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lunes, 16 de febrero de 2026

Coloquio de invierno, de Luis Landero


 Luis Landero

La literatura fomenta una relación similar a la amistad. La afirmación resulta paradójica, pues leemos en solitario y aislados para facilitar la debida concentración. Nadie lo niega, incluso quienes son capaces de disfrutar de la lectura en un metro o en un tren de cercanías, pero simultáneamente recreamos mediante la imaginación una ficción que nos remite a quien la concibió. Si el acto se reitera a lo largo del tiempo y con diferentes obras del mismo autor, al final surge la complicidad de una relación con una voz amiga que no precisa de la proximidad física porque la intelectual, imaginativa o emotiva la suple con creces.

Al cabo de décadas como lector, disfruto de esa complicidad con varios referentes literarios que, a veces, también son amigos personales. Mi biblioteca cuenta con unos tres mil volúmenes. Todos leídos y hasta utilizados, pues nunca he tenido espíritu de coleccionista. Algunos están apilados por falta de espacio, pero mantengo un sitio de honor, una estantería concreta, para los libros de los mejores amigos literarios. Sus obras forman parte de una comunidad relacionada con mi formación de lector, pero nunca aparecen confundidas con otras porque, como anfitrión, debo atenderles de la mejor manera posible.

Al igual que ocurre con las amistades, la nómina de esos referentes va cambiando con el paso del tiempo. A veces porque autores como Manuel Vázquez Montalbán, Rafael Chirbes o Juan Marsé han fallecido y solo resta la relectura. En otras ocasiones porque mis gustos han variado y lo disfrutado con entusiasmo en su momento ahora me decepciona. El mundillo de quienes siento cercanos, al margen de los clásicos, es un parnaso sin plantilla fija y esa relación de escritores permanece abierta a las incorporaciones, que en algunos casos -pocos a estas alturas- se consolidan y en otros suponen una presencia fugaz que aporta frescura a nuestro lugar de encuentro.

La lista, no obstante, está consolidada porque todos compartimos una cierta edad y a estas alturas lo mejor es procurar un epílogo coherente con nuestra trayectoria. Las sorpresas ya no gozan del prestigio de antaño y los desvíos, tan frecuentes en nuestro entorno, tienden a parecernos estrafalarios. Hay una relación de fidelidad que también es complicidad basada en el conocimiento mutuo y, en la medida de lo posible, aspiro a consolidarla con cada nueva entrega literaria de esos amigos.

La peña ahora mismo tiene a Manuel Vicent como maestro de vida y suele ser frecuentada por Antonio Muñoz Molina, Ignacio Martínez de Pisón y Luis Landero con la presencia algo más esporádica de Javier Cercas, Fernando Aramburu, Javier Pérez Andújar y otros que nos han visitado en varias ocasiones como Luis Mateo Díez, Julio Llamazares, Sergio del Molino, Sergi Pamies o David Trueba. El conjunto tal vez sea demasiado masculino, pero las amigas de otras épocas como Josefina Aldecoa, Carmen Martín Gaite o Dulce Chacón nos dejaron sin nadie que haya ocupado ese hueco.

La lectura de las novedades publicadas por el núcleo duro de la peña es una gozosa obligación. Incluso cuando repiten lo ya escrito, porque me gusta y deseo volver a leerlo. Al igual que pasa con los amigos de cualquier ámbito, cada uno tiene sus peculiaridades y  me disgustaría que, de repente, vinieran a mi biblioteca con sorpresas ya extemporáneas porque somos viejos con los cráneos soleados, según las enseñanzas de un Manuel Vicent siempre dispuesto a recordarnos la silla vacía de Rafael Azcona.

Gracias a mi trabajo, he hablado y hasta colaborado con la mayoría de estos amigos. Sin embargo, nunca he visto en persona a Luis Landero. Ni siquiera tengo su móvil o email porque no lo he necesitado. Me gustaría conocerle personalmente, pero me temo que ambos somos tímidos y, como tales, guardamos las distancias sin menoscabo de la amistad literaria.

Hace más de treinta años, mi hermano me presentó a Luis Landero con un entusiasmo tan singular como la mayoría de sus personajes. Todavía recuerdo su insistencia en que leyera las obras de quien había descubierto al tiempo que tantos otros maravillados con «los juegos de la edad tardía». Desde entonces cada nuevo libro de Luis Landero era motivo de complicidades, que mantengo a pesar de que la muerte nos separó hace quince años.

Luis Landero entró así en mi casa, pero ahora es un amigo de la familia y comentamos lecturas que nos reafirman en una valoración acrecentada por el paso de los años. Nos gusta tenerle cerca y, además, contamos con el complemento de sus charlas disponibles en You Tube. Un verdadero privilegio para aprender a conversar sin prisas y apreciando el valor de la lentitud como antídoto frente a tantas urgencias absurdas.




Coloquio de invierno es su más reciente novela. La crítica suele ser unánime con Luis Landero porque nunca arrasará en las ventas, pero goza del prestigio de lo asentado entre un nutrido grupo de incondicionales. Se lo ha ganado a pulso, sin aspavientos ni polémicas, con la humildad del trabajador de las letras que respeta y escucha sin faltar a la independencia del criterio, siempre expuesto con buenas maneras, dudas propias de la experiencia y hasta la sonrisa del escéptico dispuesto a rectificar porque ansía conocer.

Mi amigo Luis Landero me enseña a escribir, pero también a pensar y, sobre todo, a través de sus novelas y charlas me da una pauta que me ayuda a ser mejor persona. Cuando el ruido infernal de la polarización nos acecha y tantas barbaridades, con una violencia insoportable, forman parte de nuestra cotidianidad, la posibilidad de leer o escuchar a Luis Landero invita a pensar que la literatura facilita la alternativa a lo considerado como inevitable.

Lo agradezco y, según las normas de la amistad como fuente de conocimiento, procuro incorporar a mi experiencia esta voz elegante, sosegada, bienhumorada, inteligente y ponderada. El privilegio es propio del grupo donde todos, sin necesidad de decírnoslo, disfrutamos con los personajes tan singulares como reales de un Luis Landero que en la recta final de su trayectoria permanece fiel a sí mismo. Gracias por el ejemplo y las horas lentas de tu conversación.

Os paso el enlace a la magnífica presentación que tuvo lugar en el Instituto Cervantes:






viernes, 30 de enero de 2026

Los matones también mueren


 Wild Bill Hickok

Las polémicas, al igual que las paellas, hay que dejarlas reposar para conocer el desenlace y la correspondiente enseñanza. Esta semana hemos asistido a una catarata de declaraciones desde que el novelista David Uclés manifestara su negativa a participar en unas jornadas organizadas por Arturo Pérez Reverte. Nada añadiré al respecto porque la hemeroteca está repleta de información y, leído lo fundamental, considero que lo mal planteado ha terminado con una anulación justificada. También intuyo que la ausencia de frenos ha permitido que los organizadores pisaran el acelerador hasta el punto de provocar una reacción que, catalizada por una figura emergente como David Uclés, ha cristalizado en una protesta como pocas veces había visto en torno a un debate.

El desigual enfrentamiento entre el autor de La península de las casas deshabitadas y el prolífico novelista, a la par que académico, me ha recordado un episodio de la magnífica película Litle Big Man (1970), de Arthur Penn. Las múltiples peripecias del centenario protagonista que interpreta Dustin Hoffman le llevan a conocer al pistolero Wild Bill Hickok (1837-1876) que hasta el día de su muerte portó dos colts plateados con empuñadura de marfil.

El pistolero era viejo porque llegar a los cuarenta en el salvaje Oeste tenía su mérito. El bigotudo, tras asesinar a más de veinte desgraciados, alardeaba de haber acabado con muchos más ante el corrillo de admiradores de una leyenda alimentada por sus propias mentiras. Así, entre ocurrencias de matón venido a menos por los achaques de la edad, el pistolero se ganaba la vida como jugador de póker siempre atento a la posibilidad de que alguien fuera más rápido desenfundando.

Wild Bill Hickok tomaba medidas para evitar un final antes de tiempo y todavía era de temer, a pesar de que la vista ya le fallaba por el tracoma. Un día otro jugador, cabreado por su chulería un tanto rácana, le asesinó de un tiro a bocajarro. Arthur Penn, que ya llegó al personaje histórico cuando era una leyenda, convirtió la venganza en un acto protagonizado por un niño, al que suponemos un futuro pistolero que moriría tan joven como Billy the Kid (1859-1881).



Billy the Kid

Wild Bill Hickok ni siquiera vio venir al chaval. Algo similar le ha sucedido a Arturo Pérez Reverte, acostumbrado a repartir mandobles verbales a diestro y siniestro, tenso a sus 74 años como quienes pusieron una pica en Flandes y despreocupado ante un declarado homosexual que luce boina, melena desordenada y maneras de buenismo. Un error, Arturo, porque los tiros mortales casi nunca son los previsibles.

Ahora, después de acusar al colega como ignorante, sectario e infantiloide, y cuando la excusa de las interrogantes la ha desmontado la prensa, Arturo Pérez Reverte alardea de llevar «muchos años de mili». Viejo, incluso viejuno, es el argumento de autoridad cuartelaria. Yo creía ingenuamente que el novelista era el Pirri de las letras, dispuesto a jugar duro en un partido amistoso e incapaz de alegar que el campo estaba embarrado como excusa de la derrota.

Lo peor de interpretar el personaje del duro, siempre dialéctico, es que nunca te puedes jubilar a tiempo. Mientras colegas como Antonio Muñoz Molina flojean al reconocer una depresión o citan a Epicuro para llevar una vejez soleada al modo de Manuel Vicent, Arturo debe ser hasta el final fiel a sus fieles, que son legión y de espíritu legionario.

La coherencia de un papel monocorde y previsible le lleva a una dureza que, superada una cierta edad, es patética como la de Wild Bill Hickok. Y termina mal, porque el abatido a traición nunca tendrá la oportunidad de pasar a mejor vida con un gesto de generosidad ante un personaje interpretado por Dustin Hoffman. La vida no depara estos detalles de los guionistas y, derrotado por un «chinche», conviene admitir que los muchos años de mili solo debieran ser el preámbulo de una retirada donde agrandar la leyenda mediante historias fabulosas.



La memoria del anciano Litle Big Man

Las huestes de Arturo Pérez Reverte son proclives a escuchar viejas batallas ganadas con la gallardía de un caballero español. La leyenda del invencible de los zascas y mandobles contra los flojos de espíritu debería continuar para quienes la disfrutan. Allá ellos, que nunca admitirán la posibilidad de un tiro salido del colt de un chaval. Nosotros, como la memoria del «pequeño gran hombre» interpretado por Dustin Hoffman, sabemos de esas paradojas de la vida y solo esperamos que el imberbe no acabe como Billy el Niño. Los matones, al fin y al cabo, también mueren y sin dejar un recuerdo de paz o tolerancia.


martes, 5 de agosto de 2025

El verano de Cervantes


 

La cronología es importante en la historia de la literatura, pero en clase, aparte de aportar algunas fechas, sobre todo insisto en la edad de los autores cuando escribieron sus obras. Un dato que, como tantos otros, conviene relativizar para enmarcar su trascendencia en el contexto histórico donde aparecieron esos dramas, poemas o novelas.

Los dieciocho años de Adela, la protagonista de La casa de Bernarda Alba (1936), de García Lorca, ya no son los de mis alumnas. Los ejemplos relacionados con las distintas valoraciones de las edades son numerosos. El valor simbólico o connotativo de las mismas varía a lo largo de la historia y la circunstancia también afecta a los autores. No obstante, siempre habrá obras de juventud, madurez y vejez. Don Quijote forma parte de estas últimas.

Miguel de Cervantes debió arrastrar mucho pasado, con las consiguientes derrotas y desilusiones, para escribir su obra maestra desde la consciencia de un momento de balance. Esta obviedad aparece explicada en infinidad de estudios, pero la percibimos apenas nos adentramos en su lectura, especialmente cuando la misma se convierte en una relectura al cabo de los años.

La memoria no es precisa, pero recuerdo haber disfrutado con las andanzas del caballero andante poco después de una licenciatura tan caótica, por darse entre 1975 y 1980, que ni siquiera incluyó la lectura de la inmortal obra. Ya doctorando solventé esta carencia de manera autogestionaria como tantas otras. Gracias también a una edición regalada por mi padre, que pensó en Don Quijote como la obra imprescindible para un hijo empeñado en ser profesor de literatura.

Nunca he impartido un curso sobre la narrativa cervantina, pero las referencias a su novela aparecían en muchos de los estudios consultados para preparar las clases. La consecuencia fue una segunda lectura cuando obtuve la cátedra con la madurez de los cuarenta. Entonces la comprendí mejor y empecé a disfrutar de mi propia lectura, la ajustada a mis inquietudes como lector.

Hace un par de años participé en las andanzas quijotescas con la conciencia de una edad similar a la del autor cuando las escribió. El resultado fue luminoso. Por eso comprendo y comparto el apego de Antonio Muñoz Molina a una novela que le he acompañado desde joven. Un amor traducido en dedicación quintaesenciada por el paso del tiempo, justo el necesario para alcanzar la sabiduría que destila cada página de El verano de Cervantes (2025).

Antonio Muñoz Molina es de mi quinta, como la mayoría de los autores que sigo desde hace décadas porque son «los amigos de las estanterías». Y, de la misma forma que disfruté con su Ardor guerrero (1995), gracias a compartir una mili a principios de los ochenta, ahora después de otras muchas lecturas de sus obras he disfrutado con el relato de sus experiencias como lector en torno a una novela de la que nunca dejaremos de hablar.




La conversación con el autor ha sido fructífera y, al dejar el libro en la estantería, también he colocado El último vuelo (2025), de Fernando Castillo, un amigo al que sigo desde hace años. El prólogo de este último viene firmado por Antonio Muñoz Molina como gesto de admiración y amistad. Lo leí y mentalmente subrayé la idea de la gratuita curiosidad que preside la creación de los ensayos dedicados por Fernando Castillo a una época histórica, la situada entre los años treinta y cincuenta, donde siempre acierta a iluminar lo secundario, que acaba siendo lo más clarificador.

Tal vez sea vanidad situarme junto a dos amigos de las estanterías, pero Antonio, Fernando y yo andamos por la misma edad. Me correspondería el papel del hermano pequeño. Al cabo de las décadas, la experiencia se iguala y puede ser compartida. También las lecturas enriquecidas por años donde la ficción y la realidad han protagonizado un diálogo del que toca aprender para hacer el correspondiente arqueo.

El balance suele prologar el final, pero es un momento de libertad para escribir o leer al margen de cualquier imperativo, sin atenerse a intereses circunstanciales dejados atrás porque hemos vivido lo nuestro. Esa libertad alumbró una obra genial. La equiparación con su autor sería absurda. No obstante, queda la idea de aprovechar al máximo un período con las ambiciones remansadas. El objetivo pasa por escribir desde la memoria y la experiencia gracias a una brújula que señala un norte donde prevalece el placer de la conversación con los amigos a quienes deseamos contar viejas historias, las conocidas a fondo. Las hechas nuestras por el paso del tiempo.

lunes, 28 de julio de 2025

«Matar a un hombre es algo muy duro...»




 

Un libro no se planea, se engendra. El proceso empieza mucho antes de que el autor lo sepa, en ese espacio de «oscuridad y silencio» del que habla Marcel Proust cuando nos enseña a desentrañar la relación entre la memoria y la creación literaria.

Al cabo de cuarenta y dos cursos como profesor, soy consciente de que los comentarios acerca de una obra se olvidan con facilidad. Sin embargo, hay ideas que perduran por su clarificadora validez universal. La arriba indicada forma parte de ese conjunto y la reitero con la voluntad de que el alumnado distinga entre los libros planeados y los engendrados. Solo estos últimos, a veces, llegan a ser unos clásicos.

Antonio Muñoz Molina es un autor con abundante presencia en mi biblioteca. Ahora mismo, veraneo en compañía de su más reciente libro, El verano de Cervantes (2025), para convertir cada noche, gracias a los momentos dedicados a la lectura, en una oportunidad de recordar, descubrir y dialogar con quien ha escrito un ensayo imprescindible si visitamos con asiduidad la prosa cervantina.




Su lectura me ha recordado la diferencia entre lo planeado y lo engendrado en literatura, pero el diálogo tácito con el autor me ha llevado a plantearme hasta qué punto mis libros, especialmente los últimos, cuando he podido elegir el tema, han sido engendrados en ese espacio de la oscuridad y el silencio señalado por Marcel Proust.

La trilogía dedicada a los consejos de guerra fue engendrada antes de que empezara a escribirla. La conclusión podría argumentarla de muchas maneras, desde las derivadas de un interés recurrente por este período hasta las relacionadas con el rechazo ante cualquier manifestación represiva o censora. A lo largo de los libros, incluso en este blog, lo he explicado. Entre otros motivos, porque el historiador debe establecer las coordenadas desde las que observa la parcela seleccionada.

Apenas merece la pena repetir lo escrito. Sin embargo, al releer la distinción recordada por Antonio Muñoz Molina me pregunto por la razón fundamental de esa lenta y remota maduración que ha permitido engendrar la trilogía. La respuesta nunca podrá prescindir del rechazo de la violencia ejercida contra los derechos humanos, pero -para concretarlo- cabe subrayar el radical rechazo a la pena de muerte.

A partir del momento en que constaté la ejecución de periodistas y escritores por el «delito» de haber sido tales, de ejercer la libertad de expresión durante una guerra, hubo una razón ética para engendrar un trabajo que se concretaría muchos años después.

Nunca he leído tratados contra la pena de muerte. Ni siquiera he ahondado en el pacifismo como tema de lectura. Las razones para mantener ambas posturas me parecen demasiado obvias y, en mi caso, no precisan de argumentos sofisticados.

Al contrario, me basta una frase que cito en clase cuando hablo del tratamiento de la violencia en el cine. La pronunció William Munny el protagonista de Unforgiven (1992), de Clint Eastwood: «Matar a un hombre es algo muy duro, le quitas todo lo que tiene… y todo lo que podría tener». El asesino, por experiencia, sabía de lo que hablaba con el nervioso y arrepentido Schofield Kid.




La frase la escuchamos gracias a la poderosa voz de Constantino Romero, pero forma parte del repertorio del complejo personaje interpretado por Clint Eastwood, que intenta culminar la redención y mata sin pestañear porque la absurda espiral de violencia no le deja en paz. Al menos, como toda la película, la frase invita a la reflexión por su sencilla y rotunda crudeza. La agradecemos porque no precisamos más explicaciones y las réplicas de Clint nunca dan para un párrafo.

El problema es que la historia no es una película y el guionista de la Victoria tampoco triunfó con Raza (1942). A lo largo de la trilogía he encontrado asesinatos con apariencia legal. Llegaron tras procesos judiciales donde la represión del enemigo desembocó en un paredón. Nadie entre los victimarios dejó para la posteridad una frase como la de William Munny. Al contrario, parcelaron sus actuaciones para difuminar la carga de la responsabilidad (Raul Hilberg) y los ejecutores, puestos a poner el punto final, lo resolvieron a menudo con un alcohol que les embrutecía sin los atisbos de reflexión que el whisky permite al asesino de la película.

La historia no es una película, pero las obras maestras del cine ayudan a mantener una perspectiva ética para entender una realidad compleja cuyo conocimiento, poco a poco, engendra, que no planea, un trabajo como el dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores.

lunes, 3 de abril de 2023

La experiencia del joven provinciano en la obra de Antonio Muñoz Molina


En mi lista de autores favoritos hay varios que lo son por su interés literario y, al mismo tiempo, porque pertenecen a mi generación y acabo compartiendo con ellos una memoria generacional. Uno de los más destacados es Antonio Muñoz Molina, a quien conocí personalmente en los años ochenta con motivo de participar en un jurado literario y que desde entonces sigo casi religiosamente como lector de todos sus libros.
La experiencia lectora no siempre se traduce en trabajos escritos. De hecho, solo he publicado dos que abordan algunos aspectos de la obra del novelista andaluz. El primero apareció en mi libro La sonrisa del inútil y el segundo en un volumen colectivo, La provincia: realidad histórica e imaginario cultural (Madrid, Sílex, 2016), que fue coordinado por unos compañeros de la Universidad de Castilla - La Mancha. 
El texto de este segundo trabajo está centrado en algunas de las primeras obras de Antonio Muñoz Molina, donde la figura del joven provinciano, él mismo en buena medida, aparece en varias ocasiones. El resultado de este recorrido de la mano de un provinciano que me resulta familiar se puede consultar en el siguiente enlace del Repositorio de la Universidad de Alicante: