La literatura fomenta una
relación similar a la amistad. La afirmación resulta paradójica, pues leemos en
solitario y aislados para facilitar la debida concentración. Nadie lo niega,
incluso quienes son capaces de disfrutar de la lectura en un metro o en un tren
de cercanías, pero simultáneamente recreamos mediante la imaginación una
ficción que nos remite a quien la concibió. Si el acto se reitera a lo largo
del tiempo y con diferentes obras del mismo autor, al final surge la
complicidad de una relación con una voz amiga que no precisa de la proximidad
física porque la intelectual, imaginativa o emotiva la suple con creces.
Al cabo de décadas como
lector, disfruto de esa complicidad con varios referentes literarios que, a
veces, también son amigos personales. Mi biblioteca cuenta con unos tres mil
volúmenes. Todos leídos y hasta utilizados, pues nunca he tenido espíritu de
coleccionista. Algunos están apilados por falta de espacio, pero mantengo un
sitio de honor, una estantería concreta, para los libros de los mejores amigos
literarios. Sus obras forman parte de una comunidad relacionada con mi
formación de lector, pero nunca aparecen confundidas con otras porque, como
anfitrión, debo atenderles de la mejor manera posible.
Al igual que ocurre con
las amistades, la nómina de esos referentes va cambiando con el paso del
tiempo. A veces porque autores como Manuel Vázquez Montalbán, Rafael Chirbes o
Juan Marsé han fallecido y solo resta la relectura. En otras ocasiones porque
mis gustos han variado y lo disfrutado con entusiasmo en su momento ahora me
decepciona. El mundillo de quienes siento cercanos, al margen de los clásicos, es
un parnaso sin plantilla fija y esa relación de escritores permanece abierta a las
incorporaciones, que en algunos casos -pocos a estas alturas- se consolidan y
en otros suponen una presencia fugaz que aporta frescura a nuestro lugar de
encuentro.
La lista, no obstante,
está consolidada porque todos compartimos una cierta edad y a estas alturas lo
mejor es procurar un epílogo coherente con nuestra trayectoria. Las sorpresas
ya no gozan del prestigio de antaño y los desvíos, tan frecuentes en nuestro
entorno, tienden a parecernos estrafalarios. Hay una relación de fidelidad que
también es complicidad basada en el conocimiento mutuo y, en la medida de lo
posible, aspiro a consolidarla con cada nueva entrega literaria de esos amigos.
La peña ahora mismo tiene
a Manuel Vicent como maestro de vida y suele ser frecuentada por Antonio Muñoz
Molina, Ignacio Martínez de Pisón y Luis Landero con la presencia algo más
esporádica de Javier Cercas, Fernando Aramburu, Javier Pérez Andújar y otros
que nos han visitado en varias ocasiones como Luis Mateo Díez, Julio
Llamazares, Sergio del Molino, Sergi Pamies o David Trueba. El conjunto tal vez
sea demasiado masculino, pero las amigas de otras épocas como Josefina Aldecoa,
Carmen Martín Gaite o Dulce Chacón nos dejaron sin nadie que haya ocupado ese
hueco.
La lectura de las
novedades publicadas por el núcleo duro de la peña es una gozosa obligación.
Incluso cuando repiten lo ya escrito, porque me gusta y deseo volver a leerlo.
Al igual que pasa con los amigos de cualquier ámbito, cada uno tiene sus
peculiaridades y me disgustaría que, de
repente, vinieran a mi biblioteca con sorpresas ya extemporáneas porque somos
viejos con los cráneos soleados, según las enseñanzas de un Manuel Vicent
siempre dispuesto a recordarnos la silla vacía de Rafael Azcona.
Gracias a mi trabajo, he hablado
y hasta colaborado con la mayoría de estos amigos. Sin embargo, nunca he visto
en persona a Luis Landero. Ni siquiera tengo su móvil o email porque no lo he
necesitado. Me gustaría conocerle personalmente, pero me temo que ambos somos
tímidos y, como tales, guardamos las distancias sin menoscabo de la amistad
literaria.
Hace más de treinta años,
mi hermano me presentó a Luis Landero con un entusiasmo tan singular como la
mayoría de sus personajes. Todavía recuerdo su insistencia en que leyera las
obras de quien había descubierto al tiempo que tantos otros maravillados con
«los juegos de la edad tardía». Desde entonces cada nuevo libro de Luis Landero
era motivo de complicidades, que mantengo a pesar de que la muerte nos separó
hace quince años.
Luis Landero entró así en
mi casa, pero ahora es un amigo de la familia y comentamos lecturas que nos
reafirman en una valoración acrecentada por el paso de los años. Nos gusta
tenerle cerca y, además, contamos con el complemento de sus charlas disponibles
en You Tube. Un verdadero privilegio para aprender a conversar sin prisas y
apreciando el valor de la lentitud como antídoto frente a tantas urgencias
absurdas.
Coloquio de invierno es
su más reciente novela. La crítica suele ser unánime con Luis Landero porque
nunca arrasará en las ventas, pero goza del prestigio de lo asentado entre un
nutrido grupo de incondicionales. Se lo ha ganado a pulso, sin aspavientos ni
polémicas, con la humildad del trabajador de las letras que respeta y escucha
sin faltar a la independencia del criterio, siempre expuesto con buenas
maneras, dudas propias de la experiencia y hasta la sonrisa del escéptico
dispuesto a rectificar porque ansía conocer.
Mi amigo Luis Landero me
enseña a escribir, pero también a pensar y, sobre todo, a través de sus novelas
y charlas me da una pauta que me ayuda a ser mejor persona. Cuando el ruido
infernal de la polarización nos acecha y tantas barbaridades, con una violencia
insoportable, forman parte de nuestra cotidianidad, la posibilidad de leer o
escuchar a Luis Landero invita a pensar que la literatura facilita la
alternativa a lo considerado como inevitable.
Lo agradezco y, según las normas de la amistad como fuente de conocimiento, procuro incorporar a mi experiencia esta voz elegante, sosegada, bienhumorada, inteligente y ponderada. El privilegio es propio del grupo donde todos, sin necesidad de decírnoslo, disfrutamos con los personajes tan singulares como reales de un Luis Landero que en la recta final de su trayectoria permanece fiel a sí mismo. Gracias por el ejemplo y las horas lentas de tu conversación.
Os paso el enlace a la magnífica presentación que tuvo lugar en el Instituto Cervantes:

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