Mostrando entradas con la etiqueta David Uclés. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta David Uclés. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de enero de 2026

Los matones también mueren


 Wild Bill Hickok

Las polémicas, al igual que las paellas, hay que dejarlas reposar para conocer el desenlace y la correspondiente enseñanza. Esta semana hemos asistido a una catarata de declaraciones desde que el novelista David Uclés manifestara su negativa a participar en unas jornadas organizadas por Arturo Pérez Reverte. Nada añadiré al respecto porque la hemeroteca está repleta de información y, leído lo fundamental, considero que lo mal planteado ha terminado con una anulación justificada. También intuyo que la ausencia de frenos ha permitido que los organizadores pisaran el acelerador hasta el punto de provocar una reacción que, catalizada por una figura emergente como David Uclés, ha cristalizado en una protesta como pocas veces había visto en torno a un debate.

El desigual enfrentamiento entre el autor de La península de las casas deshabitadas y el prolífico novelista, a la par que académico, me ha recordado un episodio de la magnífica película Litle Big Man (1970), de Arthur Penn. Las múltiples peripecias del centenario protagonista que interpreta Dustin Hoffman le llevan a conocer al pistolero Wild Bill Hickok (1837-1876) que hasta el día de su muerte portó dos colts plateados con empuñadura de marfil.

El pistolero era viejo porque llegar a los cuarenta en el salvaje Oeste tenía su mérito. El bigotudo, tras asesinar a más de veinte desgraciados, alardeaba de haber acabado con muchos más ante el corrillo de admiradores de una leyenda alimentada por sus propias mentiras. Así, entre ocurrencias de matón venido a menos por los achaques de la edad, el pistolero se ganaba la vida como jugador de póker siempre atento a la posibilidad de que alguien fuera más rápido desenfundando.

Wild Bill Hickok tomaba medidas para evitar un final antes de tiempo y todavía era de temer, a pesar de que la vista ya le fallaba por el tracoma. Un día otro jugador, cabreado por su chulería un tanto rácana, le asesinó de un tiro a bocajarro. Arthur Penn, que ya llegó al personaje histórico cuando era una leyenda, convirtió la venganza en un acto protagonizado por un niño, al que suponemos un futuro pistolero que moriría tan joven como Billy the Kid (1859-1881).



Billy the Kid

Wild Bill Hickok ni siquiera vio venir al chaval. Algo similar le ha sucedido a Arturo Pérez Reverte, acostumbrado a repartir mandobles verbales a diestro y siniestro, tenso a sus 74 años como quienes pusieron una pica en Flandes y despreocupado ante un declarado homosexual que luce boina, melena desordenada y maneras de buenismo. Un error, Arturo, porque los tiros mortales casi nunca son los previsibles.

Ahora, después de acusar al colega como ignorante, sectario e infantiloide, y cuando la excusa de las interrogantes la ha desmontado la prensa, Arturo Pérez Reverte alardea de llevar «muchos años de mili». Viejo, incluso viejuno, es el argumento de autoridad cuartelaria. Yo creía ingenuamente que el novelista era el Pirri de las letras, dispuesto a jugar duro en un partido amistoso e incapaz de alegar que el campo estaba embarrado como excusa de la derrota.

Lo peor de interpretar el personaje del duro, siempre dialéctico, es que nunca te puedes jubilar a tiempo. Mientras colegas como Antonio Muñoz Molina flojean al reconocer una depresión o citan a Epicuro para llevar una vejez soleada al modo de Manuel Vicent, Arturo debe ser hasta el final fiel a sus fieles, que son legión y de espíritu legionario.

La coherencia de un papel monocorde y previsible le lleva a una dureza que, superada una cierta edad, es patética como la de Wild Bill Hickok. Y termina mal, porque el abatido a traición nunca tendrá la oportunidad de pasar a mejor vida con un gesto de generosidad ante un personaje interpretado por Dustin Hoffman. La vida no depara estos detalles de los guionistas y, derrotado por un «chinche», conviene admitir que los muchos años de mili solo debieran ser el preámbulo de una retirada donde agrandar la leyenda mediante historias fabulosas.



La memoria del anciano Litle Big Man

Las huestes de Arturo Pérez Reverte son proclives a escuchar viejas batallas ganadas con la gallardía de un caballero español. La leyenda del invencible de los zascas y mandobles contra los flojos de espíritu debería continuar para quienes la disfrutan. Allá ellos, que nunca admitirán la posibilidad de un tiro salido del colt de un chaval. Nosotros, como la memoria del «pequeño gran hombre» interpretado por Dustin Hoffman, sabemos de esas paradojas de la vida y solo esperamos que el imberbe no acabe como Billy el Niño. Los matones, al fin y al cabo, también mueren y sin dejar un recuerdo de paz o tolerancia.


jueves, 11 de diciembre de 2025

El acoso que no cesa


 David Uclés

El trabajo de un catedrático se divide entre la investigación y la docencia, además de la gestión. El perfil individual puede decantarse por una de estas facetas, pero debe buscarse un equilibrio. Algunos compañeros tienen una probada capacidad como gestores, otros se inclinan por la docencia y un tercer grupo prefiere centrarse en la investigación. Las opciones son igualmente respetables, pero de acuerdo con el actual modelo de acceso a cátedras es necesario cultivar las tres facetas, aunque no sea en la misma medida.

Desde el curso 1982-83 imparto docencia en la UA y la compagino con la investigación. En cuanto a la gestión, la faceta para la que me siento menos capacitado, he ocupado cargos directivos por elección de mis compañeros durante diez años. Los suficientes, creo, para cumplir y dejar paso a otros colegas con más vocación gestora.

Al cabo de cuarenta y tres cursos, algo de experiencia docente debo tener, pero es necesario renovarla con ilusión porque así lo requiere el respeto al alumnado. Hasta ahora la mantengo, procuro adaptarme a los tiempos y no caer en la inercia de muchos colegas cuya jubilación está cercana.

El resultado de esa tarea, al menos en lo cuantificable, me llega todos los años por estas fechas gracias al programa Docentia. El de este año ha vuelto a ser «muy favorable» y, como diría el emérito, «me llena de orgullo y satisfacción»:



Sin embargo, una experiencia como la de volver al instituto cincuenta años después, dar una charla sobre la necesidad de aprender a convivir en democracia respetando a los demás y ver la reacción de unos doscientos alumnos todavía me ha satisfecho más, aunque solo sea por la novedad de dirigirme a chavales de catorce-quince años que estuvieron preguntando durante una hora.

Al igual que mis compañeros de mesa, procuré adaptarme a la edad de quienes nos escuchaban y el resultado prueba la conveniencia de hacer estas actividades más a menudo. La necesidad de dialogar se enseña mediante el diálogo y el respeto mutuo, también hacia un alumnado que te pregunta con la mentalidad propia de su edad.

Gracias a que dos profesores del instituto son antiguos alumnos míos, aproveché la visita para reencontrar rincones que no veía desde hace cincuenta años. El edificio permanece prácticamente igual porque goza de protección por su carácter histórico y esa experiencia me emocionó al tiempo que me trajo recuerdos.

De vuelta a casa, mientras caminaba, recordé a los compañeros fallecidos. Son bastantes porque ya andamos por una edad donde estas noticias empiezan a resultar habituales. El recuerdo más triste fue el de quienes perdieron la vida demasiado pronto, apenas cumplidos los veinte años y por culpa del SIDA.

Durante dos cursos coincidí con un par de compañeros homosexuales. A principios de los setenta y en un ámbito como el de un instituto masculino, esta identidad era motivo de burlas, discriminación y acoso, concretado en situaciones que ahora me provocan un espanto retrospectivo.

Mi ignorancia de la homosexualidad era total y compartiría los prejuicios habituales entre mis compañeros. La memoria no debe exculparnos, pero mediante el ejemplo había aprendido en casa un mínimo de respeto hacia los demás. Al menos, nunca participé en un acoso que aquellos compañeros llevaban de la mejor manera posible.

El episodio ya lo relaté en Contemos cómo pasó y me retrotrae a una visita hospitalaria que, por casualidad, me permitió ver a uno de esos compañeros cuando el SIDA estaba a punto de matarle. El otro siguió el mismo camino a mediados de los años ochenta. No tuve una amistad con ellos, pero nunca les olvidaré porque me pareció brutal, por lo injusto, que murieran tan pronto después de sufrir un acoso del que por entonces podrían empezar a salir.

Así lo imaginé, con la ingenuidad del optimista y confiado en la condición humana, pero desde entonces he tenido múltiples ocasiones de ver quebrada esa evolución hacia un mayor respeto al otro, al diferente especialmente. Como director de mi departamento, hace unos diez años debí afrontar otro tipo de acoso más sofisticado por lo virtual, pero igualmente bestial. Lo sufrieron de nuevo alumnos homosexuales, que por ser también brillantes en lo académico parecían merecer las barbaridades que los mediocres nunca les dijeron en la cara.

Todavía recuerdo aquellas reuniones, cuando leí en voz alta lo que circulaba por las redes. Nadie se atrevió a reconocer su autoría. Algo hemos cambiado. En los setenta, los acosadores actuaban con la complicidad de la clase. Ahora, en la universidad, procuran esconderse detrás del anonimato de las redes y se muestran cobardes -supongo que también avergonzados- cuando se les invita a reconocer lo hecho.

La evolución dista mucho de ser suficiente y, de acuerdo con lo visto en los medios de comunicación, parece que volvemos a las andadas en temas como el acoso en el ámbito educativo, que no solamente tiene a los homosexuales como víctimas, pero que todavía les afecta.

Al volver a casa, después de recordar a los compañeros fallecidos, leí el muro del novelista David Uclés, por el que siento una especial simpatía tras leer La península de las casas vacías (2024) y, sobre todo, verle en varias presentaciones. Me parece el alumno ideal: inteligente, trabajador, simpático, brillante, bienhumorado, humilde…, a pesar del éxito de quien ha vendido más de trescientos mil ejemplares sin caer en la vanidad.

El muro de Facebook hablaba del duro acoso sufrido como homosexual durante su etapa en la enseñanza secundaria, hace apenas veinte años. La descripción era preocupante, pero la verdadera preocupación vino cuando la exposición utilizó el presente para referirse a episodios de ahora mismo.

David Uclés, el novelista con más éxito de estos dos últimos años, ha debido abandonar X, tomar precauciones y afrontar unas campañas brutales de acoso donde a la homosexualidad se añade su ideología. Lo ha hecho con valentía y hasta humor. Tal vez porque, a pesar de todo, los tiempos han cambiado y siente la empatía de los miles de lectores que disfrutamos con su maravillosa prosa.

La charla del instituto duró dos horas y, al final, coincidimos en dar al alumnado un consejo: el discurso del odio no solo provoca acosos, sino que rompe la convivencia y es la antesala de las dictaduras. Si la idea caló, tal vez algún acosado tenga la fortaleza de aquellos compañeros capaces de vivir deprisa o la brillantez de un David Uclés al que los intolerantes no le perdonan su éxito.

El consuelo de la imaginación es mínimo, pero ojalá quienes murieron demasiado pronto pudieran ver actos como el del novelista con Rodrigo Cuevas, cuyo vídeo traigo aquí perque vull, como diría la canción de Ovidi Montllor. Verlo siempre será motivo de ánimo para quienes, de una u otra manera, sufrimos el acoso de los intolerantes que añoran la dictadura.

https://www.youtube.com/watch?v=cX-4r17Tir8&t=39s