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lunes, 16 de febrero de 2026

Coloquio de invierno, de Luis Landero


 Luis Landero

La literatura fomenta una relación similar a la amistad. La afirmación resulta paradójica, pues leemos en solitario y aislados para facilitar la debida concentración. Nadie lo niega, incluso quienes son capaces de disfrutar de la lectura en un metro o en un tren de cercanías, pero simultáneamente recreamos mediante la imaginación una ficción que nos remite a quien la concibió. Si el acto se reitera a lo largo del tiempo y con diferentes obras del mismo autor, al final surge la complicidad de una relación con una voz amiga que no precisa de la proximidad física porque la intelectual, imaginativa o emotiva la suple con creces.

Al cabo de décadas como lector, disfruto de esa complicidad con varios referentes literarios que, a veces, también son amigos personales. Mi biblioteca cuenta con unos tres mil volúmenes. Todos leídos y hasta utilizados, pues nunca he tenido espíritu de coleccionista. Algunos están apilados por falta de espacio, pero mantengo un sitio de honor, una estantería concreta, para los libros de los mejores amigos literarios. Sus obras forman parte de una comunidad relacionada con mi formación de lector, pero nunca aparecen confundidas con otras porque, como anfitrión, debo atenderles de la mejor manera posible.

Al igual que ocurre con las amistades, la nómina de esos referentes va cambiando con el paso del tiempo. A veces porque autores como Manuel Vázquez Montalbán, Rafael Chirbes o Juan Marsé han fallecido y solo resta la relectura. En otras ocasiones porque mis gustos han variado y lo disfrutado con entusiasmo en su momento ahora me decepciona. El mundillo de quienes siento cercanos, al margen de los clásicos, es un parnaso sin plantilla fija y esa relación de escritores permanece abierta a las incorporaciones, que en algunos casos -pocos a estas alturas- se consolidan y en otros suponen una presencia fugaz que aporta frescura a nuestro lugar de encuentro.

La lista, no obstante, está consolidada porque todos compartimos una cierta edad y a estas alturas lo mejor es procurar un epílogo coherente con nuestra trayectoria. Las sorpresas ya no gozan del prestigio de antaño y los desvíos, tan frecuentes en nuestro entorno, tienden a parecernos estrafalarios. Hay una relación de fidelidad que también es complicidad basada en el conocimiento mutuo y, en la medida de lo posible, aspiro a consolidarla con cada nueva entrega literaria de esos amigos.

La peña ahora mismo tiene a Manuel Vicent como maestro de vida y suele ser frecuentada por Antonio Muñoz Molina, Ignacio Martínez de Pisón y Luis Landero con la presencia algo más esporádica de Javier Cercas, Fernando Aramburu, Javier Pérez Andújar y otros que nos han visitado en varias ocasiones como Luis Mateo Díez, Julio Llamazares, Sergio del Molino, Sergi Pamies o David Trueba. El conjunto tal vez sea demasiado masculino, pero las amigas de otras épocas como Josefina Aldecoa, Carmen Martín Gaite o Dulce Chacón nos dejaron sin nadie que haya ocupado ese hueco.

La lectura de las novedades publicadas por el núcleo duro de la peña es una gozosa obligación. Incluso cuando repiten lo ya escrito, porque me gusta y deseo volver a leerlo. Al igual que pasa con los amigos de cualquier ámbito, cada uno tiene sus peculiaridades y  me disgustaría que, de repente, vinieran a mi biblioteca con sorpresas ya extemporáneas porque somos viejos con los cráneos soleados, según las enseñanzas de un Manuel Vicent siempre dispuesto a recordarnos la silla vacía de Rafael Azcona.

Gracias a mi trabajo, he hablado y hasta colaborado con la mayoría de estos amigos. Sin embargo, nunca he visto en persona a Luis Landero. Ni siquiera tengo su móvil o email porque no lo he necesitado. Me gustaría conocerle personalmente, pero me temo que ambos somos tímidos y, como tales, guardamos las distancias sin menoscabo de la amistad literaria.

Hace más de treinta años, mi hermano me presentó a Luis Landero con un entusiasmo tan singular como la mayoría de sus personajes. Todavía recuerdo su insistencia en que leyera las obras de quien había descubierto al tiempo que tantos otros maravillados con «los juegos de la edad tardía». Desde entonces cada nuevo libro de Luis Landero era motivo de complicidades, que mantengo a pesar de que la muerte nos separó hace quince años.

Luis Landero entró así en mi casa, pero ahora es un amigo de la familia y comentamos lecturas que nos reafirman en una valoración acrecentada por el paso de los años. Nos gusta tenerle cerca y, además, contamos con el complemento de sus charlas disponibles en You Tube. Un verdadero privilegio para aprender a conversar sin prisas y apreciando el valor de la lentitud como antídoto frente a tantas urgencias absurdas.




Coloquio de invierno es su más reciente novela. La crítica suele ser unánime con Luis Landero porque nunca arrasará en las ventas, pero goza del prestigio de lo asentado entre un nutrido grupo de incondicionales. Se lo ha ganado a pulso, sin aspavientos ni polémicas, con la humildad del trabajador de las letras que respeta y escucha sin faltar a la independencia del criterio, siempre expuesto con buenas maneras, dudas propias de la experiencia y hasta la sonrisa del escéptico dispuesto a rectificar porque ansía conocer.

Mi amigo Luis Landero me enseña a escribir, pero también a pensar y, sobre todo, a través de sus novelas y charlas me da una pauta que me ayuda a ser mejor persona. Cuando el ruido infernal de la polarización nos acecha y tantas barbaridades, con una violencia insoportable, forman parte de nuestra cotidianidad, la posibilidad de leer o escuchar a Luis Landero invita a pensar que la literatura facilita la alternativa a lo considerado como inevitable.

Lo agradezco y, según las normas de la amistad como fuente de conocimiento, procuro incorporar a mi experiencia esta voz elegante, sosegada, bienhumorada, inteligente y ponderada. El privilegio es propio del grupo donde todos, sin necesidad de decírnoslo, disfrutamos con los personajes tan singulares como reales de un Luis Landero que en la recta final de su trayectoria permanece fiel a sí mismo. Gracias por el ejemplo y las horas lentas de tu conversación.

Os paso el enlace a la magnífica presentación que tuvo lugar en el Instituto Cervantes:






viernes, 30 de enero de 2026

Los matones también mueren


 Wild Bill Hickok

Las polémicas, al igual que las paellas, hay que dejarlas reposar para conocer el desenlace y la correspondiente enseñanza. Esta semana hemos asistido a una catarata de declaraciones desde que el novelista David Uclés manifestara su negativa a participar en unas jornadas organizadas por Arturo Pérez Reverte. Nada añadiré al respecto porque la hemeroteca está repleta de información y, leído lo fundamental, considero que lo mal planteado ha terminado con una anulación justificada. También intuyo que la ausencia de frenos ha permitido que los organizadores pisaran el acelerador hasta el punto de provocar una reacción que, catalizada por una figura emergente como David Uclés, ha cristalizado en una protesta como pocas veces había visto en torno a un debate.

El desigual enfrentamiento entre el autor de La península de las casas deshabitadas y el prolífico novelista, a la par que académico, me ha recordado un episodio de la magnífica película Litle Big Man (1970), de Arthur Penn. Las múltiples peripecias del centenario protagonista que interpreta Dustin Hoffman le llevan a conocer al pistolero Wild Bill Hickok (1837-1876) que hasta el día de su muerte portó dos colts plateados con empuñadura de marfil.

El pistolero era viejo porque llegar a los cuarenta en el salvaje Oeste tenía su mérito. El bigotudo, tras asesinar a más de veinte desgraciados, alardeaba de haber acabado con muchos más ante el corrillo de admiradores de una leyenda alimentada por sus propias mentiras. Así, entre ocurrencias de matón venido a menos por los achaques de la edad, el pistolero se ganaba la vida como jugador de póker siempre atento a la posibilidad de que alguien fuera más rápido desenfundando.

Wild Bill Hickok tomaba medidas para evitar un final antes de tiempo y todavía era de temer, a pesar de que la vista ya le fallaba por el tracoma. Un día otro jugador, cabreado por su chulería un tanto rácana, le asesinó de un tiro a bocajarro. Arthur Penn, que ya llegó al personaje histórico cuando era una leyenda, convirtió la venganza en un acto protagonizado por un niño, al que suponemos un futuro pistolero que moriría tan joven como Billy the Kid (1859-1881).



Billy the Kid

Wild Bill Hickok ni siquiera vio venir al chaval. Algo similar le ha sucedido a Arturo Pérez Reverte, acostumbrado a repartir mandobles verbales a diestro y siniestro, tenso a sus 74 años como quienes pusieron una pica en Flandes y despreocupado ante un declarado homosexual que luce boina, melena desordenada y maneras de buenismo. Un error, Arturo, porque los tiros mortales casi nunca son los previsibles.

Ahora, después de acusar al colega como ignorante, sectario e infantiloide, y cuando la excusa de las interrogantes la ha desmontado la prensa, Arturo Pérez Reverte alardea de llevar «muchos años de mili». Viejo, incluso viejuno, es el argumento de autoridad cuartelaria. Yo creía ingenuamente que el novelista era el Pirri de las letras, dispuesto a jugar duro en un partido amistoso e incapaz de alegar que el campo estaba embarrado como excusa de la derrota.

Lo peor de interpretar el personaje del duro, siempre dialéctico, es que nunca te puedes jubilar a tiempo. Mientras colegas como Antonio Muñoz Molina flojean al reconocer una depresión o citan a Epicuro para llevar una vejez soleada al modo de Manuel Vicent, Arturo debe ser hasta el final fiel a sus fieles, que son legión y de espíritu legionario.

La coherencia de un papel monocorde y previsible le lleva a una dureza que, superada una cierta edad, es patética como la de Wild Bill Hickok. Y termina mal, porque el abatido a traición nunca tendrá la oportunidad de pasar a mejor vida con un gesto de generosidad ante un personaje interpretado por Dustin Hoffman. La vida no depara estos detalles de los guionistas y, derrotado por un «chinche», conviene admitir que los muchos años de mili solo debieran ser el preámbulo de una retirada donde agrandar la leyenda mediante historias fabulosas.



La memoria del anciano Litle Big Man

Las huestes de Arturo Pérez Reverte son proclives a escuchar viejas batallas ganadas con la gallardía de un caballero español. La leyenda del invencible de los zascas y mandobles contra los flojos de espíritu debería continuar para quienes la disfrutan. Allá ellos, que nunca admitirán la posibilidad de un tiro salido del colt de un chaval. Nosotros, como la memoria del «pequeño gran hombre» interpretado por Dustin Hoffman, sabemos de esas paradojas de la vida y solo esperamos que el imberbe no acabe como Billy el Niño. Los matones, al fin y al cabo, también mueren y sin dejar un recuerdo de paz o tolerancia.


domingo, 10 de agosto de 2025

Un máster en ganchillo y bolillos


 

El estado natural de mi abuela, al menos por las tardes, era sentada, el pelo recogido en un moño, las gafas justo en la punta de la nariz y afanada con el ganchillo. Así horas y horas, mientras escuchaba la radio o vigilaba mis correrías por las aceras de una calle sin tráfico apenas.

La consecuencia eran tapetes de ganchillo repartidos por toda la casa. Tampoco fuimos originales en este sentido. Solo nos singularizamos cuando mis padres descartaron la compra de un toro o una sevillana para decorar el televisor, con tapete, que llegó a casa en 1963. La proclamación de Pablo VI fue nuestro debut familiar como telespectadores. Menos mal que pronto triunfaron los Monster de «tenebroso recuerdo».

Mi abuela dibujaba su firma, pero poseía unas probadas cualidades en cuestión de matemáticas aplicadas. Jamás la vi contar los puntos dados al ganchillo. Aquella cuenta la debería llevar de una forma misteriosa porque, al final, el dibujo del tapete era simétrico.

Su memoria también suponía un motivo de asombro familiar y vecinal. Mientras hacía las tareas domésticas, ella cantaba como tantas mujeres de la época. Su especialidad era el cuplé con letra digna de Rafael de León, sin menoscabo de algunas canciones de las sicalipsis de sus veinte años, que también fueron los del siglo.

La primera vez que supe de las andanzas de «la pulga», que desde 1906 se solazaba donde no debía, fue gracias a mi abuela. La cantaba con toda la letra y la necesaria picardía, tan ingenua, para hacerme reír con la gestualidad aprendida en su juventud: «rápida salta y se esconde/ ya me ha picado y no sé dónde».

Esas pulgas juguetonas, pasadas las décadas, son tan entrañables como los recuerdos de una generación de mujeres dispuesta a disfrutar de «los felices veinte», aunque la pareja fuera obrero metalúrgico y serio como un palo. Muchos años después, atento a las desventuras de algunas vedettes y cupletistas, averigüé el origen de una canción resucitada por Sarita Montiel, que por entonces y a mi edad formaba parte de lo prohibido. Se decía que, cuando aparecía en la pantalla, la temperatura de los cines aumentaba y eso, claro está, «no tiene solución»:




Aquellas canciones y las romanzas de las zarzuelas a veces se interrumpían por alguna circunstancia. El momento era de expectación familiar, pues con independencia del tiempo transcurrido la abuela las retomaba justo donde las había dejado. El botón de Pause no suponía el olvido para quien me enseñó canciones ahora recuperadas en mis trabajos u ocios sin conseguir memorizar las letras. En caso de duda, consulto a la compañera de toda la vida, que las recuerda y me sorprende.

Manuel Vicent recrea una memoria más remota, pero que comparte anécdotas comprensibles para mi generación. El novelista ha evocado la salida hacia el colegio para asistir a las clases vespertinas. Las radios estaban encendidas en todas las casas y con las mismas canciones en su sintonía. De hecho, Manuel al principio podía escuchar el planteamiento -«él vino en un barco de nombre extranjero»-, saber del nudo a la altura de la siguiente manzana -«y voy sangrando lentamente/ de mostrador en mostrador»- y llegar al colegio cuando el polivalente desenlace sonaba en cada casa: «Mira su nombre de extranjero/ escrito aquí, sobre mi piel./ Si te lo encuentras, marinero, dile que yo muero por él». ¿La había dejado embarazada o era una pasión desatada?

Yo no disfruté de esa maravilla de la canción itinerante porque en los sesenta la televisión empezó a sustituir a la radio. No obstante, cuando las emisiones cesaban a primera hora de la tarde, los seriales todavía estaban presentes en cualquier casa. Hace años escribí sobre las andanzas de Guillermo Sautier Casaseca, «el rey de la lágrima» (Un franquismo con franquistas, 2019). El personaje era de cuidado, de mucho cuidado, pero reconstruí su trayectoria con el cariño que merece el recuerdo compartido.

Ahora, cuando tanta gente recurre a la IA para menesteres propios del saber escribir o simula un CV plagado de títulos con algún término en inglés, comprendo que mi abuela hizo uso de su inteligencia natural para cursar un máster en ganchillo. Incluso, provista de un mundillo, se doctoró en bolillos con puntos como «el de la loca» o encajes propios de la frivolité.

Y, además, puso una banda sonora al arreglo de la casa sin necesidad de la tecnología. Lola mantuvo la memoria de lo escuchado cuando era joven, aunque -ya en sus últimos años- aceptó que algún meritorio presentado por «el Íñigo» de la televisión pudiera equipararse a Manolo Escobar, que cantaba a su «madrecita» para alegrar a tantas mujeres de aquella generación. Sin generalizar, fueron numerosas las que pasaron por la vida dando mucho a cambio de casi nada.

Esas abuelas más sonrientes que cascarrabias fueron jóvenes. Así me gusta imaginarlas con la ayuda  de mi trabajo como historiador porque merecen el agradecimiento por el tiempo dedicado a cuidarnos, el deseo de mantener viva su memoria y la voluntad de testimoniar los límites de unos silencios que, a menudo, resultaron obligatorios como consecuencia de una derrota mucho más entrometida que la contumaz pulga.

sábado, 7 de septiembre de 2024

La conveniencia de pegar la hebra, aunque sea en silencio


 

Luis Landero. Fuente: Wikipedia


La conversación tiene su arte y, cuando no se puede participar directamente en la misma, la asistencia como espectador también satisface. Todavía recuerdo las charlas con personas tan distintas como Rafael Azcona y Pepe Rubianes para preparar los libros que les dediqué. Asimismo, disfruté con directores de cine como Luis G. Berlanga, Juan A. Bardem, José Luis García Sánchez, Mario Camus… y muchos escritores con los que he mantenido conversaciones por motivos profesionales o de amistad.

La satisfacción por una buena charla no depende de la relevancia social o cultural del interlocutor. También disfruto con personas que me rodean por diversos motivos, desde los laborales hasta los propios de una vecindad siempre más amable si median el saludo, el intercambio de palabras y, en definitiva, el contacto que humaniza cualquier experiencia.

La tecnología puede aborregarnos o hacernos felices sin necesidad de fomentar el espíritu gregario. La opción depende de nuestra voluntad. Desde hace años, gracias a una Tablet con la que trabajo, busco la oportunidad de participar como oyente en unas charlas donde los protagonistas no solo son relevantes, sino también excelentes comunicadores.

El objetivo es disfrutar de ese arte, que requiere un tiempo sin prisas, un respeto entre los interlocutores y el gusto por la palabra bien empleada. En definitiva, lo contrario a lo habitual en tantas «tertulias» vociferantes de la televisión.

La palabra tertulia ya no la utilizo en las clases porque temo que el alumnado la asocie a lo visto en diferentes canales. La sustituyo por charla, que introduce un matiz informal, aunque solo sea en apariencia. Lo importante es animarlos a que asistan a las más interesantes gracias a la tecnología, con independencia de que también participen en las celebradas cerca de nosotros.

La experiencia como espectador de charlas es dilatada y, por supuesto, tengo a mis charlistas de referencia por distintos motivos. Fallecido Rafael Azcona, el favorito es Manuel Vicent, que desgrana sabiduría y buen humor en cualquier intervención. También disfruto con Javier Cercas por su apasionada voluntad de polemista o con Iñaki Gabilondo, que lleva décadas enseñándome a concretar de manera comprensible lo que otros solo perciben como una complejidad inabarcable. Junto a distintos interlocutores, los escucho con atención, tomo nota de alguna frase y recuerdo las anécdotas capaces de ilustrar mis explicaciones en clase, que en la medida de lo posible convierto en unas charlas a la espera de los interlocutores.

Gracias a una avería en nuestro monitor de TV, durante unas semanas hemos asistido cada noche a una charla con un novelista como protagonista. La circunstancia me ha permitido localizar una entrevista, convertida en una charla, dada por Luis Landero para un medio de Plasencia. La grabación es una joya para los seguidores del novelista extremeño y para quienes, con dudas a la hora de emprender la tarea de la escritura, pueden escuchar los consejos del experimentado maestro de las letras:




Al margen de las cuestiones concretas, cuando escucho a estos veteranos escritores recuerdo la necesidad de reivindicar el derecho a pegar la hebra, que parece una expresión tan propia de Miguel Delibes como ajena a las actuales pautas de comunicación.

El derecho a pegar la hebra debiera ser universal y, en el caso de que se reivindicara con actitud militante, su práctica resolvería numerosos problemas de una vida tan acelerada como absurda. Dejo ahí la cuestión para futuros programas electorales que nunca cosecharán una votación masiva. Apenas importa porque, mientras tanto, ejerzo ese derecho donde la gente de mi edad cuenta con la ventaja de la experiencia.

Muchos jubilados se levantan cada día con el cabreo del anterior para despotricar contra lo humano y lo divino pensando que los tiempos pretéritos, claro está, fueron mejores. Allá ellos, porque la bilis perjudica la salud y la misma no suele estar para fiestas llegados a cierta edad.

Otros, todavía capaces de sonreír, dispuestos a aprender y cercanos a las nuevas generaciones, gustamos de hablar sin tasa ni tiempo para desgranar la experiencia acumulada. Ahí estamos en una situación de privilegio. Incluso somos unos campeones si evitamos la reiteración y las batallitas inútiles.

Yo me preparo para esta competición de la mano de entrenadores como Manuel Vicent, Luis Landero, Iñaki Gabilondo…, todos ilustres veteranos. El privilegio es notable y el resultado, espero, satisfactorio. También para un alumnado al que procuro enseñar el arte de la charla, cuya primera lección es saber escuchar con atención y respeto. Si pasan a la segunda, ya tienen el título de licenciados en ciudadanía de un país abierto al diálogo.

 


sábado, 31 de agosto de 2024

La nostalgia del futuro


Creedence Clearwater Revival. Fuente: The New Yorker 

La verdadera nostalgia, la más honda, no tiene/ que ver con el pasado, sino con el futuro. Yo/ siento con frecuencia la nostalgia del futuro,/ quiero decir, nostalgia de aquellos días de fiesta,/ cuando todo merodeaba por delante y el futuro/ aún estaba en su sitio».

Los versos de Luis García Montero los conocí gracias a Juan Marsé, que los incluyó en El embrujo de Shangai. Están datados a principios de los noventa, cuando el poeta publicó Luna en el sur. Por entonces, me desconcertaron. Mi colega de cátedra también lo es de quinta. Ambos nacimos en el mismo año y, sin haber llegado a los cuarenta, todavía no entendía que la nostalgia se volcara en el futuro.

Han pasado los años y ahora comprendo unos versos que tal vez fueron premonitorios. A menudo escucho que solo la juventud merece la nostalgia. Supongo que es cierto, pero por ese mismo camino llegamos a lo expresado por Luis García Montero. La «mocedad» es un presente con promesa de futuro.

La nostalgia de la juventud también es de una época donde «el futuro aún estaba en su sitio». Aunque no existe -como explica Manuel Vicent- su recorrido lo suponíamos largo y cabía esperar que venturoso.

Al cabo del tiempo, ese camino aparece jalonado por avisos acerca de la proximidad del destino y, cuando recuerdas a tantos compañeros de viaje apeados en estaciones intermedias, intuyes que el futuro se ha convertido en materia de nostalgia. Caray, no existe, pero lo echamos de menos.

Si carecemos de la sabiduría de Manuel Vicent, la obviedad de la reflexión apenas ofrece matices para el consuelo. Nunca lo busco, y menos la autoayuda de las frases hechas, pero gracias a la tecnología recupero algunas sensaciones que me remiten a una época donde el futuro «merodeaba por delante».

La música, con su capacidad evocadora, ayuda a sacar provecho de la tarea. Estos días, cuando las vacaciones permiten un alto en el camino, he recuperado películas comentadas en el blog y canciones, solo buscadas para el disfrute compartido con mi pareja.

El reencuentro con viejas canciones ha despertado la nostalgia del futuro. O el recuerdo de momentos donde el mismo parecía garantizado, mientras vivíamos «aquellos días de fiesta», que en mi caso no fueron para tanto, aunque aguantan bien la comparación con los actuales.

En septiembre de 1973, salí de España por primera vez y estuve unas semanas en Francia. La experiencia fue impactante. Atravesar la frontera suponía adentrarte en otro mundo y, a los dieciséis años, resulta difícil olvidarlo. La vuelta la hice solo y fue un caos de trenes hasta que me vi en el pasillo de un abarrotado expreso.

Ahora me horrorizaría viajar cientos de kilómetros en un pasillo, pero la experiencia estaba normalizada y la compartí con otros jóvenes, algo mayores, que también volvían a casa tras atravesar media Europa en busca de libertad. Las horas pasaron rápidas entre canciones y risas propias de una camaradería propia del momento.

Aquel viaje me descubrió una canción grabada en un casete, un artilugio que me parecía novedoso. Se trataba de 500 miles, un hit de 1961 escuchado en la versión de Peter, Paul and Mary grabada poco después. Apenas sabía unas palabras en inglés y no entendí que la letra evocaba el viaje en tren de quien vuelve casa. Tampoco era preciso entenderla porque la voz de Mary Travers era todo un discurso sin necesidad de traducción:




Desde aquel día, he escuchado la misma canción en las versiones de varios intérpretes, pero prefiero la que me impresionó hasta el punto de pensar que, yo también, recorrería quinientas millas con la tristeza de regresar a un país todavía en blanco y negro, aunque mediara la alegría del reencuentro con los míos.

La canción es un ejemplo de tantas creaciones folk donde la sencillez de la letra permite que cada uno incorpore su propio significado o la adapte a su circunstancia. Lo hago todavía, pero recuerdo aquella ocasión donde todos parecíamos tener claro que «el futuro estaba en su sitio», esperándonos.

En febrero de 1982, me licencié de la mili, salí corriendo del cuartel para dejar atrás la pesadilla y cogí un tren expreso que me llevó desde Cádiz hasta Almansa; de pie, durante la madrugada y en un pasillo como en otras ocasiones. Los billetes gratuitos de los soldados no daban para mayores comodidades y, a las cinco de la mañana de un día gélido, me bajé en la estación de la localidad manchega.

El Ejército no había caído en el detalle de que mi domicilio estaba en Alicante, pero tampoco iba a reclamar por si acaso me tocaba volver, tal y como soñé durante años. Tomé un café en la cantina y pregunté por un tren hasta mi ciudad. Había que esperar casi un día, pero en ese momento un joven apostado en la barra me ofreció ir juntos de vuelta a casa.

Aunque ya vistiera de civil, todavía era un soldado de aspecto inequívoco. La circunstancia te daba cierta garantía de poder hacer autostop, eso nos decían, pero aquel conductor un poco mayor que yo simplemente me abrió la puerta de su vehículo como un confiado colega.

La furgoneta en cuestión era un poema a la decrepitud. Le servía para transportar unas cajas a escasa velocidad. Casi echamos la mañana para llegar a Alicante. Sin embargo, disfruté charlando sin recibir órdenes o gritos mientras escuchaba las canciones del radio casete.

Las conocía, pero ese día sonaban mejor. Me sentía libre después de atravesar un túnel y las gocé como un descubrimiento junto con quien nunca más volví a ver. Fueron muchas las escuchadas, pero recuerdo una que desde entonces recupero con emoción: Proud Mary (1969), de Creedence Clearwater Revival:




La canción tiene otras versiones, algunas geniales como la de Tina Turner, pero prefiero la escuchada aquel día en que me sentí libre, volví a casa con los míos y, aunque todo era incertidumbre, estaba seguro de que el futuro «merodeaba por delante» para esperarme.

Ahora, cuando la vuelvo a escuchar, soy capaz de abandonar Menphis en dirección a New Orleans a bordo de Mary, que avanza orgullosa rollin’ on the river. Así comprendo los versos de Luis García Montero. La nostalgia hace su efecto y hasta discutiría con el admirado Manuel Vicent. El futuro debe existir, aunque sea como ilusión. Así lo explico en clase a quienes, ellos sí, lo ven «en su sitio» sin necesidad de recurrir a la magia de una canción.

Pd.: Las vacaciones se han terminado. Volvemos a clase y a los libros.


miércoles, 1 de marzo de 2023

Vicentico Bola, dispensador de felicidad


Tranvía a la Malvarrosa (1994) es una novela de Manuel Vicent que he releído en varias ocasiones porque me parece un maravilloso ejemplo de la memoria como motor de la creación literaria. El personaje de Vicentico Bola -véase el fotograma de la excelente adaptación cinematográfica dirigida por José Luis García Sánchez- no es el protagonista, pero sus peculiares andanzas por aquella Valencia de la posguerra me sirvieron para escribir uno de los capítulos de Usted puede ser feliz (2013), cuyo texto ahora es accesible a través del siguiente enlace del Repositorio de la Universidad de Alicante:

http://hdl.handle.net/10045/132448