte de la mujer.

Los dos artistas itinerantes que protagonizan El retablo de las maravillas se burlan de la zafiedad villana y engañan a quienes, con sus prejuicios acerca de la limpieza de sangre y el nacimiento en el seno familiar, acuden a «ver» un retablo que solo está en una prejuiciada imaginación condicionada por el engaño.

En los tres entremeses seleccionados el engaño funciona a modo de una estrategia crítica que denuncia circunstancias injustas, como las matrimoniales, o mentalidades absurdas por su vinculación con los prejuicios de casta o sociales. Se respeta así, incluso se potencia, el docere siempre presente en la obra dramática y literaria de Cervantes.

No obstante, el espectáculo de José Luis Gómez nunca renuncia a la comicidad como motor de la acción dramática. Los espectadores reímos gracias a las peripecias relacionadas con los engaños y, a continuación, tenemos la oportunidad de reflexionar sobre las causas de los mismos.

El engaño en estos entremeses de Cervantes no es tanto un castigo para el bobo como una consecuencia de su necedad, que resulta más grave en quienes ocupan puestos prominentes en la estructura social o familiar (las autoridades locales que acuden al retablo o los maridos dispuestos a recurrir a su poder económico para contraer un matrimonio desigual).

Al margen del engaño como tema derivado de la acción dramática, el espectáculo opta por mantener una atmósfera rural, perfectamente simbolizada por el árbol situado en el centro de un escenario vacío y acorde con el concepto del «teatro pobre» (Jerzy Grotowsky).




El mismo, sin su correspondiente teorización, ya está presente en los espectáculos de Lope de Rueda evocados por Cervantes. José Luis Gómez, partidario de privilegiar la palabra en el escenario, lo vacía, salvo en ese centro simbólico al que tanta rentabilidad dramática saca a lo largo del espectáculo.

Gracias a una tarea de investigación musicológica, la atmósfera rural ya está presente en los cánticos populares de los labradores que, a primera hora de la mañana, comienzan una jornada coincidente con el desarrollo del espectáculo, cuyo final se da en un atardecer. Así también se hilvanan los tres entremeses, además de transmitirnos a través de los cánticos una atmósfera imprescindible para enmarcar el espectáculo.

Los intérpretes nunca abandonan el escenario durante la representación. Aunque no intervengan en una escena concreta, a la vista del público cuentan con unos espacios laterales destinados al cambio de vestuario y donde prepararse para la siguiente. Así, con la plena conciencia de estar asistiendo a una representación ajena a la ilusión de realidad, el director refuerza el distanciamiento de los espectadores como circunstancia que facilita la función crítica, de acuerdo con las enseñanzas de Bertolt Brecht.

El tiempo unificado según lo arriba indicado y la estructura cíclica del montaje de José Luis Gómez giran en torno a la presencia natural del árbol, pronto convertido en una imagen potente a pesar de su simplicidad, y refuerzan la esencia ceremonial y festiva de la totalidad de la pieza.

La vitalidad, la calidad y la versatilidad de los intérpretes también contribuyen a esa esencia ceremonial y festiva del espectáculo, que resulta coherente con una visión de los entremeses donde el respeto a la autoría es compatible con un teatro siempre representado en presente, a la búsqueda de un público contemporáneo que puede salir exultante después de ver el espectáculo dirigido por José Luis Gómez.

Pd.: La presente entrada completa la publicada en este blog el 9 de mayo de 2025.

 

 

martes, 5 de agosto de 2025

El verano de Cervantes


 

La cronología es importante en la historia de la literatura, pero en clase, aparte de aportar algunas fechas, sobre todo insisto en la edad de los autores cuando escribieron sus obras. Un dato que, como tantos otros, conviene relativizar para enmarcar su trascendencia en el contexto histórico donde aparecieron esos dramas, poemas o novelas.

Los dieciocho años de Adela, la protagonista de La casa de Bernarda Alba (1936), de García Lorca, ya no son los de mis alumnas. Los ejemplos relacionados con las distintas valoraciones de las edades son numerosos. El valor simbólico o connotativo de las mismas varía a lo largo de la historia y la circunstancia también afecta a los autores. No obstante, siempre habrá obras de juventud, madurez y vejez. Don Quijote forma parte de estas últimas.

Miguel de Cervantes debió arrastrar mucho pasado, con las consiguientes derrotas y desilusiones, para escribir su obra maestra desde la consciencia de un momento de balance. Esta obviedad aparece explicada en infinidad de estudios, pero la percibimos apenas nos adentramos en su lectura, especialmente cuando la misma se convierte en una relectura al cabo de los años.

La memoria no es precisa, pero recuerdo haber disfrutado con las andanzas del caballero andante poco después de una licenciatura tan caótica, por darse entre 1975 y 1980, que ni siquiera incluyó la lectura de la inmortal obra. Ya doctorando solventé esta carencia de manera autogestionaria como tantas otras. Gracias también a una edición regalada por mi padre, que pensó en Don Quijote como la obra imprescindible para un hijo empeñado en ser profesor de literatura.

Nunca he impartido un curso sobre la narrativa cervantina, pero las referencias a su novela aparecían en muchos de los estudios consultados para preparar las clases. La consecuencia fue una segunda lectura cuando obtuve la cátedra con la madurez de los cuarenta. Entonces la comprendí mejor y empecé a disfrutar de mi propia lectura, la ajustada a mis inquietudes como lector.

Hace un par de años participé en las andanzas quijotescas con la conciencia de una edad similar a la del autor cuando las escribió. El resultado fue luminoso. Por eso comprendo y comparto el apego de Antonio Muñoz Molina a una novela que le he acompañado desde joven. Un amor traducido en dedicación quintaesenciada por el paso del tiempo, justo el necesario para alcanzar la sabiduría que destila cada página de El verano de Cervantes (2025).

Antonio Muñoz Molina es de mi quinta, como la mayoría de los autores que sigo desde hace décadas porque son «los amigos de las estanterías». Y, de la misma forma que disfruté con su Ardor guerrero (1995), gracias a compartir una mili a principios de los ochenta, ahora después de otras muchas lecturas de sus obras he disfrutado con el relato de sus experiencias como lector en torno a una novela de la que nunca dejaremos de hablar.




La conversación con el autor ha sido fructífera y, al dejar el libro en la estantería, también he colocado El último vuelo (2025), de Fernando Castillo, un amigo al que sigo desde hace años. El prólogo de este último viene firmado por Antonio Muñoz Molina como gesto de admiración y amistad. Lo leí y mentalmente subrayé la idea de la gratuita curiosidad que preside la creación de los ensayos dedicados por Fernando Castillo a una época histórica, la situada entre los años treinta y cincuenta, donde siempre acierta a iluminar lo secundario, que acaba siendo lo más clarificador.

Tal vez sea vanidad situarme junto a dos amigos de las estanterías, pero Antonio, Fernando y yo andamos por la misma edad. Me correspondería el papel del hermano pequeño. Al cabo de las décadas, la experiencia se iguala y puede ser compartida. También las lecturas enriquecidas por años donde la ficción y la realidad han protagonizado un diálogo del que toca aprender para hacer el correspondiente arqueo.

El balance suele prologar el final, pero es un momento de libertad para escribir o leer al margen de cualquier imperativo, sin atenerse a intereses circunstanciales dejados atrás porque hemos vivido lo nuestro. Esa libertad alumbró una obra genial. La equiparación con su autor sería absurda. No obstante, queda la idea de aprovechar al máximo un período con las ambiciones remansadas. El objetivo pasa por escribir desde la memoria y la experiencia gracias a una brújula que señala un norte donde prevalece el placer de la conversación con los amigos a quienes deseamos contar viejas historias, las conocidas a fondo. Las hechas nuestras por el paso del tiempo.

lunes, 28 de julio de 2025

«Matar a un hombre es algo muy duro...»




 

Un libro no se planea, se engendra. El proceso empieza mucho antes de que el autor lo sepa, en ese espacio de «oscuridad y silencio» del que habla Marcel Proust cuando nos enseña a desentrañar la relación entre la memoria y la creación literaria.

Al cabo de cuarenta y dos cursos como profesor, soy consciente de que los comentarios acerca de una obra se olvidan con facilidad. Sin embargo, hay ideas que perduran por su clarificadora validez universal. La arriba indicada forma parte de ese conjunto y la reitero con la voluntad de que el alumnado distinga entre los libros planeados y los engendrados. Solo estos últimos, a veces, llegan a ser unos clásicos.

Antonio Muñoz Molina es un autor con abundante presencia en mi biblioteca. Ahora mismo, veraneo en compañía de su más reciente libro, El verano de Cervantes (2025), para convertir cada noche, gracias a los momentos dedicados a la lectura, en una oportunidad de recordar, descubrir y dialogar con quien ha escrito un ensayo imprescindible si visitamos con asiduidad la prosa cervantina.




Su lectura me ha recordado la diferencia entre lo planeado y lo engendrado en literatura, pero el diálogo tácito con el autor me ha llevado a plantearme hasta qué punto mis libros, especialmente los últimos, cuando he podido elegir el tema, han sido engendrados en ese espacio de la oscuridad y el silencio señalado por Marcel Proust.

La trilogía dedicada a los consejos de guerra fue engendrada antes de que empezara a escribirla. La conclusión podría argumentarla de muchas maneras, desde las derivadas de un interés recurrente por este período hasta las relacionadas con el rechazo ante cualquier manifestación represiva o censora. A lo largo de los libros, incluso en este blog, lo he explicado. Entre otros motivos, porque el historiador debe establecer las coordenadas desde las que observa la parcela seleccionada.

Apenas merece la pena repetir lo escrito. Sin embargo, al releer la distinción recordada por Antonio Muñoz Molina me pregunto por la razón fundamental de esa lenta y remota maduración que ha permitido engendrar la trilogía. La respuesta nunca podrá prescindir del rechazo de la violencia ejercida contra los derechos humanos, pero -para concretarlo- cabe subrayar el radical rechazo a la pena de muerte.

A partir del momento en que constaté la ejecución de periodistas y escritores por el «delito» de haber sido tales, de ejercer la libertad de expresión durante una guerra, hubo una razón ética para engendrar un trabajo que se concretaría muchos años después.

Nunca he leído tratados contra la pena de muerte. Ni siquiera he ahondado en el pacifismo como tema de lectura. Las razones para mantener ambas posturas me parecen demasiado obvias y, en mi caso, no precisan de argumentos sofisticados.

Al contrario, me basta una frase que cito en clase cuando hablo del tratamiento de la violencia en el cine. La pronunció William Munny el protagonista de Unforgiven (1992), de Clint Eastwood: «Matar a un hombre es algo muy duro, le quitas todo lo que tiene… y todo lo que podría tener». El asesino, por experiencia, sabía de lo que hablaba con el nervioso y arrepentido Schofield Kid.




La frase la escuchamos gracias a la poderosa voz de Constantino Romero, pero forma parte del repertorio del complejo personaje interpretado por Clint Eastwood, que intenta culminar la redención y mata sin pestañear porque la absurda espiral de violencia no le deja en paz. Al menos, como toda la película, la frase invita a la reflexión por su sencilla y rotunda crudeza. La agradecemos porque no precisamos más explicaciones y las réplicas de Clint nunca dan para un párrafo.

El problema es que la historia no es una película y el guionista de la Victoria tampoco triunfó con Raza (1942). A lo largo de la trilogía he encontrado asesinatos con apariencia legal. Llegaron tras procesos judiciales donde la represión del enemigo desembocó en un paredón. Nadie entre los victimarios dejó para la posteridad una frase como la de William Munny. Al contrario, parcelaron sus actuaciones para difuminar la carga de la responsabilidad (Raul Hilberg) y los ejecutores, puestos a poner el punto final, lo resolvieron a menudo con un alcohol que les embrutecía sin los atisbos de reflexión que el whisky permite al asesino de la película.

La historia no es una película, pero las obras maestras del cine ayudan a mantener una perspectiva ética para entender una realidad compleja cuyo conocimiento, poco a poco, engendra, que no planea, un trabajo como el dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores.

viernes, 9 de mayo de 2025

Los entremeses de Miguel de Cervantes. H.ª del teatro del Siglo de Oro (10)


 Escena de Los entremeses bajo la dirección de José Luis Gómez

Una vez conocidas en clase las nociones básicas acerca del género del entremés y algunas de las peculiaridades de los cultivados, que no representados en su época, por Miguel de Cervantes, lo fundamental es disfrutar con estas obras breves que siempre resultan ejemplares y, por lo tanto, destinadas al conocimiento y la reflexión del público sin menoscabo de su objetivo cómico.

La última práctica del curso la vamos a realizar mediante la visualización en la Teatroteca del Ministerio de Cultura de la puesta en escena de los entremeses cervantinos dirigida en 2015 por José Luis Gómez para el Teatro de la Abadía. 

No obstante, en el catálogo de You Tube podemos encontrar otras puestas en escena igualmente interesantes. Para la teoría acerca de estas obras de teatro breve debemos consultar la excelente presentación escrita por Alonso Zamora Vicente y accesible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes:


Asimismo, en esta ocasión también tenemos la ocasión de asistir a una excelente conferencia de Javier Huerta, el más destacado especialista en los géneros breves del Siglo de Oro, que cuenta con el complemento de la representación de algunas escenas bien seleccionadas por la compañía de Ernesto Arias para conocer lo fundamental de los entremeses cervantinos.

La conferencia se titula «Cervantes o el arte nuevo de hacer entremeses» y se encuentra en You Tube en el canal de la Fundación Juan March:


Aparte de ver en la Teatroteca la puesta en escena dirigida por José Luis Gómez, a modo de brillante ejemplo de cómo los entremeses cervantinos han llegado hasta nuestros tiempos también podemos ver la versión actualizada de El retablo de las maravillas dirigida por Albert Boadella al frente de Els Joglars-

Por último, y para conocer mejor la polémica relación de Miguel de Cervantes con el teatro de su época, vamos a consultar una nueva conferencia del profesor Javier Huerta:




jueves, 30 de enero de 2025

Lope de Vega vs. Miguel de Cervantes. H.ª del teatro del Siglo de Oro (1)


 Lope de Vega

El conocimiento de los autores siempre ayuda a entender sus obras literarias o teatrales. Esta obviedad nos conduce a la necesidad de familiarizarnos con quienes son los creadores de las comedias que vamos a estudiar a lo largo del cuatrimestre en la asignatura Historia del Teatro del Siglo de Oro: Miguel de Cervantes, Lope de Vega y Calderón de la Barca.

La bibliografía sobre los tres clásicos es inmensa. Ni siquiera reduciéndola a lo más fundamental, la podemos abarcar en un marco temporal tan estrecho, apenas tres meses, para estudiar un total de seis comedias. Por esta razón conviene acudir a documentales o películas que, con el debido rigor, recrean las trayectorias biográficas de los autores citados.

https://www.youtube.com/watch?v=jfv975wJXDM

(Cervantes contra Lope también se puede consultar a través de RTVE Play).

El primer ejemplo seleccionado es Cervantes contra Lope (2016), un largometraje de 87’ dirigido por Manuel Huerga que cuenta con las excelentes interpretaciones de Emilio Gutiérrez Caba en el papel del autor del Quijote y José Coronado en el de Lope de Vega.

El Siglo de Oro, como tantos otros períodos, estuvo repleto de rencillas en el mundo literario, que por entonces era bastante reducido y propicio para que las cuestiones personales acabaran tomando un destacado protagonismo. Manuel Huerga se centra en las polémicas relaciones entre dos individuos tan diferenciados como eran Cervantes y Lope. Lo observamos a través del largometraje y, desde nuestra perspectiva, lo fundamental es comprobar hasta qué punto esos diferentes temperamentos que pasaron de la amistad al enfrentamiento se trasladaron a las respectivas obras.

El enfrentamiento entre Cervantes y Lope no solo fue una cuestión personal. También tuvo su traslado al ámbito creativo, especialmente a un teatro donde ambos encarnan posturas contrapuestas a la hora de concebir la actividad creativa. Más adelante, ya en clase, las analizaremos como hito de un debate que se repite en otras épocas de la historia teatral, pero conviene que ahora conozcamos a sus protagonistas para luego entender hasta qué punto su debate teatral tiene una correspondencia con sus trayectorias biográficas.




El segundo ejemplo seleccionado es Buscando a Cervantes (2016), 47’, de Francesc Escribano, realizado para La Sexta con motivo del cuarto centenario del fallecimiento del autor. A diferencia de Lope, que nunca cesó de contarse a sí mismo llegando a extremos propios del exhibicionismo, Cervantes fue un ejemplo de discreción que dejó en penumbra aspectos importantes de su trayectoria. Los historiadores han luchado contra esta falta de testimonios y, tras realizar trabajos exhaustivos, ya contamos con varias biografías que nos permiten conocer al autor, aunque siempre con interrogantes y zonas donde las hipótesis resultan imprescindibles.

El documental nos lleva, de la mano del actor Alberto San Juan, a buscar las claves para entender a Cervantes. Y, en buena medida, lo conseguimos gracias a las entrevistas con varios autores y ensayistas (Jordi Gracia, Francisco Rico, Manuel Gutiérrez Aragón…) que le conocen gracias a sus investigaciones y nos aportan datos fundamentales para hacernos una idea precisa acerca de la trayectoria del autor del Quijote.

Veamos, por lo tanto, estos dos documentales, retengamos los rasgos fundamentales de ambos autores como individuos anotándolos en nuestros apuntes y, más adelante, tendremos la oportunidad de confrontarlos con lo analizado en sus obras y en el debate establecido entre ambos a principios del siglo XVII, cuando Lope se convirtió en el comediógrafo de referencia de los escenarios, mientras Cervantes quedó marginado. Curiosamente, el tiempo ha trastocado esta suerte. Ahora, el propio Cervantes -más como individuo que como dramaturgo- goza de una preeminente atención en los escenarios, aunque sin menoscabo de la atención siempre prestada a las obras de Lope.

Si te interesa el tema y dispones de tiempo para completar la información, también puedes ver el documental Vidas cruzadas: Cervantes contra Lope (2015) disponible en You Tube:

En la biblioteca de la Universidad de Alicante podéis consultar, preferentemente, los siguientes títulos sobre ambas biografías:

-          Andrés Trapiello, Las vidas de Miguel de Cervantes (2001).

-     José Manuel Lucía Megías, La juventud de Miguel de Cervantes (2016); La madurez de Miguel de Cervantes (2016) y La plenitud de Miguel de Cervantes (2019).

-          Jordi Gracia, Miguel de Cervantes: la conquista de la ironía (2016).

-          Ignacio Arellano, Vida y obra de Lope de Vega (2011).

-          Antonio Sánchez Jiménez, Lope de Vega: el verso y la vida (2018).

-          Felipe Pedraza Jiménez, Lope de Vega: vida y literatura (2008).


viernes, 23 de agosto de 2024

«En los nidos de antaño, no hay pájaros hogaño» (Don Quijote, II, 74)


 

En el verano de 1975, justo cuando estaba a punto de iniciar los estudios universitarios, leí por primera vez el Quijote. Ahora me sorprendo, pero por entonces quería ser periodista, uno de aquellos de «suelas gastadas» a los que terminé dedicando un libro en 2017 Afortunadamente, Ciencias de la Información no se estudiaba en Alicante y mi familia no podía sufragar una estancia de varios años en Madrid. Nunca terminaré de agradecer la limitación que me evitó años de paro y precariedad hasta terminar en una jubilación anticipada.

Para justificarme como futuro estudiante de filología, y sin demasiada convicción, durante aquel verano me sumergí en la lectura de la obra cervantina. El provecho fue escaso porque la imaginación andaba por lugares alejados de las tierras manchegas. Tampoco me entusiasmaban los caballeros andantes y menos los pastores enamorados a falta de otro menester. La relación con los mismos no ha cambiado por el paso del tiempo. Aprendí lo justo para cursar la correspondiente asignatura y abandoné la senda cervantina a lo largo de unos años donde las urgencias de los cambios propiciaban búsquedas más efímeras.

Apenas cumplidos los cuarenta, cuando accedí a la cátedra, volví a leer la novela antes de presentarme a la oposición. La disfruté mucho más, incluso con provecho en forma de citas, pero por entonces creía en la importancia incuestionable de mi trabajo. Solo busqué la sabiduría del novelista a la hora de escribir una obra tan rentable para otros colegas durante siglos. La admiración llegó, pero todavía era instrumental, sin apenas arraigo en mi condición de lector obligado a despertar en los jóvenes el interés por la lectura.

Ahora, cuando la jubilación anda cerca y la vejez es presente, he vuelto a leer las andanzas del caballero de la triste figura porque me permiten ejemplificar en clase experiencias tan clásicas como universales. El resultado de la lectura ha sido diametralmente distinto. Apenas me han llamado la atención los episodios más populares o lo recreado en cine y teatro, donde lo quijotesco es una constante. Tan solo he confirmado lecturas previas y descubierto algunos matices para la duda. La impresión más impactante ha llegado con los capítulos finales, los marcados por la derrota en Barcelona como antesala de una vuelta a casa para morir cuerdo tras una vida de «loco entreverado».

La mirada del lector tiende a encallecerse cuando la ficción forma parte de la actividad laboral. El peligro es serio. Sin embargo, he sentido la pena de ver al caballero andante derrotado y, poco después, muerto en el lecho donde vuelve a ser Alonso Quijano. El desenlace resulta lógico. Incluso inevitable, pero tras varias semanas siguiendo la ruta de las aventuras todavía necesitaba alentar la esperanza junto con tan fiel servidor de Dulcinea.

La presencia de la ausente ha sido esta vez la clave. El caballero nunca la ve en persona, pero siempre la tiene cerca. Su belleza, por desconocida, es tan inconmensurable como su virtud. Al principio de la novela, los lectores sonreímos con semejante ideal pensando en su correlato real. Un error tan comprensible como relativo. Poco a poco, dejamos de suponer cualquier figura humana y el ideal cifrado en el nombre de Dulcinea cobra fuerza para mantener el ánimo frente a tantos malandrines.

Sancho duda acerca de Dulcinea, incluso la confunde con una aldeana, pero al final también acepta que nunca deje de estar encantada por algún tipo de nombre exótico. Mejor así, distante y cercana, para acompañar en espíritu al caballero andante y deshacer entuertos dando sentido a tantas aventuras con las consiguientes desventuras. Dulcinea es un norte y la brújula para el camino debe ser capaz de orientarnos.

La derrota en tierras catalanas es el principio del final. Cervantes, que tantas veces se dispersa con el deambular de su caballero, en esta ocasión toma el camino recto y termina pronto. Hombre viejo y experimentado, sabe que la demora degrada a quien debe dar cuenta de su vida tras haberla disfrutado con dignidad. Algunos hablan de la vuelta a la cordura, aquella que nunca desapareció de las palabras del caballero, pero lo fundamental es la sensación de dignidad de quien ha cumplido. Solo resta morir.

Las sonrisas de las anteriores lecturas permanecen. El humor cervantino es una constante que en clase opongo al quevedesco, pero prevalece esa enseñanza de saber marchar con dignidad y coherencia. Al igual que tantos otros, dudo que el caballero vuelva a la razón en el lecho mortuorio porque nunca la dejó atrás. Solo la adaptó para hacerla compatible con un ideal capaz de afrontar sinsabores por culpa de los encantadores y los malandrines.

Consciente de la muerte del caballero y de su creador, que prácticamente coincidieron para redondear una realidad histórica digna de la ficción, comprendo la sobriedad de ese desenlace sin vericuetos para la degradación del tiempo prolongado. Ambos los evitaron y ahora, cuando ando a la búsqueda de referentes para una despedida, la enseñanza cervantina se ha instalado en el imaginario de quien sabe de la proximidad de un punto final.

Mi Dulcinea se ha metamorfoseado con los años en diferentes ideales, algunos pasajeros y difuminados en el pasado, pero el ideal siempre ha andado cerca para salir de cualquier atolladero. La playa de Barcelona, el lugar donde la derrota se hace realidad, es un destino ineludible para cualquier caballero o dama con voluntad de servicio. El desafío es llegar al mismo sin ceder en lo fundamental, caer porque ya toca y volver pronto a casa. Solo para arreglar lo necesario, dar apariencia de cordura y, en el fondo, agradecer la luz de un referente que se llama Dulcinea. Apenas importa el nombre. Menos todavía su identidad sexual. Lo imprescindible es su existencia y el deseo de agradecerla, incluso de dar calabazadas y alocados saltos en su homenaje sin necesidad de haber visto a semejante beldad.

Si hemos recorrido el camino para llegar hasta aquí de la mano de tan bien acompañado caballero andante, el resto apenas importa. La derrota a manos de cualquier bachiller enmascarado y bienintencionado, también con personalidad de secundario, es inminente. Solo cabe abreviar el regreso a casa para evitar la degradación o un nuevo encantamiento, que a esta edad podría ser lamentable.

Mientras tanto, debemos dejar todo bien arreglado con la perspectiva de quien cede un testigo. Así nos lo enseña Cervantes, que de la vida sabía mucho. Por eso mismo, también alumbró la manera de encarar la muerte. Al fin y al cabo, ambas cabalgan juntas, aunque intercambiando menos palabras que el caballero y su fiel Sancho.

 

lunes, 27 de mayo de 2024

El virus de la cervantina y Ron Lalá


La revista norteamericana Anales de Literatura Española Contemporánea, en el número 2 del volumen 49, acaba de publicar un artículo mío dedicado a Cervantina (2016), el exitoso espectáculo de la compañía Ron Lalá. Desde que tuve la fortuna de verlo, en una inolvidable tarde, entré en contacto con Álvaro Tato, el responsable literario del grupo y excelente conocedor del teatro del Siglo de Oro. Su ayuda ha resultado decisiva para redactar este trabajo, que da cuenta de las claves de un éxito que permitió inocular el benéfico virus de la cervantina en las mentes de miles y miles de espectadores. Yo mismo, en mis clases, he podido constatar los beneficios de la inoculación y Cervantina figura en el programa de la asignatura que imparto junto con las obras de Calderón de la Barca y Lope de Vega. Don Miguel se lo merece y es de justicia disfrutar con su obra. El artículo se encuentra a disposición de los interesados en el catálogo del Repositorio de la Universidad de Alicante: