Las polémicas, al igual
que las paellas, hay que dejarlas reposar para conocer el desenlace y la
correspondiente enseñanza. Esta semana hemos asistido a una catarata de
declaraciones desde que el novelista David Uclés manifestara su negativa a
participar en unas jornadas organizadas por Arturo Pérez Reverte. Nada añadiré
al respecto porque la hemeroteca está repleta de información y, leído lo
fundamental, considero que lo mal planteado ha terminado con una anulación
justificada. También intuyo que la ausencia de frenos ha permitido que los
organizadores pisaran el acelerador hasta el punto de provocar una reacción
que, catalizada por una figura emergente como David Uclés, ha cristalizado en
una protesta como pocas veces había visto en torno a un debate.
El desigual enfrentamiento
entre el autor de La península de las casas deshabitadas y el prolífico
novelista, a la par que académico, me ha recordado un episodio de la magnífica
película Litle Big Man (1970), de Arthur Penn. Las múltiples peripecias
del centenario protagonista que interpreta Dustin Hoffman le llevan a conocer al
pistolero Wild Bill Hickok (1837-1876) que hasta el día de su muerte portó dos
colts plateados con empuñadura de marfil.
El pistolero era viejo
porque llegar a los cuarenta en el salvaje Oeste tenía su mérito. El bigotudo,
tras asesinar a más de veinte desgraciados, alardeaba de haber acabado con muchos más ante el corrillo de
admiradores de una leyenda alimentada por sus propias mentiras. Así, entre
ocurrencias de matón venido a menos por los achaques de la edad, el pistolero se
ganaba la vida como jugador de póker siempre atento a la posibilidad de que
alguien fuera más rápido desenfundando.
Wild Bill Hickok tomaba
medidas para evitar un final antes de tiempo y todavía era de temer, a pesar de
que la vista ya le fallaba por el tracoma. Un día otro jugador, cabreado por su
chulería un tanto rácana, le asesinó de un tiro a bocajarro. Arthur Penn, que
ya llegó al personaje histórico cuando era una leyenda, convirtió la venganza
en un acto protagonizado por un niño, al que suponemos un futuro pistolero que
moriría tan joven como Billy the Kid (1859-1881).
Wild Bill Hickok ni
siquiera vio venir al chaval. Algo similar le ha sucedido a Arturo Pérez
Reverte, acostumbrado a repartir mandobles verbales a diestro y siniestro,
tenso a sus 74 años como quienes pusieron una pica en Flandes y despreocupado ante un declarado homosexual que luce
boina, melena desordenada y maneras de buenismo. Un error, Arturo, porque los
tiros mortales casi nunca son los previsibles.
Ahora, después de acusar
al colega como ignorante, sectario e infantiloide, y cuando la excusa de las
interrogantes la ha desmontado la prensa, Arturo Pérez Reverte alardea de
llevar «muchos años de mili». Viejo, incluso viejuno, es el argumento de autoridad
cuartelaria. Yo creía ingenuamente que el novelista era el Pirri de las letras,
dispuesto a jugar duro en un partido amistoso e incapaz de
alegar que el campo estaba embarrado como excusa de la derrota.
Lo peor de interpretar el personaje del duro, siempre dialéctico, es que nunca te puedes jubilar a
tiempo. Mientras colegas como Antonio Muñoz Molina flojean al reconocer una
depresión o citan a Epicuro para llevar una vejez soleada al modo de Manuel
Vicent, Arturo debe ser hasta el final fiel a sus fieles, que son legión y de
espíritu legionario.
La coherencia de un papel
monocorde y previsible le lleva a una dureza que, superada una cierta edad, es
patética como la de Wild Bill Hickok. Y termina mal, porque el abatido a traición
nunca tendrá la oportunidad de pasar a mejor vida con un gesto de generosidad
ante un personaje interpretado por Dustin Hoffman. La vida no depara estos
detalles de los guionistas y, derrotado por un «chinche», conviene admitir que
los muchos años de mili solo debieran ser el preámbulo de una retirada donde
agrandar la leyenda mediante historias fabulosas.
Las huestes de Arturo
Pérez Reverte son proclives a escuchar viejas batallas ganadas con la gallardía
de un caballero español. La leyenda del invencible de los zascas y mandobles
contra los flojos de espíritu debería continuar para quienes la disfrutan. Allá
ellos, que nunca admitirán la posibilidad de un tiro salido del colt de un chaval.
Nosotros, como la memoria del «pequeño gran hombre» interpretado por Dustin Hoffman,
sabemos de esas paradojas de la vida y solo esperamos que el imberbe no
acabe como Billy el Niño. Los matones, al fin y al cabo, también mueren y sin
dejar un recuerdo de paz o tolerancia.

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